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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

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Academic year: 2021

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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe www.virgendeguadalupe.org.mx

Homilía pronunciada por S. E. Mons. Constancio Miranda Weckman, Arzobispo de la Arquidiócesis de Chihuahua, con motivo de la peregrinación anual de dicha arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

27 de julio de 2017 Queridos hermanos sacerdotes de las diversas parroquias de nuestra arquidiócesis. Monseñor Luis Carlos Lerma Martínez, Vicario General de la Arquidiócesis y Párroco del Santuario de Guadalupe allá en la Sede Episcopal. Padre Alejandro Trujillo Díaz, Director de la Peregrinación Anual de la Arquidiócesis aquí al Tepeyac.

Queridos padres, queridos sacerdotes, queridos seminaristas, hermanas religiosas, pertenecientes a los distintos institutos de la Vida Consagrada que hay en nuestra iglesia particular.

Fieles peregrinos que a través -por lo menos del año- han ido pensando en este momento tan soñado -o a lo mejor más tiempo- y que ahora nuestra Madrecita del Tepeyac nos ha dado y les ha dado a ustedes la oportunidad de venir a festejarla, a celebrar los misterios de su Hijo Jesús, aquí en nuestra casa común, la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe.

Una vez más, como lo hacemos cada año, la Arquidiócesis de Chihuahua está ante tus plantas, Madrecita de Guadalupe, aquí en tu Casita del Tepeyac. Animados por una hermosa tradición, que se mantiene viva a través de los años, venimos peregrinando desde lejanas tierras norteñas, atraídos por tu amor.

Esta experiencia de peregrinación nos brinda la oportunidad, de renovar nuestra fe y de crecer en ella, de ahondar en el conocimiento de Jesucristo, tu Hijo, de amarlo y seguirlo con todo el corazón y con toda el alma como discípulos fieles suyos.

Santa María de Guadalupe, es la Estrella de la Evangelización que guía nuestros pasos. Ella nos ha congregado y nos lleva de la mano al encuentro de su Hijo, nuestro Salvador.

Qué hermoso contemplar en el rostro mestizo de esta bellísima imagen, plasmada portentosamente en el ayate del indio San Juan Diego, contemplar a la Llena de Gracia, a la que es Bendita entre Todas las Mujeres; nuestra

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medianera, porque por Ella vino a nosotros Jesús, y por Ella podemos acercarnos al que es ''Camino, Verdad y Vida". A la Guadalupana le debemos el ser un pueblo creyente, un pueblo cristiano.

Hoy venimos a pedirle que nos ayude a seguir viviendo como fieles seguidores de Jesús, cumplidores de sus enseñanzas y mandatos. Al pasar los años, el tiempo que han transcurrido nos hace cada día más agradecidos no sólo por su Bendita Imagen que quedó impresa en el humilde ayate de san Juan Diego, sino también por su mensaje de esperanza. Sus palabras y su preocupación maternal resuenan en nuestros oídos con la misma frescura de aquellos días de diciembre de 1531: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿Acaso no estás

en mi regazo?".

Toda la intención y el sentido de las palabras y del proceder de María quedaron expresadas en su Bendita Imagen, signo especialísimo de su mensaje y de su acción evangelizadora.

En la presencia de la Imagen, vemos simbolizada su continua intervención que evangeliza a nuestro pueblo, que robustece su fe y anima su piedad. En la apariencia mestiza, la Virgen expresa su intención de unir las dos razas y culturas.

Santa María de Guadalupe ha presidido los acontecimientos históricos y ha remediado las grandes calamidades. La Virgen congrega en torno suyo –con sus palabras que están escritas en el Nican Mopohua del indio Valeriano- a los

"moradores de esta tierra y a los demás amadores suyos” que, olvidándose de

odios y venganzas, y superadas las miserias y opresiones, se sienten unidos en mutua e íntima comprensión.

Así como puso su mirada en un indito humilde para ser portador de su mensaje y de su amor, quiere ahora confiar en cada uno de nosotros para que en medio de nuestra pobreza y de nuestra pequeñez podamos dar testimonio con nuestra vida de la ternura, que es signo de Cristo Salvador.

La auténtica devoción mariana, la auténtica devoción a la Virgen de Guadalupe será plena cuando se haga realidad su deseo de un templo vivo construido en el corazón de cada persona, en donde habite la justicia, la paz y la fraternidad. Tenemos el compromiso, hermanos peregrinos, de colaborar en la realización de ese su anhelo, desterrando de entre nosotros todo lo que pueda ser motivo de aflicción, superando divisiones y envidias, y venciendo la violencia con la fuerza de la mansedumbre.

Tenemos una misión, no rehuyamos por pereza o cobardía; es la Virgen Morena quien nos lo pide, como a San Juan Diego, que vayamos a cumplir su encomienda ¿Qué le encomendó?: "Quiero que seas mi embajador muy digno

de confianza. ¿Qué te aflige?, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?".

A dondequiera que vayamos habrá un campo que cultivar, personas a quienes ayudar dando un testimonio alegre y convencido. Dondequiera podremos,

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unidos a Dios y protegidos por María, ser "luz del mundo y sal de la tierra" (cf.Mt.5, 13-16).

Todos tenemos un pequeño círculo en el que nos movemos, nuestro pequeño mundo de la familia, de los amigos, de los compañeros de trabajo, de un mundo en el que, aunque no lo pretendemos, damos continuamente testimonio con el ejemplo de nuestra conducta, con nuestras palabras y decisiones.

El mundo de las parroquias, el mundo de las comunidades, el mundo de la arquidiócesis es el mundo que, si lo comparamos con todo el universo es pequeño, no en el sentido de cantidad o de geografía, sino en el sentido que el Señor obra, precisamente, allí en lo que dijo, en lo sencillo, en lo pequeño, en lo humilde.

En este pequeño mundo sí podemos influir de tal manera que desaparezcan de él, de ese círculo en que nos movemos, el egoísmo y la injusticia, hagamos que reine en nuestro ambiente la paz que tanto deseamos no sólo para nuestro Estado, que está asomado, está tocado por la violencia, a todo México algo le pasa. Nosotros podemos hacer que reine, empezando por las gentes que están en torno nuestro, en nuestro corazón primero y luego en nuestros prójimos cercanos que reine la paz y la hermandad cristiana, el entendimiento y la fraternidad, el perdón, la solicitud, la alegría, el gozo, la esperanza de ser hijos de María de Guadalupe.

Transformar y llenar de Cristo a nuestro pequeño mundo con nuestra influencia personal, claro con la acción del Espíritu Santo que vive en nosotros, nunca por nuestras fuerzas, sino por la fuerza del Espíritu que vive en nosotros. Eso cae dentro de nuestras posibilidades, algo que nosotros podemos realizar y al venir peregrinando lo hemos manifestado.

Queremos colaborar en la construcción de un mundo nuevo, de la Iglesia como Cristo la ha fundado. Este compromiso ineludible es y brota de que estamos bautizados, brota de nuestra fe, es el compromiso que contrajimos el día de empezar a caminar en la vida de Dios, en la afiliación divina, precisamente, por la acción del primer sacramento del Bautismo.

Quiero terminar con aquellas mismas palabras que san Juan Pablo II le pronunció aquí en su Casita del Tepeyac en enero de 1979 a la Virgen de Guadalupe: "Madre de misericordia, Madre del sacrificio escondido y silencioso,

a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.

"Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado. Señora y Madre nuestra".

"Queremos ser totalmente tuyos y reconocer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa".

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Y hoy podemos decir, porque a eso hemos venido, a manifestar nuestro cariño, a nuestra querida Madre, a decirle:

¡Bendice, Madre querida, abundantemente a toda nuestra Arquidiócesis de Chihuahua!

¡Bendice sus aspiraciones por querer ser una familia en que reine tu Hijo Jesucristo!

Que el proyecto diocesano de pastoral, con la operatividad que nos hemos propuesto en este año y poco más, lo hagamos factible, lo hagamos real poniendo a trabajar las ocho comisiones diocesanas en cada una de nuestras parroquias y comunidades. Comunidades cristianas, geográficas, comunidades religiosas, comunidades de los grupos apostólicos, comunidad del seminario, comunidad de la diócesis. Y así lograremos hacer que nuestra vida pastoral unida al querer y a la acción del Espíritu de Dios dé gloria, precisamente, a su santo nombre, al Padre Bueno que está en el cielo.

Hemos venido Madrecita y nuestro corazón está henchido cuando estamos en tu casa y viéndote de corazón a corazón, de nuestros ojos a los tuyos, a pedirte muchas cosas, a agradecerte más.

Queremos depositar en tus manos maternales y en tu corazón de Madre nuestras aflicciones, nuestros miedos, nuestras angustias, nuestras enfermedades, nuestras peticiones y las de nuestros hermanos que nos encargaron, que por no poder venir, ellos nos han dicho: llévale esto, llévale lo otro, aquí te lo dejamos Madre. Sabemos que está en las mejores manos, porque de ahí van a tu Hijo Jesucristo, Él que hace el milagro, Él que realiza la transformación, Él que hace de nosotros una comunidad en familia, que segura va tras los pasos del Maestro.

Te bendecimos, te alabamos, te glorificamos devotamente. Y en este día de una manera física y manifiesta, los años que por intercesión tuya nos conceda tu Hijo Jesucristo sobre la tierra.

Bien, pues, no tenemos nada más que decirte, ni siquiera nos queremos retirar de tu casa, nuestra casa, pero sabemos que no nos retiramos, porque en cada corazón de los aquí presentes está construido y queremos perfeccionar un templo vivo como tu deseo se lo manifestaste a san Juan Diego.

Por eso juntos queremos decirte, a voz en cuello, viendo tu imagen: (todos) Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,

vida, dulzura y esperanza nuestra.

Dios te salve, a Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús,

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¡Oh, clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,

para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

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