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25 Rincones de Ávila

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L

a Gran Vía que ese mismo año celebraba su centenario, admirando la convivencia de los vetustos edificios de adornados balcones con la modernidad de rótulos de neón, donde las sastrerías que abrieron sus puertas a señoras y caballeros a mediados del siglo pasado intentan sobrevivir entre imperios como Inditex, Adolfo Domínguez o Desigual, entre otros. O el cine Capitol, emblemático en sus mejores años, que reta cada noche a los multicines que en los grandes centros comerciales pueden ofertar más películas y a mejor precio. La Gran Vía de Madrid, donde también los restaurantes en los que generaciones pasadas compartían mesa y cocina española, ahora se mezclan con locales de comida rápida y menús importados de diversos países. Y en plena calle, ajenas unas a otras, caminan a ambos lados, en paralelo o cruzándose, diversas lenguas y culturas, diversas razas y religiones, tribus urbanas, mendigos y artistas callejeros, vendedores de bocadillos y latas de cervezas, “obreros” del top manta que salen corriendo al mínimo acercamiento de la policía... Silvia caminó entre toda esa gente sin mirar a nadie. Iba despacio, pensando en que nunca se paraba a admirar la belleza de los edificios, de las esculturas que imponentes presidían en lo más alto a alguno de ellos, las estructuras que se mantienen intactas como si por ellas no pasara el tiempo, desde Cibeles hasta plaza de España. Se sintió por un instante como turista en la misma ciudad que la había visto nacer y en la que vivía desde siempre. Esa tarde de jueves caminaba sin prisa, deseando tan sólo la llegada del viernes para poder disfrutar de todo el fin de semana con su amor, con Virginia, la mujer capaz de darle un nuevo y diferente sentido a toda su vida con una simple mirada, de la misma manera que parase a mirar cada rincón de la Gran Vía le daba otro sentido alejado del ruido y las prisas cotidianas a la ciudad.

El viernes, doce de marzo, amaneció en la capital un día de nubes, que poco a poco se fueron disipando para dejar paso a los tibios rayos de sol. Luz y sombras que envolvían Cibeles, la Puerta de Alcalá, El Retiro, lleno ya de visitantes hambrientos de paseos largos y tranquilos, el Palacio Real, la Catedral de la Almudena ... Virginia, lejos de salir de casa somnolienta y desganada, se vistió con su mejor sonrisa para enfrentarse a la mañana, dispuesta pocas horas después a huir de la ruidosa ciudad, del bullicio masificado de las gentes con la única voz que deseaba oír, con la única sonrisa que añoraban sus ojos, para

regalarle la magia de un primer fin de semana a solas con su amor, no muy lejos de Madrid. Y ese mediodía, con la ilusión de cuando era niña y su madre le compraba un regalo, recogió a Silvia delante de la agencia de viajes, subió por la misma Gran Vía que Silvia había paseado dos días antes, bajó desde la plaza de España hasta Príncipe Pío y entró en el túnel que las llevaría hasta Alcorcón por la A-5. Silvia mostró sorpresa y preguntó:

— ¿A dónde se supone que vamos?

— Lo sabrás cuando lleguemos. ¿No te apetece un poquito de tranquilidad y naturaleza? — Sí, sabes que me encanta, pero con tenerte a ti al lado tengo la tranquilidad que necesito.

— Esto te gustará, verás.

Algunos kilómetros después de abandonar la autovía de Extremadura continuaron por la estrecha carretera de los pantanos, llena de curvas, en cuyos márgenes las primeras flores ansiaban poner fin al invierno del 2010. Una hora después cruzaban San Martín de Valdeiglesias, con su antiguo y mal cuidado castillo famoso por sus supuestas apariciones y psicofonías, para dejar atrás la comunidad de Madrid y entrar en la provincia de Ávila. En El Tiemblo pararon a comprar comida preparada, refrescos, agua y pan.

— Me da que hoy no volvemos a Madrid — dijo sonriendo Silvia.

— No es mi intención, pero si quieres te dejo en alguna parada de autobús y... — respondió bromeando Virginia.

— No te vas a librar de mí tan fácilmente. ¿Ya sabes dónde te llevo? — Me hago una idea, aunque nunca antes he estado por aquí.

Al llegar a la presa del Burguillo giraron a la izquierda. Cinco minutos después aparcaban en Las Cruceras. Allí, al pie del embalse, las casas habitadas en otro tiempo por los resineros de los montes abulenses, hoy rehabilitadas como casas de turismo rural, estaba su refugio durante el fin de semana, compartiendo el entorno de la sierra de Gredos con buitres leonados, gatos monteses, y si la suerte lo quería podrían disfrutar de la esporádica visita de algún lince ibérico, águila ibérica y un sinfín más hasta pasar de las trescientas especies entre vertebrados e invertebrados, que convierten valle de Iruelas en una reserva natural protegida y bien cuidada, entre los municipios de El Barraco, El Tiemblo, Navaluenga y San Juan de la Nava, en la vertiente derecha del Alberche. La belleza del paisaje, la tranquilidad y la riqueza en flora y fauna, lo convierten en lugar de escapada en verano y los fines de semana de todo el año, sobre todo para muchos madrileños que buscan huir de las bocinas de conductores apurados, de las inagotables sirenas de policía y ambulancias, del incesante griterío de las calles de la masificada ciudad. Pero Virginia buscaba no sólo esa tranquilidad, sino estar a solas con Silvia, sin que nadie pudiera interrumpir tocando el timbre, sin que ningún ruido callejero entretuviese su atención; compartir una primera escapada, regalarle todo su tiempo, contarle cosas de su pasado, de su vida, de su gente y escuchar otras tantas historias de boca de Silvia y dormirse abrazada a sus sueños, al perfume de su cuerpo.

— Ahora ya sé dónde me traes. Esto es precioso. El pantano está a rebosar de agua. — Vamos a buscar las llaves a ver cuál es nuestro hogar estos dos días. Desde la ventana podrás ver cada mañana cómo el cielo se refleja en el agua.

— Tú ya has estado aquí, ¿verdad? — Sí, pero con mis amigos, hace años.

— Me da igual con quién hayas estado aquí, lo que me importa es que ahora estás conmigo.

barca, o la posibilidad de alquilar una canoa y cruzar el embalse, cosas que no encajaban en sus planes aunque escucharon pacientemente al muchacho parlanchín que probablemente no llegaba a los veinte años. Su casa era de las más cercanas al bar- restaurante y, aunque también de las más pequeñas, estaba habilitada para cuatro personas, con dos dormitorios, uno de ellos en la buhardilla y otro en la planta baja, el salón nada más entrar estaba presidido por una chimenea donde el fuego les daba la inesperada bienvenida. Por un instante Silvia mantuvo la mirada quieta en las llamas y a su mente regresó aquella otra chimenea en Galicia a cuyos pies desató la pasión de Carmen. Se mordió nerviosa el labio inferior. Quería contarle a Virginia, sin secretos, aquella reciente aventura y demostrarle que ella era diferente a todas las mujeres que de una u otra manera habían estado en su vida o entre sus brazos. Y se lo contó mientras comían el pollo asado que habían comprado por el camino, sin tapujos, sin ocultarle que había sido una bonita tarde pero sólo de pasión. No se sentía capaz de levantar la mirada un poco avergonzada del plato hasta que Virginia se levantó, rodeó la mesa, se agachó ante ella, y le acarició con ternura la cara y los labios besándola suavemente. Mordisqueó su oreja jugueteando y le musitó al oído: — ¿Y quién no guarda entre sus recuerdos una noche de pasión loca y desenfrenada? Aunque tendrás que compensarme por ello.

— ¿Tú también has vivido alguna noche loca de pasión así?

— No tan fantasiosa, pero claro que sí. No escondas los recuerdos, ni te arrepientas de aquello bonito, divertido o apasionado que hayas hecho. Todos tenemos un pasado, un antes. Lo que importa, como tú has dicho antes, es que ahora estamos juntas, que te quiero con locura, que ya no hay vuelta atrás en este amor que crece en mí cada día. No me importa a quién hayas besado, querido, deseado o amado antes. Al revés, eso quiere decir que has sabido vivir la vida. Lo que me importa es que ahora no soportaría verte con alguien que no sea yo y que para eso voy a hacer que te enamores de mí cada día.

— ¿Te has oído a ti misma? ¿Cómo no te voy a querer si eres la mujer más maravillosa a la que he conocido en mi vida? Ven, quiero darte algo.

Silvia llevó a Virginia de la mano hasta la habitación, le pidió que cerrara los ojos, sacó del bolso el colgante que le había comprado días antes y se lo puso con delicadeza en el cuello.

— Ya puedes abrir los ojos.

— Me encanta — dijo Virginia al verse en el espejo—. Gracias, de verdad, es muy bonito.

— Así cuando no estés conmigo y lo mires, me recordarás. — Te amo Silvia.

— Y yo a ti mi amor.

No habían terminado de comer, pero ya sólo tenían hambre la una de la otra. Se desnudaron apresuradamente, nerviosas por el deseo, sin importar que la tarde, fresca pero soleada, las invitara a salir a pasear al otro lado de la pared, al otro lado de la ventana. Cayeron sobre la cama sin dejar de besarse. Las manos inquietas de las dos, buscando seducirse con caricias, encontrar la cumbre final del deseo acumulado durante toda la semana.

— Cuando estoy contigo se me olvida que hay un mundo entero ahí fuera — dijo Silvia abrazando fuerte a Virginia, acariciando con el roce suave de la yema de los dedos sus finos labios—. Prométeme que nunca te irás de mi lado, que no me dejarás.

Aquella promesa devolvió a Virginia a la realidad. Se había reunido el martes con Diego, su jefe, para comunicarle que no quería ir a Barcelona, con la disculpa de que prefería quedarse cerca de su familia, lo que era un vago argumento contra el de alguno de sus cuatro compañeros que por estar casados o tener hijos tenían más fácil escapar del traslado. Pensó en que debía sincerarse con Silvia, contárselo, y también, por qué no, la noche con Lola, pero le pudo más el silencio, el no querer estropear aquel primer fin de semana con preocupaciones. Prefería callar antes que hacer el más mínimo daño, al igual que cuando su respuesta era no, su negativa era inamovible, inapelable, intentar convencerla de que cambiara de opinión era un reto perdido de antemano. Esperaba que ello pusiera sobre aviso a su jefe, que sabía de su seriedad e inflexibilidad en cuanto a decisiones, pero el miedo la envolvió, junto a las sábanas, cobijada en los brazos de su amor.

— ¿Damos un paseo?

— Vale. Silvia, ¿cuándo le contaste a tu familia que tú... que te gustaban...?

— ¿Que soy lesbiana? — rió Silvia—. Creo que cuando se lo conté ya lo sabían. Es más, posiblemente lo sabían antes que yo. Las madres tienen un sexto sentido o una intuición especial para eso. Estoy orgullosa de mi familia de cómo lo han aceptado siempre. ¿Y tú cuando se lo vas a contar?

— No lo sé. Es muy complicado. He compartido cinco años de mi vida con un hombre. No sé cómo se lo van a tomar. Creo que por el momento esperaré. Ya llegará el momento. — Por suerte a día de hoy ya no es tan complicado. ¿Te imaginas salir del armario con cambio de acera incluido en la época en la que nosotras nacimos?

— Vamos a pasear y cambiemos de tema. Prefiero no imaginarme eso.

El sol se escondía despacio detrás de la montaña creando un hermoso atardecer anaranjado. A lo lejos asomaban por el horizonte pequeñas nubes. El canto primaveral del roquero rojo, el escribano montesino o la lavandera, dejarían paso en la noche al búho real, la lechuza o el autillo, cómplices inocentes de cientos de leyendas y agüeros del más allá que todavía perduran en las historias de los ancianos de muchas zonas de la España rural. En cambio, para Silvia y Virginia, aquel mundo de naturaleza no era más que un remanso de paz y felicidad compartida. De la mano, abrigadas de los últimos retazos de frío del invierno ya agotado, entre risas y miradas, entre besos furtivos y besos provocados, pasearon sin prisa a orillas del pantano, entre los árboles de hojas de color verde intenso, por pequeñas praderas donde las primeras flores tentaban a la primavera coloreando el ya de por sí bonito paisaje.

Despertarse por la mañana, subir la persiana y escuchar el silencio, es uno de los mayores placeres para aquéllos que día a día se despiertan con el ruido sonoro de la ciudad, y si además al otro lado del cristal las vistas son a las tranquilas aguas del pantano al pie de la montaña, el placer aumenta. El aire puro de la mañana, aunque fresco, desperezó los ojos adormilados de Virginia, la primera en levantarse. Miró a Silvia con ternura sin querer despertarla y fue a la pequeña cocina cerrando la puerta de la habitación sin hacer ruido. El aroma a café recién hecho no tardó en invadir casi toda la casa. Preparó tostadas con mermelada, sacó de la nevera una botella de zumo y lo colocó todo en la única bandeja del escueto menaje, con el mayor entusiasmo que nunca había sentido al preparar un desayuno para dos. Dejó la bandeja sobre la mesilla y se sentó en el borde de la cama sin cansarse de mirar a Silvia. Acarició su pelo, su cara y besó tímidamente su cuello hasta despertarla.

— Mmm. Qué bien huele.

El agradable olor del desayuno hizo que Silvia se incorporara para recostarse en la almohada.

— ¿Has visto qué mañana tan estupenda? Si te apetece podemos preparamos unos bocatas y pasamos parte del día por el río. He visto en Internet que hay zonas preciosas con pequeñas cascadas y con lo crecido que está el pantano el río tiene que estar muy bonito. ¿Qué dices?

— Claro que sí mi amor. Yo a tu lado voy al fin del mundo.

— ¿Ah sí? ¿Vendrías conmigo a cualquier lugar del mundo? — preguntó Virginia con el fantasma de su tambaleante anclaje laboral en la mente.

— Sí, porque vamos a ir siempre juntas de viaje. ¿O piensas hacer alguna escapadita por ahí para ver a algún amor del que no me hayas hablado? — bromeó Silvia.

— Hasta ahora sólo me había enamorado una vez, de Rubén, así que no pensarás preocuparte. Los hombres ya no tienen sitio en mi corazón, y menos él.

— Pero algún ligue... No me cuentas nada de tu pasado y voy a tener que utilizar mis encantos para sonsacarte cosillas.

— ¿Ah sí? Esa idea me gusta, que me seduzcas para interrogarme. Se nos va a enfriar el café.

— Sí, venga, desayunemos. Por cierto, al menos me podías haber dicho que pasaríamos el día en la casa de campo y habría metido en la mochila ropa más adecuada. Prometo que algún día me vengaré muy dulcemente de esto.

— No seas exagerada cariño. Vas a ser la senderista más guapa de todo el valle. — Las dos rieron mientras removían el café.

El tiempo transcurre calmado entre la naturaleza. Silvia y Virginia caminaron tres kilómetros bordeando el río. En el trayecto se encontraron con otros grupos y parejas que, al igual que ellas, probablemente habían huido de la agotadora ciudad. Si en Madrid la Gran Vía con su victoria alada, aparentemente dispuesta a alzarse en vuelo coronando el Edificio Metrópolis, llama poderosamente la atención, no sólo por su majestuosidad sino también por ser la seña de separación entre la más antigua calle de la capital y otra de las más importantes arterias, la calle Alcalá, protagonista de la vida castiza de principios del siglo XX, en los montes de Ávila, alzan el vuelo a cada paso aves rapaces y pequeños pájaros que con sus trinos dan el papel secundario al recuerdo de los chotis bailados por chulapos, mezclándose con el zumbido de abejas que buscan en las primeras flores del año alimento para sus panales. Esos pequeños e incómodos insectos a los que la Unesco no tardará en declarar Patrimonio de la Humanidad porque existe la posibilidad de que si se extinguiesen las abejas del mundo, en cinco años desaparecería toda vida incluida la humana. En muchas ocasiones, las cosas más pequeñas que parecen insignificantes son de incalculable valor, como una abeja. Sentadas en un viejo tronco caído, las dos mujeres observaron a dos pacientes pescadores. La pesca les parecía un deporte aburrido y que de alguna manera, al igual que la caza, maltrataba animales, por lo que no les deseaban a los dos hombres suerte en sus intentos. Virginia cogió las manos de Silvia entre las suyas.

— ¿Tienes frío? Tienes las manos heladas.

— No mi niña, no tengo frío. Además ya sabes lo que dicen: “Manos frías corazón ardiente”.

— Uy uy... en algunos sitios de este país lo que dicen es: “Manos frías amores todos los días”. Voy a tener que vigilar yo esos amores tuyos.

— Pues yo dejaré que me vigiles cada día, así no te separarás de mí. ¿Te puedo hacer una pregunta?

— La primera mujer con la que estuviste... ¿qué significó para ti? Lo digo porque yo nunca estuve con un hombre y me imagino que para ti descubrir la forma de amar de otra mujer habrá significado mucho.

— Se llama Cecilia y tenemos amigas comunes. Reconozco que, por supuesto, fue un encuentro muy bonito, pero también muy tenso al principio por mi parte, como si jamás hubiese hecho el amor y fuera mi primera vez, aunque de alguna manera lo fue, porque descubrí la complicidad y la ternura que con los hombres nunca se tiene, por mucho que ellos lo intenten. No he vuelto a ver a esa mujer y no es más que un bonito recuerdo. No significa nada en mi vida más que eso, un bonito recuerdo carente de sentimientos. Sólo hubo deseo en esa noche. Puede decirse, aunque me resulte una palabra muy vulgar, que simplemente follamos. Y follar no es hacer el amor. Con ninguna mujer he hecho el amor excepto contigo, porque a ti te amo, te quiero y te deseo.

— Mi amor. Yo también te amo. ¿Quién me iba a decir a mí, cuando te vi por primera vez en el andén del metro, que te amaría, que descubriría todos los sentimientos puros que se ocultan tras tu mirada?

— Tendremos que darle las gracias a Vanessa, o a sus líos judiciales. — ¿Esa noche, con Cecilia, ha sido tu noche más apasionada?

— ¿Qué preguntas tienes tú, no? — Virginia se ruborizó ante la pregunta, celosa de contar intimidades.

— ¡Anda!, si yo te he contado con detalles lo de...

— Lo de Carmen. No hace falta que me lo vuelvas a contar que me pongo nerviosa. No te preocupes que cuando tenga alguna fantasía ya te la iré explicando.

Una vez más, aunque la noche con Lola no podía catalogarse de fantasía sexual, sino de

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