1 «Dad al Cesar lo que es del Cesar»
XIII. LA IGLESIA EN LA EUROPA FEUDAL
6. El Sacro Romano Imperio
Mientras el Pontificado romano vivía los tiempos más oscuros del siglo de hierro, en Alemania se producían acontecimientos destinados a ejercer una profunda influencia en el futuro de la Cristiandad y de la propia Iglesia universal. Extinguidas las últimas secuelas del pasado carolingio, los duques de las diversas naciones germánicas eligieron como rey de Alemania a Enrique I, duque de Sajonia. De este modo, en el año 919, se restauraba la realeza germánica en la persona de un príncipe descendiente de Windukindo, el héroe nacional de los sajones en su lucha contra Carlomagno, y se ponían las bases de la estructura política que iba a ser durante muchos siglos piedra angular de la Cristiandad occidental.
La gran empresa iniciada por Enrique fue proseguida y rematada felizmente por su hijo y sucesor Otón I (936-973). Este monarca tuvo para la historia europea una importancia semejante a la que había tenido Carlomagno siglo y medio antes. Sus campañas victoriosas contra los pueblos vecinos magiares y eslavos que, como veremos, fueron factor importante de su cristianización, determinaron que los nuevos reinos que aquellas naciones constituyeron rindieran vasallaje al monarca alemán. Otón, por otra parte, trató de reforzar la constitución política del reino, haciendo más estrecha la vinculación a la Corona de los diversos ducados nacionales que integraban la monarquía germánica. Pero el fortalecimiento del Poder real lo procuró, sobre todo, a través de una íntima colaboración de la Iglesia en los negocios públicos del reino. Los grandes eclesiásticos habrían de ser, en el pensamiento político de Otón, la clave de la estabilidad de la monarquía germánica. Los poderosos príncipes que se hallaban al frente de los ducados nacionales –Suabia, Baviera, Franconia, Austria, Lorena, etc.– o de otros grandes dominios que formaban parte de Alemania podían en un momento dado ser factores de disgregación y dejarse arrastrar por tendencias más o menos secesionistas. El oportuno contrapeso lo buscó Otón en los obispos y abades germánicos, que resultaban particularmente útiles para la monarquía, porque no transmitían sus cargos por herencia ni era tampoco fácil que incurrieran en tentaciones separatistas. Por esta razón, Otón I entregó importantes feudos y prerrogativas señoriales a los prelados para que se convirtiesen en príncipes eclesiásticos, que ejercieran funciones políticas junto a las pastorales y compartieran con los príncipes seculares el poder social y la alta dirección de los negocios del reino. El monarca se reservaba, naturalmente, una intervención primordial en la provisión de obispados y abadías, con el fin de que las ocupasen individuos idóneos para la doble función espiritual y temporal que les correspondía y que fueran, además, de probada fidelidad a la Corona. Tal era, a grandes rasgos, lo que se ha llamado «sistema otoniano», que integraba a los príncipes eclesiásticos en la organización pública del Reino germánico y que, como se verá más adelante, haría especialmente complejo en Alemania el problema de las investiduras.
El Imperio representó el coronamiento del gran designio político de Otón I. No se había borrado de la memoria de los pueblos el recuerdo del Imperio de Carlomagno, pese a su larga decadencia y a que el título imperial no se otorgaba ya desde principios del
siglo X. Tampoco los Papas, acechados por tantos riesgos como les amenazaban en plena edad de hierro, habían olvidado las funciones de protectores que los emperadores desempeñaban en otro tiempo. Juan XII –un vástago de la familia de Teofilacto– se encontraba en situación comprometida, y la circunstancia fue aprovechada por los partidarios de la reforma eclesiástica, que no faltaron en la Curia ni en los peores momentos, para decidir al Papa a solicitar la ayuda de Otón. Este acudió a Italia al frente de un ejército, socorrió al Pontífice y el 2 de febrero del año 962 el Papa coronó solemnemente en San Pedro a Otón I y a su mujer Adelaida. Restaurado así el Imperio, Otón otorgó el llamado Privilegium Ottonianum por el que confirmaba las donaciones territoriales hechas a la Iglesia romana por Pipino el Breve y Carlomagno. Pero restableció a la vez los derechos soberanos contenidos en la Constitución romana de Ludovico Pío del año 824, en virtud de los cuales el emperador ejercía una función de vigilancia sobre la administración de los territorios de la Iglesia romana y, más todavía, controlaba las elecciones pontificias, ya que ningún nuevo Papa habría de ser consagrado hasta prestar juramento de fidelidad al emperador.
La coronación de Otón I significaba una renovatio Imperii –renovación del Imperio cristiano de Occidente– y también una translatio Imperii, transferencia del Imperio de los reyes francos que antes lo detentaron a sus nuevos titulares, los reyes de Alemania. El monarca alemán, al ser elegido por los príncipes, tomaba el título de «rey de los romanos» y se convertía en candidato único al Imperio. Pero la dignidad imperial la recibía formalmente en la coronación por el Papa, que era el único poder sobre la tierra capaz de conferirla. La Edad Media consideró el Imperio como la forma política básica de la Cristiandad. La comunidad de pueblos y naciones que integraban la sociedad cristiana venía a constituir un «cuerpo místico», cuyas cabezas eran el Papa y el emperador, cada uno de los cuales poseía la suprema potestad en el orden espiritual y en el temporal. La armonía entre ambos poderes era la clave del buen orden de la Europa medieval, aunque en la realidad histórica de los siglos sucesivos fueron frecuentes los enfrentamientos que contribuyeron a destruir el sistema de la Cristiandad. Por otra parte, el emperador era el soberano temporal de la Cristiandad, con un poder de naturaleza superior al de los reyes y príncipes; pero de hecho los emperadores ejercieron tan solo una cierta primacía y una función directiva sobre los demás reinos cristianos, salvo aquellos que les estuvieron ligados por una especial relación de vasallaje.
Es cierto que Otón III (984-1002) forjó proyectos grandiosos y alentó mucho más vastas aspiraciones. Este monarca, hijo de Otón II y de la princesa bizantina Teófano, en cuyas venas se mezclaba la sangre de los emperadores germánicos y de los emperadores de Oriente, fijó su residencia en Roma y concibió el designio de constituir un Imperio universal. Pero este designio no había de sobrevivirle, y el definitivo asentamiento territorial del Imperio sería Alemania y una parte de la península italiana. Pese a ello, el Imperio fue la gran realización ideológica de la Europa medieval. Más o menos bien, el sistema político de la Cristiandad, fundado sobre los dos supremos poderes del Pontificado y del Imperio, vertebró la Cristiandad occidental hasta la segunda mitad del siglo XIII. El ideal del Imperio y el prestigio de la dignidad imperial subsistieron mucho
más tiempo. Carlos V, en pleno siglo XVI, fue el último emperador coronado por el Papa y el último, también, en tener plena conciencia de su misión de defensor de una Cristiandad que se deshacía. El título de emperador romano-germánico sobrevivió aún hasta su supresión por Napoleón, a principios del siglo XIX.