Radclyffe - Equipo De Primera Respuesta 04 - Bajo Fuego - Taking Fire.pdf
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(2) Bajo Fuego Taking Fire. Radclyffe Equipo de Primera Respuesta 04.
(3) SINOPSIS Después de dos años y demasiadas tropas perdidas, la Médico de la Marina Max de Milles está lista para ir a casa. Su última misión termina en cuatro días y pronto abordará un transporte hacia los Estados Unidos. La vida le sonríe hasta que le encomiendan evacuar a un grupo humanitario al sur de Somalia. Rachel Winslow y su equipo de la Cruz Roja están atrapados en el fuego cruzado durante un brutal levantamiento civil, pero ella se niega a abandonar a sus miembros de equipo cuando los rebeldes rodean su campamento. Para cuando Max y el helicóptero Halcón Negro (Black Hawk) lleguen, puede que ya sea demasiado tarde. Perseguidas por los extremistas, Max y Rachel se ven obligadas a trabajar juntas si quieren sobrevivir y en el proceso, descubren algo mucho más duradero..
(4) AGRADECIMIENTOS Cuando tenía cinco años quería ser comandante del espacio como el capitán Glendora, quien —tripulaba— la nave espacial SS Glendora en un programa de televisión local. A los diez ya había cambiado de opinión y quería ser un soldado- yo veía fervientemente la serie ¡Combate! (Combat), un drama de la Segunda Guerra Mundial que emitían en televisión cada semana- o un Comisario, como el sheriff de la serie La ley del revólver (Gunsmoke). Tuve diversas armas de juguete: sombreros, cascos, escudos e insignias para ser cada una de ésas personas. Nadie mencionó que yo podía ser capaz de ser esas cosas viendo que yo era una niña, aunque de vez en cuando tuve problemas convenciendo a mis amigos (todos chicos de mi barrio) porque yo debería estar a cargo. Contrariamente a las críticas populares, éstos programas no inculcaron en mí una tendencia a la violencia o al desprecio de la vida, más bien un profundo agradecimiento por el honor, la justicia, el valor y la abnegación. Me encanta escribir sobre héroes porque creo que el mundo necesita de ellos -ya sean militares, representantes de la ley, bomberos, médicos, o sus familiares y amigos no reconocidos. La Serie First Responders (Socorristas) me permitió escribir sobre una variedad de héroes, y ésta era un desafío a muchos niveles. Sin haber estado nunca en África, tuve que hacer una gran búsqueda en Google; sin haber estado en un Black Hawk –hice lo mismo en el Google; sin haber visto la muerte en la guerra, tuve que leer sobre ello. Estoy en deuda con Phil Klay, cuyo libro Redistribución (Redeployment) ofrece una visión inflexible y agotada de la guerra en el Medio Oriente. Pido disculpas por cualquier error basado en datos objetivos en este trabajo y espero haber hecho justicia a los muchos héroes que han experimentado lo que yo no he experimentado nunca. Nuestro agradecimiento a la editora en jefe Sandy Lowe, cuya paciencia no tiene límites; al editor Ruth Sternglantz por pulir mi trabajo; a Stacia Seaman por mantenerme honesta; y a mis primeras lectoras Connie, Eva, y Paula por el constante estímulo. A Sheri por conseguir la portada correcta –gracias por catorce años de increíbles obras de arte. Y a Lee, mi propio héroe personal -Amo te. Radclyffe, 2014.
(5) Para Lee, por tomar riesgos.
(6) CAPÍTULO UNO Djibouti, África Cuatro días más antes de que pudiese perforar el boleto de salida sin regreso de éste infierno. La ciudad de Nueva York no era exactamente la idea del cielo para Max, pero sería una mejora sobre Djibouti y Nirvana en comparación con Afganistán. La vida que había dejado catorce meses atrás no había consistido en más que trabajo, pero sin importar que tan vacía pudiese estar el resto de su existencia, nadie le dispararía en Manhattan. Quizás. Max estaba recostada en su catre bajo el crepúsculo viendo arremolinarse la arena a través de la puerta entreabierta de las unidades de contenedores habitables. El otro compartimento de metal de diez por veinte, estaba vacío, al igual que la mayor parte de las otras unidades en el área. Sólo una cosa podía vaciar completamente los cientos de contenedores idénticos en el Campamento… la hora del almuerzo. No se molestaría en atravesar el calor y las moscas y el centenar de metros de caminata hacia el área del almuerzo, aunque la comida en el Campo Lemonnier fuese mil veces mejor a las que se había hecho inmune en la Base de Operaciones Avanzadas. La mitad del tiempo las comidas pre-envasadas de la Base de Operaciones sabían cómo el cartón donde habían sido enviadas. Además, calorías eran calorías y beberlas tenía sus ventajas. La botella de whisky no etiquetada, escondida bajo su colchón, le proporcionaba el combustible para su motor con el beneficio adicional de un par de horas de olvido. Si no podía dormir, tomaba lo que podía conseguir. Al menos el alcohol borraba los sueños… un término civilizado para las imágenes que le perseguían, despierta y dormida. Una sombra apareció atravesando su rostro y una forma sólida ocupó la puerta — Oye, Deuce (dos) ¿vas a coger algo de comida? —Hey, Grif. Adelántate— Max le había dicho mil veces al asistente médico que le llamara Max, pero lo que mejor pudo lograr para ignorar su rango fue usar el apodo que ella se había ganado la primera vez que pisó el campo. Teniente Comandante Max de Milles, miembro médico de la Armada de los Estados Unidos. Doctor en Medicina (MDM), lo que pasó rápidamente a Médico Cirujano en Medicina (MD2) y de allí simplemente a Deuce (dos). — ¿Segura? Podía escuchar su desaprobación, aunque su rostro estaba escondido por la sombra —Síp, estoy bien. Sólo voy a dormir un poco antes de mi próximo turno de servicio. —No pasará mucho tiempo antes que puedas hacerlo con ambos ojos cerrados en lugar de uno— dijo él — ¿Cuándo es tu salida? —Al final de la semana— intentó sonar casual, como si de verdad no le importara, pero incluso odiaba hablar sobre el final de este viaje. Siempre había sido un poco supersticiosa… la mayoría de los cirujanos lo eran, pero la guerra tenía una manera de invadirlo todo, hasta lo más básico y la superstición se había convertido en una religión. Había aprendido muy rápido, en su primer viaje, que hablar de algo era una manera segura.
(7) de arruinarlo. O peor aún, revivir tus pesadillas. Todo el mundo sabía las consecuencias de romper las reglas no escritas: nunca discutir el peligro hasta salir del campamento, nunca alardear de la chica que te espera en casa, nunca contar los días hasta el final del recorrido. Si lo haces, podrías saltarte un artefacto explosivo enterrado en una roca, o encontrar una carta de despedida, o ganarte un cambio de última hora en tus órdenes de separación. —Vaya— suspiró Grif —Pocas semanas en una embarcación y un vuelo diurno… y estarás en casa antes del Día del Trabajador. —No estarás muy lejos de mí— ella no quería tener esa breve charla. No quería escuchar sobre la dulzura-ahora-esposa de Ken Griffin o de sus tres hijos que esperaban en Kansas City, o cómo regresaría a su trabajo como Técnico de Emergencias Médicas (EMT). No quería imaginarlo con su familia o escuchar acerca de sus sueños… no cuando todo eso podría terminar en una milésima de segundo. Después de atender innumerables tropas con huesos destrozados, cuerpos maltratados y vidas devastadas, finalmente había logrado poner una muralla entre ella y los seres humanos que dependían de ella. Su cerebro y sus manos funcionaban mecánicamente para operar la carne desgarrada, tan eficientemente como siempre, pero sus emociones se habían desconectado. Cuándo fallaba, cuando perdía a uno, ya no pensaba en el sufrimiento del esposo o la esposa o los hijos que esperaban en casa. Simplemente seguía adelante. Hasta que se dormía. Grif ofreció esa suave sonrisa que ponía al hablar de su familia —Sip… quizás lleve a Laurie y a los niños a Nueva York y te busque. —Claro— dijo Max. Sólo cállate. Sólo... no digas nada más ¿sabes que sólo toma un segundo, un paso en falso, cambiar todo para siempre? —Muy bien— su tono contenía un poco de incertidumbre, un poco de preocupación. A veces, Grif era peor que una chica… sus sentimientos aparecían en su rostro como imágenes en una marquesina en el Times Square. Se preocupaba y se inquietaba y la mayor parte de su ansiedad iba dirigida hacia ella. No porque ella era una chica, sino porque nunca se desahogaba. Nunca se emborrachaba ni destrozaba su carpa, nunca salían groserías de su boca contra los malditos talibanes, nunca salía de noche para compartir una película ni abuchear el pésimo porno, aunque muchas de las tropas femeninas lo hacían. Ella ardía por dentro como una caldera a punto de estallar. Lo sabía y él también. Lo que él no sabía era que esas noches cuando ella caminaba fuera de la alambrada hasta que las luces de la Base de Operaciones se desvanecían, entonces sólo quedaba ella y su constante compañera, la muerte. O que cuando se sentaba con su botella en la arena, en el todavía oscuro desierto y observaba las estrellas girar sobre su cabeza, entonces desafiaba a los dioses de la guerra a venir por ella. Nunca nadie lo hizo. Nadie lo supo. Nadie lo sabría jamás. —Te enviaré mi número de teléfono por correo electrónico— mintió Max —Me llamas y nos reunimos para cenar. —Formidable. Buenas noches, Deuce. —Buenas noches— Max esperó hasta que él se alejó, dejando a su paso un trozo de cielo negro y una bruma de polvo, entonces alcanzó la botella..
(8) *** Selva Juba, Somalia La puerta de la tienda de campaña se movió a un lado y Amina se asomó — Recibimos una petición por Skype para que llames nuevamente lo más pronto posible. Rachel frunció el ceño, cerró su portátil y lo metió bajo su brazo. No tenía programado utilizar el satélite de transmisión del campamento y no esperaba ningún comunicado de la Sede de la Cruz Roja. Se unió a la intérprete de cabello oscuro… quien había comenzado como su enlace con la Sociedad de la Media Luna Roja de Somalia y que pronto se había convertido en una amiga… en su caminata a través del campo hacia la estación de la base — ¿Sabes quién era? —Era de América. Una agradable mujer rubia pidió que te llamáramos. No dijo por qué. Sólo que utilizaras los canales oficiales. —Oh— Rachel se alegró de que las débiles luces de las lámparas solares esparcidas a lo largo del perímetro del campamento, escondieran su rubor. Odiaba atraer la atención por su estatus especial, uno que esforzadamente trataba de minimizar, e incluso eliminar. La mezcla de los delegados de la multinacional Cruz Roja y el Equipo Médico Francés de Médicos Sin Fronteras, en los puestos de avanzada con los somalíes de la Sociedad de la Media Luna, hubiese sido muy simple si ella no tuviese un estatus diplomático especial, además de ser uno de los pocos americanos —Lamento tener que usar el tiempo de emisión de otra persona. —Nadie aquí tiene a alguien en casa que pueda darse el lujo de tener Internet y si lo tienen, están demasiado ocupados para usarlo. La sonrisa de Amina suavizó su voz y el cariño en sus ojos color avellana y la expresión bromista en su elegante rostro se reflejaba incluso en la casi oscuridad. Rachel agradecía, por centésima vez, haber encontrado una amiga a quien no le importaba quien era su familia o su nivel social —Pensaba que habías dicho que tu prometido era técnico en informática. —Lo es y pasa todas sus horas de vigilia trabajando o jugando en sus computadoras… no hablando conmigo por Skype. —Entonces está loco. Amina deslizó su brazo por el de Rachel —Algo me dice que tú podrías enseñarle como debería actuar un prometido. Rachel rio. Amina había sido educada en Inglaterra y estaba lejos de ser más mundana que las otras mujeres somalíes en el equipo de socorro de la Media Luna, pero dudaba que Amina hubiese hecho el comentario si supiera las preferencias de Rachel con respecto a las parejas. El tema nunca surgió… porque aquí en la selva había muchas cosas más importantes en que pensar, por ejemplo: cómo detener la epidemia de sarampión que estaba devastando a las poblaciones nómadas, o cómo conseguir comida y refugio a los ganaderos y agricultores desplazados por la hambruna y devastación provocada por las recientes tormentas tropicales, las inundaciones y los ataques de los rebeldes merodeadores..
(9) La vida sexual de cualquier persona… o en su caso… la falta de ella, estaba muy abajo en la lista de temas apremiantes. Cuando ella y Amina hablaban de cosas personales, simplemente decía que no tenía a nadie esperándola en casa. Técnicamente cierto. Dudaba que Christie estuviese añorándola y ya debía tener un montón de mujeres para entretenerla entre sus amigos ricos y poderosos. Por supuesto, para ser justos, Rachel le había dicho a Christie que no esperara por ella y aunque Christie había sido lo suficientemente amable como para protestar, estaba segura que Christie había seguido adelante tan pronto ella había dejado Mogadishu. Al menos esperaba que lo hubiese hecho. Si las circunstancias hubiesen sido a la inversa, Rachel habría hecho lo mismo. Había salido exclusivamente con Christie Benedict por seis meses porque había encontrado preferible la compañía de Christie ante las alternativas. Las mujeres que se movían en sus círculos familiares… o más específicamente en el de su padre… perdían rápidamente el interés cuando descubrían que ella no tenía ningún deseo de nadar en las aguas infestadas de tiburones del Capitolio o peor aún, fingían que no les importaba mientras sutilmente la instaban a que utilizara su influencia para promover sus agendas personales. Al menos Christie tenía su propio acceso a esas influencias y poder. Era hermosa, culta y buena en la cama. Tendría que haber sido una pareja perfecta, pero incluso en sus momentos más íntimos, Rachel nunca sintió ésa chispa. Ni un destello de deseo verdadero, mucho menos pasión. Había observado el perfecto y adecuado matrimonio de sus padres durante veinticinco años… más tiempo del necesario para reconocer los signos de una unión sellada no por amor ni pasión, sino por la conveniencia mutua. Su padre necesitaba una esposa para completar su imagen y su madre necesitaba un marido para cumplir sus deseos de tener familia y posición. Probablemente, de alguna manera, se amaban el uno al otro, pero no de la manera que ella quería para sí misma. No con el fuego que ardía en sus corazones. Así que dejar a Christie había sido fácil… y secretamente… un alivio. Sin duda Christie había sentido lo mismo. —Estoy segura que puedes manejar cualquier lección que él pueda necesitar— dijo Rachel cuando se acercaron a la tienda del Cuartel general, la más grande en el campamento además de la enorme tienda de hospital. Las pequeñas tiendas de campaña para dos personas rodeaban la zona central donde tomaban sus comidas y se reunían con los aldeanos y los nómadas que incursionaban en el campamento por atención médica u otra asistencia. En las últimas semanas, la corriente de somalíes que necesitaban ayuda se había convertido en un río de personas enfermas, heridas y hambrientas. Amina suspiró —A él no le gusta que yo haga este trabajo, pero siento que debo hacerlo— señaló con un brazo hacia la densa selva, que oscurecía rápidamente tras una sólida pared de negrura. Fuera de allí, en alguna parte, miles de hombres, mujeres y niños permanecían sin hogar, sin comida y sin recursos básicos — ¿Quién más va a ayudarlos si no nosotros? —Estamos aquí y no vamos a dejarlos— Rachel apretó el brazo de Amina — Cuando le digas lo mal que la están pasando allá afuera y cuán importante es este trabajo, él entenderá. —Espero que sí— ante la luz que entraba a través de la malla que cubría la red de la carpa, el rostro de Amina se iluminó —Pero tienes razón. No vamos a abandonarlos..
(10) —No…— dijo Rachel apartando la red a un lado —… no lo haremos. — ¿Quieres que te espere para regresar juntas?— preguntó Amina. —No, estoy bien— a Rachel no le preocupaba estar sola en el campamento… conocía a todos los miembros del equipo y pese a los informes constantes sobre rebeldes armados en la selva circundante, ninguno había sido descubierto ni una vez por los guardias apostados alrededor del campamento —Ve a dormir un poco. Te veré en el desayuno. —Buenas noches, entonces— dijo Amina y se deslizó en la noche. Rachel cruzó los dieciocho metros cuadrados de la carpa escasamente amueblada hacia el trío de mesas plegables que componían el Centro de comunicaciones… había pocas computadoras portátiles, una conexión de radio por satélite, un radio de onda corta para comunicarse con los vehículos a todo terreno y tres sillas de metal ubicadas en una incómoda fila. Las paredes laterales eran lo suficientemente altas como para acomodar su 1.77 metros sin que tuviese que agacharse. Unas redes cuadradas constituían las ventanas a intervalos regulares, que permitían circular el aire suficiente para contrarrestar el suave olor a humedad de las lonas. Las sillas estaban vacías, así como el resto del Centro de administración. Probablemente ella era la última levantada además de los otros centinelas del perímetro y el personal médico en la tienda de hospital. Alguien permanecía de servicio allí todo el día. Contenta de estar sola, Rachel se sentó en una estrecha silla de metal, conectando con cuidado su ordenador portátil en la toma del generador por debajo de la mesa y conectándolo a la línea del satélite. La señal era fuerte para variar. Nubes bajas cubrían el área. Se apresuró a conectar el enlace de video y escribió su contraseña. La pantalla parpadeó y segundos después el rostro de su padre apareció y se instaló en la pantalla, con las familiares arrugas de expresión de su bien parecido rostro, espesa cabellera leonina oscura y espesas cejas. No estaba en su oficina… ninguna insignia precedía su conexión. Eso no significaba algo… a menudo la llamaba a horas dispares desde algún lugar donde estuviese viajando. No conocía su itinerario. O podría estar llamando desde alguna ubicación no oficial porque no quería que su conversación quedara en los registros. Hacía mucho tiempo que había dejado de preguntar o suponer. —Rachel— dijo él con su profunda voz de barítono. —Hola, papá— esperaba no sonar tan cautelosa como se sentía. Una llamada de su padre era rara. Por lo general, cualquier contacto provenía de su asistente y de los mensajes que se retransmitían a través de la Sede de la Cruz Roja en Ginebra o de la contraparte local en Mogadishu. En los dos meses que había estado en este país, sólo había escuchado de él una vez — ¿Mamá está bien? —Tu madre está ocupada en este momento con una recaudación de fondos en el museo y está perfectamente bien. Esto se trata de ti y voy a ser breve. Te agradezco que me escuches antes de discutir. El pecho de Rachel se oprimió. Así que sería así ¿verdad? Su padre se adelantaba a cualquier discusión con una orden. Eso solía funcionar cuando tenía quince años, pero ya.
(11) no más. No tenían mucho tiempo para la llamada y en lugar de protestar y perder el tiempo, se limitó a asentir. —Tu ubicación ya no es segura. Un equipo está volando para evacuarte antes de mañana. — ¿Qué? ¿Qué clase de equipo? ¿Desde dónde? Su padre suspiró audiblemente —Personal de la Marina de Lemonnier. Los detalles no son importantes. Rachel miró fijamente la imagen de su padre, intermitente y desvaneciéndose por la distancia y el tiempo. Sus ojos aún eran fáciles de leer… fuerte, seguro e inconmovible. Algunos teorizaban que algún día llegaría a ser Presidente. Probablemente sería increíble en ese puesto, pero ni siquiera quería imaginar lo que eso significaría para ella — ¿Por qué? —Eso es información clasificada. —Creo que estás a salvo conmigo… apenas soy un riesgo de seguridad aquí. Su boca se apretó —Eres un riesgo de seguridad en virtud de quien eres. Estuve en contra de que tomaras ésta misión y esta es la razón. — ¿Estás diciendo que alguien quiere secuestrarme?— su voz se elevó mientras la incredulidad se imponía a la ira. Ella había utilizado su segundo nombre como apellido en todas sus relaciones profesionales desde la universidad sólo para poder evitar los tratos especiales o la presunción de privilegios —Oh, vamos. Nadie sabe quién soy, además de saber que tengo un estatus diplomático como la mitad de los otros estadounidenses en el continente. —No hay secretos en nuestra profesión… ya deberías saberlo a estas alturas. Si fueses capturada…— él sacudió la cabeza en señal de molestia por haber dicho demasiado —… no hay razón para tener esta discusión ahora. Sólo prepárate a las 0500. — ¿Qué pasará con mi equipo…? ¿… y los otros? Ellos están…. —Los planes aún están siendo concretados y hasta que estén listos, cualquier discusión con alguien podría poner en peligro la seguridad de todos. No debes divulgar esta información a nadie. Ella miró el cronómetro en la esquina inferior de la pantalla. Sólo habían pasado dos minutos. Más tiempo y corrían el riesgo de que su transmisión fuese interceptada por alguien al azar a través de la vigilancia por satélite. — ¿Qué quieres decir con que ya no es seguro aquí? ¿Cuál es la emergencia? No puedo simplemente irme… —Esto no es negociable. Tu seguridad está primero. Por favor, no discutas… la decisión ya está tomada. Sólo prepárate. Hablaré nuevamente contigo cuando estés en un lugar seguro. La pantalla se quedó en blanco. Rachel casi podía creer que había imaginado la conversación. Estaba en una misión humanitaria de la Cruz Roja, eran una delegación.
(12) neutra protegida por los Acuerdos reconocidos internacionalmente en la Convención de Ginebra. Estaba a salvo, o tan segura como cualquiera podría estar en las selvas de una nación que estaba devastada por desastres naturales y en medio de una guerra civil por generaciones. Su padre honestamente no podía creer que ella iba a alejarse de sus responsabilidades y de sus colegas solo porque él se lo ordenara y si lo creía, estaba muy equivocado..
(13) CAPÍTULO DOS El pájaro mecánico se mecía mientras la conmoción de explosiones de cohetes los golpeaba como en una tormenta de nieve. Lenguas llameantes surcaban la noche. El aire, lleno de disparos, sabía a ácido, gasolina y terror. El piloto sutilmente maniobró y mantuvo los rotores girando y descendieron a través de las nubes ondulantes y grasientas de humo negro en el caos. El aparato blindado, alguna vez tostado como la arena del desierto, yacía de costado, como una masa irreconocible de metal ennegrecido, medio sumergido en un enorme cráter, en el centro de una estrecha carretera de tierra que se torcía en la estéril ladera de la montaña. El Halcón Negro (Black Hawk) dio tumbos en la tierra y unas formas espectrales corrieron hacia la oscuridad, siluetas fantasmagóricas sin rostro contra la hoguera como refugiados de una pesadilla. Max saltó y corrió pasando a las tropas que cargaban a los heridos hacia el Halcón Negro. Tenía que llegar hasta el camión, hasta los supervivientes antes que los francotiradores o el fuego cruzado los abatiera. Un trueno rugió y la tierra tembló. Max voló por los aires y aterrizó con fuerza contra su costado derecho. Piedras y restos de metal llovieron sobre ella. Con la cabeza dándole vueltas, se levantó del suelo y se balanceó a través de lo que quedaba de la carretera, tropezando con los agujeros y los restos de escombros derretidos. La sangre corría húmeda y cálida por su mejilla y parpadeó para quitar el sudor y el líquido pegajoso de sus ojos. Automáticamente alcanzó su botiquín de primeros auxilios. El bolso de lona IFAK (primeros auxilios de la armada) aún colgaba sobre sus hombros, aunque sus manos entumecidas sólo podían registrar el bulto que mayormente golpeaba contra su espalda mientras ella medio corría, medio se tambaleaba hacia las figuras que cubrían el suelo alrededor del camión en llamas. El estruendo de los artefactos explosivos que impactaban sus tímpanos disminuyó lentamente convirtiéndose en un rugido palpitante. Gritos y alaridos flotaban en su mente confusa como si fuesen gritos bajo el agua. Sus piernas no se movían lo suficientemente rápido, sus pulmones ardían por aspirar el aire tan caliente que pasaba por sus fosas nasales agrietadas y sangrantes. Espectros, rasgos borrados por la mugre, sangre y humo, le hacían señas. Médico… Médico… Médico. Siempre lo mismo. Médico… Médico… Médico. La necesitaban y no podía llegar a ellos. Su pierna se sumergió en un agujero producto de la explosión y cayó, un dolor punzante atravesó su muslo. Se presionó con las manos extendidas y contuvo un gemido. Su dolor no era nada comparado al de ellos. Logró liberarse y trató de ponerse en pie. Su pierna se dobló y cayó nuevamente. Esta vez no pudo sofocar el grito de agonía. No importaba. El dolor era su penitencia. Dependían de ella y estaba siendo demasiado lenta. Tenía que ser fuerte. Se arrastró hacia adelante con sus antebrazos, empujando con su pierna sana y arrastrando la otra. Más adelante, estaban muriendo. En todas partes a su alrededor, morían. No era lo suficientemente rápida, ni lo suficientemente fuerte, no era lo suficientemente buena. No.
(14) era lo suficientemente buena. Otro estruendo y el mundo explotó. El infierno había llegado a la tierra. Max despertó sobresaltada en la oscuridad. El aliento salía agitadamente de su pecho como si hubiese sido golpeada en el plexo solar. Su camiseta verde oliva estaba pegada contra su torso mientras el sudor empapaba su cabello y cuerpo. Sus dedos estaban apretados y ella se obligó a aflojar los puños sobre el delgado colchón debajo de ella. Sin piedad obligó a sus músculos a relajarse y a sí misma a permanecer inmóvil, cuando todo lo que quería era levantarse y correr. Se echó a reír y el sonido desesperado resonó en la caja metálica, así como muchas voces burlonas ¿Correr hacia dónde? No había escapatoria de sus sueños. Había intentado tentar al destino fuera de la alambrada, pero intercambiar un infierno por otro nunca había funcionado. Estaba viva y el precio a pagar era la culpa. No necesitaba a un psiquiatra para que se lo dijera. Presionó su muslo donde una metralla había penetrado cuando unos artefactos enterrados explotaron en una carretera sinuosa en Afganistán. Habían extraído las balas en el hospital de campaña, la remendaron y volvió a su unidad pocos días después. Unos centímetros más arriba, una pulgada a la izquierda y su arteria femoral se hubiese seccionado y ella se habría desangrado en el camino como lo habían hecho muchos otros antes sus ojos. Ella había sobrevivido y el hombre a su lado había muerto. La mujer detrás de ella perdió una pierna. Ella había descendido al infierno una y otra vez para expiar, pero nunca había sido suficiente. Sin importar lo que hiciera, sin importar lo mucho que luchara contra las imágenes, para ensordecer los gritos que resonaban en su cabeza, no podía escapar. Deslizó su mano por debajo del colchón, encontró el contorno de la pequeña botella de vidrio y la sacó. Desenroscó el tapón con sus dedos temblorosos y tomó un trago. El whisky ardió como el aire que había arrasado sus pulmones, pero el fuego en su vientre prometió resolver sus nervios en un minuto o dos, aunque eso no limpiaba sus pecados. Tomó otro trago, volvió a tapar la botella y la guardó fuera de la vista. Levantó su muñeca y leyó, casi las 2.00 en los números luminiscentes de su reloj. Tendría su último turno de veinticuatro horas en las próximas seis horas. Aunque las llamadas de evacuación médica estaban muy lejos de las zonas calientes de Irak y Afganistán y eran muchos menores de donde había estado, no podía arriesgarse a estar a menos del 100 por ciento de su capacidad. Soldados, militares, aviadores, marines y aliados aún eran heridos, lesionados y explotados. Todavía tenía un trabajo que hacer. Tendría que aguantarse el resto de la noche sin la ayuda momentánea del whisky. Se acurrucó sobre su costado, encogió sus rodillas y cerró los ojos. Todo lo que tenía que hacer era aguantar cuatro días más y volvería a la Universidad de Nueva York, donde incluso los casos más horrendos parecerían sencillos en comparación con la inhumana carnicería de la guerra. Estaba sola y agradecía que nadie hubiese presenciado su pesadilla. CC, un especialista operario quien compartió con ella en la Universidad de Cleveland, no estaría de regreso sino hasta después de que fuese el turno de Max. Compartir en tres por diez metros durante meses y meses sería inimaginable para la mayoría de las personas, pero aquí, estos alojamientos estaban entre los mejores. Tenían una ventana con una unidad de aire acondicionado, una separación entre sus áreas de.
(15) dormir y colchones que no estaban infestados con bichos o sucios de mugre. Tenían duchas calientes y buena comida. Ella lo pasaba bien. Ella y CC no eran muy apegados, pero habían compartido más que con cualquiera de los que habían dejado atrás. CC podría guardar los secretos de Max si los supiera, pero Max resguardaba su privacidad ferozmente. Sus demonios solo eran suyos. Un fuerte golpe sonó en la puerta metálica de su unidad y Max se balanceó en posición vertical al lado de su catre. Una voz llamó — ¿Comandante de Milles? —Sí. —El Capitán Inouye quiere verla. Max pasó las manos por su cabello, encontró una botella de plástico con agua y se echó un poco en el rostro y cuello, luego se dirigió hacia el extremo de la Unidad. Abrió la puerta y salió permaneciendo de pie en la parte superior de los dos escalones de metal que llegaban hasta el suelo. Un Cadete le saludó y ella devolvió el saludo. —Siento molestarla, señora. Habrá una reunión informativa a las 20.30 horas en el Centro de Mando. —Bien— dijo Max, su boca repentinamente tan seca como si estuviese respirando el aire ardiente. Nunca hablar de lo podría ocurrir fuera de la alambrada. Nunca alardear de la chica que te esperaba en casa. Nunca contar los días hasta el final del recorrido. Cualquier cosa podía pasar. Cualquier cosa estaba a punto de pasar. *** Temblando con una oleada de ansiedad, Rachel bordeó rápidamente las dos grandes fogatas en el centro del campamento que se mantenían día y noche. No necesitaban el calor, no cuando la temperatura media oscilaba por encima de los 100 ° F cada día y no caía tan abajo en la noche, pero conservaban la combustión para los generadores mediante el uso del fuego constante para mantener hirviendo el agua y el café, siempre café, constantemente disponible. La docena de tiendas de campaña que rodeaban el campamento, formando una barrera entre la selva y su espacio de vida, estaban a oscuras excepto por una, donde una tenue luz reflejaba la silueta encorvada de un hombre sentado en el lado de su catre, tal vez leyendo o escribiendo una carta. Los lados de la lona brillaban como una linterna gigante y Rachel tuvo el incómodo pensamiento de que el ocupante, ajeno a eso, era un fácil objetivo. Alejando firmemente la imagen inquietante, se deslizó tan silenciosamente como pudo dentro de la tienda que compartía con Amina. Sus días eran largos, empezaban antes del amanecer y si eso no fuese bastante agotador, luchar contra la deshidratación era una batalla sin fin. Para la hora de la cena, todo el mundo estaba agotado, mental y físicamente y la hora de ir a acostarse llegaba pronto. Las primeras noches después que habían llegado, todo el equipo de Recuperación de Desastres se había quedado hasta bien pasada la noche, sentados alrededor de las hogueras, llegando a conocerse unos a otros, deseosos de emprender el desafío de su misión. Después de dos meses, ante la interminable privación de los somalíes capturados en el fuego cruzado de una guerra que ellos no comprendían y no era bienvenida, las.
(16) enfermedades que durante mucho tiempo habían sido erradicadas en muchos de los países prósperos y la aparentemente interminable tarea de reestructurar una sociedad devastada por los enemigos naturales y lo hecho por el hombre, su entusiasmo se había transformado en una cansada pero tenaz determinación. Nadie se quedaba hasta tarde imaginando grandes victorias. Todo el mundo se iba a la cama temprano para conservar sus fuerzas para otro día en la interminable batalla. Ella había estado anteriormente en el campo, dos veces, como Coordinadora de Ayuda para Desastres… una vez después de los huracanes que devastaron Haití y nuevamente después en las inundaciones masivas en el Centro de los Estados Unidos… pero nunca había estado tan lejos de la vida que había conocido en millas o en experiencia. Apenas podía recordar cómo era dormir en una cama, despertar con duchas de agua caliente y café preparado y sin ser aislada del resto del mundo durante largos períodos de tiempo. La constante conectividad del mundo electrónico era un recuerdo. Allí estaba ella, desprendida de su vida pasada tanto como le era posible y, sin embargo, nunca se había sentido más como ella misma. Sus necesidades, sus objetivos, sus placeres habían sido despojadas desde su centro. Aquí afuera, lo que a ella le importaba, era que su vida tenía sentido. Hacía una diferencia cada vez que alimentaba a un niño o daba una bolsa de semillas a un agricultor o un pedazo de pan a un miembro de la tribu. Su trabajo no estaba terminado y si ella se fuese antes de terminarlo, temía ser perseguida por los rostros de los que hubiese fallado en ayudar. Rachel se sentó en el borde de su cama y apoyando los codos en sus rodillas, hundió su rostro entre sus manos. Se había prometió no renunciar ¿Qué haría dentro de diez horas, cuando el helicóptero llegara a recogerla? Nada de esto tenía sentido. Si pensara que su padre pudiese ser más comunicativo, le devolvería la llamada, pero ya lo conocía. Él había dicho todo lo que iba a decir y esperaba que ella le obedeciera. Rachel suspiró, deseando caminar, furiosa con su padre por haberle dejado en la oscuridad. Probablemente ni siquiera consideraba cómo su porte autoritario le había afectado. Estaba acostumbrado a que todo el mundo en todas las esferas de su vida, hiciera lo que él deseaba sin una explicación. Incluso su madre rara vez desafiaba sus decisiones o deseos. Su hermano mayor, preparado desde la infancia para seguir las huellas de su padre, nunca había parecido importarle. Había terminado la escuela de derecho y entrado en la política local. Rachel había sido la única que se había negado a seguir sus órdenes sin rechistar. Había sido la única en cuestionar su autoridad. Cuando fue lo suficientemente mayor, exigió elegir su propio camino. — ¿Malas noticias?— susurró Amina desde la oscuridad. —No lo sé— dijo Rachel, las palabras de su padre resonaban en su mente. No hables de esto ¿Por qué? ¿Acaso pensaba que los médicos, ingenieros, profesores, epidemiólogos y traductores eran espías? Su principal desconfianza de los motivos de los demás, alimentada por toda la trayectoria de una vida inmersa en la política y la manipulación y las maniobras, iba con ello. Aunque había sido muy feliz de dejar ese mundo atrás, no era tan tonta como para desechar las advertencias de su padre. Él podría estar exagerando el peligro de alguna agenda, pero ¿y si no lo estaba? Ella consideró sus palabras con cautela — ¿Has escuchado alguna noticia sobre...algo que afecte nuestra seguridad?.
(17) Amina echó a un lado la ligera sábana que le cubría y se sentó. Ahora que los ojos de Rachel se habían adaptado, pudo ver el brillo en los ojos de Amina y el débil resplandor de su piel caramelo bajo la escasa luz de la luna que fluía a través de las plegadas solapas de la malla. Se centró en la mirada firme y honesta de Amina y sintió crecer su seguridad de que estaba haciendo lo correcto. —No he escuchado nada…— dijo Amina —…pero Dacar maneja la seguridad y recibe sesiones informativas por radio casi todos los días, creo. Sólo somos informados de cosas ordinarias… suministros y envíos médicos, cuándo llegarán los camiones transportando pacientes… ese tipo de cosas. — ¿Nadie ha mencionado una evacuación? Frente a ella, Amina dejó escapar un gemido agudo —No. No que me hayan dicho ¿Hay algo que debamos informar a Dacar? Amina no preguntó qué sabía Rachel, sólo esperó, no porque fuese pasiva o estuviese intimidada, sino porque confiaba que Rachel le diría lo que pudiese. Su confianza en Rachel, en el compromiso de Rachel hacia la misión que compartían, significaba más para Rachel que todo el fingido interés o la atención de Christie y de las otras mujeres con las que había estado involucrada. —No sé lo que está pasando… si es que realmente está sucediendo algo…— dijo Rachel —… pero me han dicho que vamos a ser evacuados. Todos nosotros. Algo sobre un problema de seguridad, pero no tengo ningún detalle. — ¿Y los pacientes? … ¿Qué hay de ellos? No hemos programado enviar a alguien para buscar los camiones por otros dos días ¿Qué pasará con los que no son ambulatorios? —No lo sé. Tal vez haya otros planes para movilizarlos. Los pacientes… que generalmente eran alrededor de veinte… en su mayoría eran niños, mujeres embarazadas y ancianos de ambos sexos. Sus enfermedades variaban desde la deshidratación y la desnutrición hasta fiebres por convulsión que acompañaban una infección de sarampión. Rara vez habían visto a alguien con una herida de bala… víctima de un encuentro con los rebeldes de Al Shabaab, que seguían librando su guerra de décadas para derrocar a la Unión Africana… respaldada por el gobierno. El equipo de Médicos Sin Fronteras tenía una rudimentaria sala de operaciones para emergencias, pero la mayor parte de sus esfuerzos se centraban en cuestiones de salud pública. El resto de los miembros de la Cruz Roja se centraban en la rehabilitación a largo plazo o la reubicación de civiles que encontraban en su camino, con un número creciente cada día. — ¿Entonces alguien debió habernos dicho hoy?— la voz de Amina vibró por la tensión — ¿Tenemos que hablar con Maribel? Rachel sintió un soplo de esperanza. Ciertamente Maribel Fleur, la jefa del equipo de Médicos Sin Fronteras, debería estar informada si la evacuación era inminente, pero no había actividad más allá de la habitual en el hospital. Todo en el campamento parecía normal. Si estaban en peligro, no había ninguna señal de ello. Pero no podía permitirse equivocarse. Las vidas de sus colegas y de todos los que habían venido a ayudar podrían estar en peligro si ella guardaba silencio. Y si lo hacía, si revelaba lo poco que sabía, tal.
(18) vez podría poner aún más en peligro a todo el mundo. Esperar no estaba en su naturaleza, pero esta vez tendría que hacerlo. —El campamento parece seguro y no hay nada más que podamos hacer esta noche. Esperemos hasta mañana— quizás no tenía más remedio que esperar, pero tenía una opción acerca de irse. Cuando la mañana llegara y dejara en claro que no se iría, descubriría lo que estaba sucediendo..
(19) CAPÍTULO TRES Max entró en la sala de prensa del Cuartel General, una versión rectangular más grande de los dormitorios; la larga mesa cubierta de mapas e informes ocupaba la mayor parte del espacio. Las paredes sin ventanas estaban llenas de estantes que sostenían manuales de campo y carpetas gruesas. El Capitán Inouye, un hombre de mediana edad con poco cabello color arena y una complexión de boxeador, estaba parado frente a una pantalla de proyección en el extremo opuesto de la habitación. Dan Fox, el piloto del helicóptero Halcón Negro, con quien había volado un número de veces anteriormente, estaba desplomado con su chaqueta de vuelo en un costado de la mesa, al lado de su copiloto, Ariel Jordan, un joven afroamericano con cabello oscuro, largo a los lados y recogido en la nuca en una coleta corta. El Jefe de equipo de Los Halcones Negros, Ollie Rampart, un enorme muchacho rubio oriundo de una granja de Iowa que hablaba despacio y se movía rápido ante un tiroteo y varios oficiales subalternos del personal de apoyo de Inouye componían el resto del grupo. —Comandante De Milles— dijo el Capitán Inouye a modo de saludo cuando ella entró. —Señor— saludó Max. —Tomen asiento todos, por favor— Inouye regresó a la pantalla y alguien atenuó las luces. Max se sentó frente a Fox y se centró en la pantalla donde se proyectó un mapa de la región del Cuerno de África, mostrando Djibouti, Somalia, Kenia y los países limítrofes. —Estamos aquí…— dijo Inouye innecesariamente, dando golpecitos con el dedo en la ciudad de Djibouti en la costa al norte de Somalia —Somos la mayor fuerza expedicionaria que está aquí, a excepción de las tropas en las bases en Afganistán— deslizó su dedo en línea recta hasta Mogadishu al sur de Somalia —Tenemos una pequeña fuerza de asesoramiento aquí. Su principal objetivo es ayudar a coordinar la respuesta del Ejército Nacional contra los disturbios civiles y la creciente actividad terrorista en el área. Hago hincapié en la palabra asesoramiento. El sarcasmo de Inouye fue sutil, pero el estómago de Max se revolvió inquieto. Ya no le gustaba a dónde iba esto. Somalia era un infierno inestable y cada participación de Estados Unidos en los últimos veinticinco años parecía escalar desde el apoyo a la intervención, bien sea que los políticos calificaran la situación como asesoramiento o no. Habían perdido tropas allí más de una vez cuando la línea entre el apoyo y el combate se había desdibujado. Helicópteros se habían venido abajo y muchos soldados habían muerto. Esta vez, había habido reporte de que los rebeldes habían unido fuerzas con AlQaeda, lo que significaba mejores armas, mejor inteligencia y una mejor organización. Todas esas cosas hechas por un enemigo más fuerte y más peligroso. Mantuvo sus ojos al frente y su postura se relajó. El miedo era un lujo que no podía permitirse. —Aquí abajo…— Inouye continuó moviendo su dedo al sur de Mogadishu y dibujando un círculo en el extremo de la parte sur de Somalia —… esta zona es la selva.
(20) Juba. Se cree que los rebeldes reúnen sus fuerzas en la selva donde sus bases están escondidas de la vigilancia aérea y desde donde pueden lanzar ataques por sorpresa en las áreas vecinas— dio unos golpecitos sobre Kenia —Recientemente, un ataque suicida en un centro comercial de Kenia mató a un número de civiles, incluyendo estadounidenses. Inouye lograba estar al mando sin ser distante. Siempre parecía que mantenía una conversación en lugar de retransmitir órdenes, pero Max no se dejó engañar. Lo que iba a venir, ella no tendría nada que decir al respecto. Su trabajo consistía en seguir las órdenes y ella aceptaba que nada de lo que ellos hicieran sucedería si esa simple premisa fuese ignorada. No tenía duda de que Inouye conducía una misión especial de algún tipo y la imagen de Manhattan, que había estado cobrando fuerza lentamente en su mente, comenzó a desvanecerse. Todavía podría llegar a casa, pero tal vez no lo haga. La otra cara de una misión era siempre un signo de interrogación… un espacio en blanco en el futuro del que era mejor no pensar. Sus manos habían estado apretadas, pero ahora se relajaron. Sus hombros apoyados contra la parte posterior del asiento. La sensación familiar, aunque significara peligro, era extrañamente reconfortante. Todo lo que importaba era que hiciera su trabajo. El futuro era una indulgencia que no importaba para los guerreros. Sólo el aquí y el ahora importaban. —Y justo aquí…— continuó Inouye en su tono conversacional, pulsando un alfiler rojo en el mapa en medio de la selva —… está una Estación de Respuesta a Emergencias de la Cruz Roja Internacional. Una docena de personas… seis de la División de la Sociedad Media Luna de la Cruz Roja Internacional de Mogadishu, todos somalíes; tres Médicos franceses de Médicos sin Fronteras, un estadounidense y dos suizos, incluyendo su equipo coordinador, un ingeniero y un especialista en agua y riego. Cerca de veinticinco multimedia en línea…— su mano se barrió en una media luna detrás del alfiler rojo —…este es el grueso del campamento rebelde. Estimamos una fuerza de varios cientos. Max escuchó las siguientes palabras incluso antes que él las pronunciara. Pensaba que todo el mundo en la habitación también sabía lo que venía. Nadie dijo nada. Nadie tosió y nadie se movió. —Tenemos que buscar a esas personas y sacarlas de ahí— dijo el Capitán Inouye —Simple extracción. Entrar y salir. Enviaremos dos Halcones Negros… la extracción iniciará a las 0.500— hizo una pausa y respiró profundamente —Hay algo más. El mapa desapareció y una foto con el rostro de una mujer junto a una lista de estadísticas tomó su lugar. Unos ojos verdes claros, cabello castaño largo hasta los hombros con reflejos brillantes dispersos. Una boca amplia esculpida con apenas un esbozo de sonrisa. Una nariz fuerte con una pequeña protuberancia en el puente por debajo de una tenue cicatriz de media luna. La línea de la suave mandíbula tensa, algunas líneas de expresión en la cremosa frente. Seria, intensa. No era hermosa. Pero imponente. El texto la identificaba como Rachel Winslow, veintiocho años, nacionalidad estadounidense, ocupación: Coordinadora de Respuesta a Desastres de la Cruz Roja. Max se centró en los ojos de Rachel Winslow. Su mirada era directa y confiada, los ojos de una mujer que sabía lo que quería..
(21) —Ella es su prioridad— dijo Inouye —Transportarán a los demás si es posible, pero si llega la resistencia o se presentan otras condiciones imprevistas que obliguen a abortar, lo harán sólo después que ella esté segura. No saldrán sin ella ¿Alguna pregunta? Max miró a Dan Fox. Swampfox (un apodo) era conocido por entrar y salir de las zonas calientes cuando nadie más lo haría incluso sin tocar tierra. Este era justo su trabajo. Él sería el líder del equipo una vez que estuviesen en el aire. Mantendría contacto con los controladores de la misión y transmitiría actualizaciones de la situación cuando se presentaran, pero cuando todo se volviera complicado… y en una misión como esta era obligado… él determinaría sus acciones en el campo. Como si fuese una señal, Fox preguntó — ¿Qué podemos esperar de la resistencia en tierra? —Respuesta corta, no lo sabemos. Los rebeldes mueven sus almacenes de armas constantemente. Puede ser que tengan misiles de superficie a aire, sin duda tendrán armas pequeñas, pero cuánto y dónde podrían estar, no lo sabemos. La sorpresa está de nuestro lado. Entrada rápida, extracción rápida y salida nuevamente. Ese enfoque había funcionado anteriormente. Los equipos pequeños podían penetrar incluso áreas altamente fortificadas más rápidamente que los equipos más grandes con sus columnas de vehículos y armamento pesado como apoyo. Seis meses antes, un diplomático estadounidense y un periodista danés habían sido extraídos por un equipo de las Fuerzas especiales élites de la Armada de los Estadounidense, de una ciudad sitiada en Kenia. Nadie preguntó a Inouye por qué estarían haciendo este viaje. No importaba. Órdenes eran órdenes. —Viajarán con poco peso… sólo el personal esencial… para dejar espacio a los civiles y a alguno de los pacientes que requieran transporte. Max no era prescindible… y esta noche estaría haciendo una doble función como médico y como parte de las tropas de combate. Cada equipo llevaba un médico… ya fuese un soldado regular también entrenado como médico o un miembro del cuerpo de cirujanos de vuelo, como Max. Una vez asignados los médicos a las misiones de combate se había convertido en rutina, las tasas de mortalidad incluyendo las peores lesiones, se redujeron drásticamente y ahora su presencia era fundamental para la moral de la tropa. Las tropas se enfrentaban a los peligros del combate y a la posibilidad de una lesión mortal con más confianza si sabían que tendrían asistencia médica a la mano. Si las tropas creían que sobrevivirían si eran heridos, su desempeño sería más agudo… mental y físicamente. El trabajo de Max era mantenerlos a ellos y a sus esperanzas vivas. — ¿Quién es el objetivo?— preguntó Fox. —Sabes lo que sé— dijo Inouye, moviéndose hacia la pantalla. Él entrecerró sus ojos —Pero alguien bastante importante quiere que ella salga de allí. —Mierda— murmuró alguien. —Manéjenlo con discreción— dijo Inouye rotundamente — ¿Alguien más? Max dijo —Voy a necesitar al menos un asistente médico con esa cantidad de civiles en riesgo. Inouye asintió —Griffin estará listo ¿Eso es todo?.
(22) Nadie más tuvo algo que decir. —Muy bien. El Teniente Fox puede encargarse desde aquí. El capitán salió y Swampfox caminó hacia el mapa. Lo estudió durante un momento y se volvió hacia el resto de ellos —El tiempo de vuelo es poco menos de dos horas, dependiendo de los vientos en contra. Saldremos a las 0.300 ¿Alguien tiene algo que añadir? Nadie. Max salió sin hablar con los otros y se dirigió directamente al Halcón Negro para comprobar los suministros médicos. Esta sería su única oportunidad para asegurarse de que tendría todo lo que necesitaría en el campo. Este pájaro metálico no era un helicóptero de evacuación médica como en los que viajaba generalmente para recoger heridos. Este pájaro no estaba marcado con la identificación de la cruz roja que usaban los helicópteros no combatientes, aunque en esta guerra la neutralidad de los médicos y sus máquinas… en tierra o en aire… había sido ignorada hasta tal punto que muchos pájaros de evacuación médica ahora llevaban armamentos defensivos. Los médicos cargaban rifles de asalto y también armas de mano en caso que necesitaran defenderse o defender a sus heridos. Este pájaro no tendría el equipo médico completo y planeaba complementar lo que estaba allí con su botiquín de primeros auxilios individual. Ella confiaba más en su bolso IFAK para tratar a cualquier herido… siempre sabía que tendría a la mano y lo que podría encontrar en la oscuridad. Estaba revisando las bolsas de intravenosas, comprobando etiquetas y medicinas restringidas, cuando Grif habló detrás de ella. —Pensé que te encontraría aquí. Max miró por encima de su hombro —Supongo que lo has escuchado ¿eh? Él se encogió de hombros, su gran rostro ovalado con pecas estaba tranquilo como de costumbre —Aproveché para dar un paseo. No más que saber. Lamento que tu siesta se haya ido a la basura. —No hay problema. Demasiado calor para dormir de todos modos— Max sonrió, la adrenalina expectante por la próxima misión había quemado los persistentes efectos melancólicos y el embotamiento del alcohol. Nada como poner un freno a la culpabilidad y la auto-recriminación con la inminente amenaza de un peligro mortal —Al menos vamos a pasarla genial allá arriba. — ¿Necesitas una mano?— Grif subió al centro del Halcón Negro. —Sí, ahora que estás aquí, verifica por mí las cajas médicas, el inventario adicional de antibióticos y los opiáceos intravenosos ¿podrías encontrarle espacio en tu mochila? También los vendajes. —Claro que sí… ¿Esperas encontrar problemas? Max sonrió débilmente —Siempre. Cuando estuvo satisfecha de tener el pájaro listo para su misión, le dijo a Grif que fuera a dormir un poco y ella se dirigió nuevamente a su unidad de vivienda. La unidad estaba tranquila, o al menos tan tranquila como podía estar en medio de la noche. Las.
(23) calles nunca estaban vacías, pero la mayor parte de los contenedores administrativos estaban a oscuras, el comedor estaba oscuro… la cena de la tarde noche ya había pasado. Cualquier persona que ahora quisiera comida tendría que conformarse con lo que podría encontrar en las máquinas expendedoras dispersas alrededor de la base, hasta que el comedor abriera nuevamente a las 0.510. Justo cuando la mayoría de las tropas estuviesen sentadas ante sus desayunos de huevos y tocino, ella estaría saltando de un Halcón Negro hacia la superficie de la selva. La foto de Rachel Winslow pasó por su mente. Quienquiera que fuese, no era solamente una trabajadora más de la Cruz Roja. Alguien la quería fuera de peligro y tenía el poder suficiente para hacer que sucediera. Max se preguntaba qué estaría sucediendo realmente en la selva Juba para que estos trabajadores humanitarios necesitaran ser retirados ahora. Habían estado allí por poco tiempo, así que… ¿qué había cambiado? No necesitaba saberlo, lo que más necesitaba saber era qué había traído a Rachel Winslow a la parte más oscura de una tierra perdida e incluso olvidada por Dios. Max se desvió a las duchas comunes y permaneció bajo el agua caliente durante mucho tiempo, dejando su mente en blanco. Cuando estuviese en esta misión, quería que sus reacciones fuesen nítidas y no pensar en nada más que el objetivo. De regreso en su Unidad, se puso ropa de camuflaje limpia, verificó sus artefactos, sus armas y su IFAK. Satisfecha de estar preparada, se puso su reloj y se tendió en el catre para esperar. *** La noche nunca estaba silenciosa. Después que los humanos se asentaban en sus tiendas de campaña para pasar la noche, los animales gobernaban. El susurro de las alas de los insectos en las lonas, la tos seca de una hiena, el rugido gutural de un león. Y siempre, debajo de todo eso, el susurro del manto que los abrigaba del sol durante el día y los mantenía envueltos en la sombra de la noche. Al principio, a Rachel le había sido difícil acostumbrarse a las sombras perpetuas en el suelo de la selva, pero pronto llegó a apreciar la protección que el denso follaje proporcionaba del implacable calor. Esta noche, sin embargo, sentía como si la selva estuviese cercándolos, aislándolos del resto del mundo. No era ingenua. Conocía los peligros del medio ambiente y de una guerra civil en esta misión. Siempre había sido cautelosa y cuidadosa, pero hasta esta noche, nunca había tenido miedo. Se enorgullecía de elegir su propio camino, de controlar su propio destino y ahora esperaba en la noche mientras eventos que no entendía y no podía controlar se desplegaban a su alrededor. Un trueno lejano retumbó, luego resonó nuevamente, esta vez más cerca. Rachel se sentó. No eran truenos. Eran explosiones..
(24) CAPÍTULO CUATRO Los Halcones Negros cruzaban sobre Somalia a 2000 pies, volando a una velocidad media de 170 kilómetros por hora. Max viajaba en la parte trasera de la puerta corrediza abierta, con las piernas colgando hacia fuera mientras veía los contornos ondulantes del lento cambio de paisaje. Conforme pasaban los minutos, vastas extensiones de desierto y matorrales lentamente daban paso a la densa vegetación que cubría la selva. Imágenes de reconocimiento que había visto tomadas en la luz del día mostraban unos sencillos y pequeños pueblos dispersos que cobijaban no más de algunas chozas destartaladas, un acre o dos de cultivos resecos y unas cuantas cabras corriendo a través de los caminos torcidos; tribus nómadas en tiendas de campamentos rodeados de camellos; y la siempre creciente masa de indígenas desplazados durmiendo en el suelo al lado de sus pocas pertenencias. Ahora todo estaba a oscuras salvo por el reflejo de la luna sobre las pocas corrientes que atravesaban la tierra como cintas de plata. La privación y la desesperación de la tierra y su gente que se escondían en un sudario de sombras. El segundo Halcón Negro venía detrás de ellos, con artillería por ambos lados y seis misiles Hellfire montados en la parte de abajo. Ninguno de los pájaros llevaba mucha tripulación. Además de Swampfox y su copiloto, ella, Grif, Ollie y el segundo jefe del equipo y artillero, Bucky Burns, eran los únicos ocupantes de su helicóptero. El otro Halcón Negro sólo llevaba a cuatro. Con suerte, serían capaces de transportar a todos, incluyendo a los pacientes. Ella entendía sus órdenes y que Rachel Winslow era su prioridad, pero dejar a alguien detrás iba en contra de todo lo que creía. Herido o muerto, ninguno se quedaría atrás y los civiles ahora eran su responsabilidad, como las tropas que se aventuraban fuera de la alambrada en una misión. Todos regresaban a casa. Sin importar cómo. Burns y Ollie escaneaban por las puertas en busca de signos de actividad enemiga con sus aparatos de largo alcance de visión nocturna. Las fuerzas rebeldes no tenían el poder aéreo, pero sí un vigoroso arsenal de armas y municiones que Yemen les proporcionaba con armas automáticas capaces de enviar disparos que podrían penetrar el fuselaje o el parabrisas del pájaro. Se decía que tenían 400 misiles de superficie-aire suficientemente potentes como para derribar un avión de pasajeros que había sido robado por las fuerzas de Al-Qaeda durante un reciente ataque en Benghazí. Los rebeldes tenían movilidad, su casa era la selva y se habían vuelto hábiles después de décadas de contiendas. Y un Halcón Negro era un objetivo grande. Corría el rumor de que había una recompensa por los Halcones negros. El viento, tan seco y vacío como la tierra, batió su rostro debajo de sus gafas, una bofetada árida recordándole que ella no pertenecía a este país, pero aquí estaba. Aquí estaban todos, obligados por el deber y la ideología y algunos dirían, atrapados por eso mismo. No se sentía atrapada o engañada o coaccionada en la lucha contra esta guerra, cuyos objetivos ya se habían transformado durante mucho tiempo en algo muy diferente de lo que había sido una década atrás. Ella y sus compañeros de tropa ni siquiera estaban en el mismo país donde todo había comenzado. En África, la guerra era una forma de vida. Generaciones enteras habían nacido en ella, vivido en ella y muerto en ella sin conocer otra cosa..
(25) Ella lo supo cuando se inscribió en la Armada para subsidiar su formación médica, que un día podría ser enviada a un lugar como este, por razones que no estaban en su potestad preguntar. Ese era el camino de la guerra. No se arrepentía de su decisión de obtener su formación médica con el dinero de la Armada… no habría sido capaz de pagarla de otra manera y estaba dispuesta a pagar su obligación del modo que la Armada lo exigía. Sólo lamentaba las consecuencias de la guerra para los que se había comprometido a servir. El rítmico zumbido de los motores y el aleteo de los rotores eran hipnóticos, extrañamente tranquilizadores y demasiado propicios para la introspección. Aquí fuera, donde las ráfagas de emoción, adrenalina y miedo alternaban con horas y días de aburrimiento a la espera de la siguiente llamada, la introspección ya era una compañera familiar. Esta noche, Max podía hacerlo sin la voz solitaria de sus propios pensamientos. Habían estado en el aire casi dos horas, sin ningún signo de actividad y al principio no estaba segura si realmente había visto un rápido destello naranja que se apagó casi tan pronto como apareció. Max parpadeó, aclarando su visión. Otro destello de luz se disparó a través de su campo visual. Un truco de la vista, provocado por la fatiga o la distracción. Cuando apareció de nuevo, tocó el micrófono de radio pegado a su garganta —Swampfox ¿te diste cuenta? A las diez. Luces parpadeantes. Entendido. Prepárense. Fox estaría llamando a la base para actualizar la situación. La piel de Max se erizó. Nada era peor que enfrentar el fuego enemigo, aunque por ahora ella debía acostumbrarse a él. La voz de Fox crepitó en sus auriculares. Destellos de fuego en las proximidades de la zona de aterrizaje. Instrucciones. Burns y Ollie posicionaron sus armas y se asomaron parcialmente por las puertas abiertas. Grif se apartó del camino. Max se quedó dónde estaba. Podía utilizar un arma si tenía que hacerlo, pero por ahora simplemente actuaba como vigía. Bajó sus gafas de visión nocturna y la zona de densa vegetación a su izquierda, donde había visto por primera vez la llamarada momentánea se iluminó con bocanadas de humo fluorescentes verdes que formaban columnas, se fraccionaban y luego se desvanecían como hebras finas de algas ondulantes debajo de la superficie de un tranquilo estanque. La vista hubiese sido inquietantemente hermosa si no fuese porque significaba que la muerte estaba llamando. *** Rachel se levantó de un salto y se calzó las botas. Frente a ella, Amina apresuradamente estaba haciendo lo mismo. — ¿Qué pasa?— preguntó Amina en un débil y alto susurro. —No sé— respondió Rachel automáticamente, pero ¿qué otra cosa podría ser? A menos que hubiese estallado inesperadamente alguna tormenta sin previo aviso, esos estruendos venían de una batalla y a juzgar por su sonoridad, la pelea venía hacia ellos. Fuese lo que estuviese pasando, no tenía la intención de quedar atrapada en su tienda de campaña, cegada e impotente —Voy a encontrar a Dacar..
(26) —Voy contigo— dijo Amina. Rachel abrió la cremallera de la puerta de la carpa, salió y agarró la mano de Amina. Las luces solares que normalmente iluminaban el campamento estaban apagadas. Un hombre con un rifle… ¿un guardia de seguridad somalí de Dacar?.. vaciaba agua sobre la fogata. El campamento estaba a oscuras, excepto por el tenue resplandor de la potente luz de propano en el interior de la carpa-hospital que ardía día y noche. Gritos ahogados provenían de todas partes. Rachel no podía reconocer las voces o las palabras, sólo el miedo y la urgencia. Creyó escuchar a Dacar dando órdenes, pero no podía estar segura. Otra ráfaga de explosiones iluminó el cielo como perversos fuegos artificiales de un Cuatro de Julio (Día de la Independencia de USA). Las explosiones color rojo y naranja… bombas, no una festividad. La carpa de mando principal estaba en el extremo opuesto del campamento y Rachel sólo vio oscuridad en esa dirección. Hacía tiempo que había conquistado su miedo a la oscuridad, o por lo menos pensaba que lo había hecho, pero esta noche los terrores distantes de su infancia se arrastraron nuevamente para burlarse de ella. No quería aventurarse a ir muy lejos del único destello de luz y seguridad que podía ver, sin importar cuán falsa pudiese ser la sensación de seguridad. —Intentemos en el hospital— Rachel tenía que confiar que Dacar y los otros guardias estaban cuidándolas y ella no sería de ninguna ayuda para ellos en eso. Pero podía ayudar con los pacientes. Ella y Amina corrieron de la mano sobre el suelo familiar, que se volvió extraño y de alguna manera peligroso por la oscuridad impenetrable, hasta la gran carpa-hospital. En el interior, los catres estaban alineados a un lado y las pilas de suministros por el otro. Un cuarto más pequeño en la parte trasera, detrás de una cortina de lona, servía como sala de operaciones y tratamiento. Maribel, Jean Claude y Robert se movían entre los catres, consolando a los niños que lloraban y tratando de calmar a los adultos ansiosos. Amina instantáneamente se unió a ellos, traduciendo para aquellos que no entendían y calmando a los que estaban demasiado aterrorizados como para escuchar. Rachel olió el humo, acre e intenso. Más gritos… ahora más cerca. Los disparos, parecían golpes de martillo en el acero. Su corazón latía tan rápido que no podía pensar. Pero tenía que hacerlo… las instrucciones que habían practicado en caso de evacuación de emergencia se reprodujeron en su mente. Ninguna instrucción la había preparado para esto. Solamente el ruido era desorientador. Se obligó a concentrarse. Reunir los suministros necesarios… medicina, comida, agua potable. Los dispositivos de comunicación, linternas. Armas. Dios, no tenían armas. No eran combatientes. Eran neutrales. Humanitarios ¿Significarían algo aquellas palabras para quienquiera que estuviese allí, disparando? Temía que no lo fueran. Su estómago se apretó. La imperiosa necesidad de escapar creció en su interior como la presión creciente de un géiser. El sudor estalló sobre su piel como una cubierta de frío y terror. Los pacientes entraron en pánico. Los que podían moverse saltaron de la cama, algunos descalzos en batas de hospital y corrieron hacia la salida, con sus ojos muy abiertos llenos de pavor. Varias mujeres agarraron a sus niños y a pesar de la súplica de Amina y el personal médico, huyeron hacia la noche. Un par de pacientes de edad avanzada, demasiado enfermos o inconscientes para huir, se mantuvieron allí con un par de niños pequeños que lloraban y se encogían en sus cunas..
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