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Los Padres de la Iglesia de Occidente

1 «Dad al Cesar lo que es del Cesar»

IX. LA EDAD DE LOS PADRES Y LA FORMULACIÓN DEL DOGMA TRINITARIO

3. Los Padres de la Iglesia de Occidente

La crisis arriana del siglo IV sacudió con violencia la parte oriental del Imperio. En Occidente, su repercusión fue menor y tan solo san Hilario de Poitiers aparece como figura de primera fila en la defensa de la ortodoxia católica, con un importante tratado sobre la Trinidad. Pero la serie de los grandes Padres occidentales se abre propiamente con san Ambrosio, gobernador primero y luego obispo de Milán (333-397). San Ambrosio fue, sin duda, uno de los hombres más influyentes de su época, que vivió en el epicentro mismo de la historia de aquel tiempo y actuó como protagonista en varios episodios trascendentales. Por eso su importancia deriva, mucho más que de los escritos, de su personalidad y de sus obras memorables. Ambrosio influyó poderosamente en la conversión de san Agustín, y en las difíciles circunstancias por que atravesaba el Imperio Romano le tocó respaldar con su ayuda y su consejo a varios emperadores: a Graciano, que le veneraba como a un padre; a Valentiniano II, asesinado a los veinte años, cuyas exequias celebró en 392, a Teodosio, a quien tuvo que excomulgar por un pecado de gobernante, la matanza de Tesalónica, pero que fue su amigo y a cuya muerte pronunció la oración fúnebre. El prestigio de san Ambrosio fue tanto que trascendió hasta lejanas iglesias y se comunicó a su propia sede de Milán –la iglesia ambrosiana– que alcanzó una posición de preponderancia en toda la Italia del norte.

La Sagrada Escritura, en la época de los Padres, tuvo su más ilustre cultivador en San Jerónimo (342-420). Dálmata de origen, Roma y Belén fueron sucesivamente los principales escenarios de su vida. Historiador en las Crónicas, biógrafo en los Varones

ilustres, director espiritual o polemista en la correspondencia, san Jerónimo fue, por

encima de todo, el gran traductor y comentarista de la Escritura. Poseía una inmensa erudición y conocimientos lingüísticos que resultan asombrosos para aquellos tiempos: dominaba a la perfección latín, griego y hebreo y, en menor grado, las lenguas caldea y aramaica. San Jerónimo realizó una labor de revisión de gran parte de la «Itala», la versión latina de la Biblia entonces más en uso; pero su obra máxima fue la traducción de numerosos libros de la Biblia, directamente del hebreo o el arameo al latín, traducción que dio lugar al texto que se conoce con el nombre de la «Vulgata». El concilio de Trento, sobre la base del legítimo y tradicional uso de la Iglesia, declaró la autenticidad de la «Vulgata», lo cual equivale a decir que, en materia de fe y costumbres, esta versión de la Biblia se halla enteramente inmune de cualquier error.

San Agustín (354-430) fue sin duda el más genial de los Padres de la Iglesia de Occidente y una de las figuras clave en toda la historia de la teología cristiana. Su obra escrita es ingente y abarca, además, una amplísima gama de materias y géneros literarios. La historia de su vida, especialmente su conversión, queda en buena parte recogida en la autobiografía espiritual, que lleva por título las Confesiones y constituye una de las joyas de la literatura universal de todos los tiempos. San Agustín contempla también el mundo que le rodea, y se interroga acerca del significado que pudieran tener los turbadores acontecimientos de su época: la rueda maestra del mundo antiguo, el Imperio Romano que ahora era un Imperio cristiano, se hallaba en trance de muerte, agotadas sus fuerzas

y a punto de ser abatido por el vendaval de las invasiones bárbaras. Los paganos presentaban las desgracias de Roma como señal divina, como un castigo de los dioses airados contra ella por el abandono de la vieja religión. Muchos espíritus, impregnados por la civilización antigua e imbuidos de la idea de la «eternidad» de Roma estaban conturbados. ¿Cuál podría ser, en verdad, el sentido providencial de los tiempos, cuáles los misteriosos designios de Dios? San Agustín, para responder a este gran interrogante, escribió la Ciudad de Dios, un inmenso ensayo de teología de la historia que es, a la vez, una obra maestra de la apologética cristiana.

San Agustín, en homilías o comentarios escritos, hizo la exégesis de los diversos libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Pero la principal contribución a la elaboración de la doctrina teológica se encuentra, sobre todo, en sus obras de carácter dogmático o polémico. El extenso tratado acerca De la Trinidad es el más importante de sus tratados doctrinales y representa un capítulo fundamental en la elaboración de la doctrina trinitaria. En otros tratados o escritos de controversia, san Agustín desarrolló muchos temas esenciales de la doctrina católica: la fe y las buenas obras, la gracia, la predestinación, el matrimonio, la teología sacramental, etc. No hay aspecto de la ciencia de Dios que sea orillado en la obra enciclopédica de san Agustín. En verdad puede afirmarse que, cuando, en el año 430, la vida mortal de Agustín llegaba a su término en Hipona, su ciudad episcopal sitiada por los vándalos, la teología había dado un inmenso avance y en la Iglesia se había producido un enriquecimiento doctrinal, del que se beneficiarían ampliamente las edades futuras.

Dos Padres de la Iglesia que fueron Pontífices romanos deben todavía mencionarse para cerrar la serie de los grandes Padres occidentales: San León y san Gregorio. A los dos les ha llamado la Iglesia con el apelativo de Magno, que no volveremos ya a encontrar admitido con unánime consenso en toda la historia del pontificado. León I contribuyó decisivamente a la elaboración de la teología del Primado romano y a su fundamentación doctrinal, no sobre razones temporales de conveniencia, como sería la capitalidad imperial de Roma, sino sobre la base inconmovible del conferimiento del Primado a Pedro, roca sobre la que se asienta la Iglesia, cuya sucesión y oficio corresponde al Papa, Vicario de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. San León tuvo también una participación principal en la formulación del dogma cristológico y su doctrina sobre las dos naturalezas en Cristo, contenida en la carta que dirigió al obispo Flaviano de Constantinopla, fue adoptada como regla de fe por el concilio de Calcedonia. El último de los grandes Padres de Occidente fue san Gregorio Magno (540-604). Gregorio, Papa desde el año 590, emerge como una figura excepcional que rompe la tónica de oscuridad que tuvo durante siglos la historia del Pontificado. No puede, por tanto, sorprender que la Edad Media le considerara como el gran maestro y que sus escritos alcanzaran difusión y popularidad grandísimas. El epistolario de san Gregorio es inmenso, prueba de una incansable actividad y sus cartas se dirigen a destinatarios esparcidos por todas las regiones del orbe cristiano. La Exposición sobre el libro de Job, pronto conocida por los

Morales, y los Diálogos fueron obras leídas por toda la Cristiandad occidental. Una

muestra del prestigio de san Gregorio la tenemos en el célebre viaje que medio siglo

después de su muerte hizo a Roma Tajón de Zaragoza, con el exclusivo objeto de copiar varios de sus escritos que todavía no se conocían en España. El nombre de Gregorio Magno ha quedado también inscrito para siempre en la historia de la Liturgia, que le recuerda como el organizador del canto gregoriano.