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TEMA 5
EL IMPERIALISMO Y LA EXPANSIÓN COLONIAL
I Los estados europeos hasta 1914
A lo largo del siglo XIX, Europa inicia un proceso de expansión territorial que le lleva a ocupar gran parte de Asia y casi toda África. La Revolución Industrial arraiga en el continente y las principales potencias necesitan materias primas baratas, mano de obra casi esclava y lugares donde invertir sus capitales. Además, una exaltación patriótica nacionalista hace que los ciudadanos cierren filas ante esos proyectos imperiales. La consecuencia más evidente de todo ello es la rivalidad entre los Estados europeos, tensiones que llevarán al mundo a la Iª Guerra Mundial.
1. La Inglaterra victoriana
G r a n B r e t a ñ a e r a u n a m o n a r q u í a p a r l a m e n t a r i a en la que durante más de sesenta años reinó Victoria I (1837-1901), quien dio su nombre a una época, la era victoriana, caracterizada por el progreso económico y la estabilidad política. Casada con Alberto de Sajonia, sus nueve hijos enlazaron a su vez con otros miembros de la realeza europea, uniendo a las casas reales entre sí (y transmitiéndoles la hemofilia, de la que Victoria era portadora).
La era victoriana supone el apogeo del predominio inglés. Gran Bretaña es el “taller del mundo” hasta mediados del siglo XIX. Muestra de ello es su intenso crecimiento demográfico (de 27 a 42.5 millones de habitantes entre 1848 y 1911), pese a la emigración a los EE. UU. y a las colonias (17 millones de emigrantes entre 1848 y 1911).
La modernización política experimentada durante la segunda mitad del siglo XIX se apoyo en el bipartidismo: el partido conservador, los tories, dirigidos por Benjamin Disraeli, y el liberal, los whigs, liderados por William E. Gladstone, se alternan en el poder. En 1893 se funda el partido laborista, que en el siglo XX desplazará a los whigs.
En el Parlamento, la Cámara de los Lores, integrada por miembros de la nobleza, pierde peso en beneficio de la Cámara de los Comunes, electiva. Sucesivas reformas legislativas amplían la base electoral, aunque hay que esperar a 1918 para que se apruebe el sufragio universal. A comienzos del siglo XX, los liberales, desde el gobierno, presionados por el Partido Laborista, que acababa de constituirse, aprobaron un amplio programa de bienestar social (seguros contra enfermedades, accidentes, vejez y desempleo).
La “cuestión irlandesa”
Irlanda, territorio que había sufrido una progresiva ocupación británica desde el siglo XVI, fue incorporada oficialmente al Reino Unido en 1800, con la Act of Union. Era un territorio de religión mayoritariamente católica, aunque a la región del Norte, el Ulster, ingleses y escoceses protestantes habían emigrado desde el s. XVII.
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la Patata (1845), causada por la pérdida de las cosechas de este producto, alimento básico del campesinado. La hambruna mató a un millón de irlandeses, forzando a emigrar a otro tanto. La isla pierde más de ¼ de su población (de 8 a 6 m).
Gladstone, partidario de la autonomía irlandesa, presentó una legislación autonomista, la
Home Rule, que fue rechazada por el parlamento británico. La frustración de las aspiraciones autonomistas llevó a la fundación del Sinn-Fein (“nosotros mismos”, 1905), partido que liderará la lucha por la independencia, y cuyo brazo armado, el IRA (Irish Republican Army), cometerá numerosos atentados terroristas. El Alzamiento de Pascua (Easter Rising, 1916) inicia la lucha por la independencia y la partición de la isla en dos zonas, protestante (Ulster) y católica (Eire), que culmina con la independencia de esta última en 1920.
Victoria I y su familia Gladstone y Disraeli
2. Francia: la IIIª República
Con la caída de Napoleón III, tras la derrota francesa en la guerra con Prusia, se instaura en Francia la IIIª República. Sus inicios fueron difíciles, pues el gobierno provisional, instalado en Versalles, tuvo que hacer frente a la revuelta de la Comuna de París. Además, amplios sectores de la sociedad francesa veían el republicanismo como un sistema político revolucionario y anticlerical. Con todo, la República terminó contando con el apoyo de la mayoría del pueblo francés. Implantó el sufragio universal, aprobó medidas sociales (limitación de la jornada laboral para las mujeres y los niños, ley sobre accidentes laborales...) y, en 1905, leyes laicas destinadas a reducir la influencia social de la Iglesia, poniendo fin al Concordato firmado un siglo atrás por Napoleón.
En el exterior, Francia extendió su influencia colonial en África y Asia; sin embargo, seguía sin resolverse su contencioso con Alemania: la pérdida de Alsacia y Lorena, que ansiaba recuperar.
El Affaire Dreyffus
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violento nacionalismo y antisemitismo. En 1906, la inocencia de Dreyfus fue reconocida oficialmente, reintegrándose al ejército y participando luego en la Iª Guerra Mundial. El Affaire Dreyfus tuvo asimismo un considerable impacto internacional, por haber impulsado al considerado padre del sionismo, el periodista húngaro Theodor Herzl, a fundar la Organización Sionista Mundial en 1897, consagrada a promover el retorno del pueblo judío a Palestina.
3. El Imperio alemán
En 1871, tras la Guerra Franco-Prusiana, se instauró el IIº Reich (IIº Imperio Alemán). Guillermo I fue coronado emperador (Kaiser) y Otto von Bismarck continuó siendo canciller, ahora del Imperio.
El sistema político concedía amplios poderes al emperador. La circunstancia de ser Guillermo I un emperador cuyo entendimiento con Bismarck era absoluto transformó a éste en dueño efectivo de la política germana durante veinte años. El eje de su política era d ar seguridad al nuevo imperio. Sus alianzas diplomáticas (los “sistemas bismarckianos”) lo convirtieron en el árbitro de Europa entre 1871 y 1890. En el interior, para desactivar el peligro de una revolución obrera puso en marcha un sistema pionero de seguridad social, que se plasmó en leyes sobre seguros de enfermedad y accidentes, y sobre jubilación.
La fundación del IIº Reich supuso la aparición de una gran potencia, que vino a cambiar el equilibrio de poderes en Europa. La economía experimentó un gran crecimiento gracias al desarrollo de las industrias textil, metalúrgica y química, la minería, la construcción de una amplia red de ferrocarriles y la unión monetaria. Como resultado, Alemania se convirtió en la mayor potencia industrial de Europa a finales del siglo XIX.
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otra persona. La Weltpolitik o “política mundial” de Guillermo II, más ambiciosa y agresiva, supondrá la liquidación del sistema bismarckiano de alianzas y el comienzo de la política de bloques de Estados que llevarán a la Primera Guerra Mundial. Guillermo II convirtió la política naval y armamentística en eje de su acción de gobierno, mostrando también, a diferencia de Bismarck un gran interés por la expansión imperialista.
Guillermo II Francisco José I
4. El Imperio Austro-Húngaro
El Imperio Austríaco era un Estado multinacional bajo la corona de los Habsburgo. Dentro del Imperio vivían pueblos muy diferentes entre sí que constituían verdaderas nacionalidades (alemanes, húngaros, eslavos rumanos e italianos). Esta heterogeneidad de pueblos restaba solidez al Estado imperial, cuya política era centralista y unificadora.
Desde 1848 hasta su muerte en 1916 este Imperio estuvo bajo la dirección del emperador Francisco José I. Inicialmente siguió una política centralista donde se favorecía a las nacionalidades germánicas (alemanes y austríacos), pero disgustaba a los no alemanes, sobre todo a los magiares (húngaros). Tras la derrota de Austria frente a Prusia (1866), enfrentamiento en el que se decidía la hegemonía en Alemania, que obtendrá Prusia, el Imperio austríaco se orienta hacia sus territorios danubianos y balc ánicos, donde rivalizará con Rusia.
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Imperio Austro-Húngaro tras el Compromiso de 1867
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El Imperio ruso
Junto con Alemania y Austria-Hungría, Rusia constituía el tercer gran Imperio europeo, que evolucionó, durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, hacia la crisis y el hundimiento final en 1917, fruto del empuje combinado de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Bolchevique.
El Imperio ruso constituía un Estado pluriterritorial (desde Europa central hasta el Pacífico), y multinacional, habitado, como el Imperio Austro-Húngaro, por diferentes pueblos. En el plano político, el Estado ruso era un imperio autocrático donde el zar gobernaba bajo un absolutismo de origen divino; su autoridad se expresaba por decretos que eran aplicados por una administración todopoderosa. Sobre la oposición (liberales, populistas, anarquistas, marxistas) se actuaba con firmeza, obligando a sus líderes a abandonara el país, encarcelándolos o confinándolos en regiones remotas de Siberia.
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En 1881, el zar Alejandro II murió por un atentado terrorista, sucediéndole su hijo Alejandro III, que decidió frenar el proceso de reformas. Sucedió a Alejandro III su hijo Nicolás II (1894-1917), dispuesto, como el anterior, a mantener los principios de la autocracia. Así, mientras el país cambiaba social (aparición del proletariado industrial) y económicamente (avance industrial, desarrollo de los transportes, formación de un mercado nacional...) no lo hacía políticamente. El zarismo permanecía como un régimen absolutista. Los problemas terminaron sobrepasándole y llevaron al desencadenamiento del proceso revolucionario que, iniciado en 1905,desemboca en la caída de la monarquía y el final del Imperio en 1917.
6. La “Cuestión de Oriente” y el Imperio Turco
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Frente a estas apetencias, estaban los diversos pueblos europeos dependi e nt es d el Im pe ri o t u rco, que aspiraban también a crear su propio Estado independiente: griegos, serbios, rumanos… El resultado fue la progresiva pérdida de territorios del Imperio turco en Europa, iniciada con la independencia de Grecia (1830), seguida en las décadas siguientes por la de otros Estados (Serbia, Rumanía, Bulgaria).
La Guerra de Crimea (1853-1856) Fue un enfrentamiento entre el Imperio Ruso y el Turco, este último apoyado por Francia e Inglaterra, interesadas en frenar los deseos expansionistas de Rusia hacia el Mediterráneo. El zar Nicolás I tomó la decisión de declarar la guerra a los débiles turcos, tomando como excusa la protección de los cristianos ortodoxos que habitaban el Imperio Otomano, y hacerse con el control del estrecho del Bósforo, clave para el acceso de los barcos rusos al Mediterráneo. La superioridad militar rusa obligó a Francia e Inglaterra a intervenir a favor de Turquía. La guerra de Crimea finalizó con la derrota rusa, pero el Imperio Turco se convirtió en el “hombre enfermo” de Europa, un imperio que subsistía por la intervención de potencias extranjeras y que tras la Primera Guerra Mundial se rompería en mil pedazos, dando lugar al surgimiento de nuevos países y a la Turquía moderna.
A partir de la década de 1880 Turquía ha desaparecido prácticamente de los Balcanes; su territorio constituye una franja meridional entre el Adriático y el Egeo, pero los nuevos países también se van a interesar por extenderse por ese espacio, rivalizando entre ellos, mientras el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Ruso mantienen una política destinada a acrecentar su influencia en la zona de los Balcanes, diferencias que terminarán creando un clima de hostilidad que conducirá al atentado de Sarajevo, desencadenante de la Iª Guerra Mundial.
II El imperialismo
En el último cuarto del siglo XIX se inició un proceso de dominio político, militar y económico de grandes territorios de Asia y África por parte de países industrializados de Europa, EE.UU. y Japón. Este fenómeno se conoce como imperialismo, frente al denominado colonialismo, desarrollado en los siglos anteriores, en el que, con la excepción de los imperios español y portugués en América, predominaba el intercambio de mercancías sin que se mostraran ambiciones territoriales. Este proceso culminó, a inicios del siglo XX, con la colonización del continente africano y de una parte del asiático. A lo largo de ese proceso hubo momentos de fuerte tensión entre las potencias imperialistas que, añadidas a la tensión política de los Balcanes, constituirán otra de las causas del estallido de la Iª Guerra Mundial.
1. Causas del imperialismo
A) Causas económicas
[8] B) Causas políticas y militares
La exaltación del nacionalismo lleva a intentar imitar la grandeza de los grandes imperios del pasado, idea que se convierte en una obsesión para los países colonizadores. La posesión de un imperio es cuestión de prestigio nacional, todos los países se juegan mucho en Europa y todos quieren ser la potencia más fuerte del continente. El conquistar nuevos territorios se convierte en una ocasión propicia para realizar grandes empresas militares y nuevas glorias para la patria, en una manera de ser fuertes y temidos.
Por otra parte, existen motivos estratégicos que hacen que una potencia se apodere de un territorio clave para el control de las rutas comerciales o para impedir el acceso a una zona del enemigo.
C) Causas demográficas
El vertiginoso crecimiento de la población europea (aumenta en unos 150 millones de personas entre 1870 y 1914) animó a la búsqueda de mejores posibilidades de vida en las colonias, o bien hacia otros países, como ocurrió con la enorme emigración europea hacia EE.UU. o la de españoles, italianos y portugueses hacia Argentina y Brasil. Los nuevos territorios se convierten también en una válvula de escape para aliviar la superpoblación del viejo continente.
D) Causas ideológicas
La creencia en la superioridad de la raza blanca hizo que se considerara un “deber” transmitir los avances de la civilización y la cultura europeas a los pueblos colonizados. Por otro lado, las iglesias cristianas se encontraron ante una gran oportunidad para extender su confesión religiosa por el mundo. Las misiones religiosas protagonizaron una intensa labor humanitaria, pero también fueron un medio de legitimación de la expansión imperialista.
Tampoco hay que olvidar el interés científico, es decir, el deseo de conocer y cartografiar otros lugares todavía desconocidos. Muchos europeos se sentían atraídos por esos territorios y se lanzaron a la exploración del interior de África o Asia, borrando poco a poco las manchas blancas en los mapas. En esta labor destacaron las Sociedades geográficas, que financiaron exploraciones al interior del continente africano, en particular, para la búsqueda de las fuentes del Nilo, que en 1858 el explorador británico Hohn H. Speke situó en el lago Victoria), divulgando los nuevos descubrimientos a través de informes y revistas. Entre los exploradores, el misionero David Livingstone remontó el Zambeze hasta las cataratas Victoria y el periodista Henry Stanley descubrió las fuentes del Congo, mientras el francés Savorgnan de Brazza exploraba la margen derecha de este río.
2. Formas de dominación
La expansión colonial europea presentó distintas formas de dominación. Podemos distinguir, en líneas generales, tres clases de colonias:
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Colonias de poblamiento: Se dieron en algunas colonias inglesas, con fuerte presencia de población blanca. En ellas se establecía un régimen de autogobierno, con un parlamento elegido en la propia colonia. Fue el caso de los dominios británicos de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. Protectorados: eran territorios en los que se mantenía el gobierno indígena en
los aspectos internos, bajo la supervisión de la potencia ocupante y sometido a un ejército controlado por la metrópoli. Ejemplos de protectorados fueron Marruecos, reino repartido entre Francia y España, y Egipto, protectorado británico, territorio con gran valor estratégico tras la apertura del canal de Suez (1869), que permitía enlazar el mar Mediterráneo, a través del mar Rojo, con el océano Índico.
3. El reparto de África
Hacia 1880 el interior de África era prácticamente desconocido para los europeos, que sólo habían establecido enclaves portuarios a lo largo de la costa. En 1914 todo el territorio africano se hallaba repartido entre las diversas naciones europeas, salvo dos países: Liberia, Estado creado por iniciativa de EE.UU., y Abisinia, territorio en el que fracasó el intento de colonización italiana.
En el África occidental atlántica, Francia (en Senegal), Portugal y España poseían pequeños enclaves coloniales. En el África austral Portugal controlaba las costas de Angola y Mozambique, mientras en África del Sur la situación se complicó con la presencia de dos poblaciones europeas, holandeses (los boers o afrikaners) e ingleses. Los holandeses, a mediados del siglo XVII, se habían establecido en la colonia de El Cabo y, tras las guerras napoleónicas, la colonia pasó a los ingleses, obligando a los boers a desplazarse hacia el norte, donde crearon dos nuevas colonias, Orange y el Transvaal.
La ocupación europea se inicia en el siglo XIX con la instalación de Francia y Gran Bretaña en los territorios dependientes del Imperio Turco en el norte: Francia en Argelia (1830) y Túnez (1881), mientras los británicos establecían un protectorado sobre Egipto. En el África oriental Inglaterra, mientras franceses e italianos se establecieron en las costas del mar Rojo (Somalia y Eritrea). Pero fue el problema de la ocupación de los territorios centroafricanos lo que llevó, por iniciativa de Bismarck, a convocar la Conferencia de Berlín (1885), donde las potencias europeas llegaron a unos acuerdos para repartirse el continente africano:
Se decidió la libre navegación por los ríos Congo y Níger y la libertad de comercio en África central entre el Atlántico y el Índico.
También se acordó que sólo la ocupación efectiva, y no el descubrimiento previo, daba derecho a considerar un territorio como colonia propia, lo que dio lugar a una auténtica carrera colonial para conquistar África.
Para evitar tensiones entre las potencias europeas por el control del África central, se decidió crear el llamado Estado Libre del Congocomo propiedad de Leopoldo II de Bélgica, que a su muerte legó dicho territorio a Bélgica.
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través del Sahara, hasta Somalia. Portugal deseaba igualmente unir Angola y Mozambique. Ambos ejes chocaban con las aspiraciones británicas de enlazar sus colonias en el África oriental, entre Sudáfrica y Egipto (Eje El Cairo-El Cabo). En el África austral, Portugal tras recibir un ultimatum británico, decidió desistir de su proyecto de unir Angola con Mozambique incorporándose el territorio entre ambas. Francia y Gran Bretaña chocaron en 1898 a orillas del Nilo, en Fashoda (Sudán), enfrentamiento que puso a ambas potencias al borde de la guerra. Francia terminó cediendo a las presiones inglesas, renunciando a su imperio colonial en sentido Oeste-Este.
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4. La colonización de Asia
A) La expansión europea
La India constituyó el objeto preferente del colonialismo británico, su “Joya de la Corona”. Desde el siglo XVIII la Compañía de las Indias Orientales había ido ocupando gran parte del territorio, para lo cual disponía de un ejército propio integrado por soldados indios, los cipayos. La Rebelión de los Cipayos (1857), originada por el desprecio de los oficiales ingleses por sus creencias religiosas, obligó al gobierno británico a suprimir la Compañía y a hacerse cargo directamente de la administración de la colonia, que pasó a estar gobernada por un virrey.
Inglaterra practicó una política de aislamiento de la India frente a otros imperialismos. Así, para contrarrestar la hegemonía francesa en el sudeste de Asia procedió a la anexión de Birmania y de la extremidad sur de la península de Malaca, convirtiendo a Singapur en uno de los puertos más importantes del Extremo Oriente. Frente al expansionismo ruso, se dejó Afganistán como Estado-tapón que separara ambos imperios.
Francia inició la colonización de Indochina durante el IIº Imperio, península en la que fue ampliando su presencia hasta completar la Unión Indochina (1887), que englobaba los actuales Vietnam, Camboya y Laos, permaneciendo Siam (hoy Tailandia) como Estado-tapón independiente para separa las posesiones francesas y británicas.
El Imperio ruso ya había ocupado el Asia septentrional (Siberia) desde el siglo XVII. Al tratarse de un imperio continental, rodeado de hielo, su política expansiva consistía en avanzar hacia el sur, a costa del Imperio turco, Persia, la India y China. Así, en 1860 se hizo ceder por China la región costera entre la desembocadura del río Amur y Corea, donde fundó el puerto de Vladivostok, que se convertiría en el destino final del ferrocarril Transiberiano.
Por último, los holandeses que, a principios del siglo XIX, ocupaban poco más que la isla de Java, afirmaron su administración sobre las Indias Orientales Holandesas (Java, Sumatra, Borneo y parte de las Célebes), totalmente ocupadas en 1882.
B) El imperialismo en China
Los historiadores chinos denominan a la época en que se desarrollaban los distintos imperialismos como “época de los tratados desiguales”. China, en efecto, no fue ocupada, como ocurrió con la India, pero sí saqueada y repartida. Los europeos la habían visitado el “Celeste Imperio” desde la Edad Media, pero los chinos se resistían a relacionarse con los “bárbaros” del oeste. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, el aislamiento chino estaba llegando a su fin. La dinastía Manchú, reinante desde el siglo XVII, era incapaz de controlar el país. Los occidentales se aprovecharon de la debilidad de los emperadores chinos y les forzaron a hacer concesiones comerciales y territoriales muy desfavorables a sus intereses, los llamados tratados desiguales.
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comerciales. El gobierno chino fue progresivamente cediendo puertos y áreas de influencia para la explotación de sus recursos a distintas potencias extrajeras. El país se convirtió en un mercado abierto para los productos europeos, lo que arruinó a los comerciantes locales.
Ante tales abusos, se produjeron levantamientos populares contra los extranjeros. En 1900 tuvo lugar el más grave, la Revuelta de los Boxers (o boxeadores, llamados así por pertenecer a una sociedad secreta denominada “los puños armoniosos”), ultranacionalistas chinos que llegaron a dar muerte a unos 300 extranjeros. Las potencias europeas, junto con Japón y EE.UU., respondieron con el envío de una fuerza internacional que acabó con la revuelta, que sólo sirvió para reforzar el sistema de concesiones. Finalmente, en 1911 una revolución desembocó en la proclamación de la república, pero el nuevo gobierno tampoco trajo estabilidad política e independencia económica al país.
Caricaturas sobre los repartos de África y China
C) Las potencias extraeuropeas: Japón y EE.UU.
Como consecuencia de la revolución Meiji (1868), Japón inició un proceso de apertura y modernización social y económica; abolió el feudalismo, desarrolló su industria y organizó un nuevo ejército. En menos de 50 años Japón salta de la Edad Media asiática a la civilización europea del siglo XX.
El crecimiento económico y la modernización social convirtieron también a Japón en una potencia imperialista, dispuesta a competir con las potencias europeas por el dominio de Asia. Su interés, inicialmente, se centró en China y en las posesiones rusas en el norte de China.
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aniquilando a la flota rusa anclada en su base del Pacífico, Port Arthur. La derrota rusa en la Guerra Ruso-Japonesa provocó un fuerte impacto en todo el mundo. Japón lograba la parte sur de la isla Sajalín, Port Arthur y el protectorado sobre Corea y Manchuria meridional, pero, sobre todo, demostró que una nueva potencia imperialista había aprendido de Europa lo suficiente como para igualarse a las occidentales en la zona asiática del Pacífico.
En cuanto a EE.UU., hasta finales del siglo XIX canalizó su expansionismo hacia la conquista del Oeste. Finalizada ésta, su poderío económico es la causa de una creciente injerencia en la economía y los asuntos internos de lo que considera su espacio de actuación natural, el continente americano. En 1898 intervino en el enfrentamiento que mantenía España con sus últimas colonias, Cuba y Filipinas. Tras aniquilar la débil y anticuada armada española, forzó a España a aceptar la futura independencia de Cuba y a cederle Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam (archipiélago de las Marianas). Ese mismo año se anexiona las islas Hawai, donde instalará la base naval de
Pearl Harbour, destinadas a proteger sus intereses en Asia.
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5. Consecuencias del imperialismo
Los europeos practicaron lo que se ha denominado la “economía del pillaje”, en la que el objetivo esencial era explotar al menor coste posible los recursos naturales. Los colonos se apropiaron de las mejores tierras, desplazando a los indígenas a las zonas más áridas. En las plantaciones o en las minas, la explotación de la mano de obra e incluso los malos tratos fueron frecuentes. Dicha explotación alcanzó dimensiones dramáticas en el Estado Libre del Congo (vid. infra).
El aumento de las tierras cultivadas y la introducción de nuevas técnicas incrementaron enormemente la producción agrícola. Sin embargo, la mayor parte de dichos cultivos estaban destinados a la exportación. Grandes plantaciones de té, tabaco, cacao algodón o caucho ocuparon el lugar de la producción de alimentos, lo que unido al rápido incremento de la población generó hambre crónica en muchas regiones.
La explotación de los recursos, el control de los mercados coloniales para los productos industriales de la metrópoli e incluso los intereses estratégicos favorecieron la construcción de infraestructuras (ferrocarriles, carreteras, puertos, etc.) en las colonias. Sin embargo, su trazado obedecía a los intereses de la metrópoli (por ejemplo, unir las minas con un puerto), por lo que grandes zonas siguieron incomunicadas.
La introducción de la medicina europea permitió reducir la mortalidad, mientras la natalidad tendió a mantenerse elevada. El crecimiento de la población favoreció un rápido proceso de urbanización producto no de la industrialización sino de la miseria rural, que incrementó las tensiones sociales.
En el seno de la administración colonial se difundieron las lenguas europeas, forjándose una élite indígena educada, en la que nacerán los futuros líderes independentistas. Sin embargo, predominó la segregación racial de los pueblos “inferiores”, y la consecuente incompresión y falta de respeto por las culturas autóctonas.
Las estructuras sociales fueron alteradas por la creación de fronteras artificiales que nada tenían que ver con las culturas preexistentes y que supusieron la unión o división forzada de grupos diferentes, provocando tras la descolonización numerosos conflictos políticos.
EL GENOCIDIO DEL ESTADO LIBRE DEL CONGO
El Estado Libre del Congo fue una colonia africana, propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, quien la administró entre 1885 y 1908, año en que fue cedido a Bélgica, pasando a denominarse Congo Belga. Durante este periodo, el territorio fue objeto de una explotación sistemática e indiscriminada de sus recursos naturales (especialmente el marfil y el caucho), en la que se utilizó mano de obra indígena en condiciones de esclavitud. Para mantener su control sobre la población nativa, la administración colonial instauró un régimen de terror, en el que fueron frecuentes los asesinatos en masa y las mutilaciones: aunque es imposible realizar cálculos exactos del número de víctimas, la mayoría de los autores mencionan cifras de entre cinco y diez millones de muertos.