Carlos Osma es protestante, licenciado en Ciencias Matemáticas, diplomado en Ciencias Religiosas y Posgrado en Diálogo Interreligioso Ecuménico y Cultural. Colabora con la Associació de Families LGTBI. Está casado y tiene dos hijas.
CUENTAN LOS EVANGELIOS que mientras Jesús agonizaba en la cruz las personas que pasaban por delan- te de tan terrible escenario le decían: “¡Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz!”. Y es que claro, tenían razón, los Hijos de Dios tienen otros sitios más honrosos donde morir: en su cama por ejemplo. Desde entonces hasta ahora, aque- llos mensajes inhumanos han cam- biado mucho, y ahora los guardia- nes del orden nos dicen a nosotras que para ser “Hijas de Dios” hemos de descender de nuestras deshonro- sas camas, y subirnos a sus maravi- llosas cruces de neón para que todo el mundo pueda ver lo divinas que somos. No sé, pero tengo la sensa- ción de que para mucha gente el cristianismo es un viaje de la cruz a la cama, o de la cama a la cruz. Es verdad que podríamos decir que, tal y como se narra en los evange- lios, la vida de Jesús fue un camino
de la cama a la cruz, o mejor dicho del cajón donde se daba de comer a las bestias en el que su madre lo acostó al nacer, a la cruz del Gólgo- ta donde el poder Romano lo hizo crucificar junto a otros dos malhe- chores. La cama y la cruz fueron para Jesús dos lugares no escogidos en donde se hizo patente que existía un poder político, pero también re- ligioso, que controlaba su vida de principio a fin. Fue el edicto de Ju- lio Cesar el que motivó que sus pa- dres tuvieran que viajar hasta Belén, y fue la condena del Gober- nador Poncio Pilato la que le llevó hasta el Gólgota.
Las camas y las cruces de las perso- nas LGTBIQ son lugares donde los poderes patriarcales y LGTBIQfó- bicos nos sacan y nos meten a con- veniencia. Si nos mantenemos en silencio nos crucifican, si lanzamos gritos de dolor al infinito, nos vuel- ven a crucificar. En ese lugar, en el
Gólgota, donde nos llevan a la fuer- za tras golpearnos toda la vida con sus látigos de cuero negro, nos le- vantan para mostrar nuestra carica- tura al resto del mundo y para ex- poner de una forma deformada quienes somos. Allí, en cada una de las cruces que decoran sus iglesias, nos cuelgan todos los días junto a otras malhechoras. Y lo hacen mientras nos invitan a bajarnos de ellas y comportarnos como “Hijos de Dios” en alguna de sus terapias reparativas. Pero si por el contrario hemos decidido ser felices y alejar- nos de sus cruces sangrientas y sus terapias diabólicas, entonces nos si- túan en la cama, y allí nos represen- tan como depravadas sexuales que se dejan llevar por sus instintos. Ya no somos cuerpos deformes, sino puro sexo, animales salvajes y nada más. De la cama a la cruz, o de la cruz a la cama. Un círculo enfermi- zo nacido de mentes que no pueden estar muy sanas.
Lo interesante de Jesús es que fue consciente de la existencia de pode- res que le querían condicionar, a él y al resto de seres humanos que te- nía a su alrededor. Poderes que en su época se podían denominar de- moníacos, pero también otros que tenían nombres propios. Y ante ellos, no optó por bajar la cabeza, no escogió ni la cruz ni la cama como lugares donde vivir ante el resto del mundo, sino los espacios en los que era necesario hacer opo-
sición activa a cualquier poder que limitaba la libertad y la vida de las personas. Por eso me resulta tan di- fícil entender el cristianismo de tan- ta gente que no choca nunca con los poderes que pretenden condicionar- las, que les van chupando la sangre hasta dejarlas sin vida. Personas que no han escuchado a nadie me- rodeando en sus camas y diciendo que se puede hacer en ellas, o que jamás han visto la vida desde lo alto de una cruz hecha a su medida.
No hay otra forma para salir de la falacia que va de la cama a la cruz y de la cruz a la cama que seguir el ejemplo de Jesús, de todos aquellos momentos de su vida que él si esco- gió y que no le fueron impuestos de una manera absoluta. La cama y la cruz no son lugares que debamos evitar, por razones bien diversas nuestras vidas se componen tam- bién de ellos. Pero no únicamente de ellos. Lo que determina quienes somos, no está ahí, sino lo que nos lleva hasta ellos, y cómo hemos sido capaces de luchar contra esos poderes para ser más libres. Yo di- ría que verse a uno mismo en el prójimo, y al prójimo en uno mis- mo, fue el motor que sí podría defi- nir la vida de Jesús. Ese fue el po- der al que él sirvió, más allá del resto de poderes que como a cual- quier mortal lo influyeron y condi- cionaron. Y ese, el prójimo, es el lugar que da sentido al cristianismo y que nos puede alejar de esos
círculos absurdos que se construyen entre nuestras camas y nuestras cru- ces.
A Jesús se le expulsa de la cama, y no tanto por motivos históricos, sino porque lo que podría ocurrir en ella a la mayoría de la gente le pa- rece poco divino, y se le sube a una cruz donde demostrar con su sufri- miento que fue fiel al mandato de su Padre. No sé lo que ocurre, o no ocurre, en la cama de estas perso- nas para pensar de esta manera. Pero también hay veces que se le baja de la cruz a marchas forzadas porque el fracaso es demasiado desestabilizador para teologías in- fantiles, y se le lleva solo y envuel- to en una sábana hasta la cama que será el sepulcro donde resucitará milagrosamente. Me pregunto qué vidas tan naifs tienen estas personas que son incapaces de integrar el fra- caso en sus teologías.
La cama y la cruz de Jesús, y tam- bién las nuestras, son lugares vigi- lados por poderes que nos controlan y pretenden condicionarnos de ma- nera absoluta. Y el mensaje de vida de Jesús es que podemos resistirnos a ellos, aunque a veces nos venzan y dejemos entrar en nuestra cama ideologías de muerte, o en nuestras cruces teologías sin experiencia. El sentido que tienen nuestras cruces y nuestras camas no se encuentran en ellas mismas, sino en lo que ocurre entre ambas. La cuna de Belén y la cruz del Gólgota solo pueden en- tenderse a través de la vida de Jesús, de su implicación en la vida de muchas personas que eran los daños colaterales de normas y leyes divinizadas por poderes con intereses demasiado humanos. Es en la vida compartida con el prójimo donde se puede percibir que la liberación, la salvación, es el origen y la meta de la fe cristiana. Es desde allí desde donde acabaremos con los poderes que quieren someternos. Sin próji- mo, ni cama ni cruz tienen sentido. R