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A cuatro heroicos combatientes hermanos míos, que ya perecieron, quienes me acompañaron como integrantes de las fuerzas que dirigí y poco se conoce de sus vidas y de sus destacadas acciones:
Carlos Amengual García, Silverio Blanco Núñez, Emilio Morales Rodríguez y Carlos Coello.
Al concluir la obra muchas personas acuden a mi mente como merecedoras de mi AGRADECIMIENTO
Hoy no puedo dejar de mencionar a…
Melva Barriuso Flores, mi eficiente secretaria; Mercedes Borel Cár- denas por no negarme su tiempo y Ofelia Liptak Rubí, siempre atenta a la redacción y revisión de los textos.
Al comandante del Ejército Rebelde Belarmino Castilla Mas, cuyos consejos y enseñanzas fueron imprescindibles para mi proyecto.
De igual manera, Renato Rabilero Duarte y Elia E. Pérez Hernán- dez, de la Oficina del Segundo Frente Oriental Frank País, que el comandante dirigió, por sus horas de trabajo y esfuerzo en aras de que culminara este libro.
Al periodista remediano Tomás Rojas García, impulsor y colabo- rador permanente; Cristóbal Pascual Fraga, por su asistencia car- tográfica, y Perfecto Romero Ramírez que, sin escatimar horas, gentilmente desempolvó fotos de la guerra.
El general Wilfredo RosalesAleaga y al coronel José Ramón Silva Berroa, pues nuestros intercambios de validación histórica sobre momentos que vivimos juntos en la guerrilla tienen presencia en estas páginas.
A mi amiga y editora Olivia Diago Izquierdo, cuya dedicación y paciencia dieron forma final a Tan solo con dieciséis.
A todos quienes me estimularon a concretar el sueño de escribir un trozo de mi vida, que también es parte de la historia patria, muchas gracias.
El Autor
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urante muchos años quise escribir mis recuerdos de la guerra, sobre todo para quienes me pisan los talones o a aquellos a los que el tiempo no me alcanzaría para con- tarles; pero por uno u otro motivo posponía la idea de lo que sabía que requería un lapso y dedicación necesarios y especiales, muy diferentes a las misiones en las que me desempeñaba. Entonces me escudaba en el pensamiento de que compañeros con más oficio en el arte de escribir lo harían. Han pasado los años, algunos han logrado valiosos trabajos; a otros parece que les ha sucedido lo que a mí.No niego que también influyó en la morosa decisión el hecho de creer que mi hermano, el general de brigada Enrique Acevedo González, con su excelente libro Descamisado había atrapado las historias que nos unieron en la lucha guerrillera.
Ahora, con más tiempo quizás, desmovilizado de las fuerzas armadas y pasado a la reserva, al releer sus páginas, me percato de que, aunque juntos ingresamos al Ejército Rebelde —en agosto de 1957— y estuvimos con el Che y Fidel por diecisiete meses, no siempre nos encontrábamos en los mismos lugares, ni con los mis- mos jefes, ni en los mismos combates. Además hube de considerar quecada cual narra su parte como la vivió.
Siempre fue una idea =
Según las cuentas, permanecimos juntos ocho meses, el resto de la campaña cada uno se hallaba en su pelotón e, incluso, al ser partícipes de la misma operación militar, ocupamos posicio- nes distintas. Durante la invasión tampoco fue diferente: Enrique, herido en los primeros diez días de la marcha, se mantuvo hasta principios de diciembre, clandestinamente, en la provincia de Ca- magüey, mientras le atendían sus lesiones. Cuando casi restable- cido se reincorporó, la columna ya había arribado a Las Villas y comenzábamos la ofensiva en territorios de esa antigua provincia.
Por tal motivo, consideré que no debían perderse decenas de anéc- dotas históricas que, bajo el mando de Che, tuve la suerte de ser uno de sus protagonistas.
Ahora, en la intimidad de mi tiempo, vuelven nítidas las re- membranzas; leo libros, documentos, materiales históricos que caen en mis manos sobre esta etapa de la guerra, y cuando estoy ensimismado en la lectura y regreso a la página anterior o al ca- pítulo de ayer, aparecen ante mí reflexiones interesantes. Siempre encuentro algo nuevo.
Como pienso cuán importante es testimoniar sobre la más re- ciente guerra de liberación, tomé la pluma para que el lector co- nozca sobre mi inicio en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y las razones que me condujeron a ello; por qué a los dieci- séis años decidí dejar el pueblo de Remedios, en el centro del país, entonces de la provincia de Las Villas, y hacer hasta lo imposible por unirme a Fidel Castro que, a seiscientos kilómetros de mi ciu- dad, enfrentaba al ejército en las montañas de la Sierra Maestra.
Leerán sobre mi primer fracaso al tratar de contactar con la guerrilla; cómo nos unimos posteriormente, con este fin, los dos hermanos; los muchísimos aprietos para llegar a la Columna No. 4 que dirigía un comandante argentino poco conocido en aquel mo- mento; los nuevos esfuerzos y contratiempos para mantenernos en tan difíciles condiciones; el valor de la voluntad, la perseverancia y la ayuda de los compañeros para seguir en la tropa, hasta que la experiencia de la vida guerrillera fue tornándose en conducta, al extremo de que casi al cumplir diecisiete años, recibí la alegría de ser ascendido a teniente.
Relato cómo conocí a Fidel y peleé bajo su mando en varios combates, entre otros, El Jigüe; luego participé en la invasión al
mando del Che; ¡qué decir de la llegada a mi provincia y de las más de diez acciones combativas en que pude participar, como la toma de la ciudad de Santa Clara! Tanto regocijo por los triunfos se coronó, cuando después de tener bajo el control revolucionario al pueblo de Cabaiguán, fui ascendido a capitán jefe del pelotón de retaguardia de la columna.
Dispersa por las páginas del libro, aparece explícita mi imagen del Che, aunque el último capítulo lo dedico al guerrillero argen- tino-cubano que conocí y tanto admiré.
Finalmente hablo de los cuatro combatientes a los que dediqué la obra —Carlos Amengual, Silverio Blanco, Emilio Morales y Car- los Coello—, leerán al concluir, sus síntesis biográficas, como un sencillo homenaje a quienes considero mis hermanos.
Esta es la historia que pongo en sus manos. Como podrán apre- ciar, no es exclusividad mía: en ella van Cuba y sus conquistas.
Ojalá disfruten la lectura y las enseñanzas, porque “de amar las glorias pasadas, se sacan fuerzas para adquirir glorias nuevas”.1
1 José Martí Pérez: Obras Completas, tomo 9, p. 88.
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Inicio de la lucha =
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unque nací en Caibarién, el 28 de abril de 1941, mi ni- ñez se desarrolló en Remedios, pues al año mis padres se mudaron a este pueblo trabajador, de rica trayectoria histórica y cultural. Detrás quedó el olor a mar que me acarició permanentemente durante mis primeros meses de vida.De mi adolescencia, aparece ante mí la imagen de laboriosidad.
A Maximino, mi padre, nunca lo vi sin hacer nada un día de fae- na, y siempre vi a Luisa, mi madre, ahorrar cuanto centavo podía;
ella también trabajaba mucho, cada cual aportaba lo suyo. Así, de forma paulatina, fue mejorando la economía de la familia hasta llegar a ser considerada de mediana posición; digamos… sin mu- chas aspiraciones.
En casa se discutía de política con frecuencia, sobre todo por iniciativa de mi progenitora. Aunque no poseía una cultura de estudios universitarios, contaba con la que recibía de la lectura:
leía mucho y de todo.
Siendo pequeño la oía hablar de los revolucionarios cubanos más contemporáneos. La impresionaba Antonio Guiteras Holmes, asesinado en 1935. Con pasión se refería a su actitud antimpe- rialista, a la forma en que exponía sus ideas y había enfrentado la dictadura de Gerardo Machado. Parecía arder cuando al con- cluir decía: “¡Guiteras… un revolucionario tremendo!” o cuando al referirse a Machado, quien había estado ocho años en el poder chupándole hasta las entrañas a Cuba, resumía: “Es real que en
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su tiempo corrió mucha sangre digna, pero finalmente el pueblo logró la derrota del sanguinario”. De igual manera se manifestaba al tomar el tema de la guerra de los cubanos contra los españoles;
destacaba figuras como el Generalísimo Máximo Gómez y el Titán de Bronce, entonces su brazo y el sentimiento patrio se erguían como si fuera llamada al combate.
A mí me apasionaban sus historias. También me gustaba escu- char los domingos un programa radial sobre ese mismo contenido.
Titanes de la Epopeya se llamaba. No se me pasaba el día ni la hora. Al terminar sentía la insatisfacción de no haber nacido en aquella época de gigantes para haber peleado junto a ellos.
Sin proponérselo, mi madre fue sembrando en mí estos senti- mientos por los hombres que en la Isla luchaban por una verdad.
Ella, además, enfrentaba todo tipo de discriminación. La escuché preguntarse muchas veces: “¿Quién ha dicho que negros, mestizos y chinos no son iguales a los blancos…” —en su voz había irrita- ción, no necesitaba la respuesta de nadie, concluía añadiendo—:
“…si todos tienen igual inteligencia y los mismos derechos?”.
Durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, en Remedios y Caibarién, como en la mayoría de los pueblos de Cuba, la discri- minación racial y de grupos era muy marcada: había sociedades de recreo solo para blancos, la de negros y mestizos estaba en otra parte; una de las playas de Caibarién definía dos áreas a través de la soga que flotaba en el mar. Hastala balsa,un lado era para negros, el otro para blancos. También existía una sociedad exclu- siva para las personas blancas de mejor posición económica, el Yacht Club. A él podíamos asistir; la población más pobre debía conformarse con la llamada playa militar bien delimitada según el color de la piel. Otra área de mar con posibilidades de disfrute era el Club de Oficiales, pero solo permitían el acceso a miembros del Ejército Constitucional y de la Policía.
Con respecto a las mujeres, mi madre tampoco entendía que fueran vistas diferentes a los hombres, si tenían los mismos dere- chos e inteligencia. Por eso, para mi hermano y para mí sus ideas no fueron solo teorías. Desde pequeños nos hacía participar en el trabajo del hogar, ya fuera fregando platos o ayudándola en la limpieza cuando no había empleada. Decía que colaborar en las faenas de la casa no era demérito para los hombres. Su teoría no
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nos agradaba, quizás más porque nos reducía el tiempo libre que por la actividad en sí; pero lo cierto es, debo reconocerlo, que con su insistencia nos educó para la vida.
La postura de todas las religiones, en especial la de los católicos, no escapaba tampoco de su censura. A algunos curas los odiaba, decía que eran ladrones, farsantes, estafadores. Por supuesto, esas opiniones repetidas cada vez que entendía marcaron mi mente infantil. Yo no frecuentaba la iglesia, ni asistía a misa, a pesar de las invitaciones que a menudo recibía de mis tías paternas: Pepa y Tina, las cuales eran católicas.
Con el paso de los años y la experiencia de la vida, me resultó fácil comprender que las ideas de Luchy, como también le decía- mos a mi madre, me fueron forjando principios sobre lo injusta que era la discriminación de todo tipo que se vivía y lo reprocha- ble que eran las acciones religiosas. Cualquiera diría que los niños se mantienen ajenos a lo que escuchan; pero cada palabra va pe- netrando en su mundo interior.
A mi padre, Maximino Acevedo, no le interesaban los temas políticos de la nación, no hablaba de ello, más bien le gustaba de vez en cuando provocar a la vieja, como decimos comúnmente los cubanos: “buscarle la lengua”. Por ejemplo, le decía: “Ustedes, los cubanos, lo que necesitan es una mano dura que los tenga apretados como Batista”. No es necesario contar los berrinches de mi madre. Sabía que solo eran bromas, pero ese tema para ella no constituía juego alguno.
Maximino era asturiano, había venido de España a los dieciocho años evadiendo el servicio militar; nunca más volvió a su patria.
Era apegado a la familia, muy cariñoso y lleno de bondad. Siempre tenía tiempo para sus hijos. Si se sentía agotado al regresar del trabajo —y trabajaba mucho—, no lo sabías, porque casi todas las tardes salíamos a la terraza y me ponía a realizar ejercicios con él. Después de la comida, siendo aún pequeños, nos sentaba a su alrededor y nos magnetizaba con anécdotas de su niñez y cuentos de su amada España, reales o no. Para mí era mejor escucharlo que oír la radio o ver los insuficientes programas televisivos de la época.
Si de noche, ya en cama, se nos presentaba el más mínimo dolor de estómago u otro malestar, lo llamábamos y enseguida acudía a
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nuestro lado. Permanecía el tiempo que fuera necesario dándonos a tomar medicamentos, pasándonos la mano, ofreciéndonos su cariño. En tanto la Luisa, ni despertaba ante el reclamo, delegaba esos menesteres a Maximino.
Los sábados y domingos eran días de total dicha: en la terraza jugaba a la pelota con nosotros, nos llevaba a la playa, a montar bicicleta, salíamos de excursión al campo o a algún río, como el Camaco, por el que sentíamos cierta preferencia. Desde niño, con solo doce años, me enseñó a manejar autos. Con ese aire que llega de mi infancia, incluso cuando estoy solo con los recuerdos, son- río y me siento feliz.
Al viejo le teníamos mucho respeto sin necesidad de una tunda de su parte. Lo que nos planteaba, lo cumplíamos a toda veloci- dad. Contaba que a él le dieron muchos golpes cuando chiquito y sentía odio por quienes lo habían hecho. En eso mi padre tenía razón.Han pasado más de sesenta años y es inmenso el cariño y la gratitud que siento por la atención y el amor que siempre nos manifestó.
Nuestra madre era diferente a la hora de resolver los problemas, la mayoría de las veces hallaba la solución con maltratos y casti- gos que nos parecían injustos y desmedidos. No niego al contarlo que despertaba en nosotros cierto rencor que, al menos, a mí me dura hasta hoy.
Al recordar el tratamiento de mi padre, me remuerde la concien- cia, pues alegando miles de tareas y quehaceres revolucionarios, ciertos o no, yo no fui con mis hijos así, no les brindé ni la mitad del tiempo que el viejo nos dedicó a nosotros, y me lo reprocho.
Él se dedicaba a negocios de farmacia; también tenía carros de alquiler y compraba autos y piezas que vendía en el rastro suyo.
Por su propio trabajo era bien conocido en el pueblo; y como siempre andaba con su bondad a cuestas, todas las familias lo dis- tinguían como alguien muy servicial, trabajador y de excelentes relaciones humanas; papá inyectaba a enfermos en la farmacia o en la casa sin importarle la hora. Era, además, un hombre tran- quilo, no adicto a la bebida ni a otros vicios. De él solo llegaban buenos ejemplos. Su preocupación principal la constituía ganar dinero para enviar mensualmente una pensión a su madre, allá en España, e ir mejorando cada día la economía familiar.
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Así transcurría mi infancia cuando arribó 1952 y Cuba sufrió el golpe de Estado de ese 10 de marzo, propinado por Fulgencio Ba- tista Zaldívar. Mi madre le declaró la guerra al dictador. Decía que no había votado en ninguna de las elecciones de la época; que no lo hacía porque todos los políticos eran ladrones, corruptos y ni se ocupaban del pueblo; que a los presidentes —incluía a los autén- ticos Ramón Grau San Martín (1944-1948) y Carlos PríoSocarrás (1948-1952)— solo les interesaba enriquecerse.
Ese día 10, la acompañé a una tienda de ropas, La Bandera Cubana se llamaba. Estando allí, se dio a conocer la noticia. Ahí mismo improvisó un mitin de repudio a Batista. A todos los que rodeaban la tienda les recordó que Batista había sido el asesino de Guiteras; acto seguido dijo que el nuevo golpe iba a convertirse en dictadura, y que esa nos vendría encima. Voceaba sin temor alguno.
Realmente, con once años por cumplir, no comprendía lo que sucedía, menos entendía la exaltación de mi madre. Quizás treinta personas la escuchaban, más bien me sentía abochornado.
De regreso me dio algunas explicaciones, sobre todo, el porqué de su actuación. Se sentía impotente, ofendida por la traicionera acción del general Batista. Para ella todos los políticos eran inde- seables.
Sin embargo, como muchos compatriotas, había simpatizado con Eduardo Raúl Chibás Rivas, candidato del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) —organización a la que pertenecía también Fidel—. Congeniaba sobre todo por la consigna principal que enar- bolaba de “Vergüenza contra dinero” y la lucha contra el robo.
Chibás había sido un político progresista, de ideas justas, un hom- bre de tal honradez que desaparece de la vida pública, al tomar la decisión de suicidarse ya que no podía demostrar acusaciones hechas al gobierno.
Pasados un año y meses del golpe, cuando se produjo el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953, liderado por Fidel, llamaron su atención la valentía y el sacrificio de los jóvenes que enfrentaron, con las armas en la mano, a Batista. Y eso que nunca había estado de acuerdo con la violencia, ni con la guerra; su teoría consistía en manifestarse a favor de los ideales, de las concepciones por la paz, en fin, concor-
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daba con la resistencia pacífica, el método que predicaba, según le oíamos decir, Mahatma Gandhi en la India. Toda esa filosofía ad- quirida a través de sus lecturas, tenía raíces en su pensamiento.
Lo cierto es que, como respuesta al nivel de corrupción en que nos había sumido la dictadura, tan dada a los atropellos, robos, crímenes e irrespeto al ser humano, Fidel se convirtió en el líder revolucionario nacional que, desde la prisión de Isla de Pinos, se preparaba para derrotar a Batista. Cuba vivía una situación pare- cida a la de veinticinco años atrás, cuando la lucha se manifestaba contra otra dictadura, la de Gerardo Machado, entonces encabe- zada por Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Antonio Guiteras, entre otros tantos patriotas dignos.
Fidel era un líder político, de la Juventud Ortodoxa, del Partido de Chibás, quien se proponía barrer de la faz de Cuba aquel opro- bioso poderío.
De esta manera hice entrada a la adolescencia. A veces las ideas progresistas de mi madre se me enredaban entre sus castigos, el carácter fuerte, la poca demostración de afecto, y la forma cari- ñosa y agradable del viejo, que nunca hablaba de temas políticos.
No obstante, yo era un muchacho feliz. Comencé el bachilleratoen 1953.Añoraba estudiar hasta ser algún día ingeniero industrial. Ni sé por qué quería esa carrera. Practicaba intensamente el balon- cesto y la natación. Todas las semanas íbamos a fiestas, bailába- mos; pero la dictadura cada día más férrea que imperó a lo largo de toda la Isla, los atropellos y crímenes que veíamos en las calles, arbitrariedades de todo tipo, y los soldados del Ejército como la Policía, en su mayoría personas prepotentes, sin respeto por nada ni por nadie, nos fue convirtiendo, sin darnos cuenta, en jóvenes rebeldes y combatientes clandestinos contra el régimen dictato- rial.
¿Podía uno cruzarse de brazos ante militares que compraban en la farmacia de la familia y, casi siempre daban la espalda sin pagar o en el mejor de los casos, decían que se lo anotaran para saldar la deuda después, y el después nunca existía? De igual ma- nera procedían en las demás tiendas del pueblo. ¿Podía un joven con la sangre que hierve entre sus venas soportar que los mismos hombres llegaran a la finca de cualquier campesino y, abusando de su poder, se llevaran un animal o tal vez el que tenían para
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alimentar a sus hijos, sin pago alguno? Parecía que habían puesto un ejército mercenario de ocupación y no a cubanos uniformados para proteger la nación y a sus compatriotas.
Era lógico que mi vida cambiara y la de muchos que, como yo, asomaban a la juventud. No se alejaba de mi mente la rebeldía de Luchy. Entonces el pensamiento se detenía en tratar de concebir algo en apoyo a la lucha ya comenzada por Fidel y otros jóvenes;
los oídos querían captarlo todo. Muchos acontecimientos sucedían y en ese ambiente, desde 1952 hasta 1957, crecí. Cambió mi forma de vivir y actuar.
Fue un proceso natural, ocurrió mientras cursaba los primeros años de bachillerato en el Instituto de Remedios. Me di cuenta de que debía hacer algo ante tantos males. Así los estudiantes em- pezamos a protestar contra la tiranía, de una forma muy sencilla, a través de las elecciones y demandas estudiantiles, nuestras o de compañeros del instituto de Santa Clara, la capital provincial. La idea consistía en que los representantes de la dictadura supieran que no éramos sumisos, ni corderos ante sus desmanes. Enton- ces había que ver cuán valientes se comportaban los guardias del cuartel, en formación de cuatro o seis parejas de la Guardia Ru- ral, como se les decía, llegaban frente al instituto sin ton ni son, montados en grandes caballos para intimidarnos, rastrillaban sus fusiles y con altanería nos ordenaban retirarnos para las casas, mientras de sus bocas se escuchaban las más grandes injurias.
Mi hermano Enrique con un grupo y yo con el mío, actuando por la libre, sin que nadie nos instruyera, comenzamos a realizar otras actividades: huelgas, marchas de protesta por cualquier cosa, pequeños sabotajes… En ese momento, el Movimiento 26 de Julio en Remedios no existía y si existía era tan compartimentado que no conocíamos de tal estructura. A los nueve o diez meses de estas acciones —entre 1955 y 1956—, fue cuando descubrimos lo que cada grupo hacía. Con decisión rápida nos unimos para ser más fuertes y ganar en organización.
Mi hermano en esa etapa tenía trece años y yo uno más que él.
Nuestro único afán era revelarnos contra el régimen, sus casqui- tos, chivatos y politiqueros del pueblo. Fruto de la iniciativa de muchachos sin experiencia, se nos ocurrieron ideas algo alocadas, como el día que alguien comentó que la carretera de Remedios a
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Caibarién era de asfalto y enseguida pensamos que como ese pavi- mento cuenta con alto grado de petróleo, la vía podía coger cande- la si le vertíamos una cantidad considerable de cocteles Molotov, que fabricábamosechando en las botellas la mezcla de gasolina con aceite e introduciendo una estopa amarrada para prenderla.
De la idea, rápido pasamos a la acción. A las nueve de la noche, en tres bicicletas, partimos seis muchachos con tres sacos llenos de los artefactosincendiarios hasta la curva grande que va rumbo a Caibarién, distante como a un kilómetro del pueblo. Allí rompi- mos cerca de veinte botellas, esparcimos su contenido en la vía y luego le dimos candela. La llamarada duró apenas minutos. Mo- mentáneamente se detuvo el tráfico; pero la carretera ni se enteró, solo quedó sobre el asfalto la tonga de vidrios, los cuales sirvieron para ponchar las gomas de algunos carros. La operación no resultó como planeamos, fue un gran chasco, pero no desistimos.
Siempre aparecía la forma de sabotear: tirar puntillas, tachuelas y vidrios por las noches, en la salida del pueblo, en las carreteras a Santa Clara, Zulueta y Caibarién. Como es de suponer a los poli- cías y guardias del cuartel los teníamos en jaque permanente.
En otra ocasión, un grupo de estudiantes provocó una huelga, ni recuerdo por qué. Al ser reprimidos por los soldados y policías, todos nos retiramos al instituto, pero a alguien se le ocurrió que- mar las gradas de madera del campo de baloncesto. No lo pen- samos dos veces. Hasta no hace mucho tiempo salía a relucir el sabotaje y cuando, luego del triunfo, iba de visita al instituto, me solicitaban apoyo para la reconstrucción de las gradas. Con ese nivel de improvisación, ejecutamos actos cada vez más arriesga- dos e, increíblemente, nuestros padres ni se imaginaban en qué andábamos.
Casi iniciando 1957, el día 4 de enero, a un mes del desembarco de Fidel y sus ochentaiún compañeros del yate Granma, quisimos apoyar tan valiente acto.
Nos propusimos algo más osado: quemar con cocteles Molotov un poste del tendido eléctrico con su transformador, que se en- contraba a la salida del pueblo, al fondo del cuartel de la Guardia Rural de Remedios. A las once de la noche lo hicimos. En dos bi- cicletas salimos dos muchachos del grupo, Enrique y yo. Después de ejecutar el sabotaje, según el plan, teníamos que huir a toda ve-
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locidad hacia las casas; pero cuando mi hermano y su compañero se retiraban, un guardia llamado Chapé, también en bicicleta, los interceptó. Luego de que le inventaran por qué andaban por ahí, los dejó continuar. Era evidente que el guardia todavía desconocía la ocurrencia del fuego.
Pasada una hora, quizás a la una de la madrugada, a falta de otros sospechosos, los guardias del cuartel vinieron a la casa por él; llamaron desde abajo a mi padre —vivíamos en el segundo piso— y le pidieron que bajara con su hijo mayor. Tremendo susto me llevé, aunque sabía que a mí no me habían visto. Enrique sí me había contado minutos antes, su encuentro con Chapé. En cuanto bajé las escaleras, dijeron que yo no era, sino el otro.
Fui a buscarlo por orden del viejo. Mientras subía la escalera me corría un frío helado por todo el cuerpo, sin embargo, arri- ba me lo encontré delante del refrigerador comiendo pan con no sé qué. Con tranquilidad espantosa me dijo que allá iba a pasar hambre, por eso se llenaba la panza. Acto seguido se atragantó el emparedado. Con los guardias y el viejo salió para el cuartel, pues este alegó que Enrique era menor de edad y debía acompañarlo.
Pese a todo, lo mantuvieron preso cerca de quince días, entre el cuartel y la estación de Policía. Su compañero de acción también fue detenido.
En medio de la situación, uno de esos días, se nos ocurrió alos que quedamos libres, dar un golpe de efecto:colocar un niple —un tubo de hierro de dos pulgadas— con una mecha; pero como no teníamos ningún explosivo, lo pusimos así mismo, esa noche, en la vidriera de una peletería del pueblo. Al otro día, el petardo sin estallar provocó tremendo escándalo, hasta que un audaz militar lo desactivó. Fue un acto ridículo para ellos. En represalia, apre- saron a un zapatero llamado Dagoberto que, como pertenecía al Partido Socialista Popular —así era el nombre del Partido Comu- nista entonces—, le imputaron el hecho.
Cuando Enrique fue liberado, me contó que en el cuartel él que- ría recibir algún golpe para demostrar su valentía; pero le pareció que por su poca edad y las influencias de mi padre, ni lo tocaron.
El castigo mientras permaneció en la instalación consistió en lim- piar los baños con una colcha mugrosa y pestilente. En otro mo- mento me comentó:
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—¡Oye, Rogelio, a mí no me dieron, pero es del carajo ser co- munista! A Dagoberto, todas las noches lo sacaban para darle tre- menda paliza. Yo oía que le decían: “Coge,¡por comunista!”, hasta lo pateaban. Luego lo devolvían a la celda hecho ripios.
Durante el mes de enero se vivieron días de confusión e incer- tidumbre: lo más común era escuchar que el contingente de expe- dicionarios llegados a Cuba el 2 de diciembre del año anterior lo habían aniquilado, emitían partes falsos de nuevos prisioneros, y a Fidel en particular lo daban por muerto. Esaandanada de noticias el pueblo la recibía con dolor. El gobierno de Batista se ocupaba de que así fuera. Aunque siempre se oía algún detalle aleccionador, reinaba la inseguridad. Para muchos, Fidel era la esperanza de los cubanos.
La ilusión creció y se hizo fuerte en el mes de febrero, cuando su previsión se alzó una vez más e indicó a miembros del Movi- miento Revolucionario 26 de Julio que coordinaran en La Habana la visita de un periodista a la Sierra Maestra para que publicara al mundo la verdad irrebatible de Cuba: la existencia de la guerrilla en las montañas de Oriente. La primicia fue del New York Times, a la firma de Herbert Leonel Matthews.
Al periodista norteamericano,hombres del movimiento en una audaz acciónlo trasladaron de La Habana a Manzanillo y de ahí a la Sierra Maestra. La finca de Epifanio DíazGómez, en Los Cho- rros, cerca de Purial de Jibacoa, fue el lugar escogido por el líder cubano para el encuentro. Aquí no solo se entrevistó con Fidel, sino pudo ver a guerrilleros junto a él, incluso imaginarse que las fuerzas rebeldes eran superiores en cantidad a las que realmente existían. Ese 17 de febrero de 1957 contaban con unos dieciocho hombres; pero Fidel se los presentó como su estado mayor.
Luego de la entrevista, la dictadura aprobó quince días sin cen- sura de prensa, se sentía confiada, despistada de la misión perio- dística cumplida. Cuando la noticia de que Fidel Castro vivía y peleaba en la Sierra fue lanzada por TheNew York Times y recorrió el mundo, por supuesto también por Cuba, las bases del Ejército y la dictadura se estremecieron.
En tres artículos del prestigioso periódico, aparecidos los días 24, 25 y 28 de febrero, se podían ver los rebeldes cubanos en pri- mera plana. Los reportajes narraban la conversación de Matthews
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con Fidel, la cual se extendió por más de tres horas. El lector supo de las acciones desarrolladas por la tropa guerrillera durante más de sesentainueve días y la actitud optimista de su líder al decir que estaban más fuertes que nunca. También fue publicado el desco- nocimiento del pueblo de Cuba de su realidad: los habitantes de la Isla no escuchaban, jamás, una palabra acerca de la existencia de los rebeldes, dada la censura obligatoria impuesta por el batistato a todos los medios de información. Fidel comentó con amargura al periodista norteamericano, cómo el Gobierno de Estados Unidos le suministraba armas a su homólogo cubano para combatir al pueblo.
Acá, los jóvenes revolucionarios vimos en periódicos y revistas a nuestro líder junto a su hermano Raúl y Almeida, armados y con uniformes. Para quienes tratábamos de enfrentar la dictadura, fue un aguijón que multiplicó el deseo de unirnos a ellos en la Sierra Maestra.Imaginábamos que allí había armas, por la libre, así como lo imprescindible para la lucha contra las fuerzas del Ejército.
A los tres meses, a Enrique y Tayo, su compañero, le celebraron el juicio aún pendiente, en Santa Clara; como eran menores de edad, les impusieron una sentencia de dos años de reclusión do- miciliaria: solo podían salir en compañía de sus padres, al menos con uno de ellos, incluso, al instituto.
Producto de la situación creada, hombres del Ejército y la Poli- cía registraron la vivienda varias veces desde la misma noche que lo detuvieron. En la azotea, teníamos cocteles Molotov fabricados por nosotros, pero los guardias jamás subieron. No había escalera, y les pareció inaccesible el lugar. Si llegan a descubrir aquello, la familia se hubiera visto involucrada en actos de sabotaje contra el régimen y no era justo, ella desconocía nuestras andanzas.
Durante muchas noches, tras la detención de Enrique, tomaba posición un policía u oficial de la Policía Secreta vestido de civil en la esquina de la casa. Por tal motivo, las acciones del grupo fueron neutralizadas durante algún tiempo; mientras, la ansiedad crecía.
En marzo de ese mismo año ocurrieron hechos que conmocio- naron al país. El día 13, un grupo de alumnos y dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios, encabezados por su presidente, José Antonio Echevarría, tomaron Radio Reloj y ataca-
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ron de forma heroica el Palacio Presidencial, donde vivía Batista, con el propósito de capturarlo y ajusticiarlo revolucionariamente.
El heroico esfuerzo fracasó, murieron en las acciones decenas de atacantes, incluyendo el propio José Antonio; pero el hecho con- movió a la nación y a la juventud rebelde.
Fidel combatía hacía cuatro meses en la Sierra Maestra; la ma- yoría del pueblo, sobre todo, los más jóvenes, queríamos apoyarlo y de ser posible combatir a su lado; pero la información era pobre, otras veces distorsionada. ¿Cómo llegar?
El grupo de acción que habíamos creado en Remedios, después de la sanción de los tribunales a Enrique, que le impedía moverse solo, se hallaba en cierta inercia; actuábamos solo tres: Alberto, Fermín y yo. Nos vimos entre dos posibilidades: la primera, bus- car mochilas, botas, abrigos, comida y dinero, para que alguien del Movimiento 26 de Julio en el municipio o la provincia nos ayudara a incorporarnos a la Sierra Maestra. Entendíamos que todo debía ser rápido, pues temíamos que la guerra concluyera y quedáramos sin realizar algo útil. La segunda la lideraba Alberto León, el mayor del grupo, tenía dieciocho años y había visitado durante algunos meses Estados Unidos. Su idea consistía en que fuéramos para allá y regresáramos en una expedición que nos tra- jera a la Sierra. Finalmente decidimos trabajar en los dos sentidos y garantizar que si una fallaba, podríamos tomar la otra opción.
La primera variante que intentamos fue la de irnos al país nor- teño. Redactamos una carta exponiendo que queríamos ir los tres en calidad de turistas. Alberto solicitó la visa, pero la embajada norteamericana se la negó por haber pasado más tiempo del auto- rizado en su primer viaje. Fermín y yo hicimos lo mismo aunque sin autorización de los padres. Para nosotros ni hubo respuesta.
Fallado el primer plan, decidimos los tres irnos para la Sierra Maestra. Hicimos múltiples gestiones y nadie nos orientaba cómo incorporarnos a la lucha. El Movimiento 26 de Julio en la provin- cia era débil, aún más en Remedios y Caibarién, por lo tanto no podía ayudarnos, ni facilitarnos guías, ni contactos.
Como los días avanzaban, a principios de abril de 1957 toma- mos la decisión de emprender viaje hacia las montañas donde combatía Fidel. Nos planteamos partir sin rutas, lugares de en-
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cuentros, gente de apoyo. Solo sabíamos que la Sierra estaba en la provincia de Oriente.
En el momento que definimos irnos, mi hermano no podía salir solo. Si nos lo llevábamos, a las dos cuadras o en cualquier lugar, caeríamos presos por violar la prisión domiciliaria. Por lo tanto, Alberto y Fermín me recomendaron partir y dejar a Enrique para que se nos uniera posteriormente.
Con las ideas bullendo impetuosamente y siendo creativos, or- ganizamos la salida y el plan de cómo incorporarnos a la guerrilla.
Cada uno tenía que recoger dinero para el pasaje de un viaje de 600 km, ropa y calzado adecuados, algún abrigo, alimentos enla- tados, buscar una mochila, es decir, llevar solo lo que considerá- ramos imprescindible. Debíamos actuar en total secreto para no despertar sospechas. Ni a Enrique podíamos decírselo.
Para reunir el dinero —unos $80.00—, aproveché el garaje-ras- trodel viejo, y en mi tiempo libre por las mañanas, antes de irme al instituto, o los sábados, desarmaba carros junto a dos trabajadores del rastro: Pimpe y Manuel. Ganaba alguna plata cada semana y no la gastaba, mi padre veía mi actitud con muy buenos ojos.
Claro… él no sabía mi plan. Además, me puse a vender botellas de insecticida, que se las pedía a él, de la farmacia, a un buen precio;
en eso también cooperó inocentemente. Apreciaba el pichón de comerciante en desarrollo que tenía en casa.
El producto que empecé a ofertar se llamaba Matamás; me volví un vendedor ambulatorio. En bicicleta iba a las casas de amistades y familias conocidas del pueblo. Así logré tener como $40.00, a lo que debía añadir lo ganado en el rastro.
Con el dinero que cada uno adquirió, por sus propios medios, mandamos a hacer mochilas de lona, conseguimos botas, acu- mulamos sardinas, leche condensada, entre otros productos enla- tados. No pensamos en hamacas, cantimploras, ni nailon, por la falta de experiencia de la vida guerrillera; creíamos que de todo eso habría en la Sierra Maestra y nos lo darían al llegar. ¡Qué lejos estábamos de la realidad! Solo llevamos alguna ropa para abrigar- nos. Creadas todas las condiciones, esperamos la ocasión precisa para partir.
Por iniciativa, decidí integrar la Asociación de Jóvenes Esperan- za de la Fraternidad (Ajef). Era una organización de los masones,
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que de manera permanente captaba a los interesados. Había oído hablar mucho de la masonería y de cómo sus integrantes se ayu- daban ante situaciones difíciles en cualquier parte del territorio nacional. Pensé que me podía ser útil en la aventura que empren- dería.
Solicité el permiso a mis progenitores y sin mucho reparo me dieron el visto bueno. Para ellos, ya manifestaba rasgos de la ma- durez que iba alcanzando. Con prontitud me inicié en la organi- zación; a los pocos días, conocía lo elemental para pedir ayuda identificándome como Ajef.
Los preparativos finales ocurrieron en abril de 1957. En mayo, a pesar de haber buscado con insistencia, una vez más, algún en- lace con el Movimiento 26 de Julio o con el Ejército Rebelde, todo fue infructuoso. Nos hubiéramos pasado año y medio esperando.
Según fuentes poco confiables, en la Sierra no solicitaban guerri- lleros, pero nunca encontramos quien nos lo confirmara. Así que…
de acuerdo los tres en no perder más tiempo, nos enfrentamos a andar los cientos de kilómetros que teníamos por delante para unirnos a Fidel.
Buscamos un mapa de las carreteras del país que facilitaba la Empresa de Gasolina norteamericana la ESSO, en el cual se podía localizar la Sierra Maestra. Me consideraba conocedor de Oriente, porque tres años atrás había visitado Santiago de Cuba y la ciudad de Las Tunas con mi familia y como en tres ocasiones había ido de vacaciones allá, a casa de un tío.
En el mapa vimos las montañas donde estaban Fidel y su tropa, al sur de la provincia, entre Bayamo y Santiago de Cuba. El punto más cercano a ese lugar desde la Carretera Central, era el pueblo de Baire. Hasta allí debíamos viajar por ferrocarril y un tramo por carretera; en lo adelante, a pie. Así de fácil era nuestro excelente plan.
Salimos en la mañana del domingo 26 de mayo de 1957. Los tres planificamos ese día, porque no había clases y por lo general, lo pasábamos en la playa o de excursión. Cada uno construyó su coartada. Yo acompañé a mi querido viejo Maximino hasta la farmacia, donde tenía cosas que hacer. Durante el trayecto de tres cuadras, le expliqué que iba a bañarme y almorzar en Caibarién,
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en el Yacht Club, y que por la tardecita, llevaría a la novia al cine de ese pueblo; para concluir le precisé:
—Regresaré sobre las diez de la noche. Dígaselo a la vieja para que no se preocupe.
Creé toda la leyenda de mi día dominical por el temor de que alguien hablara antes del plazo acordado, momento en el que se les daría la carta que había concebido a modo de despedida. La entrega sería sobre las diez de la noche, cuando debíamos haber arribado, según nuestros cálculos, a Bayamo.
Al viejo no le extrañó en lo más mínimo el paseo, pues ese pe- riplo era normal los domingos de verano, cuando él no nos podía llevar al Yacht Club.
¡Cuánto me hubiera gustado darle a mi viejo un abrazo fuerte, un beso de despedida, decirle cuánto lo quería y cómo lo iba a extrañar! Pero como esos excesos me delatarían, todo terminó con el beso habitual. Realmente me sentía nervioso, aunque solo sabía una parte del evento al que me iba a enfrentar.
—¡Cuídate! —me dijo al tiempo que sentí su acostumbrada pal- mada en el hombro.
¡No imaginaba que no nos volveríamos a encontrar hasta pasa- dos dieciocho meses, en las montañas del Escambray, a principios de noviembre de 1958!
La entrega de la carta a los viejos se la había encomendado a unos amigos. “Nunca antes de la hora indicada”. En ella les reve- laba a los dos, mis empíricos ideales revolucionarios y que pensa- ba contribuir al derrocamiento de Batista y su dictadura, con las armas en la mano. Sé que la misiva fue, además, algo dura para mi madre que, como ya he dicho, era una persona de muchos idea- les y principios, pero muy fuerte de carácter, no exteriorizaba su cariño por los hijos jamás como haría toda madre. Le expuse que me iba a liberar de dos dictaduras: la de Batista y la de ella, y que cuando leyera la carta, ya estaría rumbo a la Sierra Maestra.
Algunos amigos quisieron hacer la entrega antes, pero final- mente se logró que sucediera a la hora prevista.
De Remedios
a la Sierra Maestra =
M
ientras se afanaba en dejar de existir una hermosa ma- ñana de primavera, con las mochilas a la espalda y muchas ideas en la cabeza, tomamos el ómnibus de Re- medios a Santa Clara. Miré el reloj, sus manecillas se empeñaban en marcar las once.De la capital provinciana partiríamos rumbo a Bayamo. El via- je lo habíamos previsto en tren para ese mismo domingo 26 de mayo. Sin imaginar, otros motivos hicieron de ese día una fecha trascendental para la ciudad de Santa Clara. Había explotado un carro bomba. En el sabotaje dos combatientes clandestinos: Agus- tín Gómez Lubián, quien se conocía por Chiqui, y Julio Pino Ma- chado habían perdido sus vidas. Del hecho, no supe sus detalles hasta luego de un año. En ese momento, nos llamó la atención el movimiento de guardias y policías, solo atinamos a no vernos envueltos en aquella situación.
Sobre la una de la tarde tomamos el tren especial que llamaban Bus. El viaje fue cómodo, incluso con aire acondicionado, y más rápido de lo que suponíamos: siete horas sin contratiempo.
Entramos a Bayamo a las ocho. Apenas unos minutos después, el pueblo quedó a oscuras. Nos miramos, el pensamiento brotó a través de nuestros ojos: “¡Sabotaje! ahorita los guardias toman la calle para buscar culpables”.
Salimos de la estación de ferrocarril a la velocidad que per- mitían unas piernas jóvenes. Tomamos una máquina de alquiler
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hasta el poblado de Baire, a unos 40 km de la oscura ciudad, por la Carretera Central. Esa ruta la habíamos estudiado a través del mapa. Poco antes del paso elevado sobre la línea del tren, a medio kilómetro del pueblo, le pedimos al conductor que nos dejara. Nos miró con cara de asombro. Debe haber pensado que éramos unos locos, pues la zona estaba totalmente despoblada. No faltaba mu- cho para las once de la noche, era de esas que ni la luna te acom- paña, tampoco habíamos previsto llevar, al menos, una linterna.
Comenzamos a caminar hacia el sur y, poco a poco nos fuimos alejando de la carretera. Avanzado un kilómetro tal vez, entramos por un lugar agreste, de piedras enormes, grietas y lomas de difí- cil acceso. Íbamos a campo traviesa, sin ruta previa, en dirección adonde se divisaban las lomas.
Durante cuatro o cinco días marchamos con el sol y sin él, tra- tando de no hacerlo por los caminos, ni de acercarnos a ninguna casa; comiendo de las latas que cargábamos en las mochilas al tiempo que nos percatábamos de que su peso disminuía: ¡Mala se- ñal, aunque fuera más fácil sostenerla en las espaldas! Tomábamos agua en los arroyos.
La cordillera que se nos presentó delante la ascendimos con lentitud hasta un firme, donde se abría un trillo. A ese lugar le lla- maban Tres Términos, según supimos posteriormente, era el límite entre El Cobre, Bayamo y Niquero. Al borde del trillo o paso de mulos había un poste de madera rolliza, con carteles que señala- ban los nombres de los tres municipios. Nos hallábamos en medio del firme de la Sierra Maestra.
Habíamos caminado alrededor de un kilómetro, cuando sen- timos detrás algo que nos pareció un disparo, lo cual nos asustó bastante; pero ¡no! había sido el chasquido del látigo en manos de quien ha practicado muchas veces esa acción. Se trataba de un arriero con sus mulas, que seguía la misma dirección nuestra. An- duvimos pegados a él y sus bestias dos kilómetros o más, sin pro- nunciar muchas palabras. Al rato conocimos su nombre: Benigno Sosa. Para entonces, notamos su conversación franca, amistosa, al extremo de que no nos separamos.
Estoy seguro de que debió llamar su atención la presencia de tres muchachos muy jóvenes ajenos a la Sierra, en medio de ella;
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pero como no hizo preguntas, no fue necesaria ninguna explica- ción.
Ya oscurecía. Nos invitó a su casa, la cual se hallaba cerca, en un bajío próximo al alto de La Caridad, a unos mil metros de altu- ra. Con satisfacción nos ofreció comida y techo por tres días. ¡En tantas jornadas de marcha solo habíamos avanzado unas cinco leguas, veinte o veinticinco kilómetros dentro de la Sierra!
Pasado el tiempo, fue de mi conocimiento que habíamos co- rrido grave peligro al establecer contacto con Benigno; el arriero era primo del teniente coronel Sosa Blanco, connotado asesino de muchísimos campesinos en las montañas, quien actuaba por orden y a sueldo del propio Batista. Por suerte, su primo era revoluciona- rio, de ideas progresistas, de lo contrario, hasta pudimos ser chi- vateados por él;sin titubeos, nos hubieran capturado y asesinado como le hicieron a veinte mil cubanos en la dictadura. No cabe duda de que el azar nos ayudó, ¡y bastante!
Benigno y su esposa tenían tres hijos pequeños. Como aprecia- mos su nobleza y buenos ideales, al día siguiente de estar allí, de- cidimos confiarle nuestro objetivo: unirnos a las fuerzas de Fidel.
Nos confesó que no había visto a ningún combatiente por toda la zona, que sí había oído noticias de un fuerte tiroteo, a cierta distancia al sur de su vivienda, y que había escuchado por radio, los días 1.o y 2 de junio, que cerca de ese lugar, a unos quince kilómetros, habían atacado el cuartel de Uvero —28 de mayo—;
también se había enterado, por esos días, del desembarco de unos expedicionarios a bordo del yate Corinthia, por el este de Nicaro, en Mayarí.
Él no lo dijo o no lo sabía, pero después supimos que casi todos los llegados a Cuba en esa embarcación fueron asesinados por las tropas que el esbirro de la tiranía, coronel Fermín Cowley Gallego, jefe del 7º Distrito Militar de Holguín, dirigió. A uno de los que quedaron con vida, Fernando Vireyes, lo conocí personalmente, pues fue a dar a la Sierra Maestra.
Pasado algún tiempo, ya en la guerrilla, oí decir que Fidel había adelantado el ataque al cuartel de Uvero, para atraer la atención del enemigo y apoyar el desembarco de los expedicionarios del Corinthia.
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Ante las noticias relacionadas con las acciones que se libraban, preferimos seguir sierra adentro, sin rumbo, ni guías, ni pista de Fidel. ¡Qué lejos de saber que un jefe del Ejército Rebelde, Ernesto Guevara de la Serna, y su pequeña escolta, con los heridos del combate de Uvero, permanecían al sur de donde nos encontrába- mos, tan solo a unos quince kilómetros de distancia!
Con comida elaborada y unos panes en la mochila, nos despedi- mos de Benigno, tras agradecerle cuanto había hecho por nosotros.
Ascendiendo las infernales lomas tuvimos que protegernos de bombardeos aéreos, por parte de la dictadura, sobre todo en las proximidades de donde estábamos, a unas dos o tres leguas al norte de Uvero. En ese lapso, los casquitos empezaron a subir a la Sierra, organizados por compañías de unos cien integrantes. A su paso iban aplicando la política del desalojo campesino de las mon- tañas. Donde pisaban, arrasaban: las familias tenían que abando- nar sus domicilios e irrisorias pertenencias para bajar al llano; se veían descendiendo las lomas con lo que, amarrado a una sábana, les era posible. Los hombres de Batista se comían o se llevaban sus animales y cosechas; les quemaban las siembras, casi siempre de- jaban humeantes sus humildes hogares. Toda el área devastada.
¡Todavía no sé cómo no fuimos presa de ellos! Quizás por pura suerte no nos descubrieron. Dos veces, a pleno día, nos tuvie- ron muy cerca. Sentíamos tiroteos y las voces atronadoras de los guardias. La primera vez se trataba de una compañía, que bajaba con cuatro o cinco familias —unas veinte personas en total—. Nos escondimos en un montecito, mientras los soldados nos pasaron a veinte o veinticinco metros de distancia. El susto fue enorme.
A partir de ese momento, nos movimos con más cuidado; por las noches, por trillos y caminos de sacar la madera; de día, más lentos aún por entre el monte; con los oídos aguzados. Si veíamos una casa abandonada, luego de estar seguros de que nadie la ron- daba, la registrábamos. Qué alegría para los maltrechos estóma- gos, si hallábamos algo de comer: un trozo caña, una guayaba...
Ya andábamos por La Siberia, era el nombre de la mina abando- nada e igual llamaban a ese sitio. Calculo que la renovada marcha debió extenderse por cinco o seis días. Fermín, Alberto y yo, cada vez estábamos más desorientados, más débiles, sin arma, sin ver
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a una persona siquiera que pudiera brindarnos ayuda o informa- ción.
Completada la semana de transitar a la deriva, mis amigos de- cidieron no continuar. Alegaban que en toda la Sierra no había nadie que nos orientara. Trataron de convencerme, pero como me mantuve firme, con esa misma seguridad me dijeron que lo sen- tían, que se iban. Imaginé, primero, que querían comprobar mi firmeza. Entonces les precisé:
—Está bien, me quedo —acto seguido les pregunté—. ¿Qué van a decirle a la gente, allá en Remedios, si logran regresar?
—Que vimos a Fidel y nos planteó que teníamos que volver para atrás, porque no había armas; que más adelante era posible, pero ahora no.
Ya estaba seguro de que me quedaría solo. Ese día, el séptimo después de que salimos de la casa de Benigno, mis compañeros se fueron, yo me mantuve en medio de aquel paraje desconocido y peligroso.
Me sentí aplastado; pero seguí caminando poco a poco y con más cuidado. Ante la angustia de la soledad, además, pensé que Alberto y Fermín me hacían una jugarreta; que cuando menos lo pensara, se pararían delante para sorprenderme, hasta que opté por darle un golpe mortal a mi ilusión. El reloj seguía su indete- nible paso y hube de convencerme de que la partida había sido de verdad.
Pasé dos días solo, con un hambre voraz, lo único que comía eran canutos de caña chiquita, no había ni rastro de campesinos;
mis movimientos eran zigzagueantes y en mi pensamiento: cómo unirme a Fidel y sus hombres.
No tuve otra elección, tras pensarlo mucho, me planteé: “Regre- saré adonde Benigno para analizar qué otra posibilidad existe”. Si arribar al firme de la Sierra, a La Siberia, había sido duro, regresar lo fue otro tanto. Cuatro o cinco días más caminé tratando de orientarme. A mi lento paso solo veía bohíos quemados. Avan- zando rumbo al noreste, algunos lugares me parecieron conocidos, hasta que al fin divisé el alto de La Caridad. Aún no sé cómo pude volver al lugar, si por instintos o por los rudimentarios conoci- mientos de astronomía.
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La atención de Benigno fue tan sensible como la primera vez.
Ya iba a oscurecer y rápido me sirvió comida. Me dejó descansar, notó que me hacía falta.
Al amanecer me contó que mis amigos habían pasado por allí cuando regresaron. Entonces, le pedí consejos. Él tenía unos cua- renta años y me inspiraba confianza. Le pregunté si podía quedar- me con él, trabajando en el campo, en espera de los guerrilleros o si me recomendaba otra idea.
—Mira, muchacho, por aquí no hay rebeldes, ni noticias de ellos.
En la zona todo el mundo me conoce, sabe que solo tengo a un hermano. ¡Y está aquí conmigo! —agregó además— Tu presencia se haría sospechosa para los chivatos de la zona.
Yo escuchaba cada palabra suya con suma atención. Luego se incorporó a mi silencio, que se tornó reflexivo por parte de ambos.
Fue Benigno quien tomó la palabra otra vez:
—¿Tú tienes algún pariente por la zona o en Oriente?
—Sí. En Las Tunas vive un tío, hermano del viejo.
—Ve para allá. Trata de reponerte que estás muy débil, y espera otra oportunidad. ¡Más adelante lo intentas de nuevo!
Su propuesta me pareció buena. No iría para Remedios, adonde no podía volver, me mantendría cerca de la Sierra para próximos intentos de unirme a la guerrilla. Benigno, a pesar de sus limi- taciones económicas, me dio un peso para la guagua de Guisa a Bayamo. Anduve a pie unos veinte kilómetros más o menos hasta Guisa. Con el dinero que me dio, tomé el autobús para Bayamo.
Llegué al filo del mediodía, sobre el 15 de junio. No conocía a nadie, tampoco tenía un centavo para comer algo, ni para pagar el transporte a Las Tunas. Caminé hasta el parque de la ciudad, donde el pensamiento empezó a girar. Así estuve algunos minutos hasta acordarme que era miembro de los Ajef. En la logia había aprendido, mediante la sesión de iniciación, a aplicar las señas y contraseñas para solicitar ayuda cuando un masón se encuentra en apuros.
Lo primero que se me ocurrió fue pararme en una esquina del parque. Repetí la señal de socorro en varias ocasiones; lo mismo hice en las demás esquinas, sin recibir respuesta. Habían pasado tal vez dos horas, cuando un joven de unos veinte años, mulato, apareció ante mí. Tras su saludó, indagó:
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—¿Usted es Ajef?
Me devolvió el alma al cuerpo. Le di la contraseña: “En verdad”.
Me extendió su mano e indagó por la ayuda que requería.
—Necesito comer algo y trasladarme hacia Las Tunas.
Que necesitaba comer era evidente. Si bien Benigno me había alimentado, aún estaba débil. El muchacho me invitó a su casa, situada a unas dos cuadras del parque. Sin muchas averiguacio- nes, pusieron delante de mí una paila de harina con carne, ¡qué hartada me di! Como a las tres de la tarde, el papá del muchacho, un hombre de cincuenta años quizás, me llamó aparte:
—Toma estos dos pesos, es el precio del pasaje de la guagua in- terprovincial que va desde Bayamo hasta Camagüey. Te bajas en Las Tunas.
Me despedí de tan generosa familia, dándole las gracias por su atención y auxilio. El joven Ajef me acompañó adonde podía tomar el ómnibus. Nada me preguntó, ni en el trayecto ni en el instante de la despedida; tampoco lo habían hecho los suyos. Cumplieron al pie de la letra con los lineamientos de la organización.
He vuelto al lugar, nunca los he encontrado, tal vez, aunque han pasado más de cincuentaicinco años, alguno de ellos lo recuerde y pueda corresponderle, en persona, su asistencia. Sí puedo asegu- rar que le guardo infinito agradecimiento a esa familia pobre, de cuatro o cinco miembros, que me ayudaron en un momento muy difícil de mi vida.
La ruta que debía tomar se llamaba Hood, la utilizaban gene- ralmente los trabajadores agrícolas y haitianos. Era de bajo costo.
Arranqué en la destartalada guagua, ya al anochecer había llegado a mi destino. Busqué la calle 13 de Octubre, No. 253; era donde vivía Faustino Acevedo, uno de los tíos que había visitado en tiempos de vacaciones.
Mi tía abrió la puerta. Su recibimiento me alarmó, fue tal su nerviosa sorpresa que sin saber cómo, balbuceó:
—¡Rogelio…! ¡Tus padres te buscan…!
Yo había salido de Remedios el 26 de mayo y el 16 de junio es- taba por terminar, bastantes días como para elevar hasta la máxi- ma expresión la desesperación de cualquier progenitor. Por toda respuesta le pedí comida.
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No demoró en hacer entrada a la casa el tío Faustino, un tipo serio, poco comunicativo, nada cariñoso, muy distinto al viejo. Se interesó por mi salud y rápido me precisó:
—Aquí no puedes quedarte. Te busca la Policía. Te llevaré para la finca de un campesino amigo mío.
Lolo Quesada se llamaba; vivía a unos diecisiete kilómetros de Las Tunas, por la Carretera Central rumbo a Camagüey. Allá me escondieron.
A la semana aparecieron unos guardias, pidieron chivos, car- neros y otros animales para su consumo, todo sin pagar un cen- tavo. No me extrañó esa actitud. Ya sabía que ellos funcionaban así. Pero Lolo resultó ser un tanto cobarde, se puso nervioso. En cuanto los hombres se retiraron, mandó a buscar urgente al tío.
Le dijo que yo no podía seguir en la finca, que era peligrosa mi permanencia…
El tío me llevó para la tienda de víveres de la cantera del fe- rrocarril, en Palo Seco, de la cual era dueño. Ahora en Guáimaro, provincia de Camagüey, adonde me había trasladado, me pusieron a trabajar con un tío político de nombre Félix. Durante unas tres semanas allí, me repuse algo.
En la cantera, todos los días tiraban explosivos. Dos de la Guar- dia Rural, armados por supuesto, cuidaban la dinamita y pernoc- taban en un albergue aledaño a la tienda. Con esta información y conocedor del lugar donde el tío guardaba el revólver de la tienda, comencé a concebir la idea de despojarlos de sus fusiles para vol- ver a la Sierra Maestra. Aunque me rompía la cabeza pensando en cómo trasladarlas armas, si tenía que andar más de ciento cin- cuenta kilómetros.
Pasados unos veinte días, a principios de julio, se me apareció mi hermano Enrique. Tío Faustino lo esperó en la tienda, suponía que venía derechito a mi encuentro, pues nuestros padres le ha- bían avisado, desde el día anterior, de su fuga de Remedios.
Hablamos por espacio de una hora a solas. Me relató lo que ha- bía hecho para irse de casa y llegar hasta donde yo estaba. Supe por sus anécdotas que había logrado hablar con Fermín, uno de los dos muchachos que me dejaron solo en la Sierra, y le contó que vio a Fidel y la negativa de aceptarnos por la carencia de armas.
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Ante la pregunta de Enrique de si eso había sido así le contesté que sí. En ese instanteinterrumpió el tío y dio por concluida la conversación. A Enrique lo llevó en la camioneta para su otra tienda, el Cuatro de Macagua la llamaban, a veinte kilómetros de distancia.
Pasados quince días, escuché desde el bosquecito cercano al fondo de la tienda, el silbido de la familia —mi padre nos había entrenado en ese llamado como algo especial—. Para sorpresa mía, era Enrique. ¡Qué alegría me proporcionó verlo y hablar con él!
Apareció con un revólver que le había tomado prestado al tío de la otra tienda. Conversamos sobre futuros planes. Ante la nue- va situación, decidí contarle la verdad de lo sucedido durante la experiencia anterior:
—Lo que te dijo Fermín del viaje a la Sierra Maestra, de que vi- mos a Fidel y demás… no es cierto. Pero fíjate, te propongo inten- tarlo otra vez —como todo un conocedor, le expliqué—. Vámonos de aquí en la guagua Hood hasta Bayamo, de ahí pasamos a Guisa, subimos a pie por Victorino al alto de La Caridad para salir de nuevo a donde vive el campesino amigo mío, Benigno Sosa. Ahí le pedimos ayuda para contactar con los rebeldes.
A duras penas, mientras le explicaba, lo fui convenciendo de no viajar con el revólver del tío. Recuerdo que le dije:
—Fíjate, Enrique, si los guardias registran la guagua, nos tendre- mos que matar a tiros con ellos, es mejor pasar inadvertidos, como dos estudiantes que van a visitar a un pariente.
Él comprendió y el arma quedó escondida en una gaveta de la tienda, y al lado, una nota en la que expresábamos la decisión de partir otra vez hacia la Sierra Maestra.
Salimos atravesando potreros hasta la Carretera Central para evitar otro encuentro con tío Faustino. Anduvimos unos seis ki- lómetros hasta el entronque de Palo Seco y Carretera Central, allí esperamos la guagua que no apareció hasta las tres de la tarde.
Pisamos tierra bayamesa sobre las ocho de la noche del día 15 de julio de 1957.
Caminamos. A pesar de ser temprano, en el parque no había nadie y por las calles transitaba poca gente. Preguntando nos acercamos adonde debíamos tomar la guagua para Guisa. Apenas había posibles viajeros. En la taquilla el vendedor de boletos nos
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informó que había una última salida a las diez y treinta. Nos co- mentó en voz baja que ese ómnibus llevaba pocos pasajeros y la Guardia Rural acostumbraba a registrar. Solo nos miramos para ponernos de acuerdo, e indagamos por alguna salida en horas de la mañana.
—Una es a las ocho, la otra a las diez.
Decidimos viajar por la mañana, el problema era dónde dormir.
Habíamos deambulado por el pueblo como sesenta minutos, medio perdidos, cuando divisamos lo que pareció ser una posada de mala muerte. Tenía una habitación disponible. Al entrar, el empleado nos miró con cierta malicia, tal vez pensando que éramos una pareja de homosexuales. Ya en el cuarto, rompimos a reír. ¡Había sido mejor que creyeran eso y no que adivinaran las verdaderas andanzas!
Por casi tres horas, nos dedicamos a trazar un plan detallado para el ascenso. Lo obligué a repetir datos útiles que nos pudieran solicitar en cualquier momento del viaje, hasta aprendérselos de memoria.
Yo le decía:
—No olvides, vamos a estudiar a Guisa, a la casa de Domingo Barrios, con su hijo Dominguito.
Esta persona, hasta donde sabía, era fiel colaborador del go- bierno de Batista, un chivato que, al mencionar su nombre, na- die debía sospechar. Además, nos aprendimos otros nombres, los nuestros, los falsos de nuestros padres... Los creamos diciendo mi- tad verdad, mitad mentira para recordarlos mejor. Yo era Rogelio Rodríguez, mi viejo Maximino Rodríguez. Estuvimos de acuerdo con que Enrique fuera el primero en tomar el ómnibus; yo saldría con dos horas de diferencia.
Como parte del plan, situé un punto de encuentro en el poblado de Guisa, el cual ya conocía del intento anterior. Le expliqué que era a la salida del camino de Guisa a Victorino. Concluido lo que creíamos imprescindible para el nuevo día, nos echamos a dormir en el único camastro estrecho y maloliente.
Amaneció. Con el nuevo día comenzó el plan. Enrique salió solo de la posada. Transcurrido el tiempo previsto, marché hacia la estación. Tomé rumbo a Guisa; el ómnibus, por cierto, llevaba bastantes pasajeros. Me senté en el asiento del fondo, que era co-
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rrido, donde íbamos cinco o seis jóvenes. Durante el viaje no tuve dificultades, solo a la entrada del pueblo dos guardias subieron a la guagua y comenzaron a preguntar a cada uno el motivo del viaje. El corazón me subió a la garganta.
Me llamé a la cordura, empecé a hojear la revista Bohemia que llevaba, como si la leyera. Cuando escuché que los uniformados se dirigían a mí, no sé ni cómo respondí:
—Voy a casa de Domingo Barrios, a estudiar con Dominguito, su hijo.
Uno se quedó pensativo… pero de momento arremetió con in- sistencia:
—¿Con Dominguito…? ¿El hijo? —la frase fue repetida en dos o tres oportunidades.
Una muchacha, sentada en la parte delantera, intervino:
—Yo conozco a Domingo Barrios y a su hijo.
No indagaron más. Bajaron del ómnibus y pude continuar hasta el parque, la última parada. Pensando que me chequeaban, caminé hasta una cafetería, entré al baño y por casualidad tenía salida a la calle por un lateral; por ahí mismo corrí en busca de mi her- mano.
Él no estaba en la salida del pueblo. Tuve que regresar al par- que. Cerca del paradero de la ruta de guagua lo vi.
—¿Qué pasó, Enrique?
—No entendí bien lo que hablamos anoche…
En su trayecto a Guisa no tuvo tropiezos, pasó desapercibido al lado de una viejecita que iba sentada junto a él.
A pie, sobre las dos de la tarde, salimos hacia Victorino. Como a las dos horas de marcha, sorpresivamente sentimos un yipi a nuestras espaldas. Pensamos que eran guardias y mantuvimos el paso, por suerte no fue así. Pasada una hora, le preguntamos a un joven cuán lejos quedaban las lomas.
—Sí, pero para allá está lloviendo —nos respondió con la segu- ridad del hombre serrano.
Con el muchacho caminamos como dos kilómetros hasta aproxi- marnos a una tienda, en la que vimos atados a su portal dos ca- ballos. Tan solo a cincuenta metros de nosotros, asomaron dos guardias que pronto montaron sus bestias.
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A una velocidad inusual, dimos media vuelta y, en la curva in- mediata, nos tiramos barranco abajo. Fuimos a dar a un río. Entre su murmullo y el fresco acariciador, recobramos el aliento para proseguir, poco a poco y por dentro del agua. Muertos de hambre, solo pudimos compartir una guayabita entre los dos.
Al tercer día de haber salido de Palo Seco, ya oscureciendo, vol- vimos al camino. A un chiquillo con un saco de malangas al hom- bro, le preguntamos si faltaba mucho para el alto de La Caridad.
Sabernos aún distantes nos hizo averiguar si podríamos comprar comida en algún lugar. Él no podía responder, pero nos prometió hablar con su papá.
Seguimos hasta su casa. Sobre la mesa servida había malanga y un poco de frijoles. El muchacho le contó a su papá nuestro interés. Este, con la bondad que caracteriza al campesino, nos in- vitó a compartir la mesa. Comimos a reventar sin tener que dar explicación alguna. Lo que se dice una suerte loca: no sabíamos quién era el dueño de la casa y a una legua estaban los soldados de a caballo.
El hombre del humilde hogar nos propuso pernoctar allí, si que- ríamos. Dijimos que no.
—Entonces, ¿qué van a hacer? —preguntó sorprendido.
—Vamos rumbo a Peladero.
Con su orientación, recorrimos el camino sin parar. Alrededor de las tres de la mañana tocamos a la puerta de Benigno Sosa, en el alto de La Caridad. Lo llamé. Nos volvió a atender como la primera vez. A esa hora nos ofreció comida y nos escondió en un bohío del tipo varaentierra, a la izquierda de su casa.
Por la mañana, le volví a preguntar si había notado algún mo- vimiento de gente revolucionaria con la intención de unirse a los guerrilleros. Me dijo que ese mismo día habían pasado dos per- sonas por allí, queriendo contactar con los rebeldes. Le pedimos verlos. Tras la conversación con los recién llegados, decidimos subir las lomas juntos.
A todas estas, nos negó la información de que un lugareño tenía revólver y escopeta. Enterado del importante dato, me ofrecí vo- luntario para pedirle las armas, solo precisaba de un guía. Me sentí nervioso ante la situación, no obstante cumplí el compromiso. Se- ría como la una de la mañana cuando llamamos a su puerta: