AVISOS PARA LA EDICIÓN
1.- Mi opinión es que se editen las tres partes en un solo volumen; lo que dará un libro parecido a los de Las Cartas y Biografías y topónimos.
2.- El tamaño de la letra podría ser como el de las Biografías y Topónimos, aumentando, si es posible,algo el del texto y, sobre todo el de las notas, que queda muy pequeño.
3.- En la parte superior de cada página y en letra más pequeña debería figurar el año y el primer número de párrafo de cada página, para facilitar su localización al buscar datos concretos. 4.- Las páginas de las citas de los libros ya traducidos al español se dan de las traducciones; las de las citas de los propios Anales, subrayadas en rojo en los originales, habrá que ajustarlas, como es lógico, una vez hecha la paginación definitiva.
5.- Las fotografías serán las mismas de la edición original y en los lugares señalados.
6.- Habrá que rectificar y ajustar columnas de cifras en las estadísticas, no es mi fuerte, y suprimir algunos bordes…
Idem: unificar los márgenes laterales que han variado en muchas páginas sin que sepa por qué. 7.- Añadir los índices analíticos preparados por el H. Louis Richard
H. AVIT, Henri Bilon
ANALES DEL INSTITUTO
DIVIDIDOS EN NUEVE ETAPAS
1
ÁSPERA SUBIDA Roma 1993
La realización denodada de un gran proyecto es ardua escalada, ataque a una cima: la gracia y aliciente de la altitud fascinante ayudan a superar los rigores de la ascensión. (Anónimo)
A LOS LECTORES DE HABLA HISPANA
Con el presente volumen culmina la presentación de una trilogía de CRÓNICAS MARISTAS en español: Cartas del P. Champagnat (Vol. V*), memoria siempre viva de nuestro santo Fundador;
Cartas del P. Champagnat – 2 / Biografías y Topónimos (Vol. VI), sobre nombres propios de personas y lugares citados en las Cartas; Anales del Instituto del H. Avit (vol. VII), historia viva y colorista de nuestra familia religiosa desde 1775 hasta el 31 de mayo de 1891.
Es sabido que el H. Avit, trabajador infatigable y autodidacta, suele emplear expresiones populares, a veces en lengua dialectal o patois, de difícil acceso para el lector no iniciado y más si se trata de una traducción. Por ello, como ya expresé en mi primer trabajo y siempre de acuerdo con el autor, se han introducido bastantes notas del traductor (N.T.) para tratar de ofrecer el sentido más exacto de la frase. El avisado lector sabrá valorar el posible resultado más o menos feliz.
Las citas de las obras ya publicadas en español se dan de la versión traducida.
Estos trabajos han supuesto para mí largos años de entrega ilusionada y gratificante para poner en manos de los lectores de habla hispana, hermanos y seglares, obras fundamentales de nuestra historia marista y ayudar, siquiera levemente, a cuantos en el ancho mundo marista hispano se afanan por dar a conocer las esencias y valores de nuestro santo Fundador y del carisma marista.
Vuelvo a expresar mi gratitud a los Superiores de España y de la Provincia de l’Hermitage por la confianza en mí depositada y por haberme puesto en contacto, muy prolongado y profundo, con fuentes escritas de historia marista. Gracias también a cuantos me ayudaron en este empeño con sus observaciones y atinados consejos, en especial a los HH. Paul Sester y André Lanfrey.
Sírvase el Señor, nuestra Buena Madre, Marcellin y la pléyade inmensa de Maristas, hermanos y seglares, ya junto a ellos, ayudarnos en el diario y ágil caminar hacia nuevas metas y en perfecta sintonía y fidelidad con nuestras constituciones.
H. Antonio Aragón
La Valla-en-Gier, 2 de enero de 2012,
PRESENTACIÓN
Además de los Annales des maisons, el H. Avitcompuso los Annales de l’Institut, donde relata hechos relativos al Instituto como tal, desde el nacimiento del Fundador, en 1789, hasta 1891.
La primera parte de estos últimos había sido publicada en Roma, 1972, con el título de Abrégé des Annales. Al agotarse las existencias, se imponía una nueva edición. Era el momento de publicar el conjunto de la obra. Aparece, a lo largo del año 1993, en tres volúmenes, bajo el título dado por el propio H. Avit: Annales de l’Institut.
El presente texto es la trascripción exacta del manuscrito. Pero, dado que no fue escrito personalmente por el autor, sino dictado por él a diferentes secretarios, la integridad del texto aparece menos importante que la del pensamiento. Las faltas de ortografía, claramente provocadas por distracción de los secretarios, han sido subsanadas. Otras faltas más importantes, como las concordancias verbales, se corrigen (en la versión francesa, N.T.) poniendo entre corchetes las letras que faltan. Las palabras omitidas se añaden también entre corchetes, mientras que las sobrantes van entre paréntesis (idem, N.T.).
Es público y notorio que el H. Avit comete muchos errores, sobre todo de fechas. Se rectifican, en la medida de lo posible, con notas a pie de página.
La puntuación, en especial el uso exagerado de la coma y el punto y coma, se ha corregido por la supresión de las comas, si no son necesarias para la comprensión de la frase, y sustituyendo con frecuencia el punto y coma, bien por una coma o por un punto, sobre todo si la frase es ya demasiado larga, o por dos puntos, según las reglas al uso.
Los períodos, a veces largos en exceso, se han dividido por temas. Para permitir la consulta más rápida, se han numerado con cifras entre corchetes. Como los párrafos están muchas veces yuxtapuestos, sin ilación lógica, y resultaría pesado poner título a casi todos ellos, los subtítulos quedan con frecuencia desdibujados y sugieren más que dicen.
El analista ha incluido en cuaderno aparte algunas notas, añadidas al final de la obra. Las hemos intercalado en su lugar correspondiente, pero con menor tamaño de letra y más entrada hacia la derecha, sin otra indicación.
Estas consideraciones junto a las que el propio autor incluye en la “silueta del analista”, deben llenar al lector de indulgencia frente a los defectos de este texto y de gratitud hacia el autor por el espíritu que lo guió y por el esfuerzo que invirtió en la realización de su obra.
Como las cartas de M. Champagnat constituyen, tal vez, la más abundante fuente de información del H. Avit, se aconseja simultanear la lectura de estos anales con la de las cartas también presentadas por orden cronológico. Esto dará una visión más objetiva sobre los hechos.
H. Paul Sester
ANALES DEL INSTITUTO, divididos en nueve etapas
Redacción iniciada en 1884 AVISO A LOS LECTORES
Quien ofrece estos Anales a sus Hermanos en Jesús Cristo, no puede albergar la pretensión de haber escrito una obra maestra. Tampoco tiene la intención de reproducir la vida del venerado padre Champagnat, alguien la ha escrito ya mejor de lo que un pobre analista sabría hacerlo. Ofrece a sus benévolos lectores el lado palpable, visible, material, la silueta, el armazón del edificio erigido por el virtuoso Fundador con tantas fatigas y privaciones.
Para estos anales, el autor se ha ayudado de los escritos del Rvdo.P. Bourdin, del Rvdo.H. François y del Cmo.H. Jean-Baptiste. Se ha servido de documentos encontrados en los archivos de la procuraduría general, del secretariado del Instituto o de casas particulares. Ha utilizado los recuerdos del Sr. Philippe Arnaud, sobrino del Fundador, de los de algunos Hermanos antiguos y, finalmente, de sus propios recuerdos, pues tuvo la dicha de conocer al venerado Padre y de vivir bajo su dirección durante cerca de tres años.
Sólo figura una parte del manuscrito del P. Bourdin, pues lo restante fue retirado por los Padres Maristas tras la muerte del autor1. Esta parte contiene bastantes notas, pero sin fechas. Contiene
también la vida, muy ejemplar, de dos jóvenes ancianos: los Hermanos Gébuin y Jean. En su momento2, el analista ofrecerá un resumen.
Al escribir la vida del venerado P. Champagnat, el Cmo.H. Jean-Baptiste parece haber pretendido ofrecer un cuerpo de doctrina. Ha ido agrupando los hechos sin preocuparse demasiado de las fechas exactas. Ha reunido las máximas, los avisos e instrucciones del buen Padre, según el plan por él mismo concebido, pero sin señalar en qué fechas había expresado dichas máximas, avisos e instrucciones. El analista seguirá ese ejemplo. Por lo demás, sólo dará el análisis de gran número de documentos, pero sin ofrecerlos in extenso para no alargarse demasiado. Serán la mayoría de las correspondencias, circulares e instrucciones citadas por el H. Jean-Baptiste.
Antes de redactar los anales que siguen, el autor ya ha escrito los de cada uno de los centros escolares situados en los departamentos del Ain, Rhône, Isère, Saône-et-Loire, Nièvre, Cher, Creuse, Allier y en los cantones de Pélussin, Saint-Paul-trois-Châteaux, Bolène y Pierrelatte3. En
1 Ver más adelante Annales, vol. 1, p. 86, Nº 106-108; y OME, pp 428 ss.
2 Ver más adelante Annales, vol 1, pp. 84-86, Nº102-105.
3 Estos anales se conservan en los archivos generales de Roma. Se puede ver la lista completa en Cahiers
estos anales, al estar destinados no a ser publicados, sino a informar a los superiores, sobre todo a los futuros, de cuanto ocurrió en el pasado, el analista ha incluido cuantas informaciones ha podido reunir sobre lugares, hechos y personas, sobre las condiciones de fundación, pruebas sufridas, resultados obtenidos, abnegaciones, desánimos, etc. Sin pretender herir a nadie, ha creído su deber señalar cuanto pueda iluminar la fisonomía de cada centro y la de toda la Congregación. La experiencia del pasado debe dirigir a los gobernantes del presente y del futuro. A los lectores que encuentren el estilo de estos anales poco original y poco cuidado, el autor les puede responder:
1º Cada uno actúa según los talentos recibidos.
2º Si los primeros Hermanos carecieron de tiempo para los estudios clásicos, él tuvo menos que muchos otros; siempre en la brecha, el Instituto no le ahorró nunca el trabajo, ni siquiera el nocturno, ni toda clase de fatigas.
3º Que los lectores se sirvan leer la silueta que va a continuación, en ella verán en qué condiciones tan adversas tuvo que redactar estos anales. Permítasele decir, sin falsa modestia, que hubieran sido muy diferentes si hubiera podido leer y escribir él mismo con cierta facilidad.
A quienes piensen que la palabra “etapa” no es apropiada en nuestros anales, responde que considera al Instituto como un ejército a las órdenes de la Reina de los Ángeles, hacia la conquista de las almas y avanzando cada día hacia la eternidad.
SILUETA DEL ANALISTA
Aun a riesgo de hacer inexacto este título, ha parecido un deber de justicia y agradecimiento dar consistencia a la presente autobiografía con otros rasgos que el propio analista aporta en los anales de las casas. ¿Por qué no utilizar un material disponible que, ciertamente, dará a conocer mejor la personalidad del autor y que, sin ello, quedaría para siempre en un segundo plano? Algunos de estos pasajes se verán repetidos a lo largo de los anales generales, pero se ha considerado positivo aportar también la versión contenida en los anales particulares de las casas. Dichos rasgos, incluidos con evidente complacencia y siempre con mucho sentido del humor, son, en general, ventajosos para el autor. Pero sería injusto tacharlo de vanidad, aun aceptando que el autor lo considera como compensación de la falta de formación que deplora. Pretendería más bien ilustrar la vida de los Hermanos en el contexto social y humano. Al tiempo nos descubre varios aspectos de su propia personalidad, que resultan interesantes por los matices particulares aportados.
Para respetar la homogeneidad del conjunto del relato, los pasajes añadidos se insertan en el texto y no en notas a pie de página; van en caracteres más pequeños y con entrada mayor para hacer destacar el texto original.
llevar en el mundo? Sólo tenía 6 años y su hermana 5 cuando perdieron a la madre. No pudieron alegrarse por la madrastra que la reemplazó.
Henri tuvo sucesivamente 5 maestros. El primero, cojo, leía muy mal, no sabía escribir y no tenía educación, ni método, ni disciplina. El segundo leía y escribía bastante bien; y eso era todo. El tercero, un charlatán, soltó su rollo durante un año y se marchó sin pagar sus deudas. Con el cuarto se leían viejos pergaminos, se copiaba y se hacían de forma mecánica las cuatro reglas sin ninguna explicación. Era secretario de ayuntamiento y los recreos eran con frecuencia demasiado largos. Se servía de un látigo nudoso y golpeaba al alumno más próximo. Estos cuatro maestros se preocupaban bastante del catecismo, pero era fácil engañarles al recitar. El último, un ex4 de las Escuelas Cristianas, era capaz, edificante y enseñaba bien.
Los Hermanos Maristas abrieron una escuela gratuita en Saint-Didier en octubre de 1836. Vació la de los seglares. Henri la frecuentó durante 6 meses y progresó más que durante los 10 inviernos con los seglares.
El Sr. Bilon era buen cristiano. Nunca faltaba a los oficios del domingo e incluso llevaba a sus hijos a misa los días de las fiestas suprimidas, sobre todo en invierno5. Desde hacía más de 20
años, ocupaba el mismo lugar en la iglesia y permanecía de pie o de rodillas rezando piadosamente el rosario. A los 50 años, tuvo la idea de aprender a leer y de tomar a su hijo por maestro; pero a diferencia del emperador Teodosio, el alumno permanecía sentado y era el profesor quien permanecía de pie detrás de su asiento. Daba la lección después del trabajo nocturno, desde las once hasta media noche. El joven maestro hubiera preferido dormir. Esto duró todo un invierno, pasado el cual el anciano alumno, con gran estupefacción de los parroquianos, fue muy exacto para seguir con devoción los oficios en un libro. Las 4/5 partes de los habitantes no podían hacer lo mismo. Algunos consideraron este hecho como un milagro. Su hijo le ha enseñado a leer, respondían otros, es el más instruido del municipio. Henri leía bien, escribía bastante bien, sabía un poco de ortografía y de cálculo y conocía mejor la historia de Francia y la geografía. Era un pequeño sabio, pero los tuertos son reyes en el país de los ciegos. Doy estos detalles para mostrar los pobres medios que tuvo para instruirse, la imperfección de las escuelas de aquel tiempo y la urgente necesidad de Hermanos.
Henri había hecho la primera comunión en 1831. Fue confirmado poco tiempo después por Mons. Devie, de santa memoria. Su párroco, un santo sacerdote6, nacido en Rive-de-Gier, tenía
ciertos ribetes de jansenismo, como se podrá ver: Henri lo tuvo de confesor, pese a que tenía dos amables vicarios. Un día se acusó de haber recogido 12 melocotones caídos bajo el árbol de un vecino; el párroco le obligó a pagarlos y lo despidió 12 veces sin absolución. El niño no tenía un céntimo. No se atrevía a declarar al vecino su pequeño robo, ni tampoco a su padre, que no lo hubiera tomado a broma y que, al no verlo comulgar, lo trataba duramente. Un jubilado lo sacó de apuros. Ni el confesor, ni su padre sospechaban la peligrosa situación en que sumían el uno a su penitente y el otro a su hijo.
El señor párroco había hablado tan bien de los Hermanos antes de su llegada, que los feligreses los consideraban como seres sobrenaturales. Pese a que el director, el ex Sébastien, respondía mal a esta buena opinión, Henri decidió seguirlos a l’Hermitage el 1 de octubre de 1837. Llegaron media hora antes de la apertura del retiro. Las montañas, la casa de los Hermanos, el silencio de 8 días, etc., le eran desconocidos y nadie le decía nada, excepto el buen Fundador
4 Forma vulgar para designar al religioso que ha abandonado su instituto.
5 Parece querer decir: conducía a sus hijos a la misa incluso los días de las fiestas suprimidas.
en confesión; se aburrió mucho y se marchó después del retiro. Los estudios del noviciado eran entonces muy cortos. Henri ingresó el 9 de marzo de 1838, tomó el hábito religioso el 14 de mayo, recibió el nombre de H. Avit, se ofreció para ir a las misiones de Oceanía y, en octubre, fue destinado a Pélussin para encargarse de la primera clase. El director ridiculizó su inexperiencia y su piedad ante los alumnos. El pobre director acabó mal.
En 1839, fue enviado a Terrenoire para encargarse de la primera clase, muy numerosa. Hizo la profesión al final del retiro de dicho año y fue destinado a Viriville, también para la primera clase de 65 alumnos, amén de un estudio de los internos, lo que le ocupaba desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Tuvo que prepararse para el diploma de maestro por la noche y durante 6 meses. Lo obtuvo en Grenoble el 9 de marzo de 1840. En mayo se le confió una clase, llamada superior, en Charlieu. El 15 de agosto fue nombrado director en Saint-Genest-Malifaux. Era demasiado pronto. Allí estuvo a punto de perder la vida, en plena clase junto con varios alumnos.
Las aulas eran muy pequeñas; el H. Avit había colocado su pupitre debajo del frontis de una chimenea de piedra. Dicho frontis, de 3 m. de largo, estaba rajado desde hacía mucho tiempo, pero nada hacía prever su derrumbe. Cerrado por delante, servía de escritorio. El H. Avit ya llevaba gafas y colgaba su reloj en el respaldo de la silla. Los asientos de los dos vigilantes estaban a ambos lados. Un buen día, durante el invierno de 1841, los dos vigilantes insistieron tanto en voz alta que les autorizó a ir a los lugares7. Durante su ausencia, el citado frontis se
derrumbó, destrozó la delantera del pupitre y rompió los asientos de los vigilantes. Muchos ladrillos y gran cantidad de hollín enterraron al H. Avit que permaneció inmóvil un buen rato. Creyéndolo muerto, los alumnos salieron del aula y corrieron a anunciar la noticia por el pueblo. Los sacerdotes de la casa parroquial bajaron a la escuela. Vuelto en sí, el H. Avit salió como pudo pero no estaba blanco precisamente. Su crucifijo, cuyo cordón se había roto, se encontró entre las ruinas. Las gafas y el reloj habían quedado intactos, protegidos por algunos ladrillos. Evidentemente, la Buena Madre había intervenido. (Annales de Saint-Genest-Malifaux, AFM 213.49, p. 8)
Otro hecho le hizo pensar en aparecidos8.
Cambiado de destino en 1842, por culpa de una odiosa calumnia, fue enviado como ayudante a Mornant y allí tuvo que sostener varias luchas.
El H. Pierre-Marie había llevado numerosos postulantes a l’Hermitage. Diez de ellos se habían vuelto durante el invierno de 1842 y algunos escandalizaban por su mala conducta. Maquinaron una calumnia contra el H. Avit. Uno de ellos fue a contársela al buen H. Charles, director de Saint-Sauveur. El buen Hermano se creyó obligado a comunicársela al Reverendísimo. Éste se la creyó y, sin hablar con el acusado, lo cambió en el mes de junio y lo envió como adjunto a Mornant. (Ibid. p. 12).
Llegó a su destino quince días antes de la apertura de las clases, con un excelente Hermano joven para la primera clase, que sólo duró algunos meses.
Conociendo la indisciplina de sus futuros alumnos, el H. Avit se negó a vigilarlos en la iglesia antes de haberlos estudiado en clase. El primer domingo fue un desorden lastimoso. Al H. Théophile de nada le sirvió dar un pescozón a algunos y tirar del pelo a otros, todo resultó inútil. El párroco, Sr. Venet pasaba una y otra vez, ponía mala cara a los nuevos y parecía muy
7 Sanitarios
descontento. Al acabar las vísperas, hizo llamar al H. Director y le dijo: “¿Qué ser me ha traído usted? Tiene cara de imbécil y de incapaz. Devuélvalo a l’Hermitage y tráigame otro.”
El H. Théophile, muy azorado, se lo contó todo al H. Avit quien le respondió: “Tenga paciencia, antes de empezar no quiero estrellarme vigilando a niños que no conozco. Al domingo siguiente se repitió lo mismo. El párroco estaba furioso y el H. Théophile muy preocupado. Al lunes siguiente, El H. Avit, que era el titular, tocó para entrar, se sentó en su sitio y, con gafas oscuras, aparentó leer. Los niños entraron, lo miraron y hablaron entre sí. Muy pronto hubo un desorden completo. Uno de los niños dijo en patois: tiene miedo… El H. Avit se quitó las gafas, dejó el libro y dio encima de la mesa un puñetazo tan fuerte que el silencio fue instantáneo. Les soltó tal reprimenda que se quedaron todos asustados y desde entonces hubo en clase un silencio absoluto. Al domingo siguiente los niños tuvieron que ir a la iglesia en dos filas y en silencio, lo que no había ocurrido en los últimos años. Esto extrañó mucho a los numerosos espectadores que estaban en la plaza. El Sr. Venet había acudido a la iglesia antes de la hora. Vio entrar a los alumnos en silencio, hacer una respetuosa genuflexión ante el altar, colocarse en los bancos con un orden perfecto y hacer la señal de la cruz… No creyendo lo que veía, pasó y volvió a pasar mirando a los niños y, sobre todo, al que había tratado de imbécil. Hacía varios años que no había gozado de semejante espectáculo.
Al acabar las vísperas, hizo llamar al H. Director y le dijo: “Tenía usted muchísima razón al pedirme paciencia. Es un maestro nato. ¿Cómo ha podido cambiar así a los niños en tan poco tiempo?”
A partir de entonces, el H. Avit fue el gran confidente del Sr. Venet; éste visitaba su clase cada semana y llegó hasta confiarle las penas que le causaban sus vicarios. Pero no lo sabía todo. Uno de ellos, llamado Perrichon, fumaba y perdía el tiempo cada mañana con los seis monaguillos antes de decir la misa. Cuatro de ellos cantaban sin luz la misa de difuntos, que sabían de memoria, Al mismo tiempo, hablaban, jugueteaban y se gastaban bromas. El H. Avit creyó su deber advertir al párroco de este desorden. El Sr. Perrichon recibió una buena reprimenda y le guardó rencor.
Más adelante, el Sr. Párroco hizo venir a uno de sus sobrinos para iniciarlo en el latín. Lo adjuntó con uno de los primeros alumnos de la escuela. Sus padres no querían que lo hiciera, pero temían al Sr. Venet. El niño no sentía ningún atractivo por el estado eclesiástico… Al saberlo, el H. Avit maniobró para guardar el niño en su clase, con gran satisfacción de los padres. Algún tiempo después, el Sr. Venet se presentó en la escuela, reprendió duramente a uno de sus monaguillos, lo destituyó y rogó al H. Avit que le buscase otro. El Hermano, sin ninguna desconfianza, le ofreció un tal Chassigneux, de 12 años; al sábado siguiente, el párroco, que conocía al niño, quedó encantado y se lo contó a sus vicarios durante la cena. “¡Cómo! le dijo el Sr. Perrichon, ¿se deja usted dirigir por un mamarracho de Hermano que se atreve a ofrecerle un bastardo para servir en el altar?”
El H. Avit se dirigió por la tarde a la curia para conocer los motivos de tan inexplicable conducta. Y se produjo el siguiente diálogo: “Sr. Párroco, tal vez sabe usted por qué vengo a verle. – Pues sí, no sabía que tenía un controlador en mi parroquia. – No le comprendo, Sr. Párroco. – Usted está aquí de paso, es un extraño y quiere meterse a gobernar mi parroquia. – Aún le comprendo menos. –¡Cómo! ha tenido usted la audacia y la insolencia de presentarme un bastardo para monaguillo.” Y el Sr. Párroco soltó una larga letanía de injurias al H. Avit y quiso luego salir del salón. El H. Avit se interpuso, le impidió salir y replicó: “Después de todas las injurias no le permitiré que se quite de en medio sin darme tiempo a responderle. – ¿Qué quiere, entonces? – Quiero defenderme de sus acusaciones. Y para empezar, ¿sabía usted que el pequeño Chassigneux es bastardo? – No, desde luego. ¡Vaya! Usted no lo sabe, usted el pastor, usted, que debe conocer el secreto de todas sus ovejas, no lo sabe y quiere que lo sepa yo, que estoy de paso, yo el forastero, yo que por mi vocación debo ignorar estas cosas.” Y el H. Avit siguió con la retahíla de los epítetos que el sacerdote le había dirigido. Luego, tras saludarle, se retiró. A última hora, el Sr. Párroco hizo llamar al H. director y le dijo: “He dado un buen repaso al H. Avit, pero debo confesarle que se ha defendido muy bien.”. Al llegar a casa, el H. Théophile le preguntó por lo ocurrido y el H. Avit se lo contó al detalle. Al ir a l’Hermitage poco después, el H. Théophile relató todo al Cmo.H. Jean-Baptiste que le respondió: “El H. Avit tiene toda la razón; conozco al Sr. Párroco, tiene mucho carácter y no querrá quedar como perdedor. Diga al H. Avit que actúe como si nada hubiera pasado.”
El H. Avit siguió confesándose con el párroco quien, sorprendido, le preguntó reiteradamente si no estaba resentido con él. “Si me conociera mejor, replicó el Hermano, no me haría esta pregunta…” El Sr. Venet era de los que guardan rencor y apenas apareció por la escuela.
Por la Pascua, el H. Chrysogone, hoy administrador general, había llegado para hacer la primera clase. Un día, había sacado al huerto a un niño insoportable con las manos atadas con una cinta; el niño se soltó y se marchó a casa. Durante la comida, el padre llegó hecho una furia. El H. Director bajó, pero no sabiendo qué decirle, se quedó en un rincón, como un santo en su hornacina. Grevon, era el nombre del padre, empezó a subir hacia él. El H. Avit forzó entonces al H. Chrysogone, que no tenía la menor intención de bajar, a hacerlo y le siguió. Grevon, al ver que su hombre se detenía a mitad de la escalera, subió para alcanzarle y seguro que le hubiera atizado de lo lindo. El H. Avit se interpuso entre los dos, agarró a Grevon por el cuello de la camisa, le obligó a bajar con algunos tirones y, para responder a las groserías del agresor, le dio una patada en salva sea la parte: Grevon aún debe estar corriendo. El H. Chrysogone se libro de una buena y el H. Théophile de un buen susto.
Al final de curso hubo una solemne distribución de premios, cosa que no se había hecho nunca. El Sr. Venet se quedó encantado así como todo el numeroso público. Pese a todo pidió el cambio del H. Avit y lo obtuvo en septiembre de 1843. Su petición contenía una queja y un elogio. Le reprochaba haber dado el premio de buena conducta a un bribonzuelo. Pero, el alumno en cuestión era uno de los mejores alumnos de la clase y el premio había sido concedido por votación unánime de todos sus compañeros en escrutinio secreto. La realidad era que el Sr. Venet tenía animadversión a la familia del niño, lo que el H. Avit supo después. El elogio se resume en dos palabras: “siga bien a este Hermano. Hay en él talla para tres hombres, pero hay mucho que cepillar”. (Annalesde Mornant, AFM, 214.56, pp. 10-13).
La primera vez que asistió a la misa se extrañó al ver que el párroco celebraba y hacía a la vez de chantre. Fue a la sacristía y le preguntó: “¿Es la costumbre de la diócesis? – No, pero no tengo chantre. ¿Canta usted, Hermano? – Un poco, Sr. Párroco.” El buen sacerdote se puso a dar saltos de alegría. A partir de entonces, el H. Avit cantó la misa todos los días durante tres años y pudo hacer del párroco cuanto quiso. Como la mayoría de sus cohermanos, el Sr. Revol no tenía hora fija para decir la misa. El Hermano se lo hizo notar. “Toque a misa cuando quiera y yo la diré”, le respondió. El H. Avit no se lo hizo repetir.
Se acababa de comprar una campana de 800 kg ofrecida por la Srta. Esther. Una vez instalada, entre 4 o 5 hombres apenas podían moverla. El H. Avit se burló de ellos. “Ya querríamos verle a usted”, le dijeron. Los apartó, agarró la cuerda, levantó la campana y la mantuvo erguida. A partir de entonces se le consideró un Hércules. Nada menos cierto.
El 28 de diciembre de 1843, el Sr. Párroco escribió la siguiente carta, sin saberlo el H. Avit que se entera al leerla hoy: “ … Nuestro H. Avit desempeña muy bien su empleo. La clase de los mayores ha progresado más en dos meses que en los diez del curso pasado. Es pues de desear que nos lo deje largo tiempo. … Sírvase, pues, Sr. Superior, enviarnos el diploma de capacitación del H. Avit para que el consejo municipal, en la sesión de febrero, presente a este Hermano para el nombramiento del Ministro”.
El H. Étienne había sido director el año anterior; el H. Avit le rogó conservara el cargo, al menos en el régimen interior de la escuela, para encargarse él de la dirección cara al exterior, de los documentos oficiales y de las relaciones externas; esto agradó al H. Étienne y fue aceptado por los superiores.
El mal espíritu de 1841 no estaba extinguido. El Sr. Livon, labrador y comerciante de trigo, seguía siendo estúpido. Sus numerosas relaciones con otros comerciantes le hicieron creerse filósofo. Asistía regularmente a la misa, pero durante la misma afectaba leer el diario. Sencillamente era un estúpido como tantos otros. El más joven de sus hijos iba a la escuela. Creyendo al H. Avit demasiado exigente, decidió ponerse a la cabeza de una banda. Enterado el Hermano, dijo un día a sus alumnos: “Me he enterado de que uno de vosotros se cree lo bastante fuerte para controlarme. Os advierto que en mi clase sólo mando yo, que no toleraré ningún desorden y que no recibiré órdenes de nadie.” El complot quedó roto y el hijo del alcalde vencido. Hizo la primera comunión ese año, se volvió piadoso y pidió ingresar en el Instituto. Su padre se opuso formalmente. Tras diversos contactos inútiles, el H. Avit le dijo: “su hijo es antes de Dios que de usted, no tiene derecho a oponerse a su santa vocación”. El filósofo tuvo que ceder, su hijo fue llevado a l’Hermitage, tomó el hábito con el nombre de H. Barsabas y tuvo una santa muerte siete años después.
H. Avit le dijo: “Dígale a la señora que no tiene nada que ver aquí y que este estanque no está en el terreno que ella vendió.” Allí se acabó el asunto.
Para poner a prueba el grado de avaricia de la anciana condesa, el H. Avit, contra la opinión del párroco, le hizo redactar una carta de felicitación de año nuevo que hizo firmar a todos los alumnos. La señora quedó encantada y envió cuarenta francos en libros para premios. El señor párroco se quedó muy extrañado.
El párroco había fundado en su parroquia un convento cuyas religiosas eran todas de la región. Dirigían la escuela de las chicas pero no sabían mucho. Considerando al H. Avit como un gran sabio, el señor párroco le propuso ir a dar clases a dichas Hermanas. El H. Avit se escudó en la regla y rehusó. El Sr. Revol se dirigió al H. Étienne y consiguió lo que pretendía. El buen Hermano no se podía negar. “Iré a dar lecciones a las Hermanas, dijo el H. Avit, a condición de que usted, señor párroco, se venga conmigo cada vez”. Y así se hizo. Al enterarse, los superiores dieron un fuerte rapapolvo al H. Étienne.
El Sr. Nivon se llamaba Laurent. El H. Avit le felicitó su santo con cierto número de alumnos armados de pistolas y de viejos fusiles. Los que llevaban las armas se escondieron detrás de un arbusto, al lado de la era donde el alcalde vigilaba la trilla del trigo. Dos niños se adelantaron hacia él: uno le recitó un cumplido, el otro le presentó un tallo florido de malvavisco de dos metros de largo en cuya parte baja había un gran ramo de flores variadas. Los alumnos ocultos se dejaron ver y descargaron sus armas. El Sr. Nivon se sintió sumamente halagado. A partir de entonces, hizo cuanto el Hermano quería.
El 27 de abril le tocó el turno al señor párroco. Se llamaba Augustin. El H. Avit quiso hacerlo de forma grandiosa. A los cumplidos y el ramo añadió una iluminación con transparencias emblemáticas. Eran las diez de la noche. El Hermano había prohibido al sacristán tocar el
angelus. La iluminación en el patio de la curia había exigido precauciones para no despertar las sospechas del señor párroco. Cuando todo quedó iluminado, el H. Avit subió al campanario, un niño entró en el salón cuyos postigos habían quedado cerrados y dirigió una felicitación al Sr. Revol. Este buen hombre, que no había recibido ninguna en toda su vida, no creía a sus oídos. Otro niño le presentó un ramo de flores. Los que se habían quedado fuera descargaron sus armas mientras el H. Avit tocaba el angelus y repicaba las campanas. Al bajar, encontró al párroco emocionado hasta el punto de no poder pronunciar palabra sin llorar. Lo acompañaba uno de sus cohermanos que estaba al tanto de todo. La iluminación se reflejaba en el campanario. Como nunca se oía repicar y al ver la iluminación, los habitantes del campo creyeron que se trataba de un incendio y que tocaban a fuego. Al retirarse, el H. Avit se encontró una muchedumbre de campesinos, armados con toda clase de vasijas llenas de agua que preguntaban dónde estaba el fuego. “No hay ningún incendio. – Han tocado a fuego. – Si no saben distinguir un repique de un toque a fuego son demasiado simples.” Unos se pusieron a reír, otros a echar pestes y cada uno se volvió a su casa.
Como en verano había muy pocos alumnos, al H. Avit se le ocurrió tocar las campanas cada vez que amenazaba tormenta. Los campesinos estaban encantados. “Este Hermano nos preserva del granizo”, decían. El consejo municipal votó 100 fr. para el H. Avit por este servicio, pero éste los rechazó.
poco habituados a la música. Lo llamaban ventriloquia. Los días de fiesta se decían: “Hoy es una gran fiesta y van a actuar los ventrílocuos”.
El señor párroco fue un día a encontrar al H. Avit y le dijo: “¿Sabe usted tocar el figle? – No, señor párroco. – Pues, ¡qué pena! – ¿Por qué? – El maestro de Agnil quiere vender su figle, que está nuevo; lo habría comprado. – Cómprelo de todos modos. – Pero, si usted no sabe tocarlo… – Es igual.” El Sr. Revol llevó el instrumento pocos días después. El H. Avit lo examinó bien, lo mismo que el método, y luego tocó la escala. El señor párroco saltaba de alegría diciendo: “Se ha quedado conmigo. – Nunca había manejado este instrumento… – ¡No es posible!” El buen párroco trató de tocarlo varios días durante un mes y no pudo conseguir subir la escala correctamente. Y, sin embargo, era el mejor chantre de la diócesis. Un mes más tarde, el H. Avit acompañaba el canto en la iglesia. Los parroquianos decían que no lo hacía mal…
Ya he hablado de la fundación de Roussillon, que el H. Avit se encargó de preparar. Cuando todo estuvo a punto, las autoridades locales lo pidieron como director. Los superiores lo nombraron, en septiembre de 1846. Al enterarse, el señor párroco escribió tres cartas sucesivas para reclamar contra el cambio. “Si ustedes insisten, decía, las autoridades y la población se verán indignadas. Ya no harán nada por los Hermanos. Nuestro internado caerá. La mayor parte de los alumnos del H. Avit le seguirán a Roussillon. … Si definitivamente ya no va a volver a Bougé, exijo que tampoco vaya a Roussillon…” Ante estas reclamaciones los superiores cedieron y el H. Avit fue destinado a Montdragon donde, además de dirigir la casa y hacer su clase, tuvo que iniciar las funciones de visitador en las Provincias de Saint-Paul y La Bégude. Pasó aquí los 3 mejores años de su vida. Se hizo por completo el amo… Si logró hacer algo de bien, también confesó más tarde haber hecho algunas locuras. Lamentó haber trabajado demasiadas veces por la vanagloria y para nada. El incienso que allí recibió no le reportó nada bueno. Fue reemplazado por el ex Hermano Pie que había sido su primer director en Pélussin, en 1838.
Éste pidió el reingreso de su hermano, el ex Célestin, despedido del Instituto por causa muy grave. En abril de 1849, él mismo provocó su propia expulsión por un hecho análogo. El señor párroco ya había advertido a los superiores. El H. Avit acababa de ser encargado de visitar las casas del Centre y las del Midi. Se hallaba en l’Hermitage cuando llegó la carta del señor párroco y fue enviado allí para recoger información. El hecho era conocido y amenazaba convertirse en un gran escándalo. Cuando los habitantes volvieron a ver al H. Avit, creyeron que llegaba para quedarse. Para agradarle, se pusieron de acuerdo para apagar el asunto. Al cabo de un mes todo había acabado. El H. Théodoret llegó para tomar la dirección de la casa y el H. Avit volvió a sus visitas.
De entre los alumnos del H. Avit, 5 habían ido a l’Hermitage y habían tomado el hábito con los nombres de Barsabas, Eugène, Romain, Clémentin y Hérard. Ya he hablado del primero, fallecido en l’Hermitage. Al último le ocurrió lo mismo poco después. El segundo era sobrino del señor párroco. No perseveró, lo mismo que los dos siguientes. El H. Romain salió por falta de salud. (Annales de Bougé-Chambalu, AFM 214.14, pp. 7-16 passim).
Encargado del difícil destino de Montdragón, en octubre de 1846, tuvo que hacer la primera clase, visitar medio a hurtadillas las casas de la Provincia de Saint-Paul y añadir, al año siguiente, las de la Provincia de La Bégude.
director de la Provincia para encargarse de Montdragon. Hubiera hecho falta obligarles. Estos buenos Hermanos temían dicho destino por su mala reputación y cuyos niños los recibían a pedradas cada vez que pasaban por allí. Esta herencia, pues, me tocó en suerte.
Antes de llevar allí a sus ayudantes, el H. Avit fue a ver si todo estaba a punto, el párroco, Sr. Rey, le recibió muy fríamente… Hacia el 15 de octubre de 1846, volvió a bajar a Montdragon con sus ayudantes, los HH. Abdias y Castorius.
Nuestros tres viajeros se dirigieron de Saint-Paul a Montdragon a pie. En camino tuvieron una fuerte tormenta y llegaron a la curia completamente mojados. El Sr. Rey no les ofreció ni un triste vaso de agua. Se puso a hablar en patois con el H. Abdias cuya bella presencia le gustó. El vicario, Sr. Callot, entró en aquel momento y habló con el H. Avit en francés. Tras un largo momento rogó al señor párroco le entregara la llave de su alojamiento. “¿A dónde quiere ir?, le dijo el señor párroco. Es de noche. – Querríamos cambiarnos de ropa, señor párroco y prepararnos la cena. – Cenarán aquí. – De acuerdo, me encanta saber que cenaremos.” Pasaron a la mesa. El Sr. Rey habló en patois con el H. Abdias y el Sr. Callot con el H. director. Tras la cena, la sirvienta, provista de un farol, condujo a los Hermanos a su casa. Quince días después, el Sr. Rey fue a verlos. Al encontrarlos en el patio, les dijo: “Los otros Hermanos hacían de subdiáconos.” Y volviéndose hacia el H. Abdias, añadió: “¿Lo hará usted, querido Hermano? – No lo sé hacer, respondió el Hermano. – Le enviaré el ceremonial, replicó el Sr. Rey y se marchó.” El H. director no pudo decir palabra. El H. Abdias lo consultó. Conoce usted la Regla, replicó el H. Director e informó al H. Asistente. Éste le ordenó impedirlo sin comprometerle. El señor párroco debe saber que los Hermanitos tienen una Regla y carácter. Llegado el día, el H. Director tuvo que expresar su negativa al párroco. “¿Por qué?, querido Hermano? – Nuestra Regla se opone, señor párroco, – He pedido autorización a su Superior de Saint-Paul. – Sírvase enseñármela, señor párroco. – No la tengo por escrito. – En ese caso y según nuestras Reglas es nula. – Permítalo por esta vez. Escribiré a sus superiores para más adelante. – No puedo, señor párroco.” El Sr. Rey no se quedó conforme. Más tarde envió una carta y se la presentó abierta al H. Director. Éste añadió la suya. Aquél pedía que la autorización fuera concedida al H. Abdias. La respuesta llegó dirigida al señor párroco. Tras varios considerandos en el sentido de un rechazo, se le dejaba juez de la decisión, pero a condición de que la autorización fuera para el H. Director y no el H. Abdias. El Sr. Rey se encontraba en un gran apuro y comprendió que había cometido una gran pifia. El H. Director, que no tenía ninguna gana de hacer de subdiácono, se hizo de rogar. Al final cedió a condición de que cantaría la epístola con el tono del evangelio vienés. Durante ese canto, todos los asistentes se levantaron y se pusieron a susurrar. Después de la misa, el señor párroco expresó grandes alabanzas a su nuevo subdiácono y le ofreció un bollo de leche.
Varios días después, el señor cura fue a encontrar al H. director y le dijo: “Los otros Hermanos hacían pagar 15 céntimos para la calefacción y tenían problemas para cobrarlos. ¿Cómo hacen ustedes? – Señor párroco, pedimos 30 céntimos. – ¡Huy!, no los obtendrán. – Ya veremos. – Ya le creen a usted malo, si exige eso provocará en el pueblo una revolución contra ustedes. – No tenga miedo, señor párroco.” El pobre hombre temblaba. Se pidieron los 30 céntimos y se cobraron antes de 8 días. Habiendo vuelto el señor párroco, el H. Avit le dijo: “¿Ha habido revolución? – ¿Ha pedido los 30 céntimos? – Los han pagado todos. Aquí, como en todas partes, la gente se muestra difícil con los apocados. Pero si ven firmeza y resolución, aflojan la bolsa”.
En enero, el señor párroco fue a decir al H. director que sembrara lechugas. “Señor párroco, es demasiado pronto. – No entiende usted nada, el tiempo aquí no es como en Lyon.” El H. Avit le prometió sembrarlas pero no lo hizo. Poco tiempo después, el párroco volvió diciendo: “Le traigo pepitas de sandía. – Ya tengo, señor párroco, pero gracias de todos modos. – Sus pepitas no valen nada. – ¿Cómo lo sabe? – Mírelas. – Son pepitas de sandía para las vacas. – Señor párroco, voy a preparar 2 bancales. Usted pondrá las suyas en uno y en el otro yo pondré las mías y ya veremos.” Lo aceptó. El Sr. Rey cubrió su bancal con un pequeño entramado de madera bien entrelazado. Poco después, las semillas del H. Avit presentaban hojas anchas y las del párroco no brotaban. Levantó con cuidado el entramado, puso la mitad de sus plantas en el bancal del párroco y lo tapó. Cuando volvió el señor Rey, confesó que las plantas se parecían, pero esperaba los frutos. Desgraciadamente el mistral las torció.
Otro día, el H. Avit podó dos o tres parras, que los anteriores Hermanos habían descuidado, y les dejó ramas suficientes para formar un emparrado. Al verlo, el señor Rey preguntó: “¿Quién ha podado esto? – Yo, señor párroco. – No entiende usted nada y siempre quiere hacer las cosas a su manera. – Gracias por el cumplido.” Más adelante el cenador estaba frondoso y cargado de gruesos racimos. “¡Vaya con el Hermanito!”, exclamó el Sr. Rey.”
Los habitantes encontraban al H. Avit severo, pero reconocían que sus alumnos hacían grandes progresos. Efectivamente, éstos trabajaban con mucha energía. Uno de ellos se acercó un día a la mesa del H. Avit y le dijo: “Si no me da un bofetón, la pereza se me apodera.” Así pues, lo recibió y trabajó intensamente durante quince días.
insiste. – Naturalmente que insisto, replicó el H. Avit, ¿cree usted que me dedico a perder el tiempo con mis alumnos?” El Sr. Renaud estaba asombrado. A una señal del H. Director, todos los alumnos le hicieron los cuernos. El pobre hombre no encontraba la puerta de salida. Desde aquel día, cada vez que se encontraban lo saludaba efusivamente e incluso lo invitó con frecuencia a cenar. El Hermano Director creyó su deber no aceptar. La aventura fue conocida en el exterior y todos se rieron del pobre Sr. Renaud. “¡El Hermanito te la ha jugado!”, le decían en todas partes.
Las numerosas ausencias, a veces prolongadas, que las visitas de los centros imponían al H. Director preocupaban a las autoridades locales, pese a que lo apreciaban. Los superiores se enfrentaron al dilema de suprimirle las visitas o remplazarlo en Montdragon. El H. Avit se encontraba bien allí y gustosamente se hubiera quedado. Los superiores no lo vieron así. Así pues, fue reemplazado por el H. Festus en octubre de 1848.
En septiembre de 1848 fue nombrado Visitador único para todas las casas del Centre y todas las del Midi. En este importante empleo estaba todo por hacer: viajar durante 11 meses, organizar los exámenes de los Hermanos y de los alumnos, la contabilidad de las casas y el mobiliario, los informes de la contabilidad, escribir la mitad de estos últimos informes dos veces al año, redactar por completo los de las visitas, preparar los cuadros de las composiciones, las nuevas fundaciones, los destinos anuales del personal, etc., y consagrar a estos trabajos todos los días y parte de las noches; tal fue su vida durante 7 años.
Juzgue el lector si el H. Avit tuvo facilidades para perfeccionar sus estudios, realizados a hurtadillas, sin haber tenido nunca, en el Instituto, 8 días de clase para sí.
El 26 de diciembre de 1849, estuvo a punto de perecer durante la noche en Saint-Bonnet-le-Froid, en pleno bosque, con 80 centímetros de nieve y una niebla intensa y helada. En julio, en Rivières (Gard), estuvo a punto de caer bajo las balas de gente imprudente.
Venía de Goudargues. Por culpa de una mala información, había pasado por Méjeanne y doblado la distancia. La noche había caído y, no queriendo equivocarme por segunda vez, fui a una granja aislada para preguntar por el camino. En la oscuridad, dos criados malencarados me tomaron por un ladrón, se armaron de un fusil y uno de ellos susurró al otro que apuntara bien. Menos mal que la dueña, al oírme gritar, bajó al patio y salió para indicarme el camino. Llegué a las 8 y media cuando los Hermanos ya se iban a acostar.
Discutiendo con los rectores de la Drôme y la Ardèche en 1850, tuvo la alegría de librar de la mili a 40 Hermanos llamados a filas. En 1852, pudo salvar también la escuela de Charolles cuya ruina meditaba en secreto el señor párroco9.
A partir de ese mismo año 1852, fue elegido miembro de todas las asambleas capitulares hasta la de 1883, inclusive. Con el H. Louis-Bernardin fue secretario de estas asambleas hasta 1873 no inclusive. Se ha murmurado mucho sobre su actitud durante esas reuniones. Habló y votó según su conciencia y luces, sin preocuparse de las frecuentes adulaciones y palabrotas que le llegaron de derecha e izquierda. Los que ya eran conocidos como los rojos10, le contaron, a
veces y sin razón, como uno de los suyos.
9 Ver más adelante Annales, vol. 2 p. 276, nº 95 ss.
10 Es decir, los Hermanos que estaban a favor de las innovaciones, contra la tradición y que pasaban por ser más o
Cansado por las correrías y por un trabajo excesivo, con frecuencia nocturno, pidió descanso en 1855. Fue enviado, el 1 de diciembre, a dirigir la casa de Digoin: resultaba peor el remedio que la enfermedad.
Allí me esperaban toda clase de miserias. No hay que arrepentirse de una buena acción, pero si hubiera conocido a fondo lo que allí me esperaba, hubiera hecho todo lo posible apara rehusar. Tras 9 años de fatigas y viajes continuos, tenía gran necesidad de una situación tranquila. Ahora bien, la que se me ofrecía era más penosa e irritante que la de visitador.
Las miserias me llegaron:
1º - De los alumnos: perezosos, viciosos, carentes de piedad y poco inteligentes. Me tomé grandes trabajos para poner remedio. Subió el nivel de los estudios a fuerza de presión sobre los maestros y los niños. … La distribución de premios resultó muy bien. Estos resultados se volvieron contra la escuela. Algunos alumnos se retiraron por haberse quedado sin premio; otros, al haber tenido muchos, se creyeron águilas y se fueron a Moulins; otros se marcharon por haberse sentido demasiado presionados hacia el trabajo o la piedad.
2º - De los padres que satisfacían todos los caprichos de sus hijos, que los retiraban con diversos pretextos mientras declaraban que todo iba bien y que, además, eran muy malos pagadores.
3º - Del médico de la casa que dejaba morir a los niños sin conocer sus enfermedades. Salvé a uno a quien dicho médico había condenado y que logré salvar a pesar suyo. Tras la curación, ese niño me llamaba padre.
4º - De otro médico envidioso que, ambicionando el puesto, sublevaba a los padres contra su contrincante y contra la casa. Interrogaba a los niños en la calle y los instigaba a la insubordinación. Una vez, me denunció lo mismo que al preceptor y al comisario de policía. Una encuesta realizada por el Subprefecto, vizconde de Thérisier, se volvió contra el denunciador y el alcalde que le había apoyado. En lugar de la salida de los Hermanos, del preceptor y del comisario prometida para el día siguiente, fue el alcalde quien tuvo que dimitir. Este golpe fue mortal para los volterianos ya citados, autores de la odiosa trama contra la obra del buen párroco.
5º - Las miserias vinieron también de la población que, excitada por los citados volterianos, denigraban a los Hermanos ante los padres de los internos y los excitaban a la revuelta. Una madrastra, que había golpeado brutalmente a su hijastro, acusó de ello a uno de los profesores. La rectitud del comisario desactivó esta intriga. Era ella quien le había golpeado y dejado la espalda morada. Quise ver las marcas e hice notar al comisario que se habían producido mucho antes del día indicado en la acusación contra el Hermano. El propio niño acusó enérgicamente a su madrastra ante el comisario.
nuestros alumnos y el descontento de los profesores, guardamos todos silencio durante la misa y las vísperas y el órgano permaneció mudo. Reducidos a sus solas fuerzas, los músicos del vicario cosecharon un grandioso ridículo, que divirtió mucho a la población. Este mismo vicario Lapalus quiso imponerme, gratuitamente, un curso para adultos. Al no lograrlo, lo impartió él mismo con la ayuda de un alumno del externado, niño de 12 años, que enseñaba mejor y obtenía más disciplina que él.
7º - Vinieron del internado Chevalier, de Moulins, que removía cielo y tierra para llevarse los alumnos y que era muy del gusto de las poblaciones cercanas a Digoin. Era el preludio de las escuelas sin Dios.
8º. - Llegaron también del seminario de Semur del que 4 profesores de Digoin empleaban sus vacaciones para atraer a los alumnos de la casa, incluso los externos, a sus clases de francés.
9º - Vinieron hasta del buen párroco, Sr. Page, cuyo tiempo excesivo tanto en el altar como en el púlpito, ahogaban la poca piedad de los alumnos y les hacían insoportables los oficios. Durante la octava del Corpus había decidido llevar a todos los alumnos a la misa de 8. El santo hombre juzgó oportuno alargar su misa rezada, con lectura, una hora y media. Al volver de misa, los mayores estaban furiosos. Durante el verano, les hice levantarse a todos a las cuatro y media y los llevé a la misa de cinco, que sólo duraba 20 minutos. ¡Cuántos tormentos tuve que soportar por este tema y cuántas veces llegué a desear poder disponer de una capilla y un capellán en la propia casa!
10º - También llegaron del carísimo H. Asistente quien, con demasiada frecuencia, me imponía ayudantes que los demás directores no querían, sujetos que se habían comprometido con algún niño en otros sitios, y uno de los cuales se comprometió también aquí y al que hubo que soportar todo un mes. Fue remplazado en la clase de mayores por un Hermano joven de 17 años, que subía desde la 3ª en la que había fracasado. Era capaz, pero irascible, inexperimentado y presuntuoso. A veces, por una lección mal recitada imponía la copia de todo el catecismo de la diócesis o 50 figuras de la Biblia, etc. Pero había que apoyarlo ante los alumnos: todos lo detestaban. El resultado del curso fue desastroso. Su clase y la mitad de la 3ª no aprobaron. Fue remplazado por un energúmeno al que habían dado el mote de Ledru Rollin en los destinos por los que había pasado.
11º - Otras miserias vinieron de la incapacidad, la irregularidad, la falta de piedad, de espíritu religioso, de franqueza y hasta de sentido común de otros Hermanos que sólo tenían de religiosos la sotana y a los que había que vigilar como la leche en el fuego. Tras su salida de Digoin, casi todos dejaron el Instituto. Eran los ruiseñores (en francés: persona sin valor. N.T.) de la Provincia. De entre los que permanecían fieles a su deber, podemos citar a los Hermanos Optacien, Climent, Maruthas, todavía vivo, Sérène, ya fallecido y Agathange, director de Villechenève.
Ante las dificultades enumeradas en los 12 números precedentes, me veía siempre entre espinas.
En abril de 1859, el señor párroco de Bourbon-Lancy vino a verme y me dijo: “Conozco las intrigas y molestias injustas que le han causado aquí. Véngase a Bourbon, allí tocará el armonio, estará usted contento y le apreciaremos mucho. – Señor párroco, estamos a las órdenes de los superiores. Pero ustedes ya tienen un buen director. – Hay que cambiarlo, aquello no funciona.” Se marchó y escribió a Saint-Genis. El H. Asistente, que no sabía qué hacer para cambiarme, creyó ver una ayuda de la Providencia. Me escribió para que cambiase por el H. Lothier. Aunque extrañado, me dirigí inmediatamente a Bourbon donde permanecí tres meses y medio. Reanudé las visitas después del retiro. (Annales de Digoin, AFM 212.16, pp. 17-23).
En septiembre de 1859, se le volvió a encargar de las visitas sólo para la Provincia de Saint-Genis-Laval. Aunque los viajes no eran tan largos y sí más cómodos, y el trabajo ya estaba más o menos organizado, estas visitas seguían siendo muy penosas. Las continuó hasta el mes de agosto de 1876. El 25 de ese mes, y muy a pesar suyo, el Capítulo General lo nombró asistente. Su vista estaba ya muy debilitada y había pedido descanso 3 meses antes. Se le confió la nueva Provincia del Bourbonnais que carecía de noviciado y de elementos suficientes para las 59 casas que la constituían desde el principio; sólo estaba organizada sobre el papel. Los trabajos que se impuso y los disgustos que experimentó arruinaron muy pronto su salud, sobre todo su vista. Ante tal situación y no queriendo conservar una responsabilidad tan pesada, presentó la dimisión y el Capítulo General se la aceptó el 12 de marzo de 1880. Había recibido la Provincia sin noviciado, con 59 casas, 289 Hermanos o novicios y una quincena de postulantes. La dejó con 67 casas, 359 Hermanos o novicios y un buen número de postulantes en un noviciado, provisional desde luego, pero lo suficientemente organizado. Se creyó mejor no conservarlo. Sería muy de desear que nunca lo tengan que lamentar.
Antes de iniciar la redacción de los anales de la casa de Chaufailles, Saône-et-Loire, el 03.11.1881, el H. Avit hace la declaración siguiente:
Al entrar en esta provincia del Bourbonnais, tan querida para mi corazón, un sobrecogimiento indefinible se apoderó de todo mi ser.
A estos Hermanos, a los que tanto he querido y sigo queriendo con toda mi alma y a los que sigo unido por las fibras más íntimas de mi corazón, sólo puedo serles útil pidiendo a Jesús y María que los bendiga, los proteja y los santifique.
Esta provincia, cuyo primer asistente fui durante sólo 4 años, cuya penuria de Hermanos y la ausencia de noviciado me hicieron sufrir tanto y me quitaron la vista; de esta provincia ya no puedo ocuparme, pero otro cohermano más virtuoso y más capaz la dirigirá mejor que yo.
¡Oh Dios mío!, ya que permitís que la pérdida de la vista me impida trabajar con estos queridos Hermanos y para ellos, dignaos escuchar las plegarias que por ellos os dirijo cada día. Bendecidlos, fortalecedlos, santificadlos y otorgadme la gracia de alabaros, amaros y poseeros junto con ellos eternamente.
Al no poder ni leer, ni escribir sin dificultad, resultándole insoportable la ociosidad y sabiendo también que nuestras Constituciones exigen disponer de los anales del Instituto11, cuya
redacción había iniciado varias veces en vano, el H. Avit pidió un secretario para encargarse de
ello. Ha tenido ya de 35 a 40 en varias ocasiones, de entre los cuales 7 u 8 se mostraron bastante hábiles. Más o menos formados para este trabajo, uno tras otro han ido desapareciendo. La mayoría sabían poco de ortografía, poco de estilo y apenas captaban lo que se les dictaba. Por otra parte, los documentos no existían o estaban diseminados por aquí y por allá, eran difíciles de reunir y, a veces, más difíciles de coordinar.
El H. Avit tenía 73 años en el mes de diciembre de 1891, cuando cayó enfermo y pidió un puesto en la enfermería. Allí entró el 16 enero para morir 3 semanas después, el 7 de febrero de 1892, a las 2 de la tarde. (Biografías y Topónimos, p. 60).
Cuanto precede otorga al analista el derecho de contar con la benevolencia de los lectores. Tras este largo preámbulo, va a entrar por fin en el tema.
Art. 3 - … En cada casa, habrá: 1º un libro diario: 2º un libro de cuentas; 3º un libro de distribución; 4º en las casas con internado, un libro de internado; 5º un libro de anales; 6º un libro de deliberaciones; …
PRIMERA ETAPA
De 1775 a 1816
Sumario: Marlhes – nacimiento del venerado P. Champagnat – familia – infancia – estudios – condiscípulos – la manzana roja – ordenación – llegada a Lavalla.
____________________ El pueblo de Marlhes
[1] El municipio de Marlhes, situado en el cantón y a 10 km de Saint-Genest-Malifaux, distrito de Saint-Étienne, se encuentra a 30 km de l’Hermitage por los senderos de montaña.
[2] La parroquia pertenecía antaño a la diócesis del Puy, arciprestazgo de Monistrol, distrito electoral de Saint-Etienne y judicial de la Faye, Clavas, l’Hôpital du Temple y de Saint-Sauveur; de la bailía de Bourg-Argental; el obispo del Puy era colador12 eclesiástico de la curia. La
parroquia de Marlhes tenía una señoría perteneciente a la orden de los Templarios; se sabe que esta célebre orden fue suprimida a mitad de s. XIV, después de la ejecución del gran maestre Jacques de Moloy y de 39 de sus caballeros, ordenada por el rey Philippe-le-Bel.
[3] Además del núcleo urbano, que no era muy importante, la parroquia comprendía las aldeas del Coin, la Faye y Rozet13.
[4] La aldea de Coin14 se convirtió en parroquia al cabo de unos 50 años. Los hallazgos
descubiertos por entonces probarían que la parroquia de Marlhes es muy antigua. Aparecieron restos de un templo druida cuya forma estaba perfectamente conservada. A través de estas ruinas, se descubrió una especie de osario cuyos restos, en parte calcinados, permitían distinguir la diferente edad de las víctimas.
[5] La aldea de la Faye era sede de una señoría que comprendía una parte de la parroquia de Marlhes y otra de la de Saint-Genest-Malifaux. La etimología cien por cien druida del nombre de esta aldea, Faya, su situación muy cercana a Coin, donde se hallaban las ruinas del citado templo, indican que esta zona estuvo habitada desde el tiempo de los Galos, que la señoría de la Faye se remontaba a la más remota antigüedad y que, por consiguiente, la parroquia de Marlhes es muy antigua.
[6] La iglesia, bajo la advocación de Saint-Saturnin, acaba de ser reconstruida con un plano grandioso y digno de una ciudad. Es de estilo gótico, de tres naves con cruz latina15. La cripta ya
bastaría para toda la población; pero sólo se utiliza en invierno. La iglesia superior, con el doble de superficie, es muy hermosa. Una vez terminado, el edificio habría costado 300.000 fr.
[7] No lejos del centro urbano y sobre una colina, había una piedra llamada de los tres obispados. Cuenta la tradición que los prelados de las tres diócesis se reunían anualmente sobre
12 El que confería beneficios eclesiásticos. (Larousse Universel, 1948).
13 El municipio de Marlhes comprendía cerca de 50 aldeas.
14 Saint-Régis-du-Coin se convirtió en parroquia en el s. XIX, en municipio el 26 de abril de 1858. (Dufour,
Dictionnaire topographique du Forez, 1946, p. 911).
dicha piedra triangular para tomar una colación y que, los tres estaban sentados, alrededor de dicha piedra, cada uno en su diócesis: eran el arzobispo de Lyon y los obispos del Puy y de Viviers.
[8] La escasa fertilidad del territorio municipal, incapaz de producir lo necesario para sus 2.800 habitantes, sirvió, al menos, para conservar la fe y las prácticas religiosas de sus ancestros. En 1793, esta brava gente participó poco en las locuras y convulsiones revolucionarias. Se mantuvo relativamente tranquila y religiosa. Los sacerdotes encontraron allí numerosos asilos donde su vida estaba segura y donde podían continuar atendiendo, sin grandes peligros, a los enérgicos cristianos de estas montañas.
[9] Entre las aldeas del municipio, encontramos la de Rozet, a 15 minutos del centro urbano. Poco importante por sí misma, esta aldea se hizo célebre en nuestros anales por el nacimiento del venerado Fundador de nuestro Instituto. Es lamentable que no se haya organizado una colecta entre las buenas gentes de los municipios donde están instalados los Hermanos para adquirir, restaurar y conservar, como precioso recuerdo, la casa donde aquél vio la luz.
Los ascendientes
[10] Su abuelo, Jean Champagnat, era dueño de esta casa. Ignoramos en qué año había nacido16, pero ya había fallecido en 1775. Su abuela, Marianne Ducros, murió el 11 de marzo de
1806, a la edad de 75 años.
[11] El padre, Jean-Baptiste Champagnat, nació el 16 de julio de 1755 y su madre, Marie-Thérèse Chirat, en 1746. Recibieron la bendición nupcial, el 21 de febrero de 1775, de manos del Sr. Buisson, vicario. El párroco, que recibía el nombre de prior, era el Sr. Boët de Lacombe. Tengo interés en reproducir el acta de matrimonio de los piadosos cónyuges. Es ésta:
[12] “El año 1775 y el 21 de febrero, han recibido la bendición nupcial, el honrado Jean-Baptiste Champagnat, comerciante, habitante del lugar llamado Rozey, parroquia de Marlhes, hijo legítimo del difunto Jean Champagnat y de Marianne Ducros, viva, habitante del mismo lugar; comparecen, por una parte, el citado esposo, abajo firmante; y por otra, la honrada Marie-Thérèse Chirat, hija legítima de Charles Chirat, también comerciante, habitante del lugar llamado Malcognière, parroquia de Marlhes y de la difunta Catherine Mollet.
[13] Las proclamas matrimoniales, han sido debidamente publicadas dos veces, sin que haya aparecido ningún impedimento y habiendo sido dispensada la 3ª amonestación, según consta en el libro de cuentas (N.T.: la supresión de una amonestación matrimonial suponía abonar un arancel a la parroquia), firmado por el Sr. S. de Labrosse, vicario general, debidamente informado.
[14] Se hallan presentes Charles Chirat, Marcellin Chirat, padre e hijo, así como Maurice Fraicinès y Louis Riviers que declaran no saber firmar, lo hacen con una cruz.”
El padre
16 En realidad se llamaba Jean-Baptiste. Nacido el 23 de noviembre de 1719, (Chronologie mariste, Roma, 1976, p.
[15] Jean-Baptiste Champagnat gozaba de gran reputación, juicio limitado, carácter débil e instrucción avanzada para su tiempo. Era muy apreciado por sus conciudadanos quienes aceptaban fácilmente sus decisiones en cualquier conflicto. Hábil experto, se le llamaba para arbitrar en las particiones y decidía con tan buen criterio que los buscadores de líos no salían ganando. A este noble empleo añadía el de comerciante, labrador, y, cuando el tiempo lo permitía, explotaba uno de los pequeños molinos llamados en el país: Écoute s’il pleut (Escucha si llueve, N.T.) es decir, que la rueda del molino estaba mucho tiempo en reposo por falta de agua.
[16] María, una de sus hermanas, se casó con un tal Chirat, de Saint-Sauveur, cuyas tres hijas se desposaron con los señores Courbon, Pérachon y Roux. La familia Roux, una de las más ricas de Saint-Sauveur, tenía tres hijos sacerdotes, dos de los cuales han fallecido. El superviviente es hoy párroco de Saint-Denis-sur-Coise.
[17] Otras dos hermanas de Jean-Baptiste fueron religiosas de Saint-Joseph, en el mismo Marlhes. Una, cuyo nombre de religión ignoramos, regaló a su convento un pequeño bosque de pinos. Dicho bosque se llama, todavía hoy, pineda Champagnat. Creemos que murió en 1798 en Vernaison. La otra, llamada sor Thérèse, se retiró a casa de su hermano en 1791. Volveremos a hablar de ella en este relato.
La madre
[18] Marie Thérèse Chirat, esposa de Jean-Baptiste Champagnat, era una descendiente de la mujer fuerte de la Escritura. Firme, activa, amiga del orden y de la vida retirada, muy piadosa, gran devota de la Santísima Virgen, dedicaba todo su tiempo a los ejercicios de una verdadera piedad, a su hogar y a la educación de sus hijos.
Hermanos y hermanas: actas de nacimiento
[19] Los registros parroquiales constatan que los esposos Champagnat tuvieron 5 hijos y 5 hijas de los que se ofrecen las actas de nacimiento:
[20] 1º. El año 1775 y el 11 de diciembre, ha nacido y ha sido bautizada Marie-Anne Champagnat, hija legítima de Jean-Baptiste Champagnat, labrador, y de Marie-Thérèse Chirat, casados, del Rozey. Padrino, el honrado Charles Chirat, abuelo, abajo firmante; madrina, la honrada Marianne Bonnefoy, iletrada, una cruz, Chirat, Boët de Lacombe, prior párroco.
[21] 2º. El año 1777 y el 12 de marzo, ha nacido y ha sido bautizado Jean-Barthélemy Champagnat, hijo legítimo de Jean-Baptiste Champagnat, labrador, y de Marie-Thérèse Chirat del Rozey. Padrino, Barthélemy Chirat, tío; madrina, Madeleine Champagnat, tía, ambos abajo firmantes. Chirat, Champagnat, Boët de Lacombe, prior párroco.
Chirat, del Rozey. Padrino, Jean-Baptiste Ducros, tío abuelo; madrina, Marguerite Chirat, tía, ambos abajo firmantes. Ducros, Marguerite Chirat, Frappa, Barallon, Lacombe, p.c.
[24)] 5ª. El año 1782 y el 20 de febrero, ha nacido y ha sido bautizada Marguerite-Rose Champagnat, hija legítima de Jean-Baptiste Champagnat, labrador, del Rozey, parroquia de Marlhes, y de la honrada Marie-Thérèse Chirat. Padrino, Jean-Pierre Ducros, primo hermano del dicho Champagnat, de la Rouchouse, parroquia de Jonzieux; madrina, la honrada Marguerite-Rose Courbon, tía política, de Malcognière. Testigos: Jean Barallon, de Marlhes, firmante con el padrino y la madrina: Ducros, Courbon, Chirat, Courbon, Barallon, Allirot, prior párroco.
[25] 6ª. El año 1784 y e1 1 de agosto, ha nacido y ha sido bautizada Margarita-Rose Champagnat, 2ª de ese nombre, hija legítima de Jean-Baptiste, labrador, del citado lugar del Rozay, parroquia de Marlhes, y de Marie-Thérèse Chirat. Padrino, Pierre Ducros, tío paterno del padre; madrina, Marguerite Chirat, tía materna; Ducros, Allirot, p.c.
[26] 7ª. El año 1786 y el 25 de julio, nació y fue bautizada Anne-Marie Champagnat, 2ª del nombre, hija legítima de Jean-Baptiste, habitante del Rozey, parroquia de Marlhes, y de Marie-Thérèse Chirat de Malcognière. Padrino, Jean-Barthélemy, hermano de la bautizada; madrina, Marianne Champagnat, hermana de la bautizada; declaran no saber firmar. Laurens, vicario.
[27] 8º. El año 1787 y el 26 de diciembre, nació y fue bautizado Pierre, hijo de Jean-Baptiste Champagnat y de Marie-Thérèse Chirat, casados en el Rozey, parroquia de Marlhes. Padrino, Jean-Pierre Ducros, firmante; madrina, Marianne Champagnat, su hermana, iletrada. Ducros, Laurens, vicario.
[28] 9ª. El año 1789 y el 20 de mayo nació y fue bautizado al día siguiente, Marcellin-Joseph-Benoît Champagnat, hijo legítimo de Jean-Baptiste Champagant, labrador, en Rozey, parroquia de Marlhes y de Marie-Thérèse Chirat. Padrino, Macellin Chirat, su tío, y madrina, la honrada Margarite Chatelard, su prima por alianza. Chirat, Chatelard, Allirot, prior párroco.
[29] 10º. El año 1790, y el 27 de octubre, ha nacido y ha sido bautizado Joseph-Benoît, hijo legítimo de Jean-Baptiste Champagnat y de Marie-Thérèse Chirat, del Rozey, parroquia de Marlhes. Padrino, Jean-Baptiste Champagnat, su hermano; madrina, Anne-Marie Champagnat, su hermana. Declaran no saber firmar. Laurens, vicario.
[30] De estas actas se desprende que el Sr. Allirot era ya, en 1782, prior párroco de Marlhes. Administró la primera comunión al piadoso Fundador, en 1800, exigió dos de sus primeros Hermanos para su escuela, en 1818, se los vio retirar, en 1821, y murió, hacia 1830, sin ver su regreso.
Hermanos y hermanas: su porvenir
[31] De los 10 hijos de los esposos Champagnat, 4: Jean-Baptiste, Marguerite-Rose, 2ª de dicho nombre, Anne-Marie, (ahijada de Marianne17) y Joseph-Benoît, murieron antes de 1804. Debió
ser esto lo que movió al Cmo. H. Jean-Baptiste a no mencionarlos en la vida del piadoso
17 Por el contrario, parece más normal que la primera de ese nombre haya fallecido antes del nacimiento de la
Fundador. Hubiera sido mejor no afirmar que el Sr. Champagnat tuvo 6 hijos y que el piadoso Fundador fue el 6º.
[32] Marianne desposó al Sr. Arnaud, ex seminarista y maestro en Saint-Sauveur. Philippe Arnaud, uno de sus hijos, recibió lecciones de latín de su tío en Lavalla junto con el futuro P. Matricon, en 1821, y enseñaba a los Hermanos Hilarion y Paul la lectura de manuscritos. Luego dejó el latín, se hizo carpintero, se fue a Hermitage con su tío en 1828, le prestó grandes servicios y se casó con una hija de la familia Patouillard en 1833. Pese a sus 80 años, se conservaba aún vigoroso, en Izieux, en 1885. Su madre murió en 1817. Una de sus hijas se casó con un sastre, llamado Seu y fue madre de los Hermanos Théonos y Tarcisse, todavía vivos. Éste se encuentra en Oceanía y aquél en la provincia de Saint-Genis.
[33] Jean Barthélemy permaneció como labrador y vivió en la casa paterna. Tuvo 8 hijos entre los que figura el ex H. Théodoret. Éste fue desviado por un tío suyo con el pretexto de ayudar a su madre. Murió a consecuencia de un accidente en 1849, tras haber recibido los últimos sacramentos. El piadoso Fundador prestó 500 fr a Jean-Barthélemy; luego envió a Philippe Arnaud al Rozey para reclamárselos. Los había pedido prestados para ayudar a su hermano Jean-Pierre cuyos negocios no iban bien. Los suyos tampoco eran brillantes, pues tuvo que vender la casa paterna al Sr. Courbon que se encargó de las deudas dejadas por Jean-Baptiste Champagnat, padre. Jean-Barthélemy murió en 1838.
[34] Anne-Marie Champagnat desposó al Sr. Lachal y le dio 3 hijos. Marguerite-Rose Champagnat desposó al Sr. Chénet y fue madre del ex H. Straton, el sabelotodo que nos ha dejado. Jean-Pierre Champagnat casó con una mujer que no le hizo feliz. Tuvo 6 hijos, de los que 3, Jean, Marie y Barthélemy murieron en l’Hermitage y allí fueron inhumados en 1834. Un 4º, Marcellin, también murió allí y allí fue enterrado en 1837. Jean-Pierre, su padre, también había fallecido en l’Hermitage e inhumado en 1833. Dos de sus hijas fueron a Belley, suponemos que para ser religiosas. Una murió allí y la otra fue llamada por su madre a Marlhes. Vive todavía en Firminy con su marido y una numerosa familia. El apellido Champagnat ya no lo lleva nadie. Todos los demás Champagnat han entrado ya en la eternidad.
[35] La familia Courbon posee todavía la casa paterna y los molinos adyacentes: uno al lado de la casa y el otro a unos 50 metros en el prado.
El padre bajo la Revolución
[36] Retrocedemos para completar las informaciones proporcionadas por varios ancianos sobre los 14 últimos años del Sr. Jean-Baptiste Champagnat. Ya dijimos lo que era en el momento de su matrimonio en 1775. Fue luego rector de los penitentes de Marlhes, pero la llegada de la revolución le resultó fatal. No era malo, nos dicen los ancianos, según les contaron sus padres, pero su carácter débil le hizo cometer algunos actos reprensibles.