CAPÍTULO GENERAL 2006
INSTITUTO DE HERMANOS DEL SAGRADO CORAZÓN.
EUCARISTÍA DE CLAUSURA. HOMILÍA.
29 de octubre de 2006
Jer 31, 7–9; Heb 5, 1–6; Mc 10, 46–52.
Muy queridos Hermanos: el relato evangélico del mendigo ciego resume muy bien lo que somos como personas y lo que somos como Instituto.
Peregrinos de esperanza.
Somos peregrinos de esperanza. El Capítulo nos invita a emprender “una peregrinación de esperanza por el camino de la comunión”.
Como les decía a mis Hermanos de Colombia en la última circular, “ser personas es ser seres frágiles, por la contingencia del tiempo y por la propia limitación personal. Es estar lanzados permanentemente a un futuro incierto.”.1
El evangelio de hoy nos relata la curación del ciego de Jericó. El mendigo ciego está sentado a la orilla del camino. Lo imaginamos cansado, pobre y bastante decepcionado de la vida. Descansa de la fatiga del diario mendigar. La necesidad es mucha. Es grande y dolorosa la pobreza.
Nosotros, los Hermanos, los educadores seglares, los niños y jóvenes, las familias, las personas que están a nuestro lado, la humanidad, sentimos con frecuencia la fatiga, el cansancio, el dolor y la pobreza. Y nos llegan tentaciones que amenazan nuestra esperanza.
“Al ir iban llorando, llevando la semilla”2
Hermanos, nosotros también llevamos la semilla con llanto. Lloramos al ver un mundo que abandona a Dios, en el que impera el egoísmo, el materialismo, el consumismo y la indiferencia hacia los que sufren. Lloramos al reconocer que, llamados a ser hombres de Dios, descuidamos nuestra relación filial con el Padre, la relación íntima con Jesús Hermano, las relaciones interpersonales con nuestros Hermanos y la construcción de una comunión sólida entre los Hermanos y colaboradores en la misión. Lloramos al reconocer que nuestra vida religiosa, llamada a ser fuego, transcurre a veces por caminos de desencanto.
Hermanos de Cristo, profundamente unidos a Él, primogénito entre
muchos hermanos. (Rom 8, 29)
3Sigamos el relato del Evangelio. El ciego siente que se acerca una gran muchedumbre. Ha oído hablar de Jesús y sospecha que es Él quien camina en medio de la gente. Ha intuido que Jesús es una persona extraordinaria, que no es un hombre cualquiera, que es el Mesías, el esperado, el Hijo de David. A medida que se acerca la multitud, aumenta su seguridad de que es Jesús quien viene a su encuentro. Y la esperanza comienza a nacer en él.
La necesidad, la fatiga, el dolor, es el lugar de la esperanza. La chispa que la enciende es el reconocimiento de nuestra pobreza y de la grandeza del amor del Padre. “Yo soy un Padre para Israel, Efraín es mi primogénito”4
, leemos en la primera lectura de hoy. Descubrimos el amor del Padre en nuestro “encuentro íntimo con Jesús Hermano, que quiere llenarnos de su compasión salvadora”5
, como hemos afirmado en el Capítulo. El encuentro con Jesús es el motor de la esperanza. Y para decirlo todavía mejor: “Jesús es nuestra esperanza”.
La espera sin ilusión del ciego Bartimeo se convierte en esperanza. El ciego empieza a ver la vida con optimismo, le vuelve la alegría al corazón, siente que le va a cambiar la vida porque Jesús se hace presente.
El ciego siente que Jesús está cada vez más cerca porque el bullicio de la gente va aumentando. Este bullicio en aumento es para él un signo de esperanza. Nosotros, Hermanos del Sagrado Corazón, a pesar de nuestras fragilidades y de que, en ocasiones, nuestros esfuerzos parecen estériles, encontramos, como el ciego, signos de esperanza: la
2 Sal 125, 6. 3
VC 60
4 Jer 31, 9
revitalización del Carisma de Andrés Coindre en el Instituto, los esfuerzos por la pastoral vocacional y la formación, el aumento de la solidaridad en el Instituto… Jesús se hace presente en nuestra vida a través de estos y otros hechos.
Bartimeo, con una esperanza creciente en su corazón comienza a gritar: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”6
. A pesar de que quieren acallar su voz, sigue gritando cada vez más fuerte: “Jesús, Hijo de David…”. Hermanos, vivimos en un mundo que nos predica que la salvación del hombre está en él mismo: en el dinero, en tener cosas, en el poder, en el placer, en el egoísmo... En esta situación, la esperanza nos anima a seguir insistiendo que Jesús es nuestro Hermano y nuestra única salvación. En un mundo en el que abunda la increencia y la indiferencia religiosa, la esperanza nos anima a buscar nuestra riqueza en los tesoros del Corazón de Jesús, puerta abierta del Amor del Padre; la esperanza nos anima a ser hombres de Dios, a dejarnos encontrar por Él, a convertirnos permanentemente a Él, día tras día.
Ante la insistencia del ciego, Jesús se detiene y dice: “¡Llámenlo!” Y prosigue el Evangelio: “Llamaron al ciego diciéndole: „Tenga confianza, levántese, Él lo llama‟. Y él, desprendiéndose de su manto, dio un salto y llegó a Jesús”7
.
Centremos nuestra mirada en el ciego Bartimeo: siente que lo llaman, se desprende de su manto, y dando un salto se acerca a Jesús. Su forma de actuar indica su disposición para comenzar una nueva vida. Se desprende de su manto de mendigo, salta de alegría porque su desventura está a punto de terminar, se acerca a Jesús.
Hermanos, como seguidores de Jesús, vivimos la esperanza en un proceso continuo de conversión. También nosotros debemos arrojar el manto de nuestras seguridades, de nuestra comodidad, de nuestra rutina, de nuestra vida sin ilusión ni generosidad, de nuestro activismo, de nuestro deseo de prestigio, de nuestro afán de tener, de nuestras relaciones rotas por el egoísmo… La vida cristiana es gracia del Señor que nos llama a la conversión. Y la conversión requiere, de nuestra parte, la vía “de la ascesis para “orar en espíritu y verdad” (RdV 132, 134, 140)8, como ha dicho nuestro Capítulo. Peregrinar en esperanza por el camino de la comunión exige un especial cuidado de nuestra vida espiritual, o, en palabras, del Capítulo, “la bajada a la vida interior”.
6
Mc 10, 48.
7 Mc 10, 49.50.
Hermanos entre sí por el amor mutuo
9.Hermanos, el Capítulo nos lo ha dicho: peregrinar en la esperanza es abrirnos al “encuentro íntimo con Jesús Hermano”, en el que experimentamos el amor del Padre.
Nuestra espiritualidad centrada en el Corazón de Jesús tiene también una dimensión fraterna. La vivimos no solamente por nuestra relación íntima con el Corazón de Dios sino también por nuestra vida fraterna auténtica, generadora de vida y atractiva “para los demás y para los jóvenes en búsqueda vocacional”10
, como ha dicho el Capítulo.
La primera lectura nos invita al gozo y a la alegría porque Dios salva al pequeño resto de Israel. Y esta salvación se presenta como reunión del Pueblo elegido, hasta entonces disperso por toda la tierra: “los reuniré trayéndolos de la extremidad de la tierra”11
.
Nuestra vida fraterna es fruto de nuestra unión con Dios. Podríamos decir que es la obra de arte que Dios hace cuando nos dejamos modelar por los sentimientos del Corazón de Cristo. Y como obra de arte, es un exponente de lo que Dios quiere para toda la humanidad. Que todos seamos hermanos.
Por nuestras relaciones fraternas, la estima mutua, la armonía en las relaciones, el compartir las responsabilidades, la puesta en común de los talentos, el respeto a la diferencia, la unidad en la diversidad, el diálogo fraterno, la apertura a todos los hombres, cualquiera que sea su origen y su cultura, decimos al mundo que la vocación definitiva es la vocación a la comunión, a ser hermanos, a estar unidos. Ese es el deseo de Jesús: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21; RdV 22).
Hermanos de todo hombre por el testimonio de la caridad de Cristo hacia
todos, especialmente hacia los más pequeños, los más necesitados.
Hermanos por la cooperación al servicio del bien de la Iglesia”.
12Dice la segunda lectura de hoy: “Todo gran sacerdote, elegido de entre los hombres, tiene como misión intervenir a favor de los hombres, poniéndose en relación con Dios, con el fin de ofrecer sacrificios por los pecados” (Heb 5, 1).
9 VC 60
10
HERMANOS DEL SAGRADO CORAZÓN. Capítulo general de 2006. Conclusiones.
11 Jer 31, 8. 12 VC, 60.
Como Hermanos de Jesús participamos de su sacerdocio. Estando íntimamente unidos a Dios, en Jesús hermano, estamos llamados a estar muy unidos a nuestros Hermanos y a todos los hombres, interviniendo en su favor, es decir, buscando siempre su bien. La misión es también lugar de encuentro con el Señor, y por eso el Capítulo habla del “santuario de la misión”. Nuestra relación con Dios, nuestra espiritualidad, tiene también una dimensión apostólica.
Es de destacar cómo Jesús no llama al ciego sino que les dice a sus acompañantes: “Llámenlo”13. Y ellos lo llamaron diciéndole: “Tenga confianza, levántese, Él lo llama”14
.
En comunión con los seglares con quienes realizamos la misión, nosotros también estamos llamados a vivir el carisma de Andrés Coindre respondiendo al grito de los niños y jóvenes pobres y sin esperanza.
Las pobrezas de nuestros niños y jóvenes son múltiples: pobreza material, carencia de afecto, soledad, múltiples dependencias, falta de sentido en sus vidas… Con la misma predilección de Andrés Coindre hacia ellos, nosotros les tenemos que decir a los niños y jóvenes: Tengan confianza en Dios, en los demás, en ustedes mismos. Levántense, Jesús los llama.
Que los niños y jóvenes descubran el rostro y el Corazón de Jesús Hermano en nuestro amor a ellos, en nuestra cercanía y en nuestra solicitud para con ellos. Que en Jesús descubran el sentido de sus vidas y el estímulo para construir un mundo de hermanos.
Antes de terminar, y una vez más, mi sincero agradecimiento a todos ustedes y a todos cuantos han trabajado para la feliz realización del 34º Capítulo general.
Que María, Madre de la esperanza, nos ayude a peregrinar por el camino de la comunión y que lleguemos a ser signos de esperanza para nuestro mundo herido y para sus hijos”15
.
Hno. José Ignacio Carmona, sc
13
Mc 10, 49
14 Ibid