MARTIN MCDONAGH
EL HOMBRE ALMOHADA
(THE PILLOWMAN)
Martin McDonagh (26 de marzo de 1970, Camberwell, Londres) es un dramaturgo y realizador angloirlandés, conocido por sus piezas teatrales de gran brutalidad y estilo cinematográfico. Se considera que cultiva una vertiente extrema del teatro de la crueldad, conocida como In-yer-face, que destaca el aspecto violento y grotesco de las obras para captar la atención del espectador y que tuvo como predecesor el género del guiñol.
Biografía
Nacido en Inglaterra de padres irlandeses, Martin McDonagh se vio obligado a dejar sus estudios y a buscarse la vida desde los 16 años, cuando sus progenitores
regresaron a Irlanda y le dejaron en Londres junto con su hermano mayor (el guionista John McDonagh). Subsistió a base de ayudas sociales y de pequeños
trabajos, mientras soñaba con dedicarse a la literatura y escribía obras para la radio y la televisión que no eran aceptadas. En 1994-95, empieza a crear las obras de teatro que le llevarían a la fama.
En verano, se reunía con sus padres en Galway (Irlanda), donde éstos vivían, unas vacaciones que le permitieron familiarizarse con el dialecto local. Lo empleará en muchas de sus obras para ironizar y enfatizar no sólo el aspecto de la vida rural irlandesa, sino también su particular poesía.
Obras teatrales
En 1996, su ópera prima, La reina de belleza de Leenane (The Beauty Queen of
Leenane), le valió el premio del Círculo de la Crítica Teatral británica al dramaturgo
más prometedor del año. Esta obra inicia un ciclo de obras ambientadas en el Condado de Galway, que le ganaron el favor del público y la crítica. Una primera trilogía titulada The Leenane Trilogy incluye A Skull in Connemara y The Lonesome
West, ambas escritas en 1997. Las tres obras fueron coproducidas por el Royal Court Theatre de Londres y el Druid Company Theatre de Galway, y La reina de belleza de
Leenane fue nominada al Premio Tony a la mejor obra teatral en 1998.
Su segunda trilogía irlandesa lleva es The Aran Islands Trilogy. Ambientada en unos islotes frente a la costa de Galway, se compone deThe Cripple of Inishmaan (1997),
The Lieutenant of Inishmore (2001) y The Banshees of Inisheer (esta última nunca fue
editada porque McDonagh la considera "not good enough" (no lo bastante buena). La primera de estas piezas se estrenó el año de su publicación en elRoyal National Theatre (Cottesloe) de Londres y la segunda —una comedia negra acerca de un terrorista expulsado del IRA por su brutalidad que de vuelta a su pueblo toma una sangrienta represalia contra quienes han asesinado a su gato—, en la Royal Shakespeare Company en Londres en 2001.
Su obra más famosa hasta la fecha, El hombre almohada (The Pillowman) (2003), es la primera pieza "no irlandesa". Se estrenó el mismo año en el Royal National
Theatre, y el actor Jeff Goldblum fue uno de los protagonistas del montaje del Booth Theater deBroadway, en 2005. Trata de un escritor detenido por la policía en un Estado totalitario debido a que sus cuentos se relacionan con asesinatos de niños. Carentes de pruebas contundentes, sus interrogadores pretenden ejecutarlo extrajudicialmente. Los cuentos -algunos de los cuales son puestos en escena- sorprenden por los atroces maltratos y asesinatos que son infringidos en escena a niños. Fue galadonada en 2004 con los premios Laurence Olivier y el del Círculo de la Crítica de Nueva York a la mejor obra extranjera, así como con el Tony 2005 al mejor texto teatral.
En aquella época, Martin McDonagh era dramaturgo residente del National Theatre de Londres.
A Behanding in Spokane, comedia negra estrenada en 2010 en el Schoenfeld Theatre
de Broadway, es la primera pieza de McDonagh ambientada en Estados Unidos. Películas
En el 2005 hizo su primera incursión en el cine con el cortometraje Six Shooter. Trata de un hombre que viaja en tren a su casa unas horas después de la muerte de su
esposa, y que se encuentra en el vagón con un joven extraño que resulta ser un psicópata. El filme obtuvo el Oscar al mejor cortometraje en 2006.
Su primer largometraje, In Bruges (Escondidos en Brujas), abrió el Festival de Sundance en enero de 2009, ganó el premio BAFTA al mejor guion, fue nominado al Oscar en la misma categoría y Colin Farrell se llevó el Globo de Oro al mejor actor de comedia. Está protagonizado por Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes. Más tarde volvió a trabajar con Colin Farrell en la película Seven Psychopaths estrenada en 2012, con Woody Harrelson, Sam Rockwell y Christopher Walken.
Opiniones sobre su obra.
Martin McDonagh ha declarado que las obras de dramaturgos como Shakespeare y Antón Chéjov le parecen aburridas y tiene la misma opinión de buena parte del teatro existente. Ha manifestado en cambio su admiración por Harold Pinter y Quentin Tarantino, que han influido en él, junto con la violencia cotidiana dispensada por los medios de comunicación. Destaca además su frecuente uso del humor negro. Se tiende a considerar que su obra es una extraña fusión entre la de John Millington Synge, Pinter, David Mamet, y las comedias televisadas británicas.
Se ha criticado que la excesiva violencia de sus piezas tienda más a golpear
sentimientos primarios del público que a llevar a una reflexión más elaborada, y que su técnica apela en exceso a este recurso para ganar la atención de los espectadores. Preguntado sobre el estilo de sus diálogos, Martin McDonagh declaró:
"Son diálogos que intentan reflejar la manera en la que hablamos de
verdad. Si apuntásemos todo lo que decimos a lo largo de un día, parecería de locos. Es muy difícil hacer eso en una obra, pero intenté reproducir esa especie de locura del discurso.".
América del Norte después de Shakespeare. Su piezas se han estrenado en 39 países y en 29 idiomas.
EL HOMBRE ALMOHADA (THE PILLOWMAN)
PRIMER ACTO Escena uno
Cuarto de interrogatorios de la policía. Katurian, sentado en una mesa, en el centro, con los ojos vendados. Tupolski y Ariel entran y se sientan frente a él. Tupolski trae un archivador que contiene un enorme fajo de papeles.
TUPOLSKI: Señor Katurian, él es el detective Ariel. Yo soy el detective Tupolski… ¿Quién le puso eso?
KATURIAN: ¿El qué?
Tupolski le quita el vendaje.
TUPOLSKI: ¿Quién le puso esto? KATURIAN: Mmm… un señor.
TUPOLSKI: ¿Y por qué no se lo quitó? Parece estúpido. KATURIAN: No pensé que se pudiera.
TUPOLSKI: Se ve realmente estúpido. KATURIAN: (pausa) Sí.
TUPOLSKI: (pausa) Como decía, él es el Detective Ariel y yo soy el Detective Tupolski.
KATURIAN: Bueno, lo primero que quiero decir es que tengo un respeto absoluto por ustedes y por lo que hacen y tendré mucho gusto en ayudarlos de la manera en que me sea posible. Les tengo un respeto absoluto.
TUPOLSKI: Me alegra oír eso.
TUPOLSKI: ¿Uno de esos qué? No le entiendo.
KATURIAN: Uno de esos tipos que no respeta a la policía. Nunca he tenido problemas con la policía. Nunca en mi vida. Y yo…
ARIEL: Nunca ha tenido problemas hasta ahora, querrá decir. KATURIAN: ¿Ah?
ARIEL: Repito. Nunca ha tenido problemas hasta ahora, querrá decir. KATURIAN: ¿Tengo problemas con la policía ahora?
ARIEL: ¿Qué está haciendo aquí si no?
KATURIAN: Ayudándolos con sus investigaciones, pensé.
ARIEL: ¿Entonces somos amigos y lo trajimos aquí de visita social como si fuéramos amigos?
KATURIAN: No, ustedes no son mis amigos…
ARIEL: Le leyeron sus derechos. Lo sacaron de su casa. Le vendaron los putos ojos. ¿Cree que así tratamos a nuestros amigos?
KATURIAN: No, no somos amigos. Pero, así mismo, espero que tampoco seamos enemigos.
ARIEL: (pausa) Le voy a dar bien duro en su puta cabeza. KATURIAN: (pausa) ¿Qué?
ARIEL: ¿Estoy hablando raro? Tupolski, ¿estoy balbuceando? TUPOLSKI: No, no estás balbuceando. Eres bastante claro. ARIEL: No pensé que estuviera balbuceando.
KATURIAN: No vayan a… Voy a responder todo lo que quieran. No tienen que… ARIEL: “Va a responder todo lo que queramos”. No ha habido una pregunta. “Va a responder todo lo que queramos”. Sí ha habido una pregunta: “¿Qué va a hacer que le jodamos?” Esa es la pregunta.
responder a todo.
TUPOLSKI: Buen comienzo, ¿no?
Viendo a Katurian, Ariel se dirige vagamente hacia una de las paredes; fuma un cigarro.
¿Por qué cree que lo trajimos aquí? Debe tener alguna sospecha.
ARIEL: ¿Por qué no empezamos a torturarlo de una vez y acabamos con toda esta mierda?
KATURIAN: ¿Qué….?
TUPOLSKI: Aquí quién manda Ariel: ¿tú o yo? (Pausa.) Gracias. No le haga caso. Retomemos el caso, ¿por qué cree que lo trajimos aquí?
KATURIAN: Me estoy rompiendo la cabeza, pero no puedo pensar. TUPOLSKI: ¿Se está rompiendo la cabeza, pero no puede pensar? KATURIAN: No.
TUPOLSKI: Bueno, ¿sí o no? KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: ¿Qué?
KATURIAN: Que nunca he hecho nada. Nunca he hecho nada contra la policía. Nunca he hecho nada contra el estado…
TUPOLSKI: ¿Se está rompiendo la cabeza pero no puede pensar en una sola razón por la que lo hemos traído aquí?
KATURIAN: Puedo pensar en una razón, o más bien no en una razón sino en una cosa, y asumo que hay un vínculo, aunque no veo cómo puede haber un vínculo. TUPOLSKI: ¿Vínculo de qué? ¿de qué con qué? o ¿de qué a qué?
KATURIAN: Pues que también se llevaron mis cuentos cuando me arrestaron, y que ahí los tienen; esa es la cuestión.
KATURIAN: No he estado leyendo…
TUPOLSKI: Papeles que, por si no sabe, pueden haber sido clasificados como una cosa muy muy secreta.
KATURIAN: Alcancé a ver los títulos, de un vistazo. TUPOLSKI: ¿Ah, con su visión periférica?
KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: Pero, un momento, si hubiera sido su visión periférica tendría que estar girado hacia este lado… (Tupolski se gira echando un vistazo a los papeles.) ¿Lo ve? Así. Como mirando de reojo.
KATURIAN: Lo que quería decir es …
TUPOLSKI: ¿Lo ve? Así. Como mirando de reojo.
KATURIAN: Es que hablo de la visión periférica por debajo de mis ojos. TUPOLSKI: Ahh, la visión periférica por debajo de sus ojos.
KATURIAN: No sé si existe una palabra para eso.
TUPOLSKI: No existe. (Pausa.) ¿Por qué habría un vínculo? Sus cuentos, su arresto… No es un crimen escribir un cuento.
KATURIAN: Eso pensé.
TUPOLSKI: Dadas ciertas restricciones. KATURIAN: Claro.
TUPOLSKI: La seguridad del Estado, la seguridad general o como sea que se llame. Ni siquiera las llamaría restricciones.
KATURIAN: Yo tampoco las llamaría restricciones. TUPOLSKI: Las llamaría indicaciones.
KATURIAN: Sí, indicaciones.
TUPOLSKI: Dadas ciertas indicaciones para la seguridad del como sea que se llame, no es un crimen escribir un cuento.
KATURIAN: Eso pensé. Eso es todo. TUPOLSKI: ¿Qué es todo?
KATURIAN: Mejor dicho, que estoy de acuerdo. Ustedes leyeron estas cosas, estas “historias”, supuestamente “la policía es así”, “el gobierno es asá”. El rollo político … o cómo se llame… “El gobierno debería hacer tal cosa”. Por favor. A la mierda. ¿Sabe qué? Si tuviera un interés político, si tuviera alguna cosa política, escribiría un puto ensayo y ya. ¡Quédense con su izquierda y con su derecha y cuénteme una puta historia! ¿Sabe una cosa? Un gran hombre dijo una vez: “el primer deber de un narrador es contar una historia” y lo creo absolutamente: “el primer deber de un narrador es contar una historia. ¿O más bien era: “el único deber de un narrador es contar una historia”? Sí, era: “el único deber de un narrador es contar una historia”. Ya ni me acuerdo, pero en cualquier caso, eso es lo que hago, cuento historias. No tengo ningún interés personal ni social en
absoluto. Y por eso no puedo ver por qué me trajeron aquí, no puedo verlo, a no ser que algo político se haya colado por accidente, o que algo que pueda parecer político se haya metido, en cuyo caso muéstrenme dónde está. Muéstrenme dónde está el hijoputa. Lo saco y lo quemo. ¿No?
Pausa. Tupolski se queda mirándolo.
¿Si me entiende?
TUPOLSKI: Tengo que llenar este formulario. Es por si acaso le llega a pasar algo malo bajo custodia. (Pausa.) Creo que hay un error con su nombre. Su apellido es Katurian, ¿no?
KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: Teníamos Katurian como su nombre. KATURIAN: Mi nombre es Katurian.
TUPOLSKI: (pausa) ¿Su nombre es Katurian? KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: ¿Y su apellido es Katurian? KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: ¿Se llama Katurian Katurian? KATURIAN: Mis padres eran gente rara.
TUPOLSKI: Mmm, ¿y la inicial de la mitad? KATURIAN: K.
Tupolski lo mira. Katurian asiente con la cabeza y se encoge de hombros.
TUPOLSKI: ¿Se llama Katurian Katurian Katurian? KATURIAN: Como le dije, mis padres eran gente rara. TUPOLSKI: Mmm, por “rara” entiendo “imbéciles totales”. KATURIAN: No lo contradigo.
TUPOLSKI: ¿Su dirección es Kamenice 4443? KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: ¿Con quién vive?
KATURIAN: Con mi hermano, Michal.
TUPOLSKI: Ah, Michal. ¡Por lo menos no es otro puto Katurian! ARIEL: Es retrasado, ¿no?
KATURIAN: No, no es retrasado. Es un poco lento a veces. ARIEL: Un poco lento. Ok.
TUPOLSKI: ¿Su pariente más cercano?
KATURIAN: Michal. ¿Mi pariente más cercano?
TUPOLSKI: Solo son formalidades, Katurian. ¿Si me entiende? (Pausa.) Lugar de trabajo.
KATURIAN: Matadero de Kamenice. ARIEL: Qué bohemio.
KATURIAN: No está tan mal. TUPOLSKI: ¿Le gusta trabajar ahí?
KATURIAN: No, pero no está tan mal. ARIEL: Despedazar animales.
KATURIAN: No los despedazo. Yo solo limpio. ARIEL: Ah, no los despedaza. Usted solo limpia. KATURIAN: Sí.
ARIEL: Ya veo.
KATURIAN: Sólo limpio.
ARIEL: Sólo limpia. No despedaza. KATURIAN: Sí.
ARIEL: Ya veo.
Pausa. Tupolski suelta su pluma y parte en dos el formulario que ha estado llenando.
TUPOLSKI: No era un formulario por si le sucedía algo malo bajo custodia. Estaba bromeando.
KATURIAN: ¿Qué era?
TUPOLSKI: Era una hoja de papel que iba a romper en dos.
Tupolski busca entre el fajo de cuentos hasta que encuentra el que busca.
Muy bien, aquí está “Los hombrecitos manzana”. KATURIAN: ¿Qué pasa con eso?
Ariel se dirige vagamente a la mesa, se sienta y saca un cigarrillo mientras Tupolski se familiariza con el relato.
No es de mis mejores. (Pausa.) Aunque es bastante bueno.
TUPOLSKI: Es un cuento, empieza con que hay una niñita y su papá la trata mal. KATURIAN: La pega y eso. Él es un…
TUPOLSKI: Parece que tiene muchas… ¿Él es un qué? KATURIAN: ¿Qué?
TUPOLSKI: El padre.
ARIEL: Dijo “él es un…” algo. TUPOLSKI: Representa algo, ¿no?
KATURIAN: Representa a un mal padre. Es un mal padre. ¿Qué quieren decir con “representa”?
TUPOLSKI: Es un mal padre.
KATURIAN: Sí. Le pega a la niñita. TUPOLSKI: Por eso es un mal padre. KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: ¿Qué más le hace a la niñita si es “un mal padre”?
KATURIAN: Creo que todo lo que dice el cuento es que el papá trata mal a la niñita. Ustedes pueden sacar sus propias conclusiones.
ARIEL: Ah, entonces podemos sacar nuestras propias conclusiones, ¿no? KATURIAN: ¿Eh?
ARIEL: Nos está diciendo que entonces podemos sacar nuestras propias conclusiones, ¿no es así?
KATURIAN: ¡No! ¡Sí!
ARIEL: Sabemos que podemos sacar nuestras propias conclusiones. KATURIAN: Lo sé.
ARIEL: ¿Eh?
KATURIAN: Lo sé.
Ariel se levanta y se pone a caminar.
TUPOLSKI: Ariel está un poco molesto porque “sacar nuestras propias conclusiones” es, de cierta forma, nuestro trabajo. (Pausa) Y la primera conclusión que sacamos es exactamente en cuántos cuentos suyos “maltratan a una niñita” o “maltratan a un niñito”..
KATURIAN: En algunos. En algunos.
ARIEL: “En algunos”. Yo diría que en un puto montón. ¡En los primeros veinte cuentos que leí había una niña jodida de una manera o un niño jodido de otra manera…!
KATURIAN: Pero eso no quiere decir nada, no estoy tratando de decir nada… ARIEL: ¿No está qué?
KATURIAN: ¿Qué? ARIEL: No, ¿qué?
KATURIAN: ¿Qué? ¿Están tratando de decir que yo estoy tratando de decir que los niños representan algo?
ARIEL: “¿…que yo estoy tratando de decir…?”
KATURIAN: ¿Que los niños representan al Pueblo o algo?
ARIEL: (aproximándose) “que yo estoy tratando de decir”. Está poniendo palabras en mi puta boca, “que yo estoy tratando de decir”. Ahora va a sacar nuestras propias putas conclusiones…
KATURIAN: ¡No…!
ARIEL: ¡Nosotros no podemos ni hablar, según este imbécil de hombre! ¡Baje sus putas manos!
Ariel levanta a Katurian de su silla jalándolo del pelo, lo arrodilla frente a él y pega en la cara. Tupolski mira esto, suspira.
TUPOLSKI: ¿Listo en todo momento, no Ariel?
Ariel se detiene. Respirando pesadamente, se regresa a su asiento. (a Katurian)
Vuelva a su silla, por favor.
TUPOLSKI: Ah, casi se me olvida decirlo… Yo soy el policía bueno, él es el malo.
(Pausa.) Pero regresemos a la literatura. El padre, como habíamos dicho, trata mal a
la niñita, y un día la niña coje unas manzanas y talla unos hombrecitos en ellas, con deditos, ojitos y con deditos de los pies, y se los da a su padre, pero le dice que no son para comer, que son para guardar como recuerdo de juventud de su única hijita, y naturalmente, el padre que era un cerdo se los traga todos de un bocado, sólo para fastidiarla, y como había cuchillas de afeitar dentro, agoniza y se muere.
KATURIAN: Y ese podría ser el final del cuento, ese debería ser el final del cuento, el padre se lleva su merecido. Pero sigue.
TUPOLSKI: Pero sigue. La niña se despierta esa noche. Una grupo de hombrecitos-manzana trepan sobre su pecho. Le abren la boca. Le dicen…
KATURIAN: (con una vocecita) “Mataste a nuestros hermanitos…”
TUPOLSKI: “Mataste a nuestros hermanitos”. Se le meten por la garganta y se ahoga en su propia sangre. Fin.
KATURIAN: Es un giro. Parece que fuera una secuencia sueño. Pero no. (Pausa.) ¿Qué? Dije que no era el mejor.
ARIEL: ¿Va mucho al barrio judío, Katurian?
KATURIAN: ¿Al barrio judío? No. De vez en cuando paso por ahí. Recojo a mi hermano en el distrito de Lamenec, en su colegio. No es en el barrio judío. Se pasa por el barrio judío.
ARIEL: Usted recoge a su hermano, él es mayor que usted, ¿todavía va al colegio? KATURIAN: Es un colegio especial. Para problemas de aprendizaje. (Pausa.) ¿Pasa algo con los judíos? No conozco a ningún judío.
ARIEL: ¿No conoce a ningún judío?
KATURIAN: No tengo nada en contra de los judíos, pero no conozco a ningún judío. ARIEL: ¿Pero no tiene nada en contra de los judíos?
KATURIAN: No. ¿Debería?
TUPOLSKI: “¿Debería?” Buena respuesta. “¿Debería?” Cobarde y servil por un lado y vagamente sarcástico y provocativo por el otro. “¿Debería?”
KATURIAN: No trataba de ser provocativo. TUPOLSKI: ¿Estaba tratando de ser servil? KATURIAN: No.
TUPOLSKI: Entonces estaba tratando de ser provocativo. Y ahora Ariel le va a volver a pegar…
KATURIAN: Oigan, no entiendo qué estoy haciendo aquí. No sé qué es lo que quieren que diga. No tengo nada en contra de nadie. Ni contra los judíos, ni contra ustedes, ni contra nadie. Yo sólo escribo cuentos. Eso es lo único que hago. Esa es mi vida. Me quedo en mi casa y escribo cuentos. Eso es todo.
Ariel se pone de pie y va hacia la puerta.
ARIEL: Eso me recuerda. Voy a hablar con el hermano.
Ariel sale, Tupolski sonríe, Katurian se queda pasmado, asustado.
KATURIAN: Mi hermano está en el colegio.
TUPOLSKI: Ariel y yo tenemos un chiste, siempre decimos “eso me recuerda” cuando no hay nada que nos recuerde lo que decimos que nos acordamos. Es muy chistoso.
KATURIAN: Mi hermano está en el colegio.
TUPOLSKI: Su hermano está a una puerta de aquí. KATURIAN: (pausa) Pero se va a asustar…
TUPOLSKI: Quien parece un poco asustado es usted. KATURIAN: Estoy un poco asustado.
TUPOLSKI: ¿De qué está asustado?
KATURIAN: ¡Estoy asustado de que mi hermano esté solo en un lugar extraño, y me asusta que su amigo vaya a hacerle daño, y me asusta que él regrese y me vuelva a hacer daño a mí otra vez, aunque si lo hace, está bien; digo, preferiría que no lo hiciera, pero si hay algo en estos cuentos que no les gusta, adelante, véngase contra mí, pero mi hermano se asusta con mucha facilidad, y no entiende estas cosas, y no tiene nada que ver con estos cuentos de todas formas. Yo sólo si acaso se los leí; así que me parece totalmente injusto que lo hayan traído hasta aquí, y creo que deberían
de una puta vez ir y sacarlo de ahí en este puto instante! ¡En este mismo puto instante!
TUPOLSKI: (pausa) Apuesto a que ahora es adrenalina pura, o no. ¡Ah!, le grité a la policía, ¡ah!, no debí haberlo hecho, ¡ah!, pero estaba verdaderamente cabreado. ¡Ah! cálmese de una puta vez. ¿De acuerdo? ¿Cree que somos animales?
KATURIAN: No.
TUPOLSKI: Pues no, no somos animales. A veces tratamos con animales. Pero no somos animales. (Pausa.) Su hermano va a estar bien. Le doy mi palabra.
Tupolski mira otro cuento dentro del montón.
“El cuento de las tres horcas”. Éste no contiene su tema, por lo visto. KATURIAN: ¿Qué tema?
TUPOLSKI: Ya sabe, su tema: “algún pobre niño a quien joden la vida”. Su tema. KATURIAN: Ese no es un tema. Algunos han tenido ese resultado. Pero ese no es un tema.
TUPOLSKI: Aunque quizás contiene su tema de manera tangencial.
KATURIAN: No tengo temas. He escrito ¿cuántos? Cuatrocientos cuentos, y tal vez diez o veinte tienen niños en ellos.
TUPOLSKI: Niños asesinados.
KATURIAN: ¿Entonces todo esto es sobre cuentos de niños asesinados? ¿Usted cree que estoy tratando de decir que “vayan y maten niños”?
TUPOLSKI: ¡No! ¡Para nada! Ni en broma No estoy diciendo que usted diga que “vayan y maten niños”. (Pausa.) ¿Está tratando de decir que “vayan y maten niños”? KATURIAN: ¡No! ¡De ninguna maldita manera! ¿Está bromeando? ¡No estoy
tratando de decir nada de nada! Eso es todo.
TUPOLSKI: Ya sé, ya sé, eso es todo; el primer deber de un narrador es… KATURIAN: Sí…
KATURIAN: Si aparecen niños en ellos es de forma accidental. Si contienen algo sobre política es accidental. Es accidental.
TUPOLSKI: Excepto, que, no me interrumpa cuando estoy hablando. KATURIAN: No, perdón…
TUPOLSKI: Si pregunto algo directamente, está bien, o si con mis ojos le indico: “a ver, diga algo”, entonces, diga algo, pero si estoy en la mitad de una cosa…
KATURIAN: Lo sé, perdón…
TUPOLSKI: ¡La madre que lo parió, lo está haciendo otra vez! ¿Le pregunté algo directamente? ¿Le indiqué con mis ojos: “a ver, diga algo”?
KATURIAN: No.
TUPOLSKI: No, no lo hice, ¿no? (Pausa.) ¿No? Mire, esta sí fue una pregunta directa y sí le indiqué con mis ojos: “a ver, diga algo”.
KATURIAN: Perdón. Estoy nervioso.
TUPOLSKI: Tiene derecho a estar nervioso. KATURIAN: Lo sé.
TUPOLSKI: No, no me escuchó. Le dije: “tiene derecho … a estar nervioso”. KATURIAN: ¿Por qué?
TUPOLSKI: (pausa) “El cuento de las tres horcas”. ¿Qué está tratando de decirnos en este cuento?
KATURIAN: No estoy tratando de decirles nada. Se supone que es un acertijo sin solución.
TUPOLSKI: ¿Y cuál es la solución?
KATURIAN: No hay. Es un acertijo sin solución.
TUPOLSKI: Yo creo que sí hay una solución. Pero, claro, yo soy muy inteligente. KATURIAN: Bueno, pues, tiene razón, la idea es que uno se pregunte cuál es la solución, pero la verdad es que no hay solución, porque no hay nada peor que las dos cosas que dice.
TUPOLSKI: ¿No hay nada peor? KATURIAN: (pausa) ¿Lo hay?
Tupolski parafrasea el cuento.
TUPOLSKI: Un hombre se despierta en una horca de hierro, en donde lo han abandonado para que se muera de hambre. Sabe que es culpable del crimen por el cual se encuentra ahí, pero no se acuerda cuál era el crimen. Al otro lado de la encrucijada hay otras dos horcas. En una hay una placa que dice: “Violador”; en la otra, hay una placa que dice: “Asesino”. Hay un polvoriento esqueleto dentro de la jaula del violador y, dentro de la jaula del asesino hay un anciano moribundo. Nuestro hombre no puede leer la placa que está fuera de su propia jaula, así que le pide al anciano que se la
lea para saber qué hizo. El anciano mira la placa, mira a nuestro hombre, y luego le escupe a la cara con asco. (Pausa.) Pasan unas monjas. Rezan un poco ante el
violador muerto. Mmmm. Le dan agua y comida al anciano asesino. Mmmm. Leen el crimen de nuestro hombre. Horrorizadas, se alejan llorando. (Pausa.) Pasa un
bandolero, ajá. Mira al violador con poco interés. Ve al anciano asesino, rompe el candado de su jaula, y lo libera. Se acerca a la jaula de nuestro hombre y lee su crimen. El bandolero sonríe ligeramente. Nuestro hombre le devuelve la sonrisa, ligeramente. El bandolero levanta su pistola y le dispara al corazón. Mientras se muere nuestro hombre grita: “¡solo díganme qué fue lo que hice!” El bandolero se aleja sin decirle qué hizo. Las últimas palabras que nuestro
hombre dice son: “¿me iré al infierno?” Y el último sonido que escucha es al bandolero riéndose en voz baja.
KATURIAN: Ese sí es un buen cuento. Un poco estilizado. ¿Qué tipo de estilo? No sé. En realidad no me interesa nada el estilo, pero cuento no hay nada malo con el cuento, ¿o sí?
TUPOLSKI: No, el cuento no tiene nada de malo. No hay nada en ese cuento por lo cual se podría decir que la persona que lo escribió es un puto enfermo hijo de puta. No. Este cuento es una pista.
KATURIAN: ¿Una pista? TUPOLSKI: Una pista. KATURIAN: Ah.
TUPOLSKI: Me dice: sobre la superficie digo esto, pero por debajo de la superficie estoy diciendo otra cosa.
KATURIAN: Ah.
TUPOLSKI: Es una pista. ¿Entiende? KATURIAN: Sí. Es una pista.
TUPOLSKI: Es una pista. (Pausa.) ¿Dice que es su mejor cuento? KATURIAN: No. Es uno de mis mejores cuentos.
TUPOLSKI: Ah, es uno de sus mejores cuentos. Tienes tantos.
KATURIAN: Sí. (Pausa.) Mi mejor cuento es “El pueblo sobre el río”. “El cuento del pueblo sobre el río”.
TUPOLSKI: ¿El mejor es “El cuento del pueblo sobre el río”? Espere, espere, espere, espere, espere, espere, espere, espere, …
Tupolski encuentra el cuento rápidamente.
Espere… Aquí está. Ajá. Esto me dice algo, este es su mejor cuento. KATURIAN: ¿Qué, por qué, es una pista?
Tupolski se queda mirándolo.
Hmm. Es el único que han publicado.
TUPOLSKI: Ya sabemos que es el único que han publicado. KATURIAN: Hasta ahora.
TUPOLSKI: (Se ríe a medias. Pausa) Lo publicaron en La Libertad. KATURIAN: Sí.
TUPOLSKI: La Libertad. KATURIAN: No la leo. TUPOLSKI: No la lee.
KATURIAN: Mando los cuentos a circular, con la esperanza de que el que quiera lo publique. No leo todos los…
TUPOLSKI: No lee La Libertad. KATURIAN: No.
TUPOLSKI: No es ilegal que lea La libertad.
KATURIAN: Lo sé. Ni me que me hayan publicado un cuento.
TUPOLSKI: Contiene su tema. (Pausa.) ¿Le dieron temas en La libertad? Como “escriba un cuento sobre un pony” o “escriba un cuento sobre algún niñito al que le joden la vida”. ¿Se los dieron?
KATURIAN: Solamente me dieron un máximo de palabras. TUPOLSKI: ¿Fue un tema de su elección?
KATURIAN: Fue un tema de mi elección.
Tupolski le entrega a Katurian el cuento.
TUPOLSKI: Léamelo. KATURIAN: ¿Todo? TUPOLSKI: Todo. De pie.
Katurian se levanta.
KATURIAN: Me siento como si estuviera en el colegio.
TUPOLSKI: Mm. Excepto que en el colegio no lo ejecutaban al final. (Pausa.) A menos que haya ido a un colegio realmente duro.
Pausa, Katurian lee el cuento, disfrutando de sus propias palabras, detalles y giros.
KATURIAN: (pausa) Mm… “Hace mucho tiempo, en un pueblecito de calles empedradas, a orillas de un río de corriente veloz, vivía un niño que no se llevaba bien con los otros niños del pueblo; lo molestaban y lo maltrataban porque era pobre, porque sus padres eran alcohólicos, porque se vestía con harapos y porque andaba descalzo. El niño, sin embargo, tenía un carácter alegre y soñador y no le importaban ni los insultos, ni las palizas, ni su interminable soledad. Sabía que era de corazón bueno y que estaba lleno de amor, y que algún día alguien, en algún lugar, se daría cuenta del amor que tenía dentro y le correspondería con bondad. Entonces, sentado una noche, mientras se curaba sus más recientes moretones a la orilla de un puente de madera que cruzaba el río y que conducía al pueblo, oyó que se acercaban un caballo
y una carreta por la oscura calle de piedra, y, a medida que se acercaba más vio al conductor vestido con la más oscura de las ropas; una capucha negra le cubría el rostro arrugado. El cuerpo del niño se estremeció de miedo. Haciendo a un lado el temor, el niño sacó el pequeño sándwich que tenía para comer esa noche, y, en el mismo momento en el que la carreta estaba a punto de cruzar por encima del puente, se lo ofreció al conductor encapuchado para ver si quería un poco. La carreta se detuvo, el conductor asintió con la cabeza, se
bajó y se sentó junto al niño por un rato, compartiendo el sándwich y hablando sobre esto y lo otro. El conductor le preguntó al niño por qué estaba descalzo, vestido con harapos y tan solo, y al contarle el niño sobre su pobre y dura vida, este logró echar un vistazo a la parte de atrás de la carreta. Tenía apiladas un montón de jaulas de animales, pequeñas y vacías, todas sucias y apestosas. Y cuando el niño quiso preguntarle qué clase de animales habían estado dentro, el conductor se paró y dijo que tenía que irse. “Pero antes de que me vaya”, susurró, “como has sido tan amable con un viajero viejo y cansado, ofreciéndome la mitad de tu ya de por sí escasa porción,
quisiera darte algo de cuyo valor puedes hoy no darte cuenta, pero un día, cuando seas un poco mayor, quizás, podrás realmente valorarlo y agradecérme por ello. Ahora, cierra los ojos”. Y así, el niño hizo lo que se le había pedido y cerró los ojos, y, de un bolsillo secreto de su ropa, el conductor sacó un enorme, filudo y brillante cuchillo de carne; levantándolo en el aire y dejándolo caer sobre el pie derecho del niño, amputándole así sus cinco deditos embarrados. Y mientras el niño, sentado en un silencio paralizante, miraba a la distancia, en blanco, sin ver nada en particular, el conductor recogió los sangrientos dedos, los lanzó a la bandada de ratas que se habían empezado a juntar en las alcantarillas, se montó en su carreta, y en total calma cruzó el puente, dejando al niño, a las
ratas, al río y al oscuro pueblo de Hamelin atrás para siempre”.
Katurian mira a Tupolski esperando alguna respuesta, le devuelve el cuento y se sienta otra vez.
De Hamelin, ¿ve?
TUPOLSKI: De Hamelin.
KATURIAN: ¿No lo entiende? El niño es el pequeño cojo que no alcanza a seguir al Flautista de Hamelin cuando éste regresa para llevarse a todos los niños. Así fue como quedó cojo.
TUPOLSKI: Ya veo. KATURIAN: Es un giro.
KATURIAN: Él estaba detrás de los niños. TUPOLSKI: ¿Quién estaba detrás de los niños?
KATURIAN: Detrás de los niños estaba El Flautista de Hamelin. Desde el principio. Mi idea era que él llevó las ratas. Él llevó las ratas. Él sabía que la gente del pueblo no le iba a pagar. Estaba detrás de los niños desde el principio.
TUPOLSKI: (asiente con la cabeza. Pausa) Esto me recuerda.
Tupolski va hacia los cajones del archivero, saca una caja de metal del tamaño de una caja de galletas, se sienta y la pone sobre la mesa en medio de ellos.
KATURIAN: ¿Qué? Ah… “Esto le recuerda”, cuando no le recuerda a nada.
Tupolski se queda mirándole.
¿Qué hay en la caja?
Se escucha a un hombre gritando terriblemente a unos cuantos cuartos de ahí. Katurian se pone de pie, muy nervioso
Ese es mi hermano.
TUPOLSKI: (escuchando) Sí, creo que sí. KATURIAN: ¿Qué le está haciendo?
TUPOLSKI: Pues algo jodidamente horrible. Yo no sé. ¿O sí? KATURIAN: Me dijo que no lo iba a tocar.
TUPOLSKI: Yo no lo he tocado.
KATURIAN: Pero me dijo que iba a estar bien. Me dio su palabra.
Los gritos paran.
TUPOLSKI: Katurian, soy un policía de alto rango en una puta dictadura totalitaria. ¿Cómo se le ocurre creer en mi palabra?
Ariel regresa, envolviendo su mano ensangrentada con un trapo blanco.
Ariel se lleva hacia un lado a Tupolski. Hablan en un rincón por un momento y luego se sientan.
¡Le he preguntado ¿qué le hizo a mi hermano?!
TUPOLSKI: ¿Ves, Ariel? Ahora es Katurian el que hace las preguntas. Primero fue: “¿Qué hay en la caja?” –eso fue mientras torturabas al retrasado ese-, y luego “¿qué le hizo a mi hermano?”
KATURIAN: A la mierda “qué hay en la caja”. ¿Qué le hizo a mi hermano?
TUPOLSKI: Pues bien, Ariel tuvo una infancia difícil, ¿ve? Y tiende a desquitarse con todos los retrasados que llegan a nuestra custodia. Es algo muy malo, si se piensa bien.
KATURIAN: ¿Qué le hizo?
ARIEL: ¿Sabe qué? Siendo usted tan arribista y tan escandaloso normalmente ya le hubiera partido la cara, pero como eso es lo que le estaba haciendo a su hermano subnormal, me está doliendo la mano un huevo, así que por ahora sólo le voy a hacer una severa advertencia.
KATURIAN: Quiero ver a mi hermano. Ahora mismo.
TUPOLSKI: Le rompiste la cara, ¿cierto, Ariel? Aunque, un momento, eso podría clasificarse como brutalidad policial, ¿no? ¡Uy, no!
ARIEL: En serio que me jodí la mano. TUPOLSKI: ¡Mira tu pobre mano! ARIEL: Lo sé. En serio me duele.
TUPOLSKI: ¿Cuántas veces te lo he dicho? Usa una porra o algo. ¿Con las manos Ariel? ¿Y con un retrasado? Ni siquiera va a sentir el placer.
KATURIAN: ¡Sólo es un niño!
ARIEL: Por el momento me voy a tomar un descanso, pero la próxima vez que entre ahí, le voy a meter algo afilado y se lo voy girar por dentro.
TUPOLSKI: Um, Ariel, eso definitivamente se clasificaría como “brutalidad policial”.
TUPOLSKI: ¿Qué pasó con la tercera niña? KATURIAN: ¿Qué? (Pausa.) ¿Qué tercera niña?
ARIEL: Entonces son usted y su hermano, ¿no? ¿Son cercanos, usted y su hermano? KATURIAN: Es lo único que tengo.
ARIEL: Usted y su hermano tarado. KATURIAN: No es tarado.
TUPOLSKI: “El escritor y su hermano tarado”. El título para un cuento, Katurian. KATURIAN: (llorando) Es sólo un niño.
TUPOLSKI: No, no lo es. ¿Sabe quién sí? Andrea Jovacovic. ¿Sabe quién era? KATURIAN: (pausa. Se sienta.) Sólo por los periódicos.
TUPOLSKI: Sólo por los periódicos. ¿Qué sabe de ella “sólo por los periódicos”? KATURIAN: Es la niña que encontraron en el cerro.
TUPOLSKI: Es la niña que encontraron en el cerro, sí. ¿Sabe cómo murió? KATURIAN: No.
TUPOLSKI: ¿Por qué no sabe cómo murió? KATURIAN: Porque los periódicos no lo decían.
TUPOLSKI: Los periódicos no lo decían. ¿Sabe quién era Aaron Goldberg? KATURIAN: Sólo por los periódicos.
TUPOLSKI: Sí. Era el niño que encontraron en el basurero detrás del barrio judío. ¿Sabe cómo murió?
KATURIAN: No.
TUPOLSKI: No, los periódicos no lo decían. Los periódicos no dicen muchas cosas. Los periódicos no dijeron nada sobre la tercera niña, una niña muda desaparecida hace tres días, misma zona, misma edad.
ARIEL: Los periódicos dirán algo esta noche.
TUPOLSKI: Los periódicos dirán algo esta noche. Los periódicos dirán muchas cosas esta noche.
KATURIAN: ¿Sobre la niña muda?
TUPOLSKI: Sobre la niña muda. Sobre las confesiones. Sobre las ejecuciones. Sobre ese tipo de cosas.
KATURIAN: Pero… no entiendo qué están tratando de decirme. ¿Están tratando de decirme que no debería escribir cuentos de asesinatos con niños porque en este país existen asesinatos de niños?
ARIEL: Quiere hacernos creer que todo lo que tenemos en contra de él no es más que un desacuerdo con su puto estilo literario. Como si no supiéramos lo que me acaba de decir el hermano.
KATURIAN: ¿Qué le acaba de decir mi hermano? ARIEL: Como si no supiéramos lo que hay en la caja.
KATURIAN: Lo que les haya dicho, hicieron que se los dijera. Él no habla con extraños.
ARIEL: (ajustándose el trapo ensangrentado) Habló conmigo. Parece que habla con extraños la mar de bien. Me dijo que usted y él sí hablan con extraños.
KATURIAN: Quiero verlo. ARIEL: ¿Quiere verlo?
KATURIAN: Quiero verlo. Eso dije. ARIEL: ¿Está exigiendo verlo?
KATURIAN: Hostia puta, sí, estoy exigiendo verlo. Quiero ver si está bien. ARIEL: Él nunca va a estar bien.
KATURIAN: (de pie) ¡Tengo el derecho de ver a mi hermano! ARIEL: No tiene ningún puto derecho.
ARIEL: No, ya no tiene derechos.
KATURIAN: Tengo derechos. Todo el mundo tiene derechos. ARIEL: Usted no.
KATURIAN: ¿Por qué yo no? TUPOLSKI: Abra la caja. KATURIAN: ¿Eh?
ARIEL: Le voy a dar sus derechos en un minuto.
KATURIAN: Sí, como supongo que también se los dio a mi hermano. ARIEL: A él ya le dí sus derechos muy bien dados.
KATURIAN: Me lo imagino. Por su puta vida, me lo puedo imaginar. TUPOLSKI: Abra la caja.
ARIEL: No, soy yo quien, por mi puta vida, se lo puede imaginar. KATURIAN: Sí, por su puta vida, se lo puede imaginar.
ARIEL: ¡No, yo, el que por mi puta vida, me lo puedo imaginar! KATURIAN: ¡Ya sé, por su puta vida, que se lo puede imaginar…! TUPOLSKI: (gritando) ¡Abra la puta caja!
KATURIAN: ¡Ya abro la puta caja!
Katurian, furioso arranca la tapa de la caja y horrorizado por lo que ve en el interior, se echa hacia atrás y se va temblando a un rincón.
KATURIAN: ¿Qué es eso?
ARIEL: “¿Qué es eso?” Usted sabe qué es eso. Los encontramos en su casa. KATURIAN: ¡No…!
KATURIAN: ¡No!
ARIEL: Pero difícilmente es el autor intelectual. ¿Sabe cómo murió la niña que encontraron en el cerro? Con dos cuchillas de afeitar en su pequeña garganta, cubiertas por una manzana. ¿Curioso, no?
Tupolski se acerca a la caja…
ARIEL: ¿Sabe cómo murió el niñito judío?
…y saca cinco dedos de los pies, ensangrentados.
TUPOLSKI: Su primer dedo, su segundo dedo, sus tercer dedo, su cuarto dedo, su quinto dedo.
ARIEL: Esos son los dedos de ese pobre niño judío, y los encontraron en su casa, ¿y no tienen nada que ver con usted?
KATURIAN: (llorando) ¡Yo sólo escribo cuentos! ARIEL: Estos dedos son un muy buen giro final. ¿no? TUPOLSKI: Que se los trague.
Ariel arranca a Katurian de la silla.
ARIEL: ¡¿Dónde está la niña muda?! ¡¿Dónde está la niña muda?!
Ariel trata de meter los dedos a la boca de Katurian.
TUPOLSKI: Que no se los trague, Ariel. ¿Qué haces? ARIEL: Me dijo que se los tragara.
TUPOLSKI: ¡Sólo para asustarlo! ¡Son evidencias! ¡Tenga un poco de cabeza!
ARIEL: ¡A la mierda con “tenga un poco de cabeza”! ¡No empiece conmigo otra vez! Y también deje la mierda esa del “problema de infancia”.
TUPOLSKI: Pero usted sí tuvo una infancia problemática… ARIEL: ¡Que lo deje!
ARIEL: ¡Váyase a la mierda! TUPOLSKI: ¿Perdón?
ARIEL: Dije “¡Váyase a la mierda!”
Ariel arroja los dedos al piso y sale malhumorado. Tupolski recoge los dedos y los vuelve a meter en la caja.
TUPOLSKI: Qué mal genio.
Pausa.
KATURIAN: No entiendo absolutamente nada de lo que pasa.
TUPOLSKI: ¿No? Pues esto es lo que pasa desde las 5:15 p.m. del lunes cuatro. Junto a la evidencia que encontramos en su casa, su hermano, tarado o no, bajo presión o no, admitió lo suficiente sobre los asesinatos para ser ejecutado antes antes de que amanezca, pero, como dijo Ariel, él difícilmente es el autor intelectual, así que queremos que confiese usted también. Nos gusta ejecutar escritores. A los idiotas los podemos ejecutar cualquier día. Y lo hacemos. Pero, al ejecutar a un escritor se manda un mensaje, ¿entiende? (Pausa.) No sé qué mensaje será, esa no es mi especialidad, pero se manda un mensaje. (Pausa.) No, ya sé. Ya sé qué mensaje se manda. Se manda el mensaje: “NO…ANDE… POR AHÍ… MATANDO…A… LOS…NIÑOS” (Pausa.) ¿Dónde está la niña muda? Su hermano no quiso soltar la LENGUA.
KATURIAN: ¿Detective Tupolski? TUPOLSKI: ¿Señor Katurian?
KATURIAN: He estado oyendo toda su mierda por un buen rato, y quiero decirle un par de cosas. No creo que mi hermano les haya dicho una sola palabra. Creo que están tratando de culparnos por dos razones. Una, porque por algún motivo, no le gustan los cuentos que escribo, y dos, porque, por alguna razón, no le gusta que que la gente discapacitada se acumule en sus calles. Creo además que no les voy a decir ni una sola palabra más hasta que me dejen ver a mi hermano. Así que tortúreme todo lo que quiera, Detective Tupolski, porque no voy a decir ni una puta palabra más. TUPOLSKI: (pausa) Ya veo. (Pausa.) Entonces mejor voy por los electrodos.
Tupolski sale con la caja de metal. Se cierra la puerta detrás de él. La cabeza de Katurian se desploma.
Escena dos
Katurian sentado sobre una cama, rodeado de juguetes, pinturas, plumas, papel, en el, parece ser, cuarto de un niño. Al lado se encuentra otro cuarto idéntico, hecho quizás de cristal, pero cerrado con un candado y totalmente oscuro. Katurian relata el cuento en el que actúan él, la madre, que lleva unos diamantes, y el padre, que lleva barba de chivo y lentes.
Había una vez un niño a quien su papá y su mamá cubrían con amor, dulzura, calidez y todas esas cosas. Tenía su propio cuarto en una casa grande, en la mitad de un hermoso bosque. No le hacía falta nada: todos los juguetes del mundo eran suyos, todas las pinturas, todos los libros, todo el papel, todos los lápices. Todas las semillas de la creatividad habían sido implantadas en él desde muy temprana edad; y la
escritura se convirtió en su gran amor: cuentos cortos, cuentos de hadas, pequeñas novelas, todas cosas felices y coloridas sobre ositos, cerditos, ángeles y todas esas cosas, y algunos eran buenos; otros, muy buenos. El experimento de sus padres había funcionado. La primera parte del experimento de sus padres había funcionado.
La madre y el padre, después de besar y acariciar a Katurian, entran al otro cuarto y desaparecen de la vista.
Fue en la noche de su séptimo cumpleaños cuando empezaron las pesadillas. El cuarto contiguo al suyo había estado siempre cerrado bajo llave y candado por razones que el niño nunca supo con certeza, y que nunca cuestionó, hasta que el ronroneo grave de taladros, el rechineo de tornillos apretándose, el desafilado chispeo de aparatos eléctricos desconocidos, y los gritos camuflados de un niño amordazado, empezaron a emanar a través de la gruesa pared de ladrillo. Noche tras noche. (A la
madre, con voz infantil) “¿Qué fueron todos esos ruidos de anoche, mami?”(con voz normal) preguntaba después de cada larga y desesperada noche en vela. A lo que la
madre respondía…
MADRE: Ay mi pequeño Kat, no es más que tu maravillosa imaginación superactiva que se burla de ti.
KATURIAN: (voz infantil) Ah. ¿Y todos los niños de mi edad oyen esos horribles ruidos de todas las noches?
MADRE: No, mi amor. Sólo los que tienen mucho talento.
siguió escribiendo y sus padres se lo acolitaban con el amor más grande, pero los ruidos y los gritos continuaban…
En el cuarto contiguo, semioscuro, se sugiere una pesadilla. Aparece, por un segundo, un niño de ocho años amarrado a la cama y torturado con taladros y chispas de electricidad.
…y sus cuentos se volvían más y más y más extraños. Se volvían cada vez mejores gracias a tanto amor y a tanto estímulo, como suele suceder, pero también se volvían más y más oscuros, gracias al sonido constante de tortura infantil, como suele
suceder.
Se apaga la iluminación del cuarto contiguo. La madre, el padre y el niño ya no se pueden ver. Katurian hace a un lado todos los juguetes, etc.
Fue el día en que cumplió catorce años, el día en que esperaba el resultado de un concurso literario en el que estaba inscrito, que una nota apareció por debajo de la puerta del condenado cuarto…
Un papel con anotaciones en rojo aparece debajo de la puerta. Katurian lo recoge.
…una nota que decía: “A ti te han querido y a mí me han torturado durante siete años por razón un experimento artístico, un experimento artístico que ha funcionado. Ya no escribes sobre cerditos
verdes, ¿o sí? La nota estaba firmada por “tu hermano” y estaba escrita con sangre.
Con un hacha, Katurian irrumpe en el cuarto contiguo.
Con un hacha rompió la puerta para descubrir…
Se iluminan el padre y la madre solos en el cuarto, con taladros y la grabación de los sonidos anteriormente descritos.
…a sus padres, adentro, sentados, sonriendo, y solos; su padre hacía ruidos con un taladro, su madre daba gritos camuflados como un niño amordazado. Había una pequeña olla con sangre de cerdo entre los dos, y su padre le pidió que leyera el otro lado de la nota. El niño lo hizo y descubrió que se había ganado el primer premio de cincuenta libras en el concurso literario. Todos rieron. La segunda parte del
experimento de sus padres había culminado.
El padre y la madre se acuestan juntos a dormir en la cama de Katurian. Las luces bajan.
Se cambiaron de casa al poco tiempo, y aunque los sonidos de las pesadillas
estar agradecido con sus padres por toda la locura a la que lo habían sometido. Y años después, en el día en que se publicó su primer libro, decidió volver a visitar la casa de su infancia por primera vez desde que se fue. Recorrió despreocupadamente su
antiguo cuarto, y todos sus juguetes y pinturas estaban aún tirados por ahí…
Katurian entra al cuarto contiguo y se sienta en la cama.
…luego entró al cuarto de al lado, en el que todavía estaban los viejos taladros cubiertos de polvo, y los candados y los cables eléctricos, tirados por ahí. Y sonrió pensando en cuán desquiciada era la idea en sí, pero su sonrisa se desvaneció cuando se topó…
La superficie de la cama se ve muy irregular, como si estuviera llena de bultos. Saca el colchón para descubrir el horrendo cadáver de un niño…
…con el cadáver de un niño de catorce años que habían dejado ahí para que se pudriera, sin casi un solo hueso que no estuviera roto o quemado, y en cuyas manos había un cuento, garabateado con sangre. Y el niño leyó ese cuento, un cuento que sólo podría haber sido escrito bajo la más enferma de las circunstancias; y era la cosa más dulce y más delicada con que jamás se había encontrado; pero, lo peor de todo es que era mejor que cualquier cosa que él mismo hubiera podido escribir. O fuera capaz escribir.
Katurian coge un mechero y le prende fuego al cuento.
Así que quemó el cuento, cubrió de nuevo a su hermano y nunca le dijo una palabra de lo que había visto a nadie. Ni a sus padres, ni a sus editores, ni a nadie.
La parte final del experimento de sus padres había terminado.
Las luces bajan en el otro cuarto, pero suben ligeramente para iluminar la cama en la cual la madre y el padre todavía siguen acostados.
El cuento de Katurian, “El escritor y su hermano”, se acaba ahí de manera moderna y deprimente, sin hablar sobre los un poco más comprometedores detalles de la historia real, en la que después de haber leído la nota escrita con sangre y de haber entrado al cuarto vecino, fue en realidad…
El cadáver del niño está sentado, erguido, y sujeto sobre la cama, respirando con dificultad.
…a su hermano a quien se encontró ahí, vivo, pero con un daño cerebral irreversible, por lo que esa misma noche, mientras sus padres dormían, el niño de catorce años sujetó una almohada sobre la cabeza de su padre.
unos golpecitos sobre el hombro a su madre. Ésta abre sus ojos somnolientos para ver a su marido muerto con la boca abierta.
…y, después de despertarla por un instante para que viera a su marido azul y muerto, sujetó otra vez una almohada sobre la cabeza de su madre.
Katurian, pálido, coloca una almohada sobre la cabeza de su madre que grita. Su cuerpo se sacude con violencia, pero él mantiene con fuerza la almohada, mientras las luces bajan lentamente hasta apagarse.
SEGUNDO ACTO
Escena uno
Una celda. Michal está sentado sobre una silla de madera, dándose golpecitos sobre los muslos, mientras escucha los gritos intermitentes de su hermano, Katurian, que está siendo torturado en otro cuarto. Sobre un delgado colchón, a unos metros, una colcha y una almohada.
MICHAL: “Había una vez… en un sitio lejos, muy lejos de aquí…
Katurian vuelve a gritar. Michal lo imita hasta que desaparecen los gritos.
“Había una vez, en un sitio lejos, muy lejos de aquí, un cerdito verde. Había un cerdito verde. Que era verde. Um…
Katurian vuelve a gritar. Michal lo imita hasta que desaparecen los gritos, se levanta y camina vagamente.
“Había una vez, en un sitio lejos, muy lejos de aquí, un cerdito verde…” ¿Sí era en un sitio lejos, muy lejos de aquí? ¿Dónde sería? (Pausa.) Sí, sí era en un sitio lejos, muy lejos de aquí y había un cerdito verde…
Katurian grita. Michal lo imita, pero esta vez, irritado.
¡Cállate, Katurian! ¡Estás haciendo que se me olvide el cuento del cerdito verde con todos esos gritos! (Pausa.) ¿Qué era lo que hacía el cerito verde después? Le… le dijo a un tipo… Le dijo a un tipo: “Hola…señor…”
Katurian grita. Michal sólo escucha.
Mmm, en todo caso no sé contar cuentos como tú. Me gustaría que se dieran prisa y que dejaran de torturarte. Estoy aburrido. Este sitio es muy aburrido. Me gustaría…
Se oye que abren el cerrojo del otro cuarto. Michal escucha. La celda de Michal no tiene llave y Katurian, ensangrentado y sin aliento, es arrojado dentro por Ariel.
ARIEL: Volveremos a trabajar en usted en un minuto. Voy por mi comida.
Michal lo aprueba levantando los pulgares. Ariel cierra con llave la puerta. Michal mira a Katurian, quien tiembla sobre el piso, va a acariciarle la cabeza, pero no lo logra y vuelve a su silla.
MICHAL: Hola.
Katurian lo ve, gatea hacia él y se abraza a la pierna de Michal. Michal lo mira, sintiéndose inútil.
¿Qué haces?
KATURIAN: Me estoy abrazando a tu pierna. MICHAL: Ah. (Pausa.) ¿Para qué?
KATURIAN: ¡No sé, me duele! ¿No puedo abrazarme a la pierna de mi hermano si tengo dolor?
MICHAL: Claro que sí, Katurian. Pero me parece raro. KATURIAN: (pausa) En fin, ¿y tú cómo estás?
MICHAL: Muy bien. Sólo un poquito aburrido. Oye, ¡qué de ruido hacían? ¿Qué hacían, torturarte?
KATURIAN: Sí.
MICHAL: (chasquea la lengua en señal de desaprobación. Pausa) ¿Te dolió?
Katurian suelta la pierna de Michal.
KATURIAN: Si no doliera, Michal, no sería tortura, ¿no crees? MICHAL: No, supongo.
KATURIAN: ¿A ti te dolió? MICHAL: ¿Si me dolió qué? KATURIAN: Que te torturaran. MICHAL: No me torturaron.
KATURIAN: ¿Qué?
Katurian lo observa por primera vez, viendo que no tiene ni cortes, ni moretones.
MICHAL: No. El tipo dijo que iban a torturarme, pero pensé: “Uy no, eso puede doler mucho”, entonces le dije al tipo lo que quería oír y todo estuvo bien.
KATURIAN: Pero te oí gritar.
MICHAL: Sí, me pidió que gritara. Me dijo que lo hacía muy bien. KATURIAN: ¿Así que sólo te dijo qué decir y tú lo admitiste? MICHAL: Sí.
KATURIAN: (pausa) Júrame por tu vida que no mataste a esos tres niños. MICHAL: Te juro por mi vida que no maté a esos tres niños.
Katurian suspira aliviado, abrazándose de nuevo a la pierna de Michal.
KATURIAN: ¿Firmaste algo?
MICHAL: ¿Qué? Tú sabes que no puedo firmar nada.
KATURIAN: Entonces tal vez aún podemos librarnos de esto. MICHAL: ¿Librarnos de qué?
KATURIAN: De ser ejecutados por matar a tres niños, Michal.
MICHAL: Ah, libarnos de ser ejecutados por matar a tres niños. Sería genial, ¿cómo? KATURIAN: Lo único que tienen en nuestra contra es lo que tú dijiste, y las cosas que dicen que encontraron en la casa.
MICHAL: ¿Qué cosas?
KATURIAN: Una caja llena de dedos de pie. No, un momento. Dijeron que eran dedos de pie. No parecían dedos de pie. Podrían haber sido cualquier cosa. Mierda, joder. (Pausa.) Además dijeron que te habían torturado, y sus manos estaban llenas de sangre. ¿Me estás diciendo que no te tocó para nada?
KATURIAN: Déjame pensar un minuto. Déjame pensar un minuto. MICHAL: Te gusta pensar, ¿no?
KATURIAN: ¿Por qué estamos siendo tan estúpidos? ¿Por qué nos estamos creyendo todo lo que nos dicen?
MICHAL: ¿Por qué?
KATURIAN: Esto es como cuando cuentas un cuento. MICHAL: Lo sé.
KATURIAN: Un tipo entra a un cuarto y dice: “su mamá está muerta”, ¿no? MICHAL: Ya sé que mi mamá está muerta.
KATURIAN: No, ya lo sé, pero en un cuento… un tipo entra a un cuarto y le dice a otro: “su mamá está muerta”. ¿Qué sabemos? ¿Sabemos que la mamá del otro tipo está muerta?
MICHAL: Sí.
KATURIAN: No, no lo sabemos. MICHAL: No, no lo sabemos.
KATURIAN: Lo único que sabemos es que un tipo entra a una habitación y le dice a otro: “su mamá está muerta”. Eso es lo único que sabemos. La primera regla para contar un cuento es: “no creerse todo lo que lee en los periódicos.”
MICHAL: No leo los periódicos.
KATURIAN: Muy bien. Estarás siempre un paso adelante de todos los demás. MICHAL: No sé de qué estás hablando, Katurian. Pero, eres muy gracioso.
KATURIAN: Un tipo entra a una habitación y dice: “Su hermano acaba de confesar que mató a tres niños, y encontramos el dedo del pie de un niño en una caja en su casa”. ¿Qué sabemos?
MICHAL: ¡Ajá! ¡Ya entiendo!
MICHAL: No.
KATURIAN: No. ¿Sabemos que el hermano confesó que mató a los tres niños? MICHAL: No.
KATURIAN: No. ¿Sabemos que encontraron los dedos de los pies de un niño en una caja en su casa? No. ¿Sabemos… Dios mío…
MICHAL: ¿Qué?
KATURIAN: Ni siquiera sabemos si mataron a algún niño. MICHAL: Salió en los periódicos.
KATURIAN: ¿Quién dirige los periódicos? MICHAL: La policía. Ah. Eres muy astuto.
KATURIAN: Dios mío. “Un escritor en un estado totalitario es interrogado sobre el espeluznante contenido de sus cuentos y sus semejanzas con un número de asesinatos infantiles que vienen ocurriendo en su ciudad. Una número de asesinatos infantiles, que, de hecho,… no están ocurriendo para nada”. (Pausa.) Me gustaría tener un cuaderno. Podría escribir un cuento bastante bueno con todo esto. Si no fueran a ejecutarnos en una hora. (Pausa.) Cualquier cosa que hagan, Michal, no importa qué, no firmes nada. No importa lo que te hagan, no firmes nada. ¿Entendido?
MICHAL: Me hagan lo que me hagan, no firmo nada. No importa lo que me hagan, no firmo nada. (Pausa.) ¿Puedo firmar con tu nombre?
KATURIAN: (sonriendo) Sobre todo, no firmes con mi nombre.
MICHAL: “Maté a un montón de niños”, firma Katurian Katurian. ¡Ja! KATURIAN: Cabroncete de mierda…
MICHAL: “Y no tuvo nada que ver con su hermano, Michal, ni un poquito”. Firma Katurian Katurian. ¡Ja!
KATURIAN: Te voy a dar… MICHAL: No…
Katurian.
KATURIAN: ¡Aargh, por Dios, Michal! MICHAL: Perdón, Katurian.
KATURIAN: Está bien. (Pausa.) Vamos a estar bien, Michal. Vamos a estar bien. Saldremos de aquí. Si nos mantenemos unidos.
MICHAL: Sí. Me pica mucho el culo hoy. No sé por qué. ¿Nos queda un poco del talco ese?
KATURIAN: No, ya te lo acabaste. Y es muy caro, por cierto. MICHAL: Mm. Y no vamos a ir a casa en un buen rato, ¿verdad? KATURIAN: Verdad.
MICHAL: Me va a tocar quedarme aquí sentado con picor en el culo.
KATURIAN: Sí, y por favor sigue hablándome del tema, me levanta el ánimo.
MICHAL: ¿En serio? No, no seas bobo. Un culo no puede levantarte el ánimo ¿o sí? KATURIAN: Depende del culo.
MICHAL: ¿Qué? Idiota. (Pausa.) Bueno, de todas maneras me pica. Eso te cuento. Estoy tratando de no rascarme ni nada, porque estás aquí, pero, te juro que me pica mucho. (Pausa.) Me pica el culo. (Pausa.) Cuéntame un cuento, Katurian. Para distraerme de….
KATURIAN: Para distraerte de la picor de culo… MICHAL: Del picor de mi culo, sí…
KATURIAN: ¿Qué cuento quieres? MICHAL: Mm. “El cerdito verde”. KATURIAN: No. Ese es muy idiota.
MICHAL: No es muy idiota. Es bueno. “El cerdito verde”. Hace un rato estaba tratando de acordarme de él.
MICHAL: “El Hombre almohada”.
KATURIAN: (sonríe) ¿Por qué “El Hombre almohada”?
Michal se encoge de hombros.
Uy, ese es de hace tiempo, ¿no? MICHAL: Sí, es de hace tiempo.
KATURIAN: A ver, ¿cómo empieza…? MICHAL: “Había una vez…”
KATURIAN: Sí, ya sé, pero estoy tratando de recordar cómo empieza en realidad… MICHAL: (irritado) “Había una vez…”
KATURIAN: Muy bien. ¡Dios! (pausa) Había una vez… un hombre que no parecía un hombre normal. Medía casi tres metros…
Michal, atento, silba silenciosamente.
Y estaba hecho de esas almohadas rosadas, suaves y blanditas: sus brazos eran
almohadas, sus piernas eran almohadas y su cuerpo era una almohada; sus dedos eran almohaditas pequeñas y hasta su cabeza era una almohada, una almohada grande y redonda.
MICHAL: Una almohada circular. KATURIAN: Da lo mismo.
MICHAL: Pero yo prefiero “una almohada circular”.
KATURIAN: Su cabeza era una almohada circular. Y en la cabeza tenía dos botones como ojos y una boca grande y sonriente que siempre sonreía, para que siempre se le vieran los dientes, que también eran de almohadas. Unas almohaditas blancas.
MICHAL: “Almohadas”. Pon tu boca como la sonrisa del hombre almohada.
Katurian pone una enorme sonrisa idiota. Michal le toca suavemente los labios y las mejillas.
inofensivo, porque su trabajo, porque su trabajo era muy triste y muy difícil… MICHAL: Oh-oh, ahí viene…
KATURIAN: Cada vez que un hombre o una mujer estuviera muy, muy triste por haber tenido una vida dura y horrible, y quisiera acabar con todo, quitándose la vida para ahogar el dolor; bueno, cada vez que alguien estuviera a punto de hacerlo ya fuera con una navaja, con una bala, con gas o…
MICHAL: O saltando de algo muy alto.
KATURIAN: Sí. Por el método preferido de suicidio–“preferido” quizás no es la
mejor palabra, pero en todo caso, cada vez que alguien estuviera a punto de hacerlo, el Hombre almohada se les aparecía, se sentaba con ellos, los abrazaba suavemente y les decía: “Espera”, y el tiempo, curiosamente, se ralentizaba, y mientras se
ralentizaba, el Hombre almohada viajaba a la época en que ese hombre o esa mujer era un niño o una niña, cuando el horror de su vida todavía no había comenzado. Y bien, el trabajo del Hombre almohada era muy muy triste, porque consistía en convencer a cada niño de matarse, para evitar los años de dolor que vendrían, y que de todas formas terminarían de la misma manera: frente a un horno, frente a una pistola, frente a un lago. “Pero nunca he oído de algún niño que se mate”, podría decirse. Pues bien, el Hombre almohada siempre les sugería hacerlo de manera que pareciera un accidente trágico: les mostraba el frasco de pastillas que parecía un frasco de dulces; les mostraba la parte del río en la que el hielo era más delgado; les mostraba las carreteras en medio de lo cuales era peligroso jugar; les mostraba las bolsas de plástico sin huecos para respirar y les mostraba cómo apretarlas. Esto porque los papás y las mamás digieren con más facilidad la pérdida de un niño de cinco años, en un accidente trágico, que la perdida de un niño de cinco años que ha visto lo jodida que es la vida y ha decidido tomar medidas para evitarla. Ahora, no todos los niños le hacían caso al Hombre almohada. Había una niñita, una pequeña feliz que no quiso creer al Hombre almohada cuando éste le dijo que su vida iba a ser horrorosa. Ella lo despreció y él se fue llorando, derramando lágrimas gigantes que formaban unos charcos así de grandes. La noche siguiente volvieron a golpear en el cuarto de la niña y ésta dijo: “vete, Hombre almohada, ya te dije que soy feliz. Siempre
he sido feliz y siempre seré feliz”. Pero no era el Hombre almohada. Era otro hombre.
Su mamá no estaba en casa y este hombre vendría a visitarla cada vez que su mamá no estuviera. Y muy pronto la niña se empezó a volver muy, muy triste, y a los veintiún años, sentada frente al horno, le dijo al Hombre almohada: “¿Por qué no trataste de convencerme?” Y el Hombre almohada le contestó: “Traté de convencerte pero eras demasiado feliz”. Y mientras abría por completo la llave del gas, dijo: “Pero
nunca he sido feliz. Nunca he sido feliz”.
MICHAL: Mm, ¿podrías saltarte hasta el final, por favor? Esta parte es un poco pesada.
KATURIAN: Pues, eso me parece un poco grosero, Michal.
MICHAL: Ah. Perdón, Katurian. (Pausa.) Pero, ¿podrías saltarte hasta el final, por favor?
KATURIAN: (pausa) Bueno… el final del Hombre almohada… Entonces, cada vez que al Hombre almohada le iba bien en su trabajo, algún niño se moría horriblemente. Y cada vez que al Hombre almohada le iba mal en su trabajo, algún niño tenía una vida espantosa, y luego se convertía en un adulto que tenía también una vida
espantosa, y luego se moría de alguna forma espantosa. Así que el Hombre almohada, siendo tan alto y tan blandito, se pasaba llorando todo el día, y su casa estaba siempre llena de charcos por todas partes, y entonces un buen día decidió llevar a cabo su trabajo final. Se fue a un sitio que quedaba al lado de una hermosa ladera que recordaba de tiempo atrás…
MICHAL: Me gusta esa parte.
KATURIAN: Y llevó una lata de petróleo, y había un viejo sauce llorón, y se sentó debajo a esperar un rato, y vio que ahí mismo había un montón de juguetes, y… MICHAL: Dí qué juguetes había.
KATURIAN: Había un carrito, y un perrito de juguete y un calidoscopio. MICHAL: ¡¿Había un perrito de juguete?! ¿Ladraba?
KATURIAN: Eeh… sí. Bueno y entonces, cerca de ahí, había un pequeño coche casa, y el Hombre almohada oyó que se habría su puerta y que salían unos pequeños pies, y oyó la voz de un niño que decía: “Salgo un ratito a jugar, mami” y la madre le
contestó: “Bueno, pero no vayas a llegar tarde para el té, hijo”. “No, mamá”. El Hombre almohada oyó que los pasitos se acercaban, y que se abrieron las ramas del sauce, pero no era un niño, era un pequeño niño hecho de almohadas, un Chico almohada. El Chico almohada saludó al Hombre almohada y el Hombre almohada saludó al Chico almohada los dos jugaron con los juguetes un rato…
MICHAL: Con el coche y con el calidoscopio y con el perrito de juguete que ladraba. Pero te apuesto que sobre todo con el perrito de juguete, ¿o no?
KATURIAN: Y el Hombre almohada le contó todo lo de su triste trabajo y lo de los niños muertos y todo eso, y el pequeño Chico almohada lo entendió inmediatamente pues era un pequeño muy feliz y lo único que quería era ayudar a los demás, y
entonces se roció con la lata de petróleo, mientras su boquita sonriente seguía
sonriendo. El Hombre almohada, en medio de sus grandes lágrimas, le dijo: “gracias” al Chico almohada y el Chico almohada dijo: “No pasa nada. ¿le dirías a mi mamá que esta noche no voy a tomar el té?” El Hombre almohada le dijo: “sí, claro”,
mintiendo. El Chico almohada encendió un fósforo y el Hombre almohada se sentó a verlo quemarse. Y mientras el Hombre almohada empezaba a desaparecer
suavemente, lo último que pudo ver fue la boquita feliz y sonriente del Chico
almohada que se derretía lentamente, consumiéndose hacia la nada. Eso fue lo último que vio. Lo último que oyó fue algo que ni siquiera se había imaginado. Lo último que oyó fueron los gritos de los cientos de miles de niños a los que él había ayudado a morir, que regresaban a la vida para lidiar con la fría y maldita existencia que les estaba destinada, pues ahora él ya no estaría ahí para prevenirlos. Oyó también los gritos de las tristes y autoprovocadas muertes, que esta vez, claramente, habrían sido realizadas enteramente a solas.
MICHAL: Mmm. (Pausa.) No entiendo el pedazo del final final, pero… ah… ¿así que el Hombre almohada simplemente desapareció? Ah.
KATURIAN: Simplemente desapareció, sí, como si nunca hubiera existido. MICHAL: Hacia el aire.
KATURIAN: Hacia el aire. Hacia la nada. MICHAL: Hacia el Cielo.
KATURIAN: No. Hacia la nada.
MICHAL: Me gusta el Hombre almohada. Es mi favorito.
KATURIAN: Es un poco deprimente, lo admito. ¿Ya no te pica el culo?
MICHAL: ¡No me picaba hasta que me lo recordaste! ¡Aargh! (Se acomoda.) Mmm. Pero todavía no lo puedo entender.
KATURIAN: ¿Entender qué? ¿Entender al hombre almohada?
MICHAL: No, pensé que la había escondido lo suficientemente bien. KATURIAN: ¿Escondido suficientemente bien el que?
MICHAL: La caja con los dedos del pie del niño. Pensé que la había escondido lo suficientemente bien. Primero la puse debajo de mis calcetines y mis pantalones en el cajón, donde, acepto, no estaba muy bien escondida, pero cuando empezaron a oler la escondí entre la tierra de la maceta del árbol de Navidad que está guardado en el ático, porque sabía que no íbamos a sacar el árbol de Navidad en años. O digamos, que hasta Navidad. Y eso les hubiera dado bastante tiempo para que se enmohecieran. Ya estaban medio enmohecidos.
Katurian asiente con la cabeza, exhausto.
Deben haber usado perros rastreadores o algo. ¿Sabes cuáles son los perros rastreadores? Deben haberlos usado. Porque si no... los escondí muy bien. En la maceta del árbol de Navidad. Sólo se saca una vez al año.
KATURIAN: Me acababas de decir…Me acababas de decir que no tocaste a esos niños. Me acabas de mentir.
MICHAL: No. Lo que te acabo de decir es que llegó un tipo y me dijo que me iba a torturar si no le decía que había matado a esos niños, así que le dije que había matado a esos niños. Eso no quiere decir que no haya matado a esos niños. Yo sí maté a esos niños.
KATURIAN: Tú me juraste por tu vida que no habías matado a esos tres niños. MICHAL: Ah. Lo de: “júrame por tu vida que no mataste a esos tres niños”, era por molestar. Perdón, Katurian.
Katurian se aleja de él y se dirige al colchón.
Sé que estuvo mal. De verdad. Pero fue muy interesante. El niñito era tal como tú decías. Le amputé los dedos de los pies y ni siquiera gritó. Se quedó sentado mirándolos. Quedó muy sorprendido. Supongo que tendría la misma edad. Se
llamaba Aaron. Tenía puesto un sombrerito chistoso y se pasó todo el rato hablando de su mamá. Dios, cómo sangró. Nunca habrías pensado que había tanta sangre adentro de un niño tan pequeño. Luego dejó de sangrar y se puso azul. Pobrecito. Ahora me siento bastante mal, parecía que lo querían mucho. “¿Ya me puedo ir a mi casa con mi mamá, por favor?” En cambio la niña era una pesada. No paraba de llorar. Y no se los quería comer. No se quería comer a los hombrecitos-manzana y me demoré años haciéndolos. Es muy difícil meterles las cuchillas de afeitar. En el cuento no explicas cómo se hace, ¿verdad? Yo miré. Bueno, en fin, tuve que forzarla para que se los tragara. Con dos bastó. No es por ser malo, pero al menos eso la dejó callada. Realmente es muy difícil que salga de la ropa, la sangre, ¿no? Trata de lavar tu camiseta al día siguiente y verás. Se tarda una eternidad. (Pausa.) ¿Katurian? (Pausa) Yo te la puedo lavar, si quieres. Le estoy cogiendo el truco.
KATURIAN: (pausa. Quedo.) ¿Por qué lo hiciste? MICHAL: ¿Eh? No te entiendo.
KATURIAN: (llorando) ¿Por qué lo hiciste? MICHAL: No llores, Katurian, no llores.
Michal intenta abrazarlo. Katurian lo rechaza, disgustado.
KATURIAN: ¿Por qué lo hiciste?
MICHAL: Tú sabes por qué. Porque tú me lo dijiste. KATURIAN: (pausa) ¿Porque yo qué?
MICHAL: Porque tú me lo dijiste.
KATURIAN: (pausa) Recuerdo haberte dicho que hicieras tus tareas a tiempo. Recuerdo haberte dicho que te lavaras los dientes todas las noches…
MICHAL: Yo me lavo los dientes todas las noches…
KATURIAN: No recuerdo haberte dicho que cogieras a un montón de niños y los masacraras.
MICHAL: No los masacré. “Masacrar” sería como así…
Michal simula cortar brutalmente a alguien.
Lo que yo hice fue más bien así…
Michal simula dar un solo tajo, moderado, sobre unos dedos imaginarios que luego arroja…
Y…
Michal simula meter dos hombrecitos-manzana a una boca pequeña y tragarlos.
“Masacrar”. Es un poco fuerte. Y yo no hubiera hecho nada si tú no me lo hubieras dicho, así que no te hagas el inocente. En todos los cuentos que cuentas, le sucede algo horrible a alguien. Sólo estaba tratando de comprobar qué tan exagerados eran, porque siempre creí que algunos podían ser un poco exagerados. (Pausa) ¿Y sabes qué? No son tan exagerados.
KATURIAN: ¿Y cómo es que no representaste ninguno de los bonitos? MICHAL: Porque nunca has escrito cuentos bonitos.
KATURIAN: He escrito muchos bonitos. MICHAL: Ah, sí, como dos.