L
os sueños y los capítulos de una vida son metáforas los unos de los otros que caminan en paralelo. Ambos pueden permanecer en nuestros recuerdos para siempre o ser efímeros y diluirse en el despertar de un nuevo amanecer. Una vida... Un sueño... ¿Soñamos la vida o vivimos los sueños? Sea como sea, soñando y viviendo siempre hay un corazón que, en algún capítulo o en la imaginación de alguna noche, navega náufrago a la deriva sobre el vaivén de las olas, alzando la mirada a inoportunos espejismos de sirenas que confunden. Ese corazón tiene entonces dos opciones: dejarse arrastrar por la marea perdiéndose mar adentro con la única esperanza de arribar en una isla donde la soledad lo ahogue entre montañas inexploradas, o puede mirar más allá del miedo que le producen los espejismos errantes y nadar mansamente hacia la costa donde su ola lo depositará en un rincón tranquilo en el que podrá algún día, abrazado a otro corazón, escuchar cómo las olas recitan versos nunca escritos a la puesta de sol. “Las grandes decisiones dependen tan sólo de uno mismo”.Hay noches en las que la oscuridad se convierte en refugio de las historias que nos imaginamos, aquéllas que, por algún motivo, no nos atrevemos a contar más que a nosotros mismos. Algunas ejercen un extraño poder en nuestra mente tal, que al despertamos siguen ahí, entre la farsa de un sueño y la ansiada fantasía, para acompañamos en los primeros momentos del día. Soñamos despiertos hasta que la propia mañana nos devuelve a la realidad, tan distinta casi siempre a como la queremos ver al cerrar los ojos, acomodar la cabeza sobre la almohada y perdernos entre las sábanas.
Lunes, nueve de la mañana. Virginia dio los buenos días a la recepcionista del bufete con la misma seriedad de cada mañana, amablemente le preguntó si había alguna nota o aviso para ella y, cuando su interlocutora le dijo que don Diego quería verla en la sala de reuniones para entregarle personalmente toda la documentación del caso Malvar, maldijo en su interior el día que le esperaba. Dejó en su despacho el bolso y la chaqueta, cogiendo sólo su teléfono móvil y la agenda. Por un instante miró a la mesa siempre ordenada y limpia arrepintiéndose de la profesión que había elegido. “¿Por qué no habré estudiado periodismo o magisterio?”,
pensó, pero aquel pensamiento era más fruto de la decepción y la desgana consigo misma que de su ideal. El periodismo le parecía una profesión de mentiras consentidas y engaños que manipulaban la información mediante rebuscadas palabras, y en cuanto al magisterio, su devoción y aguante con los niños era bastante nulo; pasar seis o siete horas en un aula encerrada con una veintena de revolucionados chiquillos nunca se le había pasado por la cabeza. No le gustaban los niños ni en sueños. Suspiró y salió con paso firme a reunirse con don Diego, dispuesta a centrarse en el trabajo aun sabiendo que sería una tarea muy difícil que su corazón herido se pusiera de acuerdo con la razón. Mal se le antojaba que empezaba la mañana y peor continuó. Nada más sentarse en el la sala de reuniones, don Diego movió varias de las carpetas que tenía sobre la mesa buscando alguna en concreto, y la mala suerte o el caprichoso mal despertar de lunes, hizo que las carpetas tiraran al suelo el teléfono móvil que Virginia acababa de dejar sobre la mesa junto con la agenda. El viejo aparato se rompió muriendo para siempre.
— Lo siento, Virginia. Lo siento mucho. Soy un torpe. Yo mismo te compro uno nuevo esta tarde. Mañana lo tendrás aquí en cuanto llegues.
— No es necesario, no se preocupe. Ya le quedaba poco para dejar de funcionar — dijo Virginia mientras recogía del suelo los trozos, como si fueran esquirlas de su corazón. ¿Y si la llamaba Silvia? ¿Y si le mandaba un mensaje? En un grito silenciado hacia las entrañas de su ser maldijo a la mañana, al lunes e incluso a su jefe. Se volvió a sentar y, deseando terminar pronto con aquella reunión aburrida escuchó, sin prestar demasiada atención, explicaciones sobre los cientos de folios que se amontonaban en las carpetas. Anotó en la agenda fechas clave, citas con su cliente y con un indeterminado pero amplio número de testigos, sin pararse a pensar en la fama mediática hacia la que podía ser que estuviera dando sus primeros pasos. Después, sin hacer preguntas, lo que a don Diego le resultó extraño, volvió a su despacho con paso firme, pero con la mirada más fría e impenetrable que nunca. Cerró la puerta ras de sí, dejó su mesa la agenda y el móvil roto, buscó en Internet el número de la agencia de Silvia y descolgó el teléfono fijo. Estaba convencida de que la madre de Silvia le habría dicho a ésta que había ido a buscarla y se había acostado tarde con la desesperante espera de un mensaje o de una llamada que no llegó. Marcó el número, pero lejos de disfrutar de un momento agradable en la mañana escuchando al otro lado la voz de la mujer a la que amaba, se llevó la decepción de oír a David.
— Hola. ¿Está Silvia?
— No, lo siento pero hoy no vendrá. Se ha cogido el día libre. Si le puedo ayudar yo en algo...
— No, gracias, preferiría hablar con ella porque es un tema personal. Soy amiga suya. ¿Me podrías dar el número de su móvil?
— Perdone pero tendrá que comprender que no puedo facilitarle esa información — dijo amablemente David sin reconocer la voz de la mujer que un día no mucho tiempo atrás le había hecho casi la misma pregunta en persona.
— Tienes razón, claro que lo entiendo. No te preocupes y gracias de todos modos.
Virginia se dio cuenta entonces de que los humanos caemos fácilmente en el error de la comodidad. Antaño teníamos cuadernos o agendas en los que acumulábamos cientos de número de teléfono, pero la llegada de las nuevas tecnologías las anuló. Ahora almacenamos todos esos datos en la memoria del teléfono o en la tarjeta del mismo, y basta con buscar el nombre de la persona con la que queremos establecer comunicación oral o escrita, no necesitamos marcar el número, lo que hace que no memoricemos casi ninguno, ni siquiera los que utilizamos a diario. Las nuevas tecnologías son tan cómodas como frágiles, por eso
cuando se estropean o se rompen perdemos demasiada información. Una vez más, Virginia deseó haberse quedado en casa aquella mañana extraña. No podría ir a buscar Silvia al trabajo porque no estaba allí, y volver a su casa a buscarla no entraba en las posibilidades de su corazón. Bastante sopor había soportado el día anterior, muy a pesar de la simpatía y amabilidad de la mujer que podría llegar a ser algún día, o no, su suegra. La incertidumbre la volvió a invadir sin dejarla pensar en nada que no fuera Silvia. Se sentó escondiendo el hermoso rostro entre sus manos, sintiendo que en un corto espacio de tiempo había entrado en un mundo nuevo que se le estaba haciendo muy grande, tan desconocido que la aterraba mirar a cualquier lado, caminar en cualquier dirección. Descubrir ante todos lo que era su secreto la llenaba de miedo, pero perder a Silvia era la sensación más angustiosa que su corazón había experimentado a lo largo de sus treinta y dos años. Perder a la mujer que sin querer le había enseñado un nuevo significado de la palabra amor, que le había descubierto secretos que su propia piel tenía ocultos, se le antojaba una puñalada en el alma. Todo cuanto había amado, sentido o deseado en el pasado no se parecía en nada a lo que sentía ahora, una pasión diferente atada a sus pensamientos las veinticuatro horas del día, alterando los latidos de su corazón enamorado. A su vida había llegado anticipada una dulce primavera de color y belleza que, en un abrir y cerrar de ojos, estaba cerca de convertirse en el invierno más frío y oscuro. Tenía miedo. Tenía miedo a que Silvia ya no quisiera seguir descubriendo los secretos de su piel.
Cuando el domingo por la noche Silvia y Valentín llegaron a casa, su madre ya estaba dormida, por lo que Silvia no supo hasta el lunes de la visita inesperada que había ido a buscarla a casa. Había visto la llamada al encender el móvil, pero pensó que no era la hora apropiada para llamar; sin embargo, al recibir la sorpresa de boca de su madre, se levantó apresuradamente e intentó llamarla. No hubo más que la respuesta de una voz fría: “El número al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Si lo desea puede dejar su mensaje...". Lo volvió a marcar durante toda la mañana, sin éxito.
— Silvia, cariño, ¿qué es lo que os pasa? ¿Van bien las cosas entre vosotras?
— Sí mamá, bueno, hemos tenido una pequeña discusión, pero no es nada. No te preocupes.
— Ya, pero ayer no te llamó. Tal vez pensó que estabas de fiesta y se molestó.
— No mamá, ayer me quedé sin batería en el móvil, pero sí me llamó. Supongo que ahora tendrá mucho trabajo o estará en el juzgado y por eso lo tiene apagado.
— Está bien, no hago más preguntas. Parece muy maja, aunque muy seria, a ver si un día la traes a comer a casa.
— ¡Mamá! — exclamó Silvia mientras se servía una taza de café recién hecho.
Silvia le había pedido a David que le hiciera su tumo en la agencia sin explicarle los motivos, sólo le dijo que necesitaba el día libre, por eso el joven se sorprendió al verla entrar en la agencia a media mañana, la misma sorpresa que ella se llevó al ver a Carla. Hacía tiempo que no la veía, aunque ocasionalmente le preguntaba a David por ella. Parecía que por fin había sentado la cabeza.
— Hola Silvia, no esperaba verte hoy por aquí.
— Hola David. Carla, cuánto tiempo. Estás muy guapa. Veo que este chico te cuida bien. — Sí, me cuida bien. Silvia yo... todavía te debo una disculpa.
— No te preocupes. Ya ves que era lo mejor para las dos.
— Perdón, pero, ¿os dais cuenta de que estoy aquí y esto es un poco embarazoso? — dijo David.
— Sí, éste no es el momento ni el lugar — dijo Silvia—. Voy a sacar unos billetes y ya os dejo.
— ¿Amiga mía? Si es mi amiga me podía haber llamado al móvil. ¿Te ha dejado algún recado?
— No, pero me pidió tu teléfono. Supongo que por eso no te llamó porque no tiene tu número.
— Entonces no será muy amiga mía. ¿Se lo has dado? — No, por supuesto que no.
Silvia no se entretuvo demasiado, gestionó una reserva, imprimió los billetes y se puso la chaqueta dispuesta a irse.
— ¿Silvia, podemos tomar un café o tienes mucha prisa? — preguntó Carla levantándose al mismo tiempo que ella.
— Lo siento pero hoy no me apetece. Si quieres la semana que viene quedamos un día y tomamos ese café. Hasta luego chicos.
Los parques, a diferencia de los fines de semana por la mañana, estaban vacíos de niños. Abuelos paseando y gente haciendo deporte los convertían en remansos de paz en medio de las calles ruidosas que los rodeaban. Silvia se sentó en uno de los bancos de madera, donde un sinfín de letras y corazones mezclaban amores de adolescentes dejando allí su testimonio escrito. Probablemente muy pocos de esos romances quinceañeros llegaran lejos para madurar juntos, de la misma manera que ignoraba si su amor, su gran amor, el que le había devuelto la ilusión de una adolescente, continuaría o no. Había sido ella quien había salido corriendo la primera vez, por miedo a enamorarse, del ático de Virginia. Había sido ella quien había salido corriendo en la primera bronca sin querer verla y las consecuencias podían ser desastrosas. Era el momento de salir corriendo de nuevo, pero en la dirección opuesta, al encuentro de la mujer a la que amaba.
Cuando Virginia salió del trabajo a las cinco de la tarde su hermana la esperaba.
— Joder hermanita, te he estado llamando todo el día al móvil y lo tienes apagado.
— Primero hola, ¿no? No lo tengo apagado, el capullo de mi jefe accidentalmente se lo ha cargado. Acompáñame a comprar uno, ¿o es que tienes que ir a algún sitio?
— No, he venido porque me tenías un pelín preocupada y para tomar un café. Venga, te acompaño a la tienda y después me invitas al café y charlamos un rato. ¿Has hablado con Silvia?
— No, no he conseguido hablar con ella. Si te parece bien, el café lo tomamos en casa y te cuento con calma.
— Vale, como quieras.
Virginia no se tomó mucho tiempo en elegir el modelo. Le importaba más tenerlo activado cuanto antes que si tenía o no un montón de aplicaciones que no iba a utilizar.
A las seis y media, Virginia esperaba impaciente a que el móvil tuviese carga de batería suficiente para poder utilizarlo mientras colocaba en el armario la chaqueta y se quitaba las botas y su hermana preparaba café. Sonó el timbre.
— ¿Esperas visita Vir? Ya abro yo.
— Qué graciosilla. Abre, que tú estás más cerca de la puerta. Silvia adivinó quién era la mujer que abría la puerta sólo con verla.
— Hola, quería hablar con Virginia si está en casa — acertó a decir atropelladamente nerviosa.
— Sí.
— ¿Quién es? — preguntó Virginia saliendo de la habitación y encontrando ante sí, como si fuera un espejismo, a Silvia. Se miraron a los ojos y sin palabras expresaron un único sentimiento. No importa quién dio el siguiente paso al encuentro del más deseado beso, al cobijo del necesitado abrazo en el que se fundieron, y tampoco importaba que alguien las estuviese mirando. A Virginia, por primera vez no le importó, como si su hermana no estuviera presente acarició con ternura la cara de Silvia para volver a besarla buscando la eternidad del momento.
— Chicas, si va a seguir subiendo la temperatura del ambiente, mejor me voy — dijo la hermana de Virginia tras la primera sorpresa que le causaba ver a su hermana besando a una mujer. No era lo mismo saber que su hermana amaba a otra mujer que verlas besándose, pero una sonrisa sincera apareció en su cara siendo testigo del emotivo momento.
— No, quédate y tomamos ese café. Después yo misma te invito a irte. Te presento a Silvia.
— Menos mal que ya nos hemos presentado antes, que casi os olvidáis de que estoy yo delante.
Virginia le contó a Silvia durante el rato del café lo que había pasado con su teléfono y supo también que Silvia no había sabido hasta esa misma mañana que había ido a buscarla la tarde anterior. Rieron el cúmulo de despropósitos que se había aliado en su contra hasta que poco después la hermana de Virginia las dejó solas, despidiéndose de Silvia con dos besos y un guiño:
— Cuídamela, que es la única hermana que tengo. — La cuidaré. Te lo prometo.
— Y tú pórtate bien Vir, que me cae bien mi cuñada. — Estás tú muy simpática hoy, ¿no?
A solas, en la misma cama que la primera vez, pero con la pasión provocada por el miedo a perderse la una a la otra, Virginia desnudó lentamente a Silvia, entre besos y caricias, sintiendo cómo las manos de Silvia la liberaban de su ropa; las manos expertas que recuperaban la iniciativa deslizándose por la espalda, por sus piernas. Buscó con sus labios el cuello de Virginia, los hombros, descendió hasta sus pequeños pechos. Se entretuvo allí, notando cómo crecía el deseo en la piel que besaba y siguió descendiendo lentamente hasta el más íntimo rincón del deseo. Se amaron la una a la otra como si no fuera a existir un mañana, entregándose a la pasión desbordada, descubriendo secretos que ocultos en la piel dejaban de ser secretos. Ya no importaba quién supiera de su amor, quién lo entendiera o quién no. Era su historia, sin la necesidad de pedirse perdón con palabras. Sus ojos decían todo cuanto sus labios callaban...
Escrito en el aire quedaba el futuro, sobre la mesilla los billetes para el siguiente fin de semana en Marsella. Sobre la cama la pasión encendida de los secretos de la piel.