Max había regresado a suelo estadounidense diez días atrás, de regreso en Nueva York la mitad de ese tiempo y de regreso al trabajo cerca de veinticuatro horas. Pudo haber pospuesto su regreso al hospital por unas cuantas semanas más, pero ¿para qué? ¿Qué iba hacer si no estaba trabajando? Su apartamento en la Villa tenía una cocina de tamaño razonable, un baño decente con buena presión de agua y una pequeña salita… combinada con un área para dormir. Perfectamente adaptado a sus necesidades, pero no era un lugar donde quisiera pasar mucho tiempo. Dormía allí, cuando dormía. Cuando regresaba después de un turno, se duchaba, recalentaba la comida que quedaba de la cena anterior, dormía si podía o se iba a correr si no podía dormir y luego de regreso al trabajo. Su verdadera casa era la sala de emergencias. Estaba más a gusto en los pasillos del hospital que en cualquier lugar que hubiese llamado hogar… excepto las calles de tierra en su unidad en el desierto. Las personas estaban más cerca de ella que cualquier familia… excepto los compañeros de sus tropas. Claro, no estaba muy cerca de ninguno de los médicos, enfermeras y técnicos que veía todos los días, pero los conocía y ellos le conocían lo suficiente como para saludarse y pasar el tiempo con conversaciones casuales. Tenía contacto humano. Tenía una comunidad. Tenía algo para despejar su mente de lo que no tenía. Así que había hecho los arreglos para regresar a trabajar incluso antes de haber terminado los procedimientos de su separación en Lejeune.
Ahora, finalizando su primer turno, parte de ella al menos sentía que había llegado a casa. La noche había estado ocupada. Generalmente trataban a los pacientes con emergencia en el área de trauma y los atendían hasta que caía la oscuridad, que traía con ella el dolor y el miedo ante la actividad de la Bahía. Se mantenía ocupada, en cuerpo y mente, por largos períodos cuando no tenía tiempo para pensar en nada más. En los tiempos libres, cuando se detenía por un café o esperaba por el siguiente paciente, pensaba en los que había dejado atrás. Grif y Amina. Y Rachel. Y la oscuridad se arrastraba en su alma y también traía dolor con ella.
Alejando los pensamientos que no podía cambiar, firmó el alta del caso de laceración facial que había reparado y dejó caer el gráfico en la caja archivadora. Revisó la pizarra en busca de otros casos relacionados con cirugía y vio que habían traído un herido de bala cuando estaba en la sala de sutura. La herida debía ser superficial si ellos habían redirigido al paciente a la sala de urgencias y no directamente a Trauma. Tomó nota del número de habitación y se dirigió hacia allá. La cortina estaba entreabierta y ella miró dentro. Un joven hispano, de dieciocho años según su informe, yacía bajo las sábanas blancas con su brazo izquierdo levantado y un vendaje ensangrentado envuelto alrededor de su mano. Nadie más estaba en la habitación.
—Sr. Díaz— dijo cerrando la cortina tras ella cuando entró —Soy la Dra. De Milles. ¿Qué pasó?
Ella elevó una ceja e hizo un gesto con una inclinación de su cabeza hacia su mano —Adivino que algo pasó.
—Mala suerte. Lugar equivocado, hora equivocada.
—Ya sé cómo es— murmuró ella — ¿Es el único lugar donde te dieron? —Sí ¿No es suficiente?
— ¿Te importa si echo un vistazo? — ¿Eres quién lo va a arreglar?
—Tal vez. Depende de lo malo que esté.
Él dejó escapar un suspiro —Está bien ¿Por qué no?
Ella sacó unos guantes de una caja de cartón sobre el mostrador al lado del fregadero, se los puso y desenredó sus vendas. Mientras se acercaba al puño de gasa pegada en la palma de su mano, dijo —Esto probablemente dolerá un poco ¿Estás listo?
—Por supuesto— dijo él con voz casi aburrida, pero su cuerpo se tensó bajo las sábanas.
Ella gentilmente se deshizo de la gasa e inspeccionó la herida. Un agujero redondo y limpio en el centro de la palma de la mano, cubierto de sangre alrededor de los bordes. Su pulgar y los dedos estaban colocados en una posición natural como si él sostuviese una botella. Eso era bueno. Si hubiese cortado los tendones o los nervios, los dedos estarían flojos, como si las cuerdas de una marioneta hubiesen sido cortadas, haciendo que las extremidades colgaran flácidamente. Ella levantó su muñeca y le volteó la mano. La salida de la herida en la parte superior era considerablemente grande, casi dos veces tan grande como una moneda de un cuarto y los bordes desiguales. Con una gasa limpia limpió partes del coágulo. Tendones blancos como finas ligas eran visibles en la profundidad de la herida.
— ¿Puedes enderezar los dedos?
—Duele un montón— sus dedos no se movieron.
—No me sorprende. Pero si esos tendones no están rotos, podremos limpiar aquí y podrás irte. Si tienes el nervio o el tendón dañado, necesitarás un viaje al quirófano. Y entonces estarás por aquí un rato.
—Al diablo con eso— murmuró él y lentamente enderezó los dedos. —Bien ¿Puedes cerrarlos? Hazlo lento.
Una vez más, él flexionó lentamente sus dedos contra la palma de su mano.
—Es suficiente— ella probó la sensación en las yemas de los dedos y pensó en la suerte. Ésa lesión tenía todos los indicios de una herida defensiva, como si él hubiese puesto su mano para detener la bala. Y tal vez lo había hecho. Pero la bala no dañó su mano ni su cabeza o el pecho o alguna otra parte vital de su cuerpo. Parecía haber atravesado su mano sin lesionar nada más en absoluto. No sólo eso, ninguna de las
estructuras vitales en ésa increíble anatomía compleja de su mano había sido dañada. La herida no era más peligrosa que una profunda laceración… dolorosa, pero nada que amenazara de muerte o debilitara a largo plazo. Él había tenido suerte. Ella había estado sentada al lado de hombres que de repente caían muertos por una bala que bordeaba bajo sus cascos y explotaba sus cabezas. Ella había visto tropas cubiertas por una niebla sangrienta, por un paso en falso en una carretera supuestamente segura que había sido despejada por perros-bomba y barredoras. Sólo mala suerte. Ella había volado bajo fuego, saltado en zonas calientes, estado a centímetros de distancia de vehículos que habían sido pulverizados por artefactos explosivos improvisados y aquí estaba, como si nunca hubiese ido. Sana y salva, no obstante, cambiada.
— ¿Así que va a estar bien?— dijo él, con la incertidumbre en su voz.
Max despejó el recuerdo del desierto, de la selva y regresó nuevamente a la habitación brillantemente iluminada. La oscuridad se alejó con un aullido con la promesa de volver.
—Sí. Va a estar bien. Primero, vamos a poner tu mano en una vasija con algo de Betadine para limpiarla. Las enfermeras te darán algo para el dolor antes de empezar. Después la lavaremos y limpiaremos un poco y te recetaré antibióticos.
—Entonces… ¿cuánto tiempo pasará antes que mejore? — ¿Eres zurdo o derecho?
—Zurdo— dijo él, indicando la mano herida.
Se preguntaba qué estaría pensando en sostener otra vez… ¿un arma, un violín, un niño? No lo conocía, no como había conocido a Grif y a Rachel. El dolor de recordar hizo una rápida aparición y ella lo alejó otra vez. Ellos no la necesitaban ahora. Grif estaría probablemente en un hospital en los Estados Unidos con Laurie sosteniendo su mano. Y Rachel… Rachel estaría viviendo su vida lejos del peligro. Max miró al ansioso chico, ahora él era su responsabilidad —La herida sanará en un par de semanas. Tendrás rigidez y dolor, pero una vez que el tejido blando esté curado, te sentirás mejor.
—Sí, está bien— él se relajó contra la almohada y cerró sus ojos —Tú hazlo, hombre. Yo estoy bien.
—Sí. Lo estás— Max salió a buscar una enfermera para medicarlo y así poder irrigar la herida y cerrarla.
Lo que quedó de noche transcurrió sin incidentes y a las siete se encontró en la cafetería con su reemplazo, un hombre grande con la personalidad de un oso de peluche. —Así que… vi el artículo en el periódico el otro día— dijo Ben Markowitz después de que Max terminó de ponerlo al día con los pacientes que estaban esperando el resultado de las radiografías, las pruebas de laboratorio, o por las cirugías urgentes pero no críticas.
—Uh- huh— dijo ella, esperando que eso fuera el final.
—En serio, esa fue una historia increíble. Yo... no quiero decir las cosas equivocadas, pero no sé… siento que debería darte las gracias.
Max bajó los expedientes y miró su rostro bien intencionado. Sus ojos azules eran suaves y compasivos, sus rasgos suaves. Una ola de enojo le atravesó, sorprendiéndola por su calor. Nadie habría sabido lo que ella había hecho si no hubiese sido por lo que Tom Benedict escribió sobre el rescate… y él no lo habría sabido si Rachel no le hubiese comprometido. Ella habló con controlada calma —No es necesario. No hice más de lo que otras miles de personas también han hecho.
—Estoy seguro que es cierto, pero tu historia lo hace real, Max. Para mí, para mucha gente. Y eso es importante— él se inclinó hacia adelante con seriedad. —Es importante poner un rostro humano en el costo de todo. Eso es lo que lo hace real.
—Real— murmuró Max. Había visto la historia, visto las fotos que el fotógrafo de Benedict había tomado al final de la entrevista, de ella y de Rachel posando juntas. Había leído lo que había pasado en la selva, pero la narración de ello… sin importar qué tan preciso había sido Benedict… filtraba los acontecimientos. Incluso las descripciones de los muertos eran impotentes frente a la verdad. Rachel… descubrió en el artículo… era Rachel Winslow Harriman, hija del Secretario de Estado. Eso finalmente armaba el rompecabezas, el por qué los Halcones Negros habían sido desplegados para extraer a los miembros de la Cruz Roja, particularmente a Rachel. La visita sorpresa de su padre al Medio Oriente probablemente estaba relacionado con ello. Y ahora Rachel viajaba con su padre mientras recorría la zona de guerra, evaluando la necesidad de retraer a las tropas o redistribuirlos o simplemente levantarles la moral.
Max no había sabido nada de eso cuando Rachel y ella habían pasado horas juntas preparándose para otro ataque. No lo había sabido cuando Rachel llegó a su unidad y había encontrado consuelo en sus brazos y placer en su cuerpo. El artículo no lo hacía real para ella porque nada de eso tuvo algo que ver con lo que le importaba.
—Como dije…— dijo Max —… cosas como ésas suceden todo el tiempo allá afuera. Allá hay miles de héroes. No merezco nada especial.
Él asintió solemnemente —De acuerdo. Bien, Me alegra que estés de regreso. Ella tomó una respiración profunda y dijo lo que él necesitaba oír —Gracias. Yo también.
Quizá algún día eso sea cierto.
Max le deseó a Ben un cambio de turno tranquilo, recogió sus cosas y salió a la mañana. Parpadeó ante la luz del sol, sorprendida como siempre al darse cuenta que otro día había comenzado, cuando había pasado la noche encerrada en un mundo que bien podría haber sido una galaxia lejana de la vida que pasaba afuera del hospital. Había cuarenta cuadras hasta su casa, pero le gustaba caminar y se dirigió en ésa dirección.
— ¿Max?
Max se detuvo, insegura de haber escuchado su nombre. Se volteó y vio como Rachel entregaba dinero a un taxista, recogía una maleta y caminaba hacia ella.
— ¿Rachel?— esperó, respirando lenta y cuidadosamente, temerosa de perturbar el aire y disipar la aparición.
—Sí— Rachel dejó su maleta a pocos metros de Max y retiró el cabello de sus ojos. Su mano temblaba. Estaba pálida, con círculos bajo sus ojos y cansancio en las líneas alrededor de su boca. Lucía más delgada, atormentada, como un fantasma en uno de los sueños de Max.
— ¿Estás bien?— Max hizo una mueca —Pregunta tonta. Lo siento. Simplemente no esperaba verte— Nunca.
—Sí— dijo Rachel —Lo siento por eso. Acabo de pasar 18 horas en un par de aviones. Perdón por irrumpir de ésta manera. Pero… tenía que verte.
—Pensaba que aún estabas en Mogadishu.
Las personas pasaban a su alrededor, rodeándoles como si ellas estuviesen en una isla en medio de un río que corría acelerado. Max temió que Rachel fuese atrapada por la corriente y que en cualquier momento desapareciera. Quería aferrarse a ella… mantenerla cerca.
—Lo estuve hasta ayer por la noche. No pude salir antes. Mi padre….
—Sí… leí en el periódico acerca de su visita sorpresa a las Bases. Decía que viajaste con él.
La mirada de Rachel recorrió el rostro de Max —Una parte del viaje. Él quería que le acompañara. Relaciones Públicas. Supongo que no necesito explicarlo— ella se estremeció y sacudió su cabeza —Bueno… al menos eso no. Muchas otras cosas si.
Max deslizó sus manos en los bolsillos de sus pantalones negros —Rachel, no necesitas explicarme nada.
La mirada de Rachel lucía más cansada de lo que Max recordaba. Herida de una manera diferente que cuando estuvieron en medio de todo el terror. Quiso acariciar con sus pulgares las huellas bajo los ojos de Rachel y alejarlas. Quería sanarla como a veces sanaba a otros, sólo que ésta necesidad de borrar ese dolor era mucho más profunda como nunca antes.
—Por favor, Max— Rachel dio un paso acercándose a Max y tomó su brazo con dedos cálidos y suaves —Sé que no es algo que quieras escuchar, pero si me dejaras explicar….
—No vas a dar ninguna explicación hasta que hayas comido y dormido— Max no pudo soportar la tristeza en la mirada de Rachel. Acunó la barbilla de Rachel — ¿Qué tal si te preparo el desayuno?
Rachel sonrió y emitió un pequeño sonido que fue mitad risa y mitad sollozo — ¿Aún sigues cuidando de mí, Comandante De Milles?
Max recogió la maleta de Rachel —Tanto como me lo permitas.
—Podría haber ido a casa— dijo Rachel, sin moverse —Mi apartamento está en las afueras, pero vine aquí porque sabía que era el único lugar donde podrías estar. No he estado durmiendo bien.
—Está bien— dijo Rachel.
Max se bajó de la acera, hizo un gesto para llamar a un taxi y cuando se detuvo, regresó por Rachel. Sostuvo la maleta y deslizó su brazo alrededor de la cintura de Rachel. Sostenerla fue lo primero que sintió era totalmente correcto desde que abandonó Djibouti — ¿Mi casa te parece bien?