Rachel dio un paso al interior del cuarto de madera de 1 metro cuadrado e inclinó su cabeza hacia atrás. Una manguera colgaba del poste por encima de su rostro y el agua caía como una lluvia suave. El cuarto improvisado estaba abierto al cielo, y si no estuviese pensando que Max estaba haciendo guardia con un rifle de asalto, no se hubiese imaginado todo lo que había sucedido, casi podía imaginar que cuando saliera al campamento, sus amigos estarían reunidos en torno a la fogata, preparándose para cenar. Maribel estaría contando una historia de París, su suave voz con acento francés flotando por encima del rumor de fondo de Dacar y sus hombres, mientras que la conversación de Amina y los otros llenarían los sonidos de la noche en la selva, proporcionando un coro. Llenando su palma con un puñado de jabón líquido y extendiéndolo sobre su piel, casi podía creer que la vida como la conocía podría continuar… la noche caería tras un largo día difícil, trayendo la paz y la satisfacción de un buen trabajo. Ni siquiera podía imaginar una ducha como ésta y dar rienda suelta a la fantasía del flujo sensual que se filtraba sobre su cuerpo. La fantasía, admitió, era preferible a un recuerdo agradable, la ficción un recordatorio de que pocas veces había sido tocada con amor. Lujuria y deseo, sí. Amor y pasión, no que recordara. No lo había extrañado hasta que el espectro de la muerte le había seguido a cada momento.
Inclinó su rostro hacia el cielo enrojecido nuevamente. La puesta de sol pronto daría lugar a la oscuridad. El agua se derramaba a través de su cabello y su cuerpo, avanzando valientemente entre el polvo apelmazado contra su piel. Dejó la puerta de madera medio abierta, por si necesitaba una ruta de escape si el enemigo aparecía de repente. A través de sus párpados semi-abiertos, vio a Max parada con sus pies abiertos, su rifle inclinado sobre su pecho, su espalda contra la ducha. Había visto ése cuerpo debajo del chaleco esta tarde cuando Max cavaba la trinchera y ahora se imaginaba la estrecha camiseta de fino algodón a través de sus esculpidos hombros, la disminución gradual de sus músculos hasta la cintura y el débil asomo de sus caderas. Bajo el uniforme, Max era tan sensual como fuerte.
— ¿Cuánto tiempo más?— preguntó Rachel, enjuagando los últimos rastros de espuma.
Max se dio la vuelta y sus ojos se encontraron. Rachel se quedó inmóvil, sus manos ahuecando sus senos, el agua cayendo por su torso, sobre su vientre y entre sus muslos, como si fuese un amante sensual deslizándose sobre su piel. La mirada de Max se movió más abajo, después la alzó lentamente y la miró.
—Dos minutos— dijo Max, su voz lo suficientemente dura como para estar enojada, pero sus ojos no estaban enojados. Su mirada era fuego —Quiero que tú y Amina estén seguras antes que anochezca.
Rachel dejó caer sus manos a los costados, sin apenarse por su exposición. Max le había visto desnuda en maneras más importantes que ésta. Max había visto su terror, su dolor y rabia, todas las cosas que generalmente ocultaba detrás de una fachada de control y despreocupación —Sí, está bien ¿Hay tiempo para Amina?
—Si se apresura.
—Le diré— Rachel torció la abrazadera para cerrar el agua y sacudió su ropa polvorienta. Max se volteó de espaldas otra vez y mientras se vestía, trató de no pensar en cómo sus pezones se habían apretado debajo de la mirada atenta de Max, o del vuelco en la boca de su estómago o el hormigueo entre sus muslos que seguía pulsando incluso ahora. Había sido mirada por mujeres, por mujeres que había llevado a su cama y por aquellas que no había llevado. Había visto apreciación, añoranza, a veces hasta envidia. Pensaba que había visto deseo, ansia, pero había estado equivocada. Ahora sabía cómo era el ansia y dudaba que nada más pudiese provocarle otra vez. Exhaló un respiro irregular — ¿Y qué hay de ti?
Max se volteó una vez más, el azul de sus ojos era tan negro como el océano bajo un cielo azotado por la tormenta —Amina primero. Estaré bien.
—Gracias— Rachel cerró con torpeza los botones de su camisa alguna vez blanca… ahora rígida y amarillenta por el polvo.
—Recoge las armas y empaqueta cualquier munición suelta en una de las mochilas. —Lo haré— Rachel avanzó hacia su improvisada base sin mirar atrás. No necesitaba preguntar por qué. Cuando la noche llegara, tendrían que estar preparadas para lo que fuese.
Max le miró alejarse. El agua había puesto su cabello castaño casi negro y los oscuros rizos caían sobre su cuello y rostro con abandono. Su rostro mostraba signos de ligera quemadura por todas las horas expuestas bajo el sol, pero la piel de su pecho y abdomen era suave y cremosa. Una imagen de sus pechos ovalados y unos pezones ligeramente rosados aparecieron en la mente de Max. Debió haber mirado hacia otro lado, pero no pudo. Había estado en el desierto por meses y por años antes de eso, ella había existido en el desierto de su vida… trabajando, pasando noches sola, dejando que sus logros llenaran sus necesidades. No había tocado a una mujer en casi dos años y apenas había estado presente para eso. Después de una fiesta con sus compañeros de quirófano que no había sido capaz de evitar, había pasado pocas horas de mutua desesperación con una enfermera que había estado coqueteando con ella por casi medio año. Poco le importó que la enfermera fuese casada y con dos hijos, excepto porque la enfermera no tardó en señalarlo, ella y su marido estaban en medio de un juicio de separación, así que técnicamente el sexo no era un engaño. Max no preguntó más detalles. Tuvo que beber mucho para escuchar la inevitable historia de desinterés, distanciamiento y desilusión y la enfermera no estaba tan borracha como para no ser responsable por vigilar su propio matrimonio. Nunca se había vuelto a repetir, aunque la enfermera había señalado que estaría más que dispuesta.
Max apenas podía recordar cómo era la mujer, si había tenido pechos grandes o pequeños, si su estómago estaba tonificado, si sus caderas eran estrechas o amplias. No podía recordar la textura de su piel o el olor de su cabello. Sólo un atisbo de Rachel había despertado en ella todas las sensaciones, tan indelebles como si se hubiesen tocado. Sus dedos se estremecieron ante el deslizamiento de piel sedosa bajo sus manos, su aliento quedó atrapado ante la presión firme de un pezón contra su lengua, su piel ardía por el simple deseo extendiéndose por su muslo. Debió haber apartado la mirada, pero no quiso.
Su cuerpo se sintió vivo cuando miró a Rachel y la sensación era tan extraña y tan estimulante, que no podía dejarla ir. No todavía.
La puerta de tela de la carpa se abrió y Amina corrió hacia ella, con un bulto de ropa en sus brazos —Muchas gracias. Está tan caliente adentro.
Max hizo un rápido análisis de su entorno. Nada se movía. Todo estaba tranquilo —Muy bien. Adelante.
— ¿Cuánto tiempo?
A espaldas de Max se escuchó el agua y revisó su reloj —Dos minutos. — ¡Dos minutos completos! ¡Es tan maravilloso!.
Después de todo Rachel y Amina habían estado solo unos minutos bajo un chorro de agua tibia, esto parecía suficiente recompensa. Max solía pasar días sin una ducha, comiendo y durmiendo en el suelo. Lo primero que hacía cuando volvía a su unidad de vivienda, era tomar una ducha caliente durante mucho tiempo, esperando que el agua humeante lavara la sangre y los gritos silenciosos. Nunca sucedió. Tal vez Rachel y Amina serían más afortunadas. Eso esperaba.
El agua se detuvo, la puerta de madera chirrió al abrirse y luego se cerró. El aliento de Amina era suave y regular mientras se movía. Max tuvo cuidado de no girarse hasta que Amina se acercó a su lado, totalmente vestida — ¿Todo listo?
—Sí. Quiero darte las gracias….
—No— dijo Max —No es necesario. Has estado cuidando de Grif en ése horno todo el día. Yo te debo las gracias.
Amina se ruborizó —Regresemos ahora. Necesitas descanso y comida. —Sigue adelante. Quiero ver los alrededores.
—No te quedes afuera demasiado tiempo o Rachel insistirá en venir por ti otra vez. Max gruñó —Y creo que decirle que se quede adentro no sería nada bueno.
Amina sonrió —No lo creo.
—Vamos. Déjame llevarte de regreso— Max acompañó a Amina a la carpa y procedió a rodear el perímetro una vez más. El sol estaba ocultándose y la luz se desvanecía. Era hora de mover a los civiles al refugio. Por la mañana, esto habría terminado.
***
El refugio que Max había construido apenas era lo suficientemente grande como para que Rachel y Amina estuviesen de pie o sentadas lado a lado después que amontonaron las armas adicionales, municiones, alimentos y agua en un extremo. El cielo claro con un millón de estrellas que brillaban a través de las ligeras nubes, ayudaba a que el apretado espacio pareciera menos confinado. Max había dejado agujeros en intervalos
irregulares en la barrera de bolsas de arroz para permitir que cualquiera desde adentro tuviese una vista de 360 grados del campamento.
Rachel estaba parada, su cuerpo apretado contra la pared de tierra, aún caliente por el día y escudriñó hacia afuera. Las sombras jugaban con su percepción bajo la luz de la luna. El movimiento de un pedazo de tela suelta de la carpa se convertía en un hombre deslizándose, el parpadeo que la luz de las estrellas formaba sobre la arena era el destello del cañón de un arma. Por un momento volvió a tener cinco años, acurrucada en la cama con las rodillas dobladas y los brazos envueltos alrededor de sus piernas para hacerse más pequeña, mirando en la oscuridad las esquinas de la habitación donde los monstruos estaban al acecho. Había dejado de llamar a sus padres para que vinieran. Ellos le habían dicho que estaba imaginando los largos dedos y las formas que se avecinaban deslizándose a través del techo por encima de su cama.
Cierra los ojos y ve a dormir, Rachel, había dicho su madre, no hay nada aquí. Pero ella no lo sabía.
Ya no dormía con la luz encendida, pero aún desconfiaba de lo que no podía ver. No dormiría esta noche, no habría dormido, aunque un pelotón de soldados se interpusiera entre ella y la selva. Mientras la oscuridad envolvía su alrededor, podía ver al enemigo deslizarse fuera de la selva y arrastrase a través del espacio abierto. Max no dormiría, pero no podía dejarle todo a ella. Confiaba en ella, totalmente. Confiaba en que ella los defendería a ella y a Amina y a Grif, interponiéndose entre ellos y el peligro, pero confiar en ella para que hiciera todo sola no era justo. Pero entonces, nada de esto era justo. O racional. Todo en éste lugar era una locura. Si pensaba demasiado en la completa locura de estar en medio de una jungla esperando que alguien le disparara para matarla, perdería el leve lazo de esperanza de su propia razón.
—Juro por Dios que se arrepentirán— murmuró ella a los monstruos en la oscuridad y se apoderó del rifle a su lado.
— ¿Qué pasa?— preguntó Amina.
Rachel respiró —Nada, lo siento. Sólo me desahogaba. —No re disculpes— dijo Amina —Es mejor gritar que llorar.
—Tienes razón— Rachel miró a través de su nuevo portal. Una sombra se convirtió en una figura. Su aliento se detuvo y su mente se puso en blanco.
—Amigos americanos— susurró la voz de Max. —Dios— suspiro Rachel.
Max se inclinó sobre la barrera y le entregó una pila de mantas —En caso de que haya explosiones, cúbranse con éstas.
—Gracias— Rachel ni siquiera cuestionó el por qué… era insensible a la posibilidad de una forma más de horror. Las pasó a Amina e hizo espacio para que Max bajara, pero Max se dio la vuelta — ¿Adónde vas?
—No puedo dejar solo a Grif y tendré una mejor oportunidad de cortar un ataque desde aquí afuera.
Rachel ahora entendía lo del refugio. Max la quería a ella y a Amina fuera de la línea de fuego. Nunca había planeado unirse a ellas ¿Qué tal si son demasiados? Y si ellos… —Max ¿y si vienen en mayor número?
—Sabes qué hacer.
—Te ayudaré a mover a Grif. Va a estar más seguro aquí.
Max meneó la cabeza —Acabo de revisarlo. Su presión es baja, su ritmo cardiaco está acelerado. Si sangra nuevamente, lo perderé.
—Entonces voy contigo— Rachel se apoyó sobre sus pies en los orificios que Max había cavado a los lados del refugio y se acercó a la pared para empujarse.
—No, no vendrás— Max se alzó sobre ella, bloqueando su camino —Estarás más segura dónde estás. Aquí afuera, no puedo protegerte—
—Puedo ayudar.
Max se agachó y la enfrentó sobre la barrera —Escúchame. Esta no es tu guerra. Sólo estás atrapada en medio de esto. No eres soldado. Hoy lo has hecho muy bien, pero este es mi trabajo. No dejaré que te lastimen.
Rachel tragó saliva. La luz de la luna ceñía la cabeza de Max. La pintura del camuflaje había desaparecido y las manchas de suciedad desaparecieron ante el brillo aterciopelado de la oscuridad. Su rostro era tan suave como si hubiese sido tallado en mármol. Era muy hermosa —Sería muy infeliz si te vas y haces que te maten. Así que ten cuidado que eso no suceda.
Max sonrió —Considero eso una orden. —Asegúrate que lo haces.
—No te preocupes. Las posibilidades de que tengamos una noche tranquila son buenas.
Rachel quería agarrar a Max y jalarla hacia la seguridad, pero no podía hacer más que cerrar sus ojos como lo hacía contra los monstruos. En cambio, se acercó a la barrera y tocó con sus dedos la fuerte línea de la mandíbula de Max —Mantén tu cabeza abajo, Deuce.
—Entendido— Max presionó su mejilla contra la palma de Rachel por un breve segundo —Hasta pronto.
Y entonces se fue, una sombra se fusionó con las otras sombras cambiantes. Rachel se inclinó fuertemente contra la pared, abrazándose a sí misma para calmar sus piernas temblorosas.
—Ella vino aquí por ti ¿verdad?— murmuró Amina. —Sí.
—Sí, lo somos— Rachel miró profundamente buscando a Max y no pudo encontrarla.