OPINI ÓN PÚBLICA
Antología
CONTENIDO
1. INTRODUCCIÓN
2. SURGIMIENTO Y CRISIS DE LA NOCIÓN DE OPINIÓN PÚBLICA
3. PRINCIPALES CONCEPTUALIZACIONES CONTEMPORÁNEAS DE LA OPINIÓN PÚBLICA
4. COMUNICACIÓN Y OPINIÓN PÚBLICA 5. FORMACIÓN DE LA OPINIÓN PÚBLICA
6. FACTORES COMPONENTES DE LA OPINIÓN PÚBLICA 7. PÚBLICO Y OPINIÓN PÚBLICA
8. ELEMENTOS DE FORMACIÓN DE LA OP 9. ARQUETIPOS 10. ESTEREOTIPOS 11. PREJUICIOS 12. IDENTIDAD 13. IDEOLOGÍA 14. GRUPOS DE OPINIÓN 15. LÍDERES DE OPINIÓN 16. ESTADO Y GOBIERNO 17. PROPAGANDA EMPRESARIAL 18. LA OPINIÓN TELEDIRIGIDA 19. MANIFESTACIONES DE LA OP 20. MEDICIÓN DE LA OPINIÓN PÚBLICA
Introducción
a opinión pública es un fenómeno psicosocial que tiene origen desde el momento en que se forma un grupo humano, su objetivo es encontrar un punto de convergencia: es la búsqueda de consenso entre grupos para encontrar un acuerdo respecto a asuntos de interés común.
No obstante, aun cuando este fenómeno ha sido una constante en la historia de las colectividades, no siempre fue concebido con el término "opinión pública", incluso no fue estudiado sino hasta el siglo XX, con el surgimiento de las ciencias de la comunicación, en sus primeras décadas.
El concepto opinión pública, sin embargo, no ha sido definido con precisión aun con todos los estudios que respecto a éste se han realizado. Diversos investigadores han aportado, desde sus propias disciplinas, argumentaciones para explicar el fenómeno, pero no ha habido una definición clara y precisa que logre conjuntar todo este conocimiento.
Jordi Berrio, señala al respecto, "no resulta fácil definir qué es este fenómeno social que conocemos como opinión pública. Harwood Childs (1965) reunió unas cincuenta definiciones de dicho concepto, lo que indica que no existe ninguna definitiva y que no se ha llegado a acuerdo alguno entre los especialistas sobre el tema".
Debido a la complejidad del concepto "opinión pública" será prudente estudiarlo desde su polisemia. Es decir, desde la pluralidad de significados que los términos por separado "opinión" y "público" pueden tener.
1. HACIA UNA DEFINICIÓN DE OPINIÓN PÚBLICA
Intentaremos comenzar a definir a la opinión pública separando los términos que lo componen; sin embargo, no podemos tener una visión reduccionista concentrándonos exclusivamente en que la definición de sus componentes es la definición de todo el fenómeno. Este será tan sólo el comienzo del complejo camino que aquí se seguirá para estudiarla.
OPINIÓN
El Diccionario de la Lengua Española define "opinión": Del lat. opinĭo, -ōnis. 1. f. Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable. 2. f. Fama o concepto en que se tiene a alguien o algo.
Platón definió a la opinión como una posición intermedia entre el conocimiento y la ignorancia; un conocimiento parcial de la realidad.
K. Young, por su parte, señala: "Una opinión es una creencia bastante fuerte o más intensa que una mera noción o impresión, pero menos fuerte que un conocimiento positivo en pruebas complejas o adecuadas. Las opiniones son en realidad creencias acerca de temas controvertidos o relacionados con la interpretación valorativa o el significado moral de ciertos hechos. Una opinión no es, sin duda, algo tan cierto como una convicción, que se relaciona más estrechamente con el sentimiento".1
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PÚBLICO
El concepto de público es quizá aún más polisémico. El Diccionario lo define con las siguientes acepciones: Del lat. publĭcus. 1. adj. Notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos. 2. adj. Vulgar, común y notado de todos. Ladrón público 3. adj. Se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a
privado. 4. adj. Perteneciente o relativo a todo el pueblo. 5. m. Común del pueblo o
ciudad. 6. m. Conjunto de las personas que participan de unas mismas aficiones o con preferencia concurren a determinado lugar. Cada escritor, cada teatro tiene su público
7. m. Conjunto de las personas reunidas en determinado lugar para asistir a un
espectáculo o con otro fin semejante.
Young define al público desde diversas perspectivas. Comienza señalando que el público no se mantiene necesariamente unido. "Público significa gente, pero llegó a significar el cuerpo general o la totalidad de los miembros de una comunidad. El término ha sido empleada también con un sentido más limitado para significar una masa transitoria de individuos que no se encuentra próximos unos de otros, con un interés común o general... El público no se mantiene unido por medio de contacto cara a cara y hombro a hombro; se trata de un número de personas dispersas en el espacio, que reacciona ante un estímulo común, proporcionado por medios de comunicación indirectos y mecánicos.
"Algunos autores definen público como un sustantivo colectivo, para denotar un cuerpo de adultos o ciudadanos interesados en problemas políticos. Aun bien no todos los públicos sólo se interesan por las cuestiones políticas y encontramos públicos como los financieros, los culturales y algunos otros tópicos de interés general".2
Sólo para comenzar a puntualizar una probable definición de opinión pública fusionaremos lo que ya sabemos de estos términos. La opinión pública consiste en las opiniones sostenidas por un público en cierto momento.
ORÍGENES DEL CONCEPTO DE OPINIÓN PÚBLICA
De acuerdo con Vincent Price, la opinión pública es un concepto que aparece durante la Ilustración. "La idea está íntimamente ligada a las filosofías políticas de finales del siglo XVII y del siglo XVIII (Locke, Rousseau) y sobre todo a las ideas democráticas del siglo XIX (Bethams y Mill)".3
Sin embargo, muchos escritores anteriores establecieron aproximaciones a las teorías modernas sobre la opinión pública, algunas de éstas se podrán apreciar en los cuadros I y II.
"Si las variadas concepciones conviven y debaten académicamente, todas ellas se han nutrido de diversas posturas teóricas construidas históricamente. Y es que la expresión opinión pública que se usa actualmente, se remonta a mediados del siglo XVIII. No obstante antes de aquel momento se manejaban términos parecidos como opinión común, opinión popular, voluntad general, vox populi, etc. que hacen referencias indirectas sobre la opinión pública".4
De esta manera, Protágoras hace referencia a “creencias (opinión) de las mayorías”, Herodoto de la “opinión popular”, Demóstenes de la “voz pública de la patria”, Cicerón habla del “apoyo del pueblo” y Tito Libio de la “opinión unánime”. Pero, como es sabido, son los filósofos griegos quienes hacen los mayores aportes y precisiones. Platón, hace por ejemplo una separación entre doxa (opinión) y epistema (ciencia), es decir el saber del vulgo, frente al auténtico conocimiento de la ciencia
3
PRICE, Vincent; La Opinión Pública. Esfera pública y comunicación, Paidós Comunicación no. 63, Barcelona, 1994, pág. 18.
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reservado a una minoría. En cambio, para Aristóteles la doxa es sólo un conocimiento probable, de esta manera, el hombre para opinar no requiere acudir a la ciencia, pues posee el criterio del sentido común, de sus experiencias directas y de las comprobaciones empíricas.
La Edad Media cambiará los términos de las referencias antes planteados por el de la fe y que no serán abandonados sino con el Renacimiento. Será Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, quien desarrollará las ideas básicas de la comunicación política entre gobernantes y gobernados. Más tarde, Hobbes señalará que la conciencia se convierte en opinión, nivelando los actos del crear, del juzgar y del imaginar, en tanto Locke, habla de la Ley de la opinión, de gran importancia como la Ley divina y la Ley estatal. Ella no es otra cosa que la idea que de uno tienen los demás. De los fisiócratas, Mercier de la Riviere, en 1767, expondrá su doctrina de la opinión señalando que quien manda no es el rey, sino el pueblo a través de la opinión pública.
Pero quien utilizará por primera vez el término opinión pública será J.J. Rousseau, quien desde 1750 se preocupará sistemáticamente del poder que reviste. En medio de esta preocupación, la revolución francesa será el movimiento histórico que permitirá que se traslade el monopolio de la opinión pública por parte del pequeño círculo de los ilustrados, a manos del pueblo. Pero será el liberalismo el que articule de manera más precisa una teoría de la opinión pública. Desde el comienzo de la escuela clásica con Adam Smith, David Ricardo y otros defenderán el régimen de opinión frente al despotismo. Cada uno de sus representantes aportarán elementos favorables para el desarrollo de las libertades individuales, entre ellas las de opinión. Frente a este planteamiento se eleva la concepción marxista. Para Marx y Engels, no existe una opinión pública general que nace en la sociedad civil, sino una opinión que pertenece a la clase dominante. Por ello, para el marxismo la ‘falsa conciencia’ se condensaría en la opinión pública oficial.
En el siglo XX, quienes se interesarán por la opinión pública serán los que comparten las tesis de la sociología del conocimiento (Max Scheler, Karl Mannheim, Robert K. Merton, P. Berger y T. Luckmann, entre otros), para quienes el individuo aislado en pocas oportunidades crea, de manera individual, opiniones.
No obstante, otras relaciones sociales, distintas a las de clase (religión, grupo étnico, nacionalidad, grupo político, etc.), pueden ser determinantes en la construcción de las opiniones de los individuos.
SURGIMIENTO Y CRISIS
DE LA NOCIÓN DE OPINIÓN PÚBLICA
*Por GillO Germani
EL ILUMINISMO Y LA NOCIÓN DE OPINIÓN PÚBLICA
La sociedad moderna se caracteriza por los conflictos ideológicos que se desarrollan en su seno. Por su intensidad y extensión, esta lucha ha alcanzado un nivel sin precedentes en otra época de la historia. En toda sociedad existen áreas de conformidad absoluta y áreas de divergencias. Ahora bien, son estas últimas las que en nuestra sociedad alcanzan un máximo de extensión.
El sector específico de la lucha ideológica es el pensamiento político, social y económico. Desde el Renacimiento, con el proceso de secularización de la actividad política y más aún, desde el período iluminista, la transición hacia el predominio del modo discursivo y racional de alcanzar las verdades en este terreno se ha afirmado como una conquista del espíritu humano.
El reconocimiento de la existencia de un campo de debates de opiniones contradictorias enfrentadas racionalmente con la pretensión de alcanzar de este modo la verdad, se remonta justamente a la época iluminista. Responde ella al surgimiento de un nuevo tipo de sociedad, la sociedad burguesa, y a una nueva concepción del hombre y del Estado.
¿Qué es lo que supone el reconocimiento de una opinión pública como mecanismo para alcanzar ciertas verdades en el terreno de los hechos políticos y sociales? Supone la existencia de una esfera de hechos cuya dilucidación es alcanzable a través del libre debate público llevado a cabo por individuos dotados de
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capacidad raciocinante y discursiva que le permitirá lograr, a través del uso de dichas facultades, aquella verdad que otrora estaba reservada a la revelación o a la autoridad.
El reconocimiento de las funciones de la opinión pública en una sociedad, juntamente con el requisito de las libertades públicas para el ejercicio de la libre discusión, se funda sobre la idea del hombre como ser racional plenamente capaz de alcanzar por sí mismo la verdad en el orden político y social. Al mismo tiempo, debe suponerse que de este libre debate entre los individuos surgirán las orientaciones más adecuadas para la sociedad en su totalidad. Debe re. gir aquí un supuesto acerca de una natural armonía entre la razón y la voluntad de los individuos, análogo al que la economía liberal propone en calidad de hipótesis con respecto a la actividad económica. Del mismo modo que el Homo aeconomicu3, al perseguir sus intereses particulares, según el principio hedonista, logra los máximos beneficios no sólo para sí, sino también para la colectividad. Conforme a un mecanismo análogo, puede suponerse que en la sociedad liberal el libre debate de las opiniones en el que cada individuo defiende sus puntos de vista habrá de conducir a las formulaciones más favorables para el Estado y la sociedad toda.
Detengámonos por un momento en este supuesto del hombre racional, capaz de alcanzar por sus propios medios la verdad en el terreno político y social. Este hombre, que es también el "soberano" dentro de un régimen de sufragio universal, sólo necesita. ser "educado". La importancia trascendental de la educación, entendida sobre todo como instrucción pública, universal y obligatoria, surge muy clara de estas consideraciones. La lucha en contra de la ignorancia, en contra de las trabas que se oponen al libre ejercicio de las facultades intelectuales, representa la garantía y el medio más indubitable para asegurar ese libre debate de opiniones que constituye la base de una sociedad liberal.
La insistencia sobre la necesidad de instrucción general obligatoria demuestra aún mas el carácter racionalista de esta concepción, pues señala como principal
obstáculo opuesto a la existencia de una sociedad de hombres racionales, el predominio de la ignorancia, heredada de un pasado de oscurantismo.
LA CRÍTICA MARXISTA A LA NOCIÓN ILUMINISTA DE OPINIÓN PÚBLICA
En el siglo XIX, esta teoría de la opinión pública halló una crítica muy neta (aunque expresada más implícita que explícitamente), en el marxismo. Éste adoptó, con respecto a la concepción política liberal, una actitud nueva; no sólo dedicóse a criticar su contenido, sino que se orientó hacia el "desenmascaramiento" de lo que podríamos llamar el origen existencial de ese pensamiento. Cada clase social tendría su propia perspectiva: una peculiar visión del mundo surgida tanto de su particular ubicación dentro de la estructura social como de la situación que tiene con respecto a la dinámica histórica. La ideología burguesa en sus diferentes aspectos, ya sea en el terreno económico con la ciencia económica liberal, ya sea en el terreno jurídico, político y de las doctrinas sociales en general, expresaría así la particular visión del mundo formulable desde la perspectiva de la clase burguesa en ascenso que había destruido la sociedad feudal y había sustituido los antiguos estamentos señoriales que la dominaban.
De este modo, aquella opinión pública que, dentro de la concepción iluminista del siglo. XVIII, era interpretada como la expresión de un proceso racional y reflexivo capaz de alcanzar la verdad objetiva, se concibe por el marxismo como la expresión de una particular visión del mundo cuya verdad no depende ya de la racionalidad del proceso discursivo a través del cual fue alcanzada, sino de la particular posición en que se encuentra, dentro de la dinámica histórica, el grupo social al que esa visión corresponde como perspectiva, pues (y en esto hallamos una característica esencial del pensamiento marxista a este respecto) no se elimina totalmente la posibilidad de lograr objetividad en el campo del pensamiento político-social, sino que a esa objetividad se la hace depender de la posición que ocupa cada grupo dentro del proceso histórico. Sólo
las clases en ascenso logran tener una visión del mundo "verdadera", es decir, correspondiente objetivamente a la realidad histórico-social.
Ocurre todo lo contrario con las clases en descenso cuyo "tiempo" ha concluido o se halla próximo a concluir: su visión del mundo se vuelve "ideológica" y su
conciencia, "falsa", debido a esa misma posición de decadencia en que se hallan colocadas.
De este modo, el pensamiento liberal logró coincidir con la realidad histórica mientras la clase queera su portadora se hallaba, en su marcha ascendente, en plena lucha con las clases del viejo orden, portadoras de ideologías "superadas". Pero tan prontocomo la burguesía transforma la sociedad, imponiéndose y logrando la hegemonía dentro de ella, pierde esa objetividad con respecto, esta vez, a la visión del mundo de una nueva clase en ascenso, el proletariado.
Es a éste a quien corresponde ahora una perspectiva privilegiada. Su pensamiento posee ese carácter de objetividad que le permite descubrir y desenmascarar el carácter ideológico de las formas ideológicas correspondientes a otras clases sociales.
La crítica marxista, tiende, por tanto, a destruir los fundamentos de la opinión pública tal como la conciben la teoría y la sociedad liberales, escindiendo su contenido en dos irreconciliables sectores: el sector "ideológico" correspondiente a la opinión pública de la clase en descenso y el sector "objetivo" correspondiente a la opinión pública de la clase en ascenso. Lo que es importante retener aquí es la afirmación de que el carácter de objetividad y de verdad que puede alcanzar la opinión pública ya no depende del proceso racional y reflexivo a través del cual se desarrolla el debate de las ideas.
Desde las últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX, la crítica a los fundamentos racionales de la opinión pública se generaliza en diferentes sentidos. Por un lado, se desarrolla la concepción marxista que desemboca por fin en la sociología del conocimiento. Por el otro, surgen posiciones irracionalistas que, desde diferentes
ángulos, tienden a destruir, ya de una manera radical, la posibilidad misma de un pensamiento racional en la esfera político-social.
LA SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO Y LA NOCIÓN DE OPINIÓN PÚBLICA
La sociología del conocimiento halla sus representantes en las más diferentes escuelas; bástenos citar los nombres de Durkheim, Scheler, Sorokin y Mannheim. De ellos, nos interesa particularmente este último autor 1, pues su teoría apunta directamente al problema de las ideologías políticas y sociales. Mannheim generaliza el relativismo introducido por el marxismo en el problema de las ideologías. Ya no se trata solamente de la vinculación del pensamiento ideológico con las clases sociales sino del hecho más general de que cualquier grupo social dotado de cierta importancia y consistencia dentro de la sociedad global posee una cosmovisión que le es peculiar. Claro está que la clase representa, a este respecto, el grupo de mayor significado. Sin embargo, no es el único en el que se da un condicionamiento existencial del pensamiento.
Mannheim, por lo demás, generaliza también en otro sentido las formulaciones marxistas. En efecto, el carácter "ideológico" que el marxismo limitaba exclusivamente al pensamiento de clases que, dentro de la dinámica histórica, se hallan en posición de decadencia, es generalizado ahora por Mannheim a todos los grupos sociales. Toda perspectiva es relativa; el pensamiento político-social de cualquier grupo debe considerarse a este respecto "ideológico", es decir, que representa. una determinada perspectiva que, por su carácter particular, no alcanza ni puede alcanzar la verdad objetiva sino solamente uno de sus aspectos. Sin embargo, Mannheim logra salir del relativismo que supone esta formulación afirmando la posibilidad de trascender las diferentes perspectivas particulares a través de una visión sintética que logre abarcarlas a todas eIlas y superarIas. Aquí también descubrimos cierto paralelismo con el pensamiento marxista, pues Mannheim atribuye a una categoría especial de personas
esta posibilidad de superación de las perspectivas particulares. Este grupo es el constituido por los intelectuales, los que, desvinculados de pertenencias existenciales, desarraigados de grupos ubicados en diferentes posiciones dentro de la estructura social, estarían en condiciones de poder superar las distintas perspectivas particulares para colocarse en una posición superior capaz de abarcar, en síntesis, la totalidad de las perspectivas posibles. De este modo, la perspectiva privilegiada que el marxismo asigna a las clases en ascenso correspondería, en el sistema de Mannheim, a los intelectuales. Lo que nos interesa es que, con esta formulación, es posible salvar un principio de objetividad en el pensamiento político. El racionalismo del siglo dieciocho no queda así totalmente eliminado, pues podríamos pensar que los aspectos que el iluminismo asignaba a la opinión pública de la sociedad global quedan transferidos a una categoría determinada de personas, a un público muy especial, el público constituido por los intelectuales.
POSICIONES IRRACIONALISTAS. PARETO Y FREUD
El ataque más destructivo contra los fundamentos iluministas de la opinión pública en nuestro siglo lo haIlamos en dos autores cuyas concepciones presentan muchos puntos comunes a pesar de haberse desarrollado de manera independiente.
Nos referimos en primer lugar a Pareto cuya teoría de los residuos y las
derivaciones constituye una formulación completa, aplicable a las ideologías políticas.
Como se sabe, Pareto clasifica todas las acciones humanas en acciones lógicas y no lógicas. Las primeras, que presentan una adecuación racional entre fines y medios, son aquellas que corresponden a la actividad científica y a la económica. Las segundas, en las que no se da tal adecuación, constituyen prácticamente todas las demás y, en particular, las acciones político-sociales. En cada acción, cabe distinguir los elementos: un núcleo -el "residuo"- representado por el impulso o motivo real de la acción que, en el caso de las acciones no lógicas, corresponde a un impulso irracional
de origen probablemente emocional o instintivo, y otra parte -la "derivación" mucho más variable, que. representa la explicación que los hombres se dan de sus propias acciones. Las ideologías serían entonces -dentro de la terminología paretiana-"derivaciones". Lo característico aquí es que su contenido no guarda ninguna relación con el motivo o causa real de la acción. Tenemos así: por un lado, una conducta movida por impulsos irracionales, y, por el otro, pseudo-explicaciones que los sujetos, de plena buena fe, dan de sus propias acciones.
Una posición muy parecida la encontramos en el psicoanálisis. Aquí también se considera a gran parte de las acciones humanas como expresión de impulsos inconscientes acompañados por pseudo-explicaciones de orden racional, que los sujetos les dan a los otros y se dan a sí mismos. Tales explicaciones son -según un término que se ha popularizado- racionalizaciones. Una ideología -dentro de la terminología psicoanalítica- es, pues, una racionalización, una explicación a posteriori de las acciones cuyo verdadero motivo reside en el inconsciente. Esta posición, extendida a la conducta política, origina aquella formulación de Lasswell según la cual las acciones políticas deben explicarse de acuerdo con este esquema: a) motivos privados, inscritos en la estructura del carácter a través de su formación en los primeros años de su vida; b) desplazados al llegar a la etapa adulta sobre objetos de carácter público, y c) racionalizados en términos de interés político.
A la imagen del hombre que nos presenta el iluminismo -al ser racional que debate sus opiniones en el campo abierto de la libre polémica a través de un proceso discursivo-- la sustituye un hombre cuyas opiniones no son sino la justificación de. impulsos racionales que él mismo desconoce. No hay duda de que estas opuestas concepciones acerca de la formación de las opiniones en el siglo XVIII y en nuestros días obedece a una profunda modificación de la situación histórica. El hombre racional del siglo XVIII corresponde al de una pequeña sociedad de hombres cultos, que es como podía considerarse a la sociedad burguesa de aquel entonces. El ser que nos describe la sociología paretiana o el psicoanálisis presenta, en cambio, un estrecho
parentesco con el hombre masa de nuestro tiempo, movido por impulsos irracionales cuyo origen y naturaleza le son ocultos y en nombre de ideologías que son meros clisés o estereotipos, y que constituyen las antípodas mismas del fruto largamente madurado de su raciocinio y reflexión.
P
RINCIPALES
C
ONCEPTUALIZACIONES
C
ONTEMPORÁNEAS DE LA
O
PINIÓN
P
ÚBLICA
Si bien hay un número importante de académicos contemporáneos que han reflexionado sobre el tema de la opinión pública es el proveniente del mundo alemán el que en los últimos tiempos ha aportado el liderazgo intelectual en esta materia. Las grandes tendencias podrían clasificarse gruesamente en la perspectiva político valorativa de Jürgen Habermas, la antropológico social de Elisabeth Noelle-Neumann y la sociopolítica funcionalista de Niklas Luhmann. No siendo éstas las únicas, son las que han marcado los estudios y las reflexiones más interesantes sobre el tema.
Muchas de estas definiciones colocan el acento en relación con los marcos de referencias conceptuales en que se sustentan. Por ejemplo:
Desde una perspectiva racional y voluntarista, Ferdinand Tönnies (1902) entiende: “Opinión pública como conglomerado de puntos de vista, deseos y propósitos diversos y contradictorios, y opinión pública como potencia unitaria, expresión de la voluntad común”.
Desde la perspectiva histórica, Herman Oncken (1906) "es el complejo de declaraciones políticas similares".
Desde una perspectiva mental-estereotipada, Walter Lippmann (1922) sostiene que: “Las imágenes que se hallan dentro de las cabezas (...) de los seres humanos, las
imágenes de sí mismos, de los demás, de sus necesidades, propósitos y relaciones son sus opiniones públicas”.
Desde una perspectiva liberal-democrática, Hans Speier (1950) entiende: “por opinión pública (...) las opiniones sobre cuestiones de interés para la nación expresada libre y públicamente por gentes ajenas al gobierno, que pretenden tener el derecho de que sus opiniones influyan o determinen las acciones, el personal o la estructura de su gobierno”.
Niklas Luhmann (40's): " La opinión pública es la estructura temática de la
comunicación pública que permite una acción intersubjetiva en un sistema social.
Desde una perspectiva crítica-normativa, Jürgen Habermas (1962) señala que: “Opinión pública significa cosas distintas según se contemple como una instancia crítica con relación a la notoriedad normativa pública, ‘representativa’ o manipulativamente divulgada, de personas e instituciones, de bienes de consumo y de programa”.
Desde una perspectiva sistémico-informativa, Otto Baumhauer (1976) sostiene que: “La opinión pública es el producto del proceso transformativo de información introducida en el sistema abierto de clima de opinión pública”.
Desde una perspectiva psicosocial, Elisabeth Nöelle-Neumann (1974) construye una definición operativa en la que sitúa la opinión pública como “las opiniones sobre temas controvertidos que pueden expresarse en público sin aislarse”.
Desde una perspectiva de la ciencia política, Giovanni Sartori (1987) sostiene que la opinión pública es ante todo y sobre todo un concepto político. Para el investigador italiano la opinión pública es “un público, o multiplicidad de públicos, cuyos difusos
estados mentales (de opinión) se interrelacionan con corrientes de información referentes al estado de la res pública”.
LAS DISTINTAS POSICIONES TEÓRICAS SOBRE EL FENÓMENO DE LAS OPINIONES COLECTIVAS1
La opinión pública ha sido contemplada, en nuestros días, desde varias posiciones teóricas. En realidad, puede decirse que cada escuela científica se ha aproximado al fenómeno desde su particular perspectiva. Por ello, si se pretende ofrecer una visión general de los estudios que se han destinado a aclarar las circunstancias que intervienen en la ordenación de las conductas y opiniones colectivas, será imprescindible proporcionar no una, sino algunas visiones teóricas sobre el tema que nos ocupa.
Teoría normativa
Empezaré en primer lugar por la teoría normativa, denominada así porque nos indica cómo tiene que ser la comunicación pública desde el punto de vista político y también ético para que pueda ser relacionada con los fenómenos de la opinión pública. La teoría normativa parte de la existencia de personas privadas que se reúnen, directa o indirectamente, en calidad de público, para discutir sobre temas de interés general. Según lo dicho, esta corriente considerará que, en sentido estricto, no puede hablarse de opinión pública si no es en un régimen de libertades y en un sistema político en el que lo que piensa y quiere la gente condicionará tanto las leyes como las acciones del ejecutivo, a través de vías institucionales como por ejemplo los parlamentos, las elecciones o los vínculos informales que deben existir entre ciudadanos y gobierno. De lo que hemos expuesto hasta ahora puede extraerse otra idea básica, y es que la opinión pública debe ser expresada por personas ajenas al gobierno y al sistema político en general, lo que, a su vez, supone la separación entre sociedad civil y Estado.
La comunicación, tal y como acabamos de ver, fue directa al principio de las sociedades burguesas, ya que los ciudadanos se reunían en los salones, en las casas de café o en otras instituciones sociales que cumplían la misma finalidad. En la sociedad actual, sin que hayan desaparecido las relaciones cara a cara y sin quitarles importancia, muchos de los temas de interés general se elaboran y se elevan a públicos a través de los medios de comunicación. Por ello es necesario renovar, adaptar, las visiones teóricas al uso hasta hoy, e, incluso, crear otras nuevas.
La teoría normativa ha sido desarrollada principalmente por Jürgen Habermas. Se trata de una propuesta realizada desde la perspectiva de una democracia deliberativa, es decir, basada en la posibilidad, y más aún, en la necesidad de que los temas de interés colectivo sean discutidos desde posiciones racionales y éticas.
Habermas analiza la opinión pública a partir de una perspectiva histórica, en lo referente al origen del concepto. Se trata del proceso filosófico de concreción del concepto a partir de los pensadores políticos ilustrados y también del proceso de constitución de las democracias liberales. Se califica a esta teoría de normativa porque se definen las condiciones políticas, éticas y racionales que son necesarias para que puedan darse los fenómenos que conocemos como opinión pública. De acuerdo con lo dicho, se desprende que no todos los fenómenos colectivos de decantamiento de opiniones pueden considerarse como opinión pública. Quedarían excluidos los procesos inducidos a base de acciones de propaganda, manipulación o violencia. Está claro que sólo son posibles las discusiones racionales dentro de un marco razonable de libertades públicas.
Hasta aquí el origen y formación del concepto dentro de las democracias liberales primitivas, pero Habermas también se plantea la evolución del concepto desde su origen hasta el momento actual. En un trabajo reciente (Habermas, 1998) vuelve a tratar el tema de la opinión pública, tras habernos legado, durante más de treinta años, su teoría social basada en la acción comunicativa. Recordemos, por último, que el autor alemán propugna una reconstrucción de la modernidad y, por lo tanto, de la
racionalidad y la aspiración al progreso, al margen de los retrocesos ahistóricos de la postmodernidad.
Positivismo
Desde otra perspectiva teórica, desde la tercera década del siglo XX, y fundamentalmente en Estados Unidos, se ha trabajado para construir una ciencia de la opinión pública en el sentido positivista y conductista del término (Allport, 1937; Hyman, 1957; Berelson y Steiner, 1964), construyendo un edificio empírico para estudiar las opiniones colectivas. Aquellos que defienden esta corriente rechazan las concepciones abstractas que no tienen referente empírico. Parten de la evidencia de que las opiniones son siempre individuales y de que sólo se pueden estudiar si se manifiestan. Rechazan las abstracciones por considerarlas metafísicas. De acuerdo con lo anterior, se rechazan conceptos como “público” si quiere decir algo que vaya más allá de comportamientos individuales. Como se trata de estudiar las opiniones, debes ser tenidas en cuenta cuando aparecen, y en caso contrario, provocarlas. Los referéndums y las elecciones son actividades sociales a través de las cuales se manifiestan las preferencias de los ciudadanos. Innumerables acciones sociales, como el consumo, también sirven para expresar sus preferencias. Pero la forma más clara y directa de hacerlo es preguntando a la gente; de aquí las encuestas para medir las opiniones y actitudes de los individuos que forman las colectividades. Una entrevista demoscópica estructurada se basa en un cuestionario que tiene por objeto convertir en tangible aquello que, en principio, no lo es. Si las entrevistas se multiplican, entonces puede tenerse una idea de las opiniones del universo estudiado, según las normas aportadas por las teorías de los grandes números. De los estudios demoscópicos propugnados por aquellos que mantienen una actitud empírica puede inducirse una definición de opinión pública, que no es otra que la suma de las opiniones particulares. Siguiendo esta línea de pensamiento, se cree que los medios llegan al conjunto o a la mayoría de
individuos que forman las colectividades. Sin embargo, sus efectos deben estudiarse en cada individuo particular: las influencias, así como las opiniones, sólo las encontraremos en los comportamientos particulares.
La ciencia de la opinión pública se ha convertido en una verdadera ingeniería social que proporciona información útil a aquél que desee poseer datos sobre ciertos aspectos de la conducta de la gente. La confección de encuestas se convirtió en una verdadera industria desde que George Gallup montó su empresa en la década de los treinta del siglo pasado (Blondiaux, 1998) y empezó a medir opiniones y ofrecerlas a la prensa de Estados Unidos. Más tarde esta actividad se extendió por Europa, de forma evidente, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Actualmente, los estudios de las opiniones se han convertido en un instrumento insustituible para los partidos políticos en la organización de campañas electorales, y para los gobiernos empeñados en auscultar el sentir popular cotidianamente. También en el mundo de la publicidad comercial y en el de los estudios de mercado el uso de las técnicas demoscópicas resulta ya cotidiano.
Sin embargo, de forma objetiva, debemos aclarar que la pretendida ciencia de la opinión pública no ha explicado la cuestión fundamental de cómo las opiniones individuales se articulan en las opiniones colectivas para producir consecuencias sociales y políticas. Sin resolver esta cuestión no puede hablarse de ciencia, sino sólo de una práctica empírica más o menos útil. Según dicho argumento, las
técnicas desarrolladas no van más allá de una ingeniería social de corto alcance, aunque útil para aquellos que sólo pretendan obtener visiones fotográficas de las actitudes y opiniones de la gente.
A pesar de la universalidad que ha alcanzado actualmente la confección de encuestas de todo tipo, no han faltado voces científicas que han criticado su uso en general, y particularmente las destinadas a medir opiniones y actitudes. Una de las críticas que ha tenido más impacto ha sido la realizada por Pierre Bourdieu. El sociólogo francés argumenta que las preguntas de los cuestionarios inducen a
contestar aunque los encuestados no tengan ninguna opinión formada sobre la cuestión. Por otro lado, la propia confección del cuestionario parte del malentendido basado en la confianza de que lo que se pregunta a la gente es aquello que les preocupa. En definitiva, podría decirse que al confeccionar una encuesta se encuentra lo que quiere encontrarse, y no lo que existe (Bourdieu, 1973).
Profesión periodística
Desde otra perspectiva completamente distinta, tenemos las aportaciones que hizo Walter Lippmann al respecto. Este autor escribió un libro muy original, hace mucho tiempo (Lippmann, 1922), en el que sitúa la opinión pública en un contexto diferente de los expuestos anteriormente, lejos de las cuestiones éticas y políticas, así como también de las medidas empíricas de las opiniones individuales. Centra el tema fundamental de la opinión pública en los estereotipos con carga emocional que dominan las opiniones de las personas. A través de su experiencia como periodista, sabía que los medios crean o reflejan los estereotipos y los difunden en el ambiente social, invadiendo las mentalidades de la gente. Los estereotipos son expresiones o frases que expresan unas ideas preconcebidas que se aplican selectivamente a los temas, buscando provocar las connotaciones adecuadas. Como ejemplo, diremos que las expresiones “banda terrorista”, “lavado de cerebro” o “armas de destrucción masiva” intentan evitar que los públicos analicen críticamente los temas controvertidos. Lippmann cree que aquél que controle la creación y uso de estos símbolos podrá dominar la notoriedad pública. Uno de los aspectos que debe tenerse en cuenta es que los estereotipos son temporales; al variar las circunstancias, pierden su validez. La verdad es que los profesionales de la información colaboran a ello porque el uso de estereotipos les simplifica su labor diaria. Emplear sobreentendidos convierte sus mensajes en simples y comprensibles.
Hasta aquí hemos visto cómo la opinión pública es estudiada desde la más pura racionalidad teórica en la teoría normativa y desde la perspectiva también racional que la circunscribe al ámbito empírico; también la hemos analizado desde el punto de vista de la profesión periodística. Ahora deberíamos contemplar la opinión pública como un fenómeno surgido de las pulsiones instintivas y de los sentimientos profundos de nuestra especie. Desde esta perspectiva, lo que es sustantivo en la opinión pública sería el instinto de grupo. Se trata de la teoría de la espiral del silencio, desarrollada por la investigadora alemana Elisabeth Noëlle-Neumann. Esta teoría se desarrolló en una época en que el sistema comunicativo ya estaba dominado por la televisión; en una época también en que ya no podía dudarse de la influencia de los medios en los procesos cognitivos de las audiencias (Noëlle- Neumann, 1995). Esta autora recupera las concepciones de autores como John Locke, David Hume y otros a partir de las cuales se consideraba la opinión como reputación; es decir, aquello que los demás piensan de uno mismo. La gente es muy sensible a este hecho. Nadie quiere sentirse aislado; por lo tanto, tenderá a añadirse a las opiniones que se perciben como mayoritarias. Noëlle-Neumann considera que todos tenemos una especie de capacidad, o de sensibilidad casi estadística, que nos lleva a detectar cuáles son las tendencias, opiniones y modas que avanzan, y cuáles las que retroceden. Por ello, ante un proceso de manifestación de las opiniones colectivas, actúan los mecanismos psicosociales descritos. En un proceso electoral, por ejemplo, siempre existen expectativas distintas respecto a los partidos que participan en los comicios. Existen estados de opinión decantados hacia una fuerza u otra que pueden aumentar en intensidad o que pueden cambiar de sentido. Se trata de la noción denominada “clima de opinión”. Este clima es apercibido por los individuos, lo que lleva a profundizar todavía más las tendencias. Aquellos que creen que ganarán, actuarán con más seguridad y contundencia en sus relaciones comunicativas interpersonales, mientras que a los que se creen en minoría les pasará lo contrario. Entonces se originará un proceso denominado “espiral del
silencio”, que es como la investigadora alemana ha denominado su teoría. La espiral del silencio no hará sino reforzar las tendencias que van a favor del clima de opinión. Precisamente, las personas más aisladas del resto son las que con más intensidad participan en los cambios de última hora. Porque desean participar en la victoria: se trata de lo que ha dado en denominarse efecto “carro del vencedor”. Todo este conjunto de procesos psicosociales explicarían tanto los fenómenos de formación de opiniones como los de cambio e, incluso, de cambio repentino.
Tal y como hemos visto, si en la teoría normativa hablábamos del ejercicio en público de la racionalidad dentro de una sociedad democrática, en la teoría de la espiral del silencio debemos basarnos en los vínculos instintivos e irracionales que mantienen unidas a las personas dentro de sus colectividades. No se trata tanto de teoría política como de antropología social aplicada al estudio de los procesos de opinión.
Temas y atención pública
Por último, deberíamos contemplar los trabajos relacionados con las estructuras del sistema comunicativo que rigen la elaboración de temas y que centran la atención pública. Nos referimos a los trabajos de Niklas Luhmann, por un lado, y a los que podríamos decir que provienen de la escuela italiana. El funcionalismo sistémico de este autor alemán se aparta radicalmente de la teoría normativa. Por lo tanto, prescinde de la verdad y la mentira, así como también de las cuestiones éticas, para centrarse en los elementos estructurales. Así pues, lo importante en la comunicación pública radica en describir cómo se elaboran los temas y cómo unos desplazan a otros. Luhmann parte del papel que juega la complejidad en su teoría social. La realidad ambiental siempre es más compleja que la capacidad que poseen los sistemas para procesarla. En consecuencia, la reducción de la complejidad es una de las labores básicas del sistema comunicativo, ya que los espacios y tiempos con que cuenta son limitados, como también lo es la atención de los públicos. A partir de aquí nos dice que la opinión pública no puede ya ser considerada como un fenómeno políticamente relevante, sino
como la estructura temática de la comunicación pública (Luhmann, 1978: 87). La cuestión central, por lo tanto, es cómo se elaboran y procesan los temas, siguiendo las reglas de la atención pública, basadas en la actualidad y la novedad. De forma sintética, podríamos decir que lo importante no es qué se dice, sino de qué se habla.
Similarmente en algunos aspectos, un conjunto de autores italianos encabezados por Carlo Marletti también han situado el punto neurálgico de la comunicación pública en los procesos de selección y elaboración de los temas que centran la atención de los públicos. Los autores italianos han estudiado en su detalle los procesos periodísticos — como es el caso de las rutinas profesionales— de elaboración de los temas, pero también, a diferencia del funcionalismo sistémico, la capacidad del sistema político y de los distintos poderes de la sociedad de influir en la selección de los temas (Marletti, 1985). Esta corriente, denominada tematización, pretende aclarar los procesos sociales de elaboración de los temas desde sus orígenes en los acontecimientos, pero, especialmente, a partir del momento en que llegan a los públicos. Los temas nacen, se enriquecen, decaen y, finalmente, desaparecen de la atención pública.
CONCLUSIÓN
Tal y como se desprende de la presente exposición, la opinión pública es un tema abierto. Se ha definido y vuelto a definir. Ha ido evolucionando a medida que también lo hacían los sistemas político y comunicativo. Actualmente vivimos una época de cambios muy y muy importantes. La introducción de las redes telemáticas sin duda abrirá nuevas posibilidades a las relaciones sociales. Hay quien habla ya de una nueva esfera pública. Los sistemas democráticos están cambiando, aunque no parezca, a veces, que lo hagan demasiado positivamente. Por otro lado, la construcción de la Europa unida puede abrir nuevas e insospechadas perspectivas a los sistemas políticos de futuro. Por todo ello, no cabe la menor duda de que tendremos que seguir trabajando teóricamente para dibujar los perfiles que adquirirán las relaciones
comunicativas entre los ciudadanos y los caminos que seguirán los acuerdos colectivos sobre opiniones y actitudes.
COMUNICACIÓN Y
OPINIÓN PÚBLICA
L
a noción de opinión pública supone, en principio, que se trata de opiniones, y esto quiere decir juicios sobre cuestiones de interés general. Las opiniones se mueven en un terreno que podemos considerar que existe entre el conocimiento y la ignorancia, y se articulan alrededor de temas respecto a los que no se pueden tener ideas definitivas; son juicios que no son ni verdad ni mentira. Las opiniones se moverán, por lo tanto, en el campo de la verosimilitud; de lo que es creíble o probable. No tiene sentido que alguien diga que opina que la Tierra es redonda, porque es una cuestión de hecho. La Tierra es o no es redonda. En cambio, sí se estará de acuerdo en que la pertinencia de hacer la paz o la guerra es una cuestión sobre la que se pueden tener ideas varias, lo que quiere decir que la opinión supone una posición personal; no diría compromiso, pero sí el decantamiento de una persona hacia una explicación de las cosas que permite más de una posibilidad. Por otro lado, las opiniones implican racionalidad e información en grado variable, y siempre deben argumentarse de forma positiva o negativa. Por otra parte, las cuestiones que son objeto de conocimiento son impersonales; no dependen de nadie particularmente, y, en consecuencia, no requieren ningún compromiso personal. No es necesario argumentarlas, sino, sencillamente, demostrarlas.Las opiniones siempre suponen juicios individuales, lo que hace que al hablar de opiniones colectivas se corra el riesgo de crear abstracciones que carecen de cualquier tipos de correspondencia con nada que tenga una realidad empírica. Sin embargo, y tal y como enunciábamos anteriormente, estas abstracciones pueden ser útiles para explicar unas determinadas situaciones que sí se dan en la sociedad.
Cuando se habla de opinión pública, generalmente se quiere hacer referencia a algo que va más allá de las opiniones individuales, e incluso de su suma. Se puede admitir que los temas que afectan al conjunto de la sociedad originan debates y procesos de información que ayudan a los individuos a formar sus opiniones individuales. Por lo tanto, se tratará siempre de opiniones de personas concretas, pero que son el resultado de la interacción comunicativa directa, cara a cara, o indirecta, a través de los medios de comunicación. La existencia de opiniones individuales requiere que haya ciudadanos capaces de tenerlas, es decir, personas razonablemente informadas o muy informadas y que tengan la suficiente autonomía de juicio como para poderse formar ideas personales de los problemas que afectan a la comunidad.
De estas generalidades podemos sacar algunas consecuencias. La primera es que, para que se pueda hablar de opinión pública, es necesario que exista la posibilidad de informar y de informarse con una libertad suficiente. En este punto todo el mundo está más o menos de acuerdo. Después, debe aceptarse la necesidad de un debate social más o menos libre o condicionado. En este punto existen algunas diferencias.
Asimismo, tendremos que admitir que, para que pueda hablarse de opinión pública, es obligado que se manifieste de una u otra forma. No se pueden confundir nunca la confidencialidad o los juicios no expresados con la opinión pública, ya que ésta requiere necesariamente publicidad. Las opiniones, por lo tanto, es necesario que sean manifestadas; después también será necesario que estas opiniones manifestadas tengan algún tipo de operatividad social, esto es: que sean cultural y políticamente relevantes.
Una última consecuencia que también tendremos que extraer de lo que hemos dicho hasta ahora es que el ejercicio de la razón pública precisa que haya ciudadanos capaces de razonar con libertad de conciencia y con capacidad crítica; es decir, que haya públicos. Es evidente que las masas compuestas por sujetos indiferenciados o las multitudes reunidas en un lugar y en un espacio de forma circunstancial no son, no pueden ser, los sujetos de la opinión pública. La existencia de públicos activos es un
fenómeno moderno que está relacionado con la creación de las democracias que se establecieron en algunos países a raíz de las revoluciones burguesas.
La opinión pública es fundamentalmente un conjunto de procesos de comunicación que se realizan entre los ciudadanos, y entre éstos y el gobierno. Tales procesos se llevan a cabo mediante contactos directos y también indirectos, a través de los medios de comunicación. Esta realidad indiscutible ha llevado a considerar a los medios de comunicación como los instrumentos indispensables para el ejercicio de la razón pública en las sociedades complejas actuales. Pero a menudo se ha errado cuando se han pretendido considerar los contenidos de los medios y la opinión pública como una misma cosa. Es lo que Allport (1937) ha denominado el malentendido periodístico de la opinión pública. Los medios de comunicación, si desempeñan bien su función, vehiculan las opiniones de la gente o le procuran las informaciones oportunas para que los públicos puedan formárselas. Pero si se convierten en instrumentos de propaganda, entonces ya no está claro si van a favor o en contra de la opinión pública.
FORMACIÓN DE LA OPINIÓN PÚBLICA
Rivadeneira parte de la siguiente definición de opinión pública para explicar la
formación de la OP:
La opinión pública es, por su formación, un producto de opiniones individuales sobre asuntos de interés común y que se origina en las formas comunicativas humanas, en procesos individuales, primero, y en procesos colectivos, después, en diversos grados, según la naturaleza de las informaciones compartidas por los individuos, a la vez influidas por los intereses particulares de los grupos afectados.
Producto y no Suma
En principio esclarece que no es la suma de las opiniones individuales, sino el producto, ya que un sistema no puede sumar o restar nada a sus elementos:
“Si no podemos explicar la totalidad del sistema por la suma de elementos que lo constituyen, esto vale para la opinión pública: producto, fenómeno de existencia propia, totalmente independiente de sus factores constitutivos, donde es inseparable, al mismo tiempo, la interacción de sus factores”.
Para ello comenzaremos por distinguir la opinión individual
SCHRAMM, al tratar el tema sobre el desarrollo de la comunicación, dice:
“Los pueblos operan a través de la opinión pública que surge del chisme y a través de la comprensión que se deriva de la familiaridad”.
El chisme
Esta aseveración informa de uno de los más poderosos elementos de formación de opiniones individuales (son anteriores a la opinión colectiva): el chisme.
Opiniones personales
Su origen está en la comunicación y, consiguientemente, en la información que se recibe a través de las formas comunicativas, en la percepción de hechos, recepción y descifrado (decodificación) de significados. No hay opinión sin comunicación y dicho axioma se extenderá del modo siguiente: no hay opinión sin información, cualquiera que sea el mecanismo (medio) de trasmisión y recepción de mensajes que se utilice.
Mas no toda opinión individual es apta para la formación de opinión pública; existen las opiniones personales que corresponden a la zona de la “mente pública”, como Roberto E. Park llama a la opinión pública.
Las cuestiones de orden colectivo, inherentes a la “res pública”, de donde deriva la
institución jurídico-política llamada república, son los elementos aglutinantes de las
opiniones individuales.
La condición básica es que el sistema político reconozca, practique y garantice el
libre ejercicio de las opiniones y proteja con leyes adecuadas los derechos de expresión de los grupos sociales. En condiciones adversas la opinión pública no desarrolla otra cosa que estados de ánimo, murmuraciones y difusión de puntos de vista en forma personal y directa, con la natural deformación de hechos y falsificación de la verdad.
Medios masivos, sólo como estímulo
Hoy en día la comunicación de masas ha pasado a ocupar el primer lugar en la información noticiosa. Pero, paradójicamente, en la sociedad de masas la base de la formación de opiniones sigue siendo la comunicación directa, recíproca y personal. Los medios masivos cumplen funciones de estímulo/refuerzo, de deformación e influencia, según los casos y las intensidades manipulatorias, al mismo tiempo que son vehículo de control social.
Comunicación horizontal
La formación de opinión se da, primeramente, entre personas, dentro de grupos de pertenencia individual: comunicación horizontal: contacto personal y directo de los individuos.
Comunicación vertical
El segundo nivel de la formación de la OP es influida por los medios masivos, en línea vertical, de arriba abajo, por canales unidireccionales.
Etapas Formación de OP
Rivadeneira
a) Disposición individual y clima comunicativo.
b) Información a través de medios masivos, e información no tecnificada: personal, recíproca y directa.
c) Intercambio de puntos de vista entre los miembros del grupo social, que equivale a procesamiento de la información, input energético importado.
d) Problemática del hecho. Qué es lo que nos afecta y por qué; cuál es su importancia.
e) Confrontación de puntos de vista con miras a integrar elementos básicos de coincidencia.
f) Proposición de vías de solución o alternativas a los aspectos y variantes que ofrecen el problema.
g) Debate en torno a las proposiciones.
h) Acuerdo más o menos compartido sobre el modo que es o parece ser la vía de solución. Éste puede ser controvertido por minorías, pues un acuerdo total es imposible.
i) Estimulación del consenso para pasar a la acción y completar el proceso, retroalimentación de la información.
j) Difusión del criterio finalmente admitido por la “mente colectiva”; hecho que rebota en el mismo grupo y en cada uno de los miembros por efecto de los mismos medios empleados para la información originaria y la retroalimentación.
Fases de Formación de la OP
Price1. Fase de Problema:
Consiste en la identificación del problema que vulnera el sistema establecido.
2. Fase de Propuesta:
Se propone una solución al problema.
3. Fase Política:
Es propiamente la fase de debate social que tiene por objeto lograr el consenso que defina la solución aceptada por la mayoría. Es en esta etapa donde surgen las encuestas, hablan los expertos y se disputa el liderazgo.
4. Fase Programática:
Plantea las pautas a seguir, paso a paso, para llevar a cabo la solución elegida.
5. Fase Evaluativa:
Se evalúa el resultado una vez que se desarrolló la solución. Esta podrá dar pauta a un nuevo debate según los resultados obtenidos.
Esquema de la Teoría de Sistemas
de Baumhauer para la Formación de la OP
Distinción entre opinión pública y opinión publicada
Un sistema político democrático exige un constante conocimiento de lo que piensa la ciudadanía, la opinión pública. Pero, la opinión es “pública”, en dos sentidos. En primer lugar por ser la “opinión compartida”, la opinión de la mayoría y en segundo lugar, por ser una “opinión publicada”, gracias a que se publica17.
A estas alturas vale la pena hacer una distinción de estas dos asociaciones que se prestan comúnmente a confusión. La opinión pública es un juicio más o menos generalizado entre la población respecto a los asuntos que son de conocimiento colectivo. Se estima que la opinión pública expresa un grado de legitimidad acerca del gobierno, sus actos, así como de las demás instituciones. Su fuerza radica en las acciones de permanencia y cambios en las actitudes del gobierno y –algunos argumentan incluso– en el grado de control sobre ellos. “La opinión pública del público” u opiniones del público, es un proceso cuantitativo de adición de opiniones. Es una opinión pública que se suma; la “opinión pública del público” es la de una gran mayoría, susceptible de ser medida por encuestas.
La opinión pública, por el contrario, es una noción cualitativa, es una opinión pública autorizada, es una opinión pública que se publica. Incluso para algunos autores la opinión pública es la de una minoría que tiene medios específicos y directos para hacerse oír por el público, a través de los voceros de opinión pública. La opinión pública es una dimensión del poder político. En esta medida los medios (de comunicación) pueden desempeñar un papel reforzador de la legitimidad o cuestionador de la misma.
Para aclarar este punto es quizá necesario distinguir, entre opinión pública y opinión privada. Mientras que la primera incide en los temas de interés público, la segunda hace referencia a las opiniones de los particulares. De esta manera, así un particular tenga una relevancia política o social (ej. un columnista de prensa) y publique sus opiniones, éstas no pasan a ser la opinión pública. Lo que sí puede representar es una corriente de opinión, aunque no toda opinión publicada es representativa de una
corriente de opinión. A la inversa, no todas las corrientes de opinión de una sociedad se tienen que ver necesariamente reflejadas en opiniones publicadas en los medios de comunicación. Por lo tanto, el agregado de las coincidencias de las opiniones privadas no son equivalentes a la preocupación colectiva. Pero, en general los temas sobre los que se crean corrientes de opinión relativamente firmes, presentan una doble condición de repercusión personal y colectiva (medidas de protección y seguridad, control de la natalidad, p.ej.), en la que un individuo opina como ciudadano, como padre de familia, miembro de una organización política o religiosa. De tal manera que en algunas oportunidades una persona tiene opiniones duales, cuando lo hace en consonancia con un grupo y cuando lo hace a partir de defender sus intereses particulares.
Factores Componentes de la Opinión Pública
De las varias clasificaciones es interesante la propuesta por el profesor Bernard C. Hennessy en su libro “Opinión pública”, para quien los factores o componentes de la opinión pública se pueden agrupar de la siguiente manera1:
La presencia de un tema. La opinión pública se forma alrededor de un tema o conjuntos de temas públicos que se encuentran en el tapete y que ocasionan posturas contrapuestas.
La naturaleza del público. Hay muchos públicos volcados hacia diferentes focos de interés. Cada tema genera su propio público, aunque en muchos casos algunos individuos se sitúen en diversos públicos.
Un complejo de creencias del público. Se trata de la distribución de las opiniones sobre un tema. Hay que tener en cuenta que algunas creencias y sólo algunas son mutuamente excluyentes entre sí. Ellas están en función de las actitudes y experiencias
anteriores, como de la complejidad del tema. Algunos temas homogenizan públicos y otros no. Este conjunto se denomina “complejo de creencias”. En política suele presentarse una situación dicotómica: posición de mayoría y de minoría.
La expresión de la opinión pública. Resulta desde los medios de comunicación de toda su variedad hasta los gestos, mímica y todos los códigos simbólicos.
El número de personas involucradas: en cada caso el número es diferente y quizá incierto; lo importante es que el número sea capaz de producir algún efecto.
Estos componentes son básicos para entender los complejos pasos que conforman la estructuración y cambios en la opinión pública.
PÚBLICO Y OPINIÓN PÚBLICA
El término público tiene también a varios sentidos. Ya se señaló, líneas arriba, que laambigüedad del término opinión pública, según algunos autores, deviene de estos varios sentidos del público. Existe una acepción legal que se centra en la idea de “apertura”, en el sentido de ámbito abierto a todos (plaza pública, lugar público, juicio público, etc.), en contraste al de la esfera privada. Un segundo sentido, desarrollado por el derecho y el poder público, es el otorgado por la relación con el Estado. Es decir, en el sentido de los asuntos relacionados con el bienestar general. Por último un tercer sentido, sociológico, coloca el énfasis en que el individuo no desarrolla su vida hacia adentro, en su intimidad, sino hacia afuera dirigida no sólo a otras personas sino también a la sociedad como un todo.
Los públicos están compuestos –dicen Gerth y Mills– por gente que no está en relación cara a cara, pero que, sin embargo, manifiestan intereses similares, o está expuesta a estímulos semejantes, aunque más o menos distantes”. Público es, entonces, aquella pluralidad de personas que constituyen el soporte de la opinión pública. A diferencia de otras pluralidades, como masa, muchedumbre o multitud, este término incorpora implícitamente, valoraciones positivas14. Por lo tanto, sólo el público es portador de opinión pública. Es por ello que, “cuando el público deja de ser crítico – sentencia R.E.Park–, se disuelve o se transforma en multitud”15. Una característica, por lo tanto, del público es el desacuerdo, la diferencia en los intereses similares. La investigación de la opinión pública permite desprender que existe un contínuo que va de masa a público, en las siguientes formulaciones colectivas:
a) El público en general. Es el que corresponde a aquellos que consideran al público como a la totalidad de la población. Allport, en el primer número de la prestigiosa revista Public Opinion Quarterly (1937), se define decididamente en esta concepción y que
ayudó a las prácticas de las encuestas. Existía detrás de esta concepción, la idea democrática de la inclusión de todos los miembros de la sociedad. El problema es que de este universo sólo un porcentaje –que varía en el tiempo y de una sociedad a otra– está interesado e informado de las cuestiones públicas.
b) El público que vota. Es una de las más comunes operacionalizaciones del público, siendo el resultado de las elecciones –para quienes la defienden– la mayor visibilidad de la opinión pública en un sistema de democracia representativa. Pero, este colectivo indiferenciado representa, en EEUU por ejemplo, sólo a la mitad de la población apta para votar. Pero, muchas evidencias señalan que muchos electores, particularmente en sistemas de voto obligatorio, realizan el acto de votar sin información e interés en la campaña que los convoca.
c) El público atento. Es aquel sector de la ciudadanía que está informado e interesado en los asuntos públicos y que conforma la audiencia de las élites públicas. D.J.Devine, señala cinco medidas para reconocer al público atento: el interesado en política en general, el interesado en campañas electorales, el que habla de política, el que se expone a las noticias políticas de los medios y el que lee sobre política en revistas16. En muchos casos, sin embargo, es un público pasivo, aunque más activo que los anteriores.
d) El público activo. Es un grupo más pequeño, que sale del público atento. Su compromiso con los asuntos públicos es intenso, incluyendo aspectos formales de participación política, como informales pero de manera muy activa (debates y discusiones públicas). Normalmente a este grupo se le denomina élite, e incluye gente tan variada como líderes políticos, funcionarios gubernamentales, creadores de opinión, entre otros. Todos ellos participan y compiten en una suerte de mercado de opinión en donde buscarán conseguir seguidores y conversos.
Si bien este último grupo tiene una influencia mayor que el resto (algunos dirán desproporcionada), merecen la atención de los medios y son los actores de la comunicación política, no se debe dejar de lado a los espectadores de la misma, en la medida en que en la interacción de ambos grupos se encuentra la formación y el impacto de la opinión pública.
ELEMENTOS DE FORMACIÓN
DE LA OP
R
ecordemos que la opinión pública es un fenómeno psicosocial que, como señala la teoría de los sistemas abiertos de Otto Baumhauer, es el producto del proceso transformativo de información introducida en el sistema abierto de clima de opinión pública.De acuerdo con el esquema anterior, encontramos que un hecho convertido en información se transforma (throug put) de acuerdo a una serie de elementos que le dan un tinte determinado y al final sale de este sistema a manera de opinión.
Cierto mensaje es pasado por los engranajes de la mente del individuo o del grupo social, por los medios de comunicación, etc. y ello influye en la formación de nuestras opiniones, a partir de nuestra visión del mundo que esto nos genera.
¿Por qué la sociedad debate un tema y no otro? ¿Por qué un grupo dice lo que dice y otro da otro argumento? ¿Por qué el debate social se mueve o cambia hacia uno u otro lado? Pues son los elementos que determinan a la opinión pública las que van dando estas pautas.
Los elementos que influyen en la formación de la opinión pública se encuentran en diversos niveles, que de cualquier forma son un ciclo y se influyen unos a otros. Pero para cuestiones prácticas dividiremos:
INDIVIDUO SOCIEDAD ESTADO MEDIOS
Arquetipos Ideología Estado Prensa
Estereotipos Cultura Tipo de gobierno Radio
Prejuicios Educación Sistema Económico Cine
Identidad con el grupo Religión Propaganda* Televisión
Grupo de Opinión Propaganda Empresarial*
Internet Líderes de Opinión Publicidad* ***
*Estos elementos evidentemente se relacionan con los medios de comunicación, pero dependen de los otros niveles.
ARQUETIPOS
Teoría de los Arquetipos de Jung
Los contenidos del inconsciente colectivo son los arquetipos. Arquetipo significa "modelo original o prototipo", pero la definición, desde la psicología junguiana no es tan sencilla. Y menos cuando leemos al sabio suizo que indica que "el arquetipo es el núcleo de un complejo1", con lo que aquellos adquieren renovada trascendencia. Los complejos que -siguiendo la expresión junguiana- "mueven" al hombre tienen como elemento básico a un arquetipo.
No uno en especial. Diversos arquetipos pueden originar diversos complejos. Y se pueden tener varios complejos a la vez, unos más intensos que otros...
Ya no son entonces, estos, contenidos del inconsciente colectivo, algo lejano, oscuro y profundo de rara presencia en los estratos superficiales de la psique. Ahora comprendemos otro de los motivos por los que son ellos quienes rigen nuestra existencia. Hall y Nordby indican que "es muy importante para la correcta comprensión de la teoría junguiana sobre los arquetipos, que estos no sean considerados como cuadros totalmente desarrollados en la mente, como imágenes de los recuerdos de las experiencias pasadas de nuestra vida. El Arquetipo de la Madre, por ejemplo, no es una fotografía de una madre o de una mujer. Más bien es como el negativo de lo que debe ser desarrollado por la experiencia" (1).
"Lo que se hereda -dirá el profesor Rubino, aclarando términos- es la estructura potencial de los arquetipos". Y agrega: "No percibimos a los arquetipos en sí mismos, sino a sus manifestaciones simbólicas. Los arquetipos se manifiestan a través de proyecciones, lo que nos permite inferir la presencia de ellos".
Para Jung, una imagen primordial determinada, es decir, un arquetipo, se cumplimenta como tal, con respecto a su contenido, solamente cuando se hace
manifiesto, y se completa, por lo tanto, con el material de la experiencia consciente. Volvemos aquí a la imagen ilustrativa del cauce seco del río y la experiencia rellenándolo vigorosamente.
En efecto, puede considerarse que llegamos al mundo con potenciales estructuras arquetípicas que son, en nuestra psique, como un nutrido complejo de cauces de ríos que en este momento se hallan secos. Estos, así como sucedió en la Tierra con el Cañón del Colorado, fueron labrados por las 'corrientes' de generaciones y generaciones. No corrientes de agua que lo recorren desde hace millones de años como ocurre en el Gran Cañón, sino corrientes psíquicas, mentales. Con toda la metáfora significativa que implica hablar de inundaciones psíquicas, sequías psíquicas, remansos psíquicos, erupciones psíquicas y toda otra combinación posible de este estilo. Así, heredamos cauces secos. Ríos muertos. Pero nuestra experiencia los va haciendo fértiles. Les agrega agua una vez más. Y entonces, los arquetipos dejan de ser meras estructuras para convertirse en símbolos proyectados hacia el exterior. Y, en lo interno, al recibir esa "agua" benefactora, renuevan el vigor, adquieren la capacidad de utilizar y canalizar la energía enorme que poseen y llegan a intervenir en otros estratos psíquicos que trascienden la psique colectiva.
En sus primeros escritos Jung denominó a estas estructuras hereditarias "imágenes primordiales", expresión que toma de Burckhardt. Pero, después, comprendió que era más preciso llamar "arquetipos" a estos fenómenos que él había descubierto. Lo hizo con el sentido que le diera San Agustín y, antes que él, Hermes Trimegisto, la versión griega del dios egipcio Toth, quien en el Poimandres (que es la primera parte del grupo de títulos que componen la obra Corpus Hermeticum) expresa: "Habéis visto en vuestra mente la imagen arquetípica". Para ese tiempo Jung ya sabía que los arquetipos "estaban tan elevadamente organizados y vivos en el inconsciente, y que influían tanto sobre la imaginación consciente, que podían ser personificados o cuanto menos asumir una expresión abstracta (...). Hay un ejemplo de la vívida
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