SIGMUND FREUD Biografia de Un Deseo

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SIGMUND FREUD

BIOGRAFÍA DE UN DESEO

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Con Julia y con Julia Victoria, por los “continentes sumergidos”…

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CAPÍTULO I

Los Continentes sumergidos de la mente

El descubrimiento del Inconsciente, piedra angular sobre el que se alza todo el edificio del

Psicoanálisis (por el que el nombre de Sigmund Freud

ha pasado a la Historia de la Humanidad como una de las personas más influyentes de todos los tiempos), se produce históricamente en el punto de intersección de tres personajes significativos:

Un médico famoso: El Dr. Breuer.

Ana O, pseudónimo de Berta Papenheim,

cuyo caso clínico inaugura el proceso reflexivo y de investigación del que irá derivando toda la estructura del Psicoanálisis.

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Y el Dr.Charcot, del Hospital de la Salpêtrière de París, cuya técnica terapéutica fundamentada en la Hipnosis alentará al joven Sigmund Freud en sus primeras tentativas terapéuticas y de investigación sobre la nueva Ciencia de la Mente.

Y esto es así porque de la conjunción de estos tres determinantes históricos surgiría un hallazgo original y revolucionario: El Inconsciente, como dimensión subterránea del psiquismo (los continentes

sumergidos de la mente), que iba a revolucionar todas

las concepciones de la naturaleza humana que habían fundamentado, hasta entonces, el conjunto de las teorías antropológicas.

EL Dr. JOSHEF BREUER

El Dr. Breuer fue el descubridor del laberinto del

oído, responsable de nuestro sentido del equilibrio, y

que fue también el que elaboró, sobre la marcha de su práctica clínica, un método operativo, el tratamiento

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es hoy, el Psicoanálisis. Tanto es así que el mismo Freud, en sus conferencias en la Universidad de Clarck de Masachusset, llegó a atribuirle a Breuer la paternidad del Psicoanálisis.

Freud conoció al Dr. Breuer mientras trabajaba como interno en el Laboratorio de Fisiología del Profesor Ernest Brücke, en 1878. (Tanto influyó sobre él este profesor Brücke que a uno de sus hijos le puso de nombre Ernest). En este laboratorio se inició Freud en las técnicas de investigación científica, realizando estudios sobre el sistema nervioso de los cangrejos y las glándulas salivales de los perros.

Con Breuer congenió enseguida porque podía hablar con él de literatura, de arte, de filosofía. Por aquel entonces escribió en carta a Marta, su novia, que Breuer “irradiaba luz y calor”, que estar con él era “como estar sentado al sol”. Y sutilmente empezaba a medir con él su estatura, en un movimiento de propia superación ante la imagen de un incipiente Ideal del Yo:

“Es una persona tan esplendente que no sé lo que ve en mi para ser tan amable”.

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Es curioso que, a su vez, el Dr. Breuer llegó a escribirle a otro colega, el Dr. W. Fliess, especialista en otorrinolaringología, que después fue, durante décadas, el gran amigo y confidente, el alter ego, de Freud: “La

inteligencia de Freud está alcanzando su máxima altura: le sigo con la vista como una gallina sigue el vuelo de un halcón”.

Diré como nota al margen de estas anécdotas, que Ernest Jones, en su biografía de Freud, señala la predisposición de Freud a ser muy influenciable,

sobretodo por personas a las que le unía un lazo afectivo, y que, en reacción a esta tendencia natural,

afirmó un rasgo de personalidad que fue para él causa de muchos disgustos: “nunca fue cosa fácil hacerle

cambiar su opinión acerca de cualquier cosa”. Este

rasgo se constituye por lo que él después definió como un mecanismo de defensa nominado formación

reactiva, que es una disposición automatizada a actuar

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ANNA “O”

Para comprender la influencia del Dr. Breuer en el joven Freud, es necesario encarar el caso clínico conocido por el nombre supuesto de “Anna O” y considerado como el caso fundacional del Psicoanálisis. En realidad esta paciente del Dr. Breuer se llamaba Berta Pappenhein. Estuvo tratada por él durante dos años, desde 1880 a 1882, a causa de una extraña y compleja sintomatología aparecida a raíz de la muerte de su padre, con quien había estado muy unida durante su vida, y a quien le había prodigado todos sus desvelos durante su enfermedad. Cuando en una calurosa noche de verano de 1883 -”estábamos los

dos en mangas de camisa”, le escribió más tarde Freud

a su novia Marta-, Breuer le revela a su joven amigo la fascinante historia, desencadenó en éste tantas ideas e inquietudes que le fue llevando paulatinamente a la construcción sistemática de todo el gran edificio del Psicoanálisis. Pero ya lo iremos viendo.

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El caso de Anna O. está descrito Estudio sobre

la histeria, primera obra psicoanalítica, publicada en

1896 y escrita, en colaboración, por Breuer y Freud. Anna O. fue una persona “excepcionalmente

culta e inteligente”, a veces obstinada, con una gran

sensibilidad humanitaria, que tenía 21 años cuando se le manifestó la enfermedad, y que llegó a ser posteriormente la primera asistenta social de Alemania y una de las primeras del mundo.

Hasta dos meses antes de la muerte de su padre, lo había estado atendiendo y cuidando incansablemente en detrimento de su propia salud. En esos últimos meses, se le fueron desarrollando sucesivamente una serie de síntomas –hoy lo diagnosticaríamos como stress- que cada vez la debilitaban más y le impedían entregarse a los cuidados de su padre con la misma solicitud: falta de apetito, una fuerte tos nerviosa, al poco tiempo un estrabismo convergente, después dolores de cabeza, perturbaciones de la visión, parálisis parciales, pérdida de sensaciones...Que fueron derivando en una desorganización generalizada del equilibrio

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psicosomático, con desajuste emocional y somatizaciones polivalentes, que la dejaban postrada en intervalos, frente a los que reaccionaba con una excitación desmedida, volviendo a caer alternativamente en el agotamiento y en la proliferación de nuevos síntomas cada vez más extravagantes: lagunas mentales, alucinaciones con serpientes negras, huesos y esqueletos, regresiones en la coordinación del lenguaje, llegando a no poder hablar en su propia lengua y alternar palabras en inglés, en francés o en italiano (como por una imperiosa necesidad de desplazarse fuera de su procedencia). Cuando en el mes de abril falleció su padre, tuvo una primera reacción de excitación horrorizada, que fue extinguiéndose hasta llegar a un estado semicataléptico de estupor. Hoy se le diagnosticaría como Trastorno de

la personalidad por estrés postraumático, con manifestaciones de Histeria.

En este estado, el Dr. Breuer comenzó a visitarla cada noche y , desde una especie de hipnosis autoprovocada, ella empezaba a hablar, en tono regresivo infantilizado; contaba cuentos, a veces triste,

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a veces encantadora...hasta que se iba sintiendo temporalmente aliviada de sus síntomas. Ella mismo denominó estos alivios como “Talking cure” (curación por la charla) y también, con cierto humor, “Chimeney

sweeping” (limpieza de la chimenea). Este procedimiento que despertó en ella recuerdos y le suscitó emociones que desde su personalidad normal nunca le había sido posible recordar o expresar, fue llamado por Breuer “Método catártico” y actualmente se conoce y se utiliza como “Psicocatársis”.

Un momento especialmente clarificador en esta

talking cure que ejercía el Dr. Breuer sobre Anna O.,

sobrevino cuando ésta sufrió un trastorno similar a la

hidrofobia, se moría de sed y no podía beber. No se lo

sabía explicar, pero una tarde, sometida por Breuer a un estado de relajación hipnótica o semihipnótica, expresó que había visto a su dama de compañía, una inglesa por la que sentía gran aversión, darle de beber agua a su perrito en su propio vaso. Una vez que desenterró este sentimiento reprimido de asco e irritación, la hidrofobia desapareció. Desde entonces Breuer adoptó este método de hipnotizar a Ana, y

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observaba que, desde este estado, ella iba siguiendo la pista de cada uno de sus síntomas (anestesias sensoriales, visión distorsionada, alucinaciones, contracciones paralíticas, dificultad para hablar en su propia lengua...) hasta llegar a su etiología, a la causa que lo había provocado. Y en este ejercicio de limpiar la

chimenea de su mente, siempre llegaban a un punto

común, que Freud resumió más tarde en esta fórmula, famosa en Psicoanálisis: “Los enfermos neuróticos

sufren de reminiscencias”. Porque al analizar los

síntomas, siempre se encontraba, en cada uno de ellos, residuos, a veces simbólicos, de sentimientos o de impulsos que ella se había visto obligada a reprimir.

Voy a añadir una nota a este caso fundamental, fundacional, sobre el que, como ya he dicho, Freud construyó, piedra a piedra, golpe a golpe, todo el edificio del Psicoanálisis:

En junio de 1882, Breuer escribió en sus anotaciones, como conclusión del caso, que todos los

síntomas de Anna habían desaparecido. No fue

exactamente así. Lo que ocurrió, acto seguido, fue también una experiencia de alto valor para la

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estructuración de los mecanismos de la cura psicoanalítica. Lo que ocurrió después lo relató el mismo Freud, en carta al escritor Stefan Zweig, fechada en 1932: “La noche de ese día en que todos sus

síntomas quedaron bajo control, llamaron a Breuer para que fuera a verla una vez más: la encontró en estado confusional, retorciéndose de dolores abdominales. Cuando se le preguntó qué le pasaba, respondió: ‘ahora va a nacer el niño del doctor B.’. Ante esta

constatación de un embarazo histérico, Breuer huyó horrorizado.... Pero ya estaban puestos para Freud las semillas y las claves de lo que después fue elaborándose como conceptos definidos, fundamentales para la comprensión de la relación psicoanalítica y de la cura: Los conceptos de

transferencia y contratransferencia. Al parecer Anna O.,

es decir, Berta, desplazó hacia su doctor y benefactor los sentimientos edípicos que había tenido hacia su propio padre, se los transfirió, y a su vez el Doctor, en

contratransferencia, se había dejado sutilmente, e

inconscientemente, seducir por el encanto de aquella joven, que se llamaba casualmente como su propia

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madre, Berta, y que, de algún modo cubría el vacío afectivo, los anhelos edípicos adormecidos, que su madre le había dejado al morir, cuando él tenía solamente cuatro años. ¿Qué sucedió después? Que la mujer de Breuer se estaba sintiendo inquieta y escamada del interés de su marido y de sus desvelos por la joven Berta, que Breuer para compensarla la llevó a hacer un viaje solos, del que nació una hija, la cual, cuentan los biógrafos, terminó suicidándose, muchos años después, cuando los agentes de la Gestapo llegaron a su casa para apresarla por ser judía...

Berta, por su parte, siguió progresando en su recuperación hasta llegar a convertirse en pionera del trabajo social, y en líder de causas feministas y de organizaciones de mujeres judías.

EL Dr. CHARCOT

El tercero de los acontecimientos fundacionales del Psicoanálisis, el tercer referente desde el que se

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condiciona su origen, relaciona encadenadamente a la ciudad de París, al Dr. Jean Martín Charcot y a la

técnica de hipnosis, empleada por éste en el Hospital

de la Salpêtrière .

En 1885, a sus 29 años, realiza Freud su deseo, un sueño largamente acariciado en su mente, que era ir a París a estudiar las técnicas de uno de los médicos más famosos de por aquellos tiempos: el Dr. Charcot. “París es una ciudad mágica”, hasta el mismo nombre

de la ciudad tenía para él un contenido de magia, le

escribía a Marta, su novia, a quien, nada más pisar aquellas tierras, le había confesado: “Durante muchos

años había sido París la meta de mis ansias, y el embeleso con que por primera vez pisé el pavimento fue para mí la garantía de que también habría de lograr la realización de otros deseos”. Y a su amigo Koller: “París significa el principio de una nueva existencia para mi”.

Estos sentimientos de ilusión, encanto y entusiasmo alternaron, al paso de los días y de los meses, con otros de abatimiento y congoja. La ambivalencia de los estados emocionales fue una

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experiencia endovivenciada por Freud durante su estancia y sus soledades en París. En una de sus diarias cartas a Marta, confiesa: “Me siento aquí como

si me hubieran abandonado en una isla desierta en medio del océano, ansiando que llegue la hora en que venga el barco que restablecerá mi unión con el mundo”...Y continúa la carta con un brindis de amor: “Tu eres todo el mundo para mí”.

En este estado de soledad y abandono, parece ser que configuró una percepción catatónica que le hacía ver a los habitantes de la ciudad como “gente

arrogante e inaccesible” que le “producen desazón”,

como si estuvieran “poseídos por mil demonios”. Incluso su percepción de las mujeres estaba condicionada por el color negro de su cristal: “La fealdad de las mujeres

de París difícilmente puede ser exagerada: ni una cara bonita”. Quizás intentaba deslizar, entre líneas, un

mensaje subliminal de tranquilizamiento a su novia... Sin embargo, desde estos estados emocionales, moviliza un dinamismo reactivo que es, como siempre a lo largo de su vida, de recuperación del equilibrio y de superación. Le escribe a Marta cuando está a punto de

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finalizar su estancia en París: “No puedo dejar de

pensar que soy un irracional al dejar París cuando la primavera se avecina y Notre Dâme exhibe su belleza bajo la luz del sol”.

Señalar la importancia que la hipnosis, como técnica empleada terapéuticamente, ejerció en el descubrimiento que hizo Freud del Inconsciente, y en el establecimiento posterior y paulatino de todo un sistema psicológico y terapéutico, es lo que justifica este paso, esta digresión, que hemos hecho con él sur

les trottoirs de París.

Freud, como ya he dicho, había acudido a París con el deseo de estudiar las técnicas terapéuticas del Dr. Charcot, quien se había especializado en el tratamiento de las neurosis, sobretodo de la histeria, por medio del hipnotismo. Llevaba la pretensión de presentarle al Maestro el caso de Ana O., que lo tenía fascinado, pero éste le prestó poca atención, mucho más interesado por sus propios experimentos y por las extraordinarias reacciones de sus pacientes.

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Sin embargo, la personalidad de Charcot lo deslumbró de tal manera que incluso a su hijo mayor le puso por nombre Jean Martín. Como maestro era realmente épatant: cada una de sus clases “era una

pequeña obra de arte por su plan y por su realización”...

En otros escritos habla de la “magia que irradiaba de su

aspecto y de su voz, la gracia y naturalidad de sus modales”... lo describe como “agradable, bondadoso, ingenioso, aunque dominante por su innata superioridad”, señala su “tremenda capacidad para insuflar aliento, casi excitación” y llega a la conclusión

de que “jamás un ser humano ha ejercido sobre mí una

influencia semejante”. La ascendencia que llegaba a

crear sobre los pacientes a los que hipnotizaba, y la “dependencia magnética” de parte de ellos, fue uno de los elementos con los que Freud fue elaborando posteriormente su concepto, fundamental en Psicoanálisis, de Transferencia. El biógrafo de Freud Peter Gay hace la curiosa observación de que Freud “siempre tan orgullosamente resuelto a tener una mente

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“porque lo fecundara ese brillante científico y no menos

brillante actor dramático”.

EL INCONSCIENTE COMO DIMENSIÓN SUBTERRÁNEA DEL PSIQUISMO

Asistiendo a las exhibiciones de Charcot, que efectivamente actuaba como un gran actor en el escenario del Hospital de la Salpretiêre, Freud realizó un doble descubrimiento.

Primer DESCUBRIMIENTO: Charcot demostró que sometiendo a la influencia hipnótica a personas

normales les hacía exhibir los mismos síntomas

somáticos de sus pacientes histéricos (temblores, parálisis, sensaciones corporales de picor, calor o frío etc.), al introducirle la idea de estos síntomas, o la orden de experimentarlos, por medio de las técnicas de hipnotismo. Con lo que Freud llegó a la convicción, ya prenunciada por el caso de Ana O., de que efectivamente existen síntomas físicos que no se deben

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a lesiones orgánicas o a otras causas físico-orgánicas, sino a actividades de la mente.

Como nota al margen, tengo que añadir que, hasta entonces, la histeria había sido considerada como una enfermedad exclusivamente de mujeres. De ahí su nombre que deriva etimológicamente del griego “hysterós”, útero. Históricamente fue interpretada como

posesión diabólica, o como patología simulada, o

incluso como enfermedad orgánica, debida a que el útero se desviaba hacia los riñones, para lo que no encontraban más solución que la ablación del clítoris. Cuando de regreso en Viena, Freud tuvo una conferencia en el Colegio de Médicos exponiendo sus experiencias con Charcot, advirtió una acogida fría, incluso hostil. Al aludir a la patología histérica como común a mujeres y a hombres, tal como les había demostrado Charcot, su profesor el Dr. Meynert, en cuyo departamento de neurofisiología había trabajado y al que había admirado por su aspiración a hacer una psicología científica, le increpó desde su asiento, calificando sus teorías de charlatanería y preguntó irónicamente si es que ya los hombres tenían útero

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para enfermar de histeria...Desde ese momento Freud

perdió el aprecio y el respeto por su antiguo profesor, y quizás no volvió a recuperarlos hasta el día en que Meynert, en su lecho de muerte, en 1982, pidió que Freud le visitara y, como si tuviera un peso de conciencia del que necesitaba descargarse, le confesó:

“Sepa usted, señor Freud, que yo fui siempre uno de los más patentes casos de histeria masculina”.

2º DESCUBRIMIENTO de Freud, el del

Inconsciente, como dimensión profunda del psiquismo,

que en algún momento denominó como “los continentes

sumergidos de la mente”

Charcot realizaba ante los ojos atónitos de sus alumnos experiencias de esta índole: Presentaba, p. e., a una persona que sufría parálisis histérica de un brazo. Se comprobaba que le era imposible moverlo. Lo sometía delante de todos los espectadores a sueño hipnótico, le daba la orden de que moviera el brazo y el paciente lo movía sin dificultad. Después, vuelto al estado de vigilia normal, no recordaba nada y volvía a serle imposible mover el brazo paralítico.

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Experiencias de esta clase se completaron después con otras realizadas en Nancy, adónde Freud viajó en 1889 con el fin de seguir profundizando en las técnicas de hipnotismo y completar sus conocimientos con la metodología seguida por el entonces también famoso Dr. Hipólito Berhein. Éste le sugería (por poner otro ejemplo) a un hombre sometido a sueño hipnótico: “Tal día por la tarde, irá usted al teatro y en medio de la función abrirá el paraguas”. El día señalado, ese hombre manifestaba su intención de acudir al teatro, cogía el paraguas, aunque no estuviera lloviendo, y en medio de la función abría el paraguas, ocasionando un alboroto entre los espectadores. Al preguntarle por qué lo había hecho, no sabía justificar una respuesta.

La conclusión de Freud, tras de muchas reflexiones derivadas de estas experiencias, es que existe un sector del espíritu humano (o de la psique, o de la mente), al que no tiene acceso la consciencia, donde se guardan las razones ocultas de nuestro comportamiento y los motivos ignorados de nuestras acciones y reacciones. Solamente allí se podría descubrir el motivo por el que aquella persona se

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castigaba a no mover el brazo, y la orden de ir al teatro a la que el otro individuo no sabía resistirse.

Y es a eso a lo que denominó EL INCONSCIENTE: Un sector del psiquismo o de la mente (o realidad psíquica, o función psíquica) constituido por un conjunto de representaciones mentales reprimidas, fuera del campo de la consciencia, que tienen una gran influencia en nuestro comportamiento, como determinante esencial de nuestra vida psíquica. Freud lo metaforizó con la imagen clásica de Iceberg, con una pequeña parte visible sobre la superficie y con dimensiones insospechada bajo las aguas. Otros lo han comparado con las alforjas del caminante, con uno de sus bolsones por delante, a la vista de los ojos, y otra invisible a las espaldas.

Tengo que aclarar que el concepto de lo

inconsciente era conocido previamente a los descubrimientos de Freud, que la filosofía se había ocupado repetidas veces de este problema, como ya concretaremos más adelante, y que en 1869 Hartmann

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había publicado un libro de gran difusión titulado

Filosofía de lo inconsciente.

La aportación original de Freud fue sustantivar lo inconsciente, hacerlo sustantivo, no sólo adjetivo, hacer de esto un saber, el saber de lo insabido o

desconocido del propio sujeto, hacerlo objeto de

investigación con métodos especialmente diseñados para este fin, conocerlo como determinante subrepticio de comportamientos humanos y como espacio terapéutico desde el que reequilibrar los desajustes del psiquismo y sanar las patologías de la mente.

LA REVOUCIÓN CULTURAL DE SIGMUND FREUD

Obviamente, este descubrimiento de Freud vino a suponer una auténtica revolución cultural con respecto al conocimiento de la persona humana, y una inversión de perspectivas en todas las disciplinas que se ocupan de algún modo de su interpretación, comprensión, educación o expresión: la Pedagogía, la Filosofía, el Derecho, la Medicina, la Moral, la Historia,

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el Arte....En el estudio y la comprensión de las realizaciones humanas y de sus intenciones y motivaciones profundas, el Inconsciente pasa al primer plano de interés, más aún que el Consciente. El “no

puedo comprender por qué obré de esa manera” o el “no era yo mismo cuando hice eso”, empezaba a

vislumbrar sus claves.

En sus Conferencias de introducción al

Psicoanálisis, pronunciadas por Freud entre 1915-1918,

en la sede del Colegio de Médicos de Viena, hace la conocida consideración de las tres humillaciones

narcisísticas que había padecido sucesivamente la

Humanidad: la infligida por Copérnico cuando dictaminó que la tierra no es el centro del universo, sino una simple motita de polvo cósmico dentro de la galáctica polvareda estelar; la que infligió Darwin al incluir a la humanidad en el reino animal, y considerar al hombre, “mono desnudo” (Desmond Morris), como eslabón en la cadena filogenética desde primates ancestros; y la tercera humillación, herida narcisista al orgullo humano, al demostrar al mundo que el Yo personal no es el

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propio destino, sino que en gran medida es siervo y esclavo de extrañas fuerzas de la mente, inconscientes e incontrolables.

Esto supuso una revolución cultural tan importante como lo fue, quizás, en la técnica, la invención de la rueda o la de la máquina de vapor. El autor del libro Psicoanálisis: una profesión imposible (es autora, Janet Malcolm) llega a utilizar el símil del terrorista que en el sótano de su casa prepara un artefacto para volar la cervecería del barrio y, sin darse cuenta, termina inventando la bomba de hidrógeno que hace volar medio mundo.

Hasta entonces las filosofías clásicas pensaban que sólo había dos estados de consciencia posibles: el de inconsciencia, o inconsciente, cuando la persona está dormida, o desvanecida o drogada o en coma, y el de consciencia, o consciente, cuando la persona está despierta, en plena posesión de su inteligencia y de su razón, y es dueño y responsable total de sus actos y de sus pensamientos. Desde esta convicción se había entendido y fundamentado la filosofía, la pedagogía, la moral, la religión, la historia, el derecho, la

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psicología....Hasta que Freud pone de manifiesto la influencia de mecanismos inconscientes, de razones y anhelos ocultos, subterráneos, que impulsan nuestros actos y determinan nuestros comportamientos. Y crea una ciencia para desvelar el Inconsciente y curar a las personas a través del Inconsciente. Esta Ciencia es El

Psicoanálisis.

La originalidad del Psicoanálisis, escribió Rappaport en 1967, no consiste en explorar un objeto empírico nuevo, distinto al enfoque de la psicología científica, sino en elaborar una teoría más completa y más radical de la conducta, tomando en consideración sus determinantes últimos, pulsionales e inconscientes. Y más recientemente, en 1978, J.L. Tizón define que el Psicoanálisis, en tanto que psicología dinámica y

profunda, añade al objeto general de la ciencia

psicológica una dimensión inédita, absolutamente original, que es la del inconsciente dinámico. Por lo que su objeto definitivo, su objetivo singular de tratamiento e investigación se puede definir como la conducta

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Para completar el tema de la Revolución Cultural incitada por Freud voy a aducir varios testimonios de diversos autores.

El primer texto es de Peter Gay, de su libro Freud, una vida de nuestro tiempo.: “La

observación de que el Psicoanálisis había ‘hecho furor’, convirtiéndose en una especie de moda entre quienes no lo conocían, estaba bastante justificada. El médico sueco Paul Bjerre afirmó en 1925 que el ‘freudismo’ estaba agitando los sentimientos como si se tratara de ‘una nueva religión’ y no de una nueva área de investigación. Especialmente en los Estados Unidos, la literatura psicoanalítica ha adquirido dimensiones de avalancha. Analizarse está de moda”. Un año más

tarde, el eminente y prolífico psicólogo norteamericano William McDougall reafirmó la evaluación de Bjerre:

“Además de los seguidores profesionales, todo un ejército de legos, educadores, artistas y diletantes han quedado fascinados por las especulaciones freudianas y las han convertido en una desorbitada moda popular, de modo que algunos de los términos técnicos

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empleados por Freud se han incorporado al idioma popular, tanto en los Estados Unidos como en Inglaterra”.

En otra parte afirma que el escritor Elías Canetti había escrito, por 1920, que “la interpretación de los

‘lapsus’ se había convertido en una especie de juego social” Aunque por otra parte afirma que las principales

autoridades de la Universidad todavía “lo rechazan con

arrogancia”. Y añade que esta oposición llegó,

clamorosa, hasta el área de la política. Por ejemplo, en Francia, el mismo día en que apareció la versión francesa de Psicopatología de la vida cotidiana, en 1922, apareció publicado un artículo en el que se le pedía al gobierno “que proteja a los niños del

Psicoanálisis”.

Esta reacción la explica y la interpreta sosegadamente el psicoanalista francés S. Nacht:

“Freud apareció en una época impregnada de moralismo, confiada en una escala de valores que creía sólidamente establecida. Súbitamente aquel joven y desconocido médico judío despertó de su sueño al mundo, lo obligó a poner todo en cuestión. ‘Analice

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despiadadamente sus sentimientos, escribió Freud a un amigo, y verá qué pocas cosas seguras hay en usted’. Pero ver qué pocas cosas seguras hay en sí mismo es precisamente lo que el hombre se niega a hacer, porque lo siente como una herida y una humillación. Así pues, era inevitable que, desde el comienzo, Freud se viera rechazado por su época, que quiso verlo a través de los rasgos inmorales y salvajes de las fuerzas instintivas, cuyo auténtico rostro desvelaba”.

Estas observaciones y conclusiones quedan bien explicitadas y resumidas en un texto de Georg Markus, en su biografía de Freud El misterio del alma:

“Con el Psicoanálisis de Freud no sólo se abría un nuevo campo a la psiquiatría, sino que se revolucionaba toda la medicina. Más aún: los esfuerzos para sondear el alma humana llevaron a nuevas formas de ver la religión y la cultura, la educación y la vida familiar, la sexualidad, la filosofía, el Estado. Las ideas de un científico rara vez ha influido en su generación y en las siguientes tanto como Freud cuando describe la anatomía del alma.”

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El siguiente texto, de Stefan Zweig, es un testimonio de adhesión y casi devoción. Le escribe así en carta de 1929: “La revolución que usted ha

provocado en la estructura psicológica y filosófica, y en toda la estructura moral de nuestro mundo, excede en mucho la parte puramente terapéutica de sus descubrimientos. Pues hoy en día, todas las personas que no saben nada de usted, todo ser humano de 1930, incluso quien nunca haya oído la palabra ‘psicoanalista’, ya está indirectamente influido por su transformación de las almas”.

Precisamente el mismo S. Zweig, junto con otros escritores, artistas e intelectuales como Thomas Mann, Romain Rolland, Jules Romains, H.G. Wells , Virginia Woolf , Salvador Dalí, Hermann Broch, Knut Hamsun, Hermann Hesse, André Gide, Aldous Huxley, James Joyce, Pablo Picasso, Paul Klée, André Maurois, Thorton Wilder, y varios más, publicaron un manifiesto, en 1936, con ocasión del octogésimo aniversario de Freud, que le fue presentado por Thomas Mann en su casa de Viena, ya casi a punto de exiliarse en Londres. Por su extraordinaria importancia valorativa de la

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persona y la obra de Freud, lo voy a reproducir íntegramente: “Que el octogésimo aniversario de Freud sea una venturosa oportunidad para expresarle, al iniciador de un nuevo y más profundo conocimiento de la humanidad, nuestras congratulaciones y nuestra veneración. Este intrépido descubridor, importante en cada esfera de su trabajo, como médico y psicólogo, como filósofo y artista, ha sido, durante dos generaciones, un guía a través de regiones de la mente humana hasta entonces inexploradas. Espíritu completamente independiente, un ‘hombre y caballero de osado mirar’, como Nietzsche dice de Schopenhauer, un pensador e investigador, que supo resistir solo y, sin embargo, atraer a muchos. Avanzó por su camino y llegó a verdades que parecieron peligrosas porque ponían al descubierto lo que el miedo había escondido, e iluminó lugares oscuros. Expuso nuevos y diversos problemas y cambió normas antiguas. Su búsqueda y sus hallazgos ampliaron enormemente el alcance de la exploración intelectual, e incluso hizo que sus opositores se convirtieran en deudores suyos por el

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ímpetu del pensar creador que les transmitió. Aunque los años futuros puedan superar o modificar este o aquel resultado de su investigación, las preguntas que Sigmund Freud hizo a la humanidad nunca podrán volver a silenciarse, ni sus hallazgos ser negados u oscurecidos por mucho tiempo. Los conceptos que él ha encontrado, las palabras que ha escogido para ellos, se han convertido ya en integrantes, evidentes por sí mismas, de todo idioma vivo. En todos los campos de las ciencias del hombre, en el estudio de la literatura y el arte, la historia de las religiones y la prehistoria, la mitología, el folkclore y la pedagogía, e incluso en la poesía misma, podemos discernir la impronta profunda de su influencia, y si alguna vez la raza humana alcanzó un logro imperecedero, este es -estamos seguros- su descubrimiento de la CIENCIA DE LA MENTE.

Nosotros ya no podemos seguir enfrentando nuestra tarea intelectual sin los audaces conceptos que constituyeron esa obra de toda la vida de Freud. Por eso nos alegramos de saber que este gran e infatigable estudioso está entre nosotros, y de verlo trabajar con

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vigor incansable. Que este hombre al que honramos, y al que le ofrecemos nuestra gratitud, viva entre nosotros durante muchos años más”.

Desde estos extraordinarios reconocimientos y elogios, especialmente valiosos y significativos por la talla intelectual, científica y cultural, de las personas que los respaldan, no es de extrañar la comparación que hizo en su tiempo Jung con los “pseudocientíficos” que se negaban a estudiar a Freud: son, escribió,

“como aquellos hombres de ciencia que se negaron a mirar por el telescopio de Galileo”.

Y, para terminar este capítulo, no quiero dejar de citar el testimonio de la concesión del Premio “Goethe”, en julio de 1930, donde la obra de Freud se define como “fruto del método estricto de las ciencias de la

naturaleza (...) y de la osadía de los creadores literarios”. Y también se dice en el texto de concesión

de ese importante galardón literario que “el Psicoanálisis no solo enriqueció a la ciencia médica sino también al mundo mental del artista, el sacerdote,

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el historiador, el educador” (...) al descubrir “las fuerzas formativo-creadoras adormecidas en el inconsciente”.

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CAPÍTULO II

La personalidad de Sigmund Freud

Determinantes biográficos y socioculturales de las teorías psicoanalíticas.

Pretendo en este capítulo iniciar el acompañamiento intelectual, paso a paso durante todo su recorrido vital, de una personalidad tan singular, tan apasionante, tan importante y tan sugestiva como la de Sigmund Freud. Y lo iniciaré citando a Nietszche, el cual, refiriéndose a las grandes filosofías, las definió como “autobiografías involuntarias e inconscientes”. Voy a intentar ir trazando un paralelismo entre la

biografía de Freud y la diacronía de su pensamiento.

Partiré de la ubicación socio-histórica: una

puesta en escena del personaje en su tiempo, en su

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históricas y socioculturales en las que se desarrolló. Indagar en su biografía para atisbar los fundamentos diacrónicos de su pensamiento, en ese proceso evolutivo y progresivo, impulsado por un deseo motriz, hacia el descubrimiento espeleológico de las cavernas

profundas de la mente, con lo que revolucionó las

concepciones vigentes sobre el ente humano, y sobre el sentido existencial de su ser y de su actuar.

En resumen, trataré de estudiar los fundamentos personales y culturales de las teorías de Freud, de acuerdo con el pensamiento de San Agustín de que no

hay que buscar fuera de uno mismo, porque en nuestro interior es donde se encuentra la verdad.

Pretendo coger, junto con el lector, “el paso” vital de Freud en su caminar por la historia, a ver si con su paso acompasamos el nuestro, le damos un nuevo ritmo vivencial, y con su historia (que es siempre

magistra vitae) iluminamos nuestra historia, la propia de

cada uno. Y quizás descubramos, al hilo de la evolución de Freud, cómo nuestros deseos, nuestras actitudes y nuestro propio pensamiento están, de algún modo,

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determinados también y condicionados por nuestra historia personal y cursan a través de los mismos raíles de nuestra singular biografía.

Citaré a su biógrafo Ernest Jones, afirmando con él que el Psicoanálisis, tal como cualquier otra rama de la ciencia, sólo puede ser entendido si se le encara

en su proceso histórico, “cuya evolución estuvo ligada, de una manera muy peculiar e íntima a la de su creador”.

UBICACIÓN SOCIO-HISTÓRICA

Comenzaré diciendo que nace el día 6 de mayo de 1856, en un pueblecito de Moravia (que después pasó a pertenecer a Checoslovaquia, pero que en aquellas fechas formaba parte del entonces Imperio Austro Húngaro). El pueblo se llamaba Freiberg, y después se llamó Pribor.

Sus padres le ponen de nombre Sigismund. Uno de sus biógrafos, Clark (Freud, el hombre y su causa.

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Planeta) lanza la sugerencia de que la raíz alemana de la palabra que forma este nombre es “Sieg”, la misma que interviene en los términos que significan triunfo,

victoria, deseo culminado.

Que de alguna manera el nombre quede integrado en la imagen que conforma el Ideal del Yo, parece estar bastante comprobado por la historia y por la psicología. Otro hecho evidente es que el YO va tomando consciencia paulatina de su identidad con referencia a su nombre, y que también el nombre traduce mensajes y mandatos relacionados con expectativas parentales, a través del Super-YO. Está claro que el biógrafo de Freud nos quiere sugerir que ya su nombre empezaba a marcar un destino de triunfo... Que la persona está moldeada, como amasada, por sus circunstancias es el aforismo de Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”,

abundantísimamente repetido. Pues bien, en el nacimiento de Freud se dieron una serie de circunstancias que, sin ninguna duda, iban a ser determinantes de sus deseos vitales y moldeadores de

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su pensamiento, de su orientación vital, y de su actitud fundamental frente a la existencia.

Una de las circunstancias determinantes fue, sin duda, el hecho de que sus padres fueran judíos. Nació en el seno de un grupo minoritario y hasta cierto punto marginal, suscitador de hostilidades y recelos. Este hecho tiene que marcar necesariamente, y de modos muy diversos, los deseos profundos y la visión de la vida, y de sí mismo, de un niño que se abre, como una flor, a la existencia. De la influencia concreta en Freud y de su dinamismo contrareactivo hablaré más adelante.

Otra circunstancia, moldeadora de su yo personal tuvo que ser necesariamente el triángulo

familiar en el que se inscribe su nacimiento. Su padre,

Jacob, casado por segunda nupcias (o por tercera, como creen pensable algunos biógrafos) con su madre, Amalia Nathanshon, veintiún años menor que él. Jacob tenía 42 años y Amalia 21. Se daba el caso de que un hijo del primer matrimonio de su padre, de Jacob, era de la misma edad que su madre.

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Esta circunstancia, la de nacer integrado en una situación triangular que le hace cercano en edad a la madre y lejano al padre, pudo haber sensibilizado su percepción y orientado su pensamiento, desde su propia experiencia, a es situación endopsíquica universal que él bautizó con el nombre de Complejo de Edipo.

Voy a consignar un dato en relación a los sentimientos que le suscitaban su padre y su madre. El dato es aparentemente simple, pero, como todas las experiencias de esa edad, es de las que van marcando los posicionamientos de una persona en la existencia: A la edad de dos años todavía mojaba la cama. Siempre tuvo el recuerdo de que una noche se había orinado en el dormitorio de sus padres, estando en la cama con ellos. Mas tarde Freud explicaría las razones psicológicas de la enuresis: simbólicamente es una

señal de ambición y de posesión, como el animal que

riega el terreno para exclusivizarlo en señal de dominio y de posesión de un derecho. Aprovecharé para añadir, como entre paréntesis, que hay cuatro móviles fundamentales en la actuación de un niño, como cuatro

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objetivos encubiertos en sus comportamientos, incluso

en este de orinarse en la cama de sus padres: el primero puede ser manifestar debilidad, “qué chiquito

soy”, que concita lógicamente la respuesta protectora.

El segundo, dar muestra de poder, como si quisiera decir: “hago lo que me viene en ganas”. El tercer móvil puede ser la revancha, “os vais a enterar”. Y el último, la búsqueda de atención. Y aclararé después, que estos móviles del comportamiento infantil, que cada niño especializa a su modo, y que todos los conservamos en el niño que llevamos dentro, están en la base de futuros trastornos patológicos: la debilidad que evoluciona en depresión, la necesidad de mostrar poder que lleva a la paranoia, la actitud de revancha que revienta en la psicopatía, y la búsqueda de

atención exacerbada en la histeria.

Este ha sido el paréntesis. Sobre el hecho anecdótico diré que, después de muchos años, Freud siguió recordando y subrayando que fue su padre, y no su madre, quien le regañó y humilló. Incluso que llegó a decirle “que nunca llegaría a ser nada”. El recuerdo de

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este episodio persiguió al joven Freud durante años:

“Fue un duro golpe a mi ambición”, tanto que, como en

el síndrome postraumático, siguió reactualizándolo en los sueños (flashback). Y siempre que le venía al pensamiento, reaccionaba, como en un ritual obsesivo, realizando un recuento rápido de sus méritos, como para afirmarse triunfalmente frente a su padre por todo lo que había conseguido.

Lo importante de este hecho es que pone de relieve la autoridad del Padre, quien representa la coacción, la restricción, la amenaza, el Principio de la

Realidad. Y en frente, la madre, representando la

indulgencia, la acogida, la comprensión, el amparo, el

Principio del Placer. El Tánatos y el Eros.

Y quiero aquí recordar un axioma psicoanalítico:

La condición fundamental del equilibrio psíquico y del crecimiento madurativo personal consiste en compaginar dentro de uno mismo, del propio sistema psicobiológico, el Principio del Placer y el Principio de la Realidad. Es decir: asimilar e integrar armónicamente, dentro del propio YO, la experiencia padre-madre. O,

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dicho de otro modo: resolver y superar el Complejo de

Edipo.

Así se puede comprender lo que dijo R. Kipling en Something about myself: “Dadme los seis primeros

años de la vida de un niño y ya os podéis quedar con el resto”.

DE PADRES JUDÍOS

Quiero incidir sobre la especial circunstancia de la aparición de Freud en el escenario de la vida, que es la de haber nacido de padres judíos. Y hay un hecho especialmente significativo, que voy a relatar enseguida, respecto a su toma de consciencia de pertenecer a un grupo socialmente marginado y rechazado, que fue tan determinante de sus deseos vitales y de su actitud posterior frente al mundo.

Voy a decir, entre paréntesis que este hecho lo relata él mismo a su amigo Wilhelm Fliess, otorrinolaringólogo berlinés, también judío, con el que

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mantuvo periódicamente unos encuentros que él llamaba “Congresos”, y una extensa correspondencia que ha sido valiosísima para conocer el nacimiento y la evolución del Psicoanálisis, y para comprender el pensamiento de Freud. El biógrafo Clarck califica esa amistad de “extraña y aún no suficientemente

explicada”. Y afirma que ejerció sobre Freud “un influjo casi embrujador”.

Sigo con el paréntesis: Había asistido Fliess a las clases que Freud daba en la Universidad como

Dozent. Se conocieron, pues, en 1887 y rompieron

definitivamente la amistad en 1906. En el verano de 1890, le había escrito en unos términos, que son reveladores del Sí mismo del espejo desde el que Freud valoraba su relación con Fliess, y la influencia que éste ejercía sobre él: “Cuando te hablé y vi que me

dabas importancia, empecé a pensar que yo era alguien, y la imagen de energía confiada que me ofreciste no ha dejado de surtir efecto”.

El hecho es que Freud llegó a establecer con Fliess una extraña relación de admiración y

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dependencia (en la que el propio Freud llegó a reconocer un cierto componente homosexual) y una ambivalencia afectiva como la que se da en la relación del hijo con el padre. Esta relación terminó por un conflicto originado por unas ideas que Fliess le transmitió acerca de la bisexualidad masculina. Estas ideas aparecieron publicadas en un libro, Sexo y

carácter, y que, según la sospecha de Fliess, le había

llegado al autor, Otto Weininger, por una indiscreción de Freud.

Cierro aquí el paréntesis sobre Fliess, que considero interesante para comprender algunos rasgos de la personalidad de Freud, y paso a relatar el hecho que tan profundamente marcó a Freud en la relación ambivalente con su padre, y como sujeto perteneciente a una identidad racial (si-mismo del grupo) despreciada: “Yo tendría diez o doce años cuando mi padre empezó

a llevarme con él en sus paseos”. Un día le contó a su

hijo la siguiente historia: “Cuando yo era joven un día

salí a caminar por la calle del lugar donde naciste, elegantemente vestido, con un sombrero de piel nuevo.

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En dirección opuesta venía un cristiano, que me empujó, me derribó el sombrero, que cayó en el barro de la calle, y me gritó: Perro judío, fuera de mi camino”.

El niño Freud, sobrecogido, le preguntó a su padre: “¿Y

tu qué hiciste? Él le respondió con toda naturalidad: “Bajé de la acera, recogí el sombrero y seguí mi camino...” Esta imagen de su padre, el más

poderoso, el más sabio, el más rico de los hombres, a

sus ojos de niño, envilecido cobardemente, le aguijoneó durante mucho tiempo y le hizo desarrollar fantasías de venganza. Es otro componente motivacional que dirigió y orientó el impulso y el deseo de autorrealización de Freud: el de la revancha, tanto que llegó a identificarse con el espléndido caudillo, Aníbal, también semita, que había jurado vengar a Cartago, por más poderoso que fueran los romanos.

Este sentimiento lo fue elaborando y reconvirtiendo en otro factor motivacional, el del deseo y la necesidad compensatoria de reconocimiento y grandeza, como sublimación del móvil más pulsional y patógeno de venganza. “A veces me he sentido como si

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hubiera heredado toda la pasión de mis antepasados cuando defendían el Templo de Jerusalén”.

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EL COMPLEJO DE PADRE

Este ambicioso deseo, de origen motivacional reivindicativo y compensatorio, se convirtió en la línea

directriz (es un concepto de la Psicología Individual de

Adler) de su carácter. Pero dejó alojadas dentro de su psiquismo resonancias conflictivas, perturbadoras y culpabilizantes. Me explico, ya que se trata de un fenómeno clínico que he podido observar y tratar repetidas veces. Es el hecho de personas que son incapaces de aceptar su propio triunfo (por ejemplo, dejan una carrera brillante cuando sólo les queda una asignatura, pierden inexplicablemente en una competición cuando prácticamente habían llegado al final, son abandonados por su pareja en días cercanos a la boda ...) Freud lo tenía también tan observado -y hasta autodiagnosticado- que escribió un pequeño ensayo, en 1916, titulado Los que fracasan al triunfar, dentro de un texto más amplio: Varios tipos de carácter

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A propósito de esto, voy a contar una interesante anécdota de Freud. Cuando estuvo en Atenas, que por cierto varios años más tarde recordó que las columnas de ámbar de la Acrópolis era una de

las cosas más hermosas que había contemplado en su vida...Bueno, pues cuando estuvo en Atenas recogió

sus impresiones del viaje en un ensayo titulado

Trastornos de la memoria en la Acrópolis, y en él

escribió: “Es inevitable que la satisfacción de haber

llegado tan lejos lleve aparejado un sentimiento de culpa”. De alguna manera lo resiente como algo injusto,

prohibido desde tiempos inmemoriales, desde el mito de Lucifer a quien arrastró el deseo de ser más grande que Dios... Como si el deseo de llegar más lejos que su

propio padre, cuyo recuerdo se mezcla, culpabilizado,

con sentimientos de crítica y desvalorización desatados en las experiencias de su infancia, le pudiera llevar también a sentirse más grande que él.

Advertiré que, en algunas personas, estos sentimientos pueden llegar a cristalizar en lo que Freud denominó Complejo de Padre (1910, Congreso de

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Nurenberg, El porvenir de la terapia psicoanalítica) que consiste en una mezcla endovivenciada, hipersensibilizada de miedo, hostilidad, desconfianza y

culpabilidad, unidos a los sentimientos contrapuestos

de amor, respeto y admiración. Y señalaré que esta tensión conflictual de sentimientos contrapuestos pueda ser una de las bases etiológicas de la neurosis

obsesiva. Me explico: el conflicto de atracción y rechazo simultáneo, deseo de posesión y de evitación del

mismo objeto, puede dar lugar a una parálisis del pensamiento y a una reacción automática de insistencia

obsesiva para superarlo.

MUERTE DEL PADRE Y TEORÍA DE LA SEDUCCIÓN

El biógrafo P. Gay señala que la muerte del

padre constituyó una profunda experiencia personal, de

la que Freud extrajo consecuencias universales. Desde el punto de vista personal, Freud la califica como “El

acontecimiento más importante y la pérdida más decisiva en la vida de un hombre”. Y es a partir de ese

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acontecimiento cuando empieza su autoanálisis para su propia reconstrucción psicológica.

En carta a Fliess del 2 de noviembre de 1896, le confiesa: “Por alguno de los oscuros caminos, por

detrás de la consciencia oficial, la muerte del viejo me ha conmovido mucho. Lo quería muchísimo, lo comprendía muy bien, y él era muy importante en mi vida, con su mezcla peculiar de sabiduría profunda y de fantasía infantil. Ya había gozado mucho de la vida cuando murió, pero en esta ocasión sin duda se ha despertado en lo interior de mí mismo todo lo más primitivo”.

El biógrafo y médico de Freud, Shur, quiere vislumbrar en esta carta el primer determinante de su

autoanálisis: un autoescrutinio impulsado por lo que él

denominó “la culpa del superviviente”. Y el propio Freud consideró que su obra La interpretación de los

sueños se produjo como una reacción a la muerte de su

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Por otra parte, a nivel de su pensamiento, este acontecimiento ejerció la influencia determinante del abandono de la primera teoría de la neurosis -la

seducción infantil por obra de sus progenitores- sobre la

que había fundamentado hasta entonces todo su sistema.

Pero de nuevo se activa, con esta ocasión, una de las características funcionales de la personalidad de Freud: la capacidad de levantarse sobre las ruinas de un fracaso y hacer sobrevolar su deseo hacia un nivel más alto de reconstrucción. A partir de ese punto, reelaboró toda su teoría sobre un nuevo basamento: Complejo de Edipo.

Voy a pormenorizarlo: Al comienzo de sus teorías estableció que la histeria se produce por un trauma infantil: la seducción o violación del niño por parte de uno de sus progenitores. Y deduce, en consecuencia, que haber experimentado placer culpabilizante era el origen de las neurosis obsesivas.

Sus pacientes le narraban que habían sido violados en su temprana infancia. Y, en estado de

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hipnosis, reproducían, con intensidad emocional dramática, la escena de su seducción sexual. Freud lo creyó, lo determinó como objetivo de sus pesquisas, y lo constituyó como uno de los puntos fundamentales de sus teorías.

El episodio de Katherina, una campesina “encantadora” de dieciocho años que le había servido en un albergue de las montañas austriacas, por una neurosis de angustia con histeria, fue para él una fehaciente confirmación. Diré como nota al margen que en la primera información de este episodio (que Freud hace en carta a Fliess de 1893) relata que Katherina había sufrido intentos de violación de parte “de un tío suyo”. Pero tres décadas más tarde, añadió una nota al pie de página en Escritos sobre la histeria, confesando que no fue su tío sino su propio padre quien intentó violarla.

Poco a poco fue sometiendo la teoría a una

duda metódica cartesiana, extrañado de que fueran tan

abundantes estas confesiones, y que una perversión tan grave pudiera estar tan generalizada. Y, por otra

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parte, influyó sin duda la necesidad de liberar el recuerdo de su padre de esa sombría y repugnante sospecha.

Y de ahí fue afianzando a la conclusión de que, más que un hecho universal, se trataba de una

fantasía, que como todas las fantasías, encerraba, de

modo más o menos encubierto, un deseo. Y esta fantasía del niño era rememorada después por el adulto como si hubiese sido real. Quizás en el inconsciente infantil se alberga el deseo de seducir a alguno de sus progenitores, que no es capaz de expresarlo más que disimulándolo mediante el mecanismo de proyección: Para defenderse de la culpa de tal sentimiento,

proyecta la iniciativa en el progenitor. Así construyó el

puente ideológico por donde fue atravesando, desde la

teoría de la seducción, a la teoría del Complejo de Edipo.

Quiero mencionar una aportación interesante. Jeffrey M. Masson, psicoanalista, director del Archivo de Freud, en sustitución de Kurt Eissler, apoyándose en el razonamiento, que también nosotros hacemos como

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fundamento de esta lección, de que las experiencias

tempranas tienen una gran influencia en la elaboración del pensamiento posterior, señala la importantísima

influencia que tuvo en el pensamiento de Freud la lectura, en español, cuando era muchacho, del Diálogo

de los perros de Cervantes, donde Berganza imagina

que su madre era bruja. (Sobre este interés de Freud por la obra de Cervantes, quizás comentaré algo más adelante). Y piensa Masson que esto influyó también en el abandono de la idea de la seducción, al concluir, con Cervantes, en que las fantasías pueden vivirse,

vivenciarse, tan intensamente que lleguen a traspasar el umbral que las separa de la realidad objetiva.

Yo lo explicaría así: La consciencia resuelve las dudas entre lo real y lo ficticio con un recurso muy simple e inmediato: constatándolo perceptivamente frente a la realidad. Cotejando la idea (eidos, idolo, imagen de lo real) con la realidad objetiva. El Inconsciente no tiene acceso directo a la realidad física constatable. “Su realidad” es la huella de su fantasía

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fantasma, es tan consistente y tan fuerte que produce efectos más enérgicos incluso, y más intensos que si fuese real. Por ejemplo: la alucinación es más poderosa que la percepción real; una obsesión es más intensa e irreprimible que una acción justificada (la obsesión de lavarse las manos para liberarse del sentimiento de culpabilidad es más fuerte e irreprimible que la acción de lavarse para limpiar la suciedad...)

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CAPÍTULO III

LA FORJA DE UN CARÁCTER

Sigo en mi intento de ir arando este campo de la ubicación socio-histórica de Freud: un tema biográfico con el que pretendo seguir el paso de del niño Sigmund Freud en su proceso evolutivo, desde su nacimiento, y señalar las pistas y las huellas -como las piedrecitas que Pulgarcito fue poniendo en su camino- de los hechos y circunstancias que fueron moldeando su pensamiento, amasando su carácter y determinando sus actitudes vitales, así como su orientación y deseo fundamental en la existencia. Y acordándonos del aforismo de Ortega y Gasset, yo y mi circunstancia, hemos aislados varias circunstancias especialmente significativas. He estado elucubrando sobre la circunstancia-Padre. Ahora vamos a detenernos en la circunstancia-Madre.

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EL HIJO PREDILECTO

Cuando ya era viejo y famoso, le descubrieron una placa conmemorativa en Freiberg, su pueblo natal, que hoy se llama Pribor. Él no pudo asistir, por estar ya impedido y enfermo, pero delegó en su hija Anna, quien leyó una carta escrita por él expresamente para el acto:

“Todavía pervive en mi memoria ese niño feliz, hijo predilecto de una madre joven, que en ese lugar, entre esos montes y esos valles, recibió las primeras impresiones indelebles de su existencia”.

Dicen los biógrafos que nació con abundante cabello rizado y negro, y que su madre le llamaba “mi

negrito”. Y él, ya adulto, con más de sesenta años de

vida, reflexiona: “El hombre que haya sido el indiscutible

hijo preferido de su madre, mantiene ante la vida la actitud de un conquistador, o aquella confianza en el triunfo que, con tanta frecuencia, le ha llevado al triunfo total” (Poesía y Verdad: Un recuerdo infantil de Goethe,

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esta imagen autovalorativa, consecuencia de la confianza en sí derivada, como él sugiere, de la experiencia maternal, se recoge en carta a Fliess de 1900: “Por temperamento soy un conquistador, un

aventurero, si quieres traducir esta palabra con toda la curiosidad, la osadía y la tenacidad de esta tipo de hombres”.

De esto se deduce otro principio psicoanalítico que hoy ya nadie pone en duda: que la relación

materno-filial es una de las claves más fundamentales del desarrollo psicofísico de la persona. La base de la autoconfianza y del deseo humano se hecha en los

primeros años de la vida, desde las primeras experiencias relacionales con la propia madre. Todo deseo es una movilización de energías hacia un bien previsto, cuya consecución supone el reestablecimiento del Yo-ideal. Digo reestablecimiento porque ese Yo ideal ya se había establecido en la relación con el primer objeto del deseo, la Madre, espejo primordial de reconocimiento del Yo.

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Freud siempre aludirá a ese primer gran amor

insustituible. Sin duda, no existe una experiencia más

importante, ni deseo más fruitivo, ni más gratificante en la vida de una persona. Es, como alguna vez he escrito, el verdadero Paraíso terrenal del que habla la Biblia, con todos los frutos del Edén al alcance del deseo...Pero del que muy pronto se sentirá arrojado, por una ley inexorable de la vida, como lo describió un poeta amigo mío: “Estaba escrito que el amor tuviera /

como fruto primero el desengaño. / Ay, corazón, ¿regresarán los años...?” Y, sin duda, regresa esa

experiencia y de algún modo se reproduce en la relación sexual. Cuando dos personas, en el ámbito sagrado de la intimidad corporal, dos seres, únicos y solos en la existencia, encuentran uno en el otro la respuesta a todos sus deseos. Es el gran valor humano de la sexualidad: su capacidad de construir la intimidad desde la reproducción de la primaria experiencia de placer existencial.

Freud llega a pensar que en el fondo de todo enamoramiento hay un deseo inconsciente de

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recuperar aquella primera experiencia, aquel primer

amor que nada ni nadie podrá sustituir. Y por eso el

enamoramiento es considerado clínicamente como una

psicosis transitoria, porque quien lo experimenta se sale

de la realidad, haciendo a otra persona ilusoriamente (como aquella primera) a la medida de su deseo.

FREUD Y SUS HERMANOS

Freud experimentó ese primer desengaño del

amor, cuando después de él fueron naciendo

sucesivamente cinco hermanas y dos hermanos. Generalizando sobre los celos infantiles, Freud escribe: “El niño le envidia al indeseado intruso y rival no solo

que mame, sino todas las demás pruebas del cuidado maternal. Se siente destronado, despojado, perjudicado en sus derechos. Destina un odio celoso al hermanito y un gran resentimiento contra la madre desleal”.

Y es que solo diecisiete meses después de su nacimiento, nació su hermano Julius “a cuya llegada -dice su biógrafo P. Gay- había reaccionado con furia y

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con perversos deseos de muerte”. Cuando a los ocho

meses murió Julius, dentro del niño Freud se produjeron autorreproches, debido a sus malos sentimientos, que según él mismo confiesa, constituyó una tendencia, la de culpabilizarse y autorreprocharse, que le duró toda la vida.

“Pocas veces tenemos una percepción correcta de la fuerza de esos impulsos celosos, de la tenacidad con que persisten, o de la magnitud de su influencia en el desarrollo posterior”. Cuando siendo ya octogenario

le propusieron a Freud la creación de una segunda revista de Psicoanálisis, él se opuso terminantemente, con un argumento que, sin darse cuenta, traicionaba sus propios sentimientos atávicos: que la revista

hermana “se bebería toda la leche de la primera”.

De hecho fue un novio celoso, exclusivista -así se describe él mismo- e incapaz de tolerar competidores. Cuando supo que Marta se había relacionado con amigos artistas, le escribió consternado, porque frente a los artistas él se sentía

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