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Historia de la Iglesia I (Pelícano) - José Orlandis Rovira

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Colección: Pelícano

Director de la colección: Juan Manuel Burgos

© José Orlandis, 1998

© Ediciones Palabra, S.A., 2012

Paseo de la Castellana, 210 - 28046 MADRID (España) Telf.: (34) 91 350 77 20 - (34) 91 350 77 39

www.palabra.es [email protected]

ISBN eBook: 978-84-9840-769-3 ePub: CrearLibrosDigitales

Todos los derechos reservados.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,

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NOTA A LA OCTAVA EDICIÓN

Las siete ediciones del presente volumen que han sido impresas desde su aparición en 1973 constituyen la mejor prueba de la favorable acogida que la obra ha tenido entre un sector muy amplio de lectores de habla hispana. Ante la preparación de una edición más, que va a aparecer en la colección Pelícano de Ediciones Palabra, el autor ha estimado conveniente, respetando el texto original del libro, realizar una completa puesta al día de la Bibliografía: ha suprimido algunas obras que puede considerarse que han quedado obsoletas e introducido, en cambio, buen número de títulos nuevos, que recogen el estado de la ciencia histórica en la actualidad. Todo ello sin perder de vista el carácter de alta divulgación de esta «Historia», que no va dirigida solo a un reducido grupo de especialistas, sino a un amplio espectro de lectores: profesores, estudiantes de universidades civiles y eclesiásticas, profesionales y toda suerte de personas que sientan interés por lograr una visión de conjunto de los quince primeros siglos de historia de la Iglesia católica.

Noviembre de 1997

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PRÓLOGO

El propósito de este libro es ofrecer una visión de conjunto de la historia de la Iglesia católica, desde su primera manifestación pública, el día de Pentecostés, hasta la segunda mitad del siglo xv, cuando el mundo entró de lleno en los tiempos modernos. Es de esperar que en un día no muy lejano esta historia se complete, por obra de otros estudiosos de las épocas moderna y contemporánea, hasta alcanzar el más reciente pasado de la Iglesia.

Se ha escrito esta obra con la intención de que sirva mejor de libro de lectura que de texto de consulta. Esta segunda finalidad la cubren hoy perfectamente diversas y valiosas «Historias» –grandes tratados o extensos manuales–, en las que el estudioso encuentra la más cumplida información sobre cualquier aspecto que pueda interesarle del pasado de la Iglesia. Nuestro propósito ha sido, en cambio, trazar las líneas maestras que han perfilado la existencia de la Iglesia a través de los siglos, con objeto de facilitar esa clara noticia acerca de su evolución histórica que debe tener todo cristiano consecuente y aun cualquier persona con un cierto nivel de cultura.

La historia de la Iglesia constituye un aspecto de primera importancia de la historia general, porque la Iglesia es desde hace dos mil años protagonista principal de la vida de la humanidad. Ya Orígenes, a mediados del siglo iii, no dudaba en escribir que «los hombres de Dios son la sal que mantiene unidas sobre esta tierra a todas las sociedades; y las sociedades terrenas no se disgregan mientras esta sal no pierde su valor» (Contra

Celsum, VIII). Conocer la historia de la Iglesia en un país de vieja raigambre cristiana no

debe ser, por tanto, deleite suntuario reservado a una minoría de eruditos, sino factor imprescindible de toda decorosa formación humana. Y ello es así, pese a la inexplicable preterición de la Historia de la Iglesia en los planes de estudio de la Universidad española donde, a despecho de su superior entidad científica, no ha encontrado un hueco junto a disciplinas tales como la Historia del Arte o de la Filosofía, de la Economía o de la Medicina. Tan solo en los cursos del doctorado de Derecho, la Historia de la Iglesia tuvo en otro tiempo un modesto refugio; pero también de allí fue expulsada en la década de los 50, por obra y gracia del arbitrio ministerial, que implantó una Historia de las

Religiones, nebulosa y neutra, y sin solera ni tradición en la ciencia española. Estos

hechos, sin duda penosos, que era necesario recordar, contribuyeron a crear el vacío cultural que hoy puede advertirse, y a nosotros sirvieron de acicate para intentar ofrecer a un público lo más amplio posible el panorama cabal de quince siglos de historia cotidiana.

El objetivo que nos propusimos dará la razón de algunas de las características de la presente obra. El lector no encontrará en ella todo lo que ocurrió en el pasado cristiano, sino tan solo aquello que haya sido históricamente significativo. Así, en vez de acumular una ingente masa de datos y enumerar exhaustivamente nombres y pormenores, cuya importancia no rebasó las más de las veces el ámbito de una institución o de una iglesia particular, hemos tratado de seleccionar aquellos hechos que fueron de verdad determinantes para el desarrollo histórico de la Iglesia universal. Y, eso sí, procurando

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hacer entonces no una simple exposición de los acontecimientos, sino relacionar estos entre sí, situarlos en su adecuado contexto, inquirir por fin, en la medida de lo posible, no tan solo qué cosas han sucedido, sino también el porqué y el cómo han ocurrido esas ​-cosas.

El tema de nuestro estudio va a ser el pasado de la Iglesia católica, sin entrar, por tanto, a considerar las historias de otras confesiones cristianas. La tarea de hacer historia, comprendida la de la Iglesia, exige seguir un determinado método y observar cuidadosamente aquellas reglas de objetividad y rigor científico, que son comunes a todas las disciplinas históricas. Ello no excluye, sin embargo, que el historiador contemple a la Iglesia con mirada y con sentido de creyente. Más aún, parece lícito afirmar que esa actitud no tan solo puede conjugarse con las exigencias metodológicas del trabajo histórico, sino que hasta resulta obligada para escribir con propiedad la historia de la Iglesia. Es esta una tarea que solo puede realizarse adecuadamente desde la fe, y el historiador eclesiástico habrá de juzgar los hechos a la luz de la fe, si es que quiere captar su sentido más pleno. Ha de tenerse en cuenta que la Iglesia de Cristo es una realidad divino-humana, un «misterio», y que lo más importante de su vida no constituye «noticia», y escapa incluso a la capacidad de observación de la ciencia empírica. El historiador se encuentra así ante la aparente paradoja de saber que el elemento medular de esa existencia de la Iglesia que intenta reconstruir no constituye materia histórica, en una acepción puramente humana, ni puede, por tanto, ser investigado en cuanto tal. Y, por otra parte, no le resulta lícito a ese historiador hacer abstracción de aquel factor esencial, ya que solamente podrá captar en su integridad el objeto de su estudio –la Iglesia–, si es bien consciente de la existencia en ella de un elemento misterioso –divino– y si lo tiene siempre presente a todo lo largo de su quehacer científico.

Un símil –una parábola– podrá quizá servir para aclarar cuanto queremos decir. El historiador de la Iglesia debe considerar el objeto de su estudio con ánimo parecido al del navegante que contempla la mole imponente de un iceberg flotando sobre las aguas del mar. El marino experimentado sabe muy bien que el témpano blanco que emerge del océano es solo una pequeña parte de la montaña de hielo y que mucho más de lo que tiene ante sus ojos es lo que escapa a su mirada, la gran masa que avanza sumergida, y cuya existencia no puede, sin embargo, ignorar. Algo de ese estilo ocurre con la Iglesia y hace que su historia solamente pueda escribirla de modo adecuado el historiador creyente, que es capaz de captar esa dimensión divina, que trasciende a los análisis de la ciencia puramente empírica. El historiador no creyente, que observa a la Iglesia con visión exclusivamente natural, podrá sin duda hacer estudios valiosos sobre muchas parcelas de su historia. Podrá, por ejemplo, investigar las relaciones entre la Iglesia y los Estados o la práctica religiosa en un determinado período del pasado; podrá hacer la historia de una diócesis o de un dominio monástico, la de un sindicato cristiano o la de un partido confesional «católico». Pero no podrá escribir una auténtica historia de la Iglesia, porque será incapaz de aprehender su dimensión más profunda.

Una advertencia, todavía, antes de poner término a estas palabras introductorias. Es posible que algún lector se sorprenda ante la considerable extensión que tienen en este

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volumen los capítulos dedicados a la Cristiandad medieval. Pero esa particular atención se comprende y justifica cuando se considera que fue aquella una época de la vida de la Iglesia caracterizada por su enorme capacidad creadora, como lo acredita el que en ella tuvieran su origen un sinfín de tradiciones, instituciones y formas de existencia, que han desafiado el paso de los siglos. Baste recordar que de aquellos tiempos proceden desde las normas de la elección pontificia a las catedrales góticas; desde el sistema beneficial y las Órdenes mendicantes a la Suma Teológica o la fiesta del Corpus Christi. La especial importancia concedida a la época de la Cristiandad obedece, pues, a que el cuadro básico de las estructuras de la Iglesia occidental, que entonces se perfiló, tiene en muchos aspectos validez permanente y, en otros, puede decirse que ha perdurado tanto como la sociedad cristiana rural, que en la mayor parte de Europa sobrevivió hasta bien entrado el siglo xx.

La historia de la Iglesia constituye un apasionante tema de estudio, porque en ella se entrecruza lo divino con lo humano, la Voluntad de Dios y el querer del hombre. La Iglesia es, sin duda, indefectible, según garantiza la promesa de Cristo, y permanecerá hasta el fin de los tiempos. Pero los acontecimientos que constituyen el entramado de su historia no siempre han sido el perfecto cumplimiento de la Voluntad divina. «Dios, al crearnos –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer en Las riquezas de la fe– ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad, ha querido una historia que sea historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego». Por eso mismo, por la misteriosa fuerza de la libertad del hombre pecador, que constituye el elemento humano de la Iglesia, el desarrollo de su historia fue así, pudiendo haber sido de otro modo, y quizá por haber sido precisamente así, haya suscitado en más de una ocasión aquella misma dolorosa queja de Cristo ante Jerusalén: quoties volui… et noluisti –«¡Cuántas veces Yo quise… y tú no has querido!» (Mt 24, 37). El aleccionador sentido pedagógico de la historia, que para los hombres es ​maestra de la vida, puede servir aquí para alentar a los cristianos a un mejor uso de su libertad responsable, con el fin de que la historia futura de la Iglesia, la que queda todavía por hacer y por escribir, responda con plena fidelidad a los designios de Dios.

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I. LOS ORÍGENES DE LA IGLESIA

1. Pentecostés

La Iglesia ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Así lo anunció el Señor al prometer el Primado al apóstol Pedro: «y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo (Hch 2, 1-11). A partir de entonces, y hace de eso veinte siglos, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, Pueblo de Dios, comunidad visible de salvación, camina hacia la definitiva y gloriosa realización del Reino de Dios a través de las edades que se suceden en la vida de la humanidad. La existencia terrena de la Iglesia se desenvuelve en el tiempo, y por eso al avanzar hace historia, y nosotros podemos escribir la historia de la Iglesia.

En el mes de abril del año 30 de nuestra era cristiana han de situarse la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En los días siguientes a la Ascensión, una pequeña comunidad de discípulos se reunía asiduamente en el Cenáculo, junto a la Madre de Jesús y las mujeres, junto a los once Apóstoles y los parientes del Señor. Sumaban entre todos alrededor de ciento veinte, los que se habían congregado el día en que, a propuesta de Pedro, Matías fue elegido apóstol en lugar de Judas (Hch 1, 15-26). Este grupo de discípulos reunido en Jerusalén constituía el núcleo de la primera Iglesia, aunque existían otros hermanos que habían seguido al Señor, y que seguramente vivirían dispersos por Galilea. Jesús resucitado se apareció en una ocasión a más de quinientos, muchos de los cuales todavía vivían cuando san Pablo escribió la Primera Carta a los Corintios (1 Co 15, 6).

El día de Pentecostés, la Iglesia naciente, fortalecida por el Paráclito que Jesús había prometido a sus discípulos, experimentó un notable incremento. Cerca de tres mil almas se convirtieron, convencidas por los prodigios que acompañaron a la venida del Espíritu Santo y por el sermón que Pedro dirigió a la muchedumbre (Hch 2, 41). Un segundo discurso de Pedro en el Templo, después de la curación de un hombre cojo de nacimiento, elevó hasta unos cinco mil el número de los creyentes (Hch 4, 4).

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2. La vida de los primeros cristianos de Jerusalén

Los Hechos de los Apóstoles, en sus primeros capítulos, nos dan una descripción de la vida de los primeros cristianos de Jerusalén, que constituye la página más antigua de la historia de la Iglesia. Al frente de la comunidad estaba el Colegio de los Doce, completado por la elección de Matías, y en el que Pedro desempeñaba una función singular de indudable primacía. Los discípulos de Jesús seguían acudiendo al Templo para orar, aunque celebraban su propio culto litúrgico –la Eucaristía– en casas de algunos de los hermanos que reunieran las debidas condiciones. Los Hechos ponen de relieve el espíritu de fraternidad que existía entre todos ellos: «la muchedumbre de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32), y ese mismo fervor de caridad movía a ciertos discípulos, como Bernabé, que tenían bienes de fortuna, a venderlos y poner el precio a los pies de los Apóstoles (Hch 4, 36-37).

Los discípulos que constituían la primitiva iglesia de Jerusalén eran de una doble procedencia. De una parte, los había que provenían de la población hebrea, de lengua y cultura aramaica; otros, en cambio, eran «helenistas», originarios de las colonias judías de la Diáspora, y recibían aquel nombre porque hablaban griego y estaban impregnados de la cultura helénica. Un incidente derivado de esta diversidad de origen turbó la buena armonía entre los fieles: los helenistas se quejaron de los judíos palestinos, porque estimaban que sus viudas necesitadas eran mal atendidas en las distribuciones cotidianas de alimentos. A raíz de este incidente apareció un nuevo grado de la Jerarquía eclesiástica, los diáconos, que son de institución divina porque los Apóstoles habían recibido de Jesucristo la autoridad y la misión de promulgar, después de su Ascensión a los cielos, cuanto se refiere a la constitución esencial de la Iglesia. Los Apóstoles resolvieron que no podían abandonar la oración y la predicación para ocuparse de esos menesteres, y pidieron a los hermanos que eligieran a siete varones, bien considerados por todos, que serían ordenados por los Doce para la atención de este ministerio. Resultaron elegidos Esteban y otros seis compañeros, y los Apóstoles les instituyeron para su nueva función, imponiendo las manos sobre ellos (Hch 6, 1-6). Así surgió, en la Iglesia madre de Jerusalén, el orden de los diáconos, que más tarde se extendió a las demás iglesias, integrándose definitivamente en la Jerarquía eclesiástica. Los diáconos aparecerán en todas partes encargados de la administración de los bienes temporales de las iglesias, aunque desde el principio ejercerán también un ministerio de carácter espiritual.

Los doce Apóstoles, auxiliados por los diáconos, gobernaron la comunidad de Jerusalén. En unión de los presbíteros o ancianos, que se encuentran también en aquella primera iglesia, constituyeron la más antigua jerarquía eclesiástica. Como los presbíteros no surgieron a raíz de algún suceso singular, los Hechos no dan una noticia expresa acerca de su origen, como hacen con los diáconos. Estos presbíteros se sentaban en las asambleas al lado de los Apóstoles y, cuando se celebró el llamado «concilio» de Jerusalén, sus decisiones se tomaron en nombre de los Apóstoles y los presbíteros (Hch 15). Los presbíteros aparecen también muy pronto fuera de Jerusalén, al frente de las

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iglesias locales, y son los sacerdotes de la Nueva Ley. ¿Quiénes serían aquellos primeros presbíteros que hallamos en Jerusalén junto a los Apóstoles? No se sabe a ciencia cierta. Es posible que se tratara de discípulos antiguos de Jesús, tal vez de aquellos setenta y dos que fueron enviados por el Señor a diversas ciudades, con la misión de anunciar el Reino de Dios (Lc 10, 1-20). También se ha sugerido la hipótesis de que pudiesen proceder de la multitud de sacerdotes judíos que se adhirieron a la Iglesia en Jerusalén (Hch 6, 7), y en tal caso vendrían a servir a manera de eslabón entre el sacerdocio de la vieja y de la nueva Alianza.

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3. La oposición del Sanedrín

La oposición del Sanedrín hacia la naciente Iglesia era inevitable, y hubo de manifestarse muy pronto. Aquellos mismos sacerdotes y príncipes del pueblo que habían declarado a Jesús reo de muerte, porque decía de sí que Él era el Mesías, el Hijo de Dios vivo, tenían que enfrentarse también con los discípulos que predicaban a Cristo resucitado. Ahora, después de la Pasión, Jesucristo, muerto ignominiosamente en la Cruz, constituía un «escándalo para los judíos» (1 Co 1, 23), porque la expectativa de un Mesías glorioso, restaurador del Reino de Israel, era obstáculo formidable para que reconociesen en Jesús al Cristo, bajo la forma del Siervo de Yahwéh, anunciado por los Profetas, que había de dar la vida por los pecados del mundo.

Los milagros que obraban los Apóstoles y la predicación que ganaba para la fe a una multitud de creyentes determinaron la intervención de las autoridades judías de Jerusalén. Su actitud frente a la Iglesia se hizo cada vez más dura y revela un estado de creciente hostilidad. La primera vez que Pedro y Juan fueron presos, el Sanedrín les prohibió anunciar el nombre de Jesús. Pero los Apóstoles no podían callar –«es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres», respondería Pedro al Sumo Sacerdote (Hch 5, 29)–, y presos otra vez, ahora los Doce, fueron azotados, saliendo gozosos por haber podido padecer por el nombre de Jesús. El discurso de Esteban ante el Sanedrín fue la gota de agua que colmó la medida: un arrebato de furor sacudió a la asamblea, que arrastró a Esteban fuera de la ciudad y le dio muerte. El martirio de Esteban fue la señal del estallido de una gran persecución, la primera sufrida por la Iglesia. Esta persecución obligó a muchos discípulos a huir de Jerusalén, y gracias a ello se abrieron nuevos ​-caminos a la predicación evangélica. Una serie de acontecimientos de extraordinaria importancia señalaron un considerable avance hacia el efectivo universalismo cristiano y hacia la separación cada vez mayor entre la Iglesia y la Sinagoga.

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4. La Iglesia, abierta a los gentiles

Los primeros discípulos de la iglesia de Jerusalén eran todos judíos, unos hebreos y otros helenistas. Como sus hermanos de raza que no habían creído en Jesucristo, también ellos tenían arraigada conciencia de formar parte del pueblo escogido, y muchos pensaban que tan solo los que pertenecían a ese pueblo eran destinatarios privilegiados de la esperanza mesiánica, anunciada por los Profetas y realizada en Cristo Jesús. Mas la huida de Jerusalén dispersó a los discípulos por las regiones de Judea y Samaria, donde prosiguieron el anuncio de la Buena Nueva hecho por Jesucristo y, gracias a esta circunstancia, el diácono Felipe predicó el Evangelio a los samaritanos, que recibieron la fe y se bautizaron. La conversión de los samaritanos constituyó un acontecimiento en la vida de la joven Iglesia, y los Apóstoles enviaron desde Jerusalén a Pedro y Juan, para confirmar por la comunicación del Espíritu Santo –el Sacramento de la Confirmación– la obra iniciada por Felipe. Este mismo misionero logró poco después la conversión de un personaje considerable –extranjero, aunque prosélito del Judaísmo–, el eunuco, ministro de la Reina de Etiopía (Hch 8, 26-40). Pero fue en Antioquía donde se produjo el hecho más notable, con vistas al futuro de la Iglesia. A esta ciudad, capital de Siria y una de las grandes metrópolis del oriente, llegaron fugitivos de Jerusalén que predicaban el Evangelio solamente a los judíos. Algunos de ellos, sin embargo, que eran helenistas originarios de Chipre y Cirene, tenían menos prejuicios y mentalidad más amplia que los judíos palestinos, y comenzaron a dirigirse también a los griegos, anunciándoles a Cristo Jesús. Este acontecimiento señala la apertura de la Iglesia a los gentiles –a todos los hombres, sin distinción de pueblo o de raza–. Es significativo que en Antioquía los discípulos comenzasen a llamarse cristianos, como si ese nombre fuera signo de la vocación de universalidad que estaba en la entraña misma del cristianismo.

La universalidad de la Iglesia y de la redención de Jesucristo fue solemnemente sancionada por una milagrosa acción divina, que reveló a Pedro que tal era la voluntad expresa de Dios. El Señor dispuso las cosas de manera que Pedro, como una prueba más de su primacía, fuese escogido para abrir de modo oficial las puertas de la Iglesia a los gentiles. Los signos que acompañaron a la conversión en Cesarea del centurión Cornelio y de su familia tuvieron para Pedro valor definitivo: «Ahora reconozco que no hay para Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto» (Hch 10, 34-35). El relato de los Hechos (Hch 10, 1; 11, 18) pone bien de manifiesto el asombro de Pedro y de sus acompañantes cuando el Espíritu Santo descendió sobre Cornelio y los de su casa. Luego, en Jerusalén, la noticia de que Pedro había convivido con gentiles incircuncisos y les había otorgado el bautismo produjo entre los hermanos una profunda emoción. Hizo falta que Pedro les refiriese puntualmente todo lo ocurrido, para que se iniciase entre los judeocristianos un cambio de mente, que era también una auténtica conversión. Conversión que consistía, sobre todo, en la liberación de prejuicios inveterados y en darse cuenta del carácter universal de la obra salvífica de Jesucristo, que el Señor había proclamado reiteradamente en sus enseñanzas. Cuando Pedro cesó de hablar, los hermanos hubieron de rendirse ante la evidencia de su

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testimonio e, ilustrados por el Espíritu Santo, comprendieron por fin que la Redención de Cristo y su Iglesia eran para todos los hombres: «Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios, diciendo: luego Dios ha concedido también a los gentiles la penitencia para la vida» (Hch 11, 18).

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5. La cuestión de la obligatoriedad de la Ley mosaica

Todo esto sucedía entre los años 34 y 36 de la era cristiana. Tres lustros más tarde, en el año 49, el «concilio» de Jerusalén habría de tratar nuevamente la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Antigua Ley. Muchas cosas habían ocurrido entre tanto: la conversión de Saulo y el comienzo de sus viajes misionales; y, en la Pascua del año 44, la nueva persecución de la iglesia de Jerusalén, por obra de Herodes Agripa, con el martirio de Santiago el Mayor y la prisión y milagrosa liberación de Pedro. El Colegio de los Doce dejó entonces de tener su residencia común en la Ciudad Santa, y sus miembros se dispersaron; Santiago, el «hermano» –primo– del Señor, fue en adelante el jefe –el obispo– de la iglesia local de Jerusalén. En Antioquía y en otras muchas ciudades a donde había llegado la predicación evangélica, gran número de gentiles habían sido recibidos en la Iglesia, que ya era de hecho universal. Pero algunos lustros es poco tiempo para desarraigar convicciones seculares. El ambiente de las iglesias de la gentilidad era muy distinto del que rodeaba a la de Jerusalén, cuyos miembros seguían viviendo a la sombra del Templo y observaban los preceptos rituales de la Antigua Ley. Los conversos de la gentilidad, recién llegados del paganismo, y los judeocristianos de Palestina, herederos de las tradiciones de Israel, tenían sin duda un espíritu y una mentalidad muy diferentes. Es comprensible que las relaciones entre unos y otros no fueran fáciles y que los cristianos de Jerusalén mirasen con invencible recelo a sus hermanos gentiles, que ni pertenecían como ellos al pueblo elegido y ni siquiera –y eso les resultaba todavía incomprensible– guardaban las más esenciales observancias impuestas por la Ley de Moisés.

El «incidente» de Antioquía entre Pedro y Pablo es una muestra de la embarazosa situación en que, como consecuencia de ese estado de cosas, podían encontrarse los Pastores. Pedro, que por aquel tiempo residía en la ciudad, convivía abiertamente con los cristianos de procedencia gentil y comía en sus casas. Pero, cuando llegaron algunos hermanos de Jerusalén, Pedro se retrajo del trato con los gentiles, y su ejemplo fue seguido por otros. Entonces, Pablo le reprendió por esa conducta que, a su juicio, se prestaba a confusión (Ga 2, 11-14). Sin embargo, el propio Pablo, algún tiempo después, hizo circuncidar a su discípulo Timoteo, en razón de los judíos que había en los lugares donde tenía que trabajar, porque todos sabían que, aunque hijo de madre judía, su padre era griego (Hch 16, 1-3). Las circunstancias especiales en que vivió la Iglesia durante aquellos primeros años de vigencia de la nueva Ley evangélica impusieron a los propios Apóstoles determinadas actitudes pastorales, que pronto perderían actualidad.

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6. El «concilio» de Jerusalén

El hecho fue que algunos judeocristianos venidos de Jerusalén a Antioquía sembraron la inquietud entre sus hermanos gentiles, porque les decían que, si no se circuncidaban según la Ley de Moisés, no podían salvarse. Este anuncio provocó gran agitación entre las iglesias de la gentilidad, pero tuvo la virtud de hacer que se planteara abiertamente la cuestión de las relaciones entre cristianismo y antigua Ley, y de la obligatoriedad para los cristianos de la circuncisión y demás prescripciones mosaicas. En el año 49 se celebró el llamado concilio de Jerusalén, con asistencia de los Apóstoles, de Santiago, obispo de la ciudad, y de los presbíteros; Pablo y Bernabé llevaron la voz de las iglesias de la gentilidad. En la asamblea algunos judeocristianos procedentes de la secta de los fariseos pretendieron imponer a todos los cristianos la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés. En esta ocasión trascendental –como cuando se acordó la admisión de los gentiles en la Iglesia– fue también el Apóstol Pedro quien dijo la palabra decisiva y proclamó la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales judíos. La asamblea, a propuesta de Santiago de Jerusalén, resolvió no imponer a los gentiles cargas inútiles; bastaba solamente con que se guardaran de la fornicación y, en obsequio a la vieja Ley, que observasen dos sencillos preceptos: abstenerse de comer carnes inmoladas a los ídolos o carnes no sangradas (Hch 15, 1-33).

Así, de modo solemne, quedó resuelta para siempre la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Ley mosaica. El judeocristianismo perduró todavía durante algún tiempo, pero como un fenómeno local y minoritario, en una Iglesia que se extendía cada vez más por el mundo gentil. Los cristianos de Jerusalén y Palestina siguieron acudiendo al Templo y observando sus prácticas tradicionales, como puede verse por el relato en los

Hechos de los Apóstoles de la prisión de san Pablo, que tuvo lugar en la primavera del

año 58. Poco después, Santiago, el hermano del Señor y primer obispo de Jerusalén, fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado. Al estallar la guerra judaica, los cristianos de la Ciudad Santa se refugiaron en Pella, y no se hallaban dentro de Jerusalén cuando fue sitiada y destruida por Tito, el año 70. Antes de que terminase el siglo i, los judeocristianos que quedaban en Palestina rompieron definitivamente los últimos lazos que les unían con la Sinagoga.

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II. LA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO

1. Factores favorables a la difusión evangélica

El nacimiento de Jesucristo y el comienzo de la era cristiana tuvieron lugar cuando gobernaba Roma Octavio Augusto, fundador del Imperio Romano. Dentro del ámbito político y territorial de este Imperio nació y vivió durante siglos la Iglesia cristiana. La Roma imperial mantuvo durante mucho tiempo una actitud hostil hacia el cristianismo, de la que habremos de ocuparnos más adelante. Hubo, sin embargo, escritores cristianos antiguos que pensaron que, incluso entonces, el Imperio de Roma cumplió una función providencial para la expansión y desarrollo de la Iglesia.

Un estudio de la expansión del cristianismo tiene que tomar en consideración los diversos factores que, en el contexto del mundo antiguo, podían influir positiva o negativamente en la difusión del Evangelio. Esta primera difusión hubo de realizarse dentro de una situación concreta de la historia del mundo que presentaba circunstancias favorables, pero también a la vez grandes obstáculos. Entre aquellas circunstancias, una de las más considerables fue, sin duda, la propia existencia del Imperio Romano.

Roma forjó una prodigiosa construcción política que englobaba la totalidad del mundo greco-latino. Con su centro en el Mediterráneo, corazón de la cultura occidental, el Imperio se extendía desde la Britania insular al alto Egipto y desde Lisboa hasta la frontera persa. Este inmenso espacio geográfico y los pueblos que lo habitaban constituían una vasta unidad, el Orbis romanus, y tenían por supremo señor al emperador de Roma. El Imperio clásico, a pesar de su actitud de notoria hostilidad hacia el cristianismo, ofreció a la expansión de la Iglesia dos ventajas inapreciables: en primer lugar la paz interior, un mundo tranquilo, sin apenas guerras, y con la autoridad romana garantizando el orden social; y, en segundo lugar, la facilidad de comunicaciones, que favorecía los viajes y la rápida transmisión de ideas y de noticias. Las calzadas romanas que, partiendo de la Urbe, llegaban hasta los más remotos confines del Imperio y las naves comerciales que cruzaban regularmente las aguas del Mediterráneo fueron los vehículos de difusión de la novedad cristiana, por toda la extensión del mundo romano.

Otro factor beneficioso para la expansión del cristianismo fue la afinidad lingüística que, en la parte oriental del Imperio, hacía del griego la lengua universal, tanto en el ámbito de la cultura como del comercio. En Italia y Occidente, el griego estaba también ampliamente difundido entre las clases cultas, y fue lengua oficial de la Iglesia hasta el siglo III, si se exceptúa la Iglesia del África cartaginesa, que desde el principio utilizó el latín. El latín, lengua de la mayoría de los fieles, se fue imponiendo en el resto del Occidente desde mediados del si​glo iii. En fin, un último factor también favorable era el clima espiritual existente en determinados sectores de la sociedad al iniciarse la expansión cristiana. En el ambiente judío, la expectativa mesiánica se sentía con particular intensidad entre las almas sinceramente religiosas, que aguardaban el cumplimiento de las promesas del Señor a Israel. En el mundo pagano, la religión tradicional había hecho

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crisis; la búsqueda del Dios trascendente, anunciado por los grandes filósofos de la antigüedad, y el ansia muy difundida de una doctrina que ofreciera la esperanza de una felicidad más allá de la muerte, predisponía a muchos espíritus en favor del cristianismo, pese al riesgo de confusión que podían originar las religiones mistéricas traídas del Oriente.

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2. Obstáculos a la conversión

Frente a estos factores que pudieron favorecer la difusión del Evangelio, existían serios obstáculos que en el mundo antiguo hacían muy ardua la conversión al cristianismo y dificultaban la incorporación a la Iglesia. Los cristianos procedentes del judaísmo, al convertirse, quedaban marginados de su comunidad de origen; más aún, eran plenamente conscientes de que, en adelante, serían mirados como enemigos por sus hermanos de raza y pasarían por el duro trance de ser tenidos por traidores a su religión y a su pueblo. No eran más livianas las dificultades que la conversión al cristianismo prestaba para los gentiles.

En el mundo pagano, los mayores inconvenientes recaían sobre los individuos pertenecientes a los estratos superiores de la sociedad. Estos, por ser cristianos, tenían el deber de abstenerse de toda una serie de manifestaciones religiosas tradicionales, estrechamente ligadas a la vida pública, y consideradas incluso como exponente de fidelidad cívica a Roma y al emperador. En consecuencia, los gentiles que abrazaban el cristianismo se exponían a ser tenidos por «ateos», por «enemigos del género humano», a sufrir incomprensión y calumnia, y, como su religión era ilícita, los cristianos corrían el riesgo de ser perseguidos en cualquier momento y tener que sufrir el martirio y la muerte. Está claro que la conversión al cristianismo constituyó durante los primeros siglos una decisión que, incluso desde un punto de vista meramente humano, encerraba un elevado valor moral.

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3. Los desconocidos caminos del Evangelio

El cuadro que acabamos de esbozar fue aquel dentro del cual se operó la expansión cristiana por el mundo antiguo, en cumplimiento del mandato de Cristo a sus discípulos de predicar el Evangelio a todas las naciones. Muchas veces las primicias del Evangelio llegarían por conducto de humildes y desconocidos misioneros: comerciantes, funcionarios, militares, esclavos. Los puertos de mar, las grandes urbes, las colonias judías de la Diáspora, sobre todo, fueron los centros a donde primero llegó la Buena Nueva, y en ellos encontró pronto quien le dispensara favorable acogida. Como es natural, la inmensa mayoría de los pequeños acontecimientos que jalonaron la difusión del cristianismo no han sido recogidos por la historia ni han dejado huella en los escasos documentos que se refieren a estos primeros tiempos de la Iglesia. La silenciosa acción misional de esos cristianos, que no han pasado a la posteridad y que en muchos lugares abrieron los primeros cauces al Evangelio, se adivina como razón de ser de la existencia de incipientes cristiandades, que los Apóstoles o sus auxiliares visitaron, confirmaron y constituyeron en iglesias locales.

Es probable que algunos de esos ignotos misioneros se encuentren entre aquellos hermanos cuyos nombres aparecen en las Cartas, porque acompañaban al Apóstol cuando las escribía o bien porque el Apóstol les recuerda en la carta y les dirige un saludo especial. Un ejemplo de esos primeros cristianos, eficaces colaboradores de los Apóstoles en la extensión del Reino de Dios, lo tenemos en aquel matrimonio de origen judío exiliado de Roma, Aquila y Priscila, que tan buenos servicios prestó a san Pablo en Corinto y que incluso había ganado para la fe al judío alejandrino Apolo, maestro prestigioso y, después de su conversión, elocuente predicador del Evangelio (Hch 18, 1 y 24-28).

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4. El apostolado de Pedro y de Pablo

Mas, aun cuando tantos desconocidos misioneros contribuyesen a esta primera difusión del cristianismo, los Apóstoles fueron los grandes propulsores de la expansión cristiana, cumpliendo el mandato que habían recibido de anunciar el Evangelio a todas las naciones. Ellos fueron considerados fundadores de muchas iglesias, bien por haber sido los primeros en anunciar la Palabra en una determinada ciudad, bien por haber visitado otras cristiandades todavía en sus comienzos, y establecido allí la jerarquía eclesiástica. La actividad misional de la mayoría de los Apóstoles nos es desconocida, por falta de fuentes que informen acerca de ella. Algo más podemos saber acerca de las actividades desarrolladas por unos cuantos de ellos. Nos consta así que san Pedro, después de los años de labor en Palestina, se estableció en Antioquía, gran ciudad llena de posibilidades, con una importante y antigua comunidad cristiana que había sido organizada por Bernabé. Es posible que, durante algún tiempo, Pedro residiera en la ciudad griega de Corinto, y finalmente vivió en Roma, como primer obispo de la Urbe. Desde la capital del Imperio, designada con el sobrenombre simbólico de Babilonia, Pedro envió la primera de sus cartas (1 P 5, 13). Allí sufrió martirio durante la persecución de Nerón, seguramente en el otoño del año 64, y sobre su sepulcro se eleva la basílica vaticana.

San Pablo es el Apóstol que mejor conocemos, porque son abundantes las fuentes de información acerca de su persona y de su obra que han llegado hasta nosotros. Una docena larga de cartas escritas por él, las unas verdaderos tratados sobre puntos fundamentales de la doctrina cristiana y otras de naturaleza pastoral, constituyen parte importantísima de la Revelación neotestamentaria. Por otra parte, los Hechos de los

Apóstoles son un inestimable arsenal de noticias en torno a la existencia y actividades de

san Pablo, y durante quince años nos permiten seguir casi paso a paso su vida. Sabemos cuál fue su patria, Tarso, y su origen familiar, fariseo, hijo de fariseos, nacido en la Diáspora judía. En Jerusalén, Saulo se formó en la escuela del rabí Gamaliel; celador ferviente de la Ley, odiaba a los discípulos de Cristo, presenció, asintiendo cordialmente, el martirio de Esteban y marchó a Damasco para acabar con la joven cristiandad que allí existía. A las puertas de Damasco, Jesucristo se cruzó en el camino de Saulo y el antiguo perseguidor se convirtió en el apóstol Pablo.

El apostolado de Pablo se dirigió especialmente a los gentiles, siguiendo la vocación a que se sentía llamado por el Señor. Después de un tiempo de oración y preparación silenciosa, Pablo reanudó su actividad apostólica. En unión de Bernabé realizó entre los años 45 y 49 su primer viaje misional, que llevó el Evangelio a la isla de Chipre y a varias regiones del Asia Menor. El segundo viaje Pablo lo inició en compañía de Silas, pero después se les agregaron Timoteo y Lucas. Comenzado también en el Asia Menor, la visión tenida en un sueño que le invitaba a ir a Macedonia encaminó por vez primera a Pablo hacia tierra europea. El Apóstol pe​netró en el corazón del mundo helénico y anunció el Dios desconocido en el Areópago de Atenas. Luego se estableció por un tiempo en la ciudad de Corinto, capital de Acaya, donde surgió una importante comunidad, no siempre dócil y pacífica, a la que san Pablo escribiría más tarde dos

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cartas. El tercer viaje paulino tuvo como base principal a Éfeso, otra ciudad cosmopolita, capital de la provincia de Asia. El Apóstol, ahora acompañado por Tito, obtuvo en Éfeso un éxito resonante, hasta el punto de provocar el tumulto de los plateros, temerosos de la suerte que pudiera correr la devoción popular al santuario pagano de la diosa Diana, de la que ellos obtenían las principales ganancias. Pablo recorrió otra vez el Asia Menor, llegando hasta la alta meseta de Galacia, preocupado por la situación de las cristiandades gálatas, desorientadas por la acción insidiosa de los judaizantes. Luego, el Apóstol visitó nuevamente Macedonia y Grecia, recogiendo los frutos de la colecta que había ordenado para socorrer a la necesitada comunidad de Jerusalén, y en la primavera del año 58 llegó con sus acompañantes a la Ciudad Santa.

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5. El Apóstol de los gentiles

San Pablo fue el gran defensor de la libertad de los cristianos de la gentilidad, en relación con las observancias de la Ley judaica. En sus viajes misionales, el Apóstol tuvo que enfrentarse a menudo con la hostilidad de judíos y judaizantes, que por todos los medios trataban de dificultar su labor. Hasta Jerusalén, e incluso hasta la propia comunidad cristiana de la ciudad, había llegado la fama de que Pablo enseñaba a los judíos de la dispersión el menosprecio de la Ley de Moisés, y les aconsejaba que no circuncidasen a sus hijos. Entre los judeocristianos de la Ciudad Santa, que seguían todavía apegados a las prescripciones mosaicas, existía una evidente prevención contra el Apóstol, y por esa razón el obispo Santiago y los presbíteros le rogaron que, para disipar esos recelos, cumpliera públicamente en el Templo, con otros cuatro hermanos, el rito de la purificación, en testimonio de que permanecía adherido a la observancia de la Ley (Hch 21, 15-26).

La presencia de Pablo en el Templo provocó un gran tumulto y solamente la intervención de los soldados romanos salvó su vida. Comienza entonces en la historia del Apóstol un período de cautividad, que se prolongó durante cinco años. Pablo, detenido en Jerusalén, fue trasladado poco después a Cesarea, donde permaneció en prisión largo tiempo, hasta el otoño del año 60. Esa prisión y el juicio a que fue sometido dio ocasión al Apóstol de anunciar a Cristo ante el Sanedrín, ante los gobernadores romanos Félix y Porcio Festo y ante el rey Agripa II y su hermana Berenice. Por fin, Pablo, ciudadano romano, apeló al Cesar y fue enviado a Roma en un azaroso viaje marítimo, que relatan minuciosamente los Hechos de los Apóstoles. Con la llegada de Pablo a la Urbe, en la primavera del año 61, termina el último capítulo de los Hechos. Sin la ayuda de esa preciosa fuente de información, nuestras noticias sobre los años finales de la vida de san Pablo son mucho más escasas. Sabemos, con todo, que permaneció preso en Roma dos años y que el proceso ante el Tribunal imperial terminó con su puesta en libertad, el año 63.

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Parece que el Apóstol reanudó pronto sus viajes misionales; por esa razón estaba ausente de Roma cuando el incendio de la ciudad, y no murió en la persecución neroniana del otoño del 64. Es muy probable que san Pablo fuese entonces a España, cumpliendo el decidido propósito expresado años antes en su Carta a los Romanos y que no había podido realizar por razón de su cautiverio (Rm 15, 24 y 28). San Clemente parece confirmar que el proyectado viaje se efectuó, cuando escribe que Pablo llegó «hasta los confines de Occidente», es decir, hasta ese finis terrae, que para un romano era Hispania. Es muy escasa la huella de la presencia de san Pablo que ha quedado en la Península Ibérica. La tradición de la venida de Santiago el Mayor y de la traslación de su cuerpo a Compostela después del martirio ha tenido a lo largo de los siglos mucha mayor resonancia entre el pueblo cristiano de España y de todo el Occidente europeo. Hacia el año 66, san Pablo fue nuevamente detenido y comenzó su segunda cautividad romana. Sufrió entonces otro juicio ante el Tribunal imperial, a consecuencia del cual murió mártir en Roma, en el año 67.

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6. San Juan y las iglesias asiáticas

San Juan fue el apóstol que alcanzó una mayor longevidad, y sobrevivió a los demás miembros del Colegio Apostólico. Tuvo a su cuidado a la Virgen María, desde que Jesús se la confió en la Cruz hasta el día de la Asunción. En la primera comunidad de Jerusalén, Juan gozaba de gran autoridad, y san Pablo escribe que Pedro, Santiago, el hermano del Señor, y Juan eran tenidos por las «columnas de la Iglesia» (Ga 2, 9). Juan parece que permaneció largo tiempo en Palestina, quizá hasta la guerra judía, y luego pasó al Asia y fijó su residencia en Éfeso. En tiempo de Domiciano, el Apóstol fue perseguido y sufrió destierro en la isla de Patmos. Durante esta época, Juan escribió el cuarto Evangelio, sus tres cartas y el Apocalipsis. El prestigio que alcanzó fue muy grande, y las iglesias de Asia le veneraban como a su propio Apóstol. San Juan murió en Éfeso, casi centenario, alrededor del año 100 de la era cristiana. La influencia que ejerció san Juan sobre sus discípulos y la huella que dejó en las iglesias joánicas parece ser el origen de las tradiciones particulares de las iglesias de Asia, y en especial del uso de celebrar la Pascua el 14 de Nisán, fecha de la Pascua judía. Las iglesias asiáticas se resistieron durante mucho tiempo a unificar su disciplina con la de las restantes iglesias, alegando que su uso estaba sancionado por la autoridad del apóstol san Juan, que lo había introducido en ellas.

Nada más sabemos, apenas, acerca de la actividad misionera de los demás Apóstoles. Una tradición hace del evangelista Marcos el primer obispo de Alejandría; antes había sido acompañante de Pablo y Bernabé y quizá de san Pedro. Otras tradiciones, imposibles de contrastar históricamente, hablan de la predicación apostólica por diversas tierras, en concreto, la de santo Tomás en la India y la de san Andrés entre los escitas. Muy poco es, pues, lo que conocemos sobre el papel que tuvieron la mayoría de los Apóstoles en la primera expansión cristiana. Sus trabajos, sus éxitos y el martirio que coronaría sus vidas han quedado ocultos a los ojos de la historia.

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7. La expansión cristiana en Oriente

Importa, por último, exponer a grandes rasgos las líneas maestras de la expansión del cristianismo, desde el final de la edad apostólica hasta los primeros años del siglo IV, cuando la Iglesia comenzó a vivir en libertad. A lo largo de los siglos II y III en el corazón de la era de las persecuciones, se puede advertir una progresiva intensificación de la penetración cristiana en el mundo antiguo. Esta penetración, como veremos, revistió distinto grado según las regiones, y también puede afirmarse que, por lo general, afectó, sobre todo, a la población de las ciudades. El cristianismo fue en estos siglos un fenómeno preferentemente urbano, y tan solo a partir del siglo IV comenzó a difundirse con cierta amplitud en los medios rurales. Hubo, sin embargo, excepciones que haremos notar oportunamente.

En el Oriente romano hallamos durante la época apostólica dos principales focos de cristianización: Siria y Asia Menor. La capital de Siria era Antioquía, que había ocupado un lugar destacado en la historia cristiana desde los mismos orígenes de la Iglesia. En el siglo ii la acción misionera se extendió desde aquí hacia el oriente, creándose un nuevo centro de difusión evangélica en Edesa, capital de la región de Osrohene. Este camino de penetración cristiana prosiguió adelante en el siglo IV: el cristianismo avanzó por Mesopotamia, se introdujo en Persia y desde allí los misioneros cristianos llegaron a la India. El Asia Menor fue otro gran foco cristiano en esta época, y las iglesias se multiplicaron en numerosas ciudades de todas las provincias. La carta dirigida a Trajano por Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (¿a. 111?), acredita que el cristianismo se hallaba arraigado en la provincia y que incluso –y esto es un hecho excepcional para la época– había penetrado entre la población campesina. A finales del siglo III, la evangelización del Asia Menor se encontraría muy avanzada, y es posible que el cristianismo fuese ya mayoritario, al menos en las ciudades de la región occidental. Asia Menor fue también punto de partida de la difusión del cristianismo en Armenia, donde halló tan buena acogida que el país se cristianizó rápidamente en el siglo III.

En Palestina, la difusión de la fe fue más difícil y, tras el ocaso del judeocristianismo, las comunidades cristianas parecen estar prácticamente limitadas a la población griega de las ciudades. En cambio, en Egipto, desde principios del siglo III se advierte un vigoroso florecimiento de la iglesia de Alejandría, que pronto fue famosa en todo el mundo y que se prestigió por entonces con la figura de Orígenes. Alejandría desarrolló una actividad misional entre la población campesina del valle del Nilo, que se cristianizó en grado considerable a lo largo de este siglo. Por lo que hace a la Europa oriental, Grecia quedó atrás en intensidad de cristianización, comparada con la vecina Asia Menor. Corinto, la iglesia a la que el Papa Clemente dirigió una famosa carta hacia el año 96, parece haber sido, pese a dificultades internas circunstanciales, el principal centro de vida cristiana. En las regiones balcánicas y danubianas el cristianismo había ya penetrado en el si​glo III, y la persecución de Diocleciano causó numerosas víctimas.

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8. El cristianismo en el Occidente romano

En la parte occidental del Imperio, el cristianismo arraigó prontamente en la Urbe romana. La iglesia de Roma tuvo enseguida un elevado número de miembros, y Tácito puede hablar de la «enorme muchedumbre» de los que padecieron martirio en la persecución neroniana. La Italia meridional tuvo también núcleos cristianos desde el siglo I, y san Pablo, al desembarcar en Pozzuoli el año 61, se encontró con los hermanos de la comunidad de aquel puerto de mar. En el siglo III, los cristianos de la ciudad de Roma se contaban por millares y, esparcidas por la Península, habría tal vez un centenar de comunidades organizadas, muchas más en el mediodía que en la alta Italia.

El otro gran foco cristiano de Occidente fue el África latina, cuyo centro principal era la vieja ciudad de Cartago. Esta región recibió el cristianismo en el siglo II, y antes de que terminase la centuria había dado ya mártires de la fe. Los escritos de Tertuliano hacen pensar que, a finales de siglo, la iglesia de Cartago era ya una notable y vigorosa comunidad. En el transcurso del siglo III, el cristianismo llegó a ser, probablemente, la religión mayoritaria entre la población romanizada de las ciudades, y los sínodos cartagineses permiten afirmar que, en torno al año 250, existían por lo menos un centenar de comunidades, con obispo propio en cada una. El esplendor del cristianismo africano en el siglo iii está inseparablemente unido a la figura y a la obra del gran obispo mártir de Cartago, san Cipriano. La cristianización, que fue tan intensa en las ciudades romanas de África, apenas penetró, por el contrario, entre la población campesina de origen púnico y en las tribus bereberes del interior. Esta deficiencia terminaría por ser de funestas consecuencias para el destino cristiano del África romana.

El cristianismo llegó a las Galias por el sureste. El puerto de Marsella y el valle del Ródano eran las vías de penetración, y en el siglo II existían cristiandades importantes en ciudades como Lyon y Vienne. El cristianismo alcanzó después la Germania romana, y en el siglo iii había iglesias cristianas en Tréveris, en ciudades renanas como Colonia y Maguncia y en algunas localidades de la Germania inferior. Una incipiente cristianización se había iniciado en Britania, donde hubo mártires en el siglo III, y en el siguiente algunos obispos insulares asistieron al concilio de Arles (a. 314). España era, por último, la región más occidental del Imperio, a donde las influencias cristianas llegaban procedentes, sobre todo, de Roma y del África romana. Hacia el año 200, Tertuliano, al proclamar que el cristianismo se hallaba extendido por doquier entre los pueblos del mundo conocido, precisaba que había llegado ya a todos los confines de Hispania. El tono apologético del texto no autoriza a aceptar literalmente esta afirmación, pero sí a recibirla como testimonio de una sustancial presencia cristiana en la Península, al finalizar el si​glo ii. En el siglo iii, los escritos de san Cipriano y las noticias de martirios revelan la existencia de núcleos cristianos en toda la Península. Las actas del concilio de Elvira (ca. 305) ofrecen un cuadro bastante preciso de la situación de la Iglesia en España al término de la era de las persecuciones: existían numerosas comunidades cristianas, puesto que allí se mencionan por encima de cincuenta. Las regiones más cristianizadas parecen ser aquellas

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donde la romanización era también más intensa: las provincias de la Bética y la Tarraconense, es decir, Andalucía y la costa mediterránea.

Como resumen de todo lo expuesto, podemos concluir que, cuando llegó la hora de la libertad de la Iglesia, el cristianismo había penetrado profundamente en Siria, Asia Menor y Armenia; y, por lo que toca al Occidente, Roma, con la región suburbicaria y el África cartaginesa estaban también densamente cristianizadas. Otras tierras, como Egipto, Grecia y parte de Italia, de las Galias y de España, sin alcanzar el nivel de las primeras regiones, contarían también en su población con fuertes minorías cristianas.

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III. LA IGLESIA Y EL Imperio Romano

1. «Dad al Cesar lo que es del Cesar»

La Iglesia nació y vivió durante los tres primeros siglos dentro del ámbito del Imperio pagano. En la historia del cristianismo, este período será recordado siempre como la era de los mártires. Examinemos brevemente los aspectos más salientes que presenta el complejo problema de las relaciones entre la Roma imperial y la Iglesia primitiva. Esta consideración nos permitirá evocar a la vez una de las páginas más admirables del pasado cristiano.

La actitud de la Iglesia frente al Poder temporal estaba fundada en un principio áureo, enunciado por el propio Jesucristo. El pasaje evangélico referente a la cuestión del tributo al Cesar lo recogen casi en idénticos términos los textos paralelos de los Sinópticos, y en los tres evangelios figuran las palabras de Jesús que dejaron maravillados a sus propios enemigos: «Dad, pues, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios» (Mt 20, 15-21; Mc 12, 13-17; Lc 20, 19-25). Partiendo de este principio, la Iglesia elaboró desde la edad apostólica una doctrina que proponía la sumisión y obediencia al poder civil constituido. Los dos apóstoles Pedro y Pablo desarrollaron en sus cartas toda una catequesis acerca de los deberes del cristiano frente a la autoridad pública, que sirvió de pauta a los fieles en sus actitudes ante el Imperio Romano.

«Temed a Dios, honrad al rey» (1 P 2, 17) escribía san Pedro a los primeros cristianos, y san Pablo les enseñaba que la razón de esos deberes reside en el origen divino del poder –non est potestas nisi a Deo–, que convierte la resistencia frente a este en resistencia al orden establecido por Dios (Rm 13, 1-2). Consecuencia de esta doctrina es el deber de obediencia del cristiano a la autoridad pública, obediencia que ha de prestarse no solamente por temor al castigo, sino por una razón mucho más vinculante: porque es obligación de conciencia. La manifestación práctica de esa actitud será el perfecto cumplimiento de todas las cargas y servicios, que incumben al cristiano como deber cívico (Rm 13, 5-7).

Pero hay algo que llama todavía más la atención en la doctrina apostólica sobre la autoridad civil: el sentido que trata de imbuir en los fieles de profunda confianza en los gobernantes que ejercen el poder temporal. Ellos, el emperador y sus representantes, hacen prevalecer la justicia, actúan «para castigo de los malhechores y premio de los buenos» (1 P 2, 13-14). Por eso el que obra con rectitud no tiene por qué temer; los magistrados solamente son temibles para los que obran mal. «¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? –concluye san Pablo–: haz el bien y solo recibirás alabanzas» (Rm 13, 3). La mejor prueba de cuán sinceros eran estos sentimientos de confianza en la autoridad civil que los Apóstoles trataban de inculcar a los cristianos es la conducta del propio san Pablo preso, recurriendo al tribunal del Cesar, persuadido de que allí se le haría la plena justicia a que tenía derecho, como en efecto ocurrió.

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2. Los precedentes de la persecución neroniana

Si tal era la doctrina de los Apóstoles sobre la autoridad temporal, si tales fueron las actitudes que los maestros en la fe recomendaban a los fieles, ¿cómo explicar las difíciles condiciones en que la Iglesia hubo de existir durante los tres primeros siglos? ¿Cuál fue la causa de que el cristianismo estuviera proscrito por la ley romana y los cristianos viviesen durante tanto tiempo expuestos a la persecución y al martirio? Para tratar de hallar una respuesta a estos interrogantes, procuremos reconstruir el cuadro histórico y el curso de los acontecimientos que produjeron y prolongaron semejante estado de cosas.

Conviene recordar, en primer lugar, que la Roma imperial era tolerante en materia religiosa y recibía fácilmente nuevos cultos y nuevas divinidades. A los pueblos sometidos a su poder, Roma les permitía seguir libremente con sus tradiciones religiosas y, por la vía del reconocimiento oficial o de la simple tolerancia, se hallaban admitidos muchos cultos extranjeros. Los cristianos, como grupo social y religioso, no parecen haber sido objeto de especial atención por parte de la autoridad civil hasta el verano del año 64, cuando se produjo el incendio de Roma. Es probable que, antes de ese momento, los cristianos residentes en la ciudad apareciesen a los ojos de los gobernantes como formando parte de la comunidad judía de la Urbe, o en todo caso como una secta, dentro del marco de esa comunidad. Hay que advertir que la religión mosaica estaba reconocida como culto lícito dentro del Imperio y las comunidades judías gozaban de un estatuto legal.

Es probable que ciertos miembros de la comunidad judía de Roma no fueran ajenos al origen de la persecución neroniana. En esta comunidad, el impacto del cristianismo se sintió muy pronto y había producido tiempo atrás discusiones y luchas internas. La expulsión de los judíos de Roma por el emperador Claudio (ca. 50), que determinó la salida de la ciudad de los esposos Aquila y Priscila, más tarde eficaces colaboradores de san Pablo, fue debida, según Suetonio, a disturbios entre los judíos, motivados por un cierto «Cresto». No es aventurado presumir que esta confusa noticia hace referencia a un enfrentamiento surgido en el seno de la comunidad, entre seguidores y enemigos de Cristo. Otra prueba de la frecuente relación existente por entonces en Roma entre judíos y cristianos, y a la vez de las tensiones que les enfrentaban, la hallamos en los Hechos de

los Apóstoles: al llegar a Roma en la primavera del año 61, Pablo se apresuró a convocar

a los primates de los judíos; a los tres días se reunió con ellos y, al término de la entrevista, «los judíos salieron, teniendo entre sí gran contienda» (Hch 28, 17 y 29). En fin, se sabe que los judíos de Roma tenían acceso a la casa imperial, pues gozaban del favor de Popea, entonces esposa ya de Nerón.

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3. La opinión pública, hostil al cristianismo

El incendio de Roma fue ordenado por Nerón. La impresión de que el fuego había sido intencionado se extendió por doquier, y el pueblo propagaba sin recato que el propio emperador era el autor moral del siniestro. Resultaba, pues, urgente encontrar unos responsables, sobre los que poder echar la culpa de la catástrofe, y en ese delicado momento parece verosímil que se produjera la intervención de elementos judíos de la comunidad romana. Es posible que por algunos miembros de esa comunidad se hiciera llegar hasta el entorno imperial la sugerencia de atribuir a los cristianos el incendio de la ciudad exculpando así a Nerón a los ojos de la plebe; sobre esos cristianos podría recaer sin inconveniente el duro castigo que exigía el clamor popular. Así se desencadenó la persecución de Nerón contra los cristianos, que seguramente quedó circunscrita a la ciudad de Roma. Los mártires fueron innumerables –una muchedumbre ingente, según Tácito– y se les hizo morir entre refinados tormentos: crucificados, arrojados a las fieras en el anfiteatro o convertidos en antorchas vivientes en los jardines vaticanos. Entre los mártires que dieron su vida en esta sangrienta persecución, en el otoño del año 64, parece seguro que figura el apóstol san Pedro.

La persecución neroniana constituyó una tremenda prueba para la Iglesia primitiva. Pero su gravedad fue todavía mayor si se tiene en cuenta que este dramático episodio condicionó gravemente y para varios siglos el futuro del cristianismo, de cara al Imperio y a la sociedad pagana. Los cristianos habían sido condenados como criminales, autores de un horrendo delito, y esta calumniosa tacha influyó decisivamente en la imagen del cristianismo y de los cristianos que se extendió por el mundo. Una eficaz propaganda y la maliciosa credulidad del vulgo contribuyeron a que se crease una opinión pública de acusado signo anticristiano. Vemos así cómo, a principios del siglo II para el historiador Tácito, el cristianismo era una «superstición detestable» y los cristianos, «enemigos del género humano». Sabemos que la fama popular les atribuía las más nefandas maldades: infanticidios, antropofagia y desórdenes morales de la peor especie. Sobre ellos circulaban las más burdas invenciones, como la de que adoraban a un crucificado con cabeza de asno, que ha dejado su huella plástica en el grafito descubierto en el Palatino. Todo esto era muy grave, porque echaba sobre los cristianos un sambenito infamante, que en los tiempos venideros sería mil veces causa de denuncias y también de persecuciones, no tanto promovidas por la autoridad como derivadas de algaradas y motines callejeros. Los cristianos, en fin, se convirtieron en el chivo expiatorio, sobre el que arrojaban las culpas de todos los infortunios y desventuras: «No hay calamidad pública –escribía irónicamente Tertuliano– ni males que sufra el pueblo de que no tengan la culpa los cristianos. Si el Tíber crece y se sale de madre, si el Nilo no crece y no riega los campos, si el cielo no da lluvia, si tiembla la tierra, si hay hambre, si hay peste, un mismo grito enseguida resuena: ¡los cristianos, a las fieras!».

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4. El cristianismo, «superstición ilícita»

Se ha discutido mucho acerca de si Nerón promulgó o no un edicto especial contra los cristianos –el llamado Institutum Neronianum–, que sirviera de fundamento legal a su persecución y a otras que vinieron más tarde. Parece que no se dio ninguna norma particular, sino que Nerón –y tantos emperadores y magistrados después– se limitaron a aplicar las viejas leyes que imponían a todos los súbditos la religión tradicional de Roma. Frente a esta religión, el cristianismo era un culto ilícito, una «superstición», según Tácito, «detestable»; según Suetonio, «nueva y peligrosa»; para Plinio el Joven, «perversa y extravagante». Por ello no estaba permitido ser cristiano, y el que lo fuese, en razón de ese solo hecho, era ya acreedor de la muerte. Pero se daba, además, otra circunstancia de mucho peso, que hacía inevitable el enfrentamiento entre el Imperio pagano y el cristianismo: el carácter absoluto de las exigencias de la religión de Cristo.

Roma, decíamos, fue liberal en admitir nuevas deidades y tolerante con los cultos extranjeros. Mas ninguno de ellos se alzaba frente a la religión oficial romana ni prohibía a sus secuaces participar en sus ritos. El cristianismo, en cambio, exigía a los fieles la exclusiva de la adoración religiosa, ya que el culto es un homenaje que tan solo puede rendirse a Dios. Pero he aquí que las ceremonias y manifestaciones públicas de la religión romana se consideraban también como actos con un valor simbólico en el orden político y la participación de los súbditos, como un deber cívico y un signo visible de fidelidad a Roma. Los cristianos no podían tomar parte en esas manifestaciones cívico-religiosas, y por esa razón se les tachaba de «ateísmo», la acusación que tan a menudo se formuló contra ellos. Los fieles eran mirados con recelo, se les consideraba como súbditos sospechosos y la religión que profesaban, como un peligro para el Imperio. Este planteamiento, como veremos, fue revistiendo mayor acritud a medida que se difundió el culto al emperador y se extremó la exigencia de que todos los súbditos participasen personalmente en el mismo.

Las viejas leyes y la opinión pública, la seriedad religiosa del cristianismo y la ambigüedad inaceptable que entrañaba el culto imperial fueron los principales factores que incidieron en el desarrollo de las persecuciones. Sería equivocado, sin embargo, imaginar una persecución continuada, que hubiera durado sin interrupción dos siglos y medio. La Iglesia conoció en esta época lapsos de paz, en los que pudo desarrollar públicamente sus actividades. Pero eran siempre períodos de tolerancia de facto, ya que la situación legal no había variado y el cristianismo seguía estando fuera de la ley. También hay que advertir que las persecuciones no siempre tuvieron carácter general ni se extendieron en cada ocasión a todas las regiones que formaban parte del Imperio. Muchas veces una oleada persecutoria era consecuencia de la agitación popular surgida en determinadas localidades o de la acción represiva de las autoridades de un territorio, y entonces sus consecuencias quedaban circunscritas a los límites del mismo. Las persecuciones de índole más general fueron aquellas que siguieron a edictos imperiales contra los cristianos. Examinemos cuál fue a grandes rasgos el desarrollo histórico de las persecuciones.

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Tras la persecución de Nerón, hay que llegar hasta finales del siglo i para tener noticia cierta de nuevas acciones emprendidas contra los cristianos; corresponden a la época de Domiciano, un tirano de infausta memoria. Hacia el año 95, el anciano apóstol san Juan hubo de sufrir destierro en la isla de Patmos, y parece que la prueba alcanzó a varias iglesias de Asia Menor. En Roma conocemos los nombres de personas ilustres que padecieron martirio: el cónsul Flavio Clemente, primo hermano del propio emperador, fue muerto a consecuencia de la típica acusación de «ateísmo», y su mujer Domitila, desterrada a la isla Pandataria. Es probable que la fe cristiana fuera también la causa de la ejecución de otro personaje insigne, el cónsul Acilio Glabrio.

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