J
ESÚSR
ENAUM
ANÉN,
SJLa vida
interior
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Imprimatur:
† Manuel Sánchez Monge Obispo de Santander
22-06-2015
Diseño de cubierta:
María José Casanova Edición Digital ISBN: 978-84-293-2513-3
Índice
Portada Créditos Prólogo Introducción
Capítulo 1: La búsqueda de la paz y la armonía interior Reflexionar sobre nuestras desazones
La superación de nuestro malestar La dimensión de sentido
Importancia capital de la vida interior Capítulo 2: Amar desde nuestra interioridad
Las relaciones de amor
Un poco de luz para nuestro ágora interior
¿Qué significa amar desde dentro de nosotros mismos? El potencial expansivo del amor
El amor a Dios y de Dios
Capítulo 3: Integración de las limitaciones Conocimiento propio
Integrando lo que vivimos Examen sobre la vida personal Limitaciones diversas
Dios presente en nuestra vida Capítulo 4: El silencio y los silencios
El silencio como ausencia de sonidos Ordenar el mercado interior
El silencio abierto a la dimensión trascendente Silencio y quietud
Capítulo 5: Agradecimiento y compasión
Un agradecimiento que nace del corazón acogido y acogedor Dar gracias a Dios
Agradecimiento no directamente religioso La compasión
La persona compasiva Fe y compasión
Capítulo 6: Frente del misterio inexplicable La oscuridad actual
Llegar a entender parcialmente en la oscuridad ¿Existe vida después de la vida?
Capítulo 7: La alteridad sorprendente y nueva
Ascendente, descendente y sorprendente Experiencia de relación trascendente Medida corta o larga medida
Cuando Dios se revela en amor
En él existimos, nos movemos y somos Capítulo 8: Somos habitados por el Espíritu
Un proceso guiado por el Amor Vivencia de la divinidad de Jesús El Espíritu mora en nosotros
Dios en el amor es plenamente expansivo Vías purgativa, iluminativa y unitiva Capítulo 9: Felicidad presente y posible
El amor es la clave de la felicidad No hay amor sin alteridad
Queridos por Dios
La meditación y la posible felicidad El compromiso social
Sentido del humor ¿Felicidad en el dolor?
Capítulo 10: Meditación, contemplacióny vida unitiva La meditación
Meditación y discernimiento La contemplación
Contemplando la naturaleza
Contemplación de la Palabra de Dios La oración unitiva
Lo que se vive en la oración unitiva Experiencia inefable
Capítulo 11: Los caminos de la vida interior.El enamoramiento de Dios Los dos ritmos de la vida interior
El enamoramiento ¿Enamorarse de Dios?
Capítulo 12: A la mitad de la vida;la segunda conversión Cambios y nuevas oportunidades
Herramientas interiores para tiempos de cambios Referentes modélicos
Apertura mental a la dimensión trascendente Capítulo 13: Hacia la unión transformadora
La capacidad de donación del amor Comunión estable y expresada Los signos de la verdadera unión Presencia real e intencional
Dios está en nosotros Unión inexplicable La dulzura espiritual ¿Felicidad?
Aquella realidad que supera a la misma muerte Escrito final
Muchas gracias, Germán Aute, por tu colaboración
Prólogo
«Cuando oramos, el cielo escucha. Cuando hacemos silencio, el cielo habla».
Proverbio sufí
«S
i hay en esta vida un avance en el amor definitivo, significa que también hay un avance de la felicidad definitiva». El libro de Jesús Renau –que considero un privilegio presentar– está lleno de expresiones como esta, que rezuman coraje y optimismo, lleno de pasión sincera expresada en un lenguaje directo.De todas esas expresiones me permito transcribir otra, porque refleja a la perfección la pretensión de ayudarnos a reflexionar sobre la vida interior sin confrontarla con la vida exterior, nuestras relaciones sociales y compromisos, que son también indispensables y nos conforman como somos. Dice así: «Toda unión amorosatransforma. No solo porque participa del otro de una forma especial, sino porque, cuando la relación da paso a launión, hay un contacto profundo que crea en las dos partes una cierta mutación que responde a la donación del otro. Este intercambio transformador, fruto de la mutua donación y del contacto abierto, transforma nuestra vida cuando se trata de la unión con Dios y nos va recreando desde el amor, que constituye su identidad más profunda».
Este es uno de los mensajes que más se repiten –de una u otra forma– a lo largo de las páginas del libro y en su reflexión final: la vida interior no está desconectada de la vida exterior, sino que le da sentido y robustez, porque «sin vida interior nos vamos desmantelando de nuestras mejores energías». Al mismo tiempo, el compromiso empapado de pasión (con-pasión), vivido desde la constatación de la debilidad y la precariedad humanas, mueve lo mejor de nosotros, provocando una experiencia interior de gozo y retroalimentando al mismo tiempo la propiaacción. Y es que, como podemos leer más adelante, «nuestra vida interior está llena de gente».
El itinerario que nos presenta el autor para profundizar en la vida interior comienza con la búsqueda de la paz y la armonía, que constituyen un deseo humano universal. Para ello, nos dice, hemos de superar nuestros miedos, «diluirnos en la razonabilidad del propio pensamiento» para no caer en la tentación de engañarnos al objeto de justificarnos.
Continúa el itinerario hablando de estimación. Las tres grandes formulaciones del amor (éros,filíayagapḗ) son desgranadas para explicar el paso del ego al altruismo,
expresión superior de lo que Jesús Renau denomina «amar desde dentro, desde nuestra vida interior».
La integración de nuestras propias limitaciones, a partir del ejercicio del autoconocimiento, forma parte también de nuestro camino hacia la sabiduría. Sin intentar construirnos un personaje que resulte más atractivo que la realidad y sin huir de ella, nos recuerda que «las limitaciones, el dolor, el sufrimiento y la enfermedad forman parte de nuestro yo», y las limitaciones forman parte de nuestra identidad.
Desde la espiritualidad de san Ignacio, pero con la sensibilidad necesaria para dirigirse a un público amplio –creyente y no creyente–, el autor nos lleva desde la búsqueda de sentido, la estimación y la aceptación de las propias limitaciones, hacia la valoración positiva del silencio (y de los silencios) para «poner orden al mercado interior de tantas voces».
El sentido de gratitud, la apertura a los demás y la aceptación del misterio (saber vivir en medio de la no-evidencia) son las metas siguientes del viaje interior, que invitan al lector a hacer una reflexión sobre la trascendencia del ser humano. Dios es, para la persona creyente, la sorprendente alteridad que se muestra en un terreno desconocido de nuestro interior; la experiencia mística –tan mal encajada en nuestra posmodernidad, de mirada corta, vuelo bajo y resultado inmediato– responde a una nueva forma de relacionarnos, distinta e impensada. Entramos en Dios a través de Jesús, «la mejor garantía sobre Dios», que nos habla de un Espíritu que no entendieron ni siquiera sus discípulos. No lo entendieron, pero le dieron vida, porque experimentaron que la luz de Jesús no solo ilumina, sino que anima y da calor al corazón humano.
En los capítulos finales, Jesús Renau ofrece claves importantes para conseguir una vida interior rica. Claves de meditación, de contemplación, de oración... y también claves para aceptar, para tomar decisiones y para amar.
Este es un libro que habla principalmente de amor. Lo define paso a paso, desde la sentencia de san Bernardo(verdaderamente habitamos más donde amamos que dondevivimos) hasta el definitivo «Dios es amor» y la relación de amor que puede tener cada persona con Dios, relación expansiva que, lejos de encerrarse en un enamoramiento narcisista, nos impulsa a estar con los que sufren, trabajar por las personas excluidas de la bondad de la vida, y todo ello transmitiendo serenidad, equilibrio y buen humor.
Las páginas que siguen están llenas de pensamientos e ideas que requieren una lectura pausada. Incluso este prólogo utiliza muchas palabras y frases del propio autor. Le pido excusas por este préstamo; sinceramente, no he hallado mejor forma de expresar tantas ideas en pocas líneas, y no quería extenderme. Las ideas de este libro, en fin, constituyen una magnífica ayuda para el cultivo deuna vida interior que sea fuente de una existencia con sentido, equilibrada y plena para mucha gente. Estoy convencido de hablar en nombre de muchos lectores al agradecer a Jesús Renau el haberlas escrito.
XA V IER MA SLLORENS
Introducción
E
l desarrollo de la vida lo focalizamos desde nuestromundo interior. Todo se resuelve en nuestro interior: desdelas vivencias hasta los movimientos más externos. Cada ser humano se experimenta como una unidad de relaciones, de encuentros, de acontecimientos, capacidades, proyectos y memoria de los tiempos pasados. Todo se vive, en última instancia, en un yo que es irrepetible, único, relacional, solitario y protagonista.Tomar conciencia de la interioridad es una condición para sentirse persona. Cuando algunas veces vivimos y actuamos al margen del propio yo consciente interior, es cuando actuamos de forma automática, imprevisible y descentrados de responsabilidad moral. Nos dejamos arrastrarpor elementos descontrolados, como una hoja caída del árbol y desplazada en cualquier dirección
Nuestra tradición espiritual sitúa en la vida interior el ámbito esencial de la relaciones y la fuente de donde brota la fuerza de amar y de donación hacia fuera de nosotros mismos. La vida interior es como el corazón que recibe y envía las capacidades y las energías que van y vienen. Unas energías que se purifican y tienden a la expansión para rehacerse y seguir de nuevo aquel «de dentro afuera» y «de fuera adentro» que teje la aventura del vivir.
Estar atentos a la vida interior significa cuidar nuestras relaciones, responsabilidades y capacidades. También acoger, recibir, archivar y buscar respuestas a tanta vida como continuamente nos llega. Y todo ello a partir de la propia identidad y de la absoluta sinceridad con relación al tejido de vida que intentamos alimentar y criticar como cierto y verdadero. Con frecuencia hacemos nuestro camino con una luz pequeña y vacilante, con paso humilde y buscando ayuda en aquellas amistades actuales o en aquellas que han arraigado en nuestro corazón, aunque sean de tiempos antiguos.
En la profundidad personal, todo lo que vivimos halla un lugar, y tiende a marcarnos para salir de nuevo con la señal de lo que somos, de los que nos han ayudado y nos ayudan a ser. La palabra «corazón» en la tradición bíblica significa aquella íntima realidad, el fondo del fondo de nosotros. Semejantemente a lo que hace el corazón con la sangre, la vida interior es el último ámbito vital de ida y retorno, fuente de animación de nuestro devenir como personas.
Nuestra vida interior empezó a desarrollarse y a ganar espacios a partir de los inicios de nuestra existencia. Las primeras experiencias sensibles, la satisfacción de las necesidades elementales o su ausencia, fueron marcando aquel espacio infantil nuevo. Muchas de las dificultades y del malestar o, por el contrario, mucho del gozo y la
armonía que experimentamos actualmente, hunde sus raíces en la fase infantil de la vida. Generalmente, hemos olvidado aquel barro invisible que se estaba marcando como positivo o negativo cuando era tierno, y que se fue endureciendo con el paso del tiempo. Siempre llevamos dentro el niño que fuimos. Está vivo, se mueve, interroga y se expresa de mil formas diversas. Él somos nosotros. El cuerpo era tierno, pequeño, se desarrollaba, aplicaba los sentidos con su pequeña mente de forma muy diferente a la forma actual, pero el yo es el mismo. En cada persona vive el niño o la niña que fueron y siguen siendo, aunque sumergidos en la masa crítica con que los años y los afanes los ha ido cubriendo.
Todos guardamos recuerdos de nuestra niñez. Algunos de ellos rápidamente nos vienen a la memoria, seguramente porque nos marcaron de forma muy especial. Generalmente, son recuerdos de nuestras relaciones con los padres, los hermanos y familiares. También de la escuela, de algunos compañeros y maestros...; del ambiente y de algunos hechos característicos que ya entonces llamaron nuestra atención de forma especial. Pero también hay recuerdos de experiencias estrictamente personales, como los miedos, las desazones, lo que estábamos pidiendo y no encontrábamos, y también algunos momentos de gran intensidad interior. No resulta infrecuente encontrarse con personas que explican situaciones de su niñez que las han marcado para siempre; incluso en un nivel que podríamos definir como «místico». Hay quienes antes de los 7 años han tenido alguna de las mejores y más sublimes experiencias de su vida y que señalaron el camino de su futuro. Con el paso de los años han constatado cómo se transformaba en realidad aquella vivencia de su infancia.
Es importante aprender a guardar la memoria personal. Algunas veces, en un determinado momento de la vida, es aconsejable ponerla por escrito. Muchas veces, un escrito breve es como un despertador, una sugerencia que nos arrastra a desvelar situaciones y vivencias que están en nosotros como medio dormidas y que resultan importantes para la vida interior. Sí, éramos nosotros mismos los que corríamos hacia la puerta de casa cuando los padres o los abuelos llegaban, y nos lanzábamos a sus brazos esperando un contacto tierno y protector. ¿Quién no recuerda alguna noche de nuestra infancia en la que un mal sueño nos hacía llamar al padre o a la madre, y la paz que nos daba cuando se abría la luz y entraban para tranquilizar nuestra inquieta imaginación, o quizá dormían un rato a nuestro lado? Y tantas y tantas situaciones, relaciones, alegrías y llantos de nuestro yo en aquellos tiempos remotos, que pueden revivir ahora y que nos ayudan a ser lo que somos.
También hay una parte muy importante de nuestra vida infantil que ha quedado sepultada. No está muerta, ciertamente, puesto que está en nuestro ámbito profundo. Pero vive cubierta por la losa de un olvido que puede tener muchas causas y que nunca será absolutamente neutral. ¡Qué misterio, nuestro mundo interior, que tapa y esconde todo aquello que podría abrir determinadas heridas, determinadas ausencias, dolencias o
monotonías inacabables! ¿No nos escondemos también de las ilusiones y de aquellos momentos sublimes que ahora nos mostrarían que en algunas dimensiones de nuestra vida no hemos sabido o no hemos podido responder a nuestros sueños y quimeras? Misteriosos somos para nosotros mismos; si bien la amistad y el amor nos pueden aún ayudar a desvelar una parte, quizá menuda, de lo mejor y lo peor de nuestra historia. Poder reír o llorar por nuestra vida infantil es un don de la vida. ¿Por qué será que,cuando encontramos un nuevo amigo o nos sentimos enamorados de una persona, rápidamente preguntamos por su pasado? Es que no la podemos entender ni aceptar al margen de aquella época inocente en la que, con la mayor simplicidad, todo se vivía directamente, aspirando a la máxima transparencia. El amor es como un bisturí que va abriendo el corazón para descubrir aquellas raíces de vida, ahora tapadas, que constituyen el magma de los contenidos y límites de un yo parecido al nuestro y que no ha parado de construirse hasta el presente.
El ritmo que trae nuestra sociedad, muy acelerado, dificulta la conciencia de nuestra vida interior. Pueden pasar días, semanas quizás, en las que actuamos y vivimos como autómatas. Nos dominan los horarios, los relojes, las repeticiones, el «ahora toca» o «no toca», y añoramos con frecuencia unos momentos de silencio y paz que nos conectarían con nuestra vida interior. Necesitamos esta conexión para situarnos en orden y colocar lo que hacemos en un horizonte que responda a nuestra libertad y responsabilidad.
Posiblemente, la carencia de interioridad en los primeros años de la vida infantil está planteando a no pocos pedagogos y educadores a educar la formación interior de los niños con una mayor atención. Es ya frecuente que en algunas escuelas lo primero que hacen los niños cuando empiezan la jornada es un ejercicio de relajamiento, seguido de un rato de silencio con los ojos cerrados, y así trabajar el recuerdo, la imaginación y las vivencias, para acabar en una breve comunicación o en una sencilla oración. Sin duda, estas iniciativas y otras semejantes son muy necesarias y positivas en la época actual de tecnologías y ritmos de vida excesivamente frenéticos. Todos hemos visto en la calle cómo los padres van arrastrando a los hijos pequeños hacia la escuela con una inercia muy superior al deseo del niño, que querría ir observando las pequeñas cosas que ve pasar y que para él son revelaciones, muchas veces nuevas y sorprendentes. El ritmo temporal impuesto no es el suyo. Esta iniciativa de trabajar la interioridad infantil en la escuela y en la casa significa un paso importante en la formación.
Alcanzar una vida interior armónica, abierta, consciente, capaz de relaciones profundas, receptiva y que sea el motor de lo que hacemos es, sin duda, un ideal humano y una necesidad para hacernos responsables no solo de nosotros mismos, sino también de nuestra actitud en la sociedad. Hacia esta meta vamos a iniciar un camino, marcado por un proceso que, a partir de la búsqueda y reflexión sobre la paz interior, nos vaya conduciendo hasta una mayor capacidad receptiva, tanto a nivel de relaciones inmanentes
como de aquellas otras que ya superan la medida del ser humano y que pueden ser un regalo impensable en el devenir de nuestra vida.
Con buena voluntad intentaremos en el presente ensayo entrar, aunque que sea de puntillas, en los siguientes ámbitos:
1) En busca de la paz y la armonía interior. 2) Amar desde nuestra interioridad.
3) Integración de las limitaciones 4) El silencio y los silencios
5) Sentido de agradecimiento y compasión. 6) Enfrente del misterio inexplicable.
7) La alteridad sorpresiva y nueva. 8) Somos habitados por el Espíritu. 9) Felicidad presente y posible.
10) Meditación, contemplación y vida unitiva.
11) Los caminos de la vida interior. El enamoramiento de Dios. 12) En mitad de la vida. La segunda conversión.
13) Hacia la unión transformadora.
NOTA DE A GRA DECIMIENTO: En primer lugar, a Xavier Masllorens, que ha escrito el
prólogo con tanta amistad e inteligencia; a la María del Mar Albajar, que con Xavier presentó el libro; también a la Mercé García Marsà, que desde Boston me ha ayudado en la redacción. Muchas gracias a Lídia Pujol por sus cantos y poesía en la tarde de la presentación del escrito.
C
APÍTULO1:
La búsqueda de la paz
y la armonía interior
U
n profundo deseo del corazón humano nos impulsa a vivir en paz y armonía personales. Deseo legítimo, aspiración razonable y demasiadas veces ausente de nuestra experiencia cotidiana. La paz interior es aquella serenidad que nos permite afrontar la realidad de una manera equilibrada, clara y coherente. La armonía interior sería como un día vivido cerca de nuestro mar, cuando contemplamos sus movimientos repetitivos y renovados, en un horizonte definido por el azul de las olas y en el marco de las tonalidades del cielo. Muchas veces es lo que desearíamos para nuestro corazón. Pero no. Los afanes, los nervios, las tensiones, una cierta desazón constante y acelerada... provocan una sensación desagradable entre el vacío y el exceso.Hay que afrontar esta falta de paz interior que tantas veces nos acompaña. Es necesario que nos detengamos y nos preguntemos por las causas de nuestro desasosiego. Muchas veces, el hecho de encontrar la causa, cercana o lejana, de nuestro malestar ayuda a superarlo o, al menos, nos ayuda a poderlo soportar mejor.
Reflexionar sobre nuestras desazones
Hay preocupaciones que vienen de muy lejos, que se aferran a nuestro pasado, como la hiedra que va envolviendo el tronco de un árbol frondoso y lentamente lo va deteriorando. Un buen ejemplo sería el de aquel niño que ha vivido tiempos de guerra y ha visto de cerca los destrozos de la violencia y el estallido de las bombas. Probablemente, en su vida adulta puede sorprendernos su desazón, el miedo y ciertos sentimientos absurdos que no sabe de dónde vienen. Hay quien no puede soportar las tormentas de montaña, con el continuo estallido de truenos y rayos, hasta que un día descubre que su miedo excesivo puede tener su origen en los bombardeos que vivió de pequeño. Este encuentro con la situación angustiosa de un pasado, que de alguna manera se hace presente, le ayudará a superar un exceso de miedo y de pánico; quizás entonces será capaz de aprender a integrarlo como una realidad que es consecuencia de la experiencia negativa de la propia historia.
Detectar el malestar causado por la propia historia es importante. La misma persona, por sí sola, es capaz muchas veces de hacer este descubrimiento. En primer lugar, como posible hipótesis, hasta que subjetivamente la convierte en certeza. Es realmente positivo ayudarse a sí mismo a encarar el malestar y tratar de diluirlo en la racionalidad del propio pensamiento.
Otras veces hará falta la ayuda de una persona entendida (un psicólogo, el médico de familia, un acompañante espiritual, un amigo, etc.) que, en comunicación y sintonía, vaya ayudando a hacer este descubrimiento y a encontrar las herramientas mentales y afectivas para superar las angustias y los miedos. Bienvenidas sean estas ayudas que nos facilitan la maduración personal.
Las preocupaciones también pueden proceder de realidades presentes que estamos viviendo. Hay una lista muy larga que va desde los problemas económicos, la vida relacional y afectiva, las frustraciones, desengaños, enfermedades, mala suerte, accidentes de todo tipo, etc. Situaciones que rompen la estabilidad y nos sumen en la tensión, el mal humor, los nervios y los sentimientos negativos.
No nos podemos abandonar frente a lo negativo. Sería un grave error. Es cierto que al principio la inestabilidad parece imponerse. Pronto, sin embargo, tenemos que trabajar para afrontarla. Dejemos aparte la casuística, que es infinita. Lo fundamental es la voluntad de superación e integración de la realidad para recuperar el equilibrio y la paz interior.
Esta recuperación, total o parcial, es una condición importante para el bienestar interior, que no rehúye los problemas, sino que convive con ellos si es necesario, sin dejar que su mal se convierta en el «nuestro». Voluntad decidida de trabajo, de búsqueda de ayuda, de empezar tantas veces como sea necesario, de paciencia consigo mismo... Y
ello todo para equilibrar la vida interior. Los conflictos y las penas hay que afrontarlos con paciencia y realismo. El centrarse en lo diario, en las otras personas, sin exagerar nuestros asuntos, nos puede ayudar a afrontar los problemas con mayor garantía de éxito.
El futuro puede ser una tercera causa de desazón, sobre todo en determinadas situaciones de la vida. El futuro personal, el futuro familiar, el de las personas que queremos y el futuro social. Y es que el porvenir siempre es incierto; tiene unos márgenes importantes de incertidumbre que escapan a nuestra previsión. A veces la inquietud por el futuro es como una alarma general, un presentimiento de dificultades inconcretas. Otras veces es causado por razones y situaciones que son actualmente reales y plantean incógnitas y que nos sitúan ante males posibles. Cuando todo parece atado y se rompe de improviso, es cuando nuestro espíritu se siente impotente ante un presagio de hundimientos que aparentemente están por llegar.
La superación de nuestro malestar
Pasado, presente y futuro, separados o acumulados, pueden convertirse en raíces del malestar, auténticas causas de desestabilización personal. La vida interior queda herida, tensa, oscura, huérfana, necesitada de serenidad, de paz y de equilibrio para ir deshaciendo y encarando estas oscuras realidades. Es urgente afrontar la situación y buscar unos medios de ayuda personal. Tendremos que discernir lo que realmente puede ser objeto de preocupación real y lo que es un malestar motivado por elementos irreales, que hemos magnificado como trampas concretas que no son sino fruto de nuestros miedos e inseguridades.
La decisión de encontrar el equilibrio interior debe llevarnos a revisar, como mínimo, el funcionamiento ordinario de nuestro cuerpo y de nuestra mente, los sentimientos, las relaciones y la esencial dimensión de sentido. Somos unidad; somos también variedad. El bienestar personal pide integrar la diversidad de elementos para que el conjunto sea equilibrado. Hemos de ir alcanzando la capacidad de saber, en el grado más alto posible de aproximación, qué nos está pasando. También alcanzar la capacidad de ánimo para ponernos en camino en el proceso constructivo.
Cuerpo, mente, sentimientos, emociones, relaciones y dimensión de sentido. Cada uno de estos factores tiene una gran complejidad; y si consideramos su mutua implicación, llegamos a constatar que no podemos atenderlos, uno tras otro, como si fueran piezas separadas. Al contrario, se implican de tal forma que la mejora de un elemento repercute en los demás. Se dan también situaciones urgentes que demandan una especial atención más inmediata, como puede ser, por ejemplo, una determinada enfermedad, un profundo desencanto afectivo o un fracaso laboral que nos provoca un fuerte desánimo. Pero, incluso en estas situaciones, es importante atender a otros factores. Todos tenemos experiencia. No basta medicarse adecuadamente, por ejemplo, dejando entre paréntesis la vida afectiva. Hay enfermedades que tienen su raíz en la afectividad, la soledad o los desengaños; y, si bien habrá que atender la dimensión orgánica, no podemos marginar las otras, que de hecho han provocado el descenso de defensas que han facilitado una infección. Elsistema inmunológico va unido a toda la complejidad personal.Muchas veces, un cansancio desproporcionado de las fuerzas reales conduce a un malestar orgánico que no es solo un síntoma de aquel, sino que se desarrolla como enfermedad.
La dimensión de sentido
Entre todas estas dimensiones personales, y desde el ángulo de la vida interior, la dimensión de sentido tiene una importancia capital. La dimensión de sentido es como la dirección que marca y potencia nuestra vida. Responde a la pregunta sobre qué sentido damos a nuestra vida. ¿Vivimos porque sí? ¿Cuáles son nuestras finalidades a largo, medio y corto plazo? En cuanto de nosotros depende ¿qué objetivos nos marcamos como más importantes? San Ignacio de Loyola a menudo preguntaba «a dónde voy y a qué» Vivir con sentido es completamente diferente de vivir para ir llenando el tiempo o rehuyendo la propia soledad. El sentido de la vida es fruto de elementos del pasado, culturales y religiosos, de testimonios recibidos, de la sabiduría y la reflexión que nace de la experiencia, de las valoraciones que nos han orientado y, más pronto o más tarde, de la madurez de la propia libertad.
No es lo mismo el deseo de vivir con sentido que vivirlo de verdad. Todos tenemos impreso en nuestro ser el profundo deseo de vivir, de encontrarnos bien, de disfrutar de espacios de ocio, de buenas amistades, etc. Es un conjunto de inclinaciones naturales que están en el ADN de toda vida humana. Estas dimensiones no se pueden confundir con el «sentido que damos a nuestra vida», en el que entra un conjunto de valores, de capacidades y de la propia libertad que ha hecho consciente la dirección final de nuestro ir aconteciendo en el mundo, así como los medios que hemos elegido, entre los que razonablemente tenemos en las manos, para ir consiguiendo esa finalidad última. Si es importante vivir –y lo es mucho–, también lo será, y quizá más, «vivir para» algo. El sentido de la propia vida no siempre llega a un nivel suficientemente claro en la propia conciencia, especialmente cuando falta el trabajo interior. Hay personas que, de hecho, viven, por ejemplo, para el éxito, para ir adquiriendo esferas de poder y de dominio, y lo pueden revestir de ideales patrióticos, de servicio, de fines religiosos, etc. En verdad son ideologías que justifican, con frecuencia ante sí mismos, el sentido último de su vida. De forma clara, pública y abierta no lo aceptarían. Los humanos tenemos siempre la tentación, más o menos consciente, de engañarnos para justificarnos.
Todos hemos conocido y conocemos a personas que tienen un auténtico sentido de la vida, que es el fruto maduro de la trayectoria de su desarrollo y del mundo concreto en que viven o han vivido. Hay quien vive para la investigación, para la medicina, el arte, la política, el deporte, la filosofía o la religión. Mujeres y hombres que muestran en sus actos, en sus prioridades y relaciones, que han elegido o han aceptado libremente una dedicación prioritaria, y en muchos casos integradora, de unos valores que para ellas y ellos representan el sentido de la vida . Si hemos mencionado unas determinadas esferas, es porque resultan más fáciles de comprender; pero hay otras esferas sencillas, llanas, incluso generales, que para las personas que las viven son tan fundamentales como las anteriores. La persona que vive para cuidar a sus padres mayores o a un hijo con
dificultades, o para ayudar a unos enfermos, o para estar ayudando a la gente que vive en la calle..., esa persona vive también con sentido.
Si queremos llegar a una comprensión suficiente de las personas, es importante no solo atender a lo que hacen o dejan de hacer, sino también a los valores que esconden sus actuaciones y que son los motores de su acción u omisión.
Importancia capital de la vida interior
En la vida interior es donde encontraremos el sentido real de la vida humana. Se manifestará de diversas maneras; puede que se revista con ideologías; pero en el fondo todo tiene su última instancia en la forma de sentir, de valorar y de optar que hay en el corazón profundo de la gente. Ir clarificando, a veces mediante largos procesos, cuál es el sentido global de la vida (aquel que realmente es el resultado de una libertad iluminada por la realidad y por los valores) es, sin duda, el cultivo básico para afrontar las preocupaciones, las angustias y el malestar. Evidentemente, hay muchas ayudas que hemos apuntado hasta ahora y que tienen en cuenta los elementos constitutivos de nuestro ser; con todo, el hallar el sentido de nuestra vida, tal como ha sido definido, es una ayuda fundamental para la superación del malestar personal.
Dejando aparte razonamientos más propios de la teología, la aproximación a muchas relaciones humanas nos muestra que aquellas personas creyentes que han centrado su vida en la relación con Dios, siguiendo la propia conciencia y la libertad personal, pueden afrontar los desequilibrios y las frustraciones con un peso interior de liberación notablemente grande. Si realmente el sentido de su vida se centra en la relación con Dios y, desde ella, en el amor a las personas y a la naturaleza en todas sus dimensiones, encontrarán en los momentos duros fuerza y ayuda más allá de los medios normales de superación. Cabe remarcar aquí que no cualquier dios responde a la imagen de Dios que nace de la experiencia y la vivencia de Jesús. Tener presente que Dios Amor está cerca, incluso en tiempos de desierto espiritual, ayuda a caminar paso a paso, creyendo que todo puede tener un sentido, aunque en aquellas circunstancias parezca imposible. También otras opciones de fondo pueden ayudar de una manera similar a las personas a vivir el sentido de vida que estructura su ser y su actuar.
La paz y el equilibrio interior son un fruto importante del vivir con sentido. Son la resonancia que deja en la persona que sabe que todo lo que hace y vive quiere ir en aquella dirección que ella misma ha escogido. Y si bien es verdad que esta dimensión es muy personal, ello no significa que se priorice un subjetivismo exclusivo, ya que el ser humano es un ser de relaciones desde el comienzo hasta el final. Cerrarse sobre sí mismo conlleva elaborar unas ficciones irreales que se convierten en insoportables. Nuestra naturaleza es relacional y, aún más, es amorosa.
Hay situaciones tan extremas y tan duras en determinados momentos de la vida humana que los medios normales y las ayudas apuntadas hasta ahora son, en el mejor de los casos, como aquellos cuidados paliativos que tanto ayudan a soportar un mal que parece no tener remedio.
Seguramente, solo el amor puede desbloquear estas situaciones extremas. Un amor auténtico, no un amor como medio terapéutico. Un amor que se centra en estar al lado, sencillamente acompañar, más allá de preguntas y consejos. Un amor que, quizás en el
pensamiento y hasta en la palabra del que sufre, se puede llegar a expresar con breves palabras, tales como: «gracias por estar aquí». Un amor que no puede dar la solución, pero que comparte la situación, la hace también suya y la participa. Por su mismo dinamismo, esta forma de amar se trasciende y muestra un más allá de lo razonable, aunque el que ama con tanta calidad generalmente ni cae en la cuenta. Es una dinámica sin fronteras. Evidentemente, acepta la limitación, pero siempre querría ir más a fondo en la comunión. Tiene algo de divino, no en la dimensión omnipotente que generalmente aplicamos a Dios y a los dioses, sino en la dimensión de la iluminada compasión en el sentido más noble y profundo de la palabra.
Quien se siente ayudado por un amor como el que hemos intentado describir va sabiendo que pisa un terreno firme, que no puede tambalearse ni fallar. Por más que no pueda dar respuesta a los problemas, a las enfermedades, a las desgracias y noches oscuras, entiende que el corazón y las manos del que ama con tanta calidad están sobre su corazón y sus manos. No es solo un consuelo; es mucho más: es comunión.
C
APÍTULO2:
Amar desde nuestra interioridad
T
odos venimos de unas relaciones anteriores a nuestra vida. Desde el comienzo de nuestro camino existencial hasta este momento, somos lo que somos gracias a las innumerables relaciones que nos han tejido por fuera y por dentro. Querer convertirse en único, solitario e independiente es una quimera imposible. En este intento la vida cae en un abismo negativo cuando queremos cruzar la frontera de un subjetivismo radical. Nos guste o no, vivimos gracias a otros; a todos los niveles: desde la alimentación y el trabajo, pasando por la cultura y las capacidades, hasta el mismo aire que respiramos y el buen o mal humor que convive en nosotros, según climas, situaciones y eventos. Son los otros los grandes factores de nuestro yo. También son factores de nuestro yo la naturaleza, el universo, el pasado, a los que estamos ligados sin interrupción, y las dinámicas colectivas que están potenciando positiva y negativamente el porvenir.Las relaciones de amor
En medio de este inmenso magma de relaciones, y atendiendo a nuestra vida interior, destacamos como más fundamentales las relaciones afectivas, las relaciones de amor. Ser amado y amar es una condición fundamental para convertirse en persona humana.
«El amor se muestra más en las obras que en las palabras», como dice San Ignacio en la «contemplación para alcanzar amor» de losEjercicios Espirituales. El amor
impulsa la mutua comunicación de lo que uno es y tiene. Por lo tanto, tiende a la formación de una unidad referencial que es como un espacio común de novedad, de comunicación y de comunión. El amor es fuente de vida, de creatividad, de placer, seguridad, deseo y plenitud. Evidentemente, abarca los principales ámbitos de la vida humana. Es analizado por los psicólogos, cantado por los poetas, añorado por los solitarios, recordado en la ausencia, ampliado en infinitas dimensiones, como la patria, la lengua, el arte, la naturaleza, la religión, el deporte, etc.; si bien es cuando se da entre las personas en edad adulta cuando puede adoptar su carácter único, liberador, comprometido y en continua tensión de trascenderse.
El amor se expresa y se manifiesta externamente con palabras, gestos, contactos, obras y todo tipo de formas dinamizadas por nuestros sentidos, pero es en el interior de la persona donde reside su estancia subjetiva; donde se alimenta, imagina, sufre, desea y siente. Es parte importante y fundamental de la vida interior. Una vida interior huérfana de amor es como un desierto tenebroso, sin dirección, en el que se va a tientas porque ha muerto la luz de la vida. Quizás nos encontremos en el transcurso de la vida con algunas personas en cuyo mundo interior no nos parezca que exista relación amorosa alguna; pero, seguramente, descubriremos que tienen un pasado, un deseo, quizás una quimera, que mantiene el anhelo de amor en medio del vacío más absoluto.
Nuestra vida interior está llena de gente. Es un ágora de relaciones humanas de todo tipo, en la que la memoria selecciona, olvida, descubre; la mente reflexiona y cuestiona; y la voluntad dinamiza y sueña. Interiormente, siempre estamos acompañados por otros. La mayoría quizá represente poco para nosotros. Tal vez sentimos aversión y antipatía hacia unos cuantos. Por el contrario, nuestro sentimiento es de aprecio para con aquellos familiares, amigos, conocidos, gente cercana o lejana que en estos momentos o en determinadas épocas de nuestra vida nos han querido y a las que hemos querido. Y también ahora, en la actualidad, hay quien nos ama y a quien amamos. Unas formas de amor, por cierto, muy variadas, que pueden ir desde la pareja, los hijos, los padres, hasta los amigos y amigas, compañeros de trabajo, vecinos, colegas, gente que hemos conocido en viajes, clientes y personas con las que nos cruzamos habitualmente en los transportes públicos, en las bibliotecas, en las salidas al extranjero, en los deportes y en comunidades de todo tipo. Esta nuestra ágora interior siempre se mueve, nunca descansa; incluso durmiendo, está viva y transformada dentro del sueño en una especie
de libertad condicionada a causa del clima, de las incidencias del día anterior, de la digestión, o de los problemas, tanto normales como extraordinarios, que nos afectan.
Un poco de luz para nuestro ágora interior
¿Es posible hacer un poco de luz interior en este ágora de relaciones tan lleno de sentimientos, emociones e imaginaciones? Una luz que nos muestre en primer lugar cuáles son las relaciones afectivas que realmente nos han ayudado a ser; aquellas de las que hemos recibido apoyo, calor y bienestar interior; u otras que han significado osignifican un nivel de compromiso personal ya adquirido, así como aquellas amistades que son capaces de superar el tiempo, etc. Una luz que, en medio de tantos impulsos, memorias, lazos y sentimientos, nos vaya situando ante una mayor clarividencia de nuestro personal mundo afectivo.
La pregunta más directa sería, más o menos:¿a quien quiero yo de verdad? ¿Y quién creo que me quiere?Una pregunta hecha al corazón, evidentemente, pero hecha
por la mente, que intenta situarse en la propia verdad vital. Una pregunta que huye del engaño, de la media verdad, que no quiere vivir a oscuras, sino que, al contrario, sin negar en absoluto la espontaneidad y la pasión de la afectividad, sabe de las ilusiones irreales, los desengaños y las trampas. Si fuera posible una respuesta más o menos clara, podría serenar la vida interior y situarla en aquella dimensión de agradecimiento, de luz para el vacío y de los posibles caminos de crecimiento que tanto pueden ayudar a ir progresando como auténticas personas.
Para acercarnos a la realidad de nuestro interior en una cuestión tan fundamental puede ayudar el partir de un cierto paradigma general donde situar la respuesta. Acerca de esto hay una propuesta inteligente en la carta encíclica de Benedicto XVI «Dios es amor», cuando analiza las tres palabras griegas que se refieren al amor. Aquellas tres expresiones que provienen del griego:éros,filíayagapḗ.Érostendría su expresión más
significativa en la pareja de amantes;filía, en los amigos, y elagapḗen los amores de
donación y comunión, fundamentalmente hacia los demás. Como toda síntesis estas tres palabras indican una tendencia dominante, muchos de cuyos contenidos se mezclan y se implican en la realidad y no pueden reducirse a un modelo determinado; pero es cierto que no es lo mismo el amor de un sanitario a una persona enferma crónica que el de una apasionada pareja joven; o el de un grupo de amigos que han recorrido largos caminos juntos. Tampoco es nuestro intento ahora centrarnos en un análisis de diferencias y denominadores comunes entre las tres grandes formulaciones del amor.
Lo que realmente nos interesa es situar el amor en el mundo interior de la persona. ¿Qué significa amar desde dentro de nosotros mismos?
¿Qué significa amar desde dentro de nosotros mismos?
Posiblemente, y en primer lugar, supone un grado suficiente de sabiduría serena y pacificadora que posibilite una entrada amable y positiva en nuestro interior. Tengamos una voluntad de tratarnos bien, amablemente. Rehuyamos culpabilidades inconcretas, difusas y vaporosas. Apartemos, aunque sea por un rato, la melancolía, la tristeza y todo tipo de pensamiento o sensación depresiva. Nos preguntamos a nosotros mismos, como mirándonos frente a frente, cuáles son las personas importantes de nuestra vida, aquellas a las que queremos, sabiendo que en este querer entra también una opción de nuestra libertad personal. La dimensión de la libertad aporta al amor relacional el clima adulto, responsable y capaz de arraigar en profundidad. Constataremos claramente que hay personas, actuales o pasadas, por las que experimentamos y sentimos un amor irrevocable. Este amor es mayor que los sentimientos legítimos, va más allá del agradecimiento. Hay un vínculo, una unión, una voluntad y decisión: ahora y para siempre los queremos. ¡Cuán significativo es en nuestro lenguaje que la palabra «querer» sea a la vez indicativa de opción, deseo y amor...!
La intensidad y el grado de amor no son los mismos e iguales para todas las personas que queremos. Hay familiares más cercanos (la pareja, los hijos, los padres, quizás algunos compañeros...) que son fundamentales para nosotros. Sin ellos no seríamos lo que somos. Con ellos somos, y sabemos que forman parte de nuestro pequeño gran universo personal. Un universo con esferas diversas. Y en todas ellas la luz de la relación afectiva, más o menos intensa. Esta luz nos ayuda a clarificar no solo quiénes somos nosotros, sino también quiénes son ellos y ellas. En su mayoría, saben que les queremos; otros, quizá lo sospechan; y es posible que algunos no se den cuenta de la intensidad amorosa que nosotros experimentamos. Son nuestra comunidad interior, la familia, que, sin excluir los lazos de sangre, va mucho más allá del parentesco y se sitúa en una especie de corona de luces que comunica seguridad, paz, fuerza, y creatividad en nuestro interior, así como también, en ocasiones, sufrimientos,interrogantes, angustias y añoranzas. La vida humana siempre es transitoria, nunca es definitiva: se mueve, cambia, descubre y busca muchas veces a tientas, porque somos contingentes, somos seres en proceso temporal.
Ir alcanzando lucidez en el conocimiento de las personas que queremos, según la diversidad de niveles y situaciones, es fundamental para vivir en un realismo constructivo. Somos también un poco ellos, y en ellos sabemos que estamos. Quizá nunca este reconocimiento sea claro del todo, ya que, a pesar de la luz interior, sabemos que cada persona es un misterio. Nosotros mismos lo somos para nosotros, y ellos lo son también en el ámbito de las relaciones que les dan vida y amor.
Hasta aquí hemos intentado dibujar una imagen de nuestra realidad interior en la dimensión del amor. Hemos hecho un acercamiento sobre claridad y luz, sin negar
limitaciones y oscuridades. Pero necesitamos dar un paso más acerca de lo que, por decirlo así, es estático y lo que necesariamente, por la misma condición humana, es dinámico.
No solo es importante ser conscientes de las personas que queremos y que son parte fundamental de nuestros sentimientos y opciones, sino que también nos conviene hacer memoria de los procesos vividos. ¿Cómo hemos ido desarrollando estos afectos? Puede ayudarnos mucho el recordar los fundamentos y la construcción de las relaciones. La memoria devuelve la presencia de situaciones pasadas, de una sociedad que no es la actual, de unas edades más jóvenes, tal vez más vitales e ingenuas. El proceso marca muchas veces la profundidad del amor. Su proceso se arraiga en lo más profundo de nuestra vida interior. Puede haber creado en nosotros la convicción de un querer que ha llegado a ser inexpugnable a los vaivenes de la temporalidad de la vida. ¿Cómo es que hemos alcanzado esta relación? ¿Qué altibajos, qué ilusiones, qué experiencias acerca de determinados valores, limitaciones, reconciliaciones y opciones han ido creando el tejido de nuestros amores? Sin caer en la melancolía de los tiempos pasados, una persona que ama sabe que en su interior hay una memoria viva de los demás, que en momentos determinados se puede desvelar y hacer presente hasta en los detalles más delicados, las pasiones más intensas y las decisiones determinantes.
También desde el presente y el pasado somos proyección que mira adelante. Incluso en un ambiente de máxima libertad, entre amigos de toda la vida, es necesario cuidar a las personas. Sin llegar a ser meticulosos en los detalles, el conocimiento que vamos adquiriendo de ellas nos recuerda aquellas acciones, aparentemente insignificantes, que les pueden dar momentos de plenitud y de felicidad. Prever, cuidar de los detalles y oportunidades, facilitar el bienestar de los demás, saber acompañarlos en las situaciones duras y conflictivas... es algo obvio en una persona de buen corazón. También nosotros sabemos por experiencia cómo nos han ayudado y nos ayudan algunas llamadas oportunas, una sonrisa amable, una felicitación...: mil detalles que por un momento marcan un paréntesis de luz en nuestro interior y nos muestran que las relaciones humanas son el tesoro más preciado de la convivencia.
El potencial expansivo del amor
Amar desde nuestra vida interior no se limita a las personas que representan aquellas relaciones afectivas y amistades importantes y que constituyen nuestra familia del corazón. El amor tiene un gran potencial expansivo. Especialmente cuando se vive con intensidad y plenitud, puede provocar una forma de estar en el mundo que aporta un dinamismo para ir más allá de la plenitud y la satisfacción de los amores conscientes y aceptados libremente. Dejando aparte algunas realidades que expresan la valoración que tenemos para determinados elementos de nuestra vida social, como pueden ser la cultura, el arte, la tierra, el propio país; queremos centrarnos ahora en dos dimensiones: el amor altruista para con las personas a las que servimos o queremos servir, y el amor a Dios, que para los creyentes representa uno de los pilares fundamentales de nuestra vida de fe.
La capacidad altruista de amar va acompañada de unas determinadas convicciones, que son más fruto de la experiencia que de la pura reflexión. Ver en cualquier persona, sea del sexo que sea –prescindiendo en la primera visión de diferencias culturales, religiosas, políticas o económicas– a un hermano, a un ciudadano, a un sujeto de derechos humanos, es el resultado y la manifestación de unas convicciones fundamentales que han ido creciendo a medida que nuestro corazón ha aprendido a vaciarse de un ego absolutista y es más capaz de simpatía, apertura, relación y afecto. Estas convicciones ayudan a superar un sentimentalismo fluctuante y aportan solidez a una forma de amar en la que entra como factor importante la propia voluntad. Amar es también querer amar. Muchas veces, cuando un joven se embarca en un voluntariado y descubre que hay seres humanos que viven en unas condiciones importantes de limitación, pobreza, marginación o carencia afectiva, se da cuenta de que hay en su corazón una capacidad de relación generosa que posiblemente hasta entonces permanecía como dormida. Si tal voluntariado se va consolidando y le lleva a niveles crecientes de compromiso, irán aumentando las convicciones éticas, sociales, morales y posiblemente religiosas, que son para él un soporte que le sostiene en el sacrificio personal y la generosidad mantenida. Si su amor es donación generosa, constante y receptiva de lo que recibe de los otros, entonces va adquiriendo la capacidad adulta del amor. Nos interesa lo que vive interiormente este joven, no solo lo que hace externamente. Su vida interior está cambiando. Las imágenes de precariedad recordadas en el silencio, las preguntas, el situarse en el lugar de los otros, los interrogantes y porqués, las emociones, los propósitos, el compartir con los colegas, los silencios de oración y reflexión...: todo va provocando el descentramiento de su propio yo hacia los otros, a los que cada vez ama y se da más. Crece su capacidad y actitud altruista.
El amor a Dios y de Dios
También el amor a Dios va acompañado de unas convicciones: la fe, de forma especial. Concretamente, nos referimos a la fe cristiana, que generalmente se alimenta y se nutre de Jesús, el Maestro, el hombre generoso y solidario para con todos los pobres, enfermos y oprimidos, con sus palabras de vida, de esperanza, de consuelo y de amistad. Aquel Jesús que cambió la historia aceptando su martirio y que removió el mundo romano, griego y judío a partir de unos discípulos que daban testimonio de su glorificación, y a quien más de mil millones de hombres y mujeres de todo el mundo consideran hoy Viviente, y que sigue fascinando como nadie en la historia humana. Un Hombre que se manifestó en su sociedad solo unos tres años y fue considerado imagen visible del Dios invisible, Palabra de Dios pronunciada para la liberación de la humanidad, Dios mismo entre nosotros. Este Jesús, enraizado en la tradición religiosa judía y que va más allá de ella y muestra a Dios de una forma nueva: Dios Padre y Madre entrañable, Amor, respetuoso con la libertad humana y la autonomía de la secularidad en su rectitud, la no violencia, el respeto y el amor. Dios Espíritu de vida y renovación constante, Dios misericordioso, que hará justicia final y decisiva. Dios íntimo y universal, de todos y de todas, Dios capaz de sufrir con los que sufren y disfrutar en la alegría de la vida, Dios de todos los pueblos, de un universo en expansión y de la promesa final eterna de un amor definitivo.
Un breve compendio, limitado y esquemático como el que acabamos de explicar, quiere significar algo de lo que llamamos «amor de Dios». Amor de Dios a nosotros y amor nuestro a Él. Amor dinámico, fecundo, creativo, fuente de felicidad, de paz, de energía y de esperanza. Amor abierto a todo lo humano, a todo lo sabio, científico y poético. Amor que va configurando una nueva civilización, a pesar de limitaciones, fraudes, corrupciones y abusos. Un Amor decisivo para la historia personal del creyente y, desde la fe, para la historia definitiva de la humanidad y del cosmos.
La dimensiónagapḗdel amor hacia los otros en general, o hacia Dios, siempre
significa una salida de sí mismo.Este vaciarse del yo se llena con la relación del otro y forma un espacio de comunión. A medida que el amoragapḗva creciendo en nuestro
corazón, en nuestra voluntad y en nuestra acción consecuente, va creciendo también la comunión. Una comunión llena de gratuidad, agradecimiento, humildad y fuerza. Nos transformamos en personas que han sido definidas como «hombres y mujeres para los demás» y que responden a uno de los más notables ideales de humanismo y de religión. Hombres y mujeres que han ido vaciando la plaza interior, limpiando los adoquines del yo absolutista y situando en su espacio vacío a los demás. Muchas veces estas personas son los auténticos anti-sistema, que renuevan en sus ámbitos la vida social y la transforman en un proceso evolutivo hacia dimensiones positivas de una vida cada vez más desarrollada. La tendencia evolutiva de la humanidad está llamada a seguir por este
proceso. En él irá encontrando la respuesta a tantas situaciones injustas, explotadoras y dictatoriales, que en el fondo responden a unos yo egocéntricos que intentan siempre acaparar en beneficio de sí mismos.
El Reino de Dios predicado por Jesús nos marca la tendencia hacia una nueva humanidad.
C
APÍTULO3:
Integración de las limitaciones
S
omos limitados. Determinadas limitaciones forman parte de nuestra esencia personal; otras han sido provocadas por nuestra historia en el contexto de los acontecimientos sociales, culturales y políticos de nuestra vida. Llegar a constatar las propias limitaciones es una parteimportante de la sabiduría; así como el ignorarlas es signode demencia y de falta de sentido común.Hay limitaciones somáticas, psicológicas, morales, afectivas, mentales... que con frecuencia están en proceso de crecimiento o de disminución, en el marco razonable de unos límites que proceden de la naturaleza como consecuencia de las circunstancias de nuestro proceso vital. Otras limitaciones son consecuencia de los errores propios o de nuestros ámbitos familiares y sociales, de eventos desacertados, historias educativas, enfermedades o accidentes, etc. que, de hecho, han marcado nuestra vida, y que quizás en otras circunstancias no se habrían dado. Los hechos son tozudos y, por mucho que se olviden, de alguna manera siempre condicionan e influyen.
Conocimiento propio
Para llegar a disfrutar de una vida interior equilibrada y en armonía personal y social hay que ir alcanzando de forma natural un conocimiento propio lo más objetivo posible. «Conócete a ti mismo» fue el ideal moral de una gran corriente de la filosofía griega. Conocimiento que abarca, desde los niveles físicos e intelectuales, hasta aquellos que definimos como espirituales, para distinguirlos de la materia. No se trata de un conocimiento puramente estático, como una especie de fotografía de la realidad, sino que implica esencialmente un conocimiento de los procesos que posibilita el desarrollo realista de las potencialidades de mejoría y mayor valor. Hablando de forma teórica, diríamos que en este conocimiento propio hay un acercamiento al pasado, un acercamiento a la imagen lo más objetiva posible de la realidad actual y una conciencia realista de las posibilidades de perfeccionamiento hacia el porvenir. Aquel «conócete a ti mismo» se desglosa en: «sé consciente de tu pasado, hazte lo más posible cercano a ti mismo para saber quién eres ahora y toma conciencia de lo que puedes desarrollar en adelante». Siempre de aproximación en aproximación, en medio de posibles engaños, pasos en falso, aprendiendo a rectificar, con humildad y paciencia, en relación amablecon personas que nos quieran sinceramente y no nos ocultensus puntos de vista. Muchas veces, también podemos ser ayudados técnicamente. Y, finalmente, manteniendo el espíritu de superación y gozando de buena esperanza.
No siempre resulta fácil aceptar determinadas limitaciones. Cuando desdibujan nuestra imagen o la imagen que querríamos transmitir a los demás, nos pueden conducir a una situación de falsedad que se convierta en un verdadero auto-engaño. Resulta relativamente frecuente observar en otras personas la forma de ocultarse a sí mismas lo que realmente son y, de ese modo, aparentar unos modelos artificiales que tarde o temprano manifestarán su auténtica carencia personal. En cambio, es mucho más difícil hacer esta comprobación cuando se trata de uno mismo. Muchas veces intentamos huir de lo que realmente somos. Hay quien puede vivir años lejos de sí mismo, realizando una especie de personaje que le resulta posiblemente más atractivo y que puede acabar hundiéndolo en una notable decepción o en unos estados de ánimo absolutamente airados y llenos de pesimismo y descontento.
Integrando lo que vivimos
Ir integrando nuestras limitaciones en la propia conciencia supone una gran sinceridad y mucha clarividencia; también buenas dosis de humildad. Lo podemos ir logrando mediante la reflexión personal y también con ayudas exteriores fundamentadas en la confianza y en buenos niveles de garantía.
Desde el ámbito personal, esta toma de conciencia de lo que vamos viviendo ya la hacemos en gran parte de forma espontánea. Hay gente que por la noche repasa someramente el día vivido. Hoy en día, sin embargo, en nuestra cultura se corre el riesgo de que la excesiva acumulación de vivencias, trabajos, horarios, sentimientos e informaciones provoque una acumulación tan grande de vivencias no recicladas por nuestra memoria y conciencia que crean un malestar y desazón general, y muchas veces sin una causa demasiado conocida. Hay como unatasco y una falta de tiempo de asimilación. Por otra parte, cuando tendríamos tiempo de vacación lo llenamos con una marcha hacia adelante que en nada nos ayuda para crecer en la experiencia de vivir con plenitud interior.
Necesitamos recuperar algunos medios, tradicionalmente bien conocidos y ejercitados, que nos ayuden a integrarnos con lo que estamos viviendo. Entre estos medios podemos recordar aquel que en la espiritualidad ignaciana se llama «examen general de conciencia» y que es una verdadera reflexión y oración sobre la vida.
El examen general de conciencia parte de un presupuesto: la vida tiene un sentido, no es una suma de hechos inconexos y arbitrarios en medio de los cuales la persona debe ir sobreviviendo. En el caso concreto de la espiritualidad ignaciana, el sentido de la vida se fundamenta en la relación entre Dios y nosotros, hechos a su imagen y semejanza, creados para la plenitud eterna, que ya en esta vida nos llama al seguimiento de Jesús. Nuestro estilo de vida y de relación ha de tener presentes las realidades decisivas de justicia, amor y equidad.
Examen sobre la vida personal
El examen general de conciencia es, en primer lugar, una gran acción de gracias por la vida, la fe, la comunidad, el destino y la llamada a vivir en plenitud. Estas realidades no son únicamente el resultado de nuestro esfuerzo; nos han sido dadas. El creyente tiene conciencia del don recibido en la fe. Habiendo recordado con agradecimiento este fundamento y sentido vital, en el examen se hace memoria de una unidad de tiempo (un día, por ejemplo) y una relectura en un doble nivel, externo e interno, de los hechos vividos. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo lo he vivido? ¿Cuáles han sido las intenciones, los móviles y los deseos? El criterio para discernir el «cómo ha ido» es precisamente el fundamento mencionado, el sentido de la vida. Evidentemente, recordamos un poco de todo en esta memoria: aciertos y desaciertos, bien y mal, coherencias e incoherencias, virtudes y pecados. Esta memoria va situando la vida vivida en la interioridad personal, desde la que brota una respuesta que unas veces será de conformidad, y otras de repulsa. Dicho en términos más tradicionales: paz y conversión. El creyente se dirige a Dios y reconoce, en su presencia, aquello que posiblemente ha hecho mal y, de ese modo, acepta su Bondad misericordiosa; y lo mismo hace con lo positivo, para dar gracias y así ir poniendo buenos cimientos de cara al futuro. Ha integrado una parte de su vida en el marco del sentido. Ha situado las intenciones, acciones y operaciones ordenándolas en la propia conciencia. Va aumentando el conocimiento de sí mismo y haciendo real la fe, que se arraiga en la vida concreta.
El examen general, una vez que ha llegado a este punto, da un paso más. La vida continúa; después de un día viene otro. Por lo cual, siguiendo la misma dinámica, intentamos hacer una previsión de lo que se está iniciando: un tiempo nuevo. Esta previsión puede tener también una perspectiva exterior –lo que vamos a vivir y hacer– y otra interior –cómo deseamos vivirlo y hacerlo–. Prever un nuevo espacio de tiempo, por ejemplo al día siguiente, desde la dimensión interior significa cómo querríamos vivirlo, con qué intenciones y motivaciones, etc. Esta previsión no es garantía de que se convierta en real, pero aumenta la prudencia, motiva la intención, huye del vacío y, sobre todo, sitúa el espíritu personal en el marco de sus decisiones fundamentales. Finalmente, ofrecemos a Dios nuestra buena voluntad para realizar lo que sea más conforme con lo que Él quiere de nosotros, y así poder confiar y descansar en Él.
Esta forma de ir integrando la vida pasada y el proyecto de cara al futuro puede ser también muy útil para cualquier persona que sea agnóstica o atea. Partimos de la búsqueda de aquella serenidad interior que nos ayude a recordar un tramo de vida, generalmente un día, tanto a nivel externo de los hechos como a nivel interno, como son las intenciones y todo el mundo de los sentimientos. La conciencia personal, según los propios criterios y valores, es la que hace una valoración e integra lo vivido en el conjunto del camino de vida que vamos haciendo. Finalmente, el examen general prevé
el futuro más inmediato, como puede ser un día, y busca cómo vivirlo en coherencia con los valores humanos y espirituales. En elcómose hacen las cosas radica uno de los
secretos de la buena armonía personal.
La persona que va integrando su vida interiormente suele ir serenándose y tomando conciencia de sí misma. Va reconociendo sus limitaciones y, una vez aceptadas, se capacita para tomar nuevas posturas de desarrollo personal positivo. Muchas veces pasará de la aceptación personal a una mayor posibilidad de mejora, al menos en algunos casos, y desde ella hacia unos niveles de superación realista. La fuerza de voluntad, la constancia, la humildad, el saber buscar recursos personales o sociales, la aceptación de ayudas externas, la capacidad de perdonarse a sí mismo, etc. irán facilitando el progreso en la autoestima, siempre deseable en cualquier ser humano.
Limitaciones diversas
Las limitaciones pueden ser de muy diversos órdenes. Algunas habrá que ir aceptándolas, tomando conciencia de lo que pueden representar y asimilando con la mayor naturalidad posible las dificultades que conllevan. Son debidas, por ejemplo, al desgaste normal de la vida, a los cambios que conlleva la continua mutación de nuestro ser temporal, etc. Hay situaciones que, por mucho que uno quiera cambiarlas, le resulta imposible hacerlo: es como luchar contra un muro superior a uno mismo. Nadie, cuando has cumplido una serie de años, puede devolverte el vigor de la juventud. Lo más acertado es aceptar esta limitación y ver qué potencialidades puedes desarrollar tanto para el progreso personal en determinados ámbitos como para la prestación directa o indirecta al progreso social. Entonces es posible que una nueva sabiduría de la vida y el aumento de determinadas cualidades hagan de aquel tiempo una especie de nueva primavera en un orden de cosas superior, verdadero camino de plenitud y buen soporte para los demás. Tenemos, sin duda, ejemplos notables de estas posibilidades, y también lamentamos que haya personas que mirando un pasado, siempre transformado en mejor, se vayan cerrando en una especie de nostalgia estéril y formas de vida que tienden a la depresión.
Las limitaciones quizá más duras son aquellas inesperadas, que se presentan en determinados momentos de la vida y que representan unos cambios repentinos para los que posiblemente no estábamos lo suficientementepreparados. El día antes de detectar una enfermedad gravevivíamos en una realidad que, por ignorancia, falseaba un mal que estaba ahí, pero que no había llegado a nuestra conciencia. Nos comunican un posible diagnóstico grave, y experimentamos un descalabro interior notable, ya que siempre habíamos pensado que a nosotros no nos pasaría. Vemos cómo la muerte accidental de una persona, de un amigo, de la pareja, de los padres o de un hijo... transforma en unos momentos nuestra vida. El descubrimiento de la infidelidad, el desengaño de unas apariencias que parecían estables, el desastre económico, cuando un día hemos sido llamados para decirnos que somos despedidos de la empresa, etc., etc. En todos estos casos, y en muchos otros parecidos, hay un daño que parece imponerse sin remedio, y en nuestro interior nos encontramos limitados por la impotencia. Nos sentimos incapaces de hacer frente a la situación, experimentamos quizá cómo todo ha cambiado y entramos en un camino de gran incertidumbre y posibles trampas, en el que estamos metidos sin previsión razonable.
Sabíamos, sin embargo, a partir de nuestra propia experiencia, así como de la experiencia de otras personas cercanas a nosotros, que estos hechos eran posibles. Quizá no nos habíamos planteado en nuestro interior cómo afrontarlos en el caso de que llegaran. No se trata únicamente de un planteamiento negativo, cargado de inquietud y de sentimientos, de un miedo inconcreto, que deseamos superar. Se trata de un planteamiento realista:somos personas en tránsito, temporales; no viviremos siempreen
este mundo y, por lo tanto, sabemos, y no podemos esconder que estamos amenazados a causa de nuestra contingencia. Por lo tanto, necesitamos mantener en nuestro interior unos recursos de fortaleza y de confianza.
Nos ayudarán las relaciones amistosas sinceras, el sentido global de la vida, los despertadores de fuerzas que están como escondidas y son capaces de darnos nuevas energías y capacidades de lucha, de búsqueda de comunicación, etc., y todo ello para afrontar la realidad. Esta sería la preparación remota, absolutamente indispensable para responder al mal con posibilidades de que no nos destruya; y posiblemente pueda llegar a ser una fuente de sabiduría, de fe y de esperanza.