La pregunta del tertuliano era más pertinaz de lo que parece. ¿Acaso todo el mundo no sabe que hay un solo Dios?
Lo cierto es que no está tan claro. No se trata de que pueda un solo Dios, sino que exista un solo discurso sobre él. Dios no solo es creído sino también de alguna ma- nera es pensado y verbalizado.
No hay más que estudiar la historia de las religiones para comprobar que no ha exis- tido, ni existe un solo discurso. Pero ade- más ni siquiera en una religión el discurso aparece como único. Incluso podríamos rastrear diferentes sensibilidades en los textos sagrados. Esto no es óbice para que cada creyente, iglesia, denominación piense que su discurso es el único verda- dero. ¿Y qué tiene que ver esto con el ateísmo?
Pues que en realidad el ateísmo es una respuesta negativa a un teísmo previo y concreto. Primero se da el discurso cre- yente, luego se le niega. Es decir el ateís- mo como bien indica la partícula "a", nie- ga lo que recibe. Niega un teísmo. Por sí mismo, el ateísmo no existiría. Es un acto de negación. En realidad el que se define como ateo, no está diciendo nada más de sí mismo. Al igual que el que se dice cre- yente. Un fanático religioso se llamará cre- yente al igual que un creyente reflexivo. (al igual que un ateo fanático y uno reflexivo dirán que no creen)
Por lo tanto, estrictamente hablando el ateísmo tiene menos que ver con "Dios" que con un discurso sobre Dios.
Dios es definido en ese discurso, y es a eso que responde el ateísmo. Tratará de encontrar por dónde ha- cen aguas los argumentos. Pero si ese ateísmo se encuentra con un teísmo diferente ¿le servirán esas refutaciones?
Se ha acusado a los nuevos ateos
de buscar siempre la peor versión de la religión para luego lanzarse a su refutación. Muchas veces sus lectores ignoran que otros creyentes han refutado (y muchas veces de mejor manera) esos discursos cadu- cados y que no les representan. De- cía Anthony Flew, el filósofo ateo convertido al Deísmo, de que había que escoger siempre la mejor ver- sión de la parte adversa. Igualmente, cuando un creyente desea confron- tar el ateísmo, debería buscar la mejor versión que confronte su dis- curso. Me parece un gesto de ho- nestidad intelectual. Por desgracia desde ambos lados trabajan con ca- ricaturas bien arregladas para luego anunciar su victoria frente al igno- rante opositor.
Hablando de los que se toman en serio el debate, normalmente el ateísmo que aparece en esos libros suele ser una refutación del teísmo, llamémosle tradicional.
El creyente en este caso tiene una idea de Dios, y es esa misma idea la que se encuentra en el ateo.
¿Crees que Dios existe? ¿De qué Dios me hablas?
Ahora bien, todos somos los ateos de otros. Si le preguntamos a un cristiano conservador si cree en Shiva, responderá que no. Es ateo de ese dios. También puede ocurrir que un cristiano defina el Dios en el que cree, y otro cristiano no se vea representado en ese dios. Es ateo de ese "dios". Es cierto que las religio- nes establecen sus discursos oficia- les que no todo creyente de a pie llega a comprender.
Los primeros cristianos fueron til- dados de "ateos" por no creer en los dioses romanos. Fueron persegui- dos por el delito de ateísmo. Está claro que la idea de la Divinidad que tenían esos cristianos difería de la que tenían sus verdugos. Con esa palabra (Dios) se puede expresar diferentes ideas, proponer diferen- tes discursos.
Lo triste es cuando alguien cree que su discurso es Dios mismo, o que negado un discurso se niegan todos.
Personalmente propondría que existen ateísmos como existen teís- mos. Quizás la pregunta sería: ¿A qué llamamos Dios?
Para centrar un poco el tema, debe- ría ser aquello que constituye el criterio existencial de una persona. Quizás el misterio en el que vive y por el cual es habitado.
La manera de nombrar ese misterio es secundario, y no se impone nece- sariamente un solo término. Ese criterio existencial es fruto de expe- riencias inefables, de reflexiones, de encuentros, de descubrimientos, de rectificaciones, de meditaciones, lecturas…
Es nuestra experiencia fundante
que nos define como ser personal, nuestra manera de trascender, nues- tra visión de la Realidad y sobre todo de nuestro estar en la vida.
El que se define ateo de un teísmo, no significa que no tenga "creen- cias" personales aunque les dé otro nombre.
A la pregunta ¿A qué llamas tú dios? se acompaña algo fundamen- tal. Como sea ese dios así será el creyente. Se podrá ser todo lo mo- noteísta que se quiera, pero el dios personal de cada creyente no coin- cide necesariamente con el del otro creyente. ¡Pero si solo hay un Dios! Es posible, pero hay una multitud de discursos.
Puede ser que haya quienes no con- sideren que la palabra Dios indique lo que los ateísmos tradicionales tratan de refutar.
Muchos ateos dicen que Dios es el Dios de siempre, mostrando una ex- traña fidelidad a cierta teología. Otros que no creen en esa defini- ción y se niegan a dejar el término en manos de los creyentes han deci- dido utilizarlo para expresar su ex- periencia fundante, o criterio exis- tencial, aunque no tenga nada que ver con los otros discursos.
Personalmente me declaro ateo de muchos discursos sobre la divini- dad, pero no de otros. Siendo cons- ciente de que yo también propongo otro discurso indemostrable, que se renueva constantemente.
Teísmos, ateísmos con sus afirma- ciones, sus negaciones y por su- puesto sus ignorancias.
No creo que pueda existir un acuer- do amistoso entre los teísmos, ni si- quiera entre los ateísmos. El tema es demasiado íntimo y nadie tiene el derecho de juzgar mi interior al igual que yo tampoco puedo hacer- lo con otras personas. Expresar "soy creyente o soy ateo", no dice mucho de una persona.
Lo mejor es estar a la escucha de los diferentes discursos y sus nega- dores, o esas negaciones y sus opo- sitores. Aprenderemos mucho de la condición humana, y si los argu- mentos son buenos, aunque no los compartamos, podremos aprender. En todo caso, los teísmos y los ateísmos no deberían determinar las relaciones entre seres humanos. Quizás en otro nivel que no sea la de la controversia argumental, po- dría darse un encuentro en la liber- tad, la compasión y la búsqueda de la verdad.
EL ENCUENTRO FUE AMABLE y respetuo-
so. Se habían reunido para tomar café y ha- blar de filosofía. Una tertulia entre amigos. Después de un rato, ya el café servido, uno de ellos propuso el tema a debatir. (se tur- naban para escoger un tema en cada en- cuentro). El responsable propuso de hablar sobre Dios lanzando esta pregunta: "¿Creéis que existe? Porque yo soy ateo".
De esta manera dejaba claro de entrada cuál iba a ser la posición que iba a defen- der. La sorpresa surgió cuando uno de los tertulianos le preguntó a su vez: "¿De qué dios eres ateo?".
Esta anécdota nos puede ayudar a com- prender mejor de qué se trata cuando se habla de ateísmo. Para casi todo el mundo el asunto no es tan misterioso. Ateo es quien cree que Dios no existe. Ya advertía el filósofo ateo André Comte-Sponville, que se trataba de una creencia negativa y no un saber. Al igual que el creyente, quien cree en su existencia pero tampoco es un saber. En todo caso, estamos hablan- do de afirmar o negar la existencia de Dios, mediante otras maneras que la inves- tigación científica.
Nos movemos en el terreno de la argumen- tación, o en el de las razones.
Hoy en día está de moda el llamado "Nue- vo Ateísmo" que representa una corriente militante contra toda clase de fe. Pero no representan todas las clases de ateísmo al igual que tampoco un solo teísmo (por mu- cho que pretendan sus defensores) abarca todo lo que se puede creer y decir.
Sobre el
ateísmo
Julián Mellado
La pregunta del tertuliano era más pertinaz de lo que parece. ¿Acaso todo el mundo no sabe que hay un solo Dios?
Lo cierto es que no está tan claro. No se trata de que pueda un solo Dios, sino que exista un solo discurso sobre él. Dios no solo es creído sino también de alguna ma- nera es pensado y verbalizado.
No hay más que estudiar la historia de las religiones para comprobar que no ha exis- tido, ni existe un solo discurso. Pero ade- más ni siquiera en una religión el discurso aparece como único. Incluso podríamos rastrear diferentes sensibilidades en los textos sagrados. Esto no es óbice para que cada creyente, iglesia, denominación piense que su discurso es el único verda- dero. ¿Y qué tiene que ver esto con el ateísmo?
Pues que en realidad el ateísmo es una respuesta negativa a un teísmo previo y concreto. Primero se da el discurso cre- yente, luego se le niega. Es decir el ateís- mo como bien indica la partícula "a", nie- ga lo que recibe. Niega un teísmo. Por sí mismo, el ateísmo no existiría. Es un acto de negación. En realidad el que se define como ateo, no está diciendo nada más de sí mismo. Al igual que el que se dice cre- yente. Un fanático religioso se llamará cre- yente al igual que un creyente reflexivo. (al igual que un ateo fanático y uno reflexivo dirán que no creen)
Por lo tanto, estrictamente hablando el ateísmo tiene menos que ver con "Dios" que con un discurso sobre Dios.
Dios es definido en ese discurso, y es a eso que responde el ateísmo. Tratará de encontrar por dónde ha- cen aguas los argumentos. Pero si ese ateísmo se encuentra con un teísmo diferente ¿le servirán esas refutaciones?
Se ha acusado a los nuevos ateos
de buscar siempre la peor versión de la religión para luego lanzarse a su refutación. Muchas veces sus lectores ignoran que otros creyentes han refutado (y muchas veces de mejor manera) esos discursos cadu- cados y que no les representan. De- cía Anthony Flew, el filósofo ateo convertido al Deísmo, de que había que escoger siempre la mejor ver- sión de la parte adversa. Igualmente, cuando un creyente desea confron- tar el ateísmo, debería buscar la mejor versión que confronte su dis- curso. Me parece un gesto de ho- nestidad intelectual. Por desgracia desde ambos lados trabajan con ca- ricaturas bien arregladas para luego anunciar su victoria frente al igno- rante opositor.
Hablando de los que se toman en serio el debate, normalmente el ateísmo que aparece en esos libros suele ser una refutación del teísmo, llamémosle tradicional.
El creyente en este caso tiene una idea de Dios, y es esa misma idea la que se encuentra en el ateo.
¿Crees que Dios existe? ¿De qué Dios me hablas?
Ahora bien, todos somos los ateos de otros. Si le preguntamos a un cristiano conservador si cree en Shiva, responderá que no. Es ateo de ese dios. También puede ocurrir que un cristiano defina el Dios en el que cree, y otro cristiano no se vea representado en ese dios. Es ateo de ese "dios". Es cierto que las religio- nes establecen sus discursos oficia- les que no todo creyente de a pie llega a comprender.
Los primeros cristianos fueron til- dados de "ateos" por no creer en los dioses romanos. Fueron persegui- dos por el delito de ateísmo. Está claro que la idea de la Divinidad que tenían esos cristianos difería de la que tenían sus verdugos. Con esa palabra (Dios) se puede expresar diferentes ideas, proponer diferen- tes discursos.
Lo triste es cuando alguien cree que su discurso es Dios mismo, o que negado un discurso se niegan todos.
Personalmente propondría que existen ateísmos como existen teís- mos. Quizás la pregunta sería: ¿A qué llamamos Dios?
Para centrar un poco el tema, debe- ría ser aquello que constituye el criterio existencial de una persona. Quizás el misterio en el que vive y por el cual es habitado.
La manera de nombrar ese misterio es secundario, y no se impone nece- sariamente un solo término. Ese criterio existencial es fruto de expe- riencias inefables, de reflexiones, de encuentros, de descubrimientos, de rectificaciones, de meditaciones, lecturas…
Es nuestra experiencia fundante
que nos define como ser personal, nuestra manera de trascender, nues- tra visión de la Realidad y sobre todo de nuestro estar en la vida.
El que se define ateo de un teísmo, no significa que no tenga "creen- cias" personales aunque les dé otro nombre.
A la pregunta ¿A qué llamas tú dios? se acompaña algo fundamen- tal. Como sea ese dios así será el creyente. Se podrá ser todo lo mo- noteísta que se quiera, pero el dios personal de cada creyente no coin- cide necesariamente con el del otro creyente. ¡Pero si solo hay un Dios! Es posible, pero hay una multitud de discursos.
Puede ser que haya quienes no con- sideren que la palabra Dios indique lo que los ateísmos tradicionales tratan de refutar.
Muchos ateos dicen que Dios es el Dios de siempre, mostrando una ex- traña fidelidad a cierta teología. Otros que no creen en esa defini- ción y se niegan a dejar el término en manos de los creyentes han deci- dido utilizarlo para expresar su ex- periencia fundante, o criterio exis- tencial, aunque no tenga nada que ver con los otros discursos.
Personalmente me declaro ateo de muchos discursos sobre la divini- dad, pero no de otros. Siendo cons- ciente de que yo también propongo otro discurso indemostrable, que se renueva constantemente.
Teísmos, ateísmos con sus afirma- ciones, sus negaciones y por su- puesto sus ignorancias.
No creo que pueda existir un acuer- do amistoso entre los teísmos, ni si- quiera entre los ateísmos. El tema es demasiado íntimo y nadie tiene el derecho de juzgar mi interior al igual que yo tampoco puedo hacer- lo con otras personas. Expresar "soy creyente o soy ateo", no dice mucho de una persona.
Lo mejor es estar a la escucha de los diferentes discursos y sus nega- dores, o esas negaciones y sus opo- sitores. Aprenderemos mucho de la condición humana, y si los argu- mentos son buenos, aunque no los compartamos, podremos aprender. En todo caso, los teísmos y los ateísmos no deberían determinar las relaciones entre seres humanos. Quizás en otro nivel que no sea la de la controversia argumental, po- dría darse un encuentro en la liber- tad, la compasión y la búsqueda de la verdad.
1. Discípulos y apóstoles 2. Simón Pedro
3. Andrés, el primer llamado 4. San>ago el Mayor, hijo de Zebe- deo
5. Juan, el primero y el úl>mo 6. Felipe de Betsaida
7. Bartolomé-Natanael, un verdade- ro israelita
8. Mateo el publicano 9. Tomás o Judas el gemelo
10. San>ago el Menor y el hermano del Señor
11. Simón el zelota 12. Judas Tadeo
13. MaVas, sucesor de Judas PARTE III. EMPERADORES Y MÁRTI- RES
1. En el principio, el incendio de Roma
2. Algunos emperadores buenos 3. Marco Aurelio el filósofo 4. Cómodo el gladiador
5. La rela>va calma de los Severo 6. Decio y la uniformidad religiosa
del imperio
7. Valeriano y las finanzas del Impe- rio
8. La Gran Persecución 9. Los már>res de Pales>na 10. Fracaso del paganismo 11. Libertad ambivalente
PARTE IV. LA REVOLUCIÓN CONS-