Renovación nº 70 Junio 2019

100 

Texto completo

(1)

R E N O V A

C I Ó N

Nº 70

R E V I S T A M E N S U A L T E O L Ó G I C A Y D E O P I N I Ó N

EDITORIAL: Dos axiomas irrebatibles / OPINIÓN: Consideraciones

existenciales sobre el mundo de las creencias /

POST 5º CENTENARIO:

La Reforma protestante a 501 años · Estado actual de la declaración

conjunta sobre la justificación · A los 500 años… Ya no es tiempo de

reformas… / TEOLOGÍA, CIENCIA Y FILOSOFÍA: La física del tiempo, ante

las grandes cuestiones · El relativismo frente a lo absoluto / SOCIOLOGÍA

Y CRISTIANISMO: El sentido de la vida #8 · El buen pastor · De la cruz a

la cama /

HISTORIA Y LITERATURA: César Antonio Molina · Hugonotes

#20 · El sueño de la razón #11 · La Ley 44/1967 de Libertad Religiosa /

(2)

R E N O V A C I Ó N

Dice José María Vigil (sacerdote y teólogo católico claretiano) que “la historia de las religiones es la histo-ria de un conocimiento humano en continuo crecimien-to, y de una religión cuyas afirmaciones sobre Dios van retrocediendo paralelamente a aquel avance de aquel conocimiento humano creciente” (Errores sobre el mundo que redundan en errores sobre Dios). Este “crecimiento del conocimiento humano” nos ha permi-tido “caer en la cuenta” de que las imágenes y los con-ceptos que teníamos –y muchos siguen teniendo– de Dios son distorsionados. El pensamiento mecanicista del mundo que ha venido marcando el horizonte de la cultura occidental desde la Ilustración no es ajeno a ese “caer en la cuenta” de las imágenes y los conceptos distorsionados, cuando no falsos, de Dios; lo que signi-fica que el llamado “ateísmo” requiere una reflexión más profunda.

Es interesante observar que solo en los relatos bíblicos Dios dialoga de tú a tú con los seres humanos: Abraham, Moisés, Josué, etc., en el Antiguo Testamen-to. En el Nuevo Testamento cambia el paradigma y quien habla es el Cristo celestial o el Espíritu Santo. Pero, insistimos, este diálogo solo ocurre en los relatos bíblicos, nunca en la cotidianidad de la vida real, salvo en el mundo pentecostal, donde el Espíritu Santo habla todos los días(!). De esta elocuencia y posterior silen-cio de Dios ya se hizo eco el autor de Hebreos, aunque como una afirmación cristológica (1:1-2); pero aquí nuestra cuestión es esencialmente ontológica: ¿ha ha-blado Dios alguna vez cognitiva y auditivamente con el ser humano, o tal asunción es solo un apuntalamien-to necesario para la teología? ¡Quizás sea esapuntalamien-to! Diga-mos de paso que esta acción dialógica, al menos en el AT, confluye en una comprensión racional e ideológica recíproca, de ahí que se le atribuya a Dios la matanza de los primogénitos de un país (Gn.11-12), o el genoci-dio de pueblos enteros (Jos. 6-8) por citar solo dos ejemplos.

Por otro lado, solo en los relatos bíblicos, o bien se está a salvo de cualquier fatalidad, o, por el contrario, se puede ser víctima irremediable de alguna desgracia natural o provocada; de lo primero, porque Dios está

Í N D I C E

Editorial

:

Dos axiomas irrebatibles……… 3

Opinión

:

Consideraciones existenciales

sobre el mundo de las creencias …… 4 Jorge Alberto Montejo

Post 5º Centenario:

• La Reforma protestante a 501 años………. 10 Ezer R. May May

• Estado actual de la declaración conjunta

sobre la justificación ……….. 18 Alfonso Ropero

• A los 500 años ya no es tiempo de reformas… 26 José María Vigil

TEOLOGÍA, CIENCIA Y FILOSOFÍA

• La física del tiempo, ante las grandes cuestiones 33 Juan A. Martínez de la Fe

• El relativismo frente a lo absoluto ……….. 39 Jorge A. Montejo

SOCIOLOGÍA Y CRISTIANISMO

• El sentido de la vida #8 ……… 46 José Manuel González Campa

• El buen pastor ………. 48 Esteban López González

• De la cruz a la cama ………. 52 Carlos Osma

HISTORIA Y LITERATURA

• César Antonio Molina ……….. 54 Rafael Narbona

• Hugonotes #20 ……….. 57 Félix Benlliure Andrieux

• El sueño de la razón #11 ……… 60 Juan A. Monroy

• La Ley 44/1967 de Libertad Religiosa ………… 62 Máximo García Ruiz

CIENCIAS BÍBLICAS Y APOLOGÍA

• Génesis 1 en contexto……… 64 • La duración del ministerio de Jesús ……….. 68

Héctor B.O. Cordero

• “Conocer” en Sodoma ……….. 72 Renato Lings

ESPIRITUALIDAD

• Poesía: Aquella orilla ……….. 79 Gerardo Oberman

• ¡Adelante, princesa! ……….. 80 Isabel Pavón

• Las mujeres y el resucitado en los relatos

de apariciones ……… 81 Brenda García

Sobre el ateísmo ……… 84 Julián Mellado

• Mártires y perseguidores……… 86 Alfonso Pérez Ranchal

MISCELÁNEA

• Humor ………. 89

• La Biblia #6 ………. 90

• Madre Kali XV ……… 92 Alberto Pietrafesa

• Naturaleza plural: Los tres “funerales” ………. 94 • Mujeres filósofas #13 ………. 95

Juan Larios

• Universo: La astronomía científica ………. 96 • Así es Cleops, el satélite español………..… 97 • Libros:

–Once teólogos ante el diálogo ciencia-fe ….. 98 –1277.La condena de la filosofía ……….99/100

Editor: Web de la revista: Correspondencia:

Nº 70 - Junio - 2019

Emilio Lospitao

http://revistarenovacion.es/Revista_Renovacion.html editorenovacion@gmail.com

de nuestra parte para librarnos de ella: “No temas, Abram, yo soy tu escudo” (Gn. 15:1); de lo segundo, porque nada ni nadie nos librará si Dios ha decidido o permitido que sea así (Job 1-2).

Dos axiomas irrebatibles:

1. La cotidianidad de la vida real nos muestra que cuando ocurre alguna fatalidad, natural o provocada, esta no distingue al rico del pobre, al niño del viejo, al piadoso del impío, al creyente del ateo… Todos pode-mos ser víctimas de la misma tragedia o ser agraciados de la misma ventura, sin distinción alguna por ningún motivo. Esto es y ha sido así siempre y en todo lugar.

2. La bondad de la que podamos ser partícipes depende de la zona del planeta donde hayamos nacido o viva-mos: de su economía, de su bienestar social, de su sis-tema político… sin que Dios tenga nada que ver con ello. Por ejemplo, dependerá del Sistema de Salud y los recursos que tengamos a nuestro alcance para salir in-demne o perecer ante la misma enfermedad. En los paí-ses del llamado primer mundo no mueren miles de ni-ños diariamente por causa de enfermedades que se cu-ran con un dólar, como sí ocurre en los países del lla-mado tercer o cuarto mundo. Además, si yo tengo que repatriarme de un país donde no se dispone de los re-cursos médicos que necesito para curarme, o los tiene pero no puedo pagarlos, pero sí los tengo gratuitamente en mi país, ¿a quién debo dar las gracias por la recupe-ración de mi salud e incluso salvar la vida?

Esta realidad de la que venimos hablando nos hace “caer en la cuenta” de que abrigamos en nuestra cos-movisión religiosa conceptos distorsionados de Dios… ¡aunque esos conceptos procedan de la Biblia! Cuando caemos en la cuenta de esta realidad, ciertamente nos sobresalta, algunos incluso pueden ser presas del páni-co, pero expresarla no significa negar a Dios, al con-trario, “caer en la cuenta” de esta realidad es afirmar el incuestionable misterio de Dios, que está ahí, que lo intuimos, que nos habita porque en él somos y vivimos. Por lo tanto, necesitamos descubrir a ese Dios-Realidad desde la experiencia diaria y la racionalidad. R

DOS

AXIOMAS

IRREBATIBLES

Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la línea

(3)

R E N O V A C I Ó N

Dice José María Vigil (sacerdote y teólogo católico claretiano) que “la historia de las religiones es la histo-ria de un conocimiento humano en continuo crecimien-to, y de una religión cuyas afirmaciones sobre Dios van retrocediendo paralelamente a aquel avance de aquel conocimiento humano creciente” (Errores sobre el mundo que redundan en errores sobre Dios). Este “crecimiento del conocimiento humano” nos ha permi-tido “caer en la cuenta” de que las imágenes y los con-ceptos que teníamos –y muchos siguen teniendo– de Dios son distorsionados. El pensamiento mecanicista del mundo que ha venido marcando el horizonte de la cultura occidental desde la Ilustración no es ajeno a ese “caer en la cuenta” de las imágenes y los conceptos distorsionados, cuando no falsos, de Dios; lo que signi-fica que el llamado “ateísmo” requiere una reflexión más profunda.

Es interesante observar que solo en los relatos bíblicos Dios dialoga de tú a tú con los seres humanos: Abraham, Moisés, Josué, etc., en el Antiguo Testamen-to. En el Nuevo Testamento cambia el paradigma y quien habla es el Cristo celestial o el Espíritu Santo. Pero, insistimos, este diálogo solo ocurre en los relatos bíblicos, nunca en la cotidianidad de la vida real, salvo en el mundo pentecostal, donde el Espíritu Santo habla todos los días(!). De esta elocuencia y posterior silen-cio de Dios ya se hizo eco el autor de Hebreos, aunque como una afirmación cristológica (1:1-2); pero aquí nuestra cuestión es esencialmente ontológica: ¿ha ha-blado Dios alguna vez cognitiva y auditivamente con el ser humano, o tal asunción es solo un apuntalamien-to necesario para la teología? ¡Quizás sea esapuntalamien-to! Diga-mos de paso que esta acción dialógica, al menos en el AT, confluye en una comprensión racional e ideológica recíproca, de ahí que se le atribuya a Dios la matanza de los primogénitos de un país (Gn.11-12), o el genoci-dio de pueblos enteros (Jos. 6-8) por citar solo dos ejemplos.

Por otro lado, solo en los relatos bíblicos, o bien se está a salvo de cualquier fatalidad, o, por el contrario, se puede ser víctima irremediable de alguna desgracia natural o provocada; de lo primero, porque Dios está

Í N D I C E

Editorial

:

Dos axiomas irrebatibles……… 3

Opinión

:

Consideraciones existenciales

sobre el mundo de las creencias …… 4 Jorge Alberto Montejo

Post 5º Centenario:

• La Reforma protestante a 501 años………. 10 Ezer R. May May

• Estado actual de la declaración conjunta

sobre la justificación ……….. 18 Alfonso Ropero

• A los 500 años ya no es tiempo de reformas… 26 José María Vigil

TEOLOGÍA, CIENCIA Y FILOSOFÍA

• La física del tiempo, ante las grandes cuestiones 33 Juan A. Martínez de la Fe

• El relativismo frente a lo absoluto ……….. 39 Jorge A. Montejo

SOCIOLOGÍA Y CRISTIANISMO

• El sentido de la vida #8 ……… 46 José Manuel González Campa

• El buen pastor ………. 48 Esteban López González

• De la cruz a la cama ………. 52 Carlos Osma

HISTORIA Y LITERATURA

• César Antonio Molina ……….. 54 Rafael Narbona

• Hugonotes #20 ……….. 57 Félix Benlliure Andrieux

• El sueño de la razón #11 ……… 60 Juan A. Monroy

• La Ley 44/1967 de Libertad Religiosa ………… 62 Máximo García Ruiz

CIENCIAS BÍBLICAS Y APOLOGÍA

• Génesis 1 en contexto……… 64 • La duración del ministerio de Jesús ……….. 68

Héctor B.O. Cordero

• “Conocer” en Sodoma ……….. 72 Renato Lings

ESPIRITUALIDAD

• Poesía: Aquella orilla ……….. 79 Gerardo Oberman

• ¡Adelante, princesa! ……….. 80 Isabel Pavón

• Las mujeres y el resucitado en los relatos

de apariciones ……… 81 Brenda García

Sobre el ateísmo ……… 84 Julián Mellado

• Mártires y perseguidores……… 86 Alfonso Pérez Ranchal

MISCELÁNEA

• Humor ………. 89

• La Biblia #6 ………. 90

• Madre Kali XV ……… 92 Alberto Pietrafesa

• Naturaleza plural: Los tres “funerales” ………. 94 • Mujeres filósofas #13 ………. 95

Juan Larios

• Universo: La astronomía científica ………. 96 • Así es Cleops, el satélite español………..… 97 • Libros:

–Once teólogos ante el diálogo ciencia-fe ….. 98 –1277.La condena de la filosofía ……….99/100

Editor: Web de la revista: Correspondencia:

Nº 70 - Junio - 2019

Emilio Lospitao

http://revistarenovacion.es/Revista_Renovacion.html editorenovacion@gmail.com

de nuestra parte para librarnos de ella: “No temas, Abram, yo soy tu escudo” (Gn. 15:1); de lo segundo, porque nada ni nadie nos librará si Dios ha decidido o permitido que sea así (Job 1-2).

Dos axiomas irrebatibles:

1. La cotidianidad de la vida real nos muestra que cuando ocurre alguna fatalidad, natural o provocada, esta no distingue al rico del pobre, al niño del viejo, al piadoso del impío, al creyente del ateo… Todos pode-mos ser víctimas de la misma tragedia o ser agraciados de la misma ventura, sin distinción alguna por ningún motivo. Esto es y ha sido así siempre y en todo lugar.

2. La bondad de la que podamos ser partícipes depende de la zona del planeta donde hayamos nacido o viva-mos: de su economía, de su bienestar social, de su sis-tema político… sin que Dios tenga nada que ver con ello. Por ejemplo, dependerá del Sistema de Salud y los recursos que tengamos a nuestro alcance para salir in-demne o perecer ante la misma enfermedad. En los paí-ses del llamado primer mundo no mueren miles de ni-ños diariamente por causa de enfermedades que se cu-ran con un dólar, como sí ocurre en los países del lla-mado tercer o cuarto mundo. Además, si yo tengo que repatriarme de un país donde no se dispone de los re-cursos médicos que necesito para curarme, o los tiene pero no puedo pagarlos, pero sí los tengo gratuitamente en mi país, ¿a quién debo dar las gracias por la recupe-ración de mi salud e incluso salvar la vida?

Esta realidad de la que venimos hablando nos hace “caer en la cuenta” de que abrigamos en nuestra cos-movisión religiosa conceptos distorsionados de Dios… ¡aunque esos conceptos procedan de la Biblia! Cuando caemos en la cuenta de esta realidad, ciertamente nos sobresalta, algunos incluso pueden ser presas del páni-co, pero expresarla no significa negar a Dios, al con-trario, “caer en la cuenta” de esta realidad es afirmar el incuestionable misterio de Dios, que está ahí, que lo intuimos, que nos habita porque en él somos y vivimos. Por lo tanto, necesitamos descubrir a ese Dios-Realidad desde la experiencia diaria y la racionalidad. R

DOS

AXIOMAS

IRREBATIBLES

Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la línea

(4)

ÁGORA FILOSÓFICA

INTRODUCCIÓN

Es evidente que cuando nos acerca-mos al mundo de las creencias reli-giosas lo hacemos movidos por pre-supuestos de diversa índole que van a marcar las pautas sobre las que se asienta todo el entramado moral y religioso de la persona. No resulta nada fácil establecer los móviles reales sobre los que se apoya cual-quier tipo de creencia en lo trascen-dente. Condicionantes de diversa consideración van a acompañar al individuo en toda su singladura hu-mana y el factor religioso es, posi-blemente, el más determinante de todos. Incluso en aquellos que di-cen no guiarse por ningún patrón o esquema basado en la creencia reli-giosa, como veremos más adelante. Este ensayo pretende ser tan solo

un acercamiento a esta problemáti-ca desde una vertiente lo más obje-tiva posible. Al menos esta es mi pretensión. Y es que si realmente, como bien decía Hume, toda creen-cia, la que sea, deriva de algún ob-jeto presente en nuestro subcons-ciente donde anida la memoria y nuestra capacidad sensorial enton-ces se produce, en efecto, una espe-cie de peculiar simbiosis que da lu-gar a todo un proceso cognitivo que nos induce a racionalizar (o al me-nos intentarlo) el fenómeno religio-so de la creencia. Ahondaremos a lo largo de este análisis en esta im-portante y determinante cuestión que es la que, en un último término, puede dar o no un cierto sentido a las creencias de contenido religioso en especial.

La cuestión de fondo creo que que-da bien delimitaque-da. Se trata de que deslindemos el problema del fenó-meno religioso como expresión ge-nuina de un acontecer metafísico, es decir, que navega –valga la ex-presión– más allá de cualquier ma-nifestación visible, palpable y tan-gible, como es toda expresión de contenido metafísico. Margen ha-brá para considerar igualmente los muchos sinsentidos que con fre-cuencia conlleva el fenómeno reli-gioso sin más explicación (bastante infantiloide, por cierto) que la mera superchería o superstición fruto de desviaciones evidentes de fenóme-nos espurios que poco o nada debe-rían de tener cabida en una percep-ción metafísico/religiosa más ma-dura y efectiva. En el camino de nuestro transitar por este mundo conflictivo y contradictorio pienso que lo más relevante y significativo sería, como bien dice el aforismo que encabeza este análisis, com-prender que el bagaje que llevemos a ese hipotético “más allá” por des-cubrir es lo que vayamos atesoran-do en el ahora, en el presente, que diría Miguel deUnamuno (el gran maestro de la Generación literaria del 98 en España) desde su dimen-sión trágico/cómica de la existencia en su peculiar novela Un pobre hombre rico o el sentimiento cómi-co de la vida que unido al Senti-miento trágico de la vida (segura-mente su obra más trascendente) viene a configurar lo que realmente es nuestra existencia: un devenir sin sentido aparente pero, como también diría Hermann Hesse en Mi credo, con un sentido último que no alcanzamos a descifrarmuy bien. En fin, intentaremos aclarar algo este devenir que tanto nos pu-diera inquietar haciendo uso de la herramienta más precisa que la na-turaleza nos ha otorgado: el razo-namiento.

EN EL ORIGEN

Seguramente nos preguntaremos dónde y cuándo fue el comienzo en el que el ser humano se inició en el

mundo de lo trascendente y abs-tracto, más allá de lo físico y tangi-ble que le rodeaba y que no preci-saba demasiado esfuerzo intelecti-vo para ser demostrado. El mundo físico existe por ser visible y tangi-ble, sin precisar ejercicios de abs-tracción, considerando esta como acto mental, introspectivo, por el que valoramos aisladamente una parte de la realidad, separándola de un todo del que forma parte para integrarla o adherirla a sí misma. Es decir, que por medio del ejerci-cio de la abstracción integramos en nuestro ser una parte de la realidad existente que no pertenece al mun-do de lo físico y palpable de mane-ra material, pero no por ello menos real y evidente. Pues bien, fue ya en los albores de la humanidad que el individuo concibió el mundo que habitaba y en el que vivía (por lo general, en condiciones muy adver-sas) como un todo con distintas partes. Desde siempre le atrajo el misterio de la vida y su culmina-ción final, la muerte. Desde antaño tuvo también la sensación de que algo externo a él regía los princi-pios del mundo que habitaba, y así surgió su percepción de lo trascen-dente. Por una parte era consciente de su realidad física y, por otra, de que en él había otra u otras dimen-siones, no visibles, pero reales tam-bién para él. Así se inició en el mundo de todo un arte: la filosofía. Sin embargo, para dar este salto de lo tangible y visible a lo inmaterial y abstracto se precisa la capacidad intelectiva de la que ya hablara

Platón (427-347 a. C.) en La Repú-blica, cuando presenta el llamado mito de la caverna (La República, Libro VII), el cual pretende cons-truir un modelo que explique la condición humana y que permita acceder de lo tangible al mundo, no menos real, de las ideas y el pensa-miento. Y es que el pensamiento o acción pensante del hombre le ha llevado a descubrir un mundo nue-vo para él: el mundo de la creencia en un ente o ser superior a él, que le trascendía. Es a través del

pensa-miento que el ser humano tuvo conciencia de ese ser supremo que todo lo abarca. Así surge en él su deseo de religar (en la concepción de Lactancio, escritor y apologista latino, s. III-IV), es decir, de unirse sustancialmente con lo divino y trascendente, puesto que esto le daba una sensación de mayor pleni-tud, así como de serenidad de áni-mo. Podemos afirmar que práctica-mente todas las religiones creadas por el hombre tienen este funda-mento, como veremos e intentare-mos deintentare-mostrar. Pero el centro de la discusión de los antiguos filósofos era explicar y demostrar la necesi-dad de la percepción del conoci-miento que validara su nueva con-cepción del mundo y de la nueva realidad en la que vivían inmersos, si bien esto suscitó no pocas con-troversias entre los grandes filóso-fos helenos, como Protágoras, He-ráclito, Parménides y el mismo

Sócrates, tal y como recoge

Platón, su más adelantado discípu-lo, en su exposición sobre la inves-tigación del conocimiento (Teeteto 151 d, 152 a-c, 152 d-e). Es por medio de la facultad del conoci-miento que el hombre pudo

empe-CONSIDERACIONES

EXISTENCIALES SOBRE EL

MUNDO DE LAS CREENCIAS

“El día que comprendí que lo único que me voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir lo que me quiero llevar”.

Aforismo Anónimo.

“Toda creencia en una cuestión de hecho o existencia reales deriva meramente de algún objeto presente a la memoria o a los sentidos y de una conjunción habitual entre este y algún objeto”.

David Hume (1711-1776). Filósofo ilustrado escocés.

“Y estas cuatro cosas -creencia en los espíritus, ignorancia de las causas segundas, devoción a lo que suscita el temor de los hombres y el tomar como presagio lo que es casual- consiste la semilla natural de la religión”.

Thomas Hobbes. Leviatán (1651).

Por

Jorge Alberto Montejo

Licenciado en Pedagogía y Filosofía y C.C. de la Educación. Estudioso de las Religiones Comparadas.

Y es que el

pensamiento o

acción pensante

del hombre le ha

llevado a

descubrir un

mundo nuevo

para él: el

mundo de la

creencia en un

ente o ser

(5)

ÁGORA FILOSÓFICA

INTRODUCCIÓN

Es evidente que cuando nos acerca-mos al mundo de las creencias reli-giosas lo hacemos movidos por pre-supuestos de diversa índole que van a marcar las pautas sobre las que se asienta todo el entramado moral y religioso de la persona. No resulta nada fácil establecer los móviles reales sobre los que se apoya cual-quier tipo de creencia en lo trascen-dente. Condicionantes de diversa consideración van a acompañar al individuo en toda su singladura hu-mana y el factor religioso es, posi-blemente, el más determinante de todos. Incluso en aquellos que di-cen no guiarse por ningún patrón o esquema basado en la creencia reli-giosa, como veremos más adelante. Este ensayo pretende ser tan solo

un acercamiento a esta problemáti-ca desde una vertiente lo más obje-tiva posible. Al menos esta es mi pretensión. Y es que si realmente, como bien decía Hume, toda creen-cia, la que sea, deriva de algún ob-jeto presente en nuestro subcons-ciente donde anida la memoria y nuestra capacidad sensorial enton-ces se produce, en efecto, una espe-cie de peculiar simbiosis que da lu-gar a todo un proceso cognitivo que nos induce a racionalizar (o al me-nos intentarlo) el fenómeno religio-so de la creencia. Ahondaremos a lo largo de este análisis en esta im-portante y determinante cuestión que es la que, en un último término, puede dar o no un cierto sentido a las creencias de contenido religioso en especial.

La cuestión de fondo creo que que-da bien delimitaque-da. Se trata de que deslindemos el problema del fenó-meno religioso como expresión ge-nuina de un acontecer metafísico, es decir, que navega –valga la ex-presión– más allá de cualquier ma-nifestación visible, palpable y tan-gible, como es toda expresión de contenido metafísico. Margen ha-brá para considerar igualmente los muchos sinsentidos que con fre-cuencia conlleva el fenómeno reli-gioso sin más explicación (bastante infantiloide, por cierto) que la mera superchería o superstición fruto de desviaciones evidentes de fenóme-nos espurios que poco o nada debe-rían de tener cabida en una percep-ción metafísico/religiosa más ma-dura y efectiva. En el camino de nuestro transitar por este mundo conflictivo y contradictorio pienso que lo más relevante y significativo sería, como bien dice el aforismo que encabeza este análisis, com-prender que el bagaje que llevemos a ese hipotético “más allá” por des-cubrir es lo que vayamos atesoran-do en el ahora, en el presente, que diría Miguel deUnamuno (el gran maestro de la Generación literaria del 98 en España) desde su dimen-sión trágico/cómica de la existencia en su peculiar novela Un pobre hombre rico o el sentimiento cómi-co de la vida que unido al Senti-miento trágico de la vida (segura-mente su obra más trascendente) viene a configurar lo que realmente es nuestra existencia: un devenir sin sentido aparente pero, como también diría Hermann Hesse en Mi credo, con un sentido último que no alcanzamos a descifrarmuy bien. En fin, intentaremos aclarar algo este devenir que tanto nos pu-diera inquietar haciendo uso de la herramienta más precisa que la na-turaleza nos ha otorgado: el razo-namiento.

EN EL ORIGEN

Seguramente nos preguntaremos dónde y cuándo fue el comienzo en el que el ser humano se inició en el

mundo de lo trascendente y abs-tracto, más allá de lo físico y tangi-ble que le rodeaba y que no preci-saba demasiado esfuerzo intelecti-vo para ser demostrado. El mundo físico existe por ser visible y tangi-ble, sin precisar ejercicios de abs-tracción, considerando esta como acto mental, introspectivo, por el que valoramos aisladamente una parte de la realidad, separándola de un todo del que forma parte para integrarla o adherirla a sí misma. Es decir, que por medio del ejerci-cio de la abstracción integramos en nuestro ser una parte de la realidad existente que no pertenece al mun-do de lo físico y palpable de mane-ra material, pero no por ello menos real y evidente. Pues bien, fue ya en los albores de la humanidad que el individuo concibió el mundo que habitaba y en el que vivía (por lo general, en condiciones muy adver-sas) como un todo con distintas partes. Desde siempre le atrajo el misterio de la vida y su culmina-ción final, la muerte. Desde antaño tuvo también la sensación de que algo externo a él regía los princi-pios del mundo que habitaba, y así surgió su percepción de lo trascen-dente. Por una parte era consciente de su realidad física y, por otra, de que en él había otra u otras dimen-siones, no visibles, pero reales tam-bién para él. Así se inició en el mundo de todo un arte: la filosofía. Sin embargo, para dar este salto de lo tangible y visible a lo inmaterial y abstracto se precisa la capacidad intelectiva de la que ya hablara

Platón (427-347 a. C.) en La Repú-blica, cuando presenta el llamado mito de la caverna (La República, Libro VII), el cual pretende cons-truir un modelo que explique la condición humana y que permita acceder de lo tangible al mundo, no menos real, de las ideas y el pensa-miento. Y es que el pensamiento o acción pensante del hombre le ha llevado a descubrir un mundo nue-vo para él: el mundo de la creencia en un ente o ser superior a él, que le trascendía. Es a través del

pensa-miento que el ser humano tuvo conciencia de ese ser supremo que todo lo abarca. Así surge en él su deseo de religar (en la concepción de Lactancio, escritor y apologista latino, s. III-IV), es decir, de unirse sustancialmente con lo divino y trascendente, puesto que esto le daba una sensación de mayor pleni-tud, así como de serenidad de áni-mo. Podemos afirmar que práctica-mente todas las religiones creadas por el hombre tienen este funda-mento, como veremos e intentare-mos deintentare-mostrar. Pero el centro de la discusión de los antiguos filósofos era explicar y demostrar la necesi-dad de la percepción del conoci-miento que validara su nueva con-cepción del mundo y de la nueva realidad en la que vivían inmersos, si bien esto suscitó no pocas con-troversias entre los grandes filóso-fos helenos, como Protágoras, He-ráclito, Parménides y el mismo

Sócrates, tal y como recoge

Platón, su más adelantado discípu-lo, en su exposición sobre la inves-tigación del conocimiento (Teeteto 151 d, 152 a-c, 152 d-e). Es por medio de la facultad del conoci-miento que el hombre pudo

empe-CONSIDERACIONES

EXISTENCIALES SOBRE EL

MUNDO DE LAS CREENCIAS

“El día que comprendí que lo único que me voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir lo que me quiero llevar”.

Aforismo Anónimo.

“Toda creencia en una cuestión de hecho o existencia reales deriva meramente de algún objeto presente a la memoria o a los sentidos y de una conjunción habitual entre este y algún objeto”.

David Hume (1711-1776). Filósofo ilustrado escocés.

“Y estas cuatro cosas -creencia en los espíritus, ignorancia de las causas segundas, devoción a lo que suscita el temor de los hombres y el tomar como presagio lo que es casual- consiste la semilla natural de la religión”.

Thomas Hobbes. Leviatán (1651).

Por

Jorge Alberto Montejo

Licenciado en Pedagogía y Filosofía y C.C. de la Educación. Estudioso de las Religiones Comparadas.

Y es que el

pensamiento o

acción pensante

del hombre le ha

llevado a

descubrir un

mundo nuevo

para él: el

mundo de la

creencia en un

ente o ser

(6)

zar a dimensionar su verdadera realidad y la del mundo que le ro-deaba. Por eso no debe extrañarnos que desde sus orígenes se viera in-ducido a acceder a un mundo un tanto misterioso e inexplicable en muchos aspectos, como es el mun-do de las creencias, tan ligamun-do al de la fe religiosa, aunque con diferen-cias, como veremos a continuación. Digo, en efecto, que existen dife-rencias entre la creencia y la fe en la medida en que la primera precisa el conocimiento y la segunda no ne-cesariamente. La fe se sustenta, más bien, en una especie de iluminismo que nos permite tener el firme con-vencimiento de algo sin haberlo visto o sin ser tangible. La creencia, en cambio, precisa el co-nocimiento de manera inequívoca. Toda creencia religiosa, por lo ge-neral, tiene su ideario; es decir, unas ideas básicas en las que se fundamenta esa creencia. Incluso las creencias más tribales tienen su fundamentación ideológica, por más sencilla y simple que esta pu-diera ser. Ya el hombre del Paleolí-tico, por ejemplo, fundamentaba su creencia en algo superior a él que le desbordaba y que mitificó en los

to-tems o imágenes representativas de esa creencia por él sentida y vivida. Esto tiene particular importancia y relevancia en las religiones poste-riores monoteístas y más evolucio-nadas de signo revelacionista vién-dose reforzadas, en este caso, por las tradiciones orales y/o escritas, así como por el contenido mitológi-co que hay en las mismas.

Establecidas ya las diferencias existentes entre creencia y fe reli-giosa cabe ahora analizar y refle-xionar sobre otra cuestión que esti-mo de capital importancia, cual es el contenido de la creencia y su va-lor para la persona que se aferra a ella, muchas veces sin mayor senti-do pero que aquieta, en cierta medi-da, sus miedos y temores internos y ancestrales.

EL CONTENIDO DE LAS CREENCIAS

Hablar de contenido de las creen-cias es referirnos, incuestionable-mente, al ideario doctrinal de las mismas. Ya comentaba con anterio-ridad que incluso en los grupos tri-bales y ancestrales existía ya una fundamentación que tratase de dar una cierta explicación a toda clase de ritos y ceremoniales propios de cualquier grupo religioso sustenta-do en una creencia. Así, por ejem-plo, podemos referirnos al animis-mo como la expresión, posiblemen-te, más ancestral de los orígenes de la religión. Sería el antropólogo

Edward B. Tylor (1832-1917) quien haría derivar las religiones sustentadas en la creencia de las al-mas (de ahí el término animismo) hacia formas de expresión religiosa más evolucionadas. La teoría de

Tylor viene a decir que la humani-dad llegó primeramente al concepto de alma y espíritu como principio vital del hombre, abriendo luego camino a una posterior evolución de las religiones (Primitive culture. E. B. Tylor. 1873). La teoría de Ty-lor no es nada baladí pues la sus-tentó con una abrumadora cantidad de demostraciones extraídas de las

vivencias que recopiló de pueblos primitivos y aborígenes de todas las épocas y de distintas partes del mundo. Su teoría se impuso clara-mente durante bastante tiempo, lle-gando a aceptarse como verosímil. La argumentación que esgrime Ty-lor es ciertamente interesante y no exenta, en mi opinión, de funda-mentación lógica puesto que la práctica totalidad de las religiones se sustentan en la concepción del alma como elemento vital de la persona de la que derivan todas sus capacidades y facultades, tanto anímicas como cognoscitivas, ya que el alma engloba toda la dimen-sión perceptiva del sujeto. Y esto no solo en las religiones politeístas, sino también en las grandes religio-nes monoteístas, más evoluciona-das en la concepción de lo sobrena-tural, como es el caso del judeo-cristianismo y la religión del Islam, de las que hablaré más adelante.

Pero, retomando de nuevo la con-cepción de Tylor sobre el animis-mo, cabe decir que más moderna-mente, en investigaciones más re-cientes, se ha comprobado la exis-tencia de pueblos primitivos y an-cestrales que tienen su religión pese a faltarles la concepción de espíritu. Serían los antropólogos W. Sch-midt y N. Söderblom quienes de-mostrarían esto. Y por otra parte, la aseveración de Tylor de que el concepto ético del bien y del mal, tan determinante en las religiones monoteístas, son fruto de la evolu-ción religiosa, no parece del todo convincente, pues se sabe de reli-giones primitivas de carácter mo-noteísta que creían en un Dios per-sonal e intransferible y con una cierta percepción del bien y del mal. Es decir, que el animismo, en su expresión más primitiva no deri-va, necesariamente, hacia formas de expresión más evolucionadas.

Parece pues que indistintamente de que una creencia religiosa sea más o menos evolucionada no es determinante en la concepción que tenga sobre lo inmaterial que hay en el ser humano, y que

co-múnmente denominamos alma. Las distintas creencias se han ido forjando a base de mitos y tradicio-nes en el caso de las religiotradicio-nes no revelacionistas, y de la supuesta re-velación o kerigma transmitido por vía oral y/o escrita, como es el caso del judeocristianismo y el islam, no exentos tampoco, dicho sea de paso, de mitos y tradiciones, expre-sados en rituales más o menos ela-borados en el transcurrir del tiempo como formas de expresión de la creencia.

Pero sería en el ámbito de las gran-des religiones revelacionistas don-de la creencia cobra especial valor y significación. Así es, en efecto. Como ya dejaba entrever anterior-mente toda creencia se sustenta y retroalimenta a la vez en un ideario religioso. Esto es especialmente significativo en las religiones reve-ladas o que consideran la revela-ción como punto de inicio de sus creencias y razón de ser de las mis-mas. Este ideario recoge, por lo ge-neral, una serie de relatos donde se entremezcla la historia, el mito, la leyenda y toda una gama de acon-tecimientos o sucesos tendentes a establecer una serie de pautas mo-rales y de comportamiento entodos aquellos que siguen su ideario. En las religiones más elaboradas (como es el caso de las religiones que se sustentan en una revelación) con frecuencia se elevan sus pre-ceptos a la categoría de dogmas in-cuestionables e indiscutibles. Es precisamente esta característica la que hace que la creencia adquiera mayor arraigo y consistencia, per-durando a lo largo del tiempo con pocas variaciones en su contenido ideológico o doctrinario. Este fenó-meno sociológico se da en práctica-mente todas las grandes religiones monoteístas, al margen de que al-gunos consideren de que es un de-signio divino que sean preservadas hasta el final de los tiempos. Pero, en fin, esto forma parte también de la propia creencia. Lo que sí es digno de resaltar es el hecho de la permanencia del fenómeno

religio-so en todas las culturas y civiliza-ciones (incluidas las más ancestra-les y tribaancestra-les, como ya dijimos) y como este ha configurado en gran medida el devenir de los pueblos. No podemos entender la cultura de un pueblo o civilización sin su for-ma de acercamiento a lo divino y sobrenatural. Esto da la medida de la verdadera importancia del fenó-meno religioso y su trascendencia en el acontecer de los pueblos. En el apartado que sigue analizaremos algunos aspectos del mundo de la creencia y sus características más relevantes.

EL COMPONENTE MITOLÓGI-CO Y SIMBÓLIMITOLÓGI-CO DE LAS CREENCIAS

Es indudable que toda creencia re-ligiosa (indistintamente de cual sea esta) posee un contenido mitológico más o menos acusado. El mito se concibe no solamente como inven-ción o fantasía, según el contexto en que se materialice el contenido religioso, sino también como repre-sentación más o menos figurada de un acontecimiento de trasfondo his-tórico –y en consecuencia real– que transmitido de manera oral y/o escrita, subyace en el inconsciente colectivo de los pueblos por medio de distintas tradiciones y costum-bres de notorio arraigo. Es en este sentido que prácticamente el com-ponente mitológico forma parte im-portantísima de toda ideología reli-giosa, configurando esta o defor-mándola en algunos casos. La ima-ginería religiosa que acompaña a la mayoría de las religiones viene a suponer una representación figura-da, de claro componente mitológi-co, que esquematiza el sentir del pueblo hacia la realidad del fenó-meno religioso. La iconoclasia vino a confrontar la representación figu-rada y plástica (propia de la imagi-nería) con la realidad del mito en el que en buena medida se sustenta la creencia. Sin embargo, la iconocla-sia o “aniquilación de imágenes” presupone, en muchos casos, una supresión del mito, de ahí la

resis-tencia por parte de muchos a la eli-minación de la imagen, ya que for-ma parte indisoluble de su creencia con el sentir de su realidad religiosa. Muchas personas de firme creencia religiosa no pueden pres-cindir de la imagen ya que esta está indisolublemente unida a su sentir religioso. Por otra parte, la imagi-nería forma parte de la liturgia reli-giosa de la mayoría de las religio-nes. En el cristianismo, por ejemplo, las primeras manifestacio-nes de imaginería las encontramos en las catacumbas romanas del pri-mer período del cristianismo, con representaciones pictóricas de esce-nas religiosas, alegóricas a la litur-gia cristiana de la época. Esto de-muestra que desde los albores del cristianismo la imaginería ya estaba presente en el seno de la Iglesia. El arte, tanto arquitectónico, como pictórico y escultural, ha encontra-do sus manifestaciones más subli-mes y elevadas en la imaginería re-ligiosa, como es el caso de la expre-sión artística en catedrales, templos e iglesias, llegando a alcanzar en al-gunos casos el título de representa-ciones sublimes de creación huma-na. Genios de la talla de Miguel

La fe se

sustenta, más

bien, en una

especie de

iluminismo que

nos permite

tener el firme

convencimiento

de algo sin

haberlo visto o

sin ser tangible.

La imaginería

religiosa que

acompaña a la

mayoría de las

religiones viene a

suponer una

representación

figurada, de claro

componente

mitológico, que

esquematiza el sentir

del pueblo hacia la

realidad del

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zar a dimensionar su verdadera realidad y la del mundo que le ro-deaba. Por eso no debe extrañarnos que desde sus orígenes se viera in-ducido a acceder a un mundo un tanto misterioso e inexplicable en muchos aspectos, como es el mun-do de las creencias, tan ligamun-do al de la fe religiosa, aunque con diferen-cias, como veremos a continuación. Digo, en efecto, que existen dife-rencias entre la creencia y la fe en la medida en que la primera precisa el conocimiento y la segunda no ne-cesariamente. La fe se sustenta, más bien, en una especie de iluminismo que nos permite tener el firme con-vencimiento de algo sin haberlo visto o sin ser tangible. La creencia, en cambio, precisa el co-nocimiento de manera inequívoca. Toda creencia religiosa, por lo ge-neral, tiene su ideario; es decir, unas ideas básicas en las que se fundamenta esa creencia. Incluso las creencias más tribales tienen su fundamentación ideológica, por más sencilla y simple que esta pu-diera ser. Ya el hombre del Paleolí-tico, por ejemplo, fundamentaba su creencia en algo superior a él que le desbordaba y que mitificó en los

to-tems o imágenes representativas de esa creencia por él sentida y vivida. Esto tiene particular importancia y relevancia en las religiones poste-riores monoteístas y más evolucio-nadas de signo revelacionista vién-dose reforzadas, en este caso, por las tradiciones orales y/o escritas, así como por el contenido mitológi-co que hay en las mismas.

Establecidas ya las diferencias existentes entre creencia y fe reli-giosa cabe ahora analizar y refle-xionar sobre otra cuestión que esti-mo de capital importancia, cual es el contenido de la creencia y su va-lor para la persona que se aferra a ella, muchas veces sin mayor senti-do pero que aquieta, en cierta medi-da, sus miedos y temores internos y ancestrales.

EL CONTENIDO DE LAS CREENCIAS

Hablar de contenido de las creen-cias es referirnos, incuestionable-mente, al ideario doctrinal de las mismas. Ya comentaba con anterio-ridad que incluso en los grupos tri-bales y ancestrales existía ya una fundamentación que tratase de dar una cierta explicación a toda clase de ritos y ceremoniales propios de cualquier grupo religioso sustenta-do en una creencia. Así, por ejem-plo, podemos referirnos al animis-mo como la expresión, posiblemen-te, más ancestral de los orígenes de la religión. Sería el antropólogo

Edward B. Tylor (1832-1917) quien haría derivar las religiones sustentadas en la creencia de las al-mas (de ahí el término animismo) hacia formas de expresión religiosa más evolucionadas. La teoría de

Tylor viene a decir que la humani-dad llegó primeramente al concepto de alma y espíritu como principio vital del hombre, abriendo luego camino a una posterior evolución de las religiones (Primitive culture. E. B. Tylor. 1873). La teoría de Ty-lor no es nada baladí pues la sus-tentó con una abrumadora cantidad de demostraciones extraídas de las

vivencias que recopiló de pueblos primitivos y aborígenes de todas las épocas y de distintas partes del mundo. Su teoría se impuso clara-mente durante bastante tiempo, lle-gando a aceptarse como verosímil. La argumentación que esgrime Ty-lor es ciertamente interesante y no exenta, en mi opinión, de funda-mentación lógica puesto que la práctica totalidad de las religiones se sustentan en la concepción del alma como elemento vital de la persona de la que derivan todas sus capacidades y facultades, tanto anímicas como cognoscitivas, ya que el alma engloba toda la dimen-sión perceptiva del sujeto. Y esto no solo en las religiones politeístas, sino también en las grandes religio-nes monoteístas, más evoluciona-das en la concepción de lo sobrena-tural, como es el caso del judeo-cristianismo y la religión del Islam, de las que hablaré más adelante.

Pero, retomando de nuevo la con-cepción de Tylor sobre el animis-mo, cabe decir que más moderna-mente, en investigaciones más re-cientes, se ha comprobado la exis-tencia de pueblos primitivos y an-cestrales que tienen su religión pese a faltarles la concepción de espíritu. Serían los antropólogos W. Sch-midt y N. Söderblom quienes de-mostrarían esto. Y por otra parte, la aseveración de Tylor de que el concepto ético del bien y del mal, tan determinante en las religiones monoteístas, son fruto de la evolu-ción religiosa, no parece del todo convincente, pues se sabe de reli-giones primitivas de carácter mo-noteísta que creían en un Dios per-sonal e intransferible y con una cierta percepción del bien y del mal. Es decir, que el animismo, en su expresión más primitiva no deri-va, necesariamente, hacia formas de expresión más evolucionadas.

Parece pues que indistintamente de que una creencia religiosa sea más o menos evolucionada no es determinante en la concepción que tenga sobre lo inmaterial que hay en el ser humano, y que

co-múnmente denominamos alma. Las distintas creencias se han ido forjando a base de mitos y tradicio-nes en el caso de las religiotradicio-nes no revelacionistas, y de la supuesta re-velación o kerigma transmitido por vía oral y/o escrita, como es el caso del judeocristianismo y el islam, no exentos tampoco, dicho sea de paso, de mitos y tradiciones, expre-sados en rituales más o menos ela-borados en el transcurrir del tiempo como formas de expresión de la creencia.

Pero sería en el ámbito de las gran-des religiones revelacionistas don-de la creencia cobra especial valor y significación. Así es, en efecto. Como ya dejaba entrever anterior-mente toda creencia se sustenta y retroalimenta a la vez en un ideario religioso. Esto es especialmente significativo en las religiones reve-ladas o que consideran la revela-ción como punto de inicio de sus creencias y razón de ser de las mis-mas. Este ideario recoge, por lo ge-neral, una serie de relatos donde se entremezcla la historia, el mito, la leyenda y toda una gama de acon-tecimientos o sucesos tendentes a establecer una serie de pautas mo-rales y de comportamiento entodos aquellos que siguen su ideario. En las religiones más elaboradas (como es el caso de las religiones que se sustentan en una revelación) con frecuencia se elevan sus pre-ceptos a la categoría de dogmas in-cuestionables e indiscutibles. Es precisamente esta característica la que hace que la creencia adquiera mayor arraigo y consistencia, per-durando a lo largo del tiempo con pocas variaciones en su contenido ideológico o doctrinario. Este fenó-meno sociológico se da en práctica-mente todas las grandes religiones monoteístas, al margen de que al-gunos consideren de que es un de-signio divino que sean preservadas hasta el final de los tiempos. Pero, en fin, esto forma parte también de la propia creencia. Lo que sí es digno de resaltar es el hecho de la permanencia del fenómeno

religio-so en todas las culturas y civiliza-ciones (incluidas las más ancestra-les y tribaancestra-les, como ya dijimos) y como este ha configurado en gran medida el devenir de los pueblos. No podemos entender la cultura de un pueblo o civilización sin su for-ma de acercamiento a lo divino y sobrenatural. Esto da la medida de la verdadera importancia del fenó-meno religioso y su trascendencia en el acontecer de los pueblos. En el apartado que sigue analizaremos algunos aspectos del mundo de la creencia y sus características más relevantes.

EL COMPONENTE MITOLÓGI-CO Y SIMBÓLIMITOLÓGI-CO DE LAS CREENCIAS

Es indudable que toda creencia re-ligiosa (indistintamente de cual sea esta) posee un contenido mitológico más o menos acusado. El mito se concibe no solamente como inven-ción o fantasía, según el contexto en que se materialice el contenido religioso, sino también como repre-sentación más o menos figurada de un acontecimiento de trasfondo his-tórico –y en consecuencia real– que transmitido de manera oral y/o escrita, subyace en el inconsciente colectivo de los pueblos por medio de distintas tradiciones y costum-bres de notorio arraigo. Es en este sentido que prácticamente el com-ponente mitológico forma parte im-portantísima de toda ideología reli-giosa, configurando esta o defor-mándola en algunos casos. La ima-ginería religiosa que acompaña a la mayoría de las religiones viene a suponer una representación figura-da, de claro componente mitológi-co, que esquematiza el sentir del pueblo hacia la realidad del fenó-meno religioso. La iconoclasia vino a confrontar la representación figu-rada y plástica (propia de la imagi-nería) con la realidad del mito en el que en buena medida se sustenta la creencia. Sin embargo, la iconocla-sia o “aniquilación de imágenes” presupone, en muchos casos, una supresión del mito, de ahí la

resis-tencia por parte de muchos a la eli-minación de la imagen, ya que for-ma parte indisoluble de su creencia con el sentir de su realidad religiosa. Muchas personas de firme creencia religiosa no pueden pres-cindir de la imagen ya que esta está indisolublemente unida a su sentir religioso. Por otra parte, la imagi-nería forma parte de la liturgia reli-giosa de la mayoría de las religio-nes. En el cristianismo, por ejemplo, las primeras manifestacio-nes de imaginería las encontramos en las catacumbas romanas del pri-mer período del cristianismo, con representaciones pictóricas de esce-nas religiosas, alegóricas a la litur-gia cristiana de la época. Esto de-muestra que desde los albores del cristianismo la imaginería ya estaba presente en el seno de la Iglesia. El arte, tanto arquitectónico, como pictórico y escultural, ha encontra-do sus manifestaciones más subli-mes y elevadas en la imaginería re-ligiosa, como es el caso de la expre-sión artística en catedrales, templos e iglesias, llegando a alcanzar en al-gunos casos el título de representa-ciones sublimes de creación huma-na. Genios de la talla de Miguel

La fe se

sustenta, más

bien, en una

especie de

iluminismo que

nos permite

tener el firme

convencimiento

de algo sin

haberlo visto o

sin ser tangible.

La imaginería

religiosa que

acompaña a la

mayoría de las

religiones viene a

suponer una

representación

figurada, de claro

componente

mitológico, que

esquematiza el sentir

del pueblo hacia la

realidad del

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Ángel, Rafael o Leonardo así lo atestiguan. Y esto no solamente en el mundo de la cristiandad. En otras culturas, como la hindú, por ejem-plo, la imaginería también ha crea-do auténticas obras de arte, al mar-gen del valor espiritual y el conte-nido religioso de la imaginería. En realidad, en toda manifestación re-ligiosa se entremezclan fervor reli-gioso, cultura, arte, folclore y sentir del pueblo hacia el fenómeno de lo religioso, indistintamente de cual sea este. Sin embargo, existen gru-pos eclesiales que consideran que la imaginería religiosa es potencial-mente peligrosa por el riesgo de caer en idolatría o iconolatría. El sector del protestantismo tradicio-nal así lo ha considerado desde la Reforma. Pero no solo en el cristia-nismo protestante, también en el is-lamismo no se ve con agrado la imaginería religiosa por entender que el símbolo desplaza al concep-to y el consiguiente riesgo de idola-tría. Sea como fuere una cosa es cierta: la imagen, el icono, es tan solo la representación de una reali-dad para el creyente, y esta perma-nece en su subconsciente, en buena medida por la representación

ico-nográfica que rememora aspectos de su religación, de su unión sus-tancial con la divinidad. En toda concepción religiosa subyace un marcado simbolismo en el que se entremezclan el hecho histórico con el mitológico, muchas veces sin clara delimitación entre uno y otro. El valor del sentimiento reli-gioso radica, en mi parecer, en la percepción que el sujeto llega a te-ner de lo divino y en la simbología empleada para aprehender el fe-nómeno de lo religioso; es decir, para comprender el sentir de su captación de lo divino, uniéndose a ello por medio del vehículo de la religión (religación). Y este proce-so puede ir acompañado o no de imaginería religiosa. Todo este acontecer requiere (especialmente en el marco de las religiones más evolucionadas y estructuradas) el pasar por varios estadios de profun-da transformación interior, que es lo que supone lo que llamamos conversión o transformación inte-rior (metanoia, en la concepción de los griegos) Pero, para la plena cap-tación de ese sentir religioso se precisa el uso de la simbología, sin la cual se perdería en buena medida el sentir y el contenido del mismo.

Por otra parte, deslegitimar la ima-gineria religiosa por el hecho de que en la revelación bíblica se ex-prese de manera taxativa la prohibi-ción de las imágenes en el culto re-ligioso expresada en el decálogo veterotestamentario (Éxodo 20, 2-5 y Deut. 5, 6-9) habría de entenderse tal prohibición seguramente en alu-sión a la abundante imaginería reli-giosa del paganismo circundante de la época y su tendencia, efectiva-mente, a la idolatría. El mensaje bíblico viene a ser toda una adver-tencia al pueblo para evitar caer en práctica tan alienante y perniciosa. Solamente desde el radicalismo re-ligioso se puede entender algo dis-tinto. Caer en el literalismo de los textos (interpretados además fuera de su contexto histórico) puede in-ducir a posturas inconsistentes y apasionadas que para nada

enno-blecen la condición religiosa de los pueblos. Mirado con objetividad el problema no está, obviamente, en la representación simbólica de la ima-gen sino en la iconolatría. La ima-gen es una representación simbóli-ca de una realidad subyacente en el imaginario colectivo, como ya de-cíamos con anterioridad.

Pero retomando de nuevo la impor-tancia que la concepción mitológica tiene en toda religión, cabe decir que sin ella toda religión perdería su verdadero alcance y significado. El mito, como expresión genuina del sentir del pueblo, viene a signi-ficar la clara simbolización del sen-tir religioso de la realidad que con-templa el individuo, sumido este en el sentir de la colectividad. Es por medio de esta que el sentimiento re-ligioso encuentra asentamiento en el individuo, en la persona. Cuanto más fuerte sea el sentir de la colec-tividad más puede arrastrar al sentir individual. En ocasiones es tal la influencia colectiva que puede con-ducir a actos indeseables en nombre de la religión que la sustenta. Este es el caso, por ejemplo, de las mal llamadas “guerras santas”, de las que, por desgracia, las grandes reli-giones monoteístas no están exentas. En otro ensayo analizare-mos el rol determinante que el mito juega en la derivación de posturas colectivas, en algunos casos, loa-bles, pero en otros, totalmente inde-seables.

CONCLUSIONES FINALES Llegamos ya a la parte final del en-sayo y se precisa determinar algu-nas conclusiones al respecto. En primer lugar –y creo que base fun-damental de mi argumentación dia-léctica– pienso que toda concepción de lo divino y sobrenatural tiene una serie de componentes que van a prefigurar la forma de entender del sujeto en lo que concierne a su vi-sión, por una parte, y misión, por otra, en el mundo y en la realidad que le rodea. Y digo bien: visión, primero, y misión, después. Visión

en cuanto a la capacidad de per-cepción de lo sobrenatural que el sujeto pueda tener, y misión por cuanto una vez implantada la ca-pacidad perceptiva, el sujeto mis-mo es consciente de su labor, de su tarea en este mundo, pudiendo ejercer una influencia benéfica en todos aquellos que lo rodean.

Creo haber dejado meridianamente claro que el mundo de la creencia, cualquiera que esta sea, es digna de respeto y consideración puesto que forma parte abstractiva de la esen-cia del sujeto, de su personalidad y como tal va a predeterminar su for-ma de ver el mundo y la realidad que contempla. Lamentablemente en muchas ocasiones la percepción que el individuo tiene de la creencia es exclusivista; es decir, la suya es la única válida y verdadera, sin más, no acertando a esgrimir argu-mentos de cierta solidez. Esto deno-ta un esdeno-tado de infantilismo espiri-tual alarmante. Se produce así, el “choque” entre creencias (con el sustrato cultural que ello entraña también) y que imposibilita el enri-quecimiento a través del diálogo atento y abierto a las ideas de los demás. Es más, podríamos decir que seccionar o parcelar el mundo de las creencias lleva, como inteli-gentemente argumentaría Blay Fontcuberta, psicólogo y excep-cional analista de realidades coti-dianas, a desvirtuar la realidad que nos rodea, impidiendo, de esta for-ma, el enriquecimiento espiritual y cognoscitivo. Y yo añadiría que si el mundo de la abstracción nos per-mite contemplar una parte del todo, si limitamos la parte entonces apa-garíamos ese proceso abstractivo casi por completo. Y como criaturas con capacidad cognoscitiva muy acusada no podemos ni debemos li-mitar nuestro mundo del pensa-miento, nuestra percepción dialécti-ca del entorno que nos rodea. Pero esto supone todo un descubrimiento interior que relativamente pocos, desde el mundo de la creencia, es-tán preparados o dispuestos a llevar a cabo. Es una lástima, pero así es.

No deja de sorprendernos el hecho real de que todavía se sigan discu-tiendo cuestiones teológicas con ca-rácter dogmático y apodíctico cuan-do en realidad el muncuan-do de las creencias se sustenta de pleno en cuestiones de carácter hipotético y elucubrativo. Eso hace que el mun-do de la teología, como saber en-cuadrado dentro del estudio de todo lo concerniente a lo divino y/o so-brenatural, esté netamente desvalo-rizado en nuestras sociedades pos-modernas como consecuencia de su irrealidad e intransigencia con una sociedad secularizada donde lo reli-gioso, cuando existe, queda supedi-tado a un segundo plano o a la es-tricta intimidad de la persona. No comprender esta realidad por parte del mundo teológico y de las reli-giones en general lo ha sumido en el ostracismo, en el aislamiento so-cial. El ámbito de la teología se ha convertido ya en esa rara avis que solo interesa a unos pocos iniciados en su complejo y muchas veces contradictorio mundo.

El mundo de las creencias se en-marca prioritariamente en el ámbito de lo religioso y/o espiritual, como sabemos. En los tiempos de la pos-modernidad en que estamos inmer-sos se hace más necesario que nun-ca saber establecer por parte de las distintas y variadas religiones del mundo un clima de sensatez, armo-nía y consenso entre las diversas ideologías religiosas que sepan aportar luz y esperanza a un mundo caótico sumido muchas veces en la desesperación. Incluso nos atreve-ríamos a decir que ese consenso de-bería efectuarse también con el mundo del ateísmo o increencia re-ligiosa. Podríamos preguntarnos qué tienen de común dos mundos tan opuestos y dispares. Pues aun-que no lo parezca son dos plantea-mientos de una misma realidad o dos caras de una misma moneda, valga la expresión coloquial: la existencia y presencia o no de lo di-vino y sobrenatural. Yo soy de la idea de que más allá del mundo de las creencias –indistintamente de

cuáles sean estas– una realidad nos envuelve y esta no es otra que el hecho de que nos movemos como criaturas humanas que han atrave-sado un proceso evolutivo evidente (al menos en las esfera de la imagi-nación y la creatividad) en un mun-do contradictorio y difícil de prever.

Finalizo ya este ensayo matizando una cuestión puntual y determinan-te a la vez que configura el mundo de las creencias: desde nuestra per-cepción de la realidad, la creencia supone un vehículo que, con su fuerza y dinamismo, es capaz de ex-plicar y dar sentido y orientación al devenir del ser humano en este mundo contradictorio y, a la vez, posicionarle adecuadamente para ser instrumento que pueda enrique-cer a otros desde un espíritu en li-bertad y un sentimiento de equidad, de igualdad, que le una a otros se-res humanos con sentir afín para poder estrechar así lazos de autén-tica hermandad. R

El mito, como

expresión

genuina del sentir

del pueblo, viene

a significar la

clara

simbolización del

sentir religioso de

la realidad que

contempla el

individuo, sumido

este en el sentir

de la colectividad.

Podríamos

preguntarnos qué

tienen de común

dos mundos tan

opuestos y dispares.

Pues aunque no lo

parezca son dos

planteamientos de

una misma

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