Quedan muchas preguntas pendientes sobre este tema. Quisiéramos tan solo tratar una, muy relacionada con los niveles de vida interior que han ido apareciendo de formas diversas en las páginas de este libro. ¿Nos podemos enamorar de Dios? ¿En qué sentido?
De hecho, hay personas, actualmente y en el pasado, que están enamoradas de Dios. Esta era, esta es su conciencia, esta es su vivencia. ¿Qué quieren o qué quisieron decir con esta expresión? Estas personas tenían o tienen unos sentimientos y emociones que calificaron como «enamoramiento de Dios». Elementos de esta experiencia pueden ser o fueron: amor, pasión, consuelo, insistencia en una paz honda, proximidad y anhelo de mayor proximidad, impulso hacia una unión profunda que invadiera toda su ser, como vaciándose en Dios, etc. Muchas veces, lo que vivían o viven es el descubrimiento de un gran Amor como la novedad sublime de su vida. Antes del descubrimiento podían seguramente tener una fe vivida, con altibajos, dudas, fugas y obstáculos; pero después del descubrimiento todo cambió, e iniciaron un proceso cada vez más intenso para con Dios. También existen conversiones repentinas. De forma insospechada, fueron captados interiormente por el amor de Dios. Otras veces, con la expresión «enamoramiento de Dios» reflejan una situación más permanente de amor y relación que ha ido creciendo hasta llegar a una pasión amorosa por Él.
El enamoramiento de Dios, cuando responde realmente a una relación entre un ser humano y Él, va acompañada de unas características que son fundamentales a la hora de discernir si se trata de una verdadera relación o de un posible engaño subjetivo. Cuando es verdaderamente una auténtica relación con Dios, en primer lugar está la conciencia de que ha sido Dios quien ha iniciado el proceso y la entrega. No hay otra razón que su libertad. No depende en absoluto de los méritos de la persona humana. No hay unos méritos que exijan una donación divina, sino que siempre es la gratuita y amorosa decisión de Él. Esta conciencia de ser receptor del don del amor se da siempre en los enamoramientos verdaderos. Responde a las palabras de Jesús: «No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que he sido yo quien os ha elegido avosotros». La convicción
de que Él ha iniciado, estimulado y movido el amor mutuo lleva necesariamente a una honda humildad, que nace de lo más profundo del corazón humano. Imposible el orgullo y la soberbia o la creenciade superioridad. Si de alguna manera se dieran tales actitudes, sería una muestra clara de engaño o de fantasía.
Hay aún una tercera dimensión que se da en el verdadero enamoramiento de Dios, que es una dinámica de amor hacia fuera, que mueve a extender a otros el servicio de la caridad, la justicia, la compasión, el desinterés, la ayuda en todo tipo de dolor y sufrimiento. El Amor es comunicativo. Generalmente, no será necesario explicar demasiado cuál es el motor de todas estas actitudes y sus acciones concretas, por la sencilla razón de que el interés del que ama a Dios se centra en la persona que recibe el
servicio o la ayuda. Y lo mismo diríamos tratándose de causas sociales, colectivas y políticas. Dios es expansivo en su Amor. Ama concretamente a la persona, suya es la iniciativa. Dios la mueve a no cerrarse sobre sí misma, sino de una forma natural que deje que el amor corra y abra nuevos caminos. El enamoramiento de Dios lleva a una especie de enamoramiento de las personas y de la naturaleza, que, al fin y al cabo, son también sujetos del Amor. Cuando el posible enamoramiento de Dios permanece cerrado en sí, recluido, subjetivo y frenado en la capacidad comunicativa del creyente podemos sospechar que se trata de un posible engaño o fantasía subjetiva, por muy emocionante que sea. El amor expansivo que procede de Dios muestra siempre una preferencia por los pobres, por los que sufren, por los oprimidos, tanto a nivel personal como a nivel estructural. No se puede disociar de la justicia y de los derechos humanos fundamentales. Generalmente, el enamoramiento de Dios no sigue un proceso rectilíneo. Más bien, se dan altibajos, momentos o tiempos de fuerte consuelo y momentos y tiempos de cruz. Pero siempre hay una dirección que marca el horizonte de la fe. Precisamente los aparentes silencios de Dios, las sensaciones de cierto abandono, como si Él no estuviera presente, muchas veces son una invitación a la fe. Para decirlo de forma poco académica: Dios nos ayuda a caminar hacia una fe sin demasiados soportes afectivos, seguramente como purificación de la misma fe. Esto puede explicar que a veces haya gente que tiene la sensación de que su nivel de relación con Dios está a la baja, porque ya no goza de las emociones y los consuelos de otros tiempos. Es posible que esta bajada tenga causas personales que provoquen un cierto abandono de la relación con Dios; pero muchas veces lo que ocurre es que la fe más vacía de afectos muestra que se está entrando en una relación más profunda y entrañable.
¿Cómo puede un ser humano tener una relación de amor con Dios, que es absolutamente trascendente? ¿No será una especie de proyección del deseo insaciable de amor, de plenitud y felicidad?
Hay que insistir en que el amor es un don recibido. No es el resultado de una ascética o de una mística cerradas e inmanentes sobre el mismo sujeto. La ascética y la mística, por cierto, tienen un notable valor y ayudan a la plenitud humana siempre que muevan a una forma profunda y sabia de estar en la vida, de cara a los demás. El enamoramiento de Dios es parte del don del amor que Él comunica en la misma creación universal y terrena y en la Encarnación que tuvo lugar en Jesús, Nuestro Señor. Precisamente Jesús, verdadero hombre, igual a nosotros excepto en el pecado, fue sujeto de amor, comunicó amor y recibió amor, enamoró y fue enamorado; y desde la situación gloriosa actual, que se inició la madrugada de Pascua, está presente en la Iglesia y en el corazón humano.