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Pepe Prado ElsecretodePablo

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EL SECRETO DE PABLO

PRESENTACION

TIENES ENTRE MANOS, lector amigo, un libro que te cautivará. Escrito con estilo ágil es sobre todo fruto del amor y la admiración que el autor, José H. Prado Flores, ha sentido siempre por Pablo, el atleta de Cristo Jesús.

Pablo de Tarso es, en efecto, el hombre de las mil facetas: a la vez judío, griego y romano; fariseo y cristiano; contemplativo y hombre de acción; evangelizador y maestro; escritor audaz y teólogo profundo; incansable en el andar y encadenado a la inactividad de una cárcel; acompañado de muchos y finalmente desamparado de todos .

Pero ¿cuál será la razón última de su vida y la explicación de su existencia? Es sin duda alguna ¡CRISTO JESUS, EL SEÑOR!, que se le apareció en el camino de Damasco. Frases impactantes y lapidarias, esparcidas a lo largo de sus Epístolas, podrían ser como definiciones de su vida. A los filipenses les confía el secreto: "Para mí el vivir es Cristo, y morir, una ganancia" (Flp 1,21). Y a los gálatas les revela esta confidencia: "La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

Pero el conocimiento de quién es Jesús, llevó a Pablo a cambiar radicalmente su concepto de Dios: El Dios-YHWH (de su religión judía quedó totalmente transformado en "el Padre de nuestro Señor Jesu-Cristo" y en "nuestro Padre"; cercano y generoso, a quien podemos llamar filialmente ¡Abbá!, al impulso del Espíritu Santo, que la testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8,15-16). Qué intimidad tan grande con Dios se percibe cuando el Apóstol escribe a los filipenses: "Doy gracias a MI DIOS cada vez que me acuerdo de vosotros" (Flp 1,3).

Y ¿qué decir de la relación con el Espíritu Santo? Pablo no sólo comprendió que el Espíritu de Dios era quien guiaba sus pasos, preparaba sus caminos y lo impulsaba hasta los confines de la tierra, sino que intuyó ser él mismo un portador del Espíritu; o mejor todavía, un "santuario" en el que habita el Espíritu de Dios: "¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? O ¿no sabéis que vuestro cuerpo es

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santuario del Espíritu Santo que está en vosotros? O ¿no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y que no os pertenecéis?" (1Cor 3,16; 6,19).

Fueron pues, el amor ardiente a Cristo Jesús, la misericordia de nuestro Padre Dios y el fuego devorador del Espíritu, los que lanzaron a Pablo a su incansable carrera evangelizadora. Así lo expone a los corintios: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no proclamara el Evangelio!... Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio" (1Cor 9,16-18). Esta convicción impulsó al Apóstol para correr por todo el mundo llevando de mil maneras la Buena Nueva de Jesús a todos los pueblos, "desde Jerusalén y en todas direcciones hasta el Ilírico", y probablemente después hasta las apartadas regiones de la península ibérica (Cf. Rom 15,19.24).

Además, el apóstol Pablo heredó de Jesús el ejemplo de una entrega absoluta y total de la propia vida, sin cálculos ni restricciones, en aras del amor al prójimo. Por eso escribe a los cristianos de Corinto con acentos de suprema donación personal: "Por mi parte, muy gustosamente me gastaré y me desgastaré totalmente por vosotros. Amándoos más, ¿seré yo menos amado?" (2Cor 12,15).

Una de las notas más características del Apóstol es la riqueza de sus intuiciones teológicas. En nuestra época actual, a partir del Concilio Vaticano II, la teología de la Iglesia se ha renovado profundamente y han sido los textos paulinos los que han proporcionado una luz esclarecedora sobre el tema. Baste recordar aquel pasaje central: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la Palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef 5,25-27).

Querido lector:

Lo que has leído no son sino unas cuantas pautas que quieren introducirte y animarte a correr juntamente con Pablo en esta pista que se llama "el Secreto de Pablo". Toma el libro en tus manos y léelo. Los doce capítulos que lo integran poseen un dinamismo tal, que te sentirás atraído a seguir muy de cerca las huellas del Apóstol de los gentiles en una doble dirección: primero para tener un encuentro nuevo y gozoso con Jesús resucitado -tu camino personal de Damasco- y luego para arder en ideales de

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proclamar la Buena Nueva de Jesús por todas partes, al impulso del Espíritu Santo.

Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S. 29 de junio de 1995. Festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo.

INTRODUCCION

Por mucho tiempo me pregunté dónde radicaba el secreto del éxito apostólico de Pablo de Tarso. Pero entre más contemplaba su figura para desentrañar la clave, más se agigantaba su imagen, sin alcanzar a vislumbrar respuesta satisfactoria.

Mi sorpresa crecía al considerar que si partimos de que Pablo se convirtió hacia el año 36 y murió en el 67, y a esto hay que restarle los tres años de noviciado en Arabia y los cinco de su destierro forzoso en Tarso, quedan solamente 23 años de ministerio. Pero si de acuerdo al testimonio autorizado de San Clemente calculamos sus siete prisiones, tuvo solamente unos 15 años de vida activa. Si todavía consideramos el tiempo que invirtió en recorrer 15,000 kilómetros, con los frecuentes naufragios y asaltos, aparte del tiempo de convalecencia después de sus lapidaciones y las ocho veces en que fue azotado, no entendía cómo pudo influir tan definitivamente en la historia y delinear el derrotero del cristianismo en tan poco tiempo.

Así, mi pregunta, por carecer de respuesta, se fue convirtiendo en admiración por Pablo, aceptando que la vida y la obra del Apóstol eran como navegar en un inmenso mar, donde mis anclas no alcanzaban a tocar fondo para siquiera medir su profundidad. Me merecía tanto respeto, que jamás pensé romper las amarras para osar internarme en ese horizonte sin fronteras. Pero...

...comenzaba el crudo invierno en Polonia en 1992 cuando la Koinonía Giovanni Battista impartíamos un curso de formación de evangelizadores en la ciudad de Wroclaw. Imprevistamente tuve que ofrecer una síntesis de la Escuela de Evangelización. Sin más de 15 minutos para preparar el tema, decidí tomar el perfil de la carrera de Pablo en el estadio, como vehículo del

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mensaje que me proponía comunicar. Al elaborar el esquema y sobre todo al exponer el tema, cada sorpresa superaba a la anterior, pues fue como si de las páginas de sus escritos emergiera la figura del atleta que armonizaba su vida con su mensaje, respondiendo al mismo tiempo a la pregunta tantas veces formulada. La carrera de Pablo, con su punto de partida, su meta y su estrategia, armaban el rompecabezas, para revelar su secreto.

Su carrera había iniciado aquel mediodía en las afueras de Damasco, cuando fue alcanzado por Cristo Jesús. Su encuentro con el resucitado cambió la dirección de su destino. Inmediatamente después se presentaron los entrenadores que lo formaron y su entrenamiento que lo capacitó para cumplir la difícil misión que se le había confiado.

Apareció con toda claridad su itinerario con sus diferentes etapas: comienza con una larga carrera de 'maratón' llevando el 'Evangelio de la gracia' por todas partes y de mil maneras, pero bien pronto se transforma en una 'carrera de obstáculos' por la infinidad de problemas de todo tipo que tiene que enfrentar. Al ampliar su visión se da cuenta que la Palabra no puede depender de nadie. Entonces emprende una 'carrera de relevos' donde él forma y capacita a quienes han de continuar con la antorcha encendida, para que la luz del único Evangelio llegue hasta los confines de la tierra.

Cuando, fatigado, sabe que pronto terminará su tarea, entonces descubre que lo más importante no es correr por todos los areópagos, sino hacer correr la Palabra de Dios. En la recta final acelera el paso en 'una carrera contra reloj' capacitando a los formadores de apóstoles, creando así una reacción en cadena cuyos efectos no se erosionan con el tiempo.

En su última Carta y en el capítulo final de ésta, deja a su discípulo Timoteo su testamento pastoral con el secreto de su fecundidad: "Tú, hijo mío..., cuanto me has oído en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, capaces a su vez de enseñar a otros" (2Tim 2,2).

Al llegar a la meta recibe la corona incorruptible de los vencedores, reconociendo que no se debe tanto a su esfuerzo, sino a la misericordia de Dios.

Y en el corazón de todo, como motivación suprema de su apostolado, la figura de Jesús Mesías que le hace exclamar: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí; y ya no vivo yo, sino que es Cristo

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quien vive en mí". De esta forma resalta que el grande no es Pablo de Tarso sino el Jesús de Pablo.

La sistematización de aquella intuición en Polonia es lo que ahora ofrezco: mi respuesta a la pregunta por qué Pablo tuvo tanto éxito apostólico en tan poco tiempo de ministerio efectivo. Ciertamente las prisiones, destierros, frecuentes viajes y tiempo de predicación son diferentes notas del mismo acorde musical. Es más, estas contingencias fueron el caldo de cultivo que favoreció una cosecha abundante. Hasta su misma muerte es una ganancia.

Estas páginas muestran el itinerario pastoral de Pablo en la imagen que él mismo ha escogido para describir su vocación, su vida, su ministerio y hasta su misma muerte: la carrera del estadio.

Que la Palabra de Dios siga corriendo y sea glorificada, para que en este mundo se manifieste la gloria de Dios en la faz de Cristo, que instaura su Reino de justicia, gozo y paz en el Espíritu Santo.

Junto a la tumba de Pablo en Roma. 3 de diciembre de 1995.

I

INICIA LA CARRERA

La carrera no comienza en el momento que se escucha el disparo de salida. Antes ha existido una larga preparación. Así sucedió en el caso de Saúl de Tarso.

1. La materia prima del atleta

Dios no sólo escogió este vaso de barro para llevar un gran tesoro, sino que El mismo lo preparó de antemano.

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Saúl de Tarso es una de las personalidades que tipifican al ser humano de todos los tiempos y culturas, pues en él confluyen los más variados factores para constituir un hombre. Su vida se entreteje con los mismos hilos de cada historia: éxitos y fracasos, soledad y comunidad, dentro de las coordenadas del tiempo y del espacio.

A. Hombre cosmopolita

Soy de Tarso, ciudad no insignificante: Hech 21,39.

Nació en la capital de la provincia romana de Cilicia, cuyos hijos obtenían por derecho la ciudadanía romana (Hech 22,25-28). La urbe estaba situada al pie de la orgullosa cordillera del Tauro, con sus cumbres nevadas y picos escarpados. Rico centro comercial con permanente tráfico internacional de pueblos de lenguas extrañas y costumbres extravagantes. Saúl sabía que detrás de esa imponente cadena de montañas vivían pueblos bárbaros, sin esperanza y sin Dios.

Tarso, con Alejandría y Atenas, formaban el triángulo de la cultura antigua, y cada una aportaba un aspecto especial al bagaje universal de la ciencia, la literatura o la filosofía.

Las 'Puertas Cilicianas' eran el cruce de la vía imperial de dos mundos: el oriental y el occidental. Saúl estaba en ese puente de culturas y poseía tanto la mentalidad deductiva y conceptual grecorromana de occidente, como la riqueza de la tradición semítica.

Saúl hablaba, pensaba y escribía en griego, así como en arameo palestinense, además del hebreo en el que leía las Santas Escrituras. Conocía la filosofía y literatura clásicas, y llegó a ser un experto en la geografía, la navegación y el deporte. Su amplia cultura esculpió en su alma un mundo sin fronteras que contrastaba con los estrechos límites de su religión judía.

B. Formación religiosa

Saúl es sólo entendido bajo el prisma de la fe que involucra su vida entera, sus tradiciones y creencias. Se trata del núcleo en torno al cual se organiza toda su existencia.

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(Soy) hebreo, hijo de hebreos, de la tribu de Benjamín: Flp 3,5.

Llevaba en sus venas el legítimo orgullo de ser israelita, depositario de la Promesa, la Alianza y la santa Legislación; las tres grandes columnas de la religión de los hijos de Jacob. Presumía pertenecer a la tribu de Benjamín, el hijo menor de Jacob, cuya familia era identificada por ser guerrera y valerosa (Jue 3,15ss; 5,14; 20,46), pero con obstinación para reconocer sus errores (Jue 19-20).

b. Celoso fariseo

He vivido como fariseo, conforme a la secta más estricta de nuestra religión: Hech 26,4.

Hijo de familia farisea estuvo marcado por la piedad Fue circuncidado al octavo día (Flp 3,5) como lo indicaba la legislación judía y basaba su orgullo en esta operación quirúrgica que lo integraba al pueblo elegido de Dios (Gn 17,10-11). A los cinco años ya conocía de memoria el Gran Hallel (Sal 136) y el Shemá (Dt 6,4-13). A los ocho recitaba los Salmos por sí mismo.

A partir de su Bar mitzbá a los trece años en el que se constituía 'hijo del precepto,' su rito de oración incluía orar con su cabeza cubierta con el talit los tefilim enrollados en sus manos y un manto de amplias filacterías para recitar las 18 bendiciones.

Conocía los trece artículos del credo de Israel. Comía sólo los alimentos kosher que garantizaran la pureza y evitaran la contaminación. Sello del verdadero fariseo era su fe en la resurrección de los muertos y el respeto a los padres .

La casa paterna era un santuario del Altísimo, consagrado por la santidad de vida, la práctica de la virtud y el cumplimiento de todos los deberes. El tzitzit (cintas deshiladas que cuelgan de la cintura) indicaba que se trataba de un piadoso israelita que cumplía los mandamientos divinos estipulados en la legislación y las tradiciones. Asistía puntualmente a la sinagoga y guardaba con rigor el descanso sabático. Pagaba el diezmo y ayunaba de acuerdo a las ordenanzas de la Ley . En fin, tenía puesta su confianza en la Alianza del Sinaí que era el camino seguro para obtener la salvación.

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c. Discípulo de Gamaliel

(Fui) instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres: Hech 22,3.

Iniciando apenas la juventud, fue conducido por su padre a Jerusalén, ciudad coronada por la deslumbrante belleza del templo herodiano, con su impecable armonía, el reluciente mármol y las grandes piedras ensambladas en la construcción.

Dos grandes centros de teología competían en la capital teocrática de Israel: la línea dura de la escuela de Shamai, que se apegaba fanáticamente a la letra, y la más flexible y conciliadora, encabezada por Hillel.

Rabí Gamaliel, nieto de Hillel, heredó la autoridad de su abuelo, pero la incrementó con el reconocimiento de todo el pueblo, por su prudencia y buen juicio (Cf. Hech 5,34). Unicamente selectos jóvenes ingresaban a su escuela de formación, para capacitarse en el conocimiento y cumplimiento de la voluntad divina, de acuerdo a las tradiciones y sabiduría de sus antepasados. El discipulado era un sistema de disciplina que pocos soportaban. No cualquiera era admitido a tan selecto grupo; únicamente los que habían pasado por un meticuloso propedéutico, no sólo teórico sino avalado también por su conducta intachable y el celo por la religión de sus ancestros.

Saúl fue uno de estos afortunados que participó en la escuela de Rabí Gamaliel y pasó largos momentos a sus pies, investigando las Escrituras, descifrando los enigmas de los profetas y tratando de develar el misterio del futuro Mesías que liberaría a Israel. Profunda huella dejaría este famoso rabino en la mente y el corazón de Saúl.

El orgulloso hijo de Benjamín no fue un alumno común y corriente, sino que aventajaba a muchos de sus correligionarios (Gal 1,14), superándolos en la estricta observancia de los más mínimos preceptos de la legislación judaica.

C. Profesión: tejedor de tiendas

En el taller paterno aprendió el paciente oficio de tejer tiendas de campaña con la caprichosa piel de las cabras (Hech 18,1-3). Desde pequeño tenía como norma no comer si no había trabajado.

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Se supo valer por sí mismo y con sus propias manos se ganó la vida y hasta conoció buenos amigos que tenían la misma profesión: Aquila y su esposa Priscila. Con ellos probablemente confeccionó un abrigo al que le cobró especial afecto hasta el final de su vida (2Tim 4,13).

Su nada fácil tarea de acomodar y entretejer las burdas telas, se identifica con su misión: procurar la unidad del cuerpo de Cristo. Su pasión será siempre buscar los hilos para unir en una sola fe y un solo Espíritu, los diferentes carismas y ministerios.

2. Guerra a muerte

El fariseo de Tarso de Cilicia era hombre de una sola pieza, sin términos medios ni concesiones. Su fe, oro macizo sin aleación y exento de cualquier sincretismo, valía más que su vida. Por ella era capaz de morir, sin ella no podía vivir.

Un día llega a sus oídos los ecos de la herejía difundida por los nazarenos que se atrevían a negar que la salvación se obtuviera por el cumplimiento de la santa Ley del Sinaí, y suponían que era fruto de la sangre de un tal Jesús, ajusticiado en las afueras de la ciudad de Jerusalén. Si como ellos afirmaban, con Cefas y Juan a la cabeza, "no había otro Nombre dado a los hombres para ser salvados" (Hech 4,12), entonces el Templo, la Ley y el Culto habían perdido su sentido. Además, ese carpintero de Galilea se hacía pasar por Hijo de Dios, herejía jamás concebida por los peores apóstatas de la historia.

A. Declaración de guerra

Entonces declaró la guerra a Jesús: El mismo describe la radicalidad de su postura cuando afirma delante del tribuno de la cohorte romana:

yo perseguí a muerte a este camino: Hech 22,4.

Cuando el atleta de Cristo usa esta expresión tiene en cuenta a los gladiadores del estadio romano, que luchaban a muerte. La batalla terminaba hasta que uno mataba a su contrincante. Alguno tenía que morir. Cuando Saúl se enfrasca en esta lucha sabe que tendrá que exponer su vida, si no gana, tendrá que morir...

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Saúl tomó la espada de la Palabra revelada, y esgrimiendo argumentos irrefutables, descalificaba totalmente al galileo muerto en la cruz:

Maldito todo el que está colgado de un madero: Dt 21,23, Gal 3,13.

Esta era su arma y su justificación para acabar con esta plaga que había contaminado a doctos escribas y hasta no pocos sacerdotes (Hech 6,7). Su seguridad se basaba en la verdad de la Palabra de Dios.

Como sus discursos no lograban detener este virus que inoculaba al judaísmo, decidió tomar la vía de la persecución. Se autonombró inquisidor oficial y empuñó el sable de la violencia para encadenar y apresar a los seguidores de El Camino, como se llamaba la incipiente secta de los seguidores del maestro de la Galilea de los gentiles. Una de sus aficiones predilectas era torturar a los discípulos hasta hacerlos blasfemar contra su Cristo al que llamaban Jesús (Hech 26,11).

Un día en el Sanedrín jerosolimitano los escribas discutían agriamente contra un ex-discípulo de Gamaliel y compañero de Saúl, que había traicionado su religión y su fe para pasarse al bando enemigo. Se llamaba Esteban. Poseía una sabiduría que nadie podía resistir, y guardaba un lugar especial en la jerarquía de la secta de los nazarenos. Con la lógica de la verdad y textos bíblicos, el joven seguidor de El Camino aseguraba que "el Altísimo no habitaba en casas hechas por mano de hombres" (Hech 7,48). Esto significaba negar su presencia en el Santo Templo de Jerusalén e implicaba su ausencia cuando se le ofrecían los sacrificios y holocaustos.

Esteban, con autoridad soberana dejó el camino de la discusión para adentrarse en la palestra de la acusación: "duros de corazón, igual que sus padres, ustedes siempre resisten al Espíritu Santo". Sin temor, los calificó tanto de traidores y asesinos, como de infieles a la Lev (Hech 7,52-53).

Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él: Hech 7,54.

El diagnóstico del discípulo era demasiado difícil de digerir por los piadosos judíos. Por eso presentaron un mecanismo de defensa: enojarse. Pero, Esteban en vez de moderar su lenguaje, levantando los ojos al cielo aseguró:

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Veo la gloria de Dios y al Hijo del hombre de pie a la derecha de su trono: Hech 7,55.

Lo más sublime que un piadoso israelita podía anhelar, era contemplar la gloria de Dios. Moisés lo solicitó en la cumbre del monte Horeb, pero le fue negado. La gloria de Dios es su manifestación poderosa que salva. Es el esplendor de la esencia divina que el hombre no puede encerrar en su entendimiento. Esteban veía lo que el mismo legislador de Israel no había podido obtener.

Además afirmaba que a la diestra del poder divino estaba Jesús de pie. "Ese Nazareno," como despectivamente lo llamaban las autoridades de la capital (Hech 6,14), considerado un blasfemo por el supremo Sanedrín de Israel, había sido glorificado. Dios, haciendo justicia, le había otorgado un puesto de honor a su derecha. De esta forma, Dios condenaba al tribunal que había juzgado a Jesús.

Entonces, irritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una contra él: Hech 7,57.

No querían escuchar. No les convenía. Entonces lo sacaron a empujones del sacro recinto hasta echarlo fuera de las murallas de la ciudad santa e hicieron caer un diluvio de piedras sobre el mártir, que valientemente pagaba el precio de su fe (Hech 22,20; 26,10; Gal 1,23; 1Cor 15,9).

Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saúl: Hech 7,58.

El joven Saúl sostenía los mantos de quienes lapidaban a Esteban. Agustín de Hipona sugiere que al detener los vestidos de todos los verdugos, Saúl tiraba las piedras de cada uno de ellos. Este ferviente fariseo colaboraba para que se ejecutara la pena capital sobre el primer mártir cristiano. Con razón el texto sagrado afirma:

Saúl aprobaba su muerte: Hech 8,1.

Esteban muere de la misma forma que su maestro, perdonando y entregando su espíritu en las manos de Dios. Aquel maestro de Galilea se reproducía en sus discípulos. Así, Jesús resultaba más peligroso muerto que vivo. Por tanto, no bastaba extirpar la vid de agrios frutos, sino que había que arrancar todos aquellos sarmientos que amenazaban extenderse por el mundo entero. Era un asunto de vida o muerte. Por tanto Saúl decide perseguir vorazmente a los seguidores de El Camino.

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B. La guerra total

Ese mismo día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén: Hech 8,1.

Con la muerte de Esteban, el Cuerpo de Cristo estaba herido. Saúl entonces decide ir hasta el fondo y acabar de una vez por todas con su enemigo:

Entretanto Saúl hacía estragos en la Iglesia; entraba en las casas, se llevaba por la fuerza a hombres y mujeres, y los metía en la cárcel: Hech 8,3.

Como se trataba de una guerra a muerte, Saúl "contribuía con su voto cuando se condenaba a muerte" a los seguidores de Jesús (Hech 26,10). En la guerra a muerte hay que inmovilizar primero al enemigo para luego atestar el golpe mortal. Por eso es muy lógico el relato de Lucas que describe las intenciones de Saúl

Respiraba muerte y amenazas contra los discípulos del Señor: Hech 9,1.

Su aliento estaba compuesto de dos movimientos: inspiraba amenazas y expiraba muerte. Para liquidar al enemigo tenía que cerrar todas las puertas para que no escapara:

Frecuentemente recorría todas las sinagogas, y a fuerza de castigos les obligaba a blasfemar, y rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras: Hech 26,11.

Inquisidor implacable tenía a sus órdenes espías y soldados. Realizaba cateos a domicilio y secuestraba a sus víctimas a media noche, los conducía a sótanos donde a base de torturas y coacciones no sólo les arrancaba blasfemias contra su Cristo, sino que el mismo se gozaba en maldecir al Galileo (1Tim 1,13).

No se trataba de un mercenario o perseguidor ordinario Lo hacía encarnizadamente, sobresaliendo en celo a todos sus correligionarios. A galope tendido buscaba cualquier vestigio de los nazarenos para acabar con ellos. Su cruel fama traspasó las fronteras de Judea y Galilea hasta alcanzar

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la capital de los arameos, donde ya se sabía "todo el mal que causaba a los santos de Jerusalén" (Hech 9,13).

Se creía tan justo y mejor que los demás, que se volvía intransigente con todo mundo. No toleraba que alguien fuera diferente. Saúl no aceptaba que los discípulos del Galileo afirmaran que la salvación no dependía del cumplimiento de la Ley. Consentir con esta herejía, era cortar las alas a la religión de sus antepasados. ¿Qué caso tenía entonces la Elección y la Alianza del Sinaí cuando Dios reveló su voluntad al Pueblo de sus preferencias? No era cuestión accidental, sino de una plaga que atentaba contra las raíces de su fe.

La vida de Saúl tenía un sentido: acabar con la nefasta secta de los nazarenos. Incluso arriesgaba su vida con este solo objetivo.

II

ALCANZADO POR CRISTO

Con el único propósito de acabar definitivamente con la peligrosa plaga, se da a la caza de "los seguidores de El Camino" (Hech 9,1-2). Tomando todas las precauciones se reviste de la autoridad religiosa del Sumo Sacerdote para apresar y traer atados a quienes sigan las enseñanzas de El Nazareno.

Abanderando el estandarte de la ortodoxia, salió de Jerusalén por la puerta norte, donde no lejos se encontraba el sepulcro de Esteban, cuya sangre estimulaba a Saúl para perseguir con más furia a quienes confesaban con su boca que Jesús era el Señor. Su meta era llegar a la ciudad de Damasco a 250 kilómetros de distancia.

Se necesitaban ocho jornadas de caravana por la meseta pedregosa de Judea, transitando luego por los campos de Samaria. Paso obligado era reposar un poco junto al pozo que el patriarca Jacob había dado a sus hijos y ganados, pero donde también un día el Maestro de Galilea había prometido el agua viva que salta hasta la vida eterna. No ocultó su rabia al contemplar aquellas dos montañas de maldición y bendición: el Ebal y el Garizim, donde los heréticos samaritanos afirmaban que se debía adorar al Dios verdadero.

Cruzó la planicie de Gelboé, donde mil años antes su homónimo el rey Saúl, también benjaminita como él, perdió la batalla y la vida junto con su

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hijo Jonatán. ¡Qué trágica vida la del efímero rey de Israel! Cuando salió a buscar las burras que se le habían perdido, encontró un reino. Pero cuando quiso defenderlo, perdió la vida. La historia le dio dos reveses inesperados en un corto espacio de tiempo. Por la cabeza de este sabio conocedor de la historia de Israel, debió haber pasado la idea de que todo es transitorio y la agenda se muda cuando menos se espera.

Contempló las cumbres nevadas del Hermón, y después de peregrinar por el desierto de Gadara descubrió el verde oasis de la llanura de Damasco, bautizada por las frescas aguas de los ríos Badara y Farfar, de los cuales se enorgullecían con sobrada razón sus habitantes. Cuando ya estaba por cruzar la frontera formada por el collar de granados, palmeras y mirtos, sucedió lo inaudito.

1. Las siete columnas de Damasco

La capital aramea era famosa en la antigüedad por su gran avenida central de dos kilómetros de largo y 39 metros de ancho, así como por sus pórticos de sólidas columnas.

Nos centraremos en los siete puntos más importantes del acontecimiento carismático de Saúl y lo llamaremos "las siete columnas de Damasco", para presentar los elementos claves del momento definitivo de la guerra a muerte que Saúl había declarado a Jesús.

A. De repente

En una guerra, como en cualquier combate, el ataque por sorpresa es clave. Si se logra sorprender al enemigo en el lugar y momento dónde menos lo espera, se le puede atestar un golpe definitivo.

El embajador del Sanedrín de Jerusalén había elaborado una agenda muy apretada, que le impedía perder el tiempo o distraerse en otros asuntos. Había planificado cuidadosamente cada minuto de su breve estancia en la capital del legendario imperio arameo. En el momento en que toda su atención estaba centrada en su ataque y su defensa era descuidada, fue sorprendido:

Cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente le rodeo una luz venida del cielo: Hech 9,3.

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Cuándo y dónde menos lo pensaba, su programa se hace añicos. Dios acostumbra actuar de improviso, cuando nadie lo espera y rompe los moldes preestablecidos. "De repente suceden los acontecimientos más importantes en la Historia de la Salvación: el llamado de Abram en Harán, no lejos de Damasco, o el de Moisés 'más allá del desierto'. "De repente" se encuentra la perla preciosa o regresa el Hijo del hombre en medio de la noche, como el relámpago o ladrón, que jamás avisan su visita. "De repente" también vino el ruido del cielo el día de Pentecostés.

Cuando se encontraba en territorio pagano, es decir el lugar más impropio para que Dios se manifestara, Saúl fue atacado de improviso. Además, no estaba en oración, ni había ayunado, ni menos ofrecido algún sacrificio. Años más tarde él mismo dirá: "Dios tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que nosotros podemos pedir o pensar" (Ef 3,20).

B. Luz intensa al mediodía

Saúl cuenta su inolvidable experiencia:

Yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el medio día, me envolvió una gran luz venida del cielo, más fuerte que la luz del sol: Hech 22,6; 26,13.

La referencia "al mediodía", no es un simple dato cronológico, sino que representa el momento en que brillaba más la luz de la verdad en la vida espiritual de Saúl. Cuando más seguro estaba de transitar por el camino luminoso de la verdad, aparece un nuevo capítulo que él jamás había imaginado.

Además, la luz 'viene del cielo', para dar a entender que la iniciativa la toma el Todopoderoso. No es la criatura la que alcanza a Dios, sino el Señor quien sale al encuentro del hombre (Flp 3,12). Más tarde él mismo argumentará en tono apologético: "Yo no recibí el Evangelio, por mediación de hombre alguno, sino por revelación de Jesu-Cristo" (Gal 1,12).

C. Cayó por tierra

En pleno campo de batalla, el Señor le asestó el primer golpe, que fue definitivo. El mismo Saúl cuenta las consecuencias:

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Caí al suelo: Hech 22,7.

Fue tan fuerte y sorpresivo el impacto, que Saúl perdió el equilibrio y cayó a tierra. Ni siquiera sabía lo que había sucedido.

Generalmente los predicadores afirman que Saúl cayó del caballo, aunque el texto no precise cuál era su vehículo de transportación. Lo esencial está implícito en la escena: El fariseo ya no puede sostenerse en ninguno de los apoyos del pasado. Sus soportes humanos así como sus seguridades caen en las movedizas arenas del desierto. Para construir un nuevo Pablo, es necesario que el viejo Saúl se erosione. Con razón los pintores muestran esta realidad con un hombre que ya no lleva las riendas de su existencia ni es capaz de dirigir su vida de acuerdo a su esquema y agenda.

Todo el diálogo se realizará mientras Saúl yace en el suelo, desprovisto de la propia justicia que proviene de sus buenas obras.

Mientras el hombre cabalgue en sus seguridades y lleve las riendas de su destino, no se puede entrar en una relación de tú a tú con el designio divino. El ser humano tiene que ubicarse en su esfera de criatura para poder dialogar con Dios. Sólo desde el barro del que fuimos hechos, tomamos nuestra exacta perspectiva. No hay otro invernadero donde fecunde el conocimiento del Dios verdadero, sino postrado en la frágil arcilla de los límites. Moisés tuvo también que desprenderse de sus sandalias para acercarse al misterio de la zarza ardiente que no se consumía.

D. El diálogo en lengua hebrea

De pronto Saúl escucha una voz en su propia lengua. Es suave y fuerte a la vez. Se parece a la palabra de los profetas. La Palabra misma le habla:

Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Hech 9,4.

'Duro te es dar coces contra el aguijón. Es inútil que te resistas. Ya he puesto mi mano sobre ti y no te me puedes escapar. Soy más fuerte que tú y corro más aprisa que tú. Te tengo cercado. Es mejor que depongas las armas y te des por vencido, porque te he llamado desde el seno materno para consagrarte maestro de mi pueblo y luz de las naciones. Has corrido demasiado, Saúl, pero por fin te he dado alcance... Ya estás derrotado'.

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El perseguidor, en la total ignorancia, quiere saber contra quién está luchando. Debe medir las fuerzas de su contrincante para decidir si vale la pena pelear, o debe rendirse y entregar incondicionalmente su vida. Por eso pregunta:

¿Quién eres, Señor?: Hech 9,5.

Saúl no reconoce al que lo ha llamado por su nombre y le ha hablado en su propia lengua. Necesita una identificación completa y pide las credenciales de quien está frente a él. La Palabra le responde:

Yo soy Jesús, a quien tú persigues: Hech 9,5.

'El nacido de mujer, nacido bajo la Ley, que murió ignominiosamente en un madero, locura para los gentiles y escándalo para los judíos, pero que se ha transformado en fuerza y sabiduría de Dios. Yo soy de condición divina, pero no he retenido ávidamente el ser igual a Dios, antes bien, me anonadé y me hice obediente hasta la muerte y muerte de cruz, pero Dios me glorificó. Ese Nombre, Saúl, que tantas veces tú has maldecido, esta sobre todo nombre. Ante mí se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra'.

'Yo soy ese que por haber sido crucificado fue considerado un maldito de Dios. Pero yo me hice maldición para cargar la maldición de los hombres. Es más, sin tener pecado me hice pecado para que el pecado muriera en la cruz'.

'Yo soy la imagen visible del Dios invisible del Sinaí, el primogénito de toda la creación, la cabeza del cuerpo. Ya no son necesarios los sacrificios del templo, porque ahora por mi sangre se obtiene la redención. Yo soy el nuevo propiciatorio y por mi muerte en la cruz fueron perdonados los pecados, incluyendo los tuyos, Saúl'.

'Por mí han sido elegidos todos los hombres para ser hijos adoptivos, y el que crea en su corazón que yo soy el Señor y confiese con su boca que he sido resucitado de entre los muertos, será salvo'.

Cuando la presencia de El Resucitado conmovía las cimientos de la fe de sus antepasados, aquella voz se dirigió personalmente a él y le confesó: 'Yo soy Jesús, que te amé y me entregué por ti, Saúl'.

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Jesús le aclara: 'por haber sido derrotado en la lucha contra mí, tenías que morir, Saúl. Pero yo ya morí por ti en la cruz, para que tú vivas. Te he amado tanto que me entregué a la muerte en vez de ti. Pero he resucitado y de ahora en adelante soy yo el que viviré en ti'.

El encuentro con Jesús cabeza implicaba también un encuentro con todo su cuerpo:

'Existe un binomio indisoluble entre los míos y yo mismo. Formamos un solo cuerpo con variedad de funciones, pero vinculados por un mismo Espíritu. Yo soy a quien tú persigues. Todo lo que haces al más pequeño de los míos, lo haces a mí mismo, pues en mí todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión. Mis discípulos no sólo me pertenecen, sino que también son parte mía. Yo vivo en ellos y ellos en mí, Saúl'.

El discípulo de Gamaliel comprende la unión entre Jesús cabeza y todo el cuerpo. Será heraldo de esta verdad, columna vertebral de su teología. Saúl creía que Jesús estaba muerto y resulta que está vivo. El crucificado ha resucitado. Pero lo que no pudo resistir fue saber que había sido amado a tal punto, que uno había dado su vida por él. Entonces depone todas las armas.

E. Rendición total: ¿Qué he de hacer, Señor?

Saúl reconoce su derrota y firma su rendición incondicional. Había luchado tantas veces y por tanto tiempo contra los seguidores de El Camino, que una vez alcanzado por Cristo Jesús estampa su firma de capitulación en una pregunta:

¿Qué he de hacer, Señor?: Hech 22,10.

Como héroe había defendido su fortaleza. Las murallas con sus almenas habían sucumbido en la batalla, pero una vez vencido, se rinde y pone a disposición del que 'lo tiró del caballo'. El que todo lo sabía, el celoso fariseo que se jactaba de conocer y cumplir la voluntad divina, ahora acepta que no sabe nada y que debe iniciar nuevamente su carrera, partiendo de cero.

"Nada se puede contra la verdad" (2Cor 13,8), podría ser su mejor comentario de todo este combate.

La plenitud de los tiempos daba una diferente perspectiva a las promesas de salvación y al mesianismo. En vez de las aseveraciones

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dogmáticas del pasado, ahora sólo tiene preguntas y dudas: ¿Cuál es el sentido del templo con sus sacrificios? ¿Es válida todavía la legislación del Sinaí? ¿El Dios de Israel es también el Dios de los griegos y pueblos bárbaros?

F. Ciego

No veía nada: Hech 9,8.

El fenómeno superaba los estrechos límites de sus concepciones mentales. La dosis de revelación fue tan abundante, que no pudo soportar tan gran luminosidad. De un solo golpe vio al Resucitado y alrededor de su pasión y resurrección, se reorganizó su vida entera. Su fe había siempre rotado alrededor de la Ley y la Antigua Alianza. Pero de pronto había aparecido un nuevo polo de atracción mucho más poderoso, que lo obligaba a crear un sistema que no giraba en torno de la Promesa, sino del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. La Promesa y la Descendencia se identificaban con Jesús. El misterioso Siervo de YHWH presentado por Isaías, era El Nazareno.

Saúl mismo explica que el exceso de luz también produce ceguera.

Yo no veía a causa del resplandor de aquella luz: Hech 22,11.

Así como cuando uno se encuentra con el sol de frente, es necesario cerrar los ojos, así Saúl tenía que filtrar en el tiempo lo que acababa de experimentar. Estaba tan encandilado por la luz inaccesible del camino de Damasco, que no podía ver. La ceguera de Saúl es el síntoma normal de aquel que ha sido iluminado por la luz de la verdad de Dios mismo. Ya no considera las cosas y el mundo como antes. Ha perdido la seguridad de sus dogmas y paradigmas.

Para Saúl fue tan impactante el hecho, que años después todavía recuerda que fue "conducido de la mano por sus compañeros" (Hech 22,11). Aquel que comandaba la caravana por el misterioso desierto, ahora debía ser llevado de la mano por otros que le hicieran el favor de guiarlo. El autosuficiente fariseo que gozaba de la confianza de las más altas autoridades religiosas, había perdido la brújula de su vida.

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Saúl había preguntado por su nuevo destino. Jesús le respondió:

Levántate y vete a Damasco. Allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas: Hech 22,10.

Se le ordena ingresar en Damasco. O sea, hacer lo mismo que él tenía planeado, pero de manera diferente. Saúl está aprendiendo que no basta realizar lo que Dios quiere, sino que es preciso cambiar las motivaciones. Debe entrar a la misma ciudad, pero con otra actitud a la que originalmente traía en su corazón.

Jesús no le descubre el itinerario completo. Simplemente el nuevo destino de su existencia. Hubiera sido un exceso de revelación que no estaba capacitado para resistir. Es mejor seguir el lento proceso donde el tiempo madura y profundiza la experiencia. La fórmula "se te dirá" es clásica para expresar 'Dios te va a revelar'. El Señor pudo haberle diseñado directamente cada paso de su vocación y misión, pero prefiere el camino más largo de la mediación humana. Es un discípulo, Ananías, quien debe completar el mensaje del Señor:

Este es para mí un instrumento de elección que cargue mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel: Hech 9,15.

Este discípulo de Damasco tiene el encargo de buscarlo para llenarlo del Espíritu Santo e insertarlo en la muerte y resurrección de Jesús mediante el bautismo. Gracias a Ananías caen las escamas de la ignorancia y Saúl vislumbra un nuevo horizonte en su existencia.

En su defensa frente al rey Agripa, declara que en Damasco fue nombrado "servidor y testigo" de lo que se le manifestó (Hech 26,16). Damasco cambió la dirección de la vida de este ferviente fariseo.

Serás su testigo delante de todos los hombres de todo lo que has visto y oído: Hech 22,15.

Ahora se le encomienda una misión sin reservas. El Cardenal Martini es muy enfático cuando afirma: "A quien se había equivocado en todo, se le confía todo" (Martini). Su misión se expresa de una forma que debería estar reservada exclusivamente para Jesús: "Te he puesto como 'luz de los gentiles' para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra" (Hech 13,47). Su misión es gloriosa: "Es para mí un instrumento de elección". Sin embargo

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su trabajo no es nada fácil: "cargar" el Nombre de Jesús (Hech 9,15). El verbo cargar' da a entender soportar un fuerte peso, que a veces hasta llega a ser insoportable (Hech 15,10). La carrera será fatigosa y requerirá un esfuerzo permanente.

Saúl, alcanzado y vencido por Jesús, pasó tres días sin ver, comer ni beber, para simbolizar la muerte del gladiador derrotado en el estadio. Tiene que esperar al Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos (portado por Ananías), le dé vida a su cuerpo mortal (Rom 8,11).

2. Punto de apoyo: Empuñado por Cristo

En su guerra a muerte contra la herejía de los nazarenos defendió tenazmente su territorio. Pero fue sitiado y capturado de la forma más sorpresiva:

Fui yo mismo empuñado por Cristo: Flp 3,12.

Aunque la versión española de la Biblia de Jerusalén traduce "alcanzado por Cristo", prefiero en este caso la versión de P. Luzi "empuñado por Cristo".

Con la fuerza que se toma una espada, así Jesús apresó a Saúl entre sus manos para no soltarlo más. Si al Apóstol de los gentiles se le representa casi siempre con la espada de la Palabra en la mano, es también cierto que Saúl mismo es una espada en las manos de Cristo Jesús.

Sin previo aviso y 'de repente' Jesús resucitado le salió al encuentro para cambiar el derrotero de su vida. Momento tan inesperado como dramático. El perseguidor era perseguido y alcanzado por quien jamás lo dejaría.

Si todo atleta precisa un firme apoyo para iniciar la carrera, el punto de partida del Apóstol se basa en su encuentro personal con Jesús resucitado. Fue una experiencia tan indeleble que se convirtió en su motor y su fuerza para soportar la carrera de obstáculos, prisiones, enfermedades, naufragios, hambres, y lo más difícil, la traición de los falsos hermanos o cuando sus propios amigos niegan conocerlo en circunstancias comprometedoras (2Cor 6,9; 2Tim 4,16).... el Apóstol sabía que había sido empuñado por Cristo.

Damasco es tan definitivo que, cuando alguien cuestione su autoridad apostólica, responderá con un argumento que nadie le pueda rebatir:

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¿Acaso yo no he visto al Señor Jesús?: 1Cor 9,1.

Si hay quienes duden de su capacidad para anunciar a Jesús por no pertenecer al grupo de los Doce, ni menos a los "superapóstoles" (2Cor 12,11), sus detractores deben saber que un día su credencial apostólica fue sellada en territorio arameo.

Sin Damasco no hay misión, pues de otra forma la predicación, en vez de ser un testimonio, se convierte en propaganda o repetición de lo que simplemente se tiene en la cabeza, pero sin el fuego de la experiencia que descongela las frías ideas del entendimiento.

Al final de su vida, preso por Cristo, hace el recuento de su historia y sobresale el recuerdo, todavía fresco y lleno de emotividad, de aquel día en que Dios lo sorprendió tomándolo entre sus manos como una espada que jamás soltaría:

Yo, que fui un perseguidor blasfemo e insolente, encontré misericordia y fui considerado digno de confianza al colocarme en el ministerio, porque obré por ignorancia en mi infidelidad: 1Tim 12-13.

3. Señal de salida

El atleta no comienza a correr cuando quiere. Es necesario escuchar el disparo de salida. El llamado y el envío indican el inicio de toda carrera apostólica.

A. El llamado

'El llamado' explícito para ser auténtico evangelizador es como el disparo de salida de toda carrera. Saúl nunca decidió ni se imaginó ser un apóstol de Cristo Jesús. Al contrario. Sin mérito previo, fue separado desde el seno materno (Gal 1,15). El escuchó la voz de Jesús que lo llamó dos veces por su nombre en la lengua de sus antepasados. Tiene la certeza de haber sido escogido gratuitamente para esta misión. En el momento que arrecien los combates y aparezcan las sombras en el horizonte, la luz de aquel mediodía de Damasco siempre será más poderosa para diluir todo nubarrón. Cuando naufrague, lo traicionen los suyos, en la soledad de la cárcel o en medio de las persecuciones, aquella voz lo mantendrá firme en su vocación.

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B. El envío

¿Cómo predicarán si no son enviados?: Rom 10,15.

El apóstol es el enviado por excelencia. 'Enviado' implica que existe otro que envía, el cual por supuesto, tiene más autoridad que él, pero también lo reviste de su misma fuerza, convirtiéndolo en su embajador (2Cor 5,20).

La misión de Pablo proviene directamente de Dios, sin mediación de hombre alguno (Gal 1,1), aunque más tarde deba ser confirmado por la comunidad de Antioquía (Hech 13,1-3) y por los Apóstoles de Jerusalén (Gal 2,79). Cuando posteriormente afirme que nadie puede predicar sin ser enviado, lo aplica en primer lugar a sí mismo. No podría exigir a otros algo que él mismo no hubiera cumplido. Como toda vocación profética, no depende de la propia iniciativa sino de un llamado de Dios a cumplir una tarea, que la mayoría de las veces será ingrata y difícil.

4. Nuevo calendario

Al llegar la plenitud de los tiempos y al aceptarla Saúl, todo lo viejo pasa. Sus antiguos esquemas se evaporan, como el agua en el árido desierto. La religión de sus padres tenía necesidad de una radical revisión a la luz de Damasco.

En la capital pagana de los arameos reinicia el calendario de su existencia. Por eso cuando posteriormente se refiera a "tres años después" o "catorce años después" (Gal 1,18), estará tomando como punto de referencia, su experiencia de Damasco. "Antes de este acontecimiento que partió en dos aguas su vida, todo era distinto. Después todo será diferente", comenta el Cardenal Martini. O como afirma J. Jeremías: "La clave para entender a Pablo se llama Damasco". Por eso, en el himno de su vida, cada acontecimiento debe ser leído en la clave de lo que le sucedió en el camino de Damasco.

5. Conclusión

Su vida tiene dos partes: "Sin Cristo" y "En Cristo". Notemos que no es 'Sin' Cristo y 'con' Cristo, sino algo mucho más profundo y definitivo: 'En' Cristo'. Pablo no sólo vive con Jesús, sino en él.

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III

CINCO CAMBIOS Y UNA CONVERSION

Cuando Jesús alcanzó a Saulo en su carrera, se inició una continua metamorfosis en la mente y el corazón del hijo de Benjamín. Las columnas de su fe se erosionaron frente a las murallas de Damasco. Había que releer otra vez las Escrituras a la luz del resplandor venido del cielo para ubicar los nuevos horizontes que aparecían en la historia del fariseo de Tarso. La plenitud de los tiempos organizaba los ingredientes de su fe de forma diferente, pero cambiaba su corazón de manera radical.

1. Cinco cambios

Cinco cambios fueron los engranes del nuevo sistema religioso del antiguo perseguidor de los cristianos.

A. De la Ley a la Gracia

Frente a la experiencia de haber sido alcanzado gratuitamente por el amor de Dios, la primera base que comienza a tambalearse es la de la santa legislación del Sinaí.

De acuerdo a la mentalidad judía, la salvación partía del siguiente principio:

Moisés escribe acerca de la justicia que nace de la Ley: Quien la cumpla, vivirá por ella: Rom 10,5.

La interpretación era más o menos la siguiente: Dios hizo una Alianza con su pueblo y le otorgó la Ley para que, cumpliéndola, obtuviera todas las bendiciones terrenales y celestiales Por tanto, quien se presentaba ante Dios con las manos llenas de buenas obras, merecía la visa para internarse en las moradas celestiales junto con los patriarcas y justos del pueblo de Dios. Pero quien no había cumplido la voluntad divina, sería privado por siempre de la felicidad. La Ley era considerada como la balanza en la cual sería pesada la

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conducta de cada uno, para así decidir su suerte eterna. Todo dependía del hombre y su esfuerzo personal.

La Ley, que había sido dada como signo de elección, se fue complicando más y más hasta sumar 613 artículos, algunos de los cuales se subdividían tanto que el resultado era una cadena interminable de minucias, que constituían un peso intolerable que nadie podía soportar (Hech 15,10).

Saulo, revisando su vida de celoso fariseo, constata que la Ley no ha sido capaz de cambiar el corazón de los hombres; antes bien, les ha dado el conocimiento del pecado. "Yo no sabría que la concupiscencia es mala si la Ley no me dijera: 'no te des a la concupiscencia" (Rom 7,7). La Ley sólo indicaba la obligación, pero en vez de favorecer su cumplimiento, provocaba la transgresión (Rom 4,15; 7,7-11). "El pecado", confiesa Saulo, "tomando ocasión por medio del precepto, suscitó en mí todo género de concupiscencias". En cuanto se prohibe no robar o no adulterar, se despierta la ponzoña del pecado con toda clase de apetitos contrarios a la legislación. Por tanto, en vez de ayudar a mantenerse en la rectitud, invitaba a la violación del precepto. Por eso concluye con cierto pesimismo: "La fuerza del pecado es la Ley" (1Cor 15,56), pues "yo no hubiera conocido el pecado sin la Ley" (Rom 7,7-13), ya que "donde no hay Ley no hay transgresión" (Rom 4,15).

Es más, la Ley era una tenaza que aprisionaba al hombre por ambos lados: Si alguno creía cumplirla, podía sentirse ufano delante de Dios y superior con respecto de los hombres. Pero si fallaba, se condenaba a sí mismo. De esta forma se encontraba atrapado en dos caminos que lo llevaban al mismo despeñadero.

Los que viven en las obras de la Ley, incurren en maldición: Gal 3,10.

Aquello que antes era para Saulo motivo de orgullo, se convierte en causa de maldición y muerte, pues cuando el hombre intenta ser su propio salvador, "la letra (Ley) mata' (2Cor 3,6). En vez de salvarlo, lo expone bajo la cólera de Dios, ya que no cumple la Ley que al fin lo juzga.

¿Era pues mala la Ley? No, pero su vigencia era temporal, pues debía terminar cuando llegara la plenitud de los tiempos. Se trataba simplemente de un pedagogo para llevarnos a Cristo (Gal 3,24). Por tanto, cuando Dios envió a su Hijo nacido de mujer para rescatar a todos los que estaban bajo la Ley (Gal 4,4-5), ésta perdió su valor.

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b. La Gracia

Si el hombre no se salva cumpliendo la Ley, entonces ¿cómo se salva? El gran descubrimiento de Saulo radica en comprender que la salvación es gratuita. Esto no lo logró por una idea o verdad infusa que entrara en su entendimiento, sino mediante una experiencia que cambió toda su teología:

Continúo mi carrera... habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús: Flp 3,12.

Corría persiguiendo a Jesús, pero antes de lograrlo, fue alcanzado por él en el camino de Damasco. Lo que era imposible para el justo fariseo con su esfuerzo personal, lo hizo Jesús por él y en él. Por tanto, Saulo entiende que "no se trata de correr, sino de que Dios tenga misericordia" (Rom 9,16).

Así, Saulo constata que la salvación es gracia = gratuidad, y no depende de los méritos del hombre. Las puertas del paraíso están selladas y nadie puede regresar allá por sí mismo, ni es capaz tampoco de construir una torre que llegue hasta el cielo. El camino es al revés: Dios ha enviado a su Hijo Unico a este mundo, especialmente a los pecadores, para que donde abunde el pecado sobreabunde su amor misericordioso. Esta acción del amor gratuito e incondicional de Dios está incluida en el concepto paulino de gracia. "En Damasco toma conciencia de la omnipotencia de la gracia" (J. Jeremías).

El Cardenal Martini comenta el hecho: "(De parte de Pablo) no hubo esfuerzo, meditación, ejercicios espirituales, largas oraciones ni ayunos. Todo le fue dado, para que fuera signo del Dios misericordioso para todos los pueblos, ya que su iniciativa precede siempre a nuestra búsqueda". Así adquiere plusvalía su palabra cuando afirma:

Por gracia hemos sido salvados... por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, pues hemos sido salvados por la gracia mediante la fe: Ef 2,5-8.

c. Oposición o disyuntiva

Si (la salvación) es por la gracia, entonces ya no lo es por las obras; de otro modo la gracia ya no seria gracia: Rom 11,6.

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El argumento es muy lógico: si la salvación es gratuita, no puede ser debido a los méritos humanos; pero si de alguna forma dependiera del hombre, entonces tampoco se podría decir que fuera gratuita. Gracia y obras se excluyen mutuamente. El Evangelio es precisamente Buena Noticia, porque anuncia la gratuidad de la salvación. Si la salvación costara algo, aunque fuera poco, tal vez se le podría llamar "oferta o barata", pero no gratuidad, y por lo tanto no merecería el título de Buena Nueva.

Si los que cumplen la Ley son herederos, entonces la fe no tiene sentido, y la Promesa queda abolida... Por eso depende de la fe, para ser favor gratuito, a fin de que la Promesa quede asegurada para toda la posteridad: Rom 4,14-16.

Además, si el hombre lograra salvarse por sí mismo, cumpliendo las obras de la Ley, no tendría ningún valor la fe en la resurrección de Cristo y su sangre no aprovecharía para nada (Gal 2,31). Por el contrario, al ser salvado el hombre por la fe en Jesús, la Ley pierde cualquier valor salvífico.

Saulo, como todo hombre, ha de tomar una decisión exclusiva y excluyente: Cristo Jesús o la Ley: Si prefiere la Ley, va a llegar al cielo con las manos llenas de buenas obras. Pero sería su justicia personal, y así no necesitaría que nadie muriera por él, porque él mismo sería su propio salvador. Si escoge la gracia, entonces no podrá gloriarse en sus buenas obras.

En otras palabras, debe elegir entre seguir siendo discípulo del legislador del Sinaí o ser siervo de Jesús de Nazareth. Si se ancla en el Sinaí no tiene derecho a ser ciudadano de la Nueva Jerusalén. Se trata de dos sistemas antagónicos que se oponen diametralmente. Aceptar uno implica necesariamente rechazar el otro. El régimen de la Ley lleva a la condenación. El régimen de la gracia a la salvación.

No se puede estar casado con ambos. Tiene que optar: la Ley o Cristo resucitado. O continúa por la estrecha vía de "no hagas, no toques, no comas" (Col 2,22), o se decide por el camino de la gracia y considera en nada la propia justicia que proviene de las obras (Flp 3,9).

Saulo estaba casado con la Ley. Vivía con ella, la amaba y le servía. Comía y dormía con ella, y todo el día estaba atento a sus indicaciones y deseos. Siempre trató de darle gusto y procuró generar hijos sometidos al régimen del Sinaí. Pero para desposarse con Cristo Jesús, se divorcia de la

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Ley y rompe con la que fue el amor de su juventud. Como él por sí mismo es incapaz de merecer ni menos de obtener la salvación, deja la empinada pendiente del Sinaí y se aventura en un camino virgen que se sustenta sólo en una Promesa hecha por Dios.

d. Prueba de que la Ley no salva: nadie la puede cumplir

La Ley no salva, reitera Saulo a quienes tienen su confianza puesta en ella, por la simple razón de que nadie puede cumplirla toda. Este fue tanto el mensaje que él escuchó personalmente de Esteban (Hech 7,54), como también la conclusión del Concilio de Jerusalén donde él estuvo presente (Hech 15,10). Posteriormente él mismo lo repite a los que trataban de imponer la Ley a los demás (Rom 4,9.31) y de manera muy clara lo enfatiza en su discurso a los judíos de Antioquía de Pisidia (Hech 13,38).

La transgresión a un precepto se considera como violación de toda la Ley. Intentar salvarse por medio del cumplimiento de la interminable cadena de preceptos de la Ley, sería como barrer todas las hojas de los árboles de un parque en sentido contrario a como sopla un gran viento. Por eso el Apóstol es enfático cuando concluye de manera absoluta:

Que la ley no justifica a nadie ante Dios, es cosa evidente, pues el justo vivirá por la fe: Gal 3,11.

e. Conclusión

El Apóstol ha comprendido que hay un solo Evangelio y declara anatema a quien proclame algún otro mensaje de salvación que no sea a través de Jesu-Cristo (Gal 1,6-7). Su Evangelio se va a centrar precisamente en el don gratuito de la salvación (Ef 2,4-9; Hech 20,24).

Con la muerte y resurrección de Jesús, único mediador entre Dios y los hombres (1Tim 2,5), es innecesario y hasta contrario cualquier otro medio que prometa el perdón de los pecados. De esta forma advierte a los que intentan la salvación por medio de la Ley:

Si por la Ley se obtuviera la justificación, entonces Cristo hubiera muerto en vano: Gal 2,21.

Ha cambiado su imagen de Dios: El Señor no está detrás de una caja registradora, haciendo sumas y restas para pagar a cada uno según sus obras,

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sino que es un Padre rico en amor y misericordia que cumple la promesa de otorgar al hombre su herencia de forma libre y gratuita. No se trata pues de un Dios deudor, que deba retribuir las buenas obras, sino de un Dios dador y generoso, que regala el don de la salvación. Por eso concluye, ya no con un argumento doctrinal, sino con un hecho:

Habiendo recibido nuestra justificación por la fe, estamos en paz can

Dios: Rom 5,1.

B. De la Circuncisión a la Fe a. La Circuncisión

Dios dio un mandato a su siervo Abraham para su descendencia:

Todos los varones serán circuncidados: Gn 17,10.

La circuncisión se consideraba el sacramento de iniciación, por medio del cual se participaba del pueblo elegido y todas sus promesas. Era el signo de la Alianza de Dios con los suyos y garantizaba las bendiciones mesiánicas. Se trataba de la condición necesaria para poder celebrar la Pascua, ser parte del pueblo de la Alianza y tener la posibilidad de entrar en la Tierra Prometida. Era tan importante este rito, que sobrepasaba al riguroso descanso sabático (Jn 7,23).

Los circuncisos se creían superiores a los incircuncisos, a quienes automáticamente clasificaban como pecadores, por carecer de este signo que identificaba a los hijos de Abraham, Isaac y Jacob (Rom 3,1-2; Gal 2,15).

Saulo de Tarso, ferviente fariseo, fincaba su orgullo en la carne al presumir que fue circuncidado al octavo día de nacido, de acuerdo a la más firme tradición de sus ancestros (Flp 3,4). Sin embargo, siguiendo la visión de los profetas reformistas, relativiza el signo, subrayando que lo más importante es la circuncisión del corazón (Rom 2,28-29; 3,19). Más tarde dará otro paso adelante, declarando que los verdaderos circuncisos son los que dan culto según el Espíritu de Dios (Flp 3,3).

El fariseo convertido reacciona contra la tentación de absolutizar los signos. La elección, el templo y hasta la serpiente de bronce llegaron a suplantar la relación con Dios. Por eso el Apóstol no acepta que la circuncisión compita con la supremacía del único Pontífice entre Dios y los

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hombres. La revelación anterior no era sino sombra de las realidades futuras que se iniciaron con la Pascua de Jesús.

b. La fe: Creerle a Dios y su único plan de salvación

La relación con Dios no se sostiene por medio de signos externos, sino a través de la fe.

La fe no radica principalmente en creer en algo, sino creer en Alguien. Es la relación con una persona, basada en la confianza. Es 'un acto por el cual el hombre se entrega a Dios, como la única fuente de salvación'.

Por eso Pablo afirma: "Sé en quién he puesto mi confianza" (2Tim 1,12). Esta fe parte de una promesa hecha por Dios, que es digno de crédito porque siempre es fiel. Para Pablo, la fe es seguridad y confianza que nace cuando se acoge la predicación de los testigos del Evangelio, se cree en la Buena Nueva de la Promesa confesando a Jesús como Señor (Rom 10,9) y se es sellado con el Espíritu Santo (Ef 1,13) en el bautismo (Rom 6,4).

Para el Apóstol, la fe conlleva a vivir de acuerdo a lo que se cree. Es decir, implica ser congruente con la vocación a la santidad. El salvado manifiesta su fe proclamando a Jesús como el único Salvador y Señor de todo su ser. Esto presupone pasar del mundo de las tinieblas a la luz admirable, dejar los ídolos falsos y volverse al Dios verdadero (Col 1,12 13; 1Tes 1,9). En fin, se trata de un morir al pecado y vivir para Dios en Cristo Jesús (Rom 6,10-11), pues de otra forma esa fe se reduciría a simple ideología.

La Epístola a los Romanos es el tratado paulino más completo sobre la justificación. No únicamente es genial en su contenido teológico, sino también en su esquema pedagógico. En los cinco primeros capítulos prueba que la justificación es sólo por medio de Jesu-Cristo, sin las obras de la Ley. Pero a partir del capítulo ocho, manifiesta cómo vive una persona que ha aceptado la salvación. Estas dos partes se enlazan con el capítulo seis, que trata del bautismo como medio de inserción en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, y el capítulo siete que nos declara muertos a la Ley para ser posesión de Dios.

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El Apóstol es enfático e intransigente en este aspecto, no concediendo punto de negociación a quienes tratan de conciliar el sistema de la circuncisión con la vida nueva en Cristo Jesús.

El que se circuncida queda obligado a observar todas las prácticas legales, que de hecho no puede cumplir, cayendo así en condenación (Gal 3,2; 5,10; 6,13). Por otro lado, si sólo hay un Evangelio, es decir un medio de salvación, la circuncisión no salva. Por tanto, quienes tienen su confianza en ella han roto con Cristo.

Soy yo, Pablo, quien se lo dice: Si se dejan circuncidar, Cristo no les aprovecha para nada: Gal 5,2.

La circuncisión no sólo es relativizada, sino hasta ridiculizada por Pablo cuando se refirió a este sacramento como una mutilación: "Ojalá se castraran los que los perturban" (Gal 5,12) dijo a los que intentaban someter bajo la circuncisión a los convertidos al cristianismo.

d. Prueba: Abraham justificado por la fe, antes de la circuncisión

Cuando Dios hizo la promesa a Abraham, el patriarca respondió con un intrépido acto de fe y confianza en Aquel que lo llamaba.

(Y) la fe le fue acreditada a Abraham como justificación: Rom 4,9 = Gen 15,6.

La circuncisión vino después como sello de la justicia que proviene de la fe. Por tanto concluye lógicamente: si la fe justificó a Abraham, no lo justificó la circuncisión. Así, los hijos de Abraham son los hijos que se parecen a él en su fe, no en la circuncisión (Rom 4,9-12; Gal 3,6-29).

Ahora bien, si la circuncisión no salva, entonces ¿cuál es el medio de salvación? Gracias a su experiencia en Damasco, Saulo concluyó rápidamente que el único que salva es Jesús, muerto y resucitado (Rom 4,24-25). El mismo fue salvado cuando escuchó la Palabra en su propia lengua. Esta Palabra engendró la fe con la cual creyó en el que le hablaba y le entregó toda su vida, confiando en él

Pero tenía que probar su postura con un texto inspirado. Escudriñando la Escritura descubre el gran principio bíblico

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El justo vivirá por la fe: Hab 2,4.

De esta forma concluye sin ambigüedades:

Somos hijos de Dios por la fe en Jesu-Cristo: Gal 3,26. e. Conclusión

Los que creen en Jesús han roto con el sistema de la Ley. En Cristo no necesitan de el signo exterior de la circuncisión, pues les basta la fe. Dios salva en Jesús mediante la fe (Hech 15,11; Gal 2,15), es decir la justicia gratuita de Dios la hacemos nuestra mediante la fe (Gal 2,16; Rom 3,22; 5,2).

C. Del Israel de la carne al Israel de Dios a. Israel, pueblo elegido por Dios

No hizo cosa semejante con ninguna otra nación: Sal 147,20.

Los israelitas tenían clara conciencia de ser un linaje especial. Si la elección los distinguía, la Alianza con su Dios los hacía únicos en la tierra. Sabían que por la descendencia de Abraham serían benditas todas las naciones (Gn 12,3) A nadie entregó su Ley ni lo llamó "mi pueblo". Eran una nación consagrada y propiedad particular de su Dios (Ex 19,3-8) y por eso se mantenían separados o diferentes a los otros pueblos (Esd 9,1-2; 10,11; Neh 9,2).

Para la mentalidad judaica, los no-judíos vivían lejos de las promesas, sin esperanza y sin Dios, excluidos de la ciudadanía de Israel y eran extraños a las alianzas (Ef 2,12). Existía un desprecio hacia los extranjeros porque no pertenecían al pueblo elegido.

Pablo reconoce que las siete bendiciones pertenecen a los israelitas: "la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas" (Rom 9,4-5). El, por su parte, tenía fincado su orgullo en sus prerrogativas raciales. Presumía ser de la estirpe de Israel, el pueblo llamado a ser luz de los pueblos (Is 42,6; 49,6). No era un prosélito que hubiera sido admitido al pueblo de Abraham, sino que por sus venas corría la sangre de Isaac, Jacob y Benjamín.

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b. El Pueblo de Dios: el plan universal de salvación

Al celoso hijo de Abraham le es revelado que Dios quiere que todos los hombres se salven formando un nuevo pueblo:

Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si pertenecen a Cristo, son descendencia de Abraham: Gal 3,28-29.

Hay un nuevo Israel, al que Pablo llama Israel de Dios (Gal 6,16), al cual pertenecen tanto judíos como gentiles, hombres y mujeres, sabios e ignorantes que creen en Jesús. Ha caído el muro que separaba a los pueblos y Dios ha formado un solo pueblo (Ef 2,14). Por tanto, ya no cuenta la carne, sino la fe que actúa por la caridad. No son hijos de Abraham los descendientes de la sangre, sino los que obedecen la Palabra de Dios (Gal 3,6).

c. Disyuntiva

Saulo de Tarso tiene que optar entre seguir presumiendo largas genealogías según la carne, o en el don de la fe que lo integra al nuevo pueblo de Dios.

d. Prueba: Los dos hijos de Abraham

Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre: Gal 4,22.

Con la clásica erudición de un especialista de la hermenéutica, demuestra su tesis con un argumento bíblico que nadie puede contradecir: Abraham tuvo dos hijos: Ismael, que nació del esfuerzo personal de los hombres y que personifica la Ley, fue hijo de la esclava Agar y vino a ser esclavo también. El otro, Isaac, nació de la Promesa y fue el heredero de las bendiciones. No bastaba por tanto tener por padre al Patriarca de Israel, sino nacer de la Promesa de Dios. Por eso concluye:

No todos los descendientes de Israel son Israel: Rom 9,6.

El drama consiste en que no todos los hijos del padre de la fe son hijos de la Promesa. Se puede ser descendiente de Abraham y vivir bajo el yugo de la esclavitud. El peor insulto para un descendiente de Abraham era llamarle "hijo de la esclava": Tú eres descendiente de nuestro padre

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Abraham, pero no heredarás las bendiciones, pues eres hijo de Agar, la esclava, y estás destinado a ser esclavo. Por eso el paladín de la libertad reacciona con fuerza cuando declara: "Nosotros no somos hijos de la esclava, sino de la libre" (Gal 4,3).

Las promesas fueron dirigidas a Abraham y a su descendencia No dice: 'y a los descendientes', como si fueran muchos, sino a uno solo, a tu descendencia, es decir, a Cristo: Gal 3,16.

Saulo sabe que la Promesa fue hecha a la descendencia de Abraham, que es una; y no a los descendientes. Esta descendencia es Cristo Jesús. Por tanto en él, y sólo en él, se tiene acceso a dicha Promesa.

e. Conclusión

El fariseo de Tarso vivió una experiencia semejante a la de Abraham, cuando no lejos de Harán, en pleno territorio pagano, Dios salió al encuentro de este Israelita que pensaba que sólo en la tierra de sus antepasados podría manifestarse Dios. Saulo entiende que el Señor no se limita a las estrechas fronteras de una nación, ni menos a los cuatro muros de un templo. En región pagana fue insertado en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, por el bautismo de Ananías.

No bastaba ser hijo de Abraham según la carne, porque Dios tiene un pueblo disperso por todo el mundo, que son los que nacen de su Promesa y no de la sangre o la carne.

Todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús: Gal 3,26.

Hay un solo pueblo elegido, el Israel de Dios, al cual pertenecen los que creen en Jesu-Cristo.

No son hijos de Dios los hijos según la carne, sino los hijos de la Promesa: Rom 9,8.

Saulo ha cambiado. Su gloria se basa ahora en el don de la fe que lo hace miembro del verdadero Israel de Dios (Gal 3,25-29). Al transformarse en discípulo de Jesús no dejó de ser hebreo, sino que alcanzó la plenitud de los hijos del Patriarca.

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Su pasaporte certifica que es ciudadano de los cielos (Flp 3,20) y conciudadano de los santos (Ef 2,19). Aunque como todo israelita no se puede olvidar de Jerusalén, sabe que su patria definitiva esta allá arriba (Gal 4,26).

D. De perseguidor insolente a Apóstol incansable a. Perseguidor

Su celo farisaico le exigió tomar medidas concretas, como él mismo lo cuenta:

(Yo) perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba, sobrepasando en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres: Gal 1,13-14.

No podía soportar que los seguidores de El Camino extendieran su doctrina perniciosa, que atentaba contra la pureza de la religión de Israel. Su arma predilecta y que mejor sabía utilizar eran los argumentos escriturísticos, entre los que sobresalía: "Maldito todo el que está colgado de un madero" (Dt 21,23). En su fanatismo por acabar con esta peste, hasta ignoró a su célebre maestro Gamaliel el cual aconsejaba dejar en paz a los discípulos, pues si se tratara de una idea humana caería por sí misma; pero si fuera obra divina, nada ni nadie prevalecería sobre ella (Hech 5,35-39). Para Saulo no había tregua. Tenía que acabar con ella, pues la cizaña no tiene permiso de crecer junto al trigo.

b. Apóstol

Mas, Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles: Gal 1,15-16.

Pero un día se ilumina la vida de este fanático fariseo. En el camino de Damasco aparece el resplandor de la verdad del Evangelio y se rinde incondicionalmente, reconociendo cuán insondables son los designios e inescrutables los caminos de Dios (Rom 11,33).

Sin embargo, no es posible permanecer indiferente. No basta simplemente dejar de perseguir a los cristianos. No es suficiente ser parte de

Referencias

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