naturalmente
gobernar. En israel,
el gobierno
pertenecía solamente
a Dios.
Es contra este tipo de antecedentes que los sacerdotes de Israel dedica- ron su himno de creación al único Creador de todo. Su preocupación no era explicar científicamente cómo se hizo el mundo, sino res- ponder a la amenaza que suponía para la fe de Israel la idolatría poli- teísta de la cultura babilónica. Una aproximación al contenido del himno revela cuán enérgicamente habló a los lectores de aquel tiempo y lugar históricos.
AL PRINCIPIO
Lo primero que vemos en el relato de Génesis es la distinción radical entre el Creador y la creación. Sólo Dios está "en el principio". Además, Dios no es el mundo y el mundo no es Dios. La naturaleza es destronada y desmitificada. La naturaleza nos afecta, pero no es la última condición de la vida ni es a la que finalmente nos debemos. El Dios del Génesis está solo, trascen- dente, al principio. Solo a este Dios está subordinada toda la creación. No sólo la naturaleza es destronada, también lo es Marduk, e implícita- mente su nación (Marduk era el dios sol babilonio). En Génesis 1 el sol no es divino, sino una mera creación de Yavé. La idolatría babi-
lónica de la naturaleza tuvo su con- trapartida en la idolatría del imperio. Babilonia, Egipto, Asiria y los otros grandes imperios que aplastaron a Israel repetidamente en toda su amarga historia, todos ope- raron sobre la asunción de que lo que era verdadero en los cielos de- bía ser verdadero en la tierra. Si
Marduk fue victorioso en la batalla celestial de los dioses, así Babilonia debería y debe ser victoriosa en las luchas en la tierra. La idolatría de la naturaleza se convirtió rápidamente en idolatría de la nación.
A la luz de este contexto se hace más claro que los relatos de la crea- ción de Genesis, virtualmente de la línea inicial del poema, es una fuer- te reprensión de la política y la reli- gión babilónica. Nadie es trascen- dente sino solo Dios. Israel pudo haber sido derrotado, pudo haber sido llevado lejos de las colinas amadas de Sión, pero el Dios de Is- rael sigue siendo el Señor del mun- do entero. Ningún imperio político, ni siquiera uno tan poderoso como el babilónico, estaba fuera del con- trol final del Creador.
Observemos cómo en Génesis 1 las deidades de la religión babilónica se descartan una a una al nivel de la creación ordinaria. En el primer día, los llamados dioses de la luz y la oscuridad son destronados. En el segundo día, son los dioses del cie- lo y del mar, las principales divini- dades beligerantes del Enuma Elish. Al tercer día son los "dioses" de la tierra seca y la vegetación los que son depuestos. En el cuarto, el sol, la luna y las estrellas, todos los dioses clave de las ciudades babiló- nicas, son desbancados. En el quin- to y sexto días, todas las criaturas, tan propensas a la auto-deificación, se establecen firmemente en el or- den creado. Uno a uno los ídolos de la cultura babilónica son reducidos, y la humanidad es dejada para ser- vir solamente a Dios.
Podemos ver un aspecto más cuan- do comparamos los relatos de Gé-
nesis con el Enuma Elish. En la epopeya babilónica, la humanidad es creada porque los dioses derrota- dos en la guerra celestial están can- sados de servir a sus conquistado- res. Los hombres son creados para tomar los lugares de estos dioses derrotados como servidumbre de los dioses y diosas victoriosos, un estatus que implica una dignidad in- ferior para la raza humana. Por el contrario, en Génesis los seres hu- manos son creados a imagen de Dios. No son dioses, pero tampoco son esclavos de los caprichos de la naturaleza.
En una reputación directa de la cos- movisión babilónica, a los seres hu- manos se les da dominio sobre el resto de lo que Dios ha creado. Tampoco luchan entre sí. El hom- bre y la mujer son igualmente crea- dos a imagen de Dios, y en ninguna parte se supone que existe una ani- mosidad natural entre ellos. La dis- cordia puede existir en la esfera hu- mana, pero eso, como explica la se- gunda historia de la creación del Génesis (Génesis 2:4-3:24), es el resultado del pecado. No fue así como las cosas fueron creadas; por lo tanto no se puede considerar "na- tural". Así se da a la humanidad una especie de dignidad desconocida para los babilonios (¡excepto, tal vez, el rey!). Una vez más, el
Enuma Elish ha sido directamente desafiada.
HIMNO DE LA CREACIÓN
Ver este himno en su propio con- texto histórico marca una diferencia fundamental en cómo lo interpreta- mos. Si preguntamos qué canción se cantará en Babilonia, entonces la respuesta de los sacerdotes de Israel es que debemos cantar esta canción. No cualquier otra, sino esta. No es un relato científico de nada, mucho menos de la forma en que el mundo comenzó. Se trata de un relato litúr- gico destinado a los exiliados israe- litas tentados por la abrumadora presencia de la cultura babilónica. Se entiende como una forma de
confesar la fe definitiva en el Dios que es Señor de Israel, de Babilonia y de todo lo demás.
SU MUNDO - NUESTRO MUN- DO
Descubrir el contexto histórico de un texto bíblico es, a la vez, un ejer- cicio para crear distancia y superar- lo. Hoy no vivimos con vecinos que sostienen la visión babilónica; por lo tanto, no podemos usar el himno de creación de Génesis de la misma manera que lo hicieron los israelitas de aquellos tiempos. Vivimos a una distancia sustancial, en el espacio y en el tiempo, de ese mundo politeís- ta.
Sin embargo, conocer la visión ba- bilónica y la forma en que el himno de creación de Génesis era un desafío directo a ella, es dejar hablar a la Biblia en un mundo, en un tiem- po y en un lugar real. Intentamos es- cuchar el final de la conversación de la Biblia en sus propios términos, hablando a su manera a las necesi- dades y asuntos de su propio tiempo. Es decir, podemos saber lo que el texto dijo a la gente para quien fue escrito por primera vez. Además, haciendo esto, podemos preguntar si lo que el texto dijo una vez es lo que sigue diciendo en nuestro mundo contemporáneo. El himno de la creación del Génesis ilustra muy bien este carácter de do- ble filo respecto al interés por el contexto histórico. Pero habiendo aprendido sobre dicho contexto his- tórico, estamos en condiciones de permitir que la Biblia vuelva a ha- blar sobre esos mismos temas. Po- demos evitar forzar temas espurios en el texto (¿Cómo llegó el mundo aquí y cuánto tiempo hace?) y dejar que nos hable en sus propios térmi- nos.
Entonces podemos descubrir que el texto vuelva a tener sentido para no- sotros rápidamente. Empezamos a entender lo que sus autores preten- dían decir a sus contemporáneos
más bien que lo que nosotros desea- mos oír. Muchos de los temas con los que el himno de la creación es- taba hablando están muy vivos en nuestros días. Lo que ocurre es que les prestan mucha atención aquellos que están atrapados en el debate so- bre la evolución, o de aquellos que leen el texto sin preocuparse por su configuración histórica original. Pensemos en el asunto de la tras- cendencia de Dios. Si Dios no es el mundo, y si nada en el mundo es Dios, ¿qué pretensiones nuestras podrían destronar? ¿No tenemos hoy la misma tendencia que tenían los babilonios a deificar nuestra es- tructuras políticas o asumir que te- nemos bendiciones divinas? ¿No estamos inclinados a idolatrar nues- tras sociedades humanas?
¿Y qué sobre la dignidad humana? El hombre de hoy puede que no considere a la raza humana una idea tardía creada para relevar a dioses perezosos (como ocurre en el mito de Enuma Elish), pero la amenaza a la dignidad del ser humano abunda en nuestro mundo. Podríamos pre- guntarnos qué significa ser creados a imagen de Dios y qué implicación tiene para la forma en que los seres humanos se tratan hoy.
Luego está la cuestión de la natura- leza. Podemos estar en menos peli- gro de sucumbir a sus caprichos (un temor constante en la condición cli- mática de la antigua Babilonia) que dejar que nuestro dominio sobre ella se salga de control. Podemos haber tropezado con los límites de ese dominio de maneras que acla- ran una vez más que es Dios, no nosotros, quien ejerce el control fi- nal.
Finalmente, metido en la controver- sia entre Génesis y la cosmovisión de Babilonia, está la cuestión de si lo que es natural es lo que es co- rrecto. ¿Lo es? ¿Medimos nuestras vidas por la forma natural de hacer las cosas? ¿O por la voluntad de Dios? El babilonio asumía que por-
que la naturaleza era divina los dos eran uno y lo mismo. Pero los sa- cerdotes de Israel, viendo la distin- ción radical entre Dios y la creación, entendieron que nuestra responsabilidad es sólo ante Dios. Una ética "natural" suponía que aquellos que nacían más fuertes y con mentes más agudas deberían naturalmente gobernar. En israel, el gobierno pertenecía solamente a Dios.
LA IMPORTANCIA DEL ESCE- NARIO HISTÓRICO
Establecer este himno de creación de Génesis en el mundo del siglo VI a.C. no ha destruido su relevancia para nuestra era moderna. Ha deja- do bastante claro lo que el texto quiere decir realmente. Una vez que se ha dado ese paso, estamos en condiciones de dejar que exprese su propio mensaje en vez de importar- lo.
Nuestro estudio ha demostrado que conocer el marco histórico de un texto bíblico es críticamente nece- sario si queremos ampliar nuestro común entendimiento con los escri- tores bíblicos. El "escenario históri- co" es una de las herramientas más importantes disponibles para la in- terpretación bíblica. R