El helicóptero subió en línea recta y el impacto de las balas contra el cuerpo metálico se desvaneció. Haciendo un arco amplio, viró bruscamente, girando 180 grados y tomando velocidad. El viento entró a través de la cabina y Rachel apretó la manta contra sí. Los Marines con ametralladoras se inclinaban a los costados del helicóptero. Delgado se arrodilló junto a Max que estaba sobre la camilla de Grif, cambiando bolsas de intravenosa y poniendo los medicamentos. La oscuridad más allá de las leves luces de la cabina era impenetrable. Rachel no podía ver a dónde se dirigía el helicóptero, no que realmente le importara mientras estuviesen lejos de la selva de Juba. Todo lo que realmente importaba era que Max estaba a salvo y a bordo. Ahora todos estaban a salvo… tenían que estarlo. Ni siquiera podía permitirse creer que no alcanzarían su destino después de todo esto. Debía haber algo de justicia en la vida. Una imagen de los hambrientos somalíes esparcidos en el campamento destelló en su mente y supo que la justicia no tenía nada que ver con eso. Hombres perpetrando grandes crímenes y otros grandes actos de valentía desinteresada y a veces las razones de ambos eran incomprensibles. Ella había sido afortunada que Max y Grif le hubiesen alcanzado. Tal vez la vida era mucho más azar de lo que siempre quiso creer.
El tiempo no pasaba en la oscuridad, el rugido del motor hacía la conversación imposible y en poco tiempo estaba dormitando. Despertó repentinamente, la adrenalina recorriéndole, cuando el helicóptero se ángulo, nariz abajo y descendió. Ahora contempló destellos de luces a través de la puerta, puntos de luz en la noche que se hicieron más brillantes a cada segundo que pasaba. Una vez había pensado que no había nada más hermoso que el horizonte de Manhattan en la noche, pero ahora lo sabía mejor. Sea donde sea que se dirigían, esas constelaciones dispersas de luces parpadeantes eran sin lugar a dudas la visión más gloriosa que jamás hubiese visto.
—Amina… ¡mira!— Rachel tomó el brazo de Amina y señaló —Ya casi…. — ¡Hey!— gritó Delgado.
Rachel miró mientras Max se desplomaba hacia adelante. Delgado le agarró por la cintura y la bajó al piso. El corazón de Rachel se desplomó.
— ¿Qué? ¿Qué pasó?— gritó ella, pero nadie contestó. Nadie le escuchó.
Delgado abrió la chaqueta de Max, revisó adentro y comenzó a recortar la parte de la manga. Ella jaló una de las vendas que Rachel le había visto usar a Max una y otra vez en la pierna de Grif y presionó la parte superior del brazo derecho de Max. Max estaba herida.
Rachel hizo a un lado la manta, liberó su brazo del soldado que estaba arrodillado cerca de ella y avanzó unos metros hacia Delgado. Max yacía inmóvil, con los ojos cerrados. Max nunca había estado inmóvil, nunca inconsciente. Rachel quería sacudirla y decirle que despertara y explicara qué diablos estaba haciendo.
Delgado le dirigió una breve mirada y luego volvió a lo que estaba haciendo —… una ronda... su brazo. Perdió un... sangre... no se molestó... decirle a alguien….
Las palabras eran apagadas, pero Rachel escuchó lo suficiente con claridad. Le habían disparado a Max. Las palabras cruzaron su cerebro como señales en una pantalla, pero estaba teniendo problemas para entender el sentido de todo. Max no podía estar herida. Max era médico y estaba allí para cuidar a todo el mundo. Se suponía que no la lastimarían. Se suponía que…
Esto estaba mal. Muy mal.
— ¿Max?— Rachel se apoderó de la pierna de Max justo por encima de la rodilla. El uniforme de Max estaba duro por la suciedad y otras cosas, pero a Rachel no le importaba. Necesitaba tocarla —Max.
Los ojos de Max se abrieron agitados y recorrieron los alrededores hasta que se asentaron en el rostro de Rachel.
—Hola— dijo ella con expresión brumosa.
—Hey, tú— dijo Rachel, la ansiedad y el miedo afilando su tono. La sonrisa de Max se ensanchó —Uh-oh. Enojada otra vez ¿Por qué?
La bola de pánico que aplastaba el aire de los pulmones de Rachel comenzó a derretirse. Se acercó al cuerpo de Max y encontró su mano. Los dedos que se entrelazaron con los suyos estaban demasiado fríos, pero todavía fuertes. Como Max —Creo que habíamos hablado de esto. No se suponía que salieras herida.
—No lo estoy… no mucho— Max volteó la cabeza, frunciendo el ceño ante Delgado — ¿Qué me diste?
Delgado sonrió —Sólo algo para mantenerte tranquila. Te conozco. Estarías tratando de levantarte antes que tuviese la oportunidad de cuidar de ti o diciéndome que hacer.
Max relajó el ceño — ¡Maldita sea! No es nada. Debí haberme….
—No seas terca— dijo Rachel bruscamente —Deja que alguien se ocupe de ti— Max miró a Rachel de soslayo — ¿Quieres un tiro?
Los hombros de Delgado se sacudieron, pero no dijo ni una palabra.
—Eres una idiota— Rachel sacudió la cabeza. Bajo circunstancias menos aterradoras, éste lado juguetón de Max sería interesante. Como estaban las cosas, todo lo que le importaba era Max, despierta y hablando. Estaba tan mareada como si se hubiese bebido una botella de champán ella sola — ¿Y mencioné también testaruda?
La sonrisa de Max brilló —Apuesto a que también te gusta.
—Pregúntame en otra ocasión y te diré lo que me gusta— Rachel acarició la parte superior de la mano de Max con su dedo pulgar —Una heroína loca no está en el primer lugar de mi lista.
Max empezó a decir algo, pero sus ojos se nublaron y perdió el enfoque. — ¿Max?— Rachel se dirigió a Delgado — ¿Ella está bien?
—Los fármacos están trabajando. Tienes que regresar y sentarte— Delgado envolvió el brazo de Max con un vendaje e inyectó medicamento por la línea intravenosa, donde estaba la mano de Rachel —Estaremos en casa en un par de minutos.
Casa. Quizá para ellos. Para ella, otra parada en una tierra extraña. Se quedó hasta que los párpados de Max se cerraron, antes de regresar a su lugar junto a Amina.
— ¿Qué pasó? ¿Está bien?— preguntó Amina.
—Creo que sí. Dios, le dispararon y no le dijo a nadie ¿Por qué es tan malditamente cabezota?
Amina se rio —Deberías ser capaz de responder a eso. Ustedes dos son muy parecidas.
—Ciertamente no lo somos— Rachel le miró con el ceño fruncido —Max es...bueno, se toma demasiado en serio las cosas.
—Creo que tienes algo de experiencia con eso.
—No como Max— dijo Rachel suavemente, viendo a Delgado y a uno de los Marines trasladando a Max a una camilla —Ella es muchas cosas que yo nunca seré.
***
El helicóptero aterrizó con una sacudida y el rugido de los motores decayó en un suave gemido. Los Marines rodearon a Rachel y Amina y las encaminaron sobre la pista de aterrizaje. Largas filas de edificios rectangulares de una sola planta, bordeaban una extensión de tierra donde decenas de helicópteros, vehículos blindados y otros equipos estaban alineados esperando para marchar a la batalla. Después de semanas en la selva, el asfalto bajo sus pies era algo ajeno, mientras las brillantes luces de halógeno iluminaban sus ojos, haciéndole parpadear. Cubriendo sus ojos, su primer instinto fue escapar hacia las sombras donde sería menos visible. Donde pudiera ver primero quien venía antes que le vieran a ella.
Se volteó hacia el helicóptero, buscando a Max. Una media docena de personal militar se agolpaba en la puerta abierta del helicóptero, levantando las dos camillas, tomando a Grif y a Max para llevarlos a otra dirección. Empezó a caminar tras ellos. Dos pasos más adelante, una mano sobre su brazo le detuvo.
Rachel se giró. Una mujer casi de su misma edad, unos centímetros más baja, en traje azul marino, con sus cabellos rubios recogidos en un moño bien acomodado en la parte posterior de su cuello, le sonrió. Una insignia de la Marina brillaba en su collar.
—Sra. Winslow, soy la Mayor Bárbara Newton— dijo la rubia —Si puede venir conmigo, por favor.
—Los heridos serán transportados al hospital de la Base. No se preocupe, van a estar bien.
— ¿Cómo lo sabe? Ni siquiera sabe lo que pasa con ellos.
—Si viene conmigo, por favor— su sonrisa tranquila nunca cambió. Esa mujer tenía que ser miembro de la Prensa o de Relaciones Públicas —Estoy segura que a ambas les gustaría tomar una ducha y algo caliente para comer.
—Me gustaría ir al hospital— dijo Rachel. Había tenido bastante relación con el personal de Relaciones Publicas en la carrera de su padre, en su vida, tanto en públicas y privadas. Sabía cómo no ceder —Quiero ver a los oficiales que nos rescataron.
—Vamos para que se acomoden primero.
Amina agarró el brazo de Rachel, la alejó hacia un lado y murmuró — Probablemente no podrás ver a Max en un tiempo de todos modos. Si haces ahora lo que ella quiere, conseguirás estar lista más pronto— ella elevó su voz —Te sentirás mejor si comes algo.
Rachel se preguntó si la Mayor Newton había pensado que una ducha caliente y comida era todo lo que necesitaban para borrar todo lo que había sucedido. Amina estaba en lo cierto, sin embargo y claramente era una política natural mejor que ella. No iba a escapar de ello, por lo menos, hasta que pareciera que estaba cooperando de momento y entretanto, conseguiría la información que necesitaba para encontrar a Max. Ella le sonrió a Newton —Por supuesto, sí, gracias. Lo siento, las cosas han estado... agitadas.
—Lo sé, pero ahora ha terminado.
Ha terminó. Rachel no pudo evitar pensar en la falta de sinceridad de la frase y a lo poco que se refería. Otra mentira más y se preguntó si alguien realmente lo creería.
—Gracias— le susurró a Amina y aun sosteniendo el brazo de Amina, siguió los pasos enérgicos de Newton hacia un vehículo Humvee que esperaba. Una vez que ella y Amina se instalaron en el asiento de atrás y Newton enfrente, el vehículo dejó el campamento de aviación y las condujo hacia un gran complejo iluminado por más luces halógenas, en postes espaciados a intervalos a lo largo de las calles, frente a los rígidos y cuadrados contenedores de metal alineados por decenas y decenas. Qué no habría dado ella por algo de esto en el campamento. Desvió la vista de las gruesas y huecas ventanas para evitar pensar en el fracaso de la misión y en las vidas perdidas.
Personal militar y trabajadores civiles caminaban o iban en transporte a pesar de estar en medio de la noche. Vehículos que pasaban, helicópteros llegaban y salían. Después de quince minutos y varias vueltas, la Humvee se detuvo delante de otro edificio similar a los que habían pasado, solo que mucho más grande. La Comandante Newton se volteó hacia ellas —Esta es la base sede. Las acomodaremos en sus habitaciones temporales y una vez que todo esté resuelto, las llevaré a conocer al Comandante de la Base.
Rachel le miró fijamente. Había estado alrededor de políticos toda su vida y la Mayor Newton era otra que sólo vestía un uniforme. Lo que quería decir era que las iban
a interrogar. Por supuesto que alguien querría un recuento de sus experiencias en la selva. Probablemente unos cuantos y no sería rápido.
—Primero quiero ver a la Comandante De Milles.
—Ciertamente concertaremos una visita tan pronto como sea posible. Por favor, vamos dentro y les mostraré sus habitaciones.
Newton se dirigió hacia el edificio, sin dejarles a Rachel y Amina más remedio que seguirla. En su interior, una sala recorría el pasillo central con puertas espaciadas a intervalos regulares a cada lado. Newton dio vuelta en otro pasillo y eventualmente se detuvo ante una puerta cerrada que no estaba marcada. La abrió, la sostuvo entreabierta y le dijo a Amina —Sra. Roos, usted estará aquí. Creo que encontrará todo lo que necesita de ropa y otras necesidades, en la cama y en el cuarto de baño.
Amina miró a Rachel.
—No iré a ninguna parte— le dijo Rachel.
Amina asintió —Nos vemos en poco tiempo, entonces.
La Mayor Newton llevó a Rachel pasillo abajo, pasando varias puertas más cerradas y abrió una —Aquí está. Pasaré por aquí en media hora y las llevaremos para que coman algo.
—Necesito un teléfono para hacer una llamada internacional. Puede….
—Sí, nos encargaremos de eso— Newton sonrió —Nos veremos en un rato más. Rachel entró en la habitación y Newton cerró la puerta detrás de ella. La leve luz del techo reveló el escaso mobiliario: una cama, un tocador de metal y un escritorio, un armario ligeramente abierto más grande que un librero con perchas y estantes. Casi se rio. Qué malo que no hubiese traído una maleta. En la cama había un par de pantalones de uniforme y una camisa sin insignias, obviamente cosas militares. Un par de botas oscuras de cuero de combate se situaban junto a la cama. Levantó la ligera camisa y la examinó. Con corte para mujer y casi de su tamaño. Los pantalones, color marrón, parecían también ser de su tamaño. Se preguntó cuánto sabían sobre ella. La idea era desconcertante, aunque no le sorprendía. Por supuesto que había un expediente de la Delegación de la Cruz Roja y detalles de todos sus integrantes. Y a los militares les gustaba conservar los expedientes.
No le gustaba estar atrapada en la enorme maquinaria militar, pero cuanto antes saliera de esta parte del plan, más pronto podría ver a Max. Y le encantaría una ducha. Una comida no estaba mal tampoco. Se dirigió a una puerta estrecha donde estaba el cuarto de baño, un pequeño espacio ingeniosamente diseñado para proporcionar todo lo que se necesitaba en un área compacta. Se quitó la ropa y sin saber qué hacer con ella, las metió en un bote de basura cerca del pequeño fregadero. Abrió el grifo del agua y el vapor llenó el diminuto baño. Desnuda, caminó bajo el chorro y comenzó a asearse. Sus piernas temblaron, de repente demasiado débiles para apoyarla y se deslizó hacia abajo hasta que estuvo sentada en el frío metal del piso, doblando sus rodillas y con la cabeza contra la pared. El agua pulsaba sobre su rostro y su cuerpo, corriendo hacia el desagüe debajo de ella.
De repente los sollozos sacudieron su pecho. Su mente se quedó misericordiosamente en blanco. Dejó que el agua lavara sus lágrimas hasta que la fuerza regresó a sus extremidades y se enderezó. Mecánicamente lavó su cabello, enjabonó su cuerpo, se enjuagó y cerró el agua. Envolvió una toalla alrededor de su pecho y encontró un cepillo y una pasta de dientes cuidadosamente guardados en un estante, encima de la cómoda. Se cepilló los dientes, secó su cabello y se puso la ropa que habían dejado para ella. Calcetines limpios y el nuevo par de botas completaron el atuendo. Lentamente se sentó al lado de la cama, fugaces recuerdos del último día pasaron a través de su mente, avanzando muy rápido como una cinta de película. El rotor levantando nubes de arena. Disparos y gritos, terror y triunfo. A través de todo esto, Max estuvo allí. Max estaba herida y Rachel no sabía cuánto. No sabía dónde estaba Max. Lo único que sabía era que no estaba allí y todo dentro de su ser insistía en que debía estar.
Un toque provino de la puerta —Srta. Winslow, soy la Mayor Newton ¿Puedo entrar?
Rachel miró alrededor de la habitación que estaría feliz de no volver a ver. El espacio era demasiado pequeño y como Newton acababa de demostrar, no podía ver quién podía venir. Rápidamente se levantó y abrió la puerta —Me gustaría ver a….
—Venga conmigo, por favor. Tan pronto como se encuentre con el Comandante de la Base, le daré información sobre la Comandante De Milles.
—Y un teléfono.
La Comandante Newton sonrió —Por supuesto. Lo que necesite.