Como aves de paso
Reconocer formas de ser que traspasan los códigos del hogar.
Paola Mutis Filomeno
Trabajo de Grado
Directora: Claudia Salamanca
Pontificia Universidad Javeriana
Facultad de Artes Visuales
Bogotá D.C., Colombia
2017
PRÓLOGO
Este trabajo aborda la pregunta
¿De qué manera el documental expandido me permite establecer relaciones entre la experiencia de habitar el espacio doméstico de dos mujeres? Edilia Ávila Cortés y Paola Mutis
Edith es una mujer de 44 años que nació en San bernardo del Viento, Montería pero que trabaja en Bogotá como empleada doméstica. Paola Mutis, una mujer de 24 años que estudia Arte y vive en Bogotá. Dos mujeres con un contexto diferente que conviven, coexisten y cohabitan un mismo espacio: el apartamento de mis padres, el hogar de mi familia, el espacio de trabajo de Edith.
El siguiente texto es una descripción que parte de mi narración, en la que reconozco dos subjetividades experimentando dos espacios domésticos. En esta narración hay descripciones, diálogos, especulaciones y fabulaciones que entrelazan estos dos espacios y dos mujeres. Aquí surgen diferencias y similitudes que rodean el habitar de estas dos personas, con una intención de reconocimiento mutuo.
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ÍNDICE
CAPÍTULO UNO: Revisión contextualBogotá: mi casa…….………. 4
San Bernardo del viento: la casa de Edilia………15
CAPÍTULO DOS: Diálogos con el campo artístico. La representación documental………41
Dispositivo técnico y representación………..43
Cine y narración………..45
Vanguardias……….46
Ficción y documental………..48
Documental y tecnología………49
Cine experimental…..……….52
Documental post media………..53
Conclusión………54
Agradecimientos………55
Bibliografía………56
PRIMER CAPÍTULO
Todo comenzó cuando mire por la ventana del cuarto de mi hermano. Eran las 12:30p.m, el sol brillaba fuerte, el cielo estaba azul y no había señal de una nube. En los días anteriores había comenzado a leer un libro “Everyday life and cultural theory” de Ben Highmore en donde el autor señala que la vida cotidiana está marcada por la diferencia . Tales diferencias 1
en la experiencia del día a día marcan los distintos enfoques al teorizar lo cotidiano, diferencias como clase socioeconómica , género, raza, sexualidad, etc. Highmore continúa el texto citando a Naomi Shor, una teórica y crítica literaria que fue pionera en la teoría feminista, quien sugiere que hay dos perspectivas opuestas que informan sobre el día a día. La primera , que se podría nombrar como femenina o feminista, aun cuando no necesariamente está empoderada por solo mujeres. Esta conecta la cotidianidad con los rituales diarios de la vida privada en la esfera doméstica, que tradicionalmente está ocupada por mujeres. Y la segunda perspectiva sitúa la cotidianidad en el espacio público, dominados en su mayoría pero no exclusivamente, en la sociedad burguesa moderna, por hombres . En el 2
momento en que miré por la ventana del cuarto de mi hermano, vi un edificio, dos edificios, una fila de edificios de ladrillo color salmón. No vi ninguna casa, vi edificios. Estructuras verticales en donde las personas viven, conviven, habitan. Detrás, la montaña; la cordillera oriental de los Andes. A la izquierda veo la NQS; la norte-quito-sur, la avenida carrera novena, que va desde la 170 hasta la calle 92. Yo vivo en la 102. Cuando miro para abajo, veo la calle; una calle cerrada, veo unas araucarias y veo muchas porterías. Vuelvo a mirar al frente y veo el edificio que está situado justo al frente del mío. Veo unos espacios que están vacíos y otros ocupados, a los espacios vacíos los voy a llamar apartamentos y a los ocupados los voy a llamar hogares. Los apartamentos están vacíos en cuanto que no hay muebles, no hay objetos y no hay personas. Los hogares que veo están habitados por objetos; veo un sofá con un perro blanco y negro encima, veo una mesa de vidrio, un computador, dos computadores, un televisor, alcanzo a ver el perfil de una nevera, al fondo detrás de una mesa, veo unos cuadros colgados a la pared, veo un coche, una silla, dos sillas. Aún no veo personas. Son las 12:35 y veo a la primera persona una mujer vestida de blanco; pantalón y camisa manga corta. Con ella una niña de una edad aproximada de 5 años, o quizás 3, no alcanzo a ver. Subo la mirada y veo en el hogar de encima, que sale de un corredor una mujer con pantalón negro y camisa de rayas. Se acerca a la sala, en donde hay un coche, se agacha y levanta a un bebé. La comienza a mecer de arriba a abajo y se da una vuelta por el
Highmore, Ben. Everyday life and cultural theroy: an introduction. Routledge, New York. 2002. Pag. 11
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Shor, Naomi. Cartes Postales: Representing Paris 1900, Critical Inquiry. 1992. Pag. 188-241.
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comedor. Miro para la izquierda, al siguiente hogar que queda en otro edificio y veo a una mujer que tiene un pantalón y camisa de manga corta azul y por debajo tiene una camiseta blanca manga larga, que tiene en la mano una aspiradora. Vuelven a mi mente las palabras que leí en donde el espacio doméstico está tradicionalmente habitado por mujeres. Durante varios días miré por la ventanas en el costado oriental de mi casa para analizar estos espacios domésticos y la calle. ¿Qué tanto se podría aplicar esta visión de lo cotidiano a el contexto que me rodea? La respuesta: mucho. Saqué mi cámara y comencé a filmar lo que sucedía frente a mi edificio. Filmé los apartamentos, la calle, la NQS. Durante el día, desde una hora redondeada de las 8:00 a.m hasta las 5:00p.m los hogares del edificio de enfrente eran habitados por mujeres. Algunos días, a la hora del almuerzo entre 12:30 y 1:30 pm uno que otro hombre iba a su casa a almorzar y luego salía. Los volvía a ver a las horas de la tarde-noche. Cuando miraba para abajo, puesto que mi hogar queda en un sexto piso, veía las calles. En donde en un mayor rango desde el amanecer hasta el anochecer, siempre veía a los porteros. Los hombres que trabajan como porteros de los edificios, vigila quién entra y quién sale. Esta división de los espacios cotidianos como una división de género se hacía bastante clara al mirar por la ventana. Las mujeres que estaban en los hogares durante el día eran: empleadas de servicio, niñeras, mujeres amas de casa y niñas adolescentes. Y así, todo comenzó cuando miré por la ventana del cuarto de mi hermano. Pero entre los hogares del edificio de enfrente, la calle y yo había una distancia tanto física como emocional. Una distancia que necesitaba acortar para poder tener un mayor nivel de implicación.
Mi mirada me llevó a analizar sobre mi contexto en donde el lugar doméstico, mi casa, en las horas laborales efectivamente están habitada en su mayoría por mujeres. Lo que me llevó a la siguiente pregunta que direcciona este proyecto y quizá la más importante; ¿qué diferencias surgen en el habitar del espacio doméstico? La experiencia de habitar un espacio doméstico depende de la forma en la que cada persona que lo habita se relaciona con el espacio. Por lo cual se puede resaltar tres elementos importantes que van a configurar esta pregunta y los cuales voy analizar en este proyecto: espacio, sujeto, y relación. Como punto de partida comencé a pensar sobre el espacio. ¿Qué espacio?
El siguiente paso que direccionó la búsqueda en este trabajo de grado sucedió cuando miré dentro de la ventana del cuarto de mi hermano. El contexto, en su definición de diccionario, es todo aquello que rodea tanto física como simbólicamente, a un acontecimiento, persona o lugar . Comencé por un reconocer físico-espacial, el lugar desde donde observo: mi casa. 3
Arroyo Cantón, Carlos; Berlato Rodríguez, Perla (2012). «La comunicación». En Averbuj, Deborah. Lengua
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Bogotá
El apartamento en donde vivo, es el apartamento que mis padres compraron con una hipoteca. Un apartamento que queda en el sexto piso, de siete, de un edificio de ladrillo color salmón. Arriba de la carrera novena en la calle 102, estrato 6. He vivido aquí los 24 años de mi vida y desde entonces, desde el año 1 de mi habitar en este espacio, el apartamento ha sufrido varias transformaciones en cuanto a su habitar. Mi casa tiene tres pisos; en el 4
primero, por donde se entra, se encuentra un baño que en su mayoría es usado por los visitantes, una sala que tiene dos sofás, una mesa de vidrio, una chimenea que nunca he visto prendida, un cuadro de un señor montado en un caballo que siempre ha estado ahí, un estudio en donde se encuentran todos los libros de mi padre, un piano en donde mis hermanos mayores y yo aprendimos a tocar, el comedor que tiene una mesa de vidrio y una lámpara colgante que siempre se mueve y nos alerta cuando hay temblor, un espejo con un marco rococó, la cocina, la mesa de la cocina que usamos más que la del comedor, el cuarto donde están la lavadora, secadora y el cuarto de la empleada, donde hay una cama, un televisor, un closet y un baño. Este primer piso se ha mantenido igual durante estos 24 años. En el segundo piso están los cuartos. Mi núcleo familiar está compuesta por mis padres dos hermanos y yo. Mis hermanos solían compartir, lo que ahora es mi cuarto, hasta que decidieron convertir una sala del segundo piso en un cuarto, para que cada uno “tuviera su espacio personal”. A la izquierda está el cuarto de mis papás, en el centro está el cuarto que era de mi hermano mayor, Juan Pablo, pero que desde hace dos años y medio cuando se fue a trabajar a Estados Unidos, se transformó en el cuarto de mi mamá, a la derecha está el cuarto de Santiago, que originalmente era mi cuarto, pero que ahora es un espacio habitado por solo objetos puesto que él ya no vive en mi casa. Junto a ese cuarto hay un baño que conecta el cuarto de Santiago y mi cuarto. Un baño que compartimos durante muchos años y que ahora, puesto que ninguno de mis hermanos vive en la casa, solo lo uso yo. Hay un tercer piso, en donde inicialmente había una tina redonda, que nunca vi llena de agua, en donde yo jugaba con mis muñecas, y que ahora se convirtió en una sala que mira a un televisor en donde mis hermanos jugaban sus videojuegos. Al lado hay una mesa de madera y al fondo está el escritorio de mi papá en donde muchas veces trabaja. Hay un baño, un closet en donde se guardan todas las toallas de la casa, y un cuarto pequeño, que inicialmente nunca supe para qué era, pero que en cuarto semestre de universidad transformé para que fuera un cuarto oscuro para ampliar mis fotografías análogas. La descripción espacial de mi casa permite entender la manera en la que se habita cada lugar y cómo los espacios en una casa cumplen con una función práctica específica determinada por las personas que la habitan.
Casa en cuanto valor simbólico de un “hogar” y no casa como una definición arquitectónica de una estructura.
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Así pues un espacio se puede definir a partir de su uso y como valor, como valor en cuanto que adquiere un sentido. Por ejemplo en mi casa, el comedor que es un espacio que mi familia usa para desayunar entre semana, adquiere un valor de encuentro en donde compartimos tiempo para discutir temas importantes, peculiaridades del día, sentimientos personales. Pero este espacio solo adquiere este sentido para nosotros, para Edi, la empleada de servicio es un espacio para ella servir la comida.
Las horas laborales son una guía que me permite entender las diferencias en el habitar de mi casa. Las personas que se encuentran durante el día en mi casa son: Carlina, mi mamá que trabaja como ama de casa, Edith que desde comienzos del 2017 trabaja como empleada de servicio, y yo Paola estudiante de Artes Visuales de la Universidad Javeriana. Cada una lo habita de manera tal que 1) asigna tiempos 2) comparte espacios y 3) intercambia afectos, estos elementos determinan y construyen los sentidos que le otorgan al espacio. Para Carlina es un espacio en donde convergen su labor como ama de casa y su rol como mamá, esposa y mujer.
Pensar mi casa como un multiverso dentro de la estructura familiar no fue posible sin pensar en la presencia de las empleadas de servicio. Un multiverso que hasta hace un par de años estaba conformado por seis personas en un espacio muy grande. Un espacio que bajo el criterio de la ama de casa, mi mamá, ha necesitado de una organización específica. La organización de los objetos en la casa, el cambio de sábanas y las fundas de las almohadas de cada cama, aspirar el tapete de todos los cuartos, lavar los baños, lavar y planchar la ropa, limpiar los vidrios, cocinar el desayuno y el almuerzo (la cena siempre se la ha preparado cada persona de la casa), trapear el piso de la cocina, aromatizar, comprar el papel higiénico, comprar el arroz, la papa, la lechuga, el queso, la leche, los garbanzos, los frijoles, la albahaca. No comprar la carne, el pollo, los huevos y el jamón porque mi mamá es vegetariana. Estas labores domésticas, que tienen como función la confortabilidad de las personas que viven en la casa, han sido siempre realizadas en conjunto por mi mamá y la empleada de servicio. De ahí que siempre en nuestra casa ha habido una empleada de servicio interna. De Lunes a Viernes (días laborales) en nuestra casa ha vivido: Guillermina, Rosita, Rocio, Myriamsilla, Myriam, Nury, Liliana, Liliana, Tania, Edith.
Pensar sobre el habitar de Edith en mi casa, me llevó a considerar sobre la relación que hemos formado con todas estas mujeres que han pasado por mi casa y ellas con nosotros. Me interesó la relación, como un intercambio de afectos, Guillermina, Rosita, Rocio, Myriamsilla, Myriam, Nury, Liliana, Liliana, Tania, Edith, me acordé del nombre de 10 de ellas, pero estoy segura que han sido más las mujeres que han trabajado en mi casa. ¿Qué hacía que me acordara del nombre de unas y de otras no ? Cuando le pregunté a mi papá que si se acordaba de todas las empleadas que han trabajado en la casa, me pudo responder con el nombre de no más de dos. Y tengo un par recuerdos en la mesa del desayuno, donde mi papá
va a llamar a la empleada y primero, con un tono bajo nos pregunta ¿maria? ¿alba? ¿cómo es que se llama? -pa, Rocio. Ah, si, cierto. A su defensa, a veces hasta confunde los nombres de mis hermanos, podría decir que no tiene una buena memoria con respecto a los nombres. No obstante, mi padre entre semana en las horas laborales no habita el espacio doméstico y el tiempo que comparte con las empleadas de servicio es poco. La relación que mantiene con ellas ha sido más vertical, como empleador, jefe, patrón, encargado del ámbito económico. Él solo comparte con ellas los espacios dispuestos para la alimentación. Llega a la casa no más temprano de las 7:00 p.m. y a comer. Por lo general la empleada de servicio le ha preparado la comida con anterioridad; esta está lista en un plato para ser calentada en el microondas; ella sirve la comida y luego recoge y lava los platos. De ahí mi padre sube a su cuarto y habita los espacios domésticos como espacios de descanso, alejado de la vida cotidiana laboral del hogar. Al día siguiente, se levanta y sale de la casa antes de las 8:00 a.m. En el desayuno vuelve a tener una interacción con la empleada de servicio; ella prepara el desayuno, se lo sirve y lo atiende. La relación que ha mantenido mi madre con las empleadas de servicio, es completamente diferente. Se mantiene como una relación laboral en donde ella tiene una posición vertical como empleadora, jefa, patrona, que establece una serie de normas en cuanto a la organización del hogar. No obstante la cantidad de tiempo que comparten es mayor en tanto que mi mamá ocupa mucho más el espacio doméstico. Me interesó entonces analizar la dinámica de la relación que tenía mi madre con las mujeres empleadas de servicio. Tras hacer una lista con los nombres de las empleadas que recordaba, llegue a una conclusión que me llamó la atención. La mayoría de estas eran mujeres que habían nacido y vivido en alguna de las costas de Colombia, la costa Pacífica o Atlántica, pero que luego se habían trasladado a trabajar como empleadas de servicio a Bogotá. Mi mamá nació en Barranquilla, Atlántico. Es decir, que ella también es costeña. ¿Había alguna conexión entre por qué la mayoría venían de la costa y el hecho de mi madre era costeña? Antes de preguntarle a mi mamá, decidí revisar el registro documental que había de las empleadas de servicio en las fotos y videos de la familia, y hacer un video con la foto de todas las empleadas que han pasado por mi casa para luego mostrárselo a mi madre y hacerle una serie de preguntas:
¿Cuál es el nombre de todas las empleadas que han trabajado en la casa? ¿La mayoría de ellas vienen de la costa, hay alguna preferencia?
¿Cuales son las razones por las cuales se van, renuncian, o despides a las empleadas? ¿Bajo qué criterios contratas a una empleada?
Filmé a mi mamá en el cuarto de mi hermano. Primero le pregunté sobre su labor en la casa y su relación con el espacio doméstico como ama de casa. Luego le hice algunas de las preguntas y le mostré el video que monté con el material de archivo y tras de eso seguí la
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conversación respecto a la relación que ella tiene con las distintas empleadas. Cuando busqué las fotografías y videos de las diferentes empleadas surgió la pregunta ¿dónde busco? El albúm familiar y el archivo digital de fotos y videos fue la respuesta. Comencé el proceso de buscar fotos de ellas en todos y cada uno de los 16 álbumes que había en mi casa, y encontré solo 4 fotos en donde aparecía alguna empleada. Revisé entonces los 20 CDs, los cuales me había tocaba mandar a pasar de VHS a DVD, para ver los videos caseros que se han filmado y tampoco encontré una gran cantidad. Habían menos de 3 videos en donde salían algunas empleadas, pero sobre todo salían las niñeras que me cuidaban a mi, y que nos acompañaban en alguno de los viajes familiares fuera de la ciudad de Bogotá. Quedé sorprendida en cuanto que esperaba encontrar muchas más fotos de ellas, ya fuera que estuvieran situadas en un espacio secundario de la fotografía como lo muestra la artista Daniela Silva. En el proyecto “97 empleadas domésticas ” la artista busca en las fotos cotidianas de una serie de personas 5
de la clase alta de Perú, a través de la plataforma social Facebook, las fotografías en donde aparecen las empleadas de servicio. En su totalidad las empleadas que aparecen en las fotos se encuentran en la parte de atrás del lugar de la foto, o solo se ve una parte del cuerpo puesto que está cortada por la persona que subió la foto a la red social, jugando un papel secundario, hasta casi invisible, en la representación de la cotidianidad de estas personas.
Cuando me enfrente con el archivo de mi casa y no encontré una representación documental visual de ninguna de ellas, intenté imaginar la cara de cada una con el propósito de imprimir la imagen de su rostro en mi mente. Me acordé de la cara de cada una de las mujeres que pude nombrar, pero, de las otras mujeres, de las que como aves de paso, pasaron, su rostro era una mancha difusa. Su presencia, su experiencia y convivencia en mi casa se convirtió en un hecho cada vez más invisible. De Guillermina, Rosita, Rocio, Myriamsilla, Nury, Liliana, Tania, tengo una representación, un evento, una forma de hablar o decir las cosas, un acto; un recuerdo de cada una en mi mente. Guillermina trabajó en mi casa cuando yo estaba en el colegio, recuerdo que tenía no más de 22 años y siempre que nos recogía en el paradero del bus nos decía ¿joven paola, trae sed?. Rosita fue de las primeras empleadas que trabajo en mi casa y que duró más de 3 años. Era una persona muy amorosa y cocinaba delicioso. Trabajaba como interna y recuerdo que un día pasó a trabajar como empleada de por día. Luego me enteré que había quedado embarazada y decidió dejar de trabajar por unos meses para cuidar el bebé. Más adelante comenzó a trabajar en la escuela de cocina “Olivos”. Ha vuelto a la casa un mínimo de 4 veces a lo largo de los años, a trabajar de por días en algunos momentos de transición en donde una empleada renunció o fue despedida y no había ninguna trabajando en la casa. Rocío era una mujer que no hablaba mucho, fue de las pocas que no habían nacido en la costa. Se la recomendó una amiga de mi madre en Anapoima, cuando un
Ortiz, Daniela. 97 Empleadas domésticas. Libro-instalación, 2010. Recuperado de:
http://www.daniela-5
Diciembre fuimos a pasar vacaciones allá. Desde ese Diciembre hasta la siguiente semana santa en Abril trabajó con nosotros, puesto que en esa semana semana santa la encontraron robándose varios objetos; unos relojes de mi hermano, joyas de mi madre, una bolsa con ropa mía. Nury era una mujer bajita, que tenía más de 44 años. Era muy religiosa y ella, no paraba de hablar. Le gustaba sentarse a hablar de Jesucristo y sus enseñanzas de la vida. Recuerdo que sentía angustia cuando la veía subir y bajar escaleras puesto que el trabajo físico de una empleada de servicio es muy demandante. Un día nos contó que ella sufría del corazón y no podía trabajar más en la casa. Con toda razón. Liliana era de Lloró, Chocó y trabajó en mi casa más de 3 años. La relación que tuvo con mi mamá fue muy cercana en cuanto que compartían mucho tiempo hablando. Liliana tenía un novio, un señor que trabajaba como portero en la esquina de la cuadra, que tenía problemas con el alcohol y que la maltrataba verbal y físicamente. Yo no hablaba mucho con ella, sobre su vida o la mía, pero mi madre sí. Y un día bajé a la cocina a prepararme algo de comer y Lili le estaba contando sobre este sujeto. Durante un largo tiempo yo escuchaba que ella terminaba la relación con el, pero que luego él la llamaba, le hablaba y ellos volvían. Duraron en esta circunstancia hasta tal punto que Lili llegó un día y nos comentó que había quedado embarazada, de él. Ella ya tenía tres hijos con edades superiores a los 15 años que vivían en la costa con su mamá. Liliana no era la única que venía de la costa y cuya familia, esposo o hijos, vivían allá lejos de ella, lejos de Bogotá. Mujeres que se desplazaron y trasladaron a la capital del país, lejos de sus territorios de origen, en busca de mejores oportunidades laborales buscando un sustento económico para poder sostenerse y sostener a sus familias. Después de ocho meses en donde Liliana siguió trabajando en mi casa, ahora con menos responsabilidades físicas estaba pronta a tener el bebé. Le manifestó a mi madre que ella quería dejar de trabajar como empleada para enfocarse a cuidar a su bebé los primeros meses, mientras que montaban un puesto para vender empanadas con el papá del hijo. Lili se fue en Noviembre de 2016 y la casa se quedó sola, sin empleada. En Diciembre de 2016 llegó una señora, que también se llamaba Liliana, que trabajaba de por días pues no podía internarse. No recuerdo con certeza la cara de Liliana (la segunda liliana), me acuerdo que era una mujer grande, morena, que tenía el pelo corto. Pero no me acuerdo de las facciones de su cara. Ella tenía un tono de voz fuerte y su forma de hablar sonaba agresiva. Yo la saludaba y ella solo me miraba, alzaba el cuello abría un poco los ojos y fruncía los labios, como haciendo un gesto que implicaba un saludo. La escuchaba desde mi cuarto cuando manipulaba los objetos de la cocina con una cierta rudeza que hacía que el sonido de los platos contra el metal del mesón resonara hasta el segundo piso. Recuerdo que su forma de ser me parecía antipática.
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Cada empleada, cada mujer, cada miembro de mi familia y cada persona en general, tiene una forma de ser, una serie de características emocionales, una personalidad que la distingue de las demás personas. He analizado que es una diferencia que en un espacio, en un hogar, afecta la convivencia entre las personas. El espacio doméstico como un lugar de trabajo para las empleadas de servicio, pero también como un lugar donde viven (las empleadas que se internan) permite que surjan ciertas ambigüedades en el ámbito del habitar, en donde la forma de ser de cada mujer, su forma de entender el contexto, afecta la experiencia del mismo. Analizando por medio de la conversación, con amigas y personas cercanas cuyas familias también tienen una o más empleadas de servicio que trabajan como internas, llegué a la conclusión que hay unos códigos que se establecen en cada hogar con respecto a la forma de relacionarse, de habitar y convivir con las empleadas de servicio. Códigos que vienen con la forma misma del trabajo, y que cada empleada de servicio tiene una cierta claridad al respecto, y códigos que varían en cada hogar. Es el caso de Laura, una compañera, cuya empleada de servicio Zulaida ha trabajado con su familia desde que Laura nació. Desde que yo iba a su casa cuando éramos pequeñas, Zula nos ha cuidado, nos ha regañado, nos ha cocinado y a Laura, arreglado el cuarto, lavado la ropa. El tiempo que ella ha pasado con la familia de Laura ha sido tan largo que se ha convertido en un miembro importante dentro de la estructura familiar, aun cuando su empleo es el del servicio doméstico. Un ejemplo concreto de un código que en este caso varía, es el de la forma en la que las personas saludan a la empleada de servicio. Cuando alguien llega a una casa y la puerta la abre la empleada de servicio, en su mayoría, no la saludan con un beso en la mejilla, a diferencia de como si saludan a la persona a la que van a visitar a la casa. Es un código que tanto el visitante, o el mismo miembro de la familia, como las empleadas, tienen claro. Un código que no se dice y que no está escrito en un manual inexistente de cómo relacionarse con las trabajadoras domésticas, sino que la forma del trabajo la determina. En el caso de Zula, por ejemplo, cuando yo voy a visitar a Laura y Zula me abre la puerta, yo sí la saludo con un beso en la mejilla y un abrazo, al igual que Laura cuando llega a su casa. Su madre, en cambio, no. La relación que tiene la mujer dueña de casa con la mujer empleada de servicio es en principio una relación laboral aun cuando se convive, por cinco días a la semana, en el mismo hogar. Situación que no sucede en muchas relaciones entre jefe y empleado.
Ese elemento particular que es el convivir, vivir, habitar y trabajar en el hogar de una familiar que no es la suya, del trabajo de las empleadas de servicio, llamó mi atención. En el caso particular de mi casa, muchas de las empleadas como mencioné, son mujeres que no son de Bogotá y cuyo núcleo familiar en muchos casos no está en la misma ciudad y que ahora viven, entre semana , en una casa que no es la suya, en la cual se tienen que adaptar a 6
Puesto que el fin de semana, en el caso de Edith, ella se va a donde una hermana que también vive y trabaja en
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determinadas condiciones como lo son el espacio en donde van a dormir, qué van a comer (en mi casa, como describí, mi madre es vegetariana, por lo cual muchas veces las comidas son vegetarianas), qué van a usar puesto que las empleadas tienen un uniforme. Habitan un mismo espacio que una familia, su hogar, pero lo habitan de una forma diferente; su asignación de tiempos, su compartir espacios e intercambio de afectos, es distinto. Existe una distancia que se ve marcada con la diferencia laboral. Pero en la estructura del hogar en el contexto socioeconómico en el cual estoy situada, en un estrato 6, el trabajo de estas mujeres (mujeres porque, como mencionamos al comienzo y que se puede analizar en el contexto Colombiano, el ámbito doméstico y en específico la labor doméstica está ocupado en su gran mayoría por mujeres y no por hombres) es fundamental. ¿Por qué siendo mujeres con un valor tan importante en la construcción de un hogar, hay tan poca representación de ellas por parte de las familias con las que trabajan? La representación visual, tanto en fotografías como en video, satisface una necesidad de preservar el ser. De ahí que hoy en día abundan las autorepresentaciones gracias a los desarrollos y alcances de la tecnología (se profundizará sobre este tema en la segunda sección del texto).
A comienzos de este año 2017, llegó Edilia a mi casa. Una mujer de piel morena, con el pelo negro, los ojos oscuros y una gran sonrisa. No puedo determinar una razón racional por la cual sentí un mayor afecto e interés hacia Edi que con otras empleadas que han pasado por mi casa. Su personalidad alegre y tranquila que resaltó tras la corta visita y con un tinte de amargura de Liliana, definitivamente fue un factor que no puedo desechar. Partiendo de lo emocional y la opinión subjetiva sentí una mayor empatía con ella, aún cuando no la conocía ni conozco en su totalidad. Todo comenzó como mire dentro de la ventana del cuarto de mi hermano y me olió a arroz con coco. Baje las escaleras, fui a la cocina vi que Edi estaba cocinando el almuerzo y me senté en la mesa hablar con ella. Sentí curiosidad por su hogar, saber de dónde era ella y cómo había llegado a trabajar como empleada de servicio. Había algo en ella, en su presencia en la casa que se sentía diferente con respecto algunas de las otras empleadas de servicio. Mis padres y mi hermano (cuando visitaba la casa), mencionaron que estaban muy contentos con Edi, qué buena empleada, super chévere. Me di cuenta que no era solo yo que sentía en su forma de ser algo distinto que no sentí con otras mujeres, no porque fueran malas en su trabajo, pero había una cualidad que la diferenciaba en su trabajo por sobre las otras mujeres.
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Edi llego a mi casa por referencia de la ex esposa de Roberto el marido de edi. Es decir, Rosario una mujer que trabaja como empleada de servicio en la casa de la novia de mi hermano mayor, y que ya había venido a trabajar algunos días de por día para planchar la ropa, le recomendó a Edi a mi madre. Cuando ella estaba buscando una empleada de servicio que se pudiera internar puesto que Liliana solo podía trabajar de por día, llamó a Rosario y otras empleadas que conocía para preguntar si conocían de alguna mujer que pudiera trabajar en la casa. Edilia vino a la mente de Rosario y le comentó a mi mamá que Edi era la esposa de su ex marido, y que ella era muy buena. Cuando me senté a preguntarle a Edi sobre diferentes aspectos de su vida, encontré la respuesta al porqué se diferenciaba de las otras empleadas que trabajaron en mi casa. Edilia nació en San Bernardo del Viento, Córdoba, en una casa a 20 minutos del pueblo en donde vivió su niñez junto con sus 6 hermanos; 4 mujeres y 2 hombres. Uno de los hermanos fue adoptado por el papá de Edi y se crió con ellos. Edi mencionó bastantes veces a su abuela, no sé si paterna o materna, en historias de cuando creció, por lo cual asumo su abuela fue muy importante en ese proceso. Cuando le pregunté si había estudiado el bachillerato, ella me contestó:
Yo, la verdad, la verdad, no terminé el bachillerato. Cuando era pequeña yo le dije a mi abuela que yo quería estudiar en un colegio de Monjas, pues yo sabía que ellas tenían unas cabañas ahí cerca a donde vivíamos. Mi abuela me llevó a donde las monjas y después de hablar con ellas me mostraron los cuartos en donde iba a dormir. A los siguientes días me avisaron que disque no tenían cupos para mi pero que conocían a una familia en donde podía trabajar. Comencé a trabajar con ellos, y después de vivir en diferentes ciudades, terminé en Barranquilla en donde trabajaba de día y en la noche iba a estudiar.
¿edi cuantos años tenías en ese momento? 12.
Edi comenzó a trabajar como empleada de servicio a los 12 años de edad y desde entonces, hasta hoy en día que tiene 45 años no ha parado. Vivió en Medellín, Bucaramanga, Rionegro, Barranquilla, Bogotá a lo largo de su vida como empleada doméstica. Sin hacer un juicio de valor respecto a la temprana edad a la que comenzó a trabajar y su proceso de vida, y dando una opinión personal pienso que la experiencia , en cualquier área, es un factor diferenciador. 7
La experiencia que tiene Edilia no la tenía ninguna de las otras empleadas que trabajaron en mi casa, ninguna de ellas había trabajado por 33 años en el campo del servicio doméstico. Quedé sorprendida.
En cuanto a conocimiento que se adquiere en el transcurso del tiempo al realizar algo determinado una
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Después de buscar y no encontrar fotografías de las empleadas de servicio en los álbumes familiares, comencé un proceso de documentación diario de mi espacio doméstico. Tenía como propósito capturar el espacio, los sujetos y las relaciones que se inscriben en el mismo. En particular comencé filmando las interacciones entre mi mamá y edi, para pensar y analizar las dinámicas y encontrar una manera de reescribir la imagen, en este caso particular de Edilia, como empleada de servicio, en mi casa. Comenzar con un archivo familiar en donde se reconociera la presencia de la empleada de servicio, legitimar su experiencia y su paso en mi casa a través del documento audiovisual. Pero para reconocer a Edi no era suficiente con documentar su espacio y presencia en mi casa, pensando sobre mi relación con ella dentro del contexto de la casa, en tanto que ella lava y plancha mi ropa, me cocina el almuerzo, lava el baño, aspira el tapete de mi cuarto, lo que implica un carácter de relación vertical. O buscando a partir de la conversación un lugar dentro del espacio doméstico en donde se ampliara el conocimiento de cada una sobre la otra. Todo esto estaba sucediendo bajo mi contexto, así que decidí ampliar el proceso de tal manera que yo pudiera habitar el espacio doméstico, la casa, el hogar de ella, con ella. Así pues fui una semana a la casa de Edi en San bernardo del viento, Córdoba a conocer a su familia, compartir con ella en su hogar, convivir en otros espacios lejos de mi casa.
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San Bernardo del Viento
En el siguiente apartado se va a utilizar el diario como una forma narrativa y descriptiva que da cuenta del proceso que busca ampliar los espacios que comparto y convivo con Edi y poder hacer un reconocimiento reciproco a partir de la experiencia, que rompa con el espacio tradicional en el cual nuestra relación esta inscrita, que es mi casa, al compartir una semana en un contexto propio de ella.
Días antes
Fue muy emocionante cuando Edi me respondió que sí le interesaba compartir conmigo su espacio, en donde me iba a permitir entrar en su hogar y conocer a su familia y amigos, el pueblo en donde había nacido, y su habitar cotidiano. Su respuesta significo que ella también quería conocer más sobre mi como persona, como mujer y como artista. Desde un principio le conté mi intención de filmar un documental expandido para el trabajo de grado de la Universidad y le pregunté si tenía alguna incomodidad con que yo la filmara en el día a día tanto en mi casa como en su casa, además de filmar los espacios y personas alrededor.
Recogí el equipo que me iba a llevar a San Bernardo del Viento; una regleta, un flex solar, una luz Dedolight Ledzilla, un ring de hombro, baterías AA, (2) cámaras desechables. Organice mi equipo personal; un flash, un lente canon 50m, la cámara Canon Eos 6D, cámara Gopro, lente Canon 24-105mm, grabadora de sonido Zoom Hn4 y una cámara análoga semiautomática con un rollo a color de 36 exposiciones. Lo anterior fue una lista de equipos que consideré básicos para poder tener diferentes posibilidades técnicas para lograr una filmación completa en donde, las diferentes cámaras me permitieran hacer una exploración estética a partir de las posibilidades de cada dispositivo y la grabadora de sonido externo me diera una opción de grabar una mejor calidad de sonido que al sonido que graban las cámaras digitales. Empaqué el equipo en tres diferentes maletas, me fui a dormir y al día siguiente Martes de la Semana Santa a las 8:40 a.m salía el avión del Aeropuerto Puente Aéreo Bogotá hacia Montería, Córdoba. Edi había viajado a San Bernardo desde el sábado anterior, así pues ella me estaba esperando allá, en su casa junto con su esposo Roberto. Con un tono de preocupación, ella me había comentado que su casa estaba en obra negra puesto que Roberto aun estaba en el proceso de construcción de la misma y que aun les hacía falta pintar, resanar algunas partes de la pared, la puerta de un cuarto, y otras cosas. Sentí que cuando me dijo esto ella pensaba que yo, una mujer de 24 años que vive en una casa estrato 6 en donde hay unas comodidades diferentes a las que había en su casa, iba a tener dificultades cambiando de espacio, viviendo una semana en una casa diferente a la mía. Para mi no había ningún problema en esto, soy una persona que se adapta fácilmente por lo cual no me preocupaba el espacio ni sus diferencias con respecto a mi espacio cotidiano, sino más bien, sentí nervios
con respecto a la convivencia. Nervios pues no sabía, en ese primer día de viaje, de recorrido y traslado de una ciudad a otra, qué me esperaba al otro lado del horizonte. El horizonte de Edi, su casa, sus amigos, su familia, su esposo. ¿Cómo se iban a sentir ellos con mi presencia allá, se iban a incomodar por la presencia de la cámara? ¿de qué manera me van a juzgar como una persona diferente a ellos?
Pero sobre todo, sentía nervios como mujer que viaja sola en un país machista en donde la violencia de genero es un realidad social que no tiene límites. La violencia sexual, tanto física como verbal es una experiencia que las mujeres experimentamos a diario. Antes de salir al aeropuerto caminé a la tienda de la esquina de mi casa a comprar un paquete de cigarrillos, a la salida un señor me miró con una mirada enfermiza y me comenzó a mandar besos. Un gesto sexual que incomoda, que me hace sentir insegura, y que violenta mi habitar en la ciudad. Sentía nervios, al igual que siento ansiedad cuando recorro la ciudad de Bogotá por mi sola, como mujer que viaja sola en un país machista. Cuando empaqué mi ropa, decidí llevarme las prendas que menos partes de mi cuerpo mostraran, intentando así no llamar la atención de los hombres. ¿Por qué habría de importar qué tipo de prendas llevar, cuando la intención de la ropa es la comodidad y expresión personal, además que es un factor que no tiene ninguna relación con el proyecto? En efecto es una consideración que las mujeres tenemos que pensar cuando nos trasladamos de un lugar a otro, sea en el día a día de la casa a la esquina, o de una ciudad a otra.
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Día 1
Roberto, el esposo de Edi que vive en San bernardo, me estaba esperando en el Aeropuerto de Montería. Bernardo, un primo de Edi es dueño de un taxi y juntos se fueron desde San bernardo del Viento a recogerme para que “no me perdiera”. Yo había organizado el viaje de tal manera que al llegar a Montería iba a coger un bus Rápido Ochoa que me llevara al pueblo Cereté, a Lorica y después a San Bernardo del viento en donde me iba a encontrar con Edi y su esposo y de ahí a su casa, que aun no sabía donde quedaba. Hablando con Edi, me comentó la posibilidad de que su primo y esposo me recogieran en el taxi para que fuera más seguro para mi, (como mujer y como mujer que lleva varias maletas con equipos de fotografía y video). Me pareció una buena idea en tanto que iba a estar más cómoda con los equipos, y me pareció que el recorrido de 1 hora y 30 minutos entre Montería y el Viento iba a ser un espacio perfecto para conocer y darme a conocer con Roberto.
Nunca los había visto ni ellos a mi. Me baje del avión, sentí una blanca y caliente brisa en mi cuerpo, lejos de la gris y fría brisa de Bogotá y fui por mi maleta. Edi me había mandado el celular de su esposo por un mensaje de Whats app, puesto que ella se iba a quedar en la casa. Me entró una llamada,contesté; Hola Paola, es Roberto. Estoy afuera de la salida de las maletas, tengo una cachucha roja del Junior y tengo una camiseta roja. Recogí mi maleta, salí por la puerta y vi, por encima de todas las cabezas, la cachucha roja del Junior. Ahora por primera vez los había visto y ellos a mi. Me ayudaron a subir la maleta en el baúl del taxi de Bernardo y salimos camino a San Bernardo del Viento. Los primeros cinco minutos del recorrido fueron en silencio. Bernardo prendió la radio y comenzó a sonar una canción de música Vallenata, un género musical autóctono de la costa caribe colombiana, que acompañó todo el recorrido y que de alguna manera me situó física y emocionalmente en un espacio diferente al habitual. Decidí romper con la incomodidad del momento, en tanto que desconocidos, iniciando una serie de conversaciones para conocer sobre ellos y para que ellos me conocieran a mi. Preguntas sencillas que hicieron de los primeros cinco minutos de silencio, en los únicos cinco minutos de incomodidad. La conversación sirvió como una forma para empezar a construir un vínculo que hiciera del espacio cerrado del taxi, el primer espacio que compartimos, una experiencia de habitar a partir de un primer acercamiento y conocimiento sobre el otro.
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Estoy habitando un espacio temporal, un espacio que se mueve y recorre un sitio para llegar a otro; el automóvil. Un espacio cerrado que permite compartir con otras personas, a diferencia de por ejemplo la moto cuya función también es transportarnos de un lugar a otro pero que la forma propia del transporte no permite. Habitar un territorio es demorarse en el, sobre el. Habitar también es observar, mirar y entender, aprender y desaprender.
Saqué mi cámara como a la media hora de recorrido y comencé a filmar el paisaje que ante mi ventana pasaba. El paisaje como un lugar, objeto, persona, acción que puede ser observado, comencé a observar con mi lente, con mi cámara. ¿De qué manera era este recorrido del aeropuerto a la casa, de Montería a la casa de Edi, diferente al recorrido del Aeropuerto de Bogotá a mi casa? El paisaje es diferente.
En el recorrido de Montería a Lorica vi palmeras, vi casas y no edificios, casas pintadas de azul cielo, verde limón, rosado y aguamarina con techos hechos en palmiche. Casas muy lejos las unas con las otras. Grandes planicies y terrenos habitados por solo naturaleza. Verde, mucho verde pero también sequía. Cuando llegamos a Lorica vi una moto, dos motos, tres motos, cuatro motos, diez motos, quince motos y paré de contar. Quedé asombrada por la cantidad de motos y pasajeros que van en la moto; una señora montada en la moto, dos señores y un niño montados en la misma moto, un señor una niña y una señora en la misma moto, un señor con un bulto de papas entre las piernas y un tanque de gas en la mano izquierda y en la parte trasera de la moto; una mujer. Vi a cuatro personas montadas en la misma moto, solo una de ellas llevaba un casco puesto. La lógica de dos personas por moto era más bien una lógica de los que quepan en la moto.
Paramos en una tienda para que Roberto comprara un ventilador, nos comimos un refrescante pedazo de sandía y continuamos el recorrido por la costa colombiana en donde conocí, por primera vez, un semáforo humano. El “semáforo humano Santa lucía las Garita” queda en un puente sobre el río Sinú en la carretera Lorica - San bernardo, un puente que es de una sola vía por lo cual necesitaba de un semáforo para poder controlar el tráfico, pero que en vez de construirlo se robaron la plata y desde entonces pusieron a dos personas con una bandera de “pare” y una de “siga” para controlar el flujo de los carros. Dos mujeres (el día en el que pase) que tienen que estar paradas durante horas bajo el fuerte sol de mediodía moviendo una bandera roja y verde, un trabajo que además está legitimado y naturalizado con un letrero y un uniforme que dice “semáforo humano”. En vez de decir “respetar las señales de pare” debería decir “respetar el dinero ajeno, no robe”
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La casa de Edi y Roberto, construida por Roberto, que nació en Barranquilla en donde fue cantante de un conjunto vallenato llamado Los guayaberos antes de irse a trabajar como constructor al rededor del país, queda frente a la carretera principal San bernardo del Viento - Moñitos. Está construida con cemento, tiene una zona del techo con tejas de zinc y otra en la que están poniendo palmiche. En la entrada hay una ventana que por fuera es espejo por lo cual no se ve de afuera hacia adentro pero sí de adentro afuera, una ventana que cuando se abre conecta con la cocina. La entrada a la casa queda al lado izquierdo de la ventana en donde de inmediato uno se encuentra con una sala de estar que tiene un sofá y una mesa de vidrio, al igual que dos ventanales por los cuales se puede mirar a la carretera y a los vecinos de la derecha; un puesto de salud. En el centro de la casa se encuentra la cocina que conecta con el cuarto principal de Edi y Roberto, un cuarto de huéspedes, el baño, un corredor que sirve como depósito mientras terminan de construir la casa, y una entrada a otra zona en donde están montando un negocio para vender cerveza, una cantina en dónde jugar billar, ajedrez, tomar cerveza bien fría y escuchar música.
Cuando llegamos a la casa Edi nos había cocinado el almuerzo; arroz con coco, pescado, patacón, ensalada y jugo de tamarindo recién recogido de uno de los árboles que hay detrás de la casa. Nos sentamos almorzar, Roberto y yo, mientras le contábamos a Edi sobre nuestro recorrido desde Montería. Cuando terminamos de comer y después de hacer la sobre mesa, me llevaron al cuarto en el que yo me iba a quedar. Entré, me instalé, organicé los equipos y me di cuenta que el cuarto que me dieron era el cuarto de ellos. El cuarto principal en donde hay un televisor y abajo hay un mueble en donde estaba la ropa de Roberto, pero que Edi se la había movido al cuarto de al lado en donde iban a dormir ellos. Además, el día anterior habían puesto la puerta en su cuarto, para que yo pudiera tener privacidad. Me dieron su cuarto para que me sintiera más cómoda y me resultó difícil no hacerme la pregunta de ¿qué comodidades pensaron ellos que yo necesitaba para sentirme a gusto, tanto así que me dieron su cuarto y no el de huéspedes? Al fin y al cabo yo era un huesped. La única diferencia que hoy, pensando atrás y analizando el espacio y los objetos que había en el cuarto, re-habitando al recordar, la única diferencia que había era el televisor y el baño, pero el baño aun no estaba terminado por lo cual no se podía usar. El televisor y el sentido que le daban a su cuarto era la única diferencia con el otro cuarto. Eran las 4:00 p.m y salimos a conocer la playa a dar una vuelta y caminar por los alrededores. Desde un principio saqué mi cámara y comencé a filmar para que cada día que pasara Edi, Roberto, y las personas que estuvieran a nuestro al rededor, se acostumbraran a verme con la cámara de tal manera que esta se volviera una extensión física de mi habitar allá.
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Día 2
Me levanté a las 6:45 a.m. con la intención de dar una vuelta y tomar fotografías en las horas de la mañana, cuando salí de mi cuarto me encontré con Roberto y Edi, que ya estaban afuera desayunados y cambiados. Roberto me dice, “ oye pao, que si quieres ir acá al lado al ranchito del papá de Edi a filmar el pescadote que cogió el hermano”. Los primeros dos días que estuve allá había un problema con el servicio del agua en esa zona del pueblo, así pues Roberto tenía unas canecas verdes y grandes, en donde había recolectado agua para que usáramos en la cocina y en el baño. Cogí mi cámara, me puse los zapatos y nos fuimos Edith, Roberto y yo al hogar del papá. Caminamos por la carretera, luego entramos a un potrero, subimos una montaña y llegamos a la casa del papá en donde nos recibieron el resto de los familiares; madrasta, primo, tía y su esposa, sobrinita, sobrino. 2 gallos, 6 gallinitas, gastón el perro, 4 pollitos, un pavo cortejando a la pava, un cerdito y el pescadote. Reunidos todos en familia se juntaron al rededor de Tito quien estaba destripando y cortando el pescado, los niños aprendiendo, los adultos mirando y yo filmando.
Desayunamos caldo de pescado, arepa con queso costeño hecho en casa “pero el queso costeño de verdad, no como ese que comen ustedes los cachacos que es BIEN salado” y café. Que nunca falte el café.
Compartimos así una mañana calurosa, comiendo pescado, escuchando vallenato y conversando. Me mostraron los huesos de un animal que habían encontrado en un potrero cerca de la casa, algunos de ellos creían era un fósil de un animal que no era de esa zona. Me preguntaron que si conocía algún compañero que estudiara biología que pudiera identificar al animal y hacer un estudio de los huesos. Llamé a mi mejor amiga que estudia Biología y me dijo que si le podía mandar una foto del hueso, Roberto me dijo que mejor me llevara uno de los huesos a Bogotá.
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Día 3
Hoy fuimos al mercado de San Bernardo del Viento. El calor de la mañana me levantó, bañada en sudor me paré y me fui a bañar. Edi y Robert ya se habían levantado y cada uno estaba realizando diferentes labores del hogar. Edi estaba barriendo y quemando las hojas caídas del árbol de al lado de la casa, y Roberto estaba arreglando las tuberías porque le avían avisado que ya había llegado el agua. Salí a barrer las hojas con Edi y conocí a Mercedez, una mujer que estaba caminando por la carretera y paró a saludarla y a vendernos cocadas, vuelve y ven, quesadillas, y otros dulces caseros hechos a base de coco. Compramos dos vuelve y ven y una cocada para compartir entre los tres, nos lo comimos y Mercedes vio que tenía mi cámara y me pidió que si le podía tomar una foto.
Teníamos pendiente ir hacer mercado al pueblo y yo supuse que nos íbamos a ir en un taxi, a mi sorpresa Roberto paró a dos señores, cada uno en una moto. Roberto se fue con uno, y en la otra moto nos montamos el señor, Edi y yo. Nunca me había montado en una moto y mucho menos con dos personas. Nos fuimos de la casa de Edi al pueblo en pleno sol de medio día, en donde tuve la oportunidad de contemplar el paisaje, las casas, las tienditas de la esquina, y los lugares aledaños que ya había visto en una primera oportunidad pero que hoy veía diferente. Los veía diferente porque estaba montada en una moto en donde la velocidad y el viento solo me permitían ver fragmentos de paisajes, barridos de colores. Habitar desde el silencio, en movimiento. Llegamos al pueblo y el señor nos cobró seis mil pesos, Roberto se puso bravo porque decía que valía dos mil pesos por pasajero, entonces no entendía porque nos habían cobrado más, como a turistas. Fuimos al mercado, en donde nos demoramos más de dos horas porque en la tienda en la que compramos las verduras, la papa, los fríjoles, el arroz, una docena de huevos, dos bolsas de leche, una panela, el café, la nuez moscada para que la prima hiciera unos vuelve y ven para llevar a Bogotá a una hermana de Edi, harina, las 2 libras de queso costeño, las menudencias, el jamón de cerdo, el jabón rey, no tenían caja registradora, sino que había una señora que ponía todos los alimentos en una mesa y le iba gritando a otro señor, que tenía una calculadora e iba sumando los precios. Sumado a esto, habían otras 10 personas en el mismo proceso. Cuando finalmente nos entregaron el mercado, pensé que ahora sí nos íbamos a devolver en taxi; Roberto tenía un costal de papá lleno de mercado, y edi y yo cargábamos 3 bolsas cada una. No podía estar más lejos de la verdad. Paramos un servicio de moto y el señor nos dijo que si nos llamaba a otros dos de sus amigos, para que cada uno se fuera en una moto. Edi me dijo que le daba miedo que yo me fuera con uno de los señores, no vaya a ser que no me dejara bajarme y me llevara por allá quien sabe a donde. Ellos saben cuando alguien no es de acá y a ellos no los conozco. Nos montamos en otras motos y nos fuimos de vuelta a la casa, Roberto con bulto en la espalda y Edi y yo en una moto, bolsas en mano. Cuando llegamos nos dimos cuenta que se nos habían quedado los huevos.
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Día 4
El negocio de Edi y Roberto junto a la casa; la cantina, ya estaba funcionando en un 100%. Ya habían llegado las petacas de cerveza, las mesas de billar las habían terminado de construir, y el equipo de sonido ya estaba funcionando desde el primer día. En su mayoría llegaban hombres mayores de aproximadamente 30 años, a jugar dominó y a tomar cerveza bien fría. Durante la tarde hasta la noche, y un par de noches hasta la madrugada. Hoy llegue de la playa, después de ir a tomar fotografías, con la cámara análoga, a las casas que quedaban frente al mar, a 8 minutos caminando de la casa de Edi. Algunas casas abandonadas por los humanos, otras destruidas por el mar, otras que estaban inhabitadas pero no abandonadas. Cuando llegué a la casa, estaban sentados en la entrada de la casa el hermano de Edith, un señor cuyo nombre no recuerdo y edi. Me senté con ellos junto con mi cámara y, el señor, que tenía una edad mayor a los 50 años se introdujo a si mismo, me dio la mano y me preguntó por mi nombre. Yo ya lo había visto sentado en una de las mesas jugando dominó el día anterior, y me di cuenta que en un momento el se me quedo mirando, fijamente. Me senté junto a ellos y comenzamos a charlar. El viejo se comenzó a poner pesado. Me preguntó que si tenía marido, que si me podía invitar a pescar con el al día siguiente que iba a lanza la raya, que estaba enamorado de mi, que le gustaba mucho mi sonrisa. Me comenzó a mandar besos. Le preguntaba a Edi que si me podía ir con el a pescar al día siguiente. Ella decía que NO. “No pero es que yo no la voy a violar ni nada, yo no le voy hacer daño” “o no pao, entonces no confías en mi?” Yo tenía mi cámara y comencé a filmar, lo filmé mirándome, lo filmé hablándome. Me tapaba la cara con la cámara porque no sabía de qué manera responder ante tremenda declaración, que me hizo sentir nerviosa, que me hizo sentir con miedo. “Entonces pao, cuando vas a ir a la finca. A visitarme donde yo vivo pa que veas lo que te va a tocar a ti” “a tito, cuando uno se enamora, se enamora, si o no” “pao, entonces, tu me extrañas?” “como yo la pedía” “pao te amo, vuelve pronto oíste”. Podía ver que tanto Tito como Edi, estaban igual de incómodos y molestos que yo. El viejo estaba sentado en una silla y en ningún momento se acerco a mi, solo me hablaba y me miraba. No pareció molestarle que yo estuviera filmando, así que seguí filmando. Solo quería que se fuera y que no volviera a la casa ningún otro día. Llegó el camión de la cerveza para recoger las canastas de las petacas y él, con que amabilidad, se paro ayudar. Después Tito le dijo que se fueran a otro lugar a buscar cerveza y se fueron. Edi después me contó que a ella le daba miedo ese señor porque el antes se la pasaba con los tipos esos.
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Día 5
Hoy en la mañana del Viernes Santo se murió el cantante de vallenato Martín Elías, el hijo de Diomedes Díaz. Yo no sabía quien era el, aun cuando estos días anteriores habíamos escuchado varias canciones suyas. Estaba desayunando en la cocina mientras que Roberto estaba organizando las cosas de la cantina cuando a Edi le entró una llamada al celular. Vi que salió de la casa a buscar una mejor señal, y cuando volvió tenía en su rostro una expresión de asombro “¡oye Roberto, se murió Martín elías!” fuimos al cuarto a prender el televisor y ver en las noticias qué decían de la muerte del cantante. Ese día Roberto estuvo bastante callado pero la cantina no. Llegaron, desde temprano, muchos señores a jugar billar y hablar sobre Martín Elías. Nadie lo podía creer, estaban en estado de shock porque además en unos días Martín Elías tenía agendado un concierto en San bernardo. Dominó, cerveza y tristeza.
Salí a tomar fotos detrás de la casa, con la cámara instantánea, cuando me encontré con los otros vecinos de Edi y Roberto. Los vecinos del lado izquierdo, que varias veces me los había topado en la carretera pero no que no había hablado más de 3 palabras con ellos. El señor me llamó, y me dijo “oye muchacha ven para que nos tomes una fotografía”. Me acerque a donde estaban sentados él, su esposa, hijo e hija, afuera de la casa tomando el sol de medio día. Le tomé una fotografía a cada uno y me senté hablar con ellos. Les conté que estaba filmando un documental y que por eso había estado los días anteriores filmando por ahí y me dijeron que había un lugar muy hermoso arriba del potrero en donde ellos tenían su casa desde donde se alcanzaba a ver el mar, que si quería ellos me llevaban en la tarde. Su invitación fue considerablemente más amable y sin sentidos ocultos a la invitación de pescar del señor viejo verde. Le pregunté a Edi que si quería ir y después de almuerzo, empacamos una botella de agua, nos pusimos tenis, bloqueador, y salimos a caminar con los vecinos.
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Día 6
Me resultó interesante la manera en como los prejuicios que tenía con respecto a la cámara y la forma en la que las personas iban a reaccionar, fueron muy diferentes a la realidad. Por ejemplo, tenía como idea preconcebida que algunas personas se iban a sentir incomodas con la presencia de la cámara, que filma y captura, que hace evidenciar, que relata y cuenta. Me lleve dos lentes; un lente Canon zoom 24-105mm y un lente Fijo Canon 50mm, el primero no lo use. Filme todos los días con el lente de 50mm pues quería hacer el ejercicio de acercarme físicamente para poder filmar, acción que un lente zoom puede evitar (al hacer el acercamiento de manera electrónica, con el zoom). Con el 50mm, en cambio, si quería filmar un detalle, a una persona, me tenía que acercar para poder lograr el plano que tenía en mente. El dispositivo y las diferencias en cada uno, en este caso de los lentes, determinan una forma de aproximación a la representación de la realidad. La máquina se vuelve igual de importante a la representación que se quiere filmar puesto que hay que pensar de qué manera la máquina misma, la cámara de fotografía, me va a permitir filmar de una forma u otra. Otra razón por la que solo filmé con el lente de 50mm fue porque al tener una idea preconcebida con respecto a cómo se iban a sentir las personas cuando me vieran con una cámara de filmar profesional, un equipo costoso, que además tiene una connotación propia del dispositivo que hace que algunas personas actúen de manera diferente, pensaba que al tener un lente más pequeño físicamente, (el lente de 50mm es considerablemente más chiquito que el de 24-105) iba a resultar menos intimidante para las personas.
Me tope con una realidad en la que a las personas, por el contrario, se acercaban a mi cuando me veían con la cámara con curiosidad e interés. En varios casos me pidieron que les tomara fotografías, que hiciera un video para que les mostrara ahí mismo y se pudieran ver a ellos desde la perspectiva de la cámara. Diferentes personas, al enterarse que estaba filmando un documental, me contaban sobre los lugares a los que tenía que ir.
Ve a unos pozos de lodo que hay acá al lado, hermosisimos. Puedes hacer una toma de las personas que salen del lodo. Hay un caminito indígena en la montaña de atrás desde donde puedes filmar el mar. Cuando vayas a la playa tienes que ir al muelle a tomar fotografías, el atardecer es super bonito. Ve a moñitos, te gustaría bastante. ¿ya fuiste a la isla? allá hay unas cuevas del capitán Morgan, el pirata. Es hermosisimo, tienes que ir a filmar allá.
Me encontré con personas que no se sentían amenazados o intimidados con mi presencia y extensión física de la cámara, por el contrario sentían las ganas de mostrarme muchos lugares. Sobre todo lugares. Su noción de lo que para ellos era lo más interesante para filmar eran siempre lugares, espacios, paisajes.
El departamento de Cordoba ha tenido un contexto que ha sido golpeado por la violencia del conflicto armado dentro del marco político de Colombia a finales del siglo XX, como un espacio propicio para el surgimiento de los paramilitares como organización, tras la época de violencia y el enfrentamiento entre liberales y conservadores, en donde se fueron gestando las problemáticas agrarias que darían origen a las guerrillas . Con respecto a los paramilitares, 8
que surgieron inicialmente bajo el término de autodefensas y que como explica Mauricio Romero “se refiere a las agrupaciones organizadas para defenderse de un agresor y mantener el control de un territorio, sin pretensiones de expansión del grupo” defenderse entonces de 9
las guerrillas y mantener el control económico de un territorio, que en el caso de Córdoba había una fuerte economía ganadera. En 1997 se constituyeron las autodefensas unidas en Colombia (AUC) y específicamente en Córdoba habían diferentes frentes ya establecidos, en municipios como San bernardo del viento, Moñitos, Lorica, San Pelayo, Cereté, Puerto escondido, entre otros. Las labores militares de las AUC hicieron que hubiera un incremento de la violencia civil puesto que cometieron varias masacres entre ellas las de 1999, 2000, 2001, 2003 en el municipio de Tierraalta . En el año 2005 con la “Ley de justicia y paz” bajo 10
el gobierno del presidente Álvaro Uribe Velez comenzó el proceso de desmovilización de los paramilitares en Colombia.
Un contexto de violencia, narcotráfico, horror y temor que permea la historia política y social de Colombia. Recuerdo que estaba en el último año del bachillerato cuando por primera vez escuche el nombre de San Bernardo del viento y fue cuando mataron a Margarita Gómez y Mateo Matamala, dos estudiantes de la Universidad de Los Andes.
Hoy me levante pensando en ellos. Pensando en como el habitar de un mismo territorio resultaba en una experiencia completamente distinta, ellos al igual que yo vinieron al Viento a trabajar en su proyecto de grado de Universidad. Hoy me levante pensando en ellos en su posición como estudiantes, turistas, foráneos en un territorio cuyo contexto lo transformó (al territorio) en inhóspito, agresivo y mortal, tanto para ellos dos como extraños como para los muchos locales que murieron ese mismo año.
Me levante pensando en la posibilidad que tenía de habitar, convivir, recorrer San bernardo del Viento. Una posibilidad que se dio gracias a que Edi comenzó a trabajar en mi casa como empleada de servicio.
Romero, Mauricio. 2003 Paramilitares y autodefensas, 1982-2003. Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
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Internacionales, IEPRI y Editorial Planeta Colombiana, S.A.
Romero, Mauricio. 2003 Paramilitares y autodefensas, 1982-2003. Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
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Internacionales, IEPRI y Editorial Planeta Colombiana, S.A., p. 38.
Recuperado de:
http://www.verdadabierta.com/nunca-mas/masacres/596-masacres-1997--2001-10
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Durante los días que he habitado en la casa de Edi he podido compartir otros espacios con ella. El primer lugar que encuentro cuando salgo del cuarto es la cocina, y estos días Edi siempre ya ha estado ahí. Se levanta en la madrugada, antes de las 7:00 a.m y sale de la casa a limpiar las hojas que están en la entrada, ayuda a Roberto a organizar las cervezas en la nevera, y prepara el desayuno. Le prepara el desayuno a Roberto, me prepara el desayuno a mi. Así pues cuando me levanto y salgo a la cocina me encuentro con Edi ya arreglada con la comida lista para servir. Café, arepa, queso costeño. En las horas de la mañana cada quien ha desayunado en momentos distintos. Edi es la primera en comer porque es la primera que se levanta. Roberto y yo hemos desayunado al mismo tiempo casi todos los días. El se levanta y comienza a trabajar en la casa, arreglando las tuberías, resanando la pared, organizando la cantina y construyendo las mesas de billar. Cuando termina de trabajar, va a la cocina y le pide a Edi que le sirva el desayuno. Ninguno de estos días ha desayunado antes de trabajar. Nos sentamos en la mesa, Roberto y yo a desayunar, y Edi nos acompaña, pero ninguno de estos días ha desayunado con nosotros. Aun cuando no compartimos el espacio de la cocina para comer, hemos habitado el espacio de la cocina para compartir. Ella me ha enseñado a cocinar diferentes cosas; aprendí hacer arepa con huevo, arroz con coco, sancocho de gallina. Yo le lleve una cámara desechable a Edi y a Roberto a forma de regalo con la intención de poder compartir con ellos lo que a mi más me gusta. Les dije que solo había una condición y era que tenían que tomar todas las fotos esa semana, para que al final me entregaran las cámaras y yo las pudiera revelar para después entregárselas impresas. Quería compartir con ellos otra forma de tomar fotos, que no fuera con el celular, y poder hacer juntos el ejercicio de salir a tomar fotos, que también me pudieran tomar fotos a mi, así como yo lo estaba haciendo con ellos, de documentar esta semana que para ellos también era diferente. En la cocina le mostré a Edi y a Roberto como usar la cámara desechable, les conté sobre porqué había estudiado Artes visuales y cuales eran mis metas en el futuro. Ellos me contaron sobre cómo se conocieron en Barranquilla, cómo les había afectado la relación a distancia, y también me hablaron sobre la ex esposa de Roberto, la persona por la cual Edi llego a mi casa, y la relación que tenía Edi con Rocío. Aprendí sobre Edi que ella nunca quiso tener hijos, pero que cuando trabajó durante 8 años en la casa de una familia en Bogotá, la patrona la había contratado porque quería que cuidara a sus hijos que eran pequeños. En la casa habían dos empleadas, Edi y otra mujer, y que cuando los niños crecieron la patrona le dijo que ella no podía seguir pagando dos empleadas, razón por la cual dejó de trabajar allá. La cocina era central en la casa, tanto como espacio físico como espacio para compartir.
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Otro espacio que compartimos todos los días fue cuando caminábamos de la casa a la playa. Teníamos que caminar por la carretera, cruzar a la izquierda en una entrada descubierta y de ahí seguir derecho hasta llegar a la playa. En el recorrido por la calle descubierta Edi me iba contando quiénes vivían en cada casa; en una de ellas vive Bernardo el primo que me recogió el primer día, otra prima había construido una casa azul pero que luego abandono porque se fue a vivir a Bogotá.
En esos recorridos donde solo íbamos ella y yo, nos encontrábamos con diferentes personas que en su mayoría reconocían a Edi se quedaban conversando con nosotras un rato corto. Conocí al hijo de Mercedes, la mujer que nos había vendido las cocadas, a José otro primo que Edi no había visto desde que era peladito y por tanto casi no lo reconoce, a la flaca una prima que nos encontramos en el Muelle turístico de San bernardo. Todos los días fuimos a la playa a caminar para salir de la casa y dar una vuelta. Una vuelta que nunca hacía, me confesó. A Edi no le gusta meterse al mar y cada vez que va a San bernardo, que no es más de dos o tres veces al año, nunca va a caminar a la playa. Así que esta semana fue también para ella un ejercicio de recordar y rehabitar unos espacios por los cuales no había pasado hace mucho tiempo. Sorprendida por las nuevas construcciones, en especial los nuevos hoteles y hostales que hay junto al mar, que en su época no había. Caminamos hasta el ancón, una pequeña ensenada a la cual ninguna había ido antes en donde nos sentamos a tomarnos una gaseosa, a descansar y a hablar sobre los diferentes festivales que hacen en San bernardo; el festival del arroz, del plátano, de la yuca, del camarón, de la patilla, del cangrejo y más.
Este era también un espacio de descanso para Edi puesto que en las tardes, cuando volvíamos a la casa ya habían personas, en su mayoría hombres, que estaban jugando dominó y tomando cerveza. Edi atendía a las personas, les llevaba las cervezas, hablaba con ellos, ayudaba a Roberto a manejar el negocio. Se quedaba despierta hasta que todos y cada uno de los clientes se hubiera ido. Ese espacio lo compartí muy poco. Yo miraba, a veces filmaba desde la cocina y la entrada de la casa. No quería quedarme tanto tiempo afuera, en las mesas donde estaban los clientes porque me sentía intimidada con algunos de los señores que estaban allí reunidos. No todos me miraron con ojos pervertidos, pero algunos sí y con eso me basto. No quería volverme a encontrar al señor de aquél día. Así pues en las noches solo me encontraba con Edi en la cocina. Ella entraba y salía por el corredor que separaba la casa del negocio, se sentaba conmigo un rato y luego volvía a trabajar.
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