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El Pontificado romano y el Occidente cristiano

1 «Dad al Cesar lo que es del Cesar»

VIII. LOS ÓRGANOS DE LA AUTORIDAD

7. El Pontificado romano y el Occidente cristiano

La época que comienza con la cristianización del Imperio Romano fue de excepcional importancia para la historia del Primado. Hasta entonces, los Papas habían vivido a menudo en condiciones que hacían de hecho difícil un ejercicio de su autoridad suprema, que llegase a todas las iglesias del orbe cristiano. Ahora las circunstancias fueron más propicias y los Papas pudieron actuar con mayor libertad, tanto en los negocios de la Iglesia universal como en otros asuntos propios de las distintas iglesias particulares. Mas sería un error –como veremos– pensar que el ejercicio del Primado romano siguió una continua línea ascendente, sin conocer quiebras ni retrocesos. En el curso de los siglos siguientes, en la Cristiandad occidental surgieron situaciones históricas que dificultaron la acción del Papado en las iglesias y determinaron eclipses, no de la doctrina sobre el Primado, pero sí de su ejercicio efectivo. En cuanto al Oriente cristiano, su postura ante la Sede romana ofreció características peculiares, que examinaremos oportunamente.

El Primado de Roma sobre la Iglesia universal tenía un fundamento dogmático que los Papas, a partir del siglo IV, se esforzaron por definir con la mayor claridad. San Dámaso (366-384), san León I (440-461), Gelasio (492-496) y san Gregorio Magno (590-604) figuran entre los principales expositores de esta doctrina, cuya formulación fue estimulada –como dijimos– por las crecientes aspiraciones de los Patriarcas de Constantinopla. No se funda la primacía romana –afirman los Papas– sobre una razón de orden político, como sería la capitalidad del Imperio, que constituía el argumento que ahora alegaban los obispos de la nueva Roma en favor de su preeminencia. El fundamento de la primacía romana está en la Sagrada Escritura, en el conferimiento del Primado a Pedro (Mt 16, 18), del que los Papas son legítimos sucesores. Por eso, los Obispos de Roma tienen en la Iglesia a través de los siglos aquella autoridad única y singular que Cristo concedió exclusivamente al Príncipe de los Apóstoles. Tan solo al Papa correspondía la sollicitudo omnium ecclesiarum –la cura pastoral sobre toda la Iglesia– y solamente él tenía la potestad suprema necesaria para su ejercicio. Los títulos expresan significativamente esta posición singular del obispo de Roma. A él se reservó la expresión «Papa», que antes había sido aplicada también a otros obispos; los Pontífices se intitularon «vicarios de san Pedro», «vicarios de Cristo», para significar la naturaleza de su Primado universal. Cuando, a fines del si​glo vi, el obispo de Constantinopla comenzó a usar el ostentoso título de «Patriarca Ecuménico», Gregorio Magno, en manifiesta réplica, añadió a los títulos del obispo de Roma el humilde calificativo de «Siervo de los siervos de Dios».

Desde el siglo IV, los Pontífices romanos ejercieron activamente su primacía sobre las iglesias de Occidente. Fueron muy numerosos los asuntos planteados ante la Sede romana y que los Papas resolvieron por medio de «cartas decretales». Frecuente fue, también, el envío por el Papa de legados –presbíteros o diáconos de la Iglesia romana–, para hacer llegar eficazmente la autoridad pontificia a las diversas iglesias. Especial significado tuvo la creación en el siglo v de dos Vicariatos apostólicos, uno en Arles, sede del Prefecto del pretorio de las Galias, y otro en Tesalónica, destinado este a afirmar la

autoridad romana sobre la región fronteriza de la Iliria, que se disputaban Oriente y Occidente. En los últimos años del siglo V y principios del VI, los Papas designaron también vicarios apostólicos a título personal a tres obispos de Hispania.

Mas, como advertimos antes, el ejercicio del Primado romano cerca de las iglesias de Occidente no siguió una línea de progreso continuo. Una etapa ascendente se inició con el papa san Dámaso y alcanzó hasta bien entrado el siglo VI, comprendiendo el pontificado de san León I y el Renacimiento Gelasiano. Se llama así a un período de florecimiento de la Iglesia romana, que tuvo lugar mientras la península italiana se hallaba bajo la égida del rey ostrogodo Teodorico el Grande. Durante este tiempo, desarrolló su actividad en Roma el célebre monje escita Dionisio el Exiguo, que introdujo la Era Cristiana como sistema de cómputo temporal y recopiló las colecciones canónicas que se conocen por eso con el nombre de dionisianas. Pero el Renacimiento Gelasiano terminó bruscamente, cuando al final del pontificado de Hormisdas (514-523) se abrió en Italia una época difícil y turbulenta, que restringió sobremanera la acción de los Papas cerca de las iglesias particulares de Occidente. La Guerra gótica, que exterminó a los ostrogodos, terminó con la conquista de Italia por Justiniano, que colocó a Roma dentro del ámbito político del Imperio de Oriente. El resultado fue un debilitamiento de las relaciones entre la Sede romana y las principales iglesias occidentales, la visigótica y la franca. Salvo el intervalo excepcional que supuso el pontificado de Gregorio Magno, Roma quedó sensiblemente aislada del Occidente cristiano durante la mayor parte de los siglos VI y VII.

Los Papas tuvieron también importantes intervenciones en los grandes acontecimientos políticos que marcaron el tránsito de la Antigüedad al Medievo. Baste recordar, a título de ejemplo, el gesto de León I al salir al encuentro de Atila, que salvó a Italia de la invasión de los hunos (452), o su conducta a la hora del asalto de Roma por el rey vándalo Genserico. En otros momentos, los Papas se encontraron en difícil situación entre los ostrogodos arrianos dominadores de Italia y los emperadores católicos de Oriente. Cuando, desde finales del siglo VI, se debilitó el dominio bizantino, Gregorio Magno y los Papas de su época tuvieron que proteger el país y sus poblaciones frente a la amenaza permanente de los ducados longobardos de la Italia central.