El Humvee desapareció en una esquina y Rachel se quedó de pie en los escalones del contenedor de Max bajo el brillante y caliente sol. El estallido de molestia le ayudó a dejar de lado la ola de tristeza que dejó Max. Max le veía como ella quería… como necesitaba… como debía ser vista, pero aún tenía mucho que aprender si creía por un segundo que Rachel le dejaría ahora. Frunciendo el ceño ante el resplandor, bajó la vista hacia las dos personas que le miraban sin inmutarse — ¿Quiénes son ustedes?
La mujer le tendió su mano —Abigail Kennedy.
Su acento le indicó que era de Nueva Inglaterra, su porte y su comportamiento hablaban de privilegios. Parecía estar comenzando los treinta, estatura media, cabello castaño, cortado de manera casual y profesionalmente, en capas, un estilo sencillo que se vería bien en el desierto o en una fiesta de cóctel. La mirada clara y sencilla en unos ojos azules. Un rostro bien trazado en forma de corazón, nariz recta, una sonrisa en labios llenos. Muy bonita, tratando de restarle importancia a la falta de cualquier maquillaje, ninguna joya de ningún tipo y el mismo color neutral de camisa y pantalones que todo el mundo llevaba de una forma u otra. Su intento por mezclarse no podía esconder su crianza o sus antecedentes. Rachel había visto miles como ella en Washington DC, en la escuela preparatoria y en la Universidad y posteriormente en eventos diplomáticos a los que había sido obligada a asistir con sus padres. Mujeres como ella por lo regular querían estar a cargo, pero nunca saldrían fuera del límite del campamento, como diría Max. Tenían a alguien más para hacerlo. Bajo otras circunstancias tal vez no le habría juzgado tan duramente, pero ahora no estaba para ser amable.
Kennedy todavía extendía su mano y Rachel la sacudió brevemente. Fría y confiada, como la de Abigail Kennedy.
Rachel miró al hombre que estaba parado un paso detrás de Kennedy. Otro ejemplar perfecto. De metro ochenta o un poco más alto, con un cuerpo robusto y los requeridos hombros anchos. Cabello oscuro, lo suficientemente largo en la parte superior para ser elegante pero no demasiado, cuidadosamente recortado alrededor de las orejas y la parte posterior del cuello. Una cara larga y delgada, ojos marrón oscuro como el color del cabello. Ojos que algunas mujeres podrían llamar conmovedores. Sólo un poco de barba en su mandíbula bien formada. Una barba de cinco de la mañana, a las qué... ¿diez de la mañana? Se preguntaba si sería un efecto estudiado. Ella sostuvo su mirada.
—Adam Smith, Srta. Winslow— él le tendió la mano —Venimos de parte de su padre.
—Eso fue rápido.
—Por suerte, estábamos... en la Embajada.
Eso no le decía nada y ella habría dudado que Kennedy y Smith lo hubiesen planeado. Toda clase de personas estaban apostadas en las embajadas extranjeras, especialmente en las áreas de compromisos militares activos: diplomáticos, Agregados del Servicio Exterior, periodistas y agentes de toda clase de inteligencia. Sus nuevos
guardaespaldas podrían ser cualquiera de ellos. Probablemente no estaban más felices con su misión de ser su niñera que ella de tenerlos. Suspiró — ¿Qué está pasando?
Ambos sacudieron la cabeza. Kennedy habló primero —Estamos aquí para acompañarla hasta que se vaya a los Estados Unidos. Su alojamiento ha sido preparado cerca de la embajada. La conduciremos a sus aposentos para que pueda recoger sus cosas. Rachel resopló —Me temo que lo que ven es lo que hay. No tuve tiempo de hacer la maleta y no necesito recuperar mi cepillo de dientes militar.
Abigail se sonrojó —Sí, lo sentimos. Nos ocuparemos de todo lo que usted necesite— ella dio un paso atrás e hizo un gesto hacia la Humvee —Si quiere nos podemos ir ahora.
—Lo que me gustaría es que me lleven al hospital de la Base. Hay alguien a quien necesito ver.
Ninguno de ellos se movió.
—Están aquí para acompañarme ¿no es cierto?.. Bueno…— dijo Rachel bajando las escaleras —… voy a el hospital. Si quieren venir, bien.
Empezó a caminar hacia la dirección de donde había venido aquella mañana. Había prestado atención desde la ruta del hospital hasta el lugar de Max y pensaba que podría estar razonablemente cerca. Si se perdía, alguien que pasara podía dirigirla. Estaría más que feliz de prescindir de sus acompañantes. Kennedy y Smith podrían ser exactamente lo que dijeron que eran… dos personas que habían estado disponibles para ser reasignados a una tarea de protección por unos días. Pero ella no confiaba en ellos. Hasta ahora, no confiaba en nadie excepto en Max, Grif y Amina.
El sudor le estalló en todas partes después de pocos pasos. La temperatura se acercaba a los cien grados y el desayuno había pasado hace mucho tiempo. Así como dormir. No pensó en ninguna de las dos cosas cuando estuvo con Max. Esos momentos dentro del contenedor estaban tan lejos del calor y la desolación de este lugar como las estrellas de la tierra. Max y el modo en que Max le hacía sentir… viva y libre y más conectada de lo que había estado… era todo lo que importaba. Habría sido feliz de estar allí por el resto de su vida. Estaría feliz de estar en cualquier lugar con Max por el resto de su vida. Las piernas de Rachel temblaban y el temblor no tenía nada que ver con el calor, el hambre o la fatiga. Max. Todas las facetas fascinantes de Max brillaban a través de su mente… Max con la fuerza de una guerrera y un sentido de propósito, sus ojos brillando con determinación; Max con la habilidad del cirujano y sus suaves manos, derrotando a la muerte; Max, consolando con ternura y comprensión. Max era como nadie que hubiese conocido y no quería dejarla ir.
El vehículo se detuvo junto a ella. Kennedy le llamó desde el lado del pasajero. — Por favor suba, Srta. Winslow. Estaremos encantados de llevarla.
—Gracias— Rachel se subió a la parte de atrás. Necesitaba conservar sus fuerzas. Podría pasar mucho tiempo antes que durmiera nuevamente. Los diez minutos en coche pasaron en silencio y trató de no dejar que sus pensamientos vagaran a lo que podría estar pasando con Max. Cada vez que lo hacía, el miedo surgía desde lo más recóndito de su
mente, su corazón se aceleraba y su estómago se revolvía. Max estaba en problemas y aunque Max había intentado convencerla de que ella no era parte de lo que estaba pasando, ella lo sabía mejor. Había sido parte de ello desde el principio. Si ella no hubiese estado ahí en la selva, ésos Halcones Negros tampoco habrían estado. Tal vez ni los rebeldes habrían estado allí. Sin duda Max y Grif no habrían terminado luchando por mantenerlos vivos y probablemente Max no estaría atrapada en mitad de cualquier juego político que se estuviese jugando ahora. Pero lo que sea que les haya juntado, ella siempre había sido parte de eso.
Y lo que estaba pasando ahora no era diferente a lo que había sucedido en la selva. Ella y Max, posiblemente Grif y tal vez incluso Amina estaban bajo ataque. El enemigo usaba un uniforme diferente y aparecía a la luz del día y no en la oscuridad, pero no eran menos peligrosos. No iba a dejar a Max, a Grif o a Amina. No tenía un rifle, pero tenía otras armas.
El vehículo se detuvo frente al Hospital y ella salió. La puerta delantera del vehículo se abrió y Kennedy puso una pierna larga y delgada en el suelo.
Rachel bloqueó su salida —No tiene que entrar. Estoy segura que esto tiene aire acondicionado. No estaré mucho tiempo.
Kennedy miró sobre su hombro hacia Smith, quien se encogió de hombros. Finalmente Kennedy regresó al vehículo y cerró su puerta. Rachel recorrió el camino a través del hospital hacia la oficina donde ella había investigado por la mañana sobre Max y Grif. El mismo cadete, un pelirrojo con pecas que gracias a Dios le había ayudado anteriormente, estaba todavía en servicio. Él hizo a un lado algunos papeles y sonrió levantando la vista cuando ella se acercó a su escritorio —Srta. Winslow, ha regresado.
Ella sonrió y leyó su nombre en la placa —Buena memoria, Cadete Feeny ¿El Teniente Griffin está despierto? Me gustaría verlo.
—Déjame revisar. Ciertamente está muy solicitado. Rachel mantuvo la sonrisa en su lugar — ¿Es cierto?
—Sí. Ya he tenido media docena de llamadas sobre él esta mañana. —Bueno, debe haber fila para visitarlo, entonces.
Feeny meneó la cabeza —Todavía no. Se supone que debo llamar al Cuartel General cuando despierte— tímidamente se encogió de hombros e hizo un gesto a los montones de formatos en su escritorio —Estoy un poco atrasado.
—Sé cómo es eso. Si pudiera decirme dónde está, le ahorraré tiempo. —Oh no, Señora, estoy feliz por la compañía.
—Gracias— dijo ella con un balbuceo impaciente. El Cuartel General quería una llamada. El Capitán Pettit podría simplemente desear un informe sobre el estado de uno de sus heridos. Habría muchas personas que tendrían que ser notificadas, incluyendo la familia. Todo eso podría no ser nada fuera de lo común, pero no lo creía. Todavía podía ver a Carmody sentado en el escritorio de Pettit, mirándola de manera engreída y depredadora.
Feeny se levantó —Vamos. Él ya está en una litera normal.
La encaminó por una serie de pasillos con cubículos cubiertos por cortinas en ambos lados. Vio algunas figuras mientras pasaba por las camas, algunas de ellas vacías, otras ocupadas con hombres y mujeres durmiendo o leyendo o mirando al espacio. El lugar estaba limpio, brillantemente iluminado y olía como olían todos los hospitales… comida, antiséptico y dolor.
Feeny hizo a un lado una cortina y le señaló un espacio con dos camas, dos mesas de metal a juego entre ellas y una ventana lateral. Las bronceadas paredes estaban desnudas y sombrías. Una de las camas estaba vacía. Grif dormía en la otra. Un soporte con ruedas situado al final de su cama, sostenía una jarra de agua y el historial clínico.
—Gracias— dijo Rachel en voz baja. Feeny asintió y salió. Ella se dirigió a la silla de metal, en la esquina al lado de la cama de Grif y se sentó. Él era un hombre corpulento, pero parecía mucho más grande allá en la selva, aún herido. Tal vez porque no tenía su equipo de combate, o tal vez la estéril y artificial pureza de la sábana que lo cubría de alguna manera lo hacía menos corpulento, parecía más pequeño, débil. Echaba de menos las vetas de camuflaje por debajo de sus ojos. Incluso extrañaba las manchas de suciedad. Él y Max se veían tan ajenos y aterradores en esos primeros caóticos segundos. Vio a Max como en el primer encuentro… apuntándole con un rifle, una fiera expresión bajo la pintura de guerra y la suciedad. Pensó en Max como le había visto sólo una hora antes, fresca por la ducha, su piel suave como satén, sus agudos rasgos desenmascarados. La coraza se había ido, pero su fuerza había permanecido. Sus ojos se llenaron de lágrimas y ella impacientemente las alejó. Max era una guerrera. Ella podría estar bien, pero no iba a luchar esta pelea sola.
Rachel tomó la mano de Grif donde posaba sobre la cama y apretó sus dedos. — Hola, Grif. Probablemente no me recuerdes. Soy Rachel.
La mano de Grif se crispó y abrió sus ojos — ¿Laurie?
—No, Grif, soy Rachel Winslow. Estás en el hospital. Estás herido, pero te estás recuperando bien.
Lentamente él giró la cabeza, parpadeó y frunció el ceño —Tú no eres mi esposa. —No, no lo soy. Soy Rachel. Pasamos algún tiempo juntos allá en la selva. —Lo recuerdo— dijo receloso — ¿Estabas sentada sobre mí?
Ella rio suavemente, el recuerdo de Max operando en medio de toda esta locura le llenó con un ataque de triunfo. Ellos habían sobrevivido. Todos ellos, juntos —Lo estaba.
—Eso pensé ¿Dónde está Max? —Ella está aquí. Está bien. Él suspiró —Bien.
—Algo está pasando, Grif— dijo Rachel —Ellos están haciendo un montón de preguntas sobre lo que pasó allá afuera ¿Alguien ha estado aquí?
—No. Al menos, no que yo recuerde— él parpadeó varias veces y cuando se centró en ella otra vez, su mirada se volvió más aguda — ¿Dónde está Max?
—No lo sé. Dos hombres se llevaron a Max. Estoy un poco preocupada.
—Dos hombres… ¿tenían placas, insignias? ¿Sargentos de la Marina? ¿Policía Militar?
Rachel trató de recordar los uniformes azules, las placas y las insignias —Creo que tal vez, sí.
—Eso no es normal— él levantó su cabeza, revisando su propio cuerpo. Los tubos salían por debajo de las sábanas en varios lugares y dos bolsas de intravenosas colgaban de un poste de metal anclado en el lado opuesto —No podré ir a ningún lado por un tiempo. Mierda.
—Debes concentrarte en mejorar. Max te diría lo mismo.
—Sí, pero ella es dura de pelar y nunca piensa que necesita ayuda.
Rachel sonrió. Así que Grif también veía bajo el camuflaje —Dime qué hacer ¿Cómo puedo saber lo que está pasando?
—No sé si puedas. Si hay algún tipo de investigación, lo van a mantener en secreto. Si andas merodeando, se cerrarán.
—De acuerdo. Descartado un ataque frontal. Creo que tendré que encontrar una manera en la que ellos no sean capaces de ocultarse.
—Buen plan— él sonrió — ¿Dónde está la otra mujer? La que estuvo conmigo todo el tiempo.
—Amina. También está aquí. Ella está bien. —Dile que le agradezco. Ella es muy valiente.
Rachel respiró fuertemente —Lo es. Todos ustedes lo son. Los ojos de Grif estaban cerrados —No dejes a Max sola.
—No lo haré. Lo prometo— Rachel se levantó —Duerme, Grif. Le diré a Max que mantenga la cabeza baja.
Él abrió sus ojos — ¿Podrías llamar a mi esposa? No quiero que el único mensaje acerca de esto, le llegue solamente por los medios regulares.
—Por supuesto. Será un honor. Dime su número. Laurie ¿verdad? —Sí— le recitó un número.
— ¿Hay algo especial que quieres que le diga? —Dile que estoy bien y que todo me funciona.
Ella lo dejó, sabiendo que él protegería a Max cuando vinieran a interrogarlo. Una vez en el exterior, subió a la Humvee y dijo —Me gustaría ir al Cuartel General ahora.
—Por supuesto— dijo Kennedy. Al parecer, Smith no hablaba.
Rachel cerró sus ojos y dejó que el aire fresco del aire acondicionado le revitalizara. Penetrar el muro de silencio iba a ser imposible por su cuenta. No conocía a nadie en la base militar que hablaría con ella. Su padre podría ayudar, pero involucrarlo no era una buena idea, no cuando ella desconocía las razones para la investigación o quién estaba detrás de ello. Además, odiaba llamarlo para solucionar sus problemas. La fatiga le abrumaba y sacudió su cabeza. Aún tenía trabajo qué hacer.
*** —Srta. Winslow— dijo Kennedy.
Rachel se irguió. Dios, tenía que haberse quedado dormida. Miró hacia afuera. El Humvee estacionado frente al Cuartel General —No sé cuánto tiempo estaré.
—La esperaremos.
Rachel salió y se dirigió adentro. Encontró la oficina de Pettit después de unas vueltas equivocadas, llamó a la puerta y el mismo oficial le abrió.
— ¿Señora? ¿Puedo ayudarle?
—Me gustaría ver al Capitán Pettit, por favor.
Él le estudió un segundo antes de mantener la puerta abierta —Si espera un momento, señora— él caminó hacia la puerta interior, tocó y desapareció. Un minuto después regresó y le escoltó hasta la oficina de Pettit.
El capitán se levantó detrás de su escritorio —Srta. Winslow ¿Cómo puedo ayudarle?
—Me gustaría ver a la Comandante De Milles. —La Comandante está en una reunión ahora mismo.
—Una reunión— Rachel luchó por mantener su expresión neutral. Pensó en la eterna calma de su padre, incluso cuando ella sabía que él estaba en plena ebullición y puso algo de ese frío control en su voz — ¿Una reunión que requiere dos policías militares para escoltarla?
Los hombros del capitán se pusieron rígidos —Me temo que no puedo hablar de esto con usted.
—Capitán, yo estaría muerta. El teniente Griffin estaría muerto. Amina Roos estaría muerta y probablemente otros más, si no fuera por la Comandante De Milles. Lo que sea que pasó allí, accidente o planeado, no es algo que ella hizo.
—Como dije, no estoy en libertad de discutir….
—Pensaba que era habitual que el oficial jefe apoyara a sus tropas bajo su mando. No que se transfirieran a agencias externas para ser interrogados.
Un músculo se tensó a lo largo de su mandíbula —Ciertas pruebas han salido a la luz. La Comandante está siendo interrogada, así como varios otros miembros de la misión, como parte del seguimiento de rutina. Eso es todo lo que puedo decirle.
Ciertas pruebas. Bueno, eso le decía que esto iba más allá de la rutina y Pettit probablemente no tenía control sobre ello. Acusaciones políticas, sobre todo, incluso sobre la autoridad militar. Rachel vio la decisión en sus ojos y posiblemente el arrepentimiento. Él no podía ayudarla. Esta ruta estaba cerrada para ella, pero no iba a abandonar a Max sin disparar un tiro.