1 «Dad al Cesar lo que es del Cesar»
XI. LA CONVERSIÓN DE LOS PUEBLOS BARBÁRICOS
4. La conversión de los francos
En los años de tránsito del siglo V al VI, cuando el arrianismo ejercía un predominio indiscutible entre los pueblos invasores germánicos, tuvo lugar un acontecimiento que estaba destinado a revestir trascendental importancia en la historia de la Iglesia: la conversión de los francos al catolicismo. Se trataba de un pueblo germánico que a mediados del siglo v ocupaba territorios del noreste de la Francia actual, como federado de los romanos. Tras la caída del Imperio de Occidente, los francos se fueron extendiendo hacia el interior de las Galias, avanzando hacia el mediodía y el oeste. El pueblo franco, a diferencia de otros muchos, permanecía pagano cuando, en el año 482, comenzó a reinar un joven monarca, Clodoveo. La Galia se hallaba entonces sometida a varios poderes, siendo los principales los dos reinos barbáricos, de visigodos y burgundios, arrianos ambos y que dominaban la mayor parte del territorio. La población galo-romana no sentía ninguna inclinación por estos dominadores heréticos y consideraba como sus jefes naturales a los obispos, muchos de los cuales tuvieron en esta época una fuerte personalidad y que a menudo pertenecían a ilustres familias senatoriales romanas o procedían de ambientes monásticos.
Clodoveo, desde su ascensión al trono, fue acogido con clara simpatía por el influyente episcopado galo-romano. San Remigio, obispo de Reims, le dirigió una carta escrita en tonos muy amistosos, que atestiguan la esperanza que la Iglesia tenía puesta en el nuevo rey, todavía pagano. A partir de entonces, una serie de acontecimientos jalonan el camino seguido por Clodoveo hasta la conversión: el matrimonio con una princesa católica de Borgoña, Clotilde; el bautizo de los hijos del matrimonio y, finalmente, la «señal del Cielo»: en el año 496, francos y alamanes se enfrentaban en la sangrienta batalla de Tolbiac. El ejército franco estaba a punto de ser vencido, y en esa hora de angustia, Clodoveo invoca a Jesucristo, «que Clotilde proclama el Hijo de Dios vivo», y promete hacerse bautizar si, como signo, le otorga la victoria sobre sus enemigos. Súbitamente cambia la suerte del combate: los alamanes retroceden, su rey muere en la lucha y todo el ejército enemigo se rinde ante los francos. Clodoveo cumplió su promesa y recibió el bautismo en una fecha que no puede precisarse con absoluta certeza: el 25 de diciembre de un año alrededor del 500. Un importante grupo de guerreros del séquito regio –3.000, según Gregorio de Tours– siguieron el ejemplo de su jefe y recibieron también el bautismo.
La conversión de Clodoveo tuvo una inmensa resonancia entre la población católica de la Galia y aun de todo el Occidente: era el primer monarca germánico que abrazaba el catolicismo. San Avito, obispo de Vienne, que pertenecía, además, a la más encumbrada aristocracia galo-romana, dirigió a Clodoveo una carta entusiasta: vestra fides nostra
victoria est –vuestra fe es nuestra victoria, le decía–; y añadía con profética visión que
desde ahora el emperador oriental ya no sería el único soberano católico: Occidente tendría el suyo. La conversión de Clodoveo también influyó, sin duda, en la actitud del más prestigioso prelado del sur de las Galias, san Cesáreo de Arlés, y en la que hubo de adoptar el episcopado y la población galo-romana bajo dominio visigótico, cuando se
produjo el enfrentamiento decisivo entre francos y visigodos. Es evidente que saludaron con gozo la victoria obtenida en Vouillé (507) por el católico Clodoveo sobre el arriano Alarico II, victoria que arruinó el Reino visigodo de Tolosa y extendió hasta los Pirineos el Reino franco.
La Iglesia merovingia, tras el bautismo de Clodoveo, emprendió la evangelización de las tribus francas, una tarea que exigió largo tiempo y se prolongó hasta mediados del siglo VII. En esta labor destacaron varios obispos del noreste de la Galia, entre los cuales el más famoso fue san Amando (594-684), apóstol de Bélgica y del norte de Francia, que tuvo todavía arrestos para dedicar una parte de su actividad pastoral a la cristianización de los lejanos vascones. En el siglo VII, los obispos evangelizadores fueron eficazmente auxiliados por equipos de monjes formados en la tradición irlandesa traída a la Galia por san Columbano. Durante el siglo VI se celebraron cuatro concilios nacionales francos y, entrado ya el siglo vii, otro concilio, el de París del año 614, que fue el más importante. A partir de este momento, y por mucho tiempo, se interrumpió la celebración de los grandes concilios, un síntoma más del deterioro que experimentaba la calidad del episcopado, como consecuencia de la creciente barbarización de la sociedad. En el siglo VI habían brillado todavía escritores, como el obispo y gran historiador de los francos Gregorio de Tours (538-594?) o el poeta Venancio Fortunato –nacido en Italia, pero enraizado luego en la Galia–, autor de una importante producción en verso y prosa, entre la que destacan himnos litúrgicos tan famosos como el Pange lingua o el Vexilla Regis; mas, en el siglo VII, la cultura eclesiástica decayó sensiblemente. En fin, la influencia céltica se dejó sentir en la Iglesia merovingia. San Columbano fundó Luxeuil y otros monasterios, a través de los cuales las observancias monásticas irlandesas penetraron en las Galias y establecieron simbiosis con los usos galicanos y con la Regla de San Benito. Los celtas trajeron también consigo sus famosos libros penitenciales, que alcanzaron considerable éxito en el continente.