Juan Luis Lorda
LOS DIEZ MANDAMIENTOS
EDICIONES RIALP, S.A.
MADRID
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ISBN: 978-84-321-4536-0
INTRODUCCIÓN
Este pequeño libro se esfuerza en hacer comprensibles los distintos aspectos de cada mandamiento, sin entrar en todos los detalles. Intenta mostrar que los diez mandamientos verdaderamente son una guía para la vida; y que pueden compartirla muchos que no se consideran cristianos. Por eso, no es un compendio de moral ni aspira a recoger todo lo que se podría decir de cada mandamiento.
Como otro libro que edité sobre las Virtudes, procede de un programa de Radio Nacional de España, que se llama «Alborada». Lo hice durante varios años. Se trataba de ofrecer en dos minutos y medio, un pensamiento a primera hora de la mañana que pudiera inspirar el día. Para no improvisar, pensé un esquema general para desarrollarlo semana tras semana. Para el año 2012 escogí los Diez Mandamientos, e intenté explicarlos de la manera más breve y cercana posible, pensando en un público que quizá conocía poco la moral cristiana o incluso no era cristiano.
Al preparar el texto para la edición, lo he revisado y reescrito casi entero, aunque conserva el esquema general y el tono directo.
EL DECÁLOGO
1. El decálogo: las diez palabras de la vida eterna
En una ocasión se acercó a Jesucristo un joven y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?». Sin duda el joven le había oído predicar y sabía que hablaba de una nueva vida con la que se podía superar la muerte. Pero ¿cómo entrar en esa vida?
La respuesta de Jesucristo fue muy simple: «Ya conoces los mandamientos, guárdalos». Y le recordó una parte de la lista: «No matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre». Como resumen, añadió: «Ama al prójimo como a ti mismo» (Mt 19,16-19).
Esta famosa lista de los diez mandamientos está en la Biblia hebrea en textos muy antiguos, que fueron puestos por escrito al menos 700 años antes de Cristo, en un libro que se llama el libro del Éxodo. Allí se cuenta que Dios entregó a Moisés esa lista en el monte Sinaí, después de renovar solemnemente la alianza entre Dios y el pueblo hebreo.
En esa alianza, Dios se comprometió a ser el Dios de Israel, a guiarle y protegerle. Y, por su parte, Israel se comprometió a cumplir esos mandamientos. En la tradición judía, se les llama «las diez palabras»; que, en griego, se dice «decálogo» (deca-logoi: diez palabras). Por eso llamamos también «decálogo» a los Diez Mandamientos.
En la Biblia, la lista de los diez mandamientos aparece en dos libros distintos, con pequeñas variantes: en el libro del Éxodo, como hemos dicho, y en el libro del Deuteronomio, que es una especie de recuerdo de la historia de la Alianza. Un buen israelita, si quería ser fiel a la alianza de su pueblo con Dios, tenía que esforzarse en amar y cumplir esas diez «palabras» de Dios. Es la manera de amar su voluntad. Para la tradición judía, la ley contenía y contiene muchos otros mandamientos, pero estos diez son los principales.
En el Occidente cristiano, hemos recibido este decálogo junto con la fe cristiana y es la base histórica de nuestra educación moral. Todavía resuenan con gran fuerza en las conciencias.
Muchos repiten hoy que la moral es relativa. Sobre todo lo dicen, me parece a mí, porque han cambiado sus costumbres sexuales. Pero pocos se atreverían a decir que los
mandamientos «no matarás», «no robarás», «no levantarás falso testimonio contra alguien» y «honrarás a tu padre y a tu madre» son relativos y opinables. Es decir, muy pocos se atreverían a defender que da lo mismo matar que no matar, robar que no robar, decir falsedades sobre el prójimo que no decirlas, atender a los propios padres o no atenderlos. Mucha gente repite, sin saber bien lo que dice, que la moral es relativa, pero, en la práctica, nadie lo admite en cuestiones de justicia. Todavía el viejo decálogo es un faro que orienta la conducta humana. Y no hay muchos más.
2. ¿Un límite o un camino?
Se supone que el hombre moderno es un hombre emancipado y adulto, que obra de acuerdo con su libertad y que está liberado de muchas trabas antiguas. Esto tiene mucho de verdad. No estamos tan sometidos a la arbitrariedad de los que mandan como lo estaban antes. Pero también es cierto que nunca han pesado más leyes y restricciones sobre las personas.
Hay leyes estrictísimas sobre la fabricación de cualquier producto, sobre la preparación de alimentos, las basuras y los residuos, la circulación de vehículos, las salidas de humos, las reformas de las fachadas, los vehículos que pueden circular o sobre la educación. Hay más libertad que en ninguna otra época para elegir yogures, pero nunca ha habido menos para educar a un hijo o para pintar una fachada (no digamos para cambiarla).
De todas formas, al hombre moderno le gusta pensar —porque le han educado así — que es un hombre libre, y, quizá por eso, ve con recelo la idea de que le impongan unos mandamientos.
Para el judío bueno y justo, que la Biblia pone como modelo, los mandamientos de Dios no eran una imposición y una carga, sino todo lo contrario: un regalo y un alivio. No los veía como una restricción, sino como la sabiduría de la vida y el modo más seguro de agradar a Dios. No veía en ellos la barrera que impide pasar, sino las señales que indican el buen camino y la luz que permite caminar en la oscuridad.
Un camino en el bosque no es un atentado contra la libertad de ir por donde uno quiera, sino la mejor manera de atravesar el bosque. Nadie se enfada porque el fabricante de un electrodoméstico se lo venda con las instrucciones sobre el mejor modo de usarlo. No es una limitación de la libertad del cliente, sino un aumento de su libertad. Puede hacer mucho más en lugar de mucho menos. En realidad es una falta de libertad tener entre las manos un aparato delicado y complejo, y no saber qué hacer con él.
La vida no es un aparato, pero es compleja y se puede estropear de muchos modos, algunos terribles. Contar con unas instrucciones del Creador que nos ha hecho no es una ofensa, sino un beneficio, una solución, una luz. Hay que agradecer ese beneficio.
Lo explica de una manera muy bonita Filón de Alejandría, que era un filósofo judío del siglo primero antes de Cristo. Al comentar el primer libro de la Biblia, el Génesis, que para los judíos piadosos forma parte de la Ley (la Torá), dice: «Este comienzo es más
maravilloso de lo que se pueda decir, porque incluye el relato de la creación del mundo; y en él se da a entender que el mundo está en armonía con la Ley y la Ley con el mundo y que el hombre que respeta la Ley, en virtud de ese respeto, se convierte en ciudadano del mundo, por el solo hecho de que conforma sus acciones con la voluntad de la naturaleza por la que se gobierna el universo entero» (De Op. Mundi, I, 1-3).
3. Las dos tablas: lo que se debe a Dios y al prójimo
El libro del Éxodo, donde aparece la lista de los mandamientos, es uno de los principales de la Biblia hebrea. Es un libro épico porque cuenta la salida del pueblo de Israel de Egipto, el paso del Mar Rojo, la peregrinación por el desierto hacia la tierra prometida, y la solemne alianza entre el pueblo hebreo y Dios. Para el pueblo judío el relato del éxodo es el recuerdo de su libertad. Y para los cristianos el éxodo es una imagen que anuncia la liberación del pecado y el paso hacia la tierra prometida que es el cielo.
Según cuenta este emocionante y antiquísimo libro, después de pasar el Mar Rojo, el pueblo hebreo vagó por la península del Sinaí. Y se dirigió hacia al monte Sinaí, que se alza, enorme y aislado, en aquellos parajes semidesérticos. Allí acampó. Mientras el pueblo rezaba al pie del monte, Moisés que era el guía, subió a la cima y pasó varios días envuelto en una impresionante nube, hablando con Dios. Allí se renovó solemnemente la alianza o pacto entre Dios y el pueblo de Israel.
Como condición, Dios entregó a Moisés la ley que debía guardar el pueblo. En primer lugar le dio el decálogo, los diez mandamientos. Después, según cuenta el mismo libro, otros muchos preceptos sobre casi todos los aspectos de la vida; y finalmente, instrucciones muy detalladas sobre el templo, las vestiduras, las ceremonias y las fiestas.
Además, entregó a Moisés unas tablas de piedra donde, según dice el libro, estaban grabadas la ley y los mandamientos (Ex 24,12). Moisés bajó con ellas desde la cima y se encontró con una sorpresa desagradable: aquel pueblo que se suponía acababa de pactar una alianza, ya se había cansado. Viendo que Moisés se retrasaba en el monte y no volvía, pensaron que había muerto. Recogieron el oro que llevaban, lo fundieron e hicieron un becerro para tener algo que adorar. Al mismo tiempo que se les daba en la cima el mandamiento de amar al Dios verdadero, en la base del monte estaban haciendo un becerro de oro para adorarlo. Toda una señal de qué frágiles son las voluntades humanas.
Nada era más contrario al pacto que acababan de hacer, porque se habían comprometido a adorar a un único Dios. Al ver aquel espectáculo, Moisés enfurecido tiró las tablas y se partieron; hizo pulverizar el becerro, esparció el polvo de oro al viento, subió de nuevo a la cima para pedir perdón y recibió unas nuevas tablas.
Aquellas tablas quedarían como el recuerdo y testimonio de la Alianza. Y el antiguo pueblo hebreo las conservaba en una especie de cofre que transportaban con andas, de
una parte a otra, y que se llamaba el Arca de la Alianza, hasta que se perdieron por los desastres de las guerras.
Algunos han imaginado que se habla de dos tablas de piedra porque en los acuerdos y contratos antiguos y modernos se hacen dos copias una para cada parte. Sin embargo la representación tradicional aprovecha las dos tablas para dividir los mandamientos en dos grupos: en la primera tabla, los mandamientos que se refieren a Dios; y en la segunda, los que se refieren al prójimo.
4. Jesucristo y los mandamientos
Los diez mandamientos son considerados por el antiguo pueblo hebreo como fruto de su alianza con Dios en el Sinaí. Y sabemos que, en tiempos de Jesucristo, eran muy venerados y conocidos por todos los buenos judíos.
Según los Evangelios, Jesucristo habló de esos mandamientos en tres ocasiones principales, aparte de otras referencias. En una ocasión, lo hemos contado al principio, un joven que era muy rico le buscó y le preguntó qué tenía que hacer para lograr la vida eterna. Jesús le respondió que cumpliera los mandamientos; y le recordó la segunda tabla o grupo de mandamientos que se refieren al prójimo: «No matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre». Añadiendo, como resumen: «Ama al prójimo como a ti mismo» (Mt 19,16-19).
En otra ocasión, un experto judío en la interpretación de la Escritura, le preguntó cuál es el principal mandamiento de la Ley; Jesús le respondió: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la Ley y los profetas» (Mt 22, 36-40).
De esta manera, inspirándose en textos que aparecen en la Biblia, resumió todos los mandamientos que se refieren a Dios en uno solo: amar a Dios sobre todas las cosas. Y todos los mandamientos que se refieren al prójimo también en uno solo: «Amarás al prójimo como a ti mismo».
Pero hay una tercera ocasión importante. En este caso, en lugar de resumir hizo un desarrollo muy cuidadoso de los mandamientos que se refieren al prójimo. Se trata del Sermón de la Montaña, una enseñanza a sus discípulos que aparece en el evangelio de san Mateo. Allí detalla cada mandamiento. Donde el quinto mandamiento dice «no matarás», Jesucristo pide evitar cualquier maltrato o insulto al prójimo. Y al recordar el octavo que es no testimoniar en falso, Jesucristo reclama tener un lenguaje sencillo y veraz. No quiso quedarse en la letra o en lo mínimo que piden los mandamientos, sino en mucho más.
Jesucristo declaró a sus discípulos que él no iba a quitar ni una coma de la ley; al contrario, que la quería llevar a su plenitud. Y eso se ve en la primera escena que hemos recordado: cuando el joven rico le respondió que cumplía los mandamientos desde niño,
Jesucristo le pidió mucho más: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres (...) y luego ven y sígueme».
Aquel joven no se atrevió a dejarlo todo y seguirle, precisamente porque era muy rico y le daba pena dejar lo que tenía. Pero muchos otros en la historia, se han atrevido. La mayoría, gente normal. Algunos, como san Francisco de Asís, verdaderamente ricos.
5. Las variantes de los mandamientos
Ya hemos dicho que la lista del Decálogo o los diez mandamientos aparece dos veces en la Biblia. La primera, en el libro del Éxodo, donde se cuenta la escena de la Alianza en el Sinaí. La segunda, en el libro del Deuteronomio, donde Moisés recuerda la historia de la alianza y a qué se ha comprometido el pueblo hebreo; allí repite la lista de los diez mandamientos aunque de forma más resumida. Las dos listas —del Éxodo y del Deuteronomio— aparecen en columnas paralelas en el Catecismo de la Iglesia Católica y así se pueden apreciar fácilmente las pequeñas diferencias.
Todas las tradiciones judías y cristianas han conservado el número de diez mandamientos. Pero a la hora de dividir las frases donde se explican, se produjo desde muy antiguo una diferencia entre Oriente y Occidente.
La lista de los mandamientos comienza declarando solemnemente: «Yo soy el Señor tu Dios», y a continuación dice: «No habrá para ti otros dioses». El texto del Deuteronomio no dice más. Pero el texto del Éxodo desarrolla la segunda frase prohibiendo hacer cualquier tipo de imágenes, para evitar ídolos que pudieran ser adorados.
Por este desarrollo, los cristianos orientales junto con la tradición judía distinguen en estas primeras frases dos mandamientos: el primero, adorar a un solo Dios. El segundo, no hacer imágenes ni adorarlas. En cambio, la tradición occidental considera que las dos frases son un único mandamiento: adorar a un único Dios y no hacerse imágenes de otras cosas.
Al final de la lista de los mandamientos sucede lo contrario. El último mandamiento según el texto del Éxodo, es no codiciar la casa del prójimo, ni su mujer, ni su siervo ni su sierva, ni otros bienes. En cambio, el texto del Deuteronomio pone primero no desear la mujer del prójimo y después, no desear nada que sea propiedad del prójimo. La tradición occidental, siguiendo al Deuteronomio, distingue al final dos mandamientos: no desear la mujer del prójimo (noveno mandamiento) y no desear los bienes ajenos (décimo mandamiento). En cambio, la tradición judía y la del oriente cristiano ha mantenido unidas las dos frases y lo consideran un único mandamiento.
Esto hace que aunque el número total sea igual —diez mandamientos—, en la tradición judía y en la cristiana oriental, hay cuatro mandamientos referidos a Dios y seis al prójimo. En cambio, en la tradición occidental, hay tres mandamientos referidos a Dios y siete al prójimo. Como solo se trata de una diferencia en la manera de agrupar las frases, la enseñanza es la misma. Pero es una curiosidad histórica.
6. Los mandamientos como resumen de la moral
Desde muy antiguo los cristianos han usado la lista de los mandamientos para enseñar la moral o el comportamiento cristiano. Claro es que la pura lista de los mandamientos no recoge todo lo que se puede decir sobre la manera justa de vivir o lo que Dios quiere del hombre y Cristo ha enseñado. Es un esquema general que también sirve de marco para muchas más cosas. El mismo Jesucristo al explicar los mandamientos, desarrolló su contenido. Después, con la experiencia de la vida, la tradición de la Iglesia ha recogido en la enseñanza de cada mandamiento más cosas que están relacionadas.
Por ejemplo, si pensamos en el cuarto mandamiento «honrarás a tu padre y a tu madre», la tradición cristiana aprovecha este mandamiento para enseñar toda la moral de las relaciones familiares entre padres, hijos y hermanos, pero también incluye los deberes de respeto y obediencia hacia cualquier tipo de autoridad. Y en el séptimo mandamiento, que resumidamente dice «no robarás», se aprovecha para explicar toda la doctrina sobre la justicia en las relaciones económicas.
De ese modo, cada uno de los mandamientos se ha convertido en algo así como un capítulo de la moral cristiana. Y con la sabiduría de los siglos, aprovechando el esquema de los mandamientos, se ha llegado a una exposición muy completa de los distintos aspectos del vivir humano.
Según el sentir de la Iglesia, esta moral no es solo cristiana, sino que expresa la moral «natural», la moral que todos los hombres tienen por naturaleza, la que muchos pueden alcanzar con solo tener un poco de sensibilidad. Es verdad que, a veces, no todos tienen claros los mismos principios morales; y que se notan diferencias de detalle. Pero también se observan sorprendentes paralelismos. Por ejemplo, en todas partes se piensa que es malo robar, mentir, hacer daño sin motivo al prójimo, o maltratar a los padres.
Los primeros cristianos se quedaron asombrados al comprobar hasta qué punto lo que enseñaban coincidía con muchos preceptos de la sabiduría antigua griega y romana. Sobre todo en los mandamientos sobre el prójimo. Notaban diferencias importantes de estilo y motivación; y se daban cuenta de que muchos paganos no podían tratar a Dios de la misma manera que los cristianos, porque tenían una imagen muy distinta de Dios. Pero en lo demás, notaban sorprendentes coincidencias con los sabios griegos y romanos. Por ejemplo, al tratar de la sobriedad con que conviene vivir y de las exigencias de la justicia. Lo mismo sucedió al entrar en contacto con otras culturas y encontrar verdaderas muestras de sabiduría, por ejemplo, en algunas tradiciones orientales en China y en la India. Todos estaban de acuerdo en que había que ser justos con los demás, honrar a los padres, y no dejarse llevar por los arrebatos de los deseos o por la ira.
Al pensar en estas coincidencias, los cristianos se acordaban de que la ley de Dios está metida en el fondo de la realidad, porque el mundo ha sido creado por Dios. Por eso
la ley de Dios no es algo superpuesto y extraño a la conciencia humana, sino que es como un ideal de vida. Por esto le llamaron «ley natural», es decir la ley o estructura íntima o sentido de las cosas y de las personas.
7. La primera tabla: mandamientos del amor a Dios
Con el tiempo, el decálogo o la lista de los diez mandamientos se convirtió en el esquema que resume toda la moral y la ley natural. También se formularon los mandamientos de una manera más sencilla, para usarlos fácilmente en la enseñanza y que se pudieran memorizar.
La enseñanza cristiana presenta los mandamientos en dos grandes partes o, si se quiere, dos tablas, en recuerdo de las tablas de piedra que recibió Moisés. La primera, son los mandamientos que se refieren a Dios; según la tradición occidental son tres:
1. Adorar a un solo Dios
2. No tomar el Nombre de Dios en vano 3. Santificar las fiestas.
Y la segunda parte se refiere al prójimo, y allí están otros siete mandamientos: 4. Honra a tu padre y a tu madre
5. No matarás
6. No cometerás actos impuros 7. No robarás
8. No dirás falso testimonio ni mentirás
9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros 10. No codiciarás los bienes ajenos.
Según la enseñanza del mismo Jesucristo, los tres primeros se pueden compendiar en uno solo: «Amar a Dios sobre todas las cosas». Y los siete segundos también en uno solo: «Amar al prójimo como a uno mismo». Lo subraya san Pablo: «En efecto, no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás mandamientos se resumen en esta fórmula: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 9-10).
Es bonito pensar que toda la ley moral se puede compendiar en dos mandamientos que consisten en amar: amar a Dios y amar al prójimo. Por eso, aunque a veces se formulen negativamente «no matarás», «no codiciarás», los mandamientos no son un conjunto de prohibiciones, sino, sobre todo, una gran invitación a amar. Los preceptos negativos marcan el mínimo de la vida moral, la frontera de abajo. Pero la vida moral está dirigida hacia una plenitud que no tiene límites hacia arriba, porque no los tiene la capacidad humana de amar a Dios y al prójimo.
Según la tradición cristiana, nadie puede asegurar que ama a Dios, si no ama al prójimo. Lo expresa muy bien el apóstol san Juan en su primera carta a los cristianos:
«Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor», y añade recordando la primera enseñanza cristiana: «Si alguno dice ‘amo a Dios’ y odia a su hermano, es un mentiroso, porque quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve. Hemos recibido de él (de Jesucristo) este mandamiento: el que ama a Dios, que ame también a su hermano» (1Jn 4, 8.20-22).
I. AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS
1. Si Dios existe, habrá que amarle por encima de todo
Está escrito en el libro del Deuteronomio: «Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 4). Y eso mismo repitió Jesucristo cuando le preguntaron cuál es el mandamiento principal (Mt 22, 37). Recordó estas frases que repetía todo judío piadoso como oración para comenzar y acabar el día. A esa oración se le llama el Semá, por la primera palabra hebrea («escucha»). Son el primer mandamiento cristiano.
Por una parte, si existe Dios, parece lógico que haya que amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Es lógico amar más a lo que es mejor. Y Dios, por definición es lo máximo. Pero solo es lógico si ese Dios resulta justo y bueno, porque solo podemos amar lo que es bueno.
En la religiosidad griega o en la romana no se exigía amar a los dioses, sino solo tratarles con el suficiente respeto y culto. Pero es que los dioses griegos y romanos, tan caprichosos, imprevisibles y envidiosos, no podían merecer un amor muy grande. Era fácil tenerles miedo, porque se mostraban llenos de amenazas, pero era difícil tenerles amor, porque, en el fondo, no se lo merecían. De hecho tampoco lo exigían; les bastaba el respeto o el miedo. Era un culto externo y puramente ritual. No llegaba al alma.
En cambio, el primer mandamiento de la Biblia exige amar a Dios con toda el alma. No se queda en lo externo. Alguno puede pensar: ¿no es demasiado pedir amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas? Incluso, ¿es posible para un ser humano amar así, tan rotundamente, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas? Y alguno también podría preguntarse: ¿no es este amor excesivo la causa de muchos excesos?
Los buenos judíos y cristianos responderían que Dios es lo más digno de ser amado, porque es infinitamente bueno y justo. Y que no se puede cometer exceso en amar a Dios, porque no se puede cometer exceso en amar la bondad y la justicia. Hay que amar a Dios con bondad y justicia. Por eso, este mandamiento va unido al de amar al prójimo como a uno mismo. Y si alguno saca del amor a Dios excusa para maltratar al prójimo va contra el espíritu de los mandamientos. Porque, como recuerda el apóstol san Juan, no se
puede amar a Dios a quien no vemos si no se ama al prójimo al que vemos. El prójimo es imagen de Dios.
Y la otra duda planteada: ¿pero es posible para el ser humano amar así, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas? ¿No es más de lo que somos capaces? En efecto, parece que el ser humano por sí solo es incapaz de mover un amor tan grande. A esto la tradición judía y la cristiana responderían que el amor que Dios merece viene provocado por Dios mismo. No se logra con las fuerzas humanas. No se puede ser bueno con las propias fuerzas. En esto se diferencia la religión de las aspiraciones filosóficas.
2. El rostro de Dios, revelado en Cristo
Se ama algo en la medida en que se lo conoce y se ve que es bueno. Así amamos el dinero, en la medida en que nos parece bueno: y, de otro modo, amamos a nuestros amigos: porque nos damos cuenta de que son buenos. Si nos parecieran malos, nos apartaríamos de ellos y no podríamos quererles. Esto es una ley de la psicología humana y una ley necesaria: no podemos amar lo que no nos parece bueno. Pero al revés también es verdad, no podemos no amar lo que se nos manifiesta como bueno. Y esto pasa con las cosas y también con las personas: todo lo que se nos manifiesta como bueno lo amamos y todo lo que nos parece malo, nos causa repugnancia.
Entonces, ¿el amor es libre? Es libre en aspectos secundarios, pero no es libre en los aspectos principales. Es decir, yo puedo ponerme en ocasión de amar a algo o a alguien, si lo trato con mayor o menor frecuencia, pero no puedo evitar amarle si es bueno. Y no puedo evitar no amarle si no es bueno. Es una cuestión de principios.
Es verdad que caben muchas cabriolas mentales, porque las cosas pueden ser buenas en muchos sentidos. Puede que una persona, en el fondo, no sea buena, y sin embargo sea guapa. Quizá se le puede querer o desear en tanto que es guapa aunque, al final, será inevitable la decepción, porque el verdadero amor humano no consiste en querer apariencias, sino personas. Se puede encontrar un cuerpo agradable pero eso no es amar a una persona.
Con Dios sucede lo mismo. Solo se le puede querer en la medida en que se descubre que es bueno. Por eso, el primer mandamiento, «amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas», lleva aparejado un camino de conocimiento. Solo se le puede amar así, si se le conoce así. Solo si llegamos a conocer la inmensa bondad de Dios podemos amarle con todo el corazón.
El conocimiento de Dios tiene una doble fuente. La primera es la revelación de Dios mismo. Sabemos cómo es Dios, porque Él mismo se ha mostrado en la historia de la humanidad: en la historia del pueblo de Israel, y en el mensaje de Jesucristo. En el Antiguo Testamento (la Biblia judía), se nos ha mostrado como un Dios de misericordia y de justicia. En el Nuevo Testamento (los Evangelios y los escritos de los apóstoles), como un Dios, que es llamado Verdad y Amor, y que se manifiesta como Padre. Por eso,
en la medida en que se vive la fe cristiana, y se descubre que es justo y bueno y que nos quiere como Padre, es fácil amarle.
Pero para amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas hace falta algo más. Aquí viene la segunda fuente: la experiencia personal de Dios, que se produce al tratarle y descubrirle personalmente. Si no hubiera tanto testimonio en la historia, podría parecer imposible. Sin embargo, son muchos los cristianos que han seguido ese camino de conocimiento personal de Dios y han llegado a tratarle como Dios y como Padre. Para nosotros estos santos se han convertido en maestros de oración.
3. Fe, esperanza y caridad
El primer mandamiento dice que hay un solo Dios. Y que hay que adorarle, confiar en Él y amarle con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas. La tradición cristiana piensa que la relación del ser humano con Dios se desarrolla con tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad. Se llaman virtudes, porque son hábitos de comportamiento que ponen a Dios en el centro de la psicología humana.
Tener fe consiste en creer en Dios: creer que Dios existe, pero también creer lo que Dios enseña, aceptar su mensaje y su palabra. La cuestión de si Dios existe o no es más profunda y amplia de lo que puede parecer, porque de eso depende cómo es toda la realidad. Creer que Dios existe es pensar que toda la realidad tiene un fundamento bueno y justo y razonable. Y que ese es también el marco de nuestra vida. Es decir, que uno mismo debe ser justo, bueno y razonable. Si no existe Dios, no está claro que el fundamento de la existencia tenga que ser bueno, justo y razonable, y tampoco se puede deducir tan claramente por qué los seres humanos tenemos que ser justos y razonables, si la materia que nos ha hecho no lo es.
La esperanza es la confianza en Dios. Es decir, que en el fondo, para las grandes cuestiones de la vida se confía en Dios, no se confía simplemente en las propias fuerzas ni en los medios de que uno dispone, ni en la buena suerte. El que solo confía en sus fuerzas o en la suerte está perdido, porque no son capaces de darnos ni la felicidad completa ni la justicia plena, ni la vida eterna. No podemos resolver con nuestras fuerzas las aspiraciones más profundas de nuestro ser, porque son mayores que nuestras capacidades. Y sería un error trágico confiar en otra cosa que no sea Dios. Si existe un Dios bueno, justo y razonable, las cosas tienen que tener solución, por lo menos al final.
La caridad es el amor propio de Dios. No cualquier amor, sino el de Dios. Lo mismo que la fe y la esperanza, la caridad es, en realidad, un don de Dios. Amor es una palabra muy gastada y al mismo tiempo una experiencia humana muy profunda. Todos aspiramos a un amor verdadero: a ser amados completamente y, aunque no seamos tan conscientes de ello, a poder amar completamente. A que ese amor no sea estropeado por desplantes y por heridas y por egoísmos. Todos los seres humanos tenemos experiencia de lo bueno que es el amor y, al mismo tiempo, de lo difícil y frágil que es.
Ese es el amor medido con la medida humana, con una aspiración infinita, pero, en nuestra experiencia, sometido a los límites humanos. En cambio, la caridad es el amor de Dios, el amor que tiene Dios y el amor que da Dios. Porque es el amor de Dios y porque Dios lo da, es posible amarle a Él y al prójimo con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas. Hay que pedirlo sin cansarse, porque es un don que no merecemos.
Las tres virtudes están muy unidas. En la medida en que hay conocimiento o fe en Dios, puede haber amor. Y en la medida en que hay amor, se enciende la confianza y la ilusión, la esperanza. También es verdad que la esperanza es causa del amor, porque es fuente de agradecimiento. Todo comunica.
4. Los falsos dioses y los ídolos
El primer mandamiento de la ley de Dios, que compartimos judíos y cristianos, y también musulmanes, proclama que hay que amar y adorar a un único Dios. Solo hay un Dios y no se puede adorar algo que no sea Dios. Aquello que se adora pero no es Dios, se llama ídolo. Los ídolos son las representaciones falsas de Dios, que ocupan su lugar.
Por extensión, llamamos ídolos a las personas más admiradas del mundo del deporte o del cine, en la medida en que nos parecen personajes de fábula. Claro es que en esto hay siempre exageración; porque, según el viejo dicho inglés, nadie es un gran personaje para su ayuda de cámara: es decir, para aquellos que están más cerca; porque acaban conociendo las debilidades y los límites. Ninguna persona se convierte realmente en personaje. De lejos puede parecerlo; pero de cerca no se puede mantener la representación. Eso no quita para que haya grandes personas de carne y hueso. Unas destacan por su sentido moral o su amor al prójimo; otras por su capacidad para el deporte o la escena o por su atractivo. Pero son cosas que no tiene por qué ir unidas. Está claro que el atractivo físico no supone necesariamente ni gran inteligencia ni gran sentido de la justicia.
En la admiración de los ídolos del cine y del deporte puede haber exageración, como sucede en algunos y algunas adolescentes, pero sería difícil llamarle a esto propiamente idolatría. Idolatría es trasladar a algo la confianza, la esperanza y el amor que solo Dios merece, que solo se puede poner en Dios.
El primer mandamiento prohíbe dar a otras cosas el culto o la devoción que solo Dios merece. Se llama idolatría a dar culto a imágenes de dioses extraños, que no pueden ser más que representaciones falsas; poner esperanza en amuletos y fórmulas mágicas. Pero también es una forma de idolatría poner el fin de la vida en otras cosas en lugar de Dios: en el dinero, las riquezas, el sexo, el poder o el éxito social. Estas cosas se pueden convertir en ídolos por la gran capacidad que tienen de absorber la dirección de la vida y por reclamar, a veces, la entrega total de la persona. Y pueden competir con el amor de Dios, porque ocupan el espacio en que este puede surgir. No es posible amar a Dios cuando uno se busca tanto a sí mismo.
Se convierten entonces en falsos ídolos, que prometen mucho, incluso toda la felicidad posible, pero no la pueden dar. El ser humano siempre desea ser saciado, pero solo hay un Dios que puede dar la felicidad eterna. Todo lo demás no vence la muerte ni llena las aspiraciones de la vida. Podemos vivir llenos de intereses e ilusiones, pero sin confundirnos: solo hay un Dios.
5. Adorar a Dios
El primer mandamiento prohíbe adorar aquello que no es Dios, pero también manda amar y adorar al verdadero Dios. ¿Qué es adorar?
Supone muchas cosas: adorar es una mezcla de inmenso respeto, de veneración, de reconocimiento de lo que es superior; uniéndolo a una especie de entrega personal. Eso es la devoción. La palabra castellana «devoción» viene del latín. Y, en su significado original, quiere decir entrega y dedicación, la ofrenda que uno hace de sí mismo. Por eso, la adoración a Dios tiene estos dos aspectos: por un lado, el reconocimiento y admiración (amor) ante lo que es superior, y por otro, la entrega personal.
Por otra parte, es lo propio del verdadero amor. Todo gran amor es una mezcla de admiración y entrega. También en castellano se usa la palabra adorar para los amores humanos: «Te adoro», se dice o se decía, porque quizá hoy se prefieren expresiones menos trascendentes, como «me gustas» o «me caes bien», pero está claro que no es lo mismo.
Los amores humanos suscitan admiración y entrega en la medida en que son verdaderos y buenos. Y no habría auténtico amor, si no se despertaran estos sentimientos. En realidad, no compiten con el amor de Dios, sino que más bien son reflejos del amor de Dios. El amor verdadero que se tienen los esposos o el que tienen a los hijos, o el de los hijos a los padres, o el de los hermanos, o el de los amigos no contradice el amor de Dios, sino que lo refleja.
Esto es llamativo y es uno de los argumentos que hacen pensar en la necesidad de Dios, como fundamento de estas dimensiones tan profundas de la persona humana. La tradición judía y cristiana creen firmemente que el ser humano ha sido hecho a imagen de Dios. Por eso, en las dimensiones más profundas del ser humano, se refleja cómo es Dios. Y en las relaciones más profundas del ser humano, también se aprende cómo hay que tratarle.
Los cristianos no adoran a un Dios lejano, poderoso y terrible. No se adora el poder de destrucción o la fuerza sublime. Sino que se adora a un Dios que es bueno y justo. Por eso, los sentimientos de admiración y de devoción hacia el Dios cristiano no son destructivos sino constructivos. No llevan a la enajenación propia y a la injusticia o al maltrato de los demás, sino que llevan a la atención, a la justicia y a la caridad con los demás. En la tradición judía y, especialmente, en la cristiana, se trata a Dios como Padre. Eso da a la adoración de Dios un tono particular. Y al mismo tiempo recuerda que hay que ver en los demás, hermanos.
6. Cuando se quita a Dios: supersticiones y magia
Es verdad que mucha gente no cree en Dios, pero Dios no es tan fácil de quitar, por muchas y poderosas razones que, a veces, no aparecen a simple vista. El ateísmo es muy difícil, salvo para la gente que no piensa. Primero, porque si no hay un Dios, la realidad no puede tener sentido en el fondo, y se queda como vacía e inhumana: no podemos esperar mucho de una materia que ha hecho el mundo sin darse cuenta. Después, porque tampoco nuestra vida puede tener un fin; y la felicidad plena a la que aspiramos no puede existir ni la podemos alcanzar. Hay un enorme vacío en el cosmos y en la propia persona. Sin Dios, la existencia humana se vuelve muy precaria; y el futuro más precario e incierto todavía: ¿qué nos pasará? Depende de muchas cosas, que, en gran medida, no controlamos. Quedamos en una especie de desamparo existencial. Por eso es tan frecuente buscar otros recursos que, por lo menos den parcelas de seguridad. Decía Chesterton que el que no cree en Dios está expuesto a creer en cualquier cosa. Y está expuesto porque en cierta medida necesita creer en algo, confiar en algo, estar seguro de algo.
Por eso, una desviación frecuente de la psicología y la religiosidad humana es la superstición. Es decir, la confianza en medios extraños como la adivinación, los conjuros, la brujería y el espiritismo. Con estos medios extraños, se espera conseguir lo que solo Dios puede dar. Se espera prever el futuro: pero también curarse, asegurar los negocios o el amor; y entrar en contacto con los muertos.
La magia es el intento de controlar por medios ocultos y extraordinarios la realidad, que con los medios normales no podemos controlar. Es una especie de parásito de la cultura humana, que acompaña toda la historia de la humanidad desde sus primeros pasos; y que no desaparece tampoco en las sociedades desarrolladas. Al contrario, no hay más que ver las páginas de anuncios para comprobarlo. Cuando una sociedad cree menos en Dios, mucha gente cree en los horóscopos, en los brujos, los visionarios, los curanderos y las medicinas alternativas sin ninguna base científica.
A veces, estas cosas pueden parecer un juego, pero, como enseña la experiencia, también pueden convertirse en una esclavitud, por la gran necesidad que tenemos de lo que nos prometen. Así sucede con los amuletos, el leer la mano, echar cartas, la guija u otros juegos de adivinación o el horóscopo. Ordinariamente, se trata de puros y sencillos fraudes, que no tienen ningún fundamento y son contrarios a la religiosidad. Se lee en la Biblia: «Los pueblos paganos consultan a hechiceros y adivinos, pero a ti no te lo permite el Señor tu Dios» (Dt 18,14).
Se suele llamar magia blanca a este tipo de cosas, cuando solo se trata de usar instrumentos. Y magia negra, cuando hay una invocación explícita a los poderes malignos o al demonio, que es «padre de la mentira» (Jn 8,44). Esto es más duro y más grave por las dependencias que puede crear: también abundan en nuestra sociedad. Ocupan el hueco que deja la ausencia de Dios en las conciencias.
7. Dios y el arte: presencias invisibles
No es fácil quitar a Dios de en medio. El ateísmo es por lo menos tan difícil como la fe. Se puede vivir sin Dios, porque, en esta vida, se puede ir tirando, y todos vamos tirando de alguna manera. Pero es muy difícil quitar a Dios del todo.
Si no hay Dios, la realidad que nos rodea no puede tener ninguna razón detrás. De hecho cuando se piensa en el origen del mundo y en el desarrollo de la vida, caben dos opciones. Una, que todo lo que las ciencias nos descubren, que realmente es como un cuento de hadas, sea una especie de explosión absurda. Otra, que, de alguna manera, manifieste la inteligencia de un Dios creador. El mundo tiene tantos aspectos maravillosos que parece apoyar la segunda idea, aunque también a veces nos sentimos desamparados por los golpes de esa misma naturaleza. Porque la naturaleza en su conjunto refleja la belleza y el poder de Dios, pero no siempre refleja la bondad y la justicia de Dios.
También es difícil quitar a Dios del fundamento de la moral. La conocida frase de Ivan Karamazov, sigue haciendo pensar: «Si Dios no existe, todo está permitido». Es verdad que hay gente que no cree en Dios y es honrada, y también que se puede hacer una ética sin creer en Dios. Pero la fuerza social que todavía tienen entre nosotros las convicciones morales depende todavía, en gran parte, de la autoridad de Dios, de la autoridad de los diez mandamientos. Y no es fácil de sustituir por lo que a uno se le ocurre. Si no hay un Dios detrás, es difícil responder a la pregunta de por qué hay que ser justo y bueno. Incluso a la pregunta de qué es lo justo y lo bueno. Sabemos en qué sentido es bueno y justo el Dios cristiano. Pero si quitamos ese fundamento: ¿tiene algún sentido la justicia?, ¿la materia es justa?, ¿la física o la química son justas?
La justicia nos exige tratar a los demás como a nosotros mismos. Pero si creemos que los demás son fruto de la casualidad, ¿no es mejor la ley del más fuerte? Si en el mundo animal, el que es más fuerte gana, y esta es la ley también por la que triunfa la evolución, ¿por qué entre los humanos tendría que ser distinto? Estas preguntas tienen difícil respuesta. Lo sabía Kant que, sin creer demasiado, pensaba que era necesario poner a Dios como fundamento de la moral, por lo menos desde un punto de vista práctico.
También es difícil garantizar la existencia del arte humano. Lo expuso muy bien el crítico literario Georges Steiner en su famoso libro «Presencias reales». El arte necesita un más allá, necesita el espacio propio de Dios, incluso si no se cree en Dios. No solo como fundamento de la belleza, para que no resulte un simple producto de la imaginación humana. Es también por las necesidades de plenitud, de apertura, de espacio mental; de trascendencia. Si hay Dios, todo puede ser una metáfora de algo más. Pero si no hay Dios, solo puede ser una metáfora del vacío, una especie de expansión gratuita de la imaginación. No hay nada que sugerir más allá, ningún trasfondo más profundo, ninguna trascendencia. Cualquier más allá sería una mentira o por lo menos un espejismo. No podríamos escapar del realismo más cruel.
II. NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO
1. La importancia del nombre
El segundo mandamiento es «No tomarás el Nombre de Dios en vano». Pide tratar el Nombre de Dios con el debido respeto, no usarlo mal, evitar la blasfemia y no jurar sin necesidad o en falso, poniendo a Dios por testigo de una mentira.
En comparación con la mayor parte de las culturas antiguas, damos muy poca importancia a los nombres de las personas. Se ponen a los niños y a las niñas sin pensarselo demasiado: casi siempre en relación con los personajes de moda en el deporte, el cine o las series de televisión. Y así unos años abundan unos nombres y más tarde, otros. Con frecuencia, con solo oír el nombre de una persona, se puede saber en qué años nació.
En otras culturas y desde la más remota antigüedad, los nombres de las personas no eran un adorno convencional y como exterior, sino que querían expresar algo de la misma persona y quizá presagiar su futuro. Generalmente se les imponía con algún tipo de ceremonia inicial o iniciática. Eran como un buen deseo y un buen augurio. Curiosamente, en el libro del Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia cristiana, se habla de un nombre secreto que cada uno recibirá al final de los tiempos. Ese nombre final es el nombre verdadero, que expresa no lo que quería ser aquella persona, sino lo que realmente ha sido delante de Dios.
Hablar del nombre es hablar de la persona. Maltratar el nombre es maltratar a la persona. Esto también sucede con el Nombre de Dios. Se comprende que hacia el Nombre de Dios sientan distinto respeto las personas que creen de las que no creen. Para el que cree, se trata del Dios verdadero, y, al nombrarlo, de alguna manera se le hace presente, con toda su dignidad y su fuerza. Por eso usa el Nombre de Dios con reverencia y los creyentes lo escriben con mayúscula.
Para el que no cree, en cambio, solo es una palabra. Si la trata con respeto es, sobre todo, para no ofender innecesariamente a los que creen. Es una cuestión de educación y tolerancia, que ciertamente se agradece.
En castellano, la vieja traducción del segundo mandamiento, conserva su sabor. Se habla de no tomar el Nombre de Dios «en vano». Vano es lo que resulta demasiado
ligero. Se pide no tratar el Nombre de Dios con ligereza, como sin darse cuenta; por broma o juego. Aunque es peor si se toma en serio de mala manera, como cuando se usa en conjuros y otras prácticas mágicas. Y otro capítulo bastante triste es cuando se lo maltrata en burlas y blasfemias; a veces, por pura inconsciencia. Una inconsciencia muy áspera y de muy mal gusto.
2. La revelación del Nombre de Dios
El libro del Éxodo, que ya conocemos y forma parte de la Biblia, cuenta el Éxodo o salida de Israel, huyendo de la esclavitud a la que estaba sometido en Egipto, y atravesando el desierto del Sinaí hasta la tierra prometida que, más o menos, se corresponde con el Israel actual. Se puede calcular que el pueblo hebreo salió de Egipto y realizó esta epopeya, guiado por Moisés, en torno al siglo XV antes de Cristo.
El libro comienza presentando la figura de Moisés y su historia. Es una historia curiosa, con todo el sabor de las narraciones antiguas. Y una de las escenas más emocionantes es la vocación de Moisés: su encuentro con Dios, donde le explica lo que quiere de él y le revela su Nombre.
Estaba Moisés cuidando los rebaños de su suegro por el monte, cuando a lo lejos vio un arbusto o zarza ardiendo, pero no se consumía ni se apagaba el fuego. Le llamó la atención. Al acercarse lleno de curiosidad, oyó que le llamaban desde la zarza: «Moisés, Moisés». Respondió «Aquí estoy». Entonces se le dijo: «Descálzate, porque el lugar que pisas es sagrado». Moisés se estremeció al sentir así la cercanía de Dios y se llenó de asombro. Entonces, Dios le explicó que lo había elegido como guía para sacar a su pueblo, Israel, de la esclavitud de Egipto. Y le pidió que fuera a decírselo al pueblo. Moisés, confundido, repuso: «Si yo voy a los israelitas y les digo: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros, y ellos me preguntan: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les digo?».
La pregunta parece un poco extraña, porque se trataba del antiguo Dios de Israel, que habían venerado los hebreos en tiempos antiguos. Pero en Egipto los judíos estaban acostumbrados a vivir entre muchos dioses egipcios; y sus propias y antiguas tradiciones probablemente les quedaban un poco lejos. Quizá por eso Moisés pregunta «el Nombre»: ¿De parte de quién voy a hablar?
Y Dios le revela un nombre nuevo, que nunca se había usado antes. Se lo revela en tres frases seguidas. Primero le dice «Yo soy el que soy», que es una afirmación —de entrada— fuerte y misteriosa. Se podría interpretar como una manera de eludir la respuesta, algo así como decir: «¿Y a ti qué te importa?». Pero por otra parte, que Dios se llame a sí mismo «Yo soy el que soy» es un buen nombre para Dios, porque, si existe Dios, tiene que ser el que verdaderamente es por encima de cualquier otra cosa. Dios es «el que es».
De hecho la segunda frase parece apoyar esta segunda interpretación, porque añade: «El que es me envía a vosotros». Es decir, utiliza como sujeto o como nombre propio
«el que es». Esto refuerza la idea anterior: Dios es verdaderamente «el que es».
Y luego viene la tercera frase. Donde sustituye «el que es» por un misterioso «Yahveh», y dice: «Yahveh, el Dios de vuestros padres (...) me envía a vosotros». Así se revela el Nombre sagrado de Dios en estas tres frases: «Yo soy el que soy (...). El que es me envía a vosotros (...). Yahvéh (...) me envía a vosotros».
3. El Tetragrama sagrado
Los judíos piadosos interpretaban e interpretan el mandamiento «no tomarás el Nombre de Dios en vano» de la manera más estricta posible. No usan nunca el nombre que Dios reveló a Moisés. Lo encontraban escrito por todas partes en la Biblia hebrea, pero nunca lo pronunciaban. Cuando se leía la Biblia y se llegaba al nombre propio de Dios, se leía otro equivalente en su lugar; generalmente, «Adonai», que se traduce por «Señor».
De tal manera que incluso se perdió la noticia de cómo se pronunciaba. Esto puede parecer raro a quienes usamos idiomas donde se escriben todas las letras. Pero en el hebreo antiguo, se escribían solo las consontantes y no las vocales. Al ver las consonantes se identificaban las palabras, y se pronunciaban como uno las había oído siempre. Solo mucho más tarde se añadió a la escritura una especie de puntuación por debajo que permitía identificar las vocales. Y así es el hebreo clásico, más o menos apartir del siglo I de nuestra era.
En el caso del nombre de Dios, se veían las cuatro consonantes, pero no se sabía cuáles eran las vocales. Era un secreto. Solo lo pronunciaba un día de fiesta al año el Sumo Sacerdote, entrando en la parte más sagrada del templo. Con eso se perdió la pronunciación. Si hoy sabemos que se pronunciaba antiguamente «Yahvéh» es porque, en algunos escritos heréticos judíos antiguos, se ha encontrado el nombre de Dios trasladado a letras griegas. Es decir trasladando los sonidos (consonantes y vocales) a las letras equivalentes en griego. Sabemos que se pronunciaba «Yabé».
En el hebreo clásico, el nombre se presentaba con cuatro consonantes. En griego, «tetra-gramma» (cuatro letras). Por eso, se le llama también el «tetragrama» sagrado. Las cuatro letras son: una «y» («iota» en hebreo), una hache («he» en hebreo), una «v» («vau» en hebreo) y otra «he» hebrea: YHVH. Así se suele encontrar en la puerta de las sinagogas y también en algunos lugares de culto cristiano.
El caso es que la palabra Yahveh con sus cuatro consonantes (YHVH) se parece muchísimo a la palabra hebrea «Él es»; es decir, a la tercera persona del singular del verbo ser, que se escribiría YHYH. Con un palo más largo debajo de la tercera letra (es lo que diferencia la iota de la vau). Esto refuerza mucho la idea de que el Nombre de Dios significa en el fondo «Él es» o «Él es el que es».
Llamar a Dios «el que es» ha hecho pensar mucho a los filósofos cristianos. Porque pone a Dios en la cima y en el fundamento de la escala de seres del universo. Dios no es
un ser más. Es el que verdaderamente es, antes que nada e independientemente de ningún otro. Lo demás existe porque Dios quiere y en la medida en que Dios quiere.
Así que el Nombre revelado por Dios tiene mucha fuerza y contiene muchas sugerencias importantes para la filología hebrea y también para la filosofía cristiana.
4. Nombres de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento
Los hebreos usaban otros nombres y también muchas expresiones en lugar del nombre propio de Dios, YHVH. Le llamaban el Altísimo o el Señor, también el Omnipotente o el Santo. Y usaban también circunloquios para no pronunciar el Nombre. Por ejemplo, decían que las bendiciones nos vienen «de lo alto», o «de los cielos» para expresar que es Dios quien las da.
Todos los nombres expresan algo de lo que creemos sobre Dios. En los textos cristianos que se añadieron a la Biblia, hay nuevos nombres de Dios. Y esto es muy interesante. Hay tres que suponen una nueva y profunda revelación sobre Dios.
En primer lugar, Jesucristo llama a Dios «Padre». Es el nombre más importante de toda la revelación cristiana, incluso ha ocultado algo el tetragrama sagrado. Para los cristianos Dios ciertamente es «el que es», pero sobre todo es Padre, en un sentido mucho más fuerte y mucho más completo que los padres de la tierra.
En este nombre se encierra una imagen de Dios y una idea de cómo hay que tratarle. Tenemos que tratar a Dios con mucho respeto, porque si no, no estaríamos delante del Dios verdadero, conscientes de la infinita distancia que nos separa de él. Uno que tratara a Dios como un colega o como una cosa, no se estaría situando delante del Dios verdadero y no podría sentir una sensación muy auténtica de lo que Dios es.
Un cristiano tiene que situarse con toda la veneración y respeto posibles ante el Dios verdadero, pero sabe que es Padre. En todas las oraciones en voz alta Jesucristo se dirige a Dios como Padre; primero, como su Padre, pero también nos enseña a tratarle como Padre nuestro. Y no es una manera de decir: expresa exactamente la relación de los cristianos con Dios. Por eso, la oración principal que nos enseñó el mismo Cristo es el Padrenuestro.
Recuerdo el caso de una intelectual rusa, que se llama Tatiana Goritcheva. Había nacido en un mundo comunista, como era entonces Rusia, y no sabía nada de religión. Pero se interesó por el Yoga y comenzó a practicarlo con un libro. En el Yoga se repiten algunas mantras o frases sencillas durante los ejercicios físicos para concentrar la atención. Entre otras, el libro recomendaba el Padrenuestro. Lo recitó, lo saboreó y llegó a la conclusión: «Esto tiene que ser verdad». Se convirtió y tuvo que huir de la Rusia comunista y atea.
En el Nuevo Testamento, hay otros nombres de Dios muy importantes. Se llama a Dios «verdad» y «amor», que son las dimensiones espirituales más importantes de la persona. «Verdad», porque Dios es lo más auténtico y el fundamento último de toda
verdad, porque es el creador de todo ser. Y «amor», porque es lo que mejor define el ser mismo de Dios.
YHVH es un nombre propio y exclusivo de Dios. Pero con los nombres de «Padre», «Verdad» y «Amor» es distinto. Dios los tiene en su plenitud, pero también nos los podemos apropiar nosotros, que estamos hechos «a imagen de Dios». También podemos ser padres, conocer la verdad y vivir el amor. Pero Él es la fuente de donde proceden y el modelo que debemos imitar.
5. El Nombre más traicionado
Hay una frase muy conocida de un venerable filósofo judío, Martin Buber. Se encuentra en su libro »El eclipse de Dios». Cuenta que al conversar sobre Dios con un anciano sabio, exclamó: «¡Ah, ese Nombre, el más traicionado!»
Se refería especialmente a la cantidad de cosas malas que se han hecho «en nombre de Dios». Esto sucede precisamente por no respetarle, por no percibir la distancia que nos separa, y confundirlo fácilmente con nuestros propios gustos, nuestros propios intereses o nuestras propias vísceras. Hay personas que quieren defender a Dios de una manera que cuadra muy poco con lo que Dios es.
La historia humana está llena de violencias y algunas se han hecho en nombre de Dios. Es una pena. Nuestra sensibilidad moderna lo ve con más claridad que la de otras épocas. También lo puede juzgar con más comodidad, porque lo ve con distancia y no se juega nada. Desde luego, el siglo XX ha sido testigo de violencias increíbles que se han
hecho en nombre de ideologías sin Dios. Y han sido más horribles que ninguna otra en la historia, porque también contaban con más medios. Quizá sea más fácil maltratar a los demás cuando no se cree en Dios. Pero tiene algo de horrible hacer daño en nombre de Dios.
No se puede decir más claro. Jesucristo enseñó que hay que amar a todos los hombres, incluso a los enemigos, y aprender a perdonar como Dios nos perdona. Y no lo dijo solo con la palabra, también con el ejemplo. Desde la cruz, en la que injustamente le pusieron, en lugar de maldecir a sus enemigos y prometer su destrucción, rezó por ellos y pidió al Padre: «Perdónales porque no saben lo que hacen». Ese es el modelo que los cristianos tenemos que imitar. El que prefiere triunfar aplastando no lo ha entendido.
Pero sería hipócrita juzgar el pasado, si no intentamos vivirlo en el presente. Hay muchos que confunden lo que piensan ellos con lo que piensa Dios. Unas veces es un problema de humildad. Otras, una patología. Los seres humanos tenemos gran capacidad para manipular cualquier cosa y ponerla a nuestro servicio, reducirla a nuestra medida. En lugar de cambiar nosotros, le hacemos cambiar a Dios.
Tenemos gran facilidad para acostumbrarnos a todo, hasta lo más sublime, y rebajarlo a nuestra medida. Es malo acostumbrarse al amor matrimonial, porque se acaba tratando al otro sin respeto. Y lo mismo sucede con Dios. A veces, hay espacios religiosos estupendamente conseguidos. Y lo único que no cuadra es el que está allí
cuidándolos. La belleza exterior no consigue encontrar un eco interior. Es un problema de falta de sensibilidad, de un respeto que no ha crecido, porque ha dejado de ponerse realmente delante de Dios. Los sacerdotes tenemos que tener cuidado para no acostumbrarnos a las cosas de Dios, y tratarlas o hablar de ellas con ese respeto que viene de saber a Dios presente.
Los teólogos usamos mucho el Nombre de Dios y no tendríamos que pronunciarlo ni hablar de Dios sin esa especie de sentimiento de veneración y respeto que pide el mandamiento: «No tomarás el Nombre de Dios en vano». Si no, al final habla uno de sus ideas —que es hablar de sí mismo— en lugar de hablar de Dios. Y, entonces, lo confunde todo, y podemos trasladar a Dios nuestros antojos, nuestras animosidades y nuestras manías.
6. La blasfemia
Por esa ley humana de que los extremos generan sus contrarios, hay que lamentar que es frecuente en tierras cristianas y, especialmente en las católicas, el uso de la blasfemia. Es decir, proferir injurias contra Dios y los santos o las cosas de Dios. En España, tenemos una inclinación particular, es un fenómeno que no se observa con tanta intensidad en otros lugares ni de Europa ni de América. Y es bien poco elegante y bien poco respetuoso con Dios y con los demás.
Es asombrosa la cantidad de tacos y blasfemias que la gente dice sin apenas darse cuenta. Antes se consideraba de baja educación. Blasfemaban los arrieros y los que trataban de conducir animales. Algunos pensaban que los mulos solo funcionaban a base de blasfemias. Y también blasfemaban los cargadores del puerto y algunos artesanos de trabajos especialmente duros. Hoy ya no quedan mulos y arrieros y muy pocos cargadores manuales en los puertos. Los españoles creemos menos y somos menos religiosos, por término medio. Sin embargo, blasfemamos más. Es como si el ambiente de los arrieros y de los mulos, en lugar de desaparecer con ellos, hubiera impregnado el espacio público.
Hay mucha gente que es incapaz de decir dos palabras sin colocar en medio algún taco o alguna blasfemia. Y lo mismo sucede con chicos y chicas que apenas pueden entender lo que dicen. Es una tremenda tara de la expresión. En algunos casos, se convierte en una limitación lingüística, como el que usa inconscientemente muletillas para apoyarse, pero de una manera mucho más fea. Y se asienta en el idioma y en las formas de trato, impregnando poco a poco las novelas y los guiones de cine, en la medida en que tratan de recoger el lenguaje de la calle.
No es el principal motivo, pero es oportuno recordar que la capacidad analítica de la inteligencia está directamente relacionada con las posibilidades de la expresión. La inteligencia necesita muchas y buenas palabras para analizar la realidad. Cuando manejamos menos o peores palabras, la vida intelectual se empobrece y se vuelve más torpe.
De todas formas, lo peor de la blasfemia es lo que tiene de falta de respeto por Dios. Es un tema realmente difícil de corregir. Primero, porque los que lo hacen, apenas se dan cuenta. Después, porque a ver quién le pone el cascabel al gato. Algunos tienen miedo a parecer simples, cursis o mojigatos si no colocan un buen taco o una buena blasfemia en todo lo que dicen. Y aceptarían mal cualquier corrección. Es una penosa falta de libertad.
Cada uno puede pensar y expresarse como quiera. Pero decir tacos o blasfemias no expresa libertad, sino más bien pobreza cultural; falta de sensibilidad estética; y sobre todo, falta de respeto por Dios, o al menos por los que creen en Él. Es como seguir tratando con mulos.
7. El perjurio, poner a Dios por testigo de una mentira
Se llama jurar a poner a Dios por testigo de lo que se dice. Uno promete delante de Dios que es verdad lo que dice. Lo hace para dar mayor solemnidad y mayor garantía. Y se llama perjurio a jurar en falso, es decir, a poner a Dios por testigo de una mentira.
El juramento se usaba mucho en otros tiempos. A veces, demasiado, para asegurar cualquier cosa. «Te lo juro por Dios», decían los niños. Con eso querían asegurar que lo dicho era verdad. Se ponían ante el juicio de Dios, siendo conscientes de que un día serían juzgados de sus palabras y de sus obras. Claro es que daba lugar a abusos. El tener que jurar y el jurar de manera habitual, hacía que se jurase mucho en falso. Esto ya pasaba entre los antiguos judíos, de los que nos viene este mandamiento. Y también ha pasado entre los cristianos.
En una sociedad secularizada, apenas tiene fuerza el juramento. Desaparece en la toma de posesión de los cargos públicos. Y también en los juicios, donde antes se pedía a los testigos jurar que responderían con verdad. Hoy por hoy, esos compromisos atan subjetivamente muy poco, y se consideran una formalidad. Muy poca gente se siente realmente obligada por un compromiso que no cree adquirir. De hecho, la gente miente en los juicios con una facilidad pasmosa. Y se da por supuesto que conviene decir cualquier mentira para defender los propios intereses. Es difícil concluir que se trata de una mejora.
Nunca me ha gustado el estilo de «cualquier tiempo pasado fue mejor». En tiempos pasados, que han sido tantos y tan variados, hubo gente honrada y granujas. Y hoy pasa lo mismo y, probablemente, con una proporción parecida. Pero hay puntos donde se gana y puntos donde se pierde. En cuestiones de palabra, hemos perdido. Antes se subrayaba lo prometido diciendo «palabra de honor», para asegurar que uno comprometía no solo su palabra, sino su persona. Hoy la expresión no tiene sentido, porque ha desaparecido el sentido del honor.
Quizá la gente es más sincera en el trato social, porque guarda menos las formas, es más espontanea y no sabe fingir. Es un valor. En cambio, su palabra vale muy poco. Apenas compromete a las personas, ni siquiera en declaraciones solemnes. Por supuesto,
no valen nada las declaraciones políticas, pero, sin llegar a ese extremo de total banalidad, tampoco valen las declaraciones en los juicios, e incluso el pacto que da lugar al matrimonio: ¿realmente uno se puede comprometer con su palabra?, ¿a qué se obliga y cuánto?
Son pocos los que creen que al jurar o dar su palabra comprometen su conciencia. Pero entre esos están los mejores. Aquellos de los que puede uno fiarse. Porque es una cuestión de confianza y a dos bandas. El que promete confía en que va a cumplir, porque está dispuesto a poner en juego todo lo necesario. Y el que recibe la promesa confía en la honradez del otro. Esa es la fuerza del juramento y su motivo histórico. Entre personas honradas, jurar puede ser un acto de culto a Dios, que hay que hacer pocas veces cuando las circunstancias reclaman una especial solemnidad y fuerza vinculante. Entre personas que no son honradas o no saben si lo pueden ser, está fuera de sitio.
III. SANTIFICARÁS LAS FIESTAS
1. El tercer mandamiento
«Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso, es para el Señor tu Dios. No harás ningún trabajo» (Ex 20, 8-10). Este texto es el tercer mandamiento que aparece en el libro del Éxodo, donde se ofrece la lista de los diez mandamientos. Los cristianos solemos expresarlo de forma más simple: «Santificarás las fiestas».
La Biblia judía establecía unas cuantas fiestas que procuraban y procuran observar los judíos practicantes. Están repartidas a lo largo del año, y recuerdan los principales beneficios de Dios en la historia de Israel.
Además, cada semana hay que celebrar el sábado, el sabath. En la narración bíblica de la creación, se cuenta que Dios creó el mundo en seis grandes días o etapas y, el séptimo, descansó. Por eso, el sábado es el día para recordar e imitar el descanso de Dios, y darle gracias por su creación, de la que nosotros formamos parte.
Hay que recordar que la religión judía era y es una práctica. El judío practicante se esfuerza por cumplir hasta los más pequeños preceptos de la ley. Por eso, los rabinos y sabios judíos han estudiado, a lo largo de los siglos, cómo cumplirlos con la mayor fidelidad posible. Por eso, el cumplimiento del sabath es uno de los mandamientos más importantes y más desarrollados en la práctica religiosa judía.
Si atendemos al texto que aparece en el Génesis, el sábado tiene un doble sentido. Por un lado, es un día de descanso, donde se dejan las obligaciones diarias para recuperar fuerzas. Pero sobre todo es un día de culto, para dedicar tiempo a Dios, a la oración y a la alabanza. También es un día para gozar de las obras de Dios y darle gracias.
Muy pronto, los cristianos pasaron de celebrar el séptimo día, el sabath, a celebrar el día siguiente, el octavo día o primer día de la semana, porque en ese día resucitó Jesucristo. Por eso le llamaron dies dominica, que significa: el día del Señor. De ahí procede nuestro «domingo». El domingo es el día del culto cristiano, para descansar del trabajo y alabar a Dios y darle gracias por su creación y por su salvación con Jesucristo.