Dedicatoria
A
todas aquellas personas que me han apoyado, y también a las que no, en esta aventura literaria que es la demostración de que algunos sueños se cumplen. A todos los que me han prestado un poquito de sí mismos, sus nombres o sus sonrisas. A mis padres, porque siempre estarán ahí; a mi hermana, pilar fundamental de mi vida; a Julia, por creer en mí cuando sólo era una adolescente; a Nacho, Diego, Lola... A todos los que se han convertido en parte de este sueño, pero especialmente a Silvia, culpable de que empezara a tejer esta novela; a Virginia, por su apoyo incondicional cada día a pesar de mis bajones y rabietas; y a Cris, mi compañera de camino y con quien comparto mi vida.Monse Balsa Sanjuán.
Nota de la autora a modo de prólogo
Esta novela empezó siendo un relato corto para un regalo de cumpleaños, pero se me fue de las manos a medida que avanzaban los capítulos y la historia, surgiendo más posibilidades para los personajes. Es algo comparable a mi afición, y no sólo la mía, de viajar en transporte público tratando de imaginar la historia de cada persona que sube y baja en una y otra estación.
Me he permitido, y me han permitido, tomar prestados de gente de mi entorno que forma, o han formado parte de mi vida, los nombres de mis personajes, siendo, junto con todos los paisajes y lugares descritos, lo único similar a la realidad que existe en toda la novela. Todo aquello que de alguna manera pueda parecerse a alguna historia real será fruto de una caprichosa coincidencia.
No podía ser de otra forma; esta historia de amor tenía que visitar lugares mágicos y naturales como Monfero, lugares románticos como Marsella, y lugares de siempre, como Madrid y su cielo especial.
Alguien me regaló hace muchos años un libro en el que a modo de dedicatoria estaba escrito un viejo proverbio árabe: “El carácter de una persona es su destino”. Recuerdo muchas veces estas palabras y ahora no es diferente, puesto que en Secretos de tu piel hay también un poco de mí misma y de mi carácter. Espero que disfrutéis de la facilidad de esta lectura, de la historia narrada y de los paisajes descritos, tanto como yo he disfrutado al escribirla.
1. Carla y David
21
de diciembre. A las siete y media de la tarde el cielo, de color gris plomizo, anticipaba que no tardaría en nevar. El aire frío helaba la cara de Silvia, una hermosa mujer a la que al sonreír unos simpáticos hoyuelos se le marcaban en las mejillas haciéndola todavía más bonita. Era socia de una agencia de viajes en el centro de la ciudad y acababa de salir de la oficina, un poco malhumorada por el frío. Ella era más de sol y playa y detestaba el invierno. Al caminar a penas cien metros y doblar la calle descubrió a Carla, su novia desde hacía un año, besándose desenfrenadamente con David, su socio en la agencia. No la vieron, quizás porque no se imaginaban que cerraría media hora antes del horario habitual para comprar los regalos navideños. Se olvidó de las compras, quedándose muda e inmóvil, y sintió cómo el frío desaparecía y en su lugar el calor de la rabia la invadió. Sus ojos marrones se humedecieron y sin saber qué hacer dio media vuelta y se encerró en la oficina.Carla y David se conocieron por Silvia. Ella apenas acababa de cumplir los veinte, once menos que Silvia, y vivía locamente sin pensar demasiado en las consecuencias. Estudiaba empresariales, pero quería ser azafata. Era bisexual y había tenido varias relaciones cortas con chicos y chicas hasta que conoció a Silvia.
David era el socio de Silvia desde que, siete años antes, montaron la agencia de viajes. Trabajaban los dos solos turnándose las mañanas y las tardes, doblando tumo en fechas señaladas, cuando se les multiplicaba el trabajo y apenas podían descansar un rato al mediodía para llevarse algo rápido al estómago. Conoció a Carla cuando Silvia se la presentó en la agencia. Y se lió con ella por primera vez un mes antes.
Silvia se sentó incrédula. Quería salir corriendo y lanzarse al cuello de Carla y David, decirles cuatro cosas con mala leche y mandarlos a los dos a la mierda. ¿Cómo le podían estar haciendo algo así a ella? Y sin darse cuenta se echó a reír a carcajadas como si alguien le estuviera contando el chiste más gracioso, e igual de gracioso le pareció que su novia y su socio tuvieran un lío y decidió no decirles nada. Encendió el ordenador, buscó un lugar recóndito y tranquilo a 600 kilómetros y reservó un bungalow en un parque natural cerca de la costa, en Galicia, para el 2 de enero, fecha en la que, antes, tenía planeado irse de vacaciones unos días con Carla a Venezuela. “Cambio de planes”, pensó. Esperó a que Carla la llamara por teléfono y salió de la agencia para encontrarse con ella en el Truco, un local de ambiente cercano donde solían quedar ellas solas o con sus amigos. Al llegar, Carla la besó, pero ella no respondió limitándose a retirarse delicadamente.
— ¿Qué te pasa Silvia?
— Nada. Es sólo que creo que lo nuestro es un simple capricho mutuo. A mí me vuelve loca tu casi adolescencia y yo para ti soy un poco como tu hermana mayor, la que controla un poco tu locura y te hace poner los pies en el suelo cuando pretendes volar sin rumbo. Esto se acaba aquí, Carla. No nos amamos. Somos sólo dos piezas que se complementan, se atraen y encajan. Pero no nos amamos.
— Pero... Silvia... — Adiós Carla.
Carla no daba crédito a lo que acababa de pasar, pero tampoco salió corriendo a buscar a Silvia porque sabía que era cierto que no se amaban y David no era la única persona con la que había engañado a Silvia. Se limitó a pedir un Brugal-cola y a buscar caras conocidas para no quedarse sola.
Silvia decidió caminar hasta su casa en vez utilizar el metro. Dejó de pensar mirando escaparates, a los niños que jugaban en un pequeño parque, a la pareja de enamorados que caminan delante abrazados... Comenzó a nevar de forma tenue y apuró el paso. Al llegar a casa subió la calefacción, llenó la bañera de agua, añadió abundantes sales y espuma, encendió velas aromáticas, se desnudó reflejando su bonita silueta en el espejo y se sumergió en el agua caliente. Cerró los ojos, sonrió y se dijo a sí misma: “Silvia, vive la vida”.
2. Monfero
L
a Navidad pasó rápida y fugaz, con mucho trabajo en la agencia y un ir y venir de comidas familiares y fiestas, lo que hizo que Silvia no pensara mucho en su ruptura con Carla, ni en si tenía que hablar con David de lo sucedido. En parte quería preguntarle un par de cosas, como por el tiempo que se la habían estado pegando, y quería llamarle cabrón a la cara. Pero prefería esperar a volver de vacaciones para tener una larga charla con él.El día 1 de enero Silvia llenó una única maleta con ropa de abrigo, dos libros que su madre le había regalado, un neceser y bastante tabaco. Quería relajarse y en el plan no incluía tener que salir a comprar tabaco, su único vicio. Anochecía, y un poco resacosa todavía de la fiesta de fin de año, se acostó, más por cansancio que por sueño. Cerró los ojos y se imaginó en Venezuela, en el viaje cancelado con Carla. Se imaginó la playa y a las dos jugando en las olas, rozándose furtivamente bajo el agua. Y por la noche buscarían un rincón apartado en el que hacer el amor al aire libre, con el sonido del mar como melodía de fondo. Besaría los labios de Carla, el cuello, mordería suavemente sus pezones para descender por todo su cuerpo hasta que, como casi siempre, Carla llevase la iniciativa de forma apasionada y salvaje. Sus manos y su boca ardientes como fuego no dejarían un solo rincón de la piel de Silvia sin recorrer, haciéndose de rogar en sus muslos le rozaría con los labios el sexo para volver al principio de su piel. Silvia se desesperaba entonces ardiente de deseo, húmeda de pasión. Y las dos se lanzaban a una carrera hacia el éxtasis, para caer después abrazadas en silencio.
Abrió los ojos y sonrió. Lo que tenía que ser un viaje con su novia para disfrutar de sol y sexo se había convertido en un viaje solitario al frío norte de España, soltera y sin compromiso, para desconectar de su ajetreada vida social y familiar, de los cuernos y del trabajo. Le gustaba aquella decisión. Necesitaba descansar, poner un poco de orden en su
vida; entender por qué se había pasado un año con una mujer de veinte años tan diferente a ella que no le aportaba más que placer sexual. Tenía que replantearse el futuro de la sociedad con David. No sabía si quería seguir trabajando con el tío que se tiró a su novia o prefería comprarle su parte de la sociedad, buscar algún empleado y deshacerse de David. Tendría que hacer un análisis de consecuencias sopesando los pros y los contras de las dos opciones. Se levantó, abrió la ventana y encendió un cigarrillo. Luego volvió a la cama para dejarse vencer por el cansancio y se durmió.
A las seis de la mañana se levantó y media hora después, tras anotar bien visible el teléfono de su alojamiento en un pósit de la nevera, por si la tenían que llamar con urgencia, llamó al taxi que la llevó al aeropuerto. Una vez allí apagó el teléfono móvil y se prometió a sí misma no volver a encenderlo hasta el regreso. No quería saber nada de nadie, ni de las llamadas de David a la mínima duda con un cliente, ni de los más de diez mensajes diarios que Carla le enviaba.
El vuelo duró poco más de una hora y le quedaban otros cuarenta y cinco minutos de viaje en autobús hasta su destino, un paradisíaco lugar llamado Monfero. Los distintos tonos verdes se mezclaban entre ellos a los dos lados de la carretera. Hacía frío pero por una vez no le importaba. La belleza del paisaje merecía la pena aun con frío. En lo más alto de la montaña un manto de nieve le regalaba una imagen de postal. Ansiosa por encender un cigarrillo se maldijo a sí misma, sacó un caramelo de menta del bolsillo e inclinó la cabeza contra el cristal. Estaba llegando.
Olía a las castañas que una familia asaba junto a una barbacoa en el jardín. En el centro del complejo, una cabaña de madera con el cartel de recepción, y a los lados una docena de diferentes bungalows, también de madera. Dos piscinas, una de verano y otra climatizada y una tienda de alimentación completaban aquel lugar turístico perdido entre millones de árboles y tan cercano al mar. Aunque agreste, una pequeña cala permitía disfrutar de las gélidas aguas del Atlántico.
En el bungalow la calefacción estaba encendida. En la entrada estaba el salón, pequeño y acogedor. En el mueble una televisión que Silvia no pensaba encender. Un sofá de tres plazas, una mesa y una chimenea eran el resto de complementos. Igual de pequeña era la cocina, pero bien distribuida no carecía ni de lo más básico, ni de microondas y cafetera. El baño igualmente pequeño pero cómodo y con bañera. Unas escaleras en una esquina del salón llevaban a una media planta superior, el dormitorio, decorado con sencillez rústica. Tenía una enorme cama en el centro. Silvia se echó a reír impulsivamente. ¿Para qué quería una cama tan grande? Deshizo la maleta, colocó la ropa y decidió acercarse a la tienda. Llenaría la nevera para no tener que preocuparse mucho de salir a comprar. A lo lejos varias chimeneas escupían humo. Las miró en silencio. Le gustó el sonido del silencio con el humo de las chimeneas a lo lejos.
En la tienda dos mujeres de unos treinta y pocos años discutían por la marca de la leche que iban a comprar. Silvia supuso que eran hermanas. La mujer del mostrador, de la misma edad, sonreía mirándolas. Entre los estantes un padre regañaba a su hijo por jugar con los botes de aceitunas. Silvia volvió por un instante al mundo real, donde los humanos discuten por tonterías. Cogió todo cuanto creyó necesitar y se acercó al mostrador.
— Veo que no quieres venir mucho por mi tienda —dijo sonriente la mujer del mostrador al ver la compra.
buscar pan.
— Si quieres te lo puedo reservar, para que vengas a la hora que quieras. — Sí, está bien. Una barra.
— Me llamo Carmen. Si algún día no estoy yo le dices a mi hermano que tienes pan reservado... ¿a qué nombre?
— Silvia. Yo soy Silvia.
— Pues encantada, Silvia. Que disfrutes de tu estancia aquí. — Lo haré. Gracias Carmen.
Nada más salir de la tienda Silvia se sintió gilipollas. Había comprado de todo para no tener que ir a menudo a comprar y se había comprometido a ir a diario a buscar el pan. Pensó que al día siguiente le diría que no hacía falta que se lo guardaran.
Carmen era una mujer no demasiado guapa, pero sí atractiva y sonriente. Su pelo era negro y llevaba media melena. No era alta y sí delgada. Vivía en una de aquellas casas cuya chimenea emanaba el humo que se veía a lo lejos, a un escaso kilómetro de allí.
Silvia colocó la compra, se cambió los zapatos por unas botas camperas y salió a descubrir el bosque que la atraía. Caminó entre castaños, robles y avellanos, pisoteó los erizos para encontrar dentro las castañas, esquivó ramas caídas y tras una hilera de pinos descubrió el mar embravecido. Las olas se erguían con furia para abalanzarse contra las rocas. Cerró los ojos y disfrutó un momento del sonido y del olor a agua salada. Después descubrió el estrecho camino que llevaba a la playa. Al final no más de cincuenta metros de fina arena blanca que le parecieron suficientes para ella sola, o para compartirla con poca gente. En una esquina, cerca de las rocas, dos hombres pescaban. Se sintió feliz. Sonrió y se dijo a sí misma: “Silvia, vive la vida. Vive este momento”.
3. Carmen
A
la mañana siguiente Silvia se despertó temprano. Tenía la sensación de haber dormido el día entero en el más dulce de los silencios. Bajó al salón y abrió la ventana. Un rayo de sol acarició su cara. Se quedó un rato mirando la paz en la que se escondía aquel lugar mágico, lleno de meigas, según había oído en algún lugar. Después se preparó un vaso de leche, tostadas con mermelada de fresa y zumo de mandarina. Se vistió y fue a la tienda con la intención de anular su reserva diaria de pan. Abrió la puerta y oyó al final del pasillo, entre los estantes, a Carmen discutiendo con un hombre. Volvió a cerrar la puerta y esperó hasta que el hombre salió dando un portazo. Silvia se apresuró a entrar preocupada por Carmen. La vio secándose avergonzada las lágrimas al final del pasillo.— Carmen, ¿estás bien?
— Sí. Bueno no. ¡Joder! El muy cabrón me ha dejado. — ¿Es tu novio?
— No. Mi marido, el padre de mis hijos. Y se va, así, sin más. Ni una puta explicación, coño.
— Ey, tranquila. Necesitas calmarte un poco. Verás cómo se arrepiente y vuelve pronto. — No. Estoy segura de que se va con otra.
Y Carmen se echó a llorar. Silvia la abrazó y el olor de Carmen la embriagó. No dejó de abrazarla hasta que se abrió la puerta de la tienda asustándolas a las dos. Eran las hermanas que el día anterior discutían sobre la marca de la leche. Silvia cogió su barra de pan y se fue. La dejó en casa y caminó hasta la playa. Se sentó en una roca. El mar estaba más tranquilo, el olor de la marea se mezclaba en ella con el de Carmen y un deseo estremeció su cuerpo. “Joder. ¿Unos días sin acostarme con Carla y estoy tan desesperada?”.
Aquella tarde se sintió tentada de volver a la tienda a esperar que Carmen cerrara pero se contuvo. Carmen era una mujer casada. ¿O ya no? Para ella sí. Se quedó en casa, encendió la chimenea y con los ojos fijos en las llamas dejó volar su imaginación. Esta vez el olor de Carmen se mezcló con el de la leña quemada. Al anochecer abrió una botella de vino tinto, preparó un plato de jamón y queso y, sentada en el sofá, se dio cuenta que no había pensado ni en Carla ni en David y menos todavía en cómo darle forma a la continuidad de su vida. Cogió un cuaderno y fue anotando entre borrones los pros y los contras de la sociedad en la agencia con David. Su conclusión fue que no tenía ni pajotera idea de lo que debía hacer. Cerró el cuaderno y se tumbó en el sofá. Quiso soñar despierta con Carla, con que esa noche harían el amor. El olor de Carmen volvió a meterse en su mente y no pudo recordar nítidamente la pasión de Carla, lo que la ofuscó el minuto exacto antes de empezar a sonreír. Se sintió libre. Libre para desear a otras mujeres, para no dar explicaciones a nadie. Libre para volar de un sitio a otro. Libre para no atarse, para no dejarse atar y menos por una veinteañera con el cerebro en el sexo, lo único que Carla, sin duda, hacía muy bien, llevarla al éxtasis una y otra vez, provocarle el deseo de forma casi sobrenatural. Adiós Carla. Ahora sí, adiós.
Silvia se durmió en el salón abrazada a la libertad, al silencio, al calor del fuego encendido por y para ella, y entre vagos sueños sin importancia, una frase: “Silvia, vive la vida”.
4. Bárbara y Sandra
L
unes 4 de enero. Cuando la mente consigue evadirse y serenarse en la calma, en algún lugar donde no suena un móvil y el tiempo parece no importar, se pierde la noción del tiempo y cada día es un nuevo domingo que disfrutar.Apagón a las once de la mañana. Quizá la rama de un árbol caída sobre un cable, nada extraño en la Galicia rural, tan boscosa, donde las ramas caídas en los cables dejan sin luz a las gentes de las aldeas. Por suerte hoy en día no es necesario esperar tantas horas como hace
años para que lo reparen. Silvia no lo sabía y únicamente se le pasó por la cabeza que tal vez esa noche no tendrían luz, y no le hacía ninguna gracia. Aquel lugar era un paraíso, sí, pero no quería pasar la noche en una oscuridad tan desconocida. Sólo faltaba que la niebla que se veía en las montañas se abalanzara sobre Monfero. Fue a recepción y se encontró con las dos hermanas tan preocupadas como ella. Matilde, la recepcionista y dueña del complejo, intentaba explicarles que no tardarían mucho en volver a tener electricidad. Silvia escuchó sin hablar hasta que una de las dos mujeres la miró. Su corazón se volvió loco con la mirada. No se había fijado en la tienda en que esa mujer tenía los ojos azules más bonitos que había visto jamás, y esos ojos la estaban mirando, atrayéndola inexplicablemente con el olor de Carmen.
— Creo que deberíamos comprar velas y, si por la noche seguimos así, pues nos juntamos todos en un bungalow o nos repartimos en dos. Por cierto, yo soy Sandra y ésta que no tardará en llevarme la contraria es mi hermana Bárbara — le dijo la mujer de ojos azules a Silvia.
— Yo... soy Silvia — acertó a decir casi tartamudeando.
— Es que mi hermana es una miedosa. No hace falta montar un hospital de campaña porque a las once de la mañana se vaya la luz, joder — soltó Bárbara en un tono entre enfadado y divertido que hizo reír a Silvia, quien huyó de la mirada de Sandra para decir:
— Bueno, estoy de acuerdo en comprar las velas y luego ya veremos cómo va la tarde. Pero si no arreglan esto por la noche, me apunto a pasarla en compañía. Estoy sola aquí y no soy la más valiente.
Sandra le dio las gracias por estar de su parte y le guiñó un ojo, lo que hizo que las mejillas de Silvia se ruborizasen. Apenas acertó a sonreír mostrando sus hoyuelos, incapaz de articular una sola palabra.
— Lo que me faltaba, dos contra una. Pues nada, vamos a por el arsenal de velas para las miedosas — dijo Bárbara resignada.
Las tres fueron a la tienda y Silvia además con ganas de ver a Carmen, pero se desilusionó al encontrar a un chico en su lugar.
— Hola, tú debes ser el hermano de Carmen. Soy Silvia, tu hermana me guarda el pan. Y queremos también velas. ¿Y Carmen?
— Sí, soy Raúl, su hermano. Carmen tenía que llevar a los niños al médico pero vendrá esta tarde. No me había dicho que eras tan guapa.
“Y a mí no me había dicho que te iba a hablar de mí”, pensó Silvia.
— Oye Silvia. ¿Qué te parece si comemos juntas hoy? — preguntó Sandra. Silvia asintió sin pensar la respuesta.
Al llegar al bungalow encendió un cigarro y se desplomó pensativa en el sofá. No entendía lo que le pasaba. El olor de Carmen y los ojos de Sandra. ¿Se estaba volviendo loca o sólo necesitaba un buen orgasmo para reducir a cenizas aquellos deseos? ¿Acaso eran las meigas que querían que perdiese la cordura en aquel recóndito paraíso de Galicia? Se levantó y sin cerrar la puerta se fue a la playa. Descalzó sus pies, remangó los vaqueros y caminó por la fría arena mojada, dejando que la resaca del mar jugueteara con sus dedos, haciéndole cosquillas. Cuando se secó los pies y se calzó las camperas se dedicó a lanzar piedras al agua, a dibujar en la arena y a buscar entre las rocas descubiertas por la marea baja algún mensaje en una botella. Recogió conchas y piedras sin saber para qué las quería y un poco más tarde volvió al bungalow. Había quedado a las tres con Bárbara y Sandra, y eran las dos y media. Se cambió de ropa, se perfumó y fue al bungalow de las dos hermanas pensando en los ojos de Sandra. “Silvia, vive la vida. Vive sus ojos”.
5. María
A
las tres menos cinco Silvia llegó al bungalow de las dos hermanas. Para su desilusión le abrió la puerta Bárbara, quien la invitó a pasar con una sonrisa. Sentado en el sofá estaba Nacho, el hombre que estaba en la tienda regañando a su hijo la mañana que Silvia llegó a Monfero. Nacho tenía treinta y seis años, expresión tierna y el pelo y la barba igualados al dos. A Silvia le cayó bien, simpático. Pronto lo ignoró buscando con su mirada a Sandra, que se asomaba de vez en cuando por la puerta de la cocina, y aunque dudó un instante, fue a su encuentro.— ¿Te ayudo Sandra? — atinó a preguntar antes de quedarse muda, pues Sandra se había girado al oírla y la miraba. El corazón de Silvia se aceleró como el caballo desbocado que corre sin rumbo por la pradera.
— No, gracias Silvia. La paella está casi lista, aunque si quieres puedes abrir una botella de vino y nos tomamos todos una copa en el salón antes de comer.
— Sí... claro... yo la abro. — Y volvió a enmudecer.
Abrió temblorosa la botella de Guitián, uno de los mejores godellos de Orense, e intercambió una mirada fugaz con Sandra antes de volver sobre sus pasos al salón. No sabía cuándo había llegado María, la mujer de Nacho, con Nachete, su hijo de tres años, quien mostraba en su carita redonda la pillería inocente del niño que era. María se acercó a saludarla. Era una bella mujer de piel morena; su boca sensual y sus labios carnosos, sin ser por ello exagerados. Una vez más Silvia creyó volverse loca. Se sonrojó nerviosa. ¿Qué coño le estaba pasando?, ¿estaba realmente loca? Quería irse... salir corriendo hacia ninguna parte, pero un segundo de cordura se lo impidió. Sirvió vino en todas las copas y se animó la charla en el salón. Así supo que Bárbara era una malhumorada funcionaria del Estado en una Delegación de Hacienda y que Sandra era administrativa multiusos en una multinacional que amenazaba con cerrar en breve. Nacho era un despistado productor de televisión que en ocasiones se olvidaba de llamar a los invitados de los programas, y María auxiliar de farmacia en un hospital. Silvia se lanzó contando animada el motivo por el que se encontraba sola en Monfero. Les contó el rollo de la que era su novia con su socio y de repente se rió a carcajadas.
— ¿Sabéis?, gracias a ellos estoy aquí, con un buen vino y una buena compañía. Que sean felices.
Todos se echaron a reír levantando las copas para brindar, casualidad enrevesada, por Carla y por David.
A las cuatro y media, para decepción de Silvia, volvieron a tener electricidad en todo el complejo. Se había hecho a la idea de compartir bungalow con Sandra o con María.
La sobremesa duró hasta bien entrada la tarde. Anochecía cuando volvió a su bungalow. Encendió la chimenea y esperó a que en el salón hubiera calor suficiente para ponerse un
pantalón corto y una camiseta. Estaba cansada de ir abrigada día y noche. Cerró los ojos y dejó que su mente mezclara los ojos de Sandra, la boca de María y el inconfundible olor de Carmen y se dio cuenta de que conocía aquel perfume, aunque sin lograr identificarlo podía asegurar que era de Armani. Sandra... María... Carmen. ¿Por qué? ¿Qué le pasaba? ¿Sería la soledad del bosque la que la volvía loca de deseo por cada una de aquellas mujeres? Por cada una tenía una fascinación, pero por todas el mismo deseo: amarlas.
Quiso empezar uno de los libros que tenía sobre la mesa, pero no pudo. Se sintió triste. Se dio cuenta de que sólo necesitaba a alguien a su lado a quien abrazar cada mañana, a quien entregarse en el deseo. Alguien por quien sentirse amada. De su tristeza, sin embargo, surgió: “Silvia, vive la vida”.
6. Soñar despierta
E
l martes, cinco de enero a las once de la mañana, la playa estaba vacía. La marea baja acentuaba el olor de la arena mojada. Silvia cogió un puñado y lo dejó caer pastoso entre sus dedos separados, miró a la lejanía, al extenso mar verdoso que parecía no tener fin. A ella le gustaría perderse en una isla pequeña, allí en medio del mar, por un tiempo, sintiéndose enamorada y con la mujer amada recorrer la isla jugando como niñas, escondiéndose entre los árboles; correr la una tras la otra hasta alcanzarse y caer juntas, riéndose, abrazadas. Bañarse las dos desnudas en el mar con la puesta de sol en el horizonte y hacer el amor sin prisas, perdiéndose la una en los pliegues de la piel ajena. Dormirse así, desnudas en la arena hasta despertar con el primer rayo de sol de la mañana, para volver a hacer el amor, desperezándose entre besos. Silvia pensó en aquellas tres mujeres cuya cercanía la llevaban al borde de la locura sin casi conocerlas. Carmen, Sandra y María. Supo entonces que las deseaba a las tres pero que con ninguna de ellas viajaría a una isla desierta sin nadie más, pues a esa isla sólo iría con una mujer especial capaz de robarle cada pensamiento, cada sueño y cada sonrisa. A esa mujer no la conocía; todavía no la había encontrado.Un ruido cercano devolvió a Silvia a la realidad. Miró hacia su espalda y vio, para su asombro, a Carmen montando un precioso caballo negro de pierna alta y largas crines lisas. La escena se le antojó salida de un cuento y sonrió, acercándose a ella.
— Hola Carmen. Es precioso, ¿es tuyo?
— No, es de mi hermano pero lo monto yo más que él. Tiene dos y a él le gusta más el otro, así que este es casi mío. Jajajaja. Vivir aquí tiene el encanto de la naturaleza y además podemos tener un montón de animales.
— Oye Carmen, ¿y tus hijos?
— Se han ido hasta el sábado con mi ex, Pablo. Por cierto, que no echo de menos para nada a ese cretino y me basta con que no se desentienda de sus hijos. Venga, sube.
— ¿Queeé?
Silvia subió al caballo, rodeó con sus brazos la cintura de Carmen y se agarró. Cuando quiso darse cuenta estaban cabalgando por la playa, sintiendo en sus caras la brisa del mar y el agua de la orilla que a veces las salpicaba. Envuelta por el olor de Carmen se sintió feliz y la sintió a ella feliz. Reían a carcajadas.
Carmen guió el caballo hacia el bosque y lo hizo galopar por el camino estrecho trazado entre los árboles, bordeó el complejo turístico y continuó. Cruzaron unos prados hasta llegar a un lugar donde había tres casas.
— Aquí vivo yo — dijo Carmen—. Esa casa blanca es la mía. ¿Te tomas un café conmigo?
— Claro, pero muy flojito que no me gusta mucho el café.
— Jajajajaja. Pues entonces una cerveza mujer, no te voy a obligar a tomar café.
En la casa más cercana a la de Carmen vivían sus padres y su hermano. La tercera casa era de unos tíos suyos que vivían en Toledo y sólo la habitaban en verano. La casa de Carmen era pequeña, de paredes blancas, tejado de pizarra y ventanas de madera color caoba. Desensillaron el caballo y lo llevaron a la cuadra. Entraron en casa donde el calor de la chimenea encendida en el salón invitaba a quitarse algo de ropa. Delante de la chimenea una alfombra azul de lana cubría casi todo el suelo y sobre ella varios cojines desordenados. Carmen explicó que le gustaba tirarse allí con sus hijos para jugar a peleas de cojines. Le sirvió una cerveza a Silvia y fue a su habitación a cambiarse de ropa. Tenía los vaqueros empapados porque antes de encontrar a Silvia en la playa había estado trabajando cortando la hierba del jardín. Salió de la habitación vestida con un pantalón pirata blanco, una camiseta de tirantes del mismo color y unas zapatillas. Fue a la cocina y volvió con un plato de jamón y más cerveza.
— Caña y aperitivo — dijo Silvia sonriendo—. ¿Qué más puedo pedir? — Y se sentó en la alfombra ignorando el sofá marrón de piel. Carmen cerró las contraventanas para que el salón quedara iluminado nada más por el fuego de la chimenea y se sentó al lado de Silvia. Hablaron de sus rupturas amorosas (a Carmen ya le habían contado en la tienda que Silvia era lesbiana) y se rieron cuando se les ocurrió quemar en aquel fuego una hoja con los nombres de sus ex cortados en pedacitos. Silvia añadió el nombre de David por contribuir a su ruptura con Carla.
Tras la segunda cerveza Silvia cogió de una silla las corbatas que supuso de Pablo, se acercó a Carmen y con una de las corbatas le vendó los ojos, temerosa de que aquella mujer de aroma suave a perfume de Armani se levantase enfadada. Pero Carmen no se movió; sentía cómo se agitaba su respiración y supo que iba a cumplir su fantasía de acostarse con una mujer. La agitación de Carmen excitó a Silvia, quien también supo que cumpliría su fantasía, distinta a la de la otra mujer, morbosa e irrepetible. Carmen se dejó guiar por las manos de Silvia que la recostaron sobre los cojines. Ató cada una de sus manos separadas del cuerpo, cada una con una corbata, a los pies de la mesa camilla que estaba en una esquina de la alfombra. Cogió la misma tijera que habían utilizado para cortar los nombres de sus ex, besó a Carmen sólo rozando sus labios para alejarse al instante, sintió el deseo de Carmen de ser amada y sintió su propio deseo. Empezó a cortarle la camiseta y notó el estremecimiento en la piel de aquella mujer ante el contacto con el frío metal. Cortó despacio, acariciando con sus labios cada trozo de cuerpo que iba quedando ante sus ojos al descubierto. Notó cómo a Carmen se le endurecían los pezones al tocarlos con la tijera y dedicó tiempo a besarlos y a
acariciarlos con las yemas de sus dedos. Sandra suspiró. Quería desatarse y saltar al vacío de la pasión, pero Silvia se lo impidió. Silvia siguió cortando el pantalón blanco y las bragas. Recorrió cada poro de la piel de Carmen con su boca entreabierta, para que desesperada notara el calor de su aliento. La volvió tan loca de deseo que, cuando jugueteó con su sexo, rozándolo suavemente con los dientes, no tardó en sentir el mejor orgasmo de su vida. Se estremeció como nunca lo había hecho y rogó a Silvia que la desatara. Una vez libres sus ojos y sus muñecas desnudó a Silvia y las dos cayeron enredadas entre los cojines, fundiéndose en un solo cuerpo, ardiendo como el fuego que alumbraba desde la chimenea, hasta que, sudorosas y extenuadas permanecieron quietas, mirándose a los ojos en silencio. Carmen se durmió y Silvia sin hacer ruido se fue, llevando impregnado en su mente para siempre el olor de aquella mujer. Paseó hasta el bungalow sin que el kilómetro que recorrió se le hiciera largo. Quería gravar aquel paisaje para siempre en un rincón de su memoria para soñarlo despierta cuando se sintiera triste y sola en una cama vacía.
“Silvia, vive la vida. Vive este momento”.
7. El silencio
S
ilvia no volvió a salir en todo el día. Se tumbó en el sofá y por fin consiguió abrir uno de los libros, Alas de mosca, de Aníbal Malvar, y centrarse en la lectura. La tarde se volvió oscura, el cielo gris y empezó a llover copiosamente. El sonido de la lluvia chocando contra el cristal de la ventana para luego deslizase hasta el marco de madera, mezclado con el crepitar de la leña que ardía en la chimenea, la relajó por completo desintoxicándola de todos esos sentimientos de loco deseo por María y por Sandra. El sabor de la piel de Carmen todavía palpitaba en sus labios, pero sabía ya que no habría una segunda vez, ningún otro encuentro sexual entre las dos. Ignoraba lo que Carmen estaría sintiendo, si habría estado antes con otra mujer, qué pensaría de la forma morbosa de Silvia de hacerle el amor, vendándole los ojos, atándole las manos, cortando sus ligeras ropas con las tijeras. Sonrió pensando que en aquel sitio de cotillas, tal vez al día siguiente se corriera la voz por Monfero de que ella era una pervertida.Carmen era dulce, demasiado, atractiva, sonriente y cautivadora, pero nunca podría enamorarse de ella, sólo sentía afecto. Siempre que se había enamorado su corazón volaba y sentía en el estómago el aleteo de mil mariposas. No podía, y tampoco quería, enamorarse de Carmen, y esperaba que Carmen tampoco sintiera por ella más que una atracción sexual placentera. Deseo puro, sin más, de sentir sus cuerpos piel con piel.
Silvia se acercó a la ventana. En la piscina climatizada había luz. Era la primera vez que se fijaba en aquel recinto y aguantó la tentación de ponerse un biquini e ir a darse un baño. Supuso que si había luz sería porque había alguien bañándose y prefirió sumergirse en la bañera. La llenó, añadió sales de baño y espuma y se relajó. Necesitaba silencio.
el que me destroza. El que me da vida lo busco en ocasiones, cuando siento la necesidad de encontrarme a mí misma. Cuando busco paz y calma para mi interior y el silencio me envuelve, logro recomponer aquellos trozos sueltos del puzle de mi vida. El otro silencio es cruel. Es el de la gente a la que quiero cuando necesito su voz y no la oigo, el de la explicación que me hace falta y no llega, el de los que desaparecen de mi vida y nunca regresan).
Silvia pensó en Carla y en David y decidió que seguiría manteniendo la sociedad en la agencia. Al fin y al cabo ella y Carla no estaban enamoradas por mucho que se complementaran, y quizá verla con David le había facilitado las cosas dándole la excusa perfecta, aun sin necesitar ninguna para dar por terminada aquella relación que le había robado un año de su vida. Pero no por ello merecía la pena echar por tierra siete años de beneficios en la agencia de viajes, obtenidos en sociedad con David, que no dejaba de ser un currante nato. Lo que sí haría sería tener una larga conversación con él sobre Carla. Quería saber desde cuándo estaban liados y le haría jurar que jamás se tiraría a sus parejas.
En un solo día Silvia empezaba a ordenar sin demasiados problemas su vida y también su corazón. La decisión sobre la agencia quedaba zanjada y eso era lo más importante en aquel momento. Por otra parte, ya no sentía ese mareante vértigo al pensar en el olor de Carmen, en los ojos de azul casi transparente de Sandra o la boca de María. Sabía, aunque no el porqué, que ninguna de ellas era la mujer de la que se iba a enamorar. Tampoco tenía prisa por hacerlo. Necesitaba divertirse, pasarlo bien, recuperar las viejas fiestas de amigos que empezaban con “vamos a tomar una caña” y acababan con el chocolate con churros en Gran Vía a las ocho de la mañana; reírse a carcajadas desde el segundo ron-cola y despreocuparse del mañana. El mañana es otro día, y nadie sabe a ciencia cierta lo que sucederá en él. Mañana es futuro, hoy presente. ¿Para qué pensar en lo que sucederá si lo que sucede en el momento es bueno? Por eso le gustaba tanto a Silvia enredarse hasta el amanecer con sus amigos. Siempre se divertía. Quería recuperar también sus escapadas en solitario a la sierra, en chándal y botas de montaña, con un par de bocadillos de jamón con tomate y agua en una mochila.
Silvia se sentía libre para volar a su antojo, sin tener que dar explicaciones, sin hora de llegada.
Entre pensamientos sintió que el agua de la bañera estaba ya casi fría, bueno, en realidad tibia, pero para ella, que le gustaba muy caliente, podía decirse que ya estaba fría. Se secó el cuerpo y el pelo y se acostó. Leyó hasta que sus ojos se cerraron vencidos por el sueño. Ni siquiera logró cerrar el libro. Se durmió con él en las manos. En la página abierta una frase como escrita por el destino para ella: “Vivir la vida. Volar en libertad”.
Silvia vio a Carmen al día siguiente cuando fue a buscar el pan. Carmen le sonrió alegre al darle los buenos días y, aunque no había nadie más en la tienda, ninguna de las dos habló del encuentro sexual del día anterior. Guardaron silencio como si lo hubiesen pactado. Charlaron animadamente sobre el frío invierno en Galicia, sobre el trabajo de Silvia en Madrid, sobre sus familias... pero ni una sola palabra de lo ocurrido. Tampoco hubo ningún ademán de acercamiento físico, como si en realidad nada hubiese pasado entre ellas en el salón de Carmen. Eso alivió a Silvia, que tenía muchas explicaciones y argumentos preparados por si Carmen le sacaba el tema, o peor aún, por si se había hecho alguna ilusión de que aquello fuera algo más que un momento de pasión desenfrenada. Se alegró de no tener que utilizar ninguno de sus argumentos.
Sandra y Bárbara llegaban a la tienda cuando Silvia se despedía de Carmen. — Hola guapa — le dijo Sandra—, ayer no se te vio el pelo en todo el día. — No. La verdad es que me apetecía un poco de soledad.
— Pues te ha sentado bien, tienes muy buena cara. Esta noche cenamos con Nacho y María, para despedirles, ¿por qué no te vienes? Hoy toca polbo.
— ¿Quéee? — se sorprendió Silvia pensando que no había oído bien.
Las dos hermanas rompieron a reír y le explicaron que polbo, escrito con “b”, era literalmente la traducción de pulpo al gallego, por lo que decir “polbo a la gallega” daba siempre lugar a muchas risas. También Silvia se echó a reír. Se animó a decirles que sí iría a cenar esa noche. Al fin y al cabo era el día de Reyes y qué mejor que pasarlo acompañada. Casi se le había olvidado, quizá porque a aquel paraíso no llegaron las cabalgatas el día anterior. Aun así a ella le regalaron el cumplir su fantasía sexual y el encontrase a sí misma un poquito más. No necesitaba regalos materiales, le quedaban tres días para disfrutar del estupendo paraje en el que se encontraba y se lo quería pasar bien. Volvió a la tienda con Sandra y Bárbara, compró vino, cava y roscón de Reyes para la cena.
De vuelta al bungalow Silvia se acercó a recepción para llamar por teléfono desde la cabina a sus padres, por separado. Se habían divorciado seis años antes y aunque ella vivía con su madre pasaba mucho tiempo con su padre, al que adoraba. No quiso llamar desde su móvil simplemente para no encenderlo. Estaba segura de que tendría un sinfín de llamadas perdidas y mensajes de texto, la mayoría de Carla y de aquellos amigos que no sabían que estaba de vacaciones en Galicia. Cuando comprobó que su familia estaba bien se sintió feliz, más de lo que ya estaba. A ratos llovía y decidió que esta vez sí se iría un rato a la piscina climatizada. Un poco de deporte le vendría bien y a esa hora estaría casi vacía.
A las siete y media se reunió con Sandra y Bárbara para ir al bungalow de Nacho y María. Para su sorpresa allí estaba también Carmen. El olor del pulpo que se cocía en la cocina llegaba hasta el salón. María sacó una bandeja de canapés y una botella de Martín Codax. Para el matrimonio era la última noche allí, al día siguiente volvían a Bilbao. Aunque ninguno era vasco vivían allí por trabajo. Nacho era de Santander y María de Logroño. Una buena oferta de la ETB llevó a Nacho a Bilbao siete años antes, allí conoció a María que disfrutaba de unos días de vacaciones en un pueblo cercano, Sopelana. Bárbara y Sandra regresaban a Valladolid el viernes, y la última en volver a casa, Silvia, lo haría el sábado.
— ¿Volveréis alguna vez aquí? — preguntó Carmen.
— Nosotros seguro que sí. Sacar al peque de la ciudad para que corretee y juegue en un sitio tan tranquilo merece la pena. Nos escaparemos de vez en cuando, aunque la próxima vez vendremos cuando haga menos frío — respondió Nacho provocando con su último comentario las risas de todos.
— Nosotras ya sabes que venimos todos los años desde hace tiempo, o en Reyes o en Semana Santa, así que nos volverás a tener que aguantar — dijo Bárbara.
— ¿Y tú Silvia?
— Yo no lo sé. Aunque hay algo de mí que me dice que algún día volveré, no me gusta hablar por hablar. Pero lo que sí es cierto es que de aquí me llevo recuerdos estupendos y por eso intentaré volver — dijo guiñando disimuladamente un ojo a Carmen y ésta esbozó una leve sonrisa.
acostado, y tal vez la última. Le seguían gustando los hombres a pesar de que estaba segura que ninguno le haría el amor de una forma tan dulce y salvaje al mismo tiempo como se lo había hecho Silvia. Los hombres son más básicos.
Seguía lloviendo a intervalos. A las doce y media Bárbara y Sandra se despidieron intercambiando teléfonos con Nacho y María, deseando volver a verlos. La siguiente en irse fue Silvia, quien creyó notar cómo María las miraba a ella y a Carmen e intuyó que sabía que había sucedido algo entre ellas, por eso se alegró de que Carmen no saliese tras ella. Llegó a su bungalow y se acostó. El albariño le había dado sueño. Antes de dormirse pensó en su vuelta a Madrid, al estrés de la capital, las carreras en el metro, las prisas, los bocinazos en los atascos, las interminables obras que los provocan, la iluminación nocturna de las calles que impide ver las estrellas. La ciudad donde puedes encontrar todo lo que necesitas menos calma y silencio. “Vivir la vida. Disfrutar el momento”.
8. Virginia
22
de diciembre. A sus 31 años Virginia se había ganado a pulso su fama de borde, convertida en una abogada de prestigio en el bufete donde trabajaba, uno de los más grandes y afamados de Madrid, al que había llegado nada más terminar su licenciatura. Su dedicación no había pasado inadvertida a ojos de sus superiores, que no querían perder a aquella carismática mujer que en muchas ocasiones era la última en abandonar el despacho por mucho que su jornada laboral hubiese terminado un par de horas antes. Su pereza cuando sonaba el despertador por las mañanas contrastaba con las pocas prisas a la hora de volver a casa o poner fin al día yéndose a dormir. Pero aquella fría mañana de diciembre no lograba concentrarse en el expediente que tenía sobre la mesa. Hacía justo un año que había puesto punto y final a una relación de cinco años plagados de altibajos con Rubén, un militar un tanto infantil marcado por las que él describía como “horribles e inexplicables experiencias en Bosnia y Afganistán” y que lo habían mantenido al límite durante las 24 horas del día, sin saber si en un minuto estallaría una bomba, les tenderían una emboscada, si alguno de sus compañeros o él mismo regresaría entre honores fúnebres dentro de un ataúd cubierto por su bandera. La semana del 22 de diciembre de 2009 había regresado de su última misión en Afganistán. Su carácter se había vuelto mucho más huraño e irascible en aquellos tres meses de tensión y horror y a la mínima llevaba la contraria a todos; aun sabiendo que no tenía razón, provocaba, como intentando desahogarse, discusiones tensas, sobre todo con Virginia, quien tomó la decisión de no continuar con aquella amarga relación que ya no la hacía feliz. Quería mucho a aquel hombre de claros ojos tristes, ése mismo que distaba tanto del de mirada viva y alegre que la había enamorado cinco años antes.preguntar nada, se rendía ante una batalla que ocupaba menos tiempo en su mente que las vividas enfundado en un traje militar, por eso recogió sus cosas del apartamento de Virginia aquella misma noche en la que ella le dijo que se acababa y salió dando un portazo como única despedida, como si en realidad le diera igual, como si su corazón estuviera tan minado como los duros y pedregosos caminos que se extendían bajo el irritante sol de Afganistán. Tras el hiriente portazo Virginia se dejó caer en el sofá, satisfecha de haber dado el paso que desde el verano intentaba dar. Ya no conocía al hombre con el que se suponía que formaría un hogar, una familia. Se sentía también triste por no haber podido ayudarle a volver a ser el bromista y sonriente muchacho, amante del deporte, al que había entregado su corazón. Pensando en ello se quedó dormida. Allí empezaba una vida nueva partiendo de cero. Dormida en el sofá.
Un año después y a pesar de los cambios en su vida, Virginia no lograba olvidar del todo a Rubén, quizá porque todavía guardaba cosas que le recordaban a él, que se lo traían a la mente en forma de mirada sonriente, por eso argumentó no encontrarse bien y abandonó el despacho a media mañana. El frío había hecho cuajar los copos de nieve caídos la tarde anterior y durante la noche en la ciudad y, aunque odiaba el frío, decidió caminar por el cercano parque al que la nieve convertía en una inusual postal navideña de Madrid, con las torres KIO alzándose imponentes a lo lejos. Admirando tan bello paisaje desconectó de su propia vida, perdiendo la mirada en los árboles vestidos de blanco.
Los ajustados vaqueros azules, las botas altas negras y el abrigo beige, no evitaban que el frío abrazara suavemente a Virginia que, apurando un poco el paso, entró en la boca de metro al final del parque. A esa hora el metro no estaba lleno, se sentó apoyando la cabeza en el cristal del vagón y con cierta tristeza y nostalgia en el rostro llegó a su parada. Al salir hacia su casa sacó del bolso el teléfono móvil con la tentación de llamar a Rubén, del que nada había vuelto a saber. Pero no lo hizo. No marcó el número y subió con prisa en el ascensor hasta el ático, que se le antojaba más vacío que nunca, no sólo por la ausencia de Rubén sino por sus propios sentimientos, apagados e inertes. Se quitó la fría ropa y se puso otra más cómoda. En una caja metió las pocas cosas que le recordaban a su amor pasado, fotos de las últimas vacaciones compartidas en la costa valenciana, pequeños muñecos de peluche que él le había regalado y que a ella tanto le gustaban, recuerdos de Bosnia, de Afganistán, del Líbano... y por último se quitó del dedo anular el anillo de oro que él le había regalado en su primer aniversario juntos. Mientras lo guardaba sintió pena por aquellos cinco años que empezaba a sentir como tiempo perdido en su vida. “Dicen que para romper con el pasado y poder empezar de nuevo debemos deshacemos de todos aquellos recuerdos físicos que nos impidan olvidar, pues hacen el efecto contrario”, pensó en voz alta mientras cerraba con firmeza la caja y con ella un capítulo más de su vida. A lo largo de aquel año había tenido ligues y rollos, algunos de los cuales a Virginia se le antojaban surrealistas y le habían enseñado misterios recónditos de sí misma, pero ninguna relación seria para la que no se sentía preparada. Al recordar alguna de sus aventuras, esbozó la primera sonrisa no forzada del día. “Hoy es el primer día del resto de mi vida”, pensó mientras encendía el ordenador.
9. La primera vez
V
irginia necesitaba unas buenas vacaciones, pero no las que había planeado desde el día 24 hasta el 3 de enero en casa con su familia, de cena en cena, con la empresa, con sus amigos, comidas familiares, alcohol e interminables resacas que invitaban a no volver a beber. La promesa que nadie recuerda en la siguiente copa. Por eso buscó destinos en Internet. Pasaría en familia Nochebuena y Navidad y después se iría a cualquier lugar diferente de su rutina, o de los ya conocidos. Quería un viaje nuevo y diferente, por eso eligió un crucero por el Mediterráneo, con salida desde Barcelona el día 27 y regreso a la misma ciudad el día 3. Tendría que pedir el día 4 de asuntos propios, pero merecía la pena cumplir uno de sus sueños, e incluso se preguntaba por qué no lo había hecho mucho antes. La idea de viajar en una ciudad flotante por varias ciudades la apasionaba desde que era adolescente, y la ruta para conocer Marsella, Savona, Palermo, La Valletta y Túnez, le parecía tan sugerente y tentadora que hizo la reserva sin pensarlo más, compró también los billetes de avión ida y vuelta a Barcelona y se sintió contrariamente a como se había levantado. Se sintió renovada y feliz, con ganas de recuperar el tiempo perdido y comerse el mundo. Abrió una cerveza y se sentó. A su cabeza regresó, sin saber por qué, aquella noche de verano en la que sus amigas Lucía y Laura la convencieron para salir por la mediática zona de ambiente en Chueca.La cálida noche de un jueves de agosto más que invitar obligaba a disfrutar de las tranquilas terrazas, en la que la refrescante cerveza helada desaparecía con rapidez de los vasos. Sin darse cuenta del tiempo se sorprendieron de la hora cuando los camareros empezaron a amontonar las sillas y mesas. Era el momento de cambiar de sitio y a las dos de la mañana las tres chicas entraron en uno de los locales que en los últimos años representaba casi de forma emblemática el ambiente madrileño. Allí Virginia conoció a Cecilia, una simpática amiga de Laura, de unos treinta y ocho años, de pelo corto rubio oscuro, alta, delgada y de preciosos ojos verdes. Vestía vaqueros rotos y camiseta blanca ceñida. No dejaba de bailar e intentaba que las tres chicas hicieran lo mismo, cosa que consiguió una hora después, con la tercera copa bailaban y reían sin parar. Cecilia sorprendió a Virginia acercándose para robarle un beso en la boca, corto pero insinuante y salvaje. Virginia se apartó bruscamente al principio, pero sintió el desconocido impulso de volver a acercarse provocativamente mientras un mar de incertidumbres ahogaba su mente ante la experiencia de coquetear por primera vez con otra mujer. Ella, la de la fama de borde, la que nunca se había fijado con atracción en otra mujer ni había imaginado un beso femenino en sus labios, se descubría a sí misma provocando el deseo de Cecilia, tonteando sin disimulo alguno, sintiendo cómo aquellos ojos verdes la desnudaban, o eso creía, pero para su sorpresa Cecilia se alejó en la pista de baile para unirse a otro grupo de chicas a las que, a juzgar por el recibimiento que le daban, conocía. Virginia, desconcertada, se sintió ridícula. La seriedad volvió a su hermoso rostro de piel blanca. Había caído en un juego de seducción desconocido para ella, no sólo por el hecho de que la otra persona fuera una mujer, sino porque nunca le había gustado ese tonteo tan explícito con besos incluidos. Se maldijo a sí misma y dejó de mirar a Cecilia para volver la vista hacia Laura y Lucía, que parecían ajenas a lo que había pasado, hablándose al oído sonriendo, y ella se sintió sola y vacía como nunca antes se había sentido. Sin despedirse cogió su bolso del ropero y salió del local. Cruzó la plaza ya vacía de terrazas donde algunas pandillas de jóvenes sentados en el suelo montaban sus propias fiestas y tertulias mientras bebían. Sentía ganas de ser como ellos, de volver a tener veinte años sin más preocupaciones que la de estudiar.
Al final de la plaza Virginia notó cómo una mano se posaba en su hombro de tal manera que la sobresaltó haciéndola girar bruscamente. Ante ella, esbozando una leve sonrisa, estaba Cecilia.
— ¡Ey cosita linda! Te vas sin despedirte.
— Lo siento, no estabas cuando salí. Necesitaba un poco de aire.
— Claro que estaba y te estaba mirando, pero tú no te has dado ni cuenta — dijo Cecilia mirando el serio rostro de Virginia que, nerviosa, movía su mirada intentando esquivar los atrayentes ojos de la otra mujer.
— Mira Cecilia, yo no...
— No hace falta que digas nada — interrumpió Cecilia—, ya sé lo que me vas a decir: que eres hetero, que no te gustan las mujeres, que no estabas tonteando conmigo, que bla bla bla. Pero no hace falta que salgas corriendo por eso. Conozco un sitio muy tranquilo cerca de aquí donde podemos tomar una copa y hablar. ¿Me acompañas?
— Vale.
Al mismo tiempo que aceptaba acompañar a Cecilia, en su interior Virginia ya se estaba arrepintiendo, lo que en psicología se llama síndrome de atracción-repulsión: no quiero pero sí quiero. La tan firme y segura abogada se mostraba vulnerable e indecisa. Envió un mensaje a Laura para que ella y Lucía no se preocuparan por su ausencia y le mintió diciéndole que se iba a casa, que estaba cansada, al tiempo que caminaba en silencio. A tres calles de la plaza de Chueca Cecilia se paró ante un portal, sacó las llaves del bolsillo del pantalón y abrió. Virginia la miró con desconfianza sin entrar y le reprochó:
— Oye Cecilia, aquí no hay ningún garito para tomar una copa.
— Yo te he dicho que conocía un sitio tranquilo, no un garito. No me pongas esa carita de mala leche, mujer. Vivo aquí. En casa podemos estar más tranquilas y hablar sin que nadie interrumpa, podemos elegir música y el alcohol está garantizado que no es garrafón. De todas formas si no quieres subir, te puedes marchar. No pasa nada.
Durante unos segundos se miraron sin decir nada, hasta que Virginia, siguiendo una vez más un impulso interior que contrariaba lo que en realidad le decía la razón, entró en el portal. Subieron hasta el segundo izquierda y entraron. Era un piso pequeño, básico, con pocos muebles pero muy ordenado.
— Siéntate mientras preparo una copa Vir. ¿Te puedo llamar así, verdad? — Pues claro que me puedes llamar así, pero no quiero una copa.
— ¿No te apetece? Te aseguro que no intento emborracharte, ¿eh? ¿Prefieres una cerveza?
— No. Quiero que me beses. Quiero que me vuelvas a besar — dijo Virginia sorprendiendo tanto a Cecilia como a ella misma mientras clavaba su enigmática mirada en los ojos claros de la otra mujer. Ésta no se hizo de rogar. Tomó el blanco y tembloroso rostro de Virginia entre sus manos y la besó, notando cómo aquel frágil y delicado cuerpo se estremecía.
Virginia seguía teniendo deseos contradictorios: por una parte quería entregarse con pasión a la nueva experiencia que estaba descubriendo y por otra quería salir corriendo. En su mente todo era una locura, pero le gustaban aquellos besos de mujer, suaves y dulces; aquellas caricias delicadas tan distintas a las de los hombres. Y se dejó llevar, nerviosa, sin saber cómo responder, hacia dónde guiar sus manos mientras lentamente, paso a paso, Cecilia la llevaba hasta la habitación. Allí, muy despacio, sabiendo que Virginia se podía arrepentir y
salir huyendo de sus brazos en cualquier momento, la desnudó con ternura y se desnudó sin dejar de besarla. Al sentir la pasión y el deseo de los dos cuerpos, de la piel de ambos ardiendo para fundirse en una sola piel, Virginia supo que no tenía nada que aprender, que sus manos y su boca sólo tenían que seguir la naturaleza de sus mismos deseos, dar las mismas caricias que deseaba para ella, con las que los hombres no siempre acertaban. Hacer el amor con otra mujer era más dulce y delicado. Se descubrió a sí misma buscando con los labios y con las manos cada rincón de la piel de Cecilia.
Las dos mujeres permanecieron unos minutos en silencio, mirándose con ternura, hasta que Cecilia se quedó dormida. Entonces Virginia se levantó sigilosamente, buscó su ropa esparcida por el suelo y sin hacer ruido se fue. En su cuerpo, todavía sudoroso, llevaba nuevas sensaciones, nuevos deseos, pero también miedo: un nuevo miedo a que aquello fuera una locura, un deseo camuflado para olvidar a Rubén sin estar con otro hombre. Con Rubén, y con los hombres que había estado antes de conocerlo a él, no había sentido un placer tan puro y natural como el que Cecilia le acababa de regalar.
Aquella noche de agosto fue la primera vez que Virginia se entregó a una mujer. Y volvió a hacerlo poco después, no con Cecilia, de quien no volvió a saber, pero sí con otra chica que llegó a ocupar parte de sus pensamientos. Nunca quiso iniciar una relación con ella porque no se sentía preparada ni sabía si era capaz de enamorarse de una mujer. No quería imaginarse cómo reaccionaría su familia. Le daba pavor pensarlo.
Pasado el verano Virginia se centró exclusivamente en su trabajo. Apenas salió un par de noches con algunos compañeros de trabajo y ahora necesitaba vacaciones, el tan ansiado crucero por el Mediterráneo.
10. Mar Mediterráneo
A
las once de la mañana del 27 de diciembre Virginia embarcaba en el puerto de Barcelona por primera vez en un crucero. Tras pasar Nochebuena y Navidad con su familia y el día 26 preparando las maletas, sin tiempo para pensar en nada, por fin llegaba el tan deseado viaje de descanso y diversión. Las dos horas que transcurrieron entre su llegada al aeropuerto catalán y el embarque en el Vulcano se le antojaron largas. El aire frío y la humedad ambiental se colaban de forma inexplicable por los huecos más insospechados de su ropa, y durante un instante puso en duda la idea de permanecer durante una semana en el mar en pleno invierno, pero elegir un destino más caluroso en esas fechas implicaría viajar más lejos e incluso cambio de horarios. Una semana era poco tiempo como para perder horas en aviones y diversidades horarias.El camarote que tenía asignado, el 196 exterior, la devolvió a la calma. Al igual que todo el barco, la decoración de discreto lujo modernista con colores cálidos ofrecía una buena sensación a primera vista. Parecía imposible poder disfrutar de silencio en las 134 toneladas
flotantes de 38 metros de manga y 332 de longitud, donde se reunían un total de 4.599 personas entre pasaje y tripulación. Deshizo la maleta, dejando sobre la cama el vestido granate que se pondría para el cóctel de bienvenida del comandante, corrió las cortinas del balcón y sintió libertad al ver cómo el puerto de Barcelona se hacía cada vez más pequeño en la distancia.
A la una de la tarde estaba vestida para el primer evento a bordo. Era una mujer sencilla y le gustaba la ropa cómoda e informal, pero la ocasión requería la elegancia que en tierra guardaba poco más que para las bodas, uno de los motivos por los que éstas no eran precisamente reuniones a las que le gustaba asistir. Tenía claro que sólo se vestiría así para el cóctel y para la cena de fin de año. Se puso el abrigo, cogió el pequeño bolso a juego con el vestido y con los zapatos y salió a conocer un poco el barco, por pasillos que parecían calles de paredes azules iluminadas por doradas lámparas. Intuyó por la tranquilidad que la mayoría de pasajeros estarían en sus camarotes poniéndose también elegantes para compartir un rato con el comandante del barco. Bajó dos plantas y la sorprendió la cantidad de tiendas que había, la mayoría de ropa y calzado. Nunca se había imaginado cómo sería un crucero y empezaba a descubrir por qué le llamaban ciudad flotante.
A las dos, en un inmenso salón, parte de la tripulación como formando para un desfile y los pasajeros que disfrutaban de canapés y variada bebida, escuchaban el discurso del experimentado comandante, un hombre de edad cercana a la jubilación, con hablar pausado y cuyo discurso posiblemente era el mismo en cada viaje. Fue breve y agradecido; quizás la experiencia le había enseñado a serlo, e invitó al disfrute de la semana que quedaba por delante abandonando luego el salón. Tras él, la tripulación, ordenadamente, volvía a sus quehaceres. Virginia observaba cómo, a su alrededor, familias, parejas y grupos de amigos se divertían y hablaban animadamente.
La guapa abogada estaba a punto de volver a su camarote cuando una voz pronunció su nombre:
— ¿Virginia? No me lo puedo creer. ¿Qué haces tú aquí?, ¿y Rubén, no ha venido? Quien se dirigía a ella era Marcos, un antiguo compañero de trabajo que había dejado el bufete dos años antes para montar el suyo propio. Le presentó a Julia, su novia, con la que llevaba un año y medio de relación. Virginia admiró la belleza de Julia, la figura escultural que se intuía bajo el vestido verde ceñido, los ojos color canela miraban con ternura. No dejaba de sonreír de forma natural y escuchaba atenta mientras Virginia le contaba a Marcos su ruptura con Rubén, los nuevos proyectos del bufete en los que se incluía la expansión como empresa a todo el territorio nacional, empezando por Cataluña y Andalucía, y se interesaba por saber qué tal le iba a él en su trabajo en solitario. Rieron al recordar algunas anécdotas de cuando eran compañeros y quedaron para cenar juntos aquella noche.
Virginia volvió a su camarote, cerró las cortinas, se desnudó y se tumbó en la cama. No tenía hambre, con los canapés había tenido suficiente y prefería dormir un rato y estar espabilada para la cena. El madrugón en Madrid para volar a Barcelona, después de la intensidad y el trasnochar de los anteriores días navideños, la había agotado. No tardó en dormirse, con la alegría del inesperado encuentro con Marcos y Julia. Nunca se hubiera imaginado que la casualidad les reuniría en un lugar tan poco frecuente y alejado de Madrid, en un crucero, rodeados por las tranquilas aguas del Mediterráneo. La belleza de Julia se coló en los sueños de Virginia aquella tarde, su subconsciente la llevó a viajar a través de la imaginación a una noche de verano de luna llena y estrellas compartiendo secretos de mujer en el porche de una casa en el campo, rodeada de bosque, con la serenata de los grillos y las
cigarras poniendo música al momento. En los sueños todo es posible, volar y sumergirse en las profundidades del océano, viajar a lugares que jamás hemos visto ni en fotografías, amar sin prejuicios, ser diferentes, pertenecer a otra raza ... en los sueños todo es posible. No era habitual que Virginia recordase lo soñado, pero cuando se despertó a las cinco menos diez de la tarde, recordó su sueño desde el principio hasta el final. No podía negarse a sí misma que sentía atracción por la belleza de Julia y que ella era el principal motivo por el que había aceptado cenar con la pareja esa noche. De no ser por esa atracción cenaría ella sola, tranquila, tomaría una copa en una de las discotecas y se iría a dormir temprano para disfrutar al máximo del día siguiente, donde harían la primera escala en la segunda ciudad más poblada de Francia, Marsella, cuyo puerto, el más importante del país y del Mediterráneo, constituye un importante nudo de comunicaciones y un amplio entramado de actividad industrial.
Virginia ocupó el resto de la tarde leyendo y escuchando música. A las nueve acudió al restaurante donde Julia y Marcos la esperaban. Ninguno de los tres vestía con la elegancia del cóctel de bienvenida, pareciendo personas distintas a las que eran apenas unas horas antes, más naturales, más sencillos.
— Me siento el hombre más envidiado de todo el crucero. Ningún otro está tan bien acompañado — dijo Marcos mientras servía vino en las tres copas.
— Veo que sigues siendo tan galante como siempre. Espero que no seas celosa, Julia — respondió Virginia.
La cena transcurrió entre risas y cotilleos, con el vino como aliado fiel a la diversión, ayudando a que poco a poco cada uno de ellos recordara en voz alta sus relaciones pasadas, sus ligues y aventuras. Virginia estuvo tentada de callar sus aventuras pasajeras con otras mujeres, pero ganó la tentación de ver qué cara pondría Julia, o la reacción de Marcos, quien la había conocido siendo la eterna novia de un militar que pasaba más tiempo en lejanos países en guerra, y así seguía cuando él dejó el trabajo.
— Eso sí que es saber disfrutar de todos los placeres de la vida — dijo Julia sorprendiendo más a su novio que a la propia Virginia—. De adolescente yo tuve lo que, supongo, es lo más parecido a un rollo entre mujeres, con una compañera de clase que se quedó una noche a dormir en mi casa. A veces me arrepiento de no haber repetido — y se rió al ver la cara que se le ponía a Marcos—. Tranquilo mi amor. Es una broma. Lo de querer repetir, quiero decir. Seguro que con lo guapo que eres alguna vez te habrá tirado los tejos algún chico y nunca me lo has contado.
— ¡Uf!, sí — respondió él sonriendo—. Cuando empecé a trabajar en el bufete, ¿te acuerdas Virginia?, los chicos organizaron un viernes por la noche para salir de cañas. No sabía que iba a picar como un pardillo en la novatada. Consiguieron emborracharme y no recuerdo mucho más. Pero las fotos que me enseñaron el lunes siguiente me dejaban en ridículo. Me habían metido en un pub o lo que fuera, de hombres vestidos con pantalones de cuero, dándose el lote con sus pechos peludos al descubierto, y yo bailando como un paleto en medio. Pero que os quede muy claro que no he tenido ningún roce ni beso ni nada con un tío.
— Tendríamos que preguntártelo delante de un juez bajo juramento — replicó Virginia sin parar de reírse—, aunque ambos sabemos que las mayores mentiras se cuentan en los juicios.
A las once de la noche decidieron tomar una copa en una de las discotecas. La actuación en directo de Lola Lallave, una de las promesas del pop del momento, era mejor que la música de pinchadiscos para poder seguir hablando tranquilamente.
Pidieron mesa al camarero que amablemente les acompañó a una no muy alejada de la pista de baile. Virginia no podía dejar de aprovechar cualquier instante para mirar a Julia. Podía imaginarse su cuerpo e inventar su silueta, pero lo que realmente deseaba era tener aquel cuerpo entre sus brazos. A pasos agigantados los hombres quedaban en un segundo plano en cuanto a sus gustos sexuales. Carecían de la delicadeza de una mujer, del instinto en las artes amatorias con otra mujer. Empezaba a creer con firmeza que podía enamorarse con la misma o con más facilidad de otra mujer.
¿Era casualidad que entre más de tres mil pasajeros en el cóctel de bienvenida, hubiesen coincidido Marcos y Virginia? Podría ser, pero dicen que nada es casualidad, que todo pasa por algo.
11. Las calas de Marsella
M
arsella es una ciudad ligada a la Prehistoria, algo que atestiguan las pinturas rupestres paleolíticas en la cueva submarina de Cosquer, habitada desde hace más de 30.000 años, por lo que no es de extrañar, dado el estratégico enclave marítimo donde se sitúa, que sea la segunda ciudad con más habitantes del país galo. Es casual que, ligada también a la época de los romanos, la región de Marsella tenga forma de anfiteatro. Su desarrollo urbano gira, y siempre lo ha hecho así, en tomo al puerto viejo en la cala de Lacydon. Virginia quería pisar aquella ciudad y, aunque ignoraba el tiempo que les permitirían a la mañana siguiente permanecer en ella, no le importaba demasiado. Lo que sí haría al pisar el puerto sería la promesa de volver en cuanto se enamorase, para compartir en pareja los paisajes de Cassis, a las afueras de Marsella, para visitar sin prisa la isla de Riou, desde donde pueden verse las pequeñas calas de difícil acceso, Moudini, Podestad, la Polidette y Queirons, que junto a la más grande y accesible Callelongue forman las bellas calas marsellesas (les calanques).Pensando en la belleza de Marsella Virginia se durmió. Marcos y Julia la habían acompañado hasta su camarote y prefirió cerrar los ojos y soñar despierta con calas abrigadas en el suave invierno del clima Mediterráneo, a dejarse llevar por el deseo de que su imaginación desnudara apasionadamente a Julia, la novia de su amigo y antiguo compañero. En la discoteca, mientras él fue al baño estuvo tentada de provocar el coqueteo con la hermosa mujer de ojos canela y pelo castaño en media melena. No lo hizo. No podía encapricharse con ella y traicionar a Marcos. Era un buen hombre y no se lo merecía, además no creía que Julia fuera una mujer infiel ni de rollo fácil y, si decía la verdad con lo de bromear con haber repetido su experiencia lésbica de la adolescencia, intentar tontear con ella podía causarle un serio disgusto. Estaba en un crucero bastante lujoso, era el primer día y quería disfrutar del descanso y de la diversión. Buscarse problemas gratuitos no entraba en