— ¿Está segura de esto, señora?— preguntó el conductor.
Rachel miró el contenedor gris de metal y trató de imaginar su vida en su interior. Podría tener unos 6 metros de largo… encajaría dentro del garaje de su familia con espacio de sobra para unos cinco coches más. Dos escalones de madera sin pasamanos conducían a una sola puerta con una ventana cubierta de acrílico. A la mitad del largo contenedor, otra ventana estaba cubierta por el fondo de una unidad de aire acondicionado que se extendía varios centímetros. El techo era plano. Como todos los otros contenedores de metal, fila tras fila, alineados a lo largo de dos sucios carriles lo suficientemente anchos como para que circularan dos Humvees en ambas direcciones. Las letras negras estampadas C-19 eran las únicas cosas que lo distinguía de los otros. Tragó saliva —Sí.
— ¿Quiere que la espere?
Ella estudió su entorno a través de las ventanas delanteras y traseras de la Humvee. Podía maniobrar en las calles de una ciudad desconocida con su infalible sexto sentido en cuanto a la dirección, pero sola en este laberinto repetitivo podría vagar eternamente — ¿Dónde estamos, exactamente?
—En la esquina noreste de la Villa de Contenedores… así llamamos ésta parte de la Base.
— ¿Y dónde está la Base de Operaciones?
Él señaló hacia adelante —A veinte o veinticinco minutos en esa dirección, si es una tenaz caminante y no le importa el calor.
—Estaré bien. No hay necesidad de que espere.
Él miró de soslayo más allá de la unidad de contenedores —Sí, señora.
Sonaba tan indeciso como ella se sentía y ésa indecisión fue suficiente para estimularle a salir del vehículo. Ella necesitaba hacer esto —Gracias otra vez por traerme.
—Sí, señora.
Ella dio unos pasos y se detuvo, esperando que el coche se retirara. Él dudó, asintió con la cabeza y finalmente se alejó. Dándose la vuelta, subió las dos escaleras y golpeó a la puerta. Nada pasó.
Realmente no quería llamar la atención porque técnicamente se suponía que ella no debería estar vagando por la Base. Cuando miró hacia atrás, estaba sola. Tocó otra vez — ¿Max?.. Max, soy Rachel.
Por favor, que esté aquí. No sé dónde más buscar.
El sol caía sobre su espalda y cuello, calentando la piel ya demasiado sensible. Había logrado estar más de dos meses en el país sin conseguir una seria quemadura, pero un día haciendo guardia, mientras Max cavaba la trinchera, todo ése cuidado había terminado. La quemadura solar no era un recordatorio bienvenido de dónde había estado
a ésa hora el día anterior. Lo tendría que pensar en algún momento, pero no ahora. Ahora sólo le gustaría olvidarlo.
—Max, por favor. Si estás ahí….
La puerta se abrió unas pulgadas y ella bajó al escalón inferior para hacer espacio para que se abriera. Max estaba parada en la puerta, vistiendo unos boxers y una camiseta a juego. Un vendaje blanco y limpio rodeaba su brazo derecho. Tenía el cabello húmedo y ondeado como Rachel había esperado, cayendo sobre su cuello en vagos rizos que le hacían lucir muy sexy e inesperadamente despreocupada. Sus largas piernas delgadas y bronceadas… otra sorpresa. Sus pies descalzos. Un óvalo verde oscuro entre sus pequeños pechos indicaba un punto donde le había faltado secarse después de la ducha o tal vez era una gota de sudor recogida en el centro de su pecho. Rachel tuvo que alejar su mirada de ese punto y de la imagen de las suaves curvas de piel a ambos lados. Cuando levantó la vista, Max le miraba con un destello rápido de ardor en sus ojos y algo más profundo. Algo hambriento.
—Pensé que te habías ido— dijo Max.
—No lo hice— su corazón latía violentamente —Pensaba que estabas en el Hospital.
—Lo estaba ¿Cómo me encontraste?
—Acosé al pobre médico para que me dijera dónde estabas. Max sonrió irónicamente — ¿Viste a Grif?
—Pregunté… todavía estaba dormido.
—Sip— Max suspiró y pasó una mano por su cabello, rizándolo aún más — ¿Estás bien?
—No muy bien, realmente— Rachel no había pretendido que fuese fácil, pero cualquier pretensión de estar bien después de todo lo que había sucedido, era desperdiciar el tiempo con Max. Ella tenía que saberlo mejor — ¿Puedo entrar?
La vulnerabilidad de Rachel cogió a Max por sorpresa y su primer impulso fue tirar de Rachel dentro y mantenerla a salvo. Pero ahora no estaban en el campamento y las cosas eran mucho más complicadas. Rachel tenía leves círculos oscuros debajo de sus ojos y un cansancio en sus profundidades que Max reconoció y deseó que no tuviera. Su rostro estaba pálido, con excepción de las líneas de quemadura solar sobre el arco de sus pómulos y el cuello. Su cabello castaño relucía con reflejos dorados con porciones de luz atrapados en ellos donde Max quiso enterrar sus dedos para calentarlos. Su uniforme color caqui le quedaba sorprendentemente bien, casi natural y cuando entrecerró los ojos contra el sol, pequeños reflejos irradiaban las esquinas de sus ojos. Era más hermosa de lo que Max recordaba.
—No puedo garantizar mi servicio de limpieza.
Rachel entrecerró los ojos — ¿Adentro está más frío de lo que está aquí? —Tal vez diez grados.
—Suena maravilloso.
Max dio un paso atrás y Rachel entró al contenedor. Aparte de Grif, que algunas veces pasaba para tomar algo rápido después de terminar una tarea, nunca había tenido un visitante. Lo vio como Rachel debía estar viéndolo… inhóspito, impersonal y vacío. Muy parecido a su interior.
—Éste es mi refugio— se abrió camino cuidadosamente hasta la litera, encuadrada por un estante superior con fotos familiares y recuerdos de casa en ése cubículo desnudo. No tenía ninguna foto en la pared u otros artículos que indicaran que allí había vida. Alisó la sábana arrugada sobre la cama y pateó un par de pantalones hacia la esquina. Una botella abierta de whisky descansaba en el piso y como no había mucho que hacer sobre eso, sólo la dejó allí. Señaló hacia la única silla colmada con ropa —Lo siento. No hay mucho donde acomodarse.
—Está bien— Rachel se detuvo a medio camino de la silla —De verdad. Cualquier lugar que no esté plagado de bichos o donde no sea capaz de trabajar porque me van a dar un tiro, está muy bien para mí ¿Te importa si me siento en tu cama?
—No— dijo Max, tratando de averiguar a dónde debería moverse cuando Rachel se sentara en uno de los extremos de la cama. Finalmente, se sentó a su lado.
— ¿Cómo está tu brazo?— preguntó Rachel. —Bien.
—Me sorprendió que te dejaran salir tan pronto.
Max sonrió con ésa sonrisa que Rachel reconoció, un poco arrogante y maltrecha. Rachel se rio y la burbuja de felicidad debilitó algo del dolor en su pecho —Ah… ahora veo. No te dejaron hacer nada. Los amenazaste….
—Vamos, no es tan malo— dijo Max —Tenemos esa clase de actitud aquí. Nadie quiere estar en una cama de hospital y menos por una lesión que no es tan severa como para requerir prolongada recuperación y rehabilitación, todo el mundo es feliz volviendo al deber.
Volver al deber, como si el peligro y el riesgo fuese solo una parte normal de la vida aquí. Para Max, el día anterior había sido probablemente cercano a la rutina. Lo que para Rachel sería una vida terrible de recuerdos era sólo uno de los cientos de horrores que Max había visto. Tocó el brazo de Max — ¿Cuándo volaras nuevamente?
—Tal vez nunca, no en éstos días. Estoy lista para ser enviada de regreso a los Estados Unidos en pocos días, al menos lo estaba. No estoy tan segura ahora.
— ¿Por qué?— preguntó Rachel.
Max vaciló y eso no era propio de ella. Rachel le recordaba siempre sincera y directa. Hizo una conjetura — ¿Esto tiene algo que ver con alguien llamado Carmody?
Los ojos de Max se entrecerraron —Un tipo como de cuarenta, robusto, ojos fríos… ¿definitivamente hostiles?
—Sí, es él… ¿Te molestó?— el tono de Max fue oscuro y matizado con beligerancia.
— ¿Molestarme?— Rachel sonrió. Por un momento, Max le recordó a una novia del Colegio queriendo protegerla de los avances de los chicos no deseados del equipo de fútbol. Una idea tonta, pero la idea le complació —Sí, creo que definitivamente podría decir eso ¿Te molestó a ti también?
Como si leyera su mente, Max se rio y la oscuridad se alejó de sus ojos —Un poco. Rachel suspiró. Deseaba que Carmody fuese tan inofensivo como un adolescente con demasiada testosterona y un ego inflado. Carmody no era un coñazo, era peligroso — ¿Qué crees que está pasando?
—No lo sé. No me dijo mucho— Max tomó su mano —Sin embargo, no debería tener nada que ver contigo. Eres un civil e imagino que irás a casa muy pronto.
—No, no ahora mismo— Rachel deslizó sus dedos entre los de Max, en una conexión tan natural que casi no se dio cuenta que lo había hecho —Quiero ir a nuestra sede en Mogadishu. Necesito darle seguimiento a nuestro equipo para asegurarme de que todos están bien.
Max frunció el ceño —Sabes, es posible que la ráfaga de ayer hubiese ido contra ti. Mogadishu sigue siendo un lugar bastante difícil. Tal vez deberías reconsiderar ese viaje. —No puedo imaginar por qué tendría que haber sido el objetivo. He estado allí semanas y nadie me prestó la menor atención.
—No lo sabes. Y estos grupos son impredecibles… nunca se sabe lo que tienen planeado.
—No tomaré riesgos— dijo Rachel, apreciando la preocupación de Max. Max, a diferencia de su padre, no le había dicho qué hacer, a pesar de que podía ver que Max estaba preocupada —Lo prometo.
—Mucha gente parece estar interesada en ti— Max acomodó ambas manos unidas sobre su rodilla desnuda — ¿Quién eres, Rachel?
Rachel encontró la mirada tranquila de Max. Sus ojos eran tan azules, tan fáciles de adentrarse en ellos. Rachel contuvo el aliento ¿Quién era ella? Esa era la pregunta ¿no? Para su padre ella era una hija testaruda y problemática que no compartía sus convicciones. Para su madre era la hija decepcionante que rechazó los valores de su madre y se negó a seguir sus pasos. Para las mujeres que supuestamente le habían deseado, era como un trofeo o un escalón para subir. Sólo aquí fuera se había sentido alguna vez como ella misma. Solamente Max le había visto —Sabes quién soy ¿no es así, Max?
—Bueno, sé algunas cosas— dijo Max, sintiendo el peso de cada palabra. Sabiendo de alguna manera que lo que dijera importaba más que lo que alguna vez le hubiese dicho a alguien. La intensidad en la mirada de Rachel era casi una súplica —Sé que no tienes miedo de enfrentar el peligro. Sé que eres terca e independiente. Sé que eres leal a tus amigos y comprometida con tu misión. Y sé…— Max se detuvo, buscando el límite que no debía cruzar. Estaba cansada pero sólo había tomado un trago antes de decidir que
preferiría pensar en Rachel a olvidarse de ella y sabía lo que estaba diciendo. Lo que quería decir —… sé que eres realmente hermosa. Me gusta especialmente la manera cómo cambia el verde de tus ojos cuando estás enojada o cuando estás…— se detuvo. Tal vez ése era el límite.
— ¿Qué?— preguntó Rachel — ¿Cuando estoy que, Max?
El zumbido del aparato del aire acondicionado parecía el ruido de los insectos entre la maleza. El contenedor estaba poco iluminado, el aire era pesado, como el crepúsculo en la selva. Podrían estar a un centenar de millas de distancia de la civilización, solo ellas, solas, en un mundo atemporal, eterno.
Los labios de Rachel se separaron y los humedeció con la punta de su lengua. Sostuvo la mirada de Max y rozó suavemente con sus dedos la piel desnuda del muslo de Max — ¿Max? ¿Mis ojos están cambiando de color ahora?
—Sí.
— ¿Y sabes por qué, verdad?— susurró Rachel.
Max tragó saliva. Su piel se encendió donde descansaban los dedos de Rachel y el calor quemaba a lo largo de su columna vertebral y se cocía a fuego lento en su vientre. Sus dedos, sus labios, sus pezones se estremecieron. Estaba agitada. Acelerada. Abrumada.
—Necesito besarte.
Los labios de Rachel se alzaron en las esquinas y el verde bosque de sus ojos centellaron con más luz que la del sol — ¿Lo necesitas?—
Max se inclinó hasta que su boca estuvo a milímetros de la de Rachel —Tanto que de lo contrario....
— ¿Qué...?
—Ciertas partes de mí podrían estallar en llamas.
Los dedos de Rachel se deslizaron debajo del borde inferior de los boxers de Max. Su palma presionó el muslo de Max. Su pecho rozó el brazo desnudo de Max. Sus labios se posaron en la mandíbula de Max —No se supone que te enciendas hasta después de besarme.
—Besarte no me encendería— el pecho de Max se sentía como si una granada estuviese a punto de estallar dentro —Creo que...— ella jadeó. Estaba tan caliente por todas partes. Tan ardiente, tan reseca, tan caliente como la tierra que había sellado su alma. Los labios de Rachel se sentían tan bien contra su piel —Creo que besarte sería como caer en agua fresca y clara.
—Descúbrelo— murmuró Rachel.
Max gimió suavemente y cubrió la boca de Rachel con la suya. Rachel se inclinó sobre ella y sus labios se acomodaron contra los otros, encajando, intercambiando suavidad por suavidad. La punta de la lengua de Rachel rozó la superficie del labio inferior de Max y se alejó demasiado pronto. Max deslizó su mano sobre la parte posterior
del cuello de Rachel y la mantuvo así, cambiando el ángulo de su beso, tirando del labio inferior de Rachel entre los suyos, saboreando la plenitud sedosa entre sus dientes.
Rachel gimió suavemente y se apretó más hasta que Max se apoyó en un codo y tiró de Rachel hacia abajo. Rachel se extendió sobre su pecho, ambas con los pies todavía en el suelo, sus manos y bocas presionando y buscando. Rachel casi estaba encima de ella, entonces Max gimió.
Rachel jadeó y trató de sentarse —Oh Dios, tu brazo ¡Olvidé tu brazo!.
—Mi brazo está perfecto— Max tiró de la boca de Rachel hacia la suya. Ella había estado muy bien. El beso de Rachel fue como deslizarse desnuda en el lago de una montaña cristalina, enérgica y refrescante e increíblemente emocionante. Cada célula vibraba con energía, sus terminaciones nerviosas cosquilleaban. Se sentía limpia y viva en lugares que no se daba cuenta habían estado insensibles y sin vida. Quería estar desnuda. Quería a Rachel encima de ella, bajo ella, deslizándose sobre ella como el agua en una cascada hacia abajo en una ladera de la montaña. Quería perderse en ella.
Rachel levantó la camiseta de Max y acarició su estómago, haciendo que las caderas de Max se elevaran y su clítoris se tensara debajo del fino algodón de sus boxers. Rachel se tomó su tiempo explorando el cuerpo de Max, lentamente bordeando la camiseta hacia la parte inferior de sus pechos, deslizando sus dedos arriba y abajo sobre el centro de su vientre. Max se obligó a no moverse, para dejarle mirar y tocar, para exponer lo que mantenía oculto. Cuando el pulgar de Rachel rozó debajo del algodón y sobre su seno, ella se estremeció.
—Rachel, no puedo….
—Dios, tienes un cuerpo hermoso— la mirada de Rachel estaba centrada en el cuerpo de Max, con una expresión intensa. Cuando levantó la mirada, el hambre en sus ojos robó el liento de Max —No puedo creer lo increíble que eres. Quiero verte desnuda.
—Rachel....
—Lo sé— los ojos de Rachel ardían en los de ella —Es una locura. Lo sé. No hago este tipo de cosas… no, eso es una mentira, lo hago. Pero nunca así. Dios, Max. Nunca quise tocar tanto a alguien.
—Es….
Rachel presionó los dedos en la boca de Max —No me importa lo que es. No me importa si es la secuela del estrés o la reafirmación de la vida o reírse de la muerte. No me importa nada de eso. Creo que eres hermosa y sexy y fuerte. No creo que haya estado tan excitada en mi vida. No dejes de besarme.
—No lo haré— Max no se pudo detener. Si alejaba a Rachel, la última lucha marchitaría el remanente de su alma y no sería nada más que una cáscara. Arrastró a Rachel sobre la cama hasta que estuvieron frente a frente sobre la rugosa sábana militar, corazón a corazón, cuerpo a cuerpo. Ella le besó —No me detendré hasta que me lo pidas.