Pablo nació como un abortivo a la vida nueva y sufrió en carne propia lo difícil que era vivir separado del cuerpo. Cinco años de destierro dejaron una honda cicatriz. Pero una vez iniciado el retorno gracias a su amigo Bernabé, se integró a la comunidad de Antioquía, de donde salía y a donde regresaba siempre. Pero cuando su ministerio se volvió itinerante, su comunidad se transformó también. Entre sus más fieles hermanos sobresalen Timoteo, Tito, Lucas y Silas.
Esta comunidad es signo de que el Reino ha llegado, pues se muestra de manera tangible el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Apóstol independiente es contradicción de términos.
4 . Conclusión
La carrera del apostolado tiene un reglamento tan sencillo como riguroso. Si no se cumple, se es descalificado (1Cor 9,27) y jamás se llega a la meta ni se recibe el galardón. Sin embargo, lo peor no es ser eliminado: Quien no compite de acuerdo a las reglas del juego se convierte en enemigo del Evangelio (Rom 11,28).
VII
PERFIL DEL ATLETA
Ya hemos visto la infraestructura y condiciones de la carrera. Ahora entra en escena el actor principal: el atleta, el cual tiene un perfil muy definido.
Pablo, atleta de Jesu-Cristo, invita a los suyos:
Sean mis imitadores, como yo soy de Cristo: 1Cor 11,1.
Se coloca como modelo para ser imitado, notando claramente que en último término es a Cristo a quien se debe reproducir. Hoy día, cuando se subraya tanto la irrepetibilidad de la persona, podría parecer demasiado atrevido proponer un modelo como pauta para los demás. Sin embargo allí radica precisamente el mensaje paulino: cada uno tiene que ser él mismo, con su propia identidad, porque Cristo Jesús es EL hombre por excelencia.
Una cosa yo sé: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio: Flp 3,13-14.
No se trata sólo de correr, sino de tener y alcanzar una meta. Para conseguir el galardón de los vencedores el Apóstol nos trasmite su primer secreto: correr siempre hacia adelante, sin resucitar el pasado, ni vivir anclado por situaciones pretéritas. Pablo ha entendido que Jesús no vino a reconstruir el pasado, sino a hacernos criaturas nuevas (2Cor 5,17). Por eso afirma sin titubeos:
Sin importar el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante: Flp 3,16.
El perfil de todo triunfador goza de ciertas características. Todos los grandes hombres que han logrado éxitos importantes en algún campo de la vida humana, poseen el mismo denominador común: saben quiénes son, lo que quieren y para qué lo pretenden; han alcanzado la sabiduría para encontrar cómo realizarlo, y nada los detiene en su empeño.
Un apóstol, como todo atleta o líder, también necesita cinco elementos en su carrera: una identidad definida, una visión global del plan de Dios, establecer el objetivo a alcanzar, además de una motivación para hacer las cosas y la perseverancia en las dificultades y los fracasos.
Saulo de Tarso llena este molde, y es por eso que se atreve a proponerse como un modelo para todo aquel que quiera llegar a la meta de la carrera.
El primer requisito para lograr éxito en la vida radica en estar identificado con uno mismo. Si no se clarifica el perfil de la personalidad no se podrá construir sólidamente la vida, ni menos cumplir la misión apostólica. La verdadera sabiduría se afianza en la esencia de la persona.
Pablo elabora el álbum fotográfico de su identidad con las 19 ocasiones en que habla de su ser:
Parte de sus raíces sociales y religiosas: Ha nacido en una ciudad ilustre y famosa, pero su principal orgullo se finca en su derecho a ser considerado descendiente de Abraham, además de pertenecer por herencia a la familia farisea.
Reconoce sus límites aceptando que es de carne, vendido al poder del pecado, aunque la gracia de Dios no ha sido estéril en él; al contrario, ha sobreabundado. De manera especial afirma ser un verdadero apóstol. Aunque por una parte se considera indigno del nombre (por haber perseguido a la Iglesia), por otra reconoce que ha hecho honor al ministerio (por haber trabajado más que todos). De ninguna forma se coloca por debajo de los 'superapóstoles'. No se trata de una vanagloria, pues al final admite: "Cuando soy más débil, es cuando soy más fuerte". Ha sido transportado al tercer cielo, pero al mismo tiempo es el más grande de todos los pecadores.
Sabe que recibió una vocación especial: separado desde el seno materno para el Evangelio (Gal 1,15); para proclamarlo (1Cor 1,17) gratuitamente (2Cor 11,7) a los gentiles (Gal 1,16), a los pobres (Gal 2,10) y donde antes no hubiera sido anunciado (Rom 15,20).
Es consciente de sus cualidades y carismas, como la inteligencia privilegiada (2Cor 6,6; 8,7; 11,6), pero al mismo tiempo acepta que su presencia física deja mucho que desear frente a los modelos del fisiculturismo griego (2Cor 10,10). En fin, resume su vida integrando dos aspectos:
Por la gracia de Dios, soy lo que soy: Rom 15,10.
Cuando se atenta contra su identidad con el arma de la adulación o el menosprecio, Pablo siempre se mantiene en el punto de equilibrio de su esencia:
• En el año 58 en Cesarea marítima, el abogado Tértulo señalando a Pablo despectivamente, asegura al Procurador Félix: "Hemos encontrado esta peste de hombre". La peste era la peor epidemia de la antigüedad, que devastaba pueblos enteros y contra la cual no había defensa. Era una especie de SIDA para nosotros. El Apóstol fue considerado el SIDA de la sociedad. Pero inmediatamente después, el mismo abogado halaga a Pablo, afirmando que es "el jefe principal de la secta de los nazarenos" (Hech 24,5). En realidad Pablo no era ni peste ni el jefe principal.
• En Malta, cuando lo muerde una serpiente venenosa, los nativos sospechan que Pablo sea un asesino, prófugo de la justicia y que de un momento a otro caerá muerto por el veneno del áspid. Sin embargo, al no suceder esto, cambian completamente de parecer y afirman que es un dios (Hech 28,3-6). Pablo sabía que no era una cosa ni la otra.
• En Iconio los jefes lo ultrajan y maldicen, pero escapa del diluvio de piedras de la multitud enardecida y llega a Licaonia con Bernabé (Hech 14,5-6). Después de la curación del paralítico, la gente comenzó a gritar que los mismos dioses habían bajado a la tierra. Hasta el sacerdote trajo toros y guirnaldas para ofrecerles un sacrificio. Pablo no soporta que lo confundan con ningún dios, y rechaza abiertamente tal consideración, rasgándose las vestiduras en señal de total desacuerdo, pues no quiere usurpar un lugar que no le corresponde (Hech 14,5-15).
Pablo sabe quién es, pero lo más importante y saludable radica en que está contento con su ser cuando confiesa:
He aprendido a estar contento en las circunstancias en que soy: Flp 4,11
Sin esta aceptación de sí mismo, jamás se podrá establecer una vida sana. Con este mismo objetivo en mente recomienda no estimarse en más de lo que conviene para no frustrarse (Rom 12,3), pero tampoco permite ser menospreciado por nadie para no acomplejarse (Tit 2,15). En este equilibrio estriba una personalidad madura.
2. Visión del plan de Dios
Pablo tiene autoridad para trasmitir la voluntad de Dios a los demás, porque él antes la ha conocido:
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad: 1Tim 2,4.
El Apóstol actuará siempre de acuerdo a este principio que traspasa cualquier frontera racial, temporal y geográfica.
La visión porta a la acción y viceversa. Pablo no comprendió todo desde un principio con claridad meridiana, ni tampoco comenzó haciendo las cosas de manera perfecta. Damasco lo llevó inmediatamente al apostolado, pero éste a su vez le fue ensanchando la perspectiva para que su trabajo fuera cada vez más fecundo. A medida que evangelizaba, se ahondaba su experiencia y se ampliaban los horizontes de su vida.
Pablo de Tarso es uno de estos genios que descubrió que el plan de Dios no tenía fronteras. Además, fue capaz de comunicarlo a otros y contagiarlos con su mismo entusiasmo para que ellos colaboraran en la instauración del Reino de Dios:
...les anuncié todo el designio de Dios: Hech 20,27. 3. Un solo objetivo: Un sol con cinco resplandores
Lo que constituye a un hombre como forjador de la historia es que tiene un objetivo claro y hacia allá enfoca todas sus baterías. Sin esta dimensión se está siempre a merced de los cambiantes vientos de doctrinas y novedades.
Cuando el atleta logra la concentración perfecta, se encuentra en la antesala del éxito. El problema de la cultura occidental es que somos muy dispersos en nuestros intereses y por eso existe tanta mediocridad. No nos hemos especializado en algo que nos identifique en el concierto de la historia. Queremos tocar todos los instrumentos de la sinfónica en vez de sobresalir en uno de ellos, para dejar una huella de nuestro paso por este mundo. El pato sabe nadar, caminar y volar, pero no supera la mediocridad en ninguna de las tres. Jamás volará con la soberanía del águila o la majestuosidad del cóndor. Su torpe caminar contrasta con la elegancia de la gacela o la velocidad del leopardo. Tampoco nada con la gracia del delfín. A muchos les gusta ser patos, tocando todos los instrumentos de la orquesta, pero siendo incapaces de aparecer como solistas en un concierto.
La visión permite tener siempre el objetivo a la vista, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. Un equilibrista que pasa por la cuerda floja, no mira dónde pisa porque puede caer. Tiene que fijar su vista en el final del recorrido. La visión nos centra en los valores que buscamos. Por eso el autor de la Epístola a los Hebreos nos revela el secreto para llegar a la meta:
Corramos con fortaleza... manteniendo fijos los ojos en Jesús: Hb 12,1- 2.
A veinte años de su conversión (año 57-58) Pablo había definido perfectamente la dirección de su vida en una frase lapidaria que no admite lugar a dudas:
Cristo no me envió a bautizar, sino a evangelizar: 1Cor 1,1 7.
Es tan determinante que se transforma en el imperativo categórico de Pablo. Tanto, que lo hace exclamar:
¡Ay de mi si no evangelizara!: 1Cor 9,16.
Podríamos imaginar el Mensaje paulino como un sol con cinco resplandores que emanan del único núcleo.