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ada estación del año tiene vida y belleza propia, si el verano es la abundancia de sol ycalor, de vacaciones, playa, piscina, fiestas y verbenas en todos los pueblos y ciudades ... Si en invierno las luces navideñas homenajean la vida en familia, al abrigo del hogar, y en el otoño los árboles se desnudan llenando el suelo de hojas secas y tiñendo el paisaje de marrón, con la llegada de la primavera los puestos callejeros de castañas asadas van dejando paso a los de frutas, y el paisaje viste con los nuevos rayos de sol a los árboles de verde húmedo y los campos y jardines de flores perfumando los sentidos. Los días en primavera se hacen más largos, y empezamos a prescindir de los pesados abrigos, contagiándonos de alegría nos sentimos más vivos y más abiertos a los sentimientos, a disfrutar de la naturaleza, de nuestro entorno y de las calles que dejan de estar vacías. Los días nos regalan más horas de luz y las nostalgias se apresuran a esconderse en un rincón interior hasta que en el otoño, con la caída lenta de las hojas vuelvan a asomar para instalarse en nuestros corazones hasta pasar un nuevo invierno.
Faltaban quince días para que se iniciara la primavera de forma oficial y ya las nubes grises iban dejando paso a las primeras mañanas despejadas, y aquel domingo la costa
valenciana amaneció bañada tímidamente por el sol. Virginia decidió regresar a Madrid nada más levantarse para poder ver a Silvia aquella noche y, de paso, evitar las caravanas que los domingos hacían eterna la entrada a la capital por la A-3. Se despidió de sus tíos y de Joana, a quien tuvo que prometer mantenerla informada en todo momento de lo que fuera sucediendo con su relación y si por fin se decidía a contárselo a sus padres, así como lo que sucediera con el posible traslado laboral. Reconfortada y aliviada por haber compartido el secreto de su corazón y animada por la reacción positiva de su prima, arrancó el coche y encendió la radio. A su paso durante las siguientes cinco horas quedarían montañas coronadas por las imponentes hélices de los parques eólicos que al mismísimo Alonso Quijano, Don Quijote, dejarían perplejo y harían rendir su lanza desanimando sus ansias de pleitesía con los gigantes de viento. Atrás quedarían también campos antaño cultivados para la subsistencia y ahora plantados de paneles solares. El patente aprovechamiento de las energías naturales y renovables conlleva, negativamente, el afeamiento del paisaje, algo que Virginia pensaba cada vez que viajaba y esta vez no era diferente, aunque su mayor pensamiento era Silvia. Hizo una parada en un área de servicio para llenar el depósito, estirar un poco las piernas y tomar un café, como siempre con la leche fría. No se entretuvo demasiado y volvió a la carretera y a sus pensamientos. Por su mente iban pasando imágenes de muchos rincones donde la mano humana había destruido la belleza de lo natural y la costa del levante era uno de los ejemplos más claros con poblaciones como Benidorm donde decenas de hoteles con forma de pequeños rascacielos restan belleza a sus playas, o Calpe, donde al empezar a caer la tarde la playa se llena de las sombras de los edificios levantados a pocos metros de la arena, separados de la misma por un estrecho paseo marítimo. La costa bañada por el mismo mar Mediterráneo que le había regalado una noche especial de magia y erotismo a bordo de un crucero. Ella quería regalarle muchas noches especiales a Silvia, muchas noches de apasionados encuentros, de romanticismo y ardiente deseo sin necesidad de cruceros ni de vacaciones, quería que cada noche a su lado fuera especial y por ello decidió que, si el fin de semana continuaba el buen tiempo, la llevaría a la sierra, donde la mano del hombre mantiene por el momento cierto respeto por el paisaje. Las cumbres nevadas hasta sobrepasar el mes de abril convierten la sierra del Guadarrama en una bella imagen de postal. Buscaría por Internet el alojamiento, una casa rural, y le haría creer a Silvia que pasarían el fin de semana en casa. No planearía nada más. Sabía que todo lo bonito y maravilloso que podría pasar surgiría como emana agua de una fuente, sin planear el transcurso del río, que por sí mismo se abre camino entre la tierra. La pasión es igual a ese río, que se funde en un abrazo con el afluente para seguir el mismo curso, siendo un solo cuerpo. De la misma manera, en ocasiones, el río y la pasión se desbordan, inundando los campos uno y el cuerpo y la mente otra.
Ansiosa, Silvia esperaba la llamada de Virginia para ir a su encuentro. Sentía la necesidad, como el que está enganchado a una droga, de tenerla entre sus brazos, de sentir el calor de su piel, de oír la tranquila voz en su oído apenas susurrando un te quiero, mirarla a los ojos y seguir apartando la cortina impenetrable de su mirada para perderse en ella y saber que su mirada y sus labios decían lo mismo cuando hablaban. Para ella descubrir que tras esa mirada fría y, aparentemente infranqueable, existía un mundo de ternura y que su corazón, oculto tras una imagen de mujer con carácter, estaba lleno de buenos sentimientos y de una sensibilidad tremenda, había sido precioso. Aunque el primer día que la vio en el andén del metro sintió algo especial, no llegó a pensar que tras una imagen tan segura y seria se escondía un ser tan frágil y dulce. Miraba nerviosa el reloj, lo que no pasaba inadvertido para su madre, quien con una sonrisa la miraba feliz, pero al mismo tiempo deseando que no sufriera, que esa chica de la que le había hablado durante el fin de semana no dejase su corazón roto tirado en cualquier rincón de una mañana cualquiera, de la misma manera que el desamor la había llevado a ella al divorcio.
— Silvia, cariño, estás demasiado ilusionada con esa chica, Virginia, y casi no la conoces. — Pero mamá, es que es especial, como si la conociera desde siempre, como si hubiese estado en mi vida desde que tengo uso de razón.
— Es que no quiero que sufras, eso es todo. Nunca te he visto así, y me alegro de que estés tan feliz, pero ve siempre con mucha calma, porque las cosas del corazón son preciosas y por eso hacen tanto daño cuando se rompen.
— ¡Pero mamá!, no me digas esas cosas.
— Tienes razón hija, no todas las parejas se rompen y hay muchas que con el paso de los años siguen tan enamoradas como al principio. Estaré encantada de conocer a Virginia cuando me la quieras presentar. Es más, estoy deseando conocer a esa mujer que te ha revolucionado las neuronas de tal manera. Creía que eras tú la que siempre ibas por ahí revolucionando a las mujeres.
— ¡Mamá, qué concepto tienes de mí! — respondió Silvia alterada por el comentario de su madre que se echó a reír.
— No te lo tomes así, pero no me negarás que tienes a muchas chicas adorándote como si fueras una diosa. Por eso me preocupa que puedas sufrir, porque nunca te he visto tan enamorada.
— Pronto conocerás a Virginia, mamá. Te lo prometo. Y cuando la conozcas te darás cuenta de por qué estoy así de enamorada. No es otra Carla, es todo lo contrario, una persona con los pies en la tierra y con un corazón muy grande.
— Ven aquí, anda, y dame un abrazo, que estoy viendo que un día de estos te voy a perder de vista y esa chica se va a llevar a uno de mis dos ojitos, como es ley de vida.
— ¡No vayas tan rápido! No te vas a librar de mi tan fácilmente. En ningún sitio se está mejor que aquí.
— Ya lo verás. Todo pasa muy rápido, casi sin darte cuenta.
El teléfono, oportuno, puso fin a la discusión. Virginia estaba ya en Madrid, recogería a Silvia en su casa y comerían juntas. Las dos necesitaban el mutuo abrazo del reencuentro, la una con las palabras de su madre nadando en su mente, la otra con la preocupación de la incertidumbre de su trabajo que todavía no quería compartir con Silvia por si, llegado el momento, la decisión de su jefe no la implicaba.
En los primeros alientos de una relación, cuando los sentimientos acaban de nacer y crecen con las horas del día, en cada pensamiento, en cada sonrisa compartida y en cada ausencia, los días sin verse pasan para los enamorados lentos y las noches se hacen eternas, por eso el instante de volver a fundirse en una mirada, en un abrazo, se convierte en un momento único de magia en el que se aferran dos cuerpos no queriendo separarse. Cuando Silvia abrió el portal y tuvo delante a Virginia no pudo reprimir las ganas de abrazarla.
— Mi niña, te he echado de menos. Parecía que no ibas a volver nunca.
— Ya estoy aquí y te prometo que el próximo fin de semana no me voy a separar de ti ni un minuto.
— Más te vale. No te puedes ir y dejarme sola — sonrió Silvia ante la oscura profundidad de los ojos de Virginia, dejándose atrapar por el infinito misterio de aquella mirada que guardaba tras la cortina del hermetismo todo un mundo de bellos sentimientos. La mirada de Silvia, sin embargo, lo decía todo sin necesidad de ayudarse con la palabra. Sus ojos expresaban cada sensación, cada emoción, cada deseo, bastaba mirarla para conocerla.
— ¿Has visto a Vanessa? Espero que hayas salido con tus amigos a tomar algo.
hermano el poco tiempo que ha dado señales de vida, así que he tenido tiempo para hablarles de ti, y están deseando conocerte.
— ¿Conocerme? Pero si casi no nos conocemos ni nosotras mismas. No quiero que nos precipitemos.
— ¿No estás segura de lo que sientes? ¿O de mí?
— Claro que estoy segura de que me estoy enamorando cada día más, y estoy segura de que tú sientes lo mismo, pero entiende que me parece muy pronto para que tu familia me conozca.
Al llegar al ático de Virginia el deseo y la pasión les hizo olvidar la conversación y la noche, como anticipo de la primavera, las encontró con la sangre ardiendo alterada en un bosque espeso de sueños hechos realidad.