editorial
Se acaba de iniciar el quinto año del pontificado de Francisco co-mo pastor de la Iglesia universal, ya que Jorge Mario Bergoglio fue elegido el 13 de marzo de 2013. Su arrolladora figura le ha colo-cado en el centro de atención no solo de la Iglesia católica o de las personas interesadas en cuestiones religiosas, sino en el conjunto de la sociedad mundial. Aunque ya hemos abordado su aportación en otros comentarios editoriales 1, queremos dedicar las siguientes
pá-ginas a realizar un balance —breve y provisional— del pontificado de Francisco, así como una sucinta prospectiva de los retos y tareas que siguen pendientes.
Lo haremos siguiendo el esquema teológico que presenta el triple ofi-cio de Cristo como sacerdote, profeta y rey. El Concilio Vaticano II lo aplica a todos los bautizados (Lumen Gentium, nn. 34-36), a los laicos (LG 25-27), a los sacerdotes (Presbyterorum Ordinis, 4-6) y a los obispos (Christus Dominus, 12-16). Nosotros lo referiremos aho-ra, de un modo particular, al papa Francisco. Se trata del oficio de santificar de Cristo Sacerdote, el oficio de regir de Cristo Rey-Buen Pastor y el oficio de enseñar de Cristo Profeta.
Esta opción nos lleva a centrarnos en cuestiones internas de la Igle-sia, de modo que el importantísimo papel ad extra del papa Francisco quedará algo soslayado. Existe una evidente y muy reconocida labor papal a favor de los refugiados y en diversas iniciativas diplomáticas de mediación en Cuba, Venezuela, Colombia…, así como una
inter-1 Por ejemplo: “El papa Francisco, viento sin ruido”, Razón y Fe 1374 (marzo de
2013), 283-290; “El papa Francisco, un año ad limina”, Razón y Fe 1385 (marzo
pelante llamada de atención sobre la crisis socio-ambiental en el es-cenario político-económico mundial. También hay que reconocer el impulso ecuménico con luteranos y ortodoxos, y sus diversos encuen-tros con la comunidad judía y musulmana. Pero no es posible referirse a todo en los limitados márgenes de este comentario editorial.
El oficio de santificar
Que la Iglesia es santa y pecadora (o, más exactamente, santa y formada por pecadores), es algo bien conocido. Que la Iglesia debe esforzarse siempre por vivir «sin mancha y sin arruga» (Efe-sios 5,27) es algo deseado. Y que el Papa, como pastor universal, debe impulsar tal proceso, parece algo evidente. Como también lo es el hecho de que Francisco está logrando, con su testimonio per-sonal y con su misión apostólica, impulsar la barca de Pedro en la dirección adecuada. Lejos de caer en la papolatría, sí nos parece justo y necesario valorar lo que el papa Francisco está haciendo y logrando en este terreno.
Ya desde el primer momento de su elección como Obispo de Roma, Jorge Mario Bergoglio destacó por su cercanía a los pobres. No so-lo formuló su deseo de una «Iglesia pobre y para so-los pobres», sino que lo expresó con numerosos gestos de solidaridad afectiva y efec-tiva, de gran valor real y simbólico. Además, acompañó sus gestos con valerosas palabras proféticas. Con todo, lo más llamativo es la profunda credibilidad de su persona. Así ha sido reconocido por el pueblo fiel y por la opinión pública mundial. Destacamos este rasgo porque la sensibilidad de la gente capta muy bien el «olor de santi-dad» y el vigor evangélico del servicio a los más pobres; pensemos, por ejemplo, en la popularidad sincera de figuras como San Anto-nio de Padua o Santa Teresa de Calcuta.
publi-cada por Razón y Fe junto con las otras revistas jesuitas del mundo 2.
Pero también aparece de una manera nítida en su documento pro-gramático Evangelii Gaudium: «lo que quiero ofrecer va más bien en la línea de un discernimiento evangélico» (EG 50). En realidad, todo el proceso suscitado en torno al Sínodo de Obispos sobre la familia debe verse como un inmenso proceso de discernimiento eclesial. No puede sorprender, por tanto, que el mismo resultado final de este pro-ceso (recogido en la exhortación Amoris Laetitia) sea una invitación al discernimiento pastoral. Más recientemente, en la alocución dirigida a la 36ª Congregación General de la Compañía de Jesús, el papa Francisco insistió en la necesidad de avanzar «por estos caminos de la consolación, de la compasión y del discernimiento».
La lucha contra los abusos sexuales contra los menores y otras perso-nas vulnerables en el seno de la Iglesia, sobre todo los cometidos por sacerdotes, se ha convertido en una piedra de toque para cualquier intento de impulsar una Iglesia más santa o menos pecadora. En este sentido, hay que aplaudir la vigorosa postura de Francisco en contra la pederastia, en línea con lo ya planteado por su predecesor Bene-dicto XVI. Además de diversas alocuciones públicas, hay que desta-car la creación de una comisión internacional para la protección de menores (2014), varios encuentros con víctimas de abusos (el prime-ro, en Roma, en julio de 2014), la creación de un tribunal especial para juzgar estos casos (junio de 2015) y el Motu Proprio «Como una madre amorosa» (4 de junio de 2016), documento que actualiza y endurece las sanciones a los obispos y superiores mayores que no hayan actuado con suficiente diligencia en los casos de pederastia. La tarea, sin duda, no resulta fácil. Y hay algunos hechos recientes que siembran algunas dudas. Concretamente, destacamos dos: por un lado, el veredicto del caso Luis Figari, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana, sobre quien pesan gravísimas acusaciones y que, sin embargo, ha recibido leves sanciones (febrero de 2017). Por otro, la dimisión de la irlandesa Marie Collins, víctima de abusos, como miembro de la Comisión vaticana, al constatar que falta cooperación en otras instancias vaticanas, y que se hizo pública el pasado 1 de marzo. En definitiva, nos parece que el papa Francisco está
impulsa-2 A. Spadaro, SJ, “Entrevista exclusiva al papa Francisco”, Razón y Fe 1380
do una línea firme y correcta, pero que el asunto es tan complejo que no todos los avances serán lineales ni siempre evidentes 3.
En la visión católica, la justicia se relaciona con la misericordia de un modo dinámico y creativo. Se exigen y se modulan mutuamen-te. Por eso, la búsqueda de la justicia y la reparación para las vícti-mas de abusos es también una expresión de la misericordia eclesial. También el papa Francisco ha logrado ubicar la misericordia en el centro de la vida de la Iglesia. No se trata solo de convocar un Año santo jubilar sobre la Misericordia (lo cual ya en sí es llamativo), si-no su modo concreto de vivirlo. Destacamos dos detalles significati-vos: la apertura de la Puerta Santa en la catedral de Bangui, en la República Centroafricana; y la práctica de realizar personalmente un gesto concreto de solidaridad con los más pobres y necesitados de misericordia, cada primer viernes, a lo largo de todo el Año San-to. La Iglesia es más santa cuanto más encarna la misericordia divi-na. Y a ello nos ha impulsado el Papa 4.
El oficio de regir
Una crítica relativamente frecuente que se formula contra el papa Francisco es que se trata de un personaje muy mediático en el que dominan los gestos y las palabras, pero en detrimento de las accio-nes concretas. Desde esta perspectiva, se reclaman decisioaccio-nes más nítidas y, si se nos permite emplear un término de la democracia po-lítica, mayor relevancia del poder ejecutivo. Veamos, pues, algunos de los campos en los que se manifiesta el oficio de regir del papa Bergoglio.
En primer lugar, y ya desde el primer año de su pontificado, nos en-contramos con la figura novedosa del Consejo de cardenales, aún co-nocido como el G8 (aunque en julio de 2014 pasó a estar formado por nueve cardenales, tras la incorporación del Secretario de Estado). Desde octubre de 2013, se ha venido reuniendo cuatro veces al año.
3 Sobre esta cuestión puede verse en este mismo número el artículo de HanSZo
-llner, SJ, “«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Espiritualidad y manejo del
abuso a menores”.
4 “Una Iglesia misericordiosa para un mundo herido”, Razón y Fe 1406
La dimensión estructural apunta a una modernización de los mecanis-mos de gobierno eclesial, más acorde con el mundo globalizado en el que vivimos y con el carácter católico-universal de la Iglesia. Una estructura que resulta menos curial-vaticana, más descentralizada y, presumiblemente, más ágil y más cercana a la realidad de las iglesias locales. La dimensión coyuntural se refiere a cuestiones concretas tales como la reforma de la Curia y las finanzas vaticanas. Algunas voces reclaman más decisiones concretas, pero conviene recordar que, co-mo dijo el cardenal Oswald Gracias, arzobispo de Mumbai-Bombay (India), más del 75% de las decisiones papales son previamente con-sultadas por Francisco en este foro.
Otra de las insistencias del papa Francisco ha sido su crítica a lo que Henri de Lubac SJ llamaba la «mundanidad espiritual» (EG, 93-97) y, concretamente, contra el clericalismo y el carrerismo eclesiás-tico, que definió como «una lepra» en un impactante discurso ante la escuela diplomática del Vaticano, la Pontificia Academia Ecle-siástica, en junio de 2013. Varias veces, por ejemplo en las misas crismales de 2013 y 2015, el Papa ha insistido en la necesidad de que los sacerdotes sean pastores «con olor a oveja y sonrisa de padre». Dirigiéndose a los seminaristas en diciembre de 2016, les advierte de que el narcisismo y el estar centrado en uno mismo es la mayor tentación durante la formación para el sacerdocio. Si que-remos «una Iglesia en salida» (EG 20-24), los pastores ordenados deben ser los primeros en salir de sí mismos y vivir descentrados, al servicio de los demás.
En la misma línea hay que interpretar el nombramiento de obispos y
cardenales durante estos años del pontificado de Bergoglio. Hay un
electo-res, el 38% del total. Parece razonable pensar que, en los próximos años, sucesivos consistorios vayan dejando un sustrato de cardena-les que continúen la línea de reformas que la Igcardena-lesia necesita y el Papa impulsa.
Junto a todo esto, hemos de decir una palabra respecto a la
oposi-ción eclesial al papa Francisco e, incluso, respecto al riesgo de
divi-sión en la Iglesia. De hecho, se constata que en estos años hemos pasado de un cierto malestar inicial ante el «estilo Francisco» a una verdadera oposición silenciosa que, posteriormente, ha dado lugar a otras posturas de oposición mucho más abiertas, organizadas e incluso beligerantes. Los cuatro cardenales (Burke, Brandmüller, Ca-farra y Meisner) que en noviembre de 2016 se manifestaron públi-camente contra el papa Francisco a propósito de las «dudas» que les suscitaban algunas proposiciones de la exhortación apostólica
Amoris Laetitia, no son más que la primera línea de una campaña más amplia. En la misma hay que situar a diversos blogueros y va-ticanistas, cada vez más locuaces e irrespetuosos, así como conflic-tos como el de la Orden de Malta. En un año tan importante para el ecumenismo como es este 2017, hablar de cisma resulta exagera-do y alarmista, pero tampoco hay que desdeñar los riesgos para la unidad eclesial que supone la oposición organizada contra el papa y su necesario programa de reformas.
El oficio de enseñar
Cada Papa tiene su propio estilo y carisma personal con el que rea-liza la misión que le ha sido encomendada. En ese sentido, Jorge Mario Bergoglio es muy distinto de Josef Ratzinger, ilustre profesor de teología que llegó al episcopado desde el mundo académico. Pe-ro esto mismo nos muestra que hay diversas maneras de ejercer el oficio de enseñar y que la cátedra del pastor no es, necesariamen-te, la del catedrático de universidad.
vigorosa opción por los excluidos del sistema dominante. Conviene recordar, además, que se trata de una exhortación apostólica post-sinodal, que retoma el trabajo del Sínodo de Obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana», cele-brado en octubre de 2012. Si se observa el tono y el contenido de los documentos sinodales, comparándolo con el tono y el contenido de Evangelii Gaudium, se notará claramente la impronta del papa Francisco y su impulso hacia una nueva primavera en la Iglesia. En mayo de 2015 vio la luz la primera encíclica de Francisco, Lau-dato Si’ («Alabado seas») sobre el cuidado de la casa común 5. Es
cierto que a los pocos meses de su elección, en junio de 2013, ha-bía aparecido la encíclica Lumen fidei («La luz de la fe»), pero todos los observadores coinciden en señalar que se trata de un documento básicamente preparado por Benedicto XVI. Así pues, podemos con-siderar que la primera encíclica del primer Papa latinoamericano es una encíclica social que aborda la cuestión ecológica. Lo hace des-de la convicción des-de que «no hay dos crisis sepa radas, una ambien-tal y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambienambien-tal» (LS 139) y que, por lo mismo, debemos «escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (LS 49). Por ello, la en-cíclica es un vigoroso alegato a favor de la conversión ecológica y de la ecología integral, que ha resonado con fuerza tanto dentro como fuera de la Iglesia.
Junto a estos textos magisteriales, hay que reconocer y valorar la importancia del magisterio ordinario del papa Francisco, entendido ahora en el sentido más cotidiano del término. Todos sus gestos y palabras son un ejercicio del oficio de enseñar; lo son también las homilías diarias en la capilla de Santa Marta, así como sus audien-cias y diversas alocuciones públicas (se estima en unos 20 millones de personas el número de asistentes a los actos papales en Roma, desde su elección). También puede considerarse magisterio ordina-rio, en sentido lato, la presencia en redes sociales como Twitter (más de 30 millones de seguidores de sus cuentas en nueve idiomas) o
Instagram (superó los tres millones de seguidores en menos de me-dio año). Quienes acuden a San Pedro buscan ser tocados o inter-pelados por el «pastor» Bergoglio. Recuérdese lo que advertía Pablo
5 “Decálogo verde para el siglo XXI”, Razón y Fe 1404 (octubre de 2015),
VI en Evangelii Nuntiandi: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan» (EN 41). Algo de eso parece encarnar el papa Francisco.
Amoris Laetitia o «La alegría del amor» es el título del último gran documento publicado por Francisco, en marzo de 2016 6. Recoge el
largo trabajo realizado en torno al Sínodo de los Obispos, con sus dos Asambleas ordinaria y extraordinaria, y se centra en el amor en la familia, incluyendo algunas cuestiones delicadas que piden particular atención y discernimiento pastoral. No se trata ahora de resumir su contenido y aportes fundamentales, pero sí quizá de re-cordar que todas las proposiciones sinodales fueron aprobadas, en votación secreta, por más de dos tercios de la asamblea de los obis-pos. De hecho, a pesar del revuelo causado (o creado por algunas voces o grupos), da la impresión de que el papa Francisco adoptó una postura «conservadora» y sabia, asumiendo solo lo que la Igle-sia estaba madura para asumir en estos momentos. Otro ejemplo de sabiduría y discernimiento; un modo de ejercer el oficio de ense-ñar, escuchando, respetando y aprendiendo. La Iglesia docente es, antes, Iglesia discente.
Conclusión
El oficio del Papa es lograr que la Iglesia sea lo que está llamada a ser por Dios, para bien de la humanidad. En términos del Credo, esto significa que la Iglesia sea una, santa, católica y apostólica. De este modo podemos esbozar los retos pendientes para el resto del pontificado de Francisco. Que la Iglesia sea una: llamada a la uni-dad interna ante los disensos y avance en el ecumenismo. Que sea santa: a través de la coherencia y testimonio de vida, de la fideli-dad al Evangelio de Jesús de Nazaret. Que sea católica: es decir, que sea universal, abierta, acogedora y amplia. Que sea apostóli-ca: siempre en salida, servicial, dinámica, creativa. Todo ello está en juego, por ejemplo, cuando la Iglesia universal afronte los retos de la juventud, tema del siguiente Sínodo de Obispos, previsto para octubre de 2018. n
6 “Amoris Laetitia: el poliedro de la familia”, Razón y Fe 1411-1412 (julio-agosto