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El patriarcado de Focio y la Iglesia universal

1 «Dad al Cesar lo que es del Cesar»

XIV. LA IGLESIA GRIEGA HASTA EL CISMA DE ORIENTE

5. El patriarcado de Focio y la Iglesia universal

El simple enunciado cronológico de los hechos que acabamos de hacer permite entrever todo un mundo de apasionamientos eclesiásticos y de tensiones humanas que constituirían el entramado de aquellos acontecimientos. Aquí interesa tan solo considerar las grandes repercusiones que esa página de la historia del patriarcado de Constantinopla tuvo en relación con la Iglesia universal y que afectó de manera considerable al futuro cristiano del Oriente bizantino. El Pontificado romano se vio involucrado en estas disputas, por razón de su primacía, que le convertía en juez supremo de los asuntos mayores de las iglesias y también por los problemas que surgieron en estos años entre Roma y Constantinopla, a propósito de Bulgaria y de la Iliria. Los dos bandos en pugna acudieron en diversas ocasiones a Roma, solicitando el apoyo del Papa en favor de sus derechos o pretensiones. Los ignacianos, en especial, durante el primer patriarcado de Focio recurrieron al papa Nicolás I, que sin duda consideraba a Ignacio como legítimo titular de la sede de Constantinopla y estimaba, por tanto, que eran irregulares tanto su deposición como la entronización de Focio en su lugar.

La actitud favorable a Ignacio del papa Nicolás I, verdadero patriarca a su juicio, y contraria a la usurpación de Focio, dio lugar por parte de este a una violentísima réplica, que resulta difícil justificar, pese a las tentativas de modernos historiadores católicos de reivindicar la ortodoxia del famoso eclesiástico bizantino. La postura de Focio fue entonces una abierta declaración de guerra a la Iglesia latina. En un documento solemne, la encíclica dirigida por él en el año 867 a todas las sedes del Oriente, presenta a los misioneros romanos de Bulgaria como unos «hombres execrables» venidos de Occidente, el «país de las tinieblas». Y Focio, consciente sin duda de que con ello abría un abismo entre griegos y latinos, desempolvó la cuestión del Filioque, condenó su adición al símbolo de la fe por la Cristiandad latina y lanzó la acusación de herejía sobre la Iglesia occidental. Obrando así, es evidente que Focio infería una herida muy grave a la causa de la unidad cristiana; en adelante, las diferencias entre griegos y latinos ya no serían tan solo disciplinares o litúrgicas: habría también divergencias dogmáticas, disparidad en la fe.

En el verano de aquel mismo año 867, Focio fue todavía más lejos y realizó unos hechos de gravedad excepcional: reunió un concilio en Constantinopla que fulminó la excomunión y el anatema contra el papa Nicolás I, le declaró depuesto del Pontificado y exhortó al emperador occidental Luis el Germánico a que cumplimentara esas resoluciones y expulsase a Nicolás de la cátedra papal. La primera deposición de Focio, ocurrida pocos meses más tarde, dio un nuevo giro a los acontecimientos. Bajo el segundo patriarcado de Ignacio, de octubre del 869 a febrero del 870, se reunió un concilio en Constantinopla, que la Iglesia católica considera como el octavo de los ecuménicos. En él, Focio fue condenado y la Iglesia griega hizo un solemne reconocimiento del Primado romano. Pero, a la muerte de Ignacio –como vimos–, Focio ascendió otra vez al patriarcado y el emperador solicitó del papa Juan VIII el reconocimiento del nuevo patriarca. Desaparecido ya Ignacio, el Pontífice accedió a ese

ruego y dio su conformidad a la elevación de Focio, siempre que este se excusase de su conducta anterior y aceptase varias condiciones que quedaron incumplidas. Pese a ello, la comunión entre el Pontificado y la Iglesia bizantina no se rompió formalmente durante el segundo período patriarcal de Focio, aunque las relaciones fueron siempre distantes y frías.

De lo dicho hasta aquí puede deducirse cuán grande fue la influencia que ejerció Focio sobre el destino de la Iglesia griega. La huella que dejó en ella fue muy profunda y tuvo consecuencias perdurables. Durante siglos, Focio sería presentado como símbolo de las diferencias entre griegos y latinos, y la razón quizá esté en que nadie como él encarnó las genuinas esencias del espíritu bizantino. Focio fue un sabio eminente, con una vasta cultura profana y teológica. Su carrera eclesiástica sufrió los altibajos inherentes a las veleidades políticas del Imperio oriental, pero no hay duda de que con él estuvo la mayor parte del episcopado griego de su época. Mas el balance de su obra, como patriarca y como teólogo, resultó claramente negativo para la historia de la Iglesia universal.

Nadie como Focio contribuyó al alejamiento espiritual entre las Iglesias griega y latina. Frente al Primado romano ya se vio cuál fue su injustificable conducta con el papa Nicolás I, conducta de la que jamás quiso excusarse. En la actitud de Focio parece latir una ardiente pasión antipapal, que se deja traslucir, por ejemplo, en la Collectanea, donde recogió cuanto, a su juicio, había de faltas y errores en la historia de los Pontífices romanos. En el aspecto doctrinal, es evidente la gravedad que tuvo la acusación de herejía lanzada sobre la Iglesia occidental por la adición del Filioque al Símbolo de la Fe. Y que ello no fue solo un gesto circunstancial lo demuestra el hecho de que, privado ya definitivamente del patriarcado, Focio dedicase los últimos años de su vida a componer la

Mystagogia del Espíritu Santo, un tratado destinado a refutar la doctrina teológica de los

latinos. En fin, la conclusión a que puede llegarse es que, como consecuencia de todos esos acontecimientos, la unidad de la Iglesia quedó irreparablemente comprometida. Focio contribuyó más que nadie a preparar los ánimos para el futuro cisma y, cuando este llegó, sus obras se convirtieron en inagotable arsenal para la polémica antilatina. Su figura histórica sería también en el futuro la genuina personificación del espíritu eclesiástico de Constantinopla.