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Reflexiones sobre Desarrollo Sustentable y el Pensamiento

Ambiental Latinoamericano

Reflections on sustainable development and Latin American Environmental

Thought

Recibido: 1 de junio 2014 Aceptado: 20 de agosto 2014

Ricardo O. Russo*

Resumen

La consolidación de un pensamiento socio-ambiental latinoamericano, como lo describe Enrique Leff, representa un desafío porque se requiere integrar los aportes de los enfoques teóricos y las decisiones universales, como así también las repuestas generadas a partir de nuestra compleja realidad, en el marco de una conceptualización histórico-evolutiva. Este ensayo hace un breve recorrido histórico que toma en consideración algunos hitos importantes en el avance tanto del pensamiento ambiental, como en la integración de acuerdos globales destinados a regular y mitigar los efectos del deterioro del ambiente, los nuevos logros tecnológicos y las implicancias que todo esto trae para las cuestiones del Desarrollo Sustentable.

Palabras clave

DESARROLLO SUSTENTABLE. PENSAMIENTO AMBIENTAL

LATINOAMERICANO. ECODESARROLLO.

Abstract

The consolidation of a Latin American socio-environmental Thought, as described by Enrique Leff, is challenging because it requires integrating the contributions of universal theoretical approaches and decisions, as well as the responses generated from our complex reality under a historical-evolutionary conceptualization. This essay takes a brief historical tour that takes into account some important milestones in the advancement of both the environmental thought, and the integration of global agreements to regulate and mitigate the effects of environmental degradation, new technological achievements and implications this brings the issues of sustainable development.

* Coordinador de la Maestría en Gestión Ambiental y Desarrollo Sostenible, Universidad De La Salle- Costa

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Keywords

SUSTAINABLE DEVELOPMENT. LATIN AMERICAN ENVIRONMENTAL THOUGHT. ECO-DEVELOPMENT.

Introducción

Como lo manifiesta Enrique Leff en el prólogo de Carricoza (2001), “El pensamiento ambiental se inscribe dentro de un campo conceptual y estratégico que acoge y se avoca a la construcción de un saber no doctrinario, no unificado”.

Si bien podríamos remontarnos a muchos años atrás, debemos centrarnos hoy en el pasado reciente, aunque sin prescindir de referencias a algunos aportes fundamentales realizados por pensadores que generaron conceptos importantes para el enfoque utilizado.

No se pueden soslayar los esfuerzos que desde fines del siglo XIX se han venido realizando para establecer parques nacionales. El pensamiento subyacente a esto era la preservación de los recursos ante el avance que ya se advertía en los procesos de industrialización y urbanización, y el consiguiente deterioro ambiental, hoy agravado por el denominado proceso de globalización.

Un breve recorrido histórico

En 1956 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) presenta el Libro Naranja (última versión actualizada en 2011) que trata el tema del transporte de sustancias peligrosas (ONU, 2011). Esto fue muy importante porque ponía en evidencia un problema grave que todavía crece sin cesar, acompañando el incremento del comercio y de la industria y porque explicita la preocupación internacional sobre este asunto.

En 1962 aparece el libro de Raquel Carson, La Primavera Silenciosa. En él, la autora alertó a la humanidad sobre el uso descabellado e inconsciente de algunos químicos sintéticos para controlar insectos (Carson, 1962). Ella se refirió a estos pesticidas como “elixires de la muerte” y advirtió que se abriría la posibilidad de acceder a un mundo moribundo, un mundo sin primavera, sin flores, sin vida. Aun cuando se ocupaba primordialmente del daño biológico que hacemos a la naturaleza y a nosotros mismos, era claro que, en otro nivel, señalaba nuestra arrogancia con respecto al lugar que ocupamos en el mundo. Para la autora, esta deficiencia pensante armonizaba con la falta de madurez filosófica. Carson concluye en el último párrafo de su libro que… “el control de la naturaleza, es una frase concebida con arrogancia, nacida en la edad biológica y filosófica de Neanderthal, cuando se suponía que la naturaleza existía para conveniencia del ser humano” (1962, pp. 15-37, p. 297).

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[…] el ser humano tiene la responsabilidad especial de preservar y administrar juiciosamente el patrimonio de la flora y fauna silvestres y su hábitat, que se encuentran actualmente en grave peligro por una combinación de factores adversos. En consecuencia, al planificar el desarrollo económico, debe atribuirse importancia a la conservación de la naturaleza, incluidos la flora y la fauna silvestres. (p. 4)

También se señalaba que las políticas ambientales deberían encaminarse a aumentar el potencial de crecimiento actual y futuro de los países en desarrollo y no deberían menoscabar ese potencial de crecimiento ni obstaculizar el logro de mejores condiciones de vida para todos.

En 1980 se presenta la Estrategia Mundial de Conservación elaborada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés). De su texto interesa rescatar aquí su señalamiento sobre la falta de apoyo a la conservación, debido a la escasez de conciencia sobre los beneficios de la misma. También resalta la responsabilidad de conservar los recursos vivos y de minimizar el impacto sobre ellos, indicando también la responsabilidad de los gobiernos sobre este aspecto.

El llamado Informe Brundtland de 1987 (Nuestro Futuro Común) reconoció el hecho de que el desarrollo económico en sí puede ser un importante factor contribuyente al aumento de los problemas ambientales, si no se arbitran sistemas adecuados de protección, poniéndose un acento especial sobre nuestra responsabilidad para con las generaciones futuras.

En octubre de 1991 UICN, PNUMA y WWF dan a conocer un nuevo documento (Cuidar la Tierra) que, en ciertas temáticas, es continuador del aparecido en 1980 y subraya las características del mundo en la década de los 1990, señalando el agravamiento de la situación ambiental mundial (UICN, PNUMA & WWF, 1991).

Finalmente, en el marco de la Conferencia de Río, “Cumbre de la Tierra”, se da a conocer la Agenda 21. En ese documento, se hacen referencias al Desarrollo Sustentable y al compromiso de los distintos sectores para con él. Entre otros aspectos, señala:

A fin de abordar la problemática del medio ambiente y el desarrollo, los Estados han decidido establecer una nueva asociación mundial. En el marco de esta asociación, todos los Estados se comprometen a mantener un diálogo continuo y constructivo, basado en la necesidad de lograr que la economía mundial sea más eficiente y justa, teniendo presentes la creciente interdependencia de la Comunidad de las Naciones y el hecho de que el desarrollo sostenible, debería pasar a ser tema prioritario del programa de la Comunidad Internacional. (UN, 1992, p. 4)

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Suelos de 1982, la Declaración del Ambiente y Crisis firmada en Medellín 1984, el Informe Anual del Banco Mundial de 1985, la Declaración de Santo Domingo de 1997, la Declaración de Bogotá de 2007, los documentos publicados por el Instituto de Recursos Mundiales (WRI) y Nuestra Propia Agenda (Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente de América Latina y el Caribe- Alianza Centroamericana para el Desarrollo Sostenible) de 1994. Esto es sólo una muestra reducida de lo publicado a nivel internacional sobre la temática que nos ocupa.

Surgimiento de nuevas perspectivas

Desde otra perspectiva, cabe recordar el surgimiento de otros avances a partir de otras disciplinas. La Ecología, por ejemplo, que había surgido en el último cuarto de siglo XIX como una parte de la Biología, se va configurando como el estudio interdisciplinario de las relaciones entre los organismos y su ambiente.

Ya avanzado este siglo surge la Ecología Humana, entendida como el estudio de la estructura y desarrollo de las comunidades humanas en términos de adaptaciones a su ambiente, tomando en cuenta los sistemas tecnológicos y patrones de organización y cómo esa adaptación se lleva a cabo. Luego surgirá la Ecología Social, concebida como aquel enfoque que rescata los principios de la unidad en la diversidad, la espontaneidad y la visión de una comunidad no jerárquica de comunidades ecológicas (Gallopín, 2003; García, 2004; Gligo, 2006).

El Desarrollo Sustentable como concepto integrador de disciplinas

El concepto de Desarrollo Sustentable de alguna manera integra diferentes disciplinas. La misma complejidad del tema ambiental ha favorecido la formulación de distintas definiciones encuadradas en diferentes marcos teóricos.

El primer problema reside en el concepto desarrollo, surgido a partir de las conceptualizaciones de Keynes. Para Latinoamérica es, tal vez, más traumatizante la aparición (en un discurso pronunciado por el presidente estadounidense, Truman en 1949) del concepto de subdesarrollo mediante el cual nuestros países se incluyen, junto con otros, en una categoría de compleja descripción pero de fuertes implicancias políticas y económicas (Cozzi & Russo, 2010).

La Estrategia Cuidar la Tierra utiliza la palabra sostenible en varias combinaciones, tales como desarrollo sostenible, economía sostenible, sociedad sostenible y uso sostenible. También aclara que si una actividad fuera sostenible, virtualmente podría continuar por un tiempo indefinido. Sin embargo, no puede existir una garantía de sostenibilidad a largo plazo, porque sigue habiendo muchos factores desconocidos o imprevisibles.

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Dejando de lado la conocida anécdota del error de traducción dado en Estocolmo, lo real es que ya en 1887 Halford Mackinder sostenía que la base de la geografía era el medio ambiente físico, y aunque admitió que “sin duda el otro elemento es el hombre en la sociedad”, relegó esta idea al pie de página de una de sus obras en la que observó que “el análisis de este elemento será más breve que el del medio ambiente” (The Columbia Encyclopedia, 2008).

Para 1954 se hablaba de medio ambiente y en 1974 algunos organismos ligados a la Educación Ambiental propugnaban la necesidad de avanzar en el desarrollo de la mesología, como es el estudio del medio en relación con los problemas sociales y por concomitancia, jurídicos, económicos, demográficos y culturales. De aquí que poco a poco se ha ido imponiendo la utilización del concepto ambiente en un intento de clarificar y definir más concretamente al ámbito de estas preocupaciones (Cozzi & Russo, 2010).

En fin, lo cierto es que han surgido críticas ante el uso de conceptos tales como desarrollo sostenible, crecimiento sostenible y utilización sostenible, como si fueran idénticos. La mencionada Estrategia nos indica, sin embargo, que crecimiento sostenible es un término contradictorio, pues nada físico puede crecer indefinidamente y que uso sostenible sólo es aplicable a los recursos renovables, dado que significa su utilización a un ritmo que no supere su capacidad de renovación. Por ello, se propuso utilizar la expresión desarrollo sostenible con el siguiente significado: mejorar la calidad de vida humana sin rebasar la capacidad de carga de los ecosistemas que la sustentan (UICN, PNUMA & WWF, 1991).

En tal sentido una economía sostenible es el producto de un desarrollo sostenible. Ella mantiene su base de recursos naturales y puede continuar desarrollándose mediante la adaptación y mejores conocimientos, organización y eficiencia técnica, y una mayor sabiduría. Sin embargo, en español es posible distinguir entre sostenible y sustentable. Glico (2006) argumenta que las inexactitudes de varios términos respecto a la relación desarrollo–medio ambiente, se han constituido en trampas semánticas que confunden y aportan poco a los estudios y a las propuestas relacionadas con la problemática ambiental, y por eso considera sinónimos a los términos desarrollo sustentable o sostenible; criterio que se adopta para este ensayo, a pesar que existen puntos de vista conceptuales que los diferencian (Machicado 2009).

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[…] un proceso evolutivo sustentado en el equilibrio ecológico y el soporte vital de la Región, a través del crecimiento económico y la transformación de los métodos de producción y patrones de consumo, con respeto pleno a la integridad étnica y cultural regional, nacional y local, así como en el fortalecimiento de la participación democrática de la sociedad civil en convivencia pacífica y en armonía con la naturaleza, sin comprometer y garantizando la calidad de vida de las generaciones futuras. (CCAD, 1994, p. 3)

Desde un inicio, se plantea el problema ético al resaltar la responsabilidad de las actuales generaciones con respecto a la viabilidad de las futuras. Esto nos conduce a hacer algunos señalamientos sobre la actual situación a manera de un pequeño aporte diagnóstico.

El primer aspecto que resaltaremos es el tema de la población. Se afirma que la población en la actualidad alcanza 7.200 millones de habitantes. Las predicciones a partir de estas cifras difieren ampliamente, pero de forma recurrente se indica que la población mundial podría ubicarse en el año 2050 como mínimo en el orden de los 9.000 millones.

Asimismo se estima que, de los 7.200 millones, 4.600 se ubican entre los 15 y 24 años, 550 tienen más de 65 años y casi 600 millones viven en América Latina. En este continente, de acuerdo con lo que insistentemente señalan ciertos organismos internacionales, se dan los mayores niveles de injusticia social y falta de equidad. Los datos son preocupantes, pero como sucede en todos los aspectos que hoy consideramos, no deben tratarse aisladamente, separados de otros fenómenos e indicadores. Estas cifras no pueden tomarse sin considerar, al menos, otros tres aspectos fundamentales: estilos de desarrollo, pobreza y concentración de la población.

Se sostiene que, de los 7.200 millones de habitantes actuales, 740 viven en la opulencia y 1.500 millones en la pobreza. Pero también, que la mayoría del dinero generado por el capital financiero se encuentra en manos de 358 supermillonarios (Álvarez- Leguizamón, 2007) sobre un total de más 28.000 con un capital superior a un millón de dólares en el año 2012 (Credit Suisse, 2012). Si a esto agregamos la injusta distribución de la riqueza y la concentración de la población en centros urbanos muchas veces insustentables, la cuestión se complica fuertemente.

Por otro lado, la entrada en escena de la denominada globalización, con el acentuado predominio del comercio, del capital financiero sobre el productivo, el incremento incontrolable de las deudas externas y la erosión del concepto de soberanía nacional han introducido nuevos elementos que agravan la situación.

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En América Latina, la pobreza no puede atribuirse únicamente a la “década perdida”, sino que también constituye un resultado de la herencia histórica, agravada por sus tradicionales patrones de crecimiento y producción. La pobreza y la desigualdad, por otra parte, han sido problemas persistentes en la mayoría de los países de América Latina, desde su incorporación al mercado mundial y al libre comercio (Álvarez -Leguizamón, 2007). En la actualidad estos patrones favorecen una fuerte expansión y crecimiento económico-financiero, sin eliminar la pobreza. Pero aún hay más: ¿qué entendemos por pobreza? y ¿qué por opulencia? De nuestra respuesta a esto podrían extraerse conclusiones importantes.

La pobreza puede ser caracterizada como una insuficiencia en el acceso a bienes y servicios medida de acuerdo a estándares específicos para una sociedad en un momento determinado. Es, por lo tanto, una condición relativa. Sin embargo, es también una cuestión tecnológica y sobre todo moral. Si la prioridad del Desarrollo es permitir a las personas el disfrute de una vida prolongada, saludable y satisfactoria, este desarrollo debe priorizar a las comunidades y basarse en la conservación.

Deberíamos pensar en la afirmación de algunos autores, como Bernardo Kliksberg (2010), que señalan que si los ya mencionados 7.200 millones de habitantes vivieran como los 740 millones más privilegiados, el planeta ya sería insustentable. A esto conduce la evidencia de que entre aquellos que viven en la opulencia, priman estilos de vida basados en el despilfarro. El tema también se hace difícil al tomar conocimiento de que la destrucción del patrimonio natural ha sido francamente importante y que el ritmo parece imparable. Es decir, hay consecuencias ambientales de los modos de vida y consumo, que afectan el aumento de gases con efecto invernadero y el calentamiento global; la destrucción de la capa de ozono; la lluvia ácida; la contaminación de aguas, el suelo y el aire; la erosión del suelo y desertificación; la producción de desechos; los productos químicos xenobióticos; la migración de contaminantes orgánicos persistentes; el agotamiento de los recursos naturales; la pérdida de biodiversidad y de espacios naturales; y el incremento del medio ambiente urbano.

La deforestación y la degradación de los bosques es un problema particular que ha llevado a la comunidad internacional a generar una estrategia y tomar acciones en una iniciativa de Reducción de la Deforestación y la Degradación de los bosques conocida como REDD+ porque incorpora el componente social y humano. La argumentación ha sido que en 200 años desaparecieron 2 millones de kilómetros cuadrados de bosques. Actualmente, se dispone de 40,3 millones de kilómetros cuadrados de diversos tipos de bosques (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, 2011, p.130) y es importante considerar que éstos constituyen ecosistemas muy diversificados que sustentan a miles de especies y proporcionan una amplia gama de recursos, siendo actores principalísimos en los ciclos del agua, del carbono y del oxígeno.

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se verá seriamente comprometida. En este sentido, cabe recordar que los países industrializados generan las tres cuartas partes del total de dichas emisiones.

En este contexto, cierto grado de calentamiento global es ya, aparentemente, imparable. Si persiste, producirá un desplazamiento de las regiones climáticas, cambiarán los niveles de precipitación, ascenderá el nivel del mar y se incrementarán las sequías y tormentas (Intergovernmental Panel on Climate Change- IPCC-, 2013).

El pensamiento ambiental latinoamericano

El denominado Pensamiento Ambiental Latinoamericano que se va configurando en un repensar el mundo desde las raíces ecológicas y culturales de los territorios latinoamericanos, nace de un debate de ideas, ya en los años 70, sobre la crisis ambiental y las estrategias de poder en el que se argumentan los sentidos del ambientalismo y de la sustentabilidad. Las ideas de mayor impacto, en ese primer momento, sobre las políticas económicas y el pensamiento ambientalista fueron las formuladas por Ignacy Sachs (1974), quien de acuerdo con Leff (2009), fue uno de los principales artífices de los debates y propuestas presentadas en la Conferencia de Estocolmo sobre Medio Ambiente Humano en 1972. Esta Conferencia difundió a nivel mundial la alarma ecológica y promovió los primeros esfuerzos para desarrollar políticas para enfrentar la crisis ambiental incorporando la dimensión ambiental en las prácticas de planificación de los gobiernos.

Todo esto condujo a una concepción empírica y funcional del ambiente, no sólo como el entorno de una población, sino que la incluye en el marco de la economía y de la sociedad. Al identificar las causas económicas, políticas y sociales vinculadas a un conjunto de problemas socioambientales (contaminación, deforestación, degradación de los ecosistemas, erosión de los suelos, calentamiento global), la mirada epistemológica trascendía la postura de las teorías de sistemas y de las visiones holísticas que conducían a un pensamiento común.

Este pensamiento ambiental latinoamericano integra el pensamiento latinoamericano contemporáneo que busca la autonomía, la libertad y la justicia social; a través de la educación, que es la herramienta para que la humanidad desarrolle una visión crítica del mundo en el que vive, conozca su historia y reconozca que tiene la posibilidad de deconstruir viejos paradigmas; pero a la vez, puede construir nuevas subjetividades, nuevas formas de conocer y convivir en el espacio territorial latinoamericano; y este cuerpo de conocimiento lo constituyen aportes propios de la región (Leff 2009; Marini & dos Santos 1999; Marini & Martins 2008; Martins et al., 2002).

Consideraciones finales

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poblaciones estables, una base ecológica segura y una tecnología de gran rendimiento que ahorre energía y cuide los recursos naturales.

En un desarrollo sostenible o sustentable se busca que la actividad económica mantenga o mejore el sistema ambiental y mejore la calidad de vida de toda la población y no sólo de grupos; se usan los recursos eficientemente; se promueve el reciclaje y reutilización; se usan tecnologías limpias; se restauran los ecosistemas degradados; se promueve la autosuficiencia local y regional; y se reconoce la importancia de la naturaleza para el bienestar humano.

Para conseguir el estilo de desarrollo planteado, se promueve un cambio de mentalidad sobre las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza, y desterrar las ideas sobre el control y el dominio sobre la naturaleza porque los recursos son limitados. Es de considerar que sólo hemos tomado algunos elementos aislados para este breve recorrido que entonces resulta incompleto, pero útil para nuestra actual tarea.

Cabe indicar que, desde hace ya una década se considera que el desarrollo sustentable y sostenible es un componente del denominado “Desarrollo Humano”. En este último, la conservación y el crecimiento económico deberán avanzar a la par, con fuertes vínculos políticos recíprocos dentro del pensamiento ambiental latinoamericano.

Además, las teorías y prácticas de la agroecología y la agroforestería (Altieri, 1987; Krishnamurthy & Ávila, 1999), que se han convertido en un campo de debates en el terreno de la confrontación de los modelos productivistas, deben estar presentes en un modelo de sustentabilidad que incluya una agricultura sustentable, que a su vez debe ser un componente de ese pensamiento ambiental latinoamericano.

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