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Amor y fecundidad
Adrián Alberto Aguilera Arámbula
*Resumen
Para el hombre de nuestro tiempo, marcado por una anti-cultura de la indiferencia y del descarte, cuesta mucho trabajo percibir el vínculo entre amor y fecundidad, sobre todo en el plano de la sexualidad en su relación tanto con el amor, por un lado, como con la procreación, por otro. El Papa Francisco, en Amoris Laetitia, propone una presentación positiva de esta realidad, para contri-buir con ello a la superación de esa peligrosa esquizofre-nia que amenaza a nuestros coetáneos y que se expresa en la paradoja de experimentar, una gran necesidad de amor y de comunión, mientras que nos dejamos ence-rrar por estilos de vida marcados por el egoísmo. En el amor hay infinitamente más que amor, puesto que es siempre fecundo –algunas veces también en el sentido biológico en la medida que abre la posibilidad para que los esposos se conviertan en colaboradores del creador en la procreación y educación de los hijos–, el amor es, en definitiva, la fuerza que mueve al mundo, estímulo irresistible para toda clase de heroísmos. En este artí-culo se reflexiona sobre la fecundidad del amor, a la luz de la exhortación apostólica sobre la alegría del amor.
Palabras clave: Papa Francisco, Amoris Laetitia, Fecun-didad, Amor, Misericordia.
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Love and fertility
Summary
For people of our time, marked by the anti-culture of “no deposit, no return” and outright indifference, it is extre-mely difficult to perceive the link between love and fer-tility, especially in terms of sexuality in its relationship both with love, on the one hand, and with procreation, on the other. Pope Francis in Amoris Laetitia proposes a positive presentation of this reality, to thereby contri-bute to overcoming this dangerous schizophrenia that threatens our peers and is expressed in the paradox of experiencing a great need for love and communion while we allow ourselves to enclose ourselves in lifestyles mar-ked by selfishness.
In love there is infinitely more than love, since it is always fruitful - sometimes also in the biological sense to the extent that opens up spouses to the possibility to become creative collaborators in procreation and in the education of their children - love is ultimately the force that moves the world, irresistible catalyst for all kinds of heroic activity. This article reflects on the fruitfulness of love, in the light of the Apostolic Exhortation on the joy of love.
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E
1967, Jean Guitton nos ha dejado una especie deretrato del alma del Papa Montini. Mientras tenía lugar la minuciosa investigación que precedió a la
publicación de la encíclica Humanae vitae, del 25
de julio de 1968, y tras un largo proceso de reflexión para escoger las frases exactas y el modo que mejor expresara el pensamiento
del entonces Vicario de Cristo, el autor intenta presentar, a través de un diálogo con el Papa, los principios eternos del cristianismo aplicados a este momento tan agitado y tan decisivo de la historia humana2. Entre las páginas 297 a 315 se reproducen, tras el suge-rente título de “rayos de luz sobre cuestiones candentes”, algunas conversaciones sobre el amor, en el que el filósofo francés y el Papa “intercambian” puntos de vista sobre este importante tema, sobre el cual -como sobre todas las cosas de las que depende el sentido de la vida- conviene más guardar silencio y dejar espacio a la con-templación, que dar lugar a una irrespetuosa palabrería, producto de la superficialidad y, por qué no, de la arrogancia. Unas líneas de este diálogo pueden servir de punto de partida para lo que sigue:
“Los vínculos entre el amor y la fecundidad son muy fuertes (…) Todo auténtico amor, todo amor que no sea egoísta, tiende al a creación de un ser, fruto de su amor (…) El amor se orienta a la fecundidad”3.
1 Dialogues avec Paul VI. Traducción castellana: GUITTON, Jean. Diálogos con Pablo VI.
Madrid: Encuentro, 2014 (Traducción de José María Valverde y Andrés Bosch).
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De este modo, Pablo VI anunciaba un tema que será profundi-zado más tarde en el marco de la publicación de la ya mencionada
Humanae vitae y al que el Magisterio y la Teología posteriores han
vuelto continuamente. Si el bien es “diffusivum sui”4, y el amor es de los bienes el más excelente, necesariamente se ha de considerar la fecundidad que emana del amor y la plenitud que experimenta la persona que ama. Se podría decir, si se considerara al amor humano como una especie de diamante, que la fecundidad sería una de sus caras, es decir, entre amor y fecundidad hay una relación esencial. Algunas ideas claves que expresan el pensamiento del entonces Papa, en lo que respecta a esta cuestión nos las presenta Guitton
del modo siguiente:
“Por medio del matrimonio y la familia, Dios ha unido sabiamente dos de las más grandes realidades humanas: la misión de transmitir la vida, y el amor del hombre y la mujer (…) Dios quiso que los esposos participen del amor que Él tiene por cada uno de los dos, del amor por el cual Él les llama a ayudarse mutuamente a fin de alcanzar la plenitud de su vida personal; y, al mismo tiempo, debido a que los dos amores son inseparables, quiso que participaron en el amor que Dios tiene de toda la humanidad, y, por cuya fuerza, desea que los hijos de los hombres se multipliquen, a fin de hacerles gozar de su vida y su dicha”5.
Sucede con estas frases lo que con tantas otras de esta misma hondura: la evidencia con que expresan estas verdades, sin la fan-farronería del que disimula su ignorancia tras un velo de palabras pomposas, ocultan fácilmente el hecho de que su contenido no es de ningún modo baladí, es tal la sencillez que reviste estas pala-bras, que podría dar la impresión de que se trata de cosas sabidas por todos, pues encuentran eco en el corazón de cada uno. No obs-tante, el lector atento encuentra en ellas tal elocuencia, que hace que merezca la pena volver a meditarlas una y otra vez, para dar
nuevo lustre y vigor a la verdad en ellas contenidas: “Por medio del
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matrimonio y la familia, Dios ha unido sabiamente dos de las más grandes realidades humanas”6, dos de las aspiraciones humanas
fundamentales: la aspiración a experimentar un gran amor –amor que se da y se recibe– y la aspiración a ser fecundo, y, por qué no, a dejar huella.
La reciente publicación de la exhortación apostólica Amoris
Laetitia7, con la que el Santo Padre Francisco ha querido que
cul-mine el proceso de reflexión que ocupó la atención de toda la Iglesia –y de muchos otros sectores– en torno a la celebración de la blea extraordinaria del sínodo de los Obispos en 2014 y de la Asam-blea ordinaria de 2015, sobre el tema de la vocación y misión de la familia en nuestro tiempo, ha dado ocasión de volver a
conside-rar estas cuestiones, adoptando para ello nuevas perspectivas. Nos encontramos con una novedad en el tratamiento de estos temas,
no solo por el desarrollo en su comprensión, sino también porque estamos inmersos en un contexto completamente nuevo, las cien-cias humanas y el desarrollo de la filosofía y la teología nos obligan a tratar de un modo nuevo y con un lenguaje apropiado las cues-tiones fundamentales del amor humano y de la sexualidad, y nos demandan, por otro lado, crear espacios de diálogo en que conver-gen tanto las distintas disciplinas, como la experiencia, procurando que en la orientación que se dé a tales cuestiones se den cita aque-llas verdades perennes de la tradición cristiana con los aportes del
pensamiento actual.
El objeto del presente escrito consiste en recoger algunas de las reflexiones en torno a la relación entre amor y fecundidad o, mejor dicho, a la fecundidad del amor que han sido objeto de consideración en el magisterio pontificio del Santo Padre Fran-cisco. Como hiciera en su tiempo Pablo VI, nos podemos pregun-tar también nosotros lo siguiente: ¿se puede seguir defendiendo el vínculo entre sexualidad y procreación?, ¿son el amor y la procrea-ción diversos fines del matrimonio?, ¿no debe estar la procreaprocrea-ción
6 Ibíd.
7 FRANCISCO, Amoris Laetitia. México: Buena Prensa, 2016. En adelante se referirá
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vinculada más a la razón que la biología?, ¿la apertura a la vida no podría entenderse como una disposición genérica aplicable a la vida conyugal en conjunto, más que a cada uno de los actos sexuales de una pareja? Aunque el objeto del presente escrito no se limita a la cuestión de la relación entre amor, sexualidad y procreación, sino
que se refiere antes que nada a la fecundidad del amor, fecundidad8
que implica también la fecundidad biológica, aunque no se limita a ella. Aquí se quiere hacer una presentación en positivo, de la rela-ción amor-fecundidad, una presentarela-ción que permita destacar los
aspectos luminosos y atrayentes de este binomio, en sintonía con lo
que sugiere Francisco, sobre todo en Amoris Laetitia: una propuesta
positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio9.
Para cumplir el objetivo propuesto, se va a proceder en tres momentos, que marcan la ruta que ha de seguir este escrito: en pri-mer lugar vamos a situarnos en el contexto cultural e intelectual en que vivimos, un contexto marcado fuertemente por una peligrosa
separación entre amor y paternidad10, un contexto que en muchos
sentidos es el resultado de una auténtica filosofía del egoísmo. En
un segundo momento, y de cara a un tratamiento más completo de
la presentación que hace Amoris Laetitia de un “amor que se vuelve
fecundo” (como reza el título del capítulo quinto), se ha de tener en cuenta algunas claves de lectura del documento que tienen
impor-tantes implicaciones para entender adecuadamente cada uno de
los temas en ella tratados. Finalmente y aprovechando las bases sentadas anteriormente, se ofrecerá un acercamiento –a modo de síntesis– a la cuestión de la fecundidad del amor, para proceder finalmente a las conclusiones.
8 En algún contexto se ha llamado “generatividad” a esta concepción amplia de la
fecundi-dad que aquí proponemos.
9 AL, n. 38.
10 Contexto en el que a nadie le causaría ningún problema entender a la sexualidad
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LA GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA Y DEL EGOÍSMO
La situación a la que nos enfrentamos presenta matices muy diversos, con relación a la que tenía delante de su mirada el Papa Pablo VI, hoy por hoy la relación entre amor y fecundidad ha ter-minado por desdibujarse en la conciencia colectiva, ello obedece
a motivos diversos. En nuestro tiempo ese vínculo no resulta evi -dente para una gran parte de la humanidad, y los pronunciamientos favorables a salvaguardar la unidad profunda entre amor y fecun-didad no son para nada elocuentes para el oído del hombre con-temporáneo. Las causas de este fenómeno son diversas y comple-jas, hunden sus raíces muchas veces en el egoísmo humano y en el
espíritu del mundo.
Desde la primera visita que hizo fuera de Roma, la histórica visita a Lampedusa, el Papa Francisco ha advertido sobre uno de los más grandes peligros que azota como una plaga a la cultura con-temporánea, se trata de lo que él ha definido como “la globalización de la indiferencia”:
“La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en noso-tros mismos, nos hace insensibles al grito de los onoso-tros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalizaciónn de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalizaciónn de la indiferencia”11.
En repetidas ocasiones se ha referido el Papa a esta tentación del hombre moderno: la tentación de cerrarse en su propio mundo, de ceder ante la anti cultura del descarte, ante la globalización de la indiferencia; esta situación es uno de los productos maduros de la dictadura del relativismo y desemboca en un estilo de vida que no reconoce nada como definitivo, nada excepto el propio yo y sus
11 FRANCISCO, Homilía, 8-VIII-2013. En: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/
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caprichos12. Benedicto XVI había advertido sobre esta situación,
poniendo de relieve su inexorable paradoja:
“Se aprecia con frecuencia una relación entre la
reivindica-ción del derecho a lo superfluo, incluso a la transgresión y al
vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios ele-mentales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y
también en la periferia de las grandes ciudades”13.
Esta propuesta ya no es utópica, como lo sería en su momento el ideal marxista: no podemos pretender que la gente esté dispuesta a renunciar a los bienes que ha adquirido, habría que optar más
bien por técnicas encaminadas a reducir el número de comensales
a la mesa de la humanidad. Se trata, en la teoría y en la práctica, de
una auténtica filosofía del egoísmo14 que no reconoce al otro como
un bien, que no reconoce el amor como el camino de la vida, sino que propone absolutizar las propias aspiraciones, y ve al otro como
un competidor que limita nuestras posibilidades y libertad15, y que
se decanta por actitudes utilitaristas que desembocan en la instru-mentalización de los demás. El don de sí no se considera una pers-pectiva atrayente, no se piensa que uno pueda enriquecerse en la medida en que se entrega.
Esta filosofía, que se ha apoderado del pensamiento y de la
vida de una gran cantidad de personas a nuestro alrededor tiene
12 Cf. RATZINGER, Joseph. Homilía de la misa pro eligiendo pontífice, 18-IV-2005. En: http://
www.vatican.va/gpII/documents/homily-pro-eligendo-pontifice_20050418_po.html. Consultado el 15 de julio.
13 BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate. México: San Pablo, 2009. La cita corresponde al
número 43.
14 Cf. RATZINGER, J., en el Prólogo de SCHOOYANS, M. El evangelio frente al desorden mun-dial. La respuesta científica de la Iglesia frente a los grandes debates políticos actuales
sobre bioética. México: Diana, 2000.
15 Jean Paul Sartre ha presentado de manera genial esta forma de pensar en su “A puerta
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repercusiones a la hora de entender el amor humano y su relación con la sexualidad y la procreación. En efecto, la palabra “amor” es una de las que, en el contexto actual, más se usa y, por tanto, una de
las que más se abusa16, como ha puesto de relieve Benedicto XVI, en
su encíclica programática. San Francisco de Sales ya había adver-tido sobre este peligro que parece es una tentación constante en la historia humana, la tentación de vivir para sí mismo, que tiene dis-tintas manifestaciones según cambien los escenarios: “Se abusa de la palabra amor, se la envilece; el amor es de una belleza
incompa-rable, y, por eso, hay que protegerlo”17. La reducción de la
concep-ción del amor a puro sentimientos sin ningún tipo de referente, es la consecuencia necesaria de un mundo sin referencia a la verdad; sin referencia a la verdad que libera, el amor se reduce a un envol-torio vacío que se rellena luego de modo arbitrario:
“En realidad, el amor no se puede reducir a un sentimiento
que va y viene. Tiene que ver ciertamente con nuestra afec-tividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene nece-sidad de verdad. Solo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad
del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino común. Si el amor no tiene nada que ver con la verdad,
está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba
del tiempo. El amor verdadero, en cambio, unifica todos los
elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al ‘yo’ más allá de su
ais-lamiento, ni librarlo de la fugacidad del instante para edificar
la vida y dar futuro”18.
16 Cf. BENEDICTO XVI. Deus caritas est. México: San Pablo, 2005. Véanse, por ejemplo, los
números 1 y 2.
17 Citado en GUITTON, L. Op. cit., p. 302.
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Todos los presupuestos de la globalización de la indiferencia, que conducen al rechazo de lo humano en cuanto tal, tienen conse-cuencias monstruosas y generan estructuras profundamente inhu-manas; debido a esta forma de vivir, a la globalización de la indi-ferencia, el mundo se autodestruye, lo constatamos con nuestros propios ojos. Mucha gente en torno nuestro necesita anestesias para poder vivir. La soledad y el sinsentido se han generalizado, con
incalculables consecuencias tanto para la vida privada como para
la vida pública. Esta filosofía del egoísmo conlleva, también que la sexualidad se considere como una especie de droga voluptuosa de la que se abusa.
Amoris Laetitia dedica todo un capítulo, el segundo, a conside
-rar la situación actual de las familias “en orden a mantener los pies
en la tierra”19, los números 31 al 57 del documento nos presentan
esos aspectos preocupantes en los que se traduce la globalización de la indiferencia, del descarte, y por ende, de la soledad, que afecta de modo preocupante la realidad de las familias, y la mirada sobre el amor y la sexualidad.
Todos estos fenómenos y acontecimientos han influido en esta arbitraria separación entre la experiencia humana del pla-cer, el amor y la procreación. Aunque conviene reconopla-cer, por otra parte, la responsabilidad y la culpa no pequeña que en la difusión de todos estos fenómenos tenemos los mismos católicos, ya que a
veces “nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos”20: ese alejamiento progresivo de la concepción
cris-tiana de la vida, que deja sentir sus efectos en nuestra sociedad.
Al presentar, por ejemplo, el deber de la procreación de una manera “casi excluyente”21, como si fuera un fin opuesto al cre-cimiento del amor en la pareja y no más bien otra dimensión del
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mismo amor y un estímulo que une a la pareja como pocas cosas lo
hacen, también desde un punto de vista psicológico y biográfico22,
no hemos ayudado a que se entienda adecuadamente su sentido y su capacidad de llenar el corazón y la vida de las personas, de las familias; a la par, parece que hemos adoptado una postura y a veces un lenguaje que no resulta atrayente para nuestros coetáneos; la falta de “un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años”23, la excesiva especialización teológica con la
que a veces se mostrado un “ideal demasiado abstracto, casi artifi-ciosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posi-bilidades efectivas de las familias reales”24, todo ello, deja sentir sus perniciosos efectos en la práctica pastoral.
“Durante mucho tiempo creímos que con solo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llená-bamos de sentido sus vidas compartidas… muchas veces hemos actuado a la defensiva, y gastamos las energías pas-torales redoblando el ataque al mundo decadente, con poca capacidad productiva para mostrar caminos de felicidad”25.
22 En efecto, los hijos son una de las mayores fuentes de unión para una pareja. Y este
motivo de unidad permanece aunque cambien los sentimientos, que por su propio
carác-ter son cambiantes e inestables.
23 AL, n. 36. 24 Ibíd.
25 Ibíd., nn. 37 –38. En el libro– entrevista El nombre de Dios es misericordia (FRANCISCO,
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Más acorde a los caminos que el hombre de hoy está acostum-brado a recorrer, hoy más que condenas y anatemas, se impone la necesidad de presentar en toda su pureza y luminosidad el ideal humano del amor. De modo que pueda resultar atrayente para
nuestros contemporáneos.
En síntesis, los errores y naufragios del mundo contemporá-neo (el egoísmo convertido en programa de vida), unidos a la inefi-cacia en la presentación del mensaje cristiano, han desembocado en una situación cultural en la cual la relación con el otro, la dona-ción, no resulta un panorama atractivo para la mayoría.
PARA LEER EL CAPÍTULO CINCO. ORIENTACIONES METODOLÓGICAS
Si queremos entender adecuadamente la fecundidad, como una dimensión irrenunciable del amor auténtico, tenemos que comprender esas orientaciones metodológicas que recorren trans-versalmente todo el documento y que están a la base de sus pro-puestas más significativas y novedosas. Podría decirse que algunos malentendidos en la lectura de la exhortación obedecen a no haber tenido en cuenta suficientemente estas orientaciones. Sin que se pretenda un listado exhaustivo de las mismas y en función de los fines previstos para este escrito, podría hablarse de seis aspectos
a considerar:
Primero: La experiencia humana como camino. “Ninguna fami-lia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siem-pre, sino que recorre un camino de progresiva maduración de su
capacidad de amar”26. El Cardenal Newman había puesto de relieve
que vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces,
siguiendo las huellas de Thomas Scott, el converso inglés creía desde su juventud –y casi repetía como un estribillo– aquello de
que “el crecimiento es la única señal de vida”27. En línea con la ense
-26 AL, n. 325.
27 Cf. NEWMAN, John. Apología pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas. Madrid:
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ñanza y ejemplo de San Agustín, el pensamiento contemporáneo ha sustituido una antropología estática, por una que concibe la vida humana como proceso, como ascenso. Francisco propone que con-sideremos la experiencia de las familias, también como camino, un camino que debería ser un proceso de crecimiento. La tarea de la Iglesia, en este sentido, consiste en acompañar en ese proceso. Un amor fecundo, también es el resultado de un proceso de madura-ción, que no puede consistir solo en dejarse llevar, sino que incluye
también la renuncia28. Al mismo tiempo la fecundidad del amor es
el punto de partida de nuevos procesos que conducirán al
creci-miento del amor.
Segundo: La gradualidad o economía. En su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina, lo mismo que en sus trabajos sobre la
Iglesia de los primeros siglos29, John Henry Newman ha puesto de
relieve que la doctrina que él llama “la Economía, como regla de conducta”, aplicada a los preceptos divinos…
“…Tenía en la primitiva Iglesia una amplia significación… Lo mismo que Dios no introdujo de golpe el Evangelio en el mundo sino que fue preparando a los hombres para reci-birlo, así, según la doctrina de la Iglesia era un deber, por amor a los gentiles mismos, sus prójimos, guardar una reserva y cautela grande a la hora de darles a conocer ‘el entero designio de Dios’. Esta prudente dispensación de la verdad, a estilo de un discreto y vigilante mayordomo (Lc 12, 42) es lo que significa la palabra Economía. Es una manera de obrar que entra en el terreno de la prudencia, una de las cuatro virtudes cardinales.
El principio de la Economía es éste: de los distintos modos de conducta o de hablar en asuntos de religión –y sin per-der de vista que, en principio, todos estén permitidos– debe escogerse el que más se ajuste a lo que se pretende”30.
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El Papa Francisco se refiere a este principio como “gradua-lidad”. No se trata de sacrificar la verdad a la conveniencia, sino de presentar el ideal evangélico en toda su pureza y plenitud, al mismo tiempo que se brinda el acompañamiento prudente y paciente para ofrecer a cada uno, de acuerdo a su situación y posi-bilidades, un camino de crecimiento en la comunión con Dios y con
los demás.
Muchas personas padecen las consecuencias de estilos de vida no orientados al don de sí, a todas estas personas –lo mismo que a las que cada día se esfuerzan por entregarse al servicio de los demás– se ofrece la posibilidad de dar pasos concretos que redun-den en crecimiento del hombre interior: “No pido ver la escena
distante, un solo paso me basta”31. Poco a poco, si hay prudencia y
esfuerzo, se puede ir captando con mayor claridad, y viviendo cada vez más plenamente, el amor en todo su esplendor: como ocasión de encuentro, de donación y de comunión real con Dios y con los
demás.
Tercero: una pastoral del encuentro. Lo que el Papa sugiere es tratar de entrar en contacto con la existencia concreta y conocer la fuerza de la ternura, y así “complicarnos la vida maravillosamente”. Se trata, en definitiva, de seguir el ejemplo de Cristo, que es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas. La fecundidad del amor, también en lo que respecta a la paternidad, se convierte en encuentro: encuen-tro entre los cónyuges, encuenencuen-tro entre padres e hijos, entre
her-manos, entre generaciones.
Cuarto: La primacía de la misericordia. Jesús se ha aplicado a sí mismo aquellas palabras de la Escritura según las cuales el Mesías “no romperá la caña resquebrajada ni apagará la mecha que aún humea” (Mt. 12, 20). La Misericordia es una de las verdades fun-damentales del Evangelio, y al mismo tiempo, es verdad que todos necesitamos de la Misericordia:
31 NEWMAN, J. The pillar of the cloud, en: http://www.newmanreader.org/works/verses/
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“El mensaje de Jesús es la misericordia. Para mí, lo digo desde la humildad, es el mensaje más contundente del Evangelio (…) Así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura, porque Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia (…) La medicina existe, la cura existe, siempre y cuando demos un pequeño paso hacia Dios… o cuando ten-gamos al menos el deseo de darlo (…) Todo lo que la Iglesia dice y hace manifiesta la misericordia que Dios siente por el hombre (…) La misericordia es el carné de identidad de nuestro Dios”32.
No sobran los principios, tampoco los manuales están de más,
pero estos no bastan por sí solos. Si bien es cierto que enseñar la verdad es un acto de misericordia, también lo es que la misericor-dia es una de las principales verdades que deben iluminar nues-tro horizonte. Esto recuerda a Juan XXIII cuando proponía recurrir
más a la “medicina de la misericordia, que a la de la severidad”: “la
Iglesia confía en el poder de la verdad salvadora y desconfía de las
polémicas y condenaciones”.
David pidió a Dios le concediera “un corazón nuevo”, un espí-ritu nuevo, y que arrancara de él “el corazón de piedra”, y le diera “un corazón de carne”; pidió ser renovado por dentro. La miseri-cordia puede abrir al hombre la posibilidad de convertirse, por el amor, en una fuente de agua viva para los demás.
Quinto: La importancia del discernimiento. Aunque dedica un capítulo al tema del discernimiento de aquellas situaciones “que no responden o no responden plenamente a la llamada del Señor”, este tema es esencial en todo el documento. Muy relacionados con el tema del discernimiento están el de la importancia de la forma-ción y la fidelidad de y a la conciencia, respectivamente, así como el tema del acompañamiento que se ha de ofrecer en la Iglesia. La cuestión del discernimiento invita a pensar en la llamada a la res-ponsabilidad, a vivir ante la mirada de Dios y a darle espacio en la propia conciencia a la luz que viene de Dios, para así abrirnos al
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conocimiento de su voluntad, que es el único camino para nuestra salvación y realización. Se trata también de una llamada a la fide-lidad, una invitación a asimilar los mismos sentimientos de Cristo, a dejarse conducir por el Espíritu Santo, a vivir ante la mirada de Dios Padre providente y justo juez, y a convertirse en instrumentos
suyos.
En esta tarea es importantísima la misión de los pastores de la Iglesia, que están llamados a iluminar las conciencias, “acompa-ñando con misericordia y paciencia las etapas posibles de
creci-miento... sin renunciar al bien posible”33; al mismo tiempo, hay que
tener en mente que para este discernimiento los pastores han de ser personas “fieles a la enseñanza de la Iglesia y llenos de celo por
la gloria de Dios”34 y que las personas no siempre encontrarán “una
confirmación de sus propias ideas o deseos... pero sí un camino de
maduración personal”35.
Se trata, en definitiva, de tomar en serio la conciencia personal,
y tomar a las personas como adultos, llamados a buscar, con toda la
responsabilidad que la gracia les inspire, su propio crecimiento en
la comunión con el Señor36.
Sexto: Hermenéutica de la integración y rechazo de la
her-menéutica de la condena. No podemos convertir el Evangelio en
una roca que estamos intentando lanzar continuamente contra los demás, sino abrirnos a la gracia transformadora que emana de la contemplación del rostro de Cristo, para llegar nosotros mismos
33 AL, n. 308. 34 Ibíd., n. 300. 35 Ibíd., n. 312.
36 Pablo VI habló en alguna ocasión de la “edad adulta del laicado”, en esa misma línea había
enseñado en su época el Cardenal Newman, este último escribió en 1859 un importante
artículo Sobre la consulta a los fieles en materia doctrinal, en el que desarrolla la doctrina eclesiológica del Cuerpo Místico, y expone lo que más tarde se llamará el sensus fide -lium. Fundamenta asertivamente en el ejemplo histórico de la herejía arriana del siglo IV, cuando el dogma de la divinidad de Jesucristo fue proclamada y sostenida mucho más por los fieles que por el episcopado, y (humanamente hablando) fue conservada mucho
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a “hacer nuestros los mismos sentimientos de Cristo”, como pro-pone San Pablo en su carta a los Filipenses. En el Evangelio “nos encontramos frente a dos lógicas pensamiento y de fe (…) la pri-mera es la lógica de los doctores de la Ley, la segunda es la lógica de
Dios”37, ¿en qué consiste esta lógica de Dios? “En el deseo de salvar
a los pecadores, los perdidos, los que están fuera del recinto”38, es
la actitud propia de un Dios “que acoge, abraza, transfigura el mal en bien, transforma y redime mi pecado, transmuta la condena en
salvación…”39. Haciendo esto nos muestra que es lo que nosotros
deberíamos hacer, qué lógica seguir: no la de la condena, sino la de la integración.
Considerar la experiencia humana como “camino” –también en lo que respecta a la vida en familia–, asumir el principio de gra-dualidad para ofrecer a cada uno la dosis adecuada de la verdad que salva e invita a un camino de seguimiento de Cristo, optar por el encuentro como método pastoral y así abrir espacios en los que se den cita la miseria humana y la Misericordia divina, favorecer el
discernimiento en un marco de responsabilidad y de santo temor
de Dios, y finalmente no excluir sino crear espacios de comunión, todo ello tiene importantes consecuencias a la hora de tratar el tema de la relación “amor-fecundidad”, de hecho, estas considera-ciones podrían servir mucho a la hora de intentar delinear un pro-ceso para volver a presentar en todo su esplendor, la relación entre amor, sexualidad y procreación.
AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO
El curso de estas reflexiones ha conducido por sí mismo hacia el tema de la fecundidad propia del amor, que es, al mismo tiempo, el corazón mismo del Evangelio; conviene recordar que “se comienza a ser cristiano no por una opción ética o por una gran idea, sino por el encuentro con una persona, que da un nuevo sentido y una
37 FRANCISCO. El nombre de Dios es misericordia, pp. 78 - 79. 38 Ibíd.
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nueva orientación a la vida”40. La opción fundamental del cristiano
puede expresarse con las palabras de San Juan “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Así se pone de mani-fiesto cual es la imagen cristiana de Dios y la consiguiente imagen del hombre y su camino. El hombre no puede vivir sin amor.
Dios es amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comu-nión interpersonal de amor. Creándola a su imagen y semejanza y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humani-dad del hombre y de la mujer la vocación y consiguiente “capacihumani-dad
y la responsabilidad del amor y de la comunión”41. El amor es, por
tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
El amor siempre es fecundo. La experiencia nos demuestra cuántas energías brotan en el corazón enamorado, de verdad “el amor, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne,
estimulo irresistible para toda clase de heroísmos”42. Del amor
surge la iniciativa, el ingenio, la inventiva; de él brotan y se sostie-nen la capacidad de sufrir por aquellos a quienes se ama, la pacien-cia, la generosidad, la esperanza, la capacidad de dialogar y perdo-nar, etc. No es casualidad que los filósofos hayan visto en el amor la energía que mueve el universo.
Platón, en el Banquete, enseña que el impulso del amor es engendrar almas en la belleza, para la educación de los espíritus. El amor se orienta naturalmente hacia la fecundidad. El arte, la cul-tura, las civilizaciones, la historia, dan testimonio de todo lo que el amor hace brotar. La vida de las familias, la riqueza de relaciones que en ellas se realizan, son un testimonio permanente de todos esos bienes que hace brotar esta hermosa virtud, que es la reina
entre todas.
40 BENEDICTO XVI, Deus caritas est, cit., n. 1.
41 CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 22. En: http://www.vatican.va/archive/
hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_ sp.html. Consultado el 20 de julio.
42 PABLO VI. Sacerdotales caelibatus, n. 24. En: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/
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Solo el amor verdadero es capaz de poner orden en el interior del hombre y de educar verdaderamente las distintas potencias del ser humano, puede incluso curar las heridas que las malas expe-riencias y los malos hábitos consentidos han ocasionado en el
pro-pio corazón. “El amor siempre da vida”43.
Quizá una de las más vistosas debilidades del hombre con-temporáneo es una incapacidad generalizada para escuchar la voz del ser, las exigencias fundamentales de la naturaleza humana. En la segunda parte de este escrito se ha presentado, por decirlo así, la peligrosa esquizofrenia del mundo moderno, sediento de amor, por una parte; pero cerrado, por otra, a la dimensión fecunda de ese mismo amor. Cuando se habla de la naturaleza de la sexualidad humana, cuesta trabajo al hombre de hoy reconocer ese vínculo que existe entre acto sexual y transmisión de la vida. Un vínculo metafísico, que es más fuerte que los vínculos psicológicos que pue-den surgir a partir del acto sexual44.
La naturaleza humana está abierta a la toma de conciencia de la relación entre los propios actos y los fines a los que se orien-tan. El hombre es capaz de distinguir la orientación objetiva de sus propios actos, y de advertir también las reacciones pisco-afectivas que los acompañan; en este sentido, se puede contemplar el vínculo existente entre la sexualidad y la transmisión de la existencia. Un vínculo que se da no solo en caso de los seres humanos, sino tam-bién de las otras especies animales. Es cierto que podríamos en un acto concreto buscar solo la emoción que éste nos produce, y que la técnica puede facultarnos para eliminar alguna de sus consecuen-cias naturales, pero esto no elimina el vínculo entre aquel acto y
esas mismas consecuencias naturales.
43 AL, n. 165. El amor hace posible lo imposible, puesto que gracias al amor uno más uno da
como resultado: uno, en el sentido bíblico del “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo corazón”. También la fecundidad del amor se traduce en que uno más uno es igual a tres: el amor abre a las personas el uno al otro y al hijo posible, testigo privilegiado de su amor.
44 Esta cuestión del carácter metafísico de la sexualidad en cuanto ella está al servicio de la
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Existir como humanos es más grande que solo experimentar
cierto placer. Y si un acto, de suyo está relacionado naturalmente
con la comunicación de la existencia a un nuevo ser de la misma especie y lo está al mismo tiempo con la experiencia de un placer determinado, si de lo que se trata es de definir esa realidad, no cabrá duda que se hará una mención privilegiada de aquel aspecto que, de los dos, es el más significativo, en este caso: la comunica-ción de la existencia. De modo que la sexualidad se ha de definir esencialmente por su relación con la posibilidad de comunicar la existencia a un nuevo ser.
En un ámbito que toca vivamente la existencia, lo más racional es el respeto de la naturaleza misma de tan elevada función.
A veces ante una falta en el ámbito de la moral, la gente se excusa diciendo que esa es nuestra naturaleza como humanos. Y en nombre de la naturaleza se toleran todo tipo de barbaridades. Aquí cabría la pregunta sobre qué es realmente la naturaleza humana, ¿se trata acaso de lo que es el hombre a consecuencia de tantos errores y de tantos y tantos condicionamientos? O bien, ¿la natu-raleza humana sería aquello que le hombre debiera ser, lo que el hombre puede ser ayudado por la gracia? Detrás de estas cuestio-nes se encuentra, en definitiva, la pregunta de si hemos de reducir la moral a la costumbre, o más bien hemos de permitir que la moral trace una meta elevada digna de las personas, y que pueda ser el punto de referencia de las relaciones mantenidas realmente al nivel
de las personas.
Ahora bien, la sexualidad está orientada principalmente a la
procreación45, más que al crecimiento del amor en la pareja. Si de
un acto sexual se siguiera inmediatamente el crecimiento del amor, habría que decir que de cada acto sexual –incluidos los actos en los que alguien podría estar con alguna prostituta o algún prostituto- se seguiría necesariamente un vínculo afectivo y volitivo más pro-fundo. La experiencia demuestra que se puede dar el sexo sin amor.
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Es cierto que solo cuando se vive en un marco de amor verdadero, la sexualidad expresa y realiza su auténtico significado; solo enton-ces la persona del otro se asume como tal y no es instrumentalizada al servicio de la satisfacción egoísta de las propias aspiraciones.
Esto conviene que quede muy claro, solo vivida en un marco del amor verdadero, la sexualidad humana alcanza su verdadera grandeza, se convierte en auténtico canal de comunicación, solo
entonces contribuye a crear vínculos estables, solo de esa manera
expresa realmente el significado esponsalicio de la realidad humana.
Pero el crecimiento del amor, de hecho, no depende ante todo del sexo, sino de ciertas disposiciones que han de preceder, acom-pañar y seguir al acto de amor conyugal, o que podrían darse sin este último. Solo cuando hay un esfuerzo sincero por vivir para el
otro, solo cuando se está realmente al servicio del otro, cuando se
vive la “ayuda mutua” en el sucederse de las distintas horas del día, solo entonces el amor en la pareja va creciendo realmente. Y en este clima, el acto de amor conyugal se convierte en una ocasión para manifestar al otro que se ha optado radicalmente por él, al punto
de no vivir ya para sí mismo, sino para el otro. Entonces sí, los cuer -pos son capaces de expresar un amor ante el cual las palabras se quedan cortas. Allí donde las palabras son totalmente ineficaces, el cuerpo viene al rescate, para poder manifestar la grandeza del amor que se tienen un hombre y una mujer, y que les ha llevado a unirse en matrimonio. Cabe insistir que hay que tener mucho cuidado para no vaciar de contenido este lenguaje, de manera que exprese realmente el amor y no sea solo un simulacro vacío que no tiene ningún contenido real, lo cual ocurre allí donde el amor ha cedido al egoísmo y se convierte en búsqueda egoísta de la propia satisfacción.
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minado placer. Se trata de abrirse al otro, de aceptar al otro, y de aceptarlo tal cual es, en toda la extensión de su naturaleza sexuada.
En relación con este amor, puede surgir el hijo, como testigo privilegiado del amor que hay entre sus padres. Es cierto el mundo de hoy es muy sensible ante las dificultades económicas, como lo es ante los nuevos roles a través de los cuales muchas mujeres se van abriendo camino y que no pocas veces dificultan la atención a la fami-lia y los hijos, se ha agudizado el sentido de la importancia de la téc-nica para la vida diaria, lo mismo que la importancia de la sexualidad en la relación de pareja, y del profundo vínculo pisco-afectivo que el
acto conyugal puede desarrollar entre el matrimonio, sin embargo,
conviene asumir una visión integral de lo que significa la paterni-dad responsable. Ya que ni las cuestiones económicas dependen directamente del número de nacimientos, sino que están relaciona-das con otros factores; ni es contrario a la dignidad y realización de la mujer, la dedicación al hogar y a la educación de los hijos; y
tam-poco se puede asumir las posibilidades técnicas como un criterio en
sí mismo, al margen de las orientaciones morales que han de orien-tar nuestro comportamiento y que sirven de limite y referente para el uso responsable de los medios técnicos de los que se disponen.
En su premonitoria encíclica Humanae Vitae, Pablo VI puso de
manifiesto que la paternidad responsable presenta cuatro exigen-cias fundamentales para la pareja que quiere estar a la altura de su vocación y misión. El tema hay que abordarlo a la luz de una visión antropológica adecuada, en la que convergen las ciencias humanas, la filosofía y la teología:
“El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino tam-bién sobrenatural y eterna (…)46.
46 PABLO VI. Humanae vitae, n. 7. En:
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En cuanto a las implicaciones de la paternidad responsable,
la primera exigencia consiste en “conocer y respetar los procesos biológicos”, sin este conocimiento un uso arbitrario de la sexuali-dad no puede menos que considerarse irresponsable e inadecuado: “En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman
parte de la persona humana”47.
La segunda implicación es el dominio de los propios instin-tos y pasiones, exigencia que se exige lo mismo en el ámbito del impulso sexual, que de cualquier otro impulso. Cualquier persona considerara irresponsable a otro que se dejara llevar de sus impul-sos, por ejemplo en lo que respecta a la ira o a la inclinación al des-canso sin tener en cuenta ninguna otra cosa que las ganas, lo mismo vale para el ámbito de la sexualidad: “En relación con las tendencias
del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta
el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad”48.
La tercera exigencia, que expresa al mismo tiempo un dere-cho fundamental de la pareja, consiste en la prerrogativa de ellos de decidir cuantos hijos tener y cuándo de acuerdo a las circunstancias:
En relación con las condiciones físicas, económicas,
psicoló-gicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya
sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en
el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante
algún tiempo o por tiempo indefinido49.
47 Ibíd., n. 10.
48 Ibíd. En este mismo sentido, Juan Pablo II habló de la “facultad que los esposos tienen
de usar su libertad inviolable del todo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las
realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos” (Citado en AL, n. 167).
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Se puede decir, por último que una exigencia de la paternidad
vivida al nivel de las personas, consiste en vincular la propia con -ducta con el orden moral objetivo, “cuyo fiel intérprete” es la con-ciencia bien formada:
La paternidad responsable comporta sobre todo una vincu-lación más profunda con el orden moral objetivo, estable-cido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores50.
Es un error separar ayuda mutua y procreación, como si se tratara de dos fines distintos, sobre todo cuando se termina por identificar “amor” con “ayuda mutua”. Más bien habría que decir, que el amor implica tanto la ayuda mutua, como la apertura a la posibilidad de transmitir la vida. La “ayuda mutua” por la que dos personas optan radicalmente la una por la otra, y forman esa comu-nidad en torno al ideal compartido de trabajar juntos en torno a la búsqueda de la perfección y felicidad de ambos, tiene como conse-cuencia casi inmediata la posibilidad de que este amor convierta a los esposos en colaboradores del Creador a través de la procreación y luego de la educación de los hijos. El amor es la ocasión tanto de la procreación como de la educación de los hijos, y es el
requi-sito indispensable para se dé, de modo digno, tanto lo uno como lo
otro: si necesaria es la unión de los cuerpos para engendrar un hijo, necesaria es la unión de los corazones para educarlo.
La unión y la procreación siempre van juntas. De hecho, uno de los pilares sobre los que se va a afianzar la unión de la pareja, de modo que pueda llegar a superar la prueba del tiempo, consiste precisamente en la familia que ha surgido de la mutua donación que han realizado los esposos. Los hijos dan a la pareja tema de conversación, motivo de convergencia afectiva, exigen la unión de
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los cónyuges en muchos sentidos, estimulan el diálogo, y dan, por qué no decirlo, ocasión de muchas preocupaciones compartidas.
El quinto capítulo de Amoris Laetitia, ofrece interesantes
pers-pectivas en este sentido, orientaciones que se han de leer siguiendo las claves de lectura que se han expuesto en el apartado anterior: el amor no se agota solo en la pareja, abre camino a una nueva histo-ria, el hijo se convierte, en este sentido en un “reflejo viviente” del amor que hay entre los esposos, “signo permanente de la unidad
conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre”51. La
acogida de la vida permite, por otra parte, crecer en la conciencia
del primado del amor de Dios y de su gratuidad52.
En efecto, el hijo es siempre un don de Dios, y aunque las legí-timas preocupaciones por las cuestiones económicas y materiales, han de ser tenidas en cuenta en función de poder ofrecer “lo mejor” a los hijos, estas cuestiones no deben llevar a perder la paz, ni mucho menos a considerar a los hijos -nacidos o por nacer- como si se trataran de un error o una amenaza. En aquellas ocasiones en las que la Providencia exija algún esfuerzo particular, hay que recordar que en el origen de cada hijo está más presente Dios que los pro-pios padres, por tanto, los hijos son más de Dios, que de la pareja humana que donándose en el acto conyugal pone las condiciones
materiales para que el Señor regale la existencia ex nihilo a su alma
inmortal. Por tanto, siempre será legítimo que los padres vivan en la confianza de que Dios cuida de cada uno de sus hijos, y a Él deben
acudir siempre en sus necesidades.
En todo caso “el don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida
eterna”53, en este sentido, los papás han de esforzarse por crecer en
la conciencia del precioso don que les ha sido confiado.
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El Papa propone que esta aceptación gozosa del hijo, se comience ya desde el periodo del embarazo, ocasión privilegiada para avivar la conciencia del regalo inmerecido que Dios da en la persona del hijo:
“la herencia que da el Señor son los hijos; el salario, el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud; dichoso el hombre que llena con ellas su alaba: no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza” (Sal. 127, vv. 1.3-5)54.
En esta experiencia, que es siempre ocasión de crecimiento y de realización, implica la participación activa –ya desde el
emba-razo, como queda dicho– de papá y mamá55, pues el desarrollo inte
-gral del niño exige de la participación, presencia, cariño, cuidados de papá y mamá, y se abre también a la participación en la “familia
grande”56 en la que se da una verdadera experiencia de
socializa-ción, escuela de virtudes, gimnasio de vida cristiana.
CONCLUSIÓN
A propósito del amor, Virgilio se pregunta en la Eneida si “¿son los dioses quienes infunden este ardor en nuestro espíritu? O, al contrario, ¿cada cual hace de su deseo un Dios?”. Está muy exten-dida en la mentalidad contemporánea la convicción de que cada uno puede hacer de sus deseos el único referente que guíe sus pasos. Es la inexorable paradoja del pensamiento contemporáneo que por un lado, ha alcanzado conquistas impresionantes, pero que por otro experimenta una terrible incertidumbre y naufragio en lo que respecta a la identidad y sentido humanos.
El amor abre al hombre a la realización de las aspiraciones humanas más fundamentales y elevadas, pues el ser humano solo
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se realiza plenamente a sí mismo en la entrega sincera de sí a los
demás57. Aunque hoy muchas personas piensen que la felicidad se
logra viviendo solo para sí mismo, la experiencia nos muestra una y otra vez que por ese camino las personas solo se procuran su pro-pia ruina e insatisfacción. La soledad egoísta no construye ni eleva; solo la comunión da luz, fuerza, vida.
Se trata, en definitiva, de una realidad más para ser contem-plada que para comentada. Sin embargo, es evidente que las perso-nas experimentamos en lo profundo de nuestro corazón una gran sed de infinito, y que solo un gran amor, amor entregado y recibido, puede abrirnos esas grandes cimas a las que nos sentimos atraí-dos. Pero solo es amor aquel que sea capaz de sacarnos de los lími-tes estrechos a los que nos remite continuamente nuestro propio egoísmo. Este amor es fecundo en muchos sentidos, y nos posibilita una gran fecundidad, ante todo espiritual.
En efecto, “en el amor hay infinitamente más que amor”58. El
amor es un anticipo ya en este mundo de la vida futura que nos espera, y nos permite participar en la fecundidad misma de Dios, abriendo a nuestra sed de fecundidad, unos horizontes inimagina-bles. En la medida que vivamos la alegría que brota de esta reali-dad, estaremos dando un testimonio precioso de la dicha de haber recibido la esperanza de un conocimiento que no defrauda: el amor infinito e incondicional de Dios por cada uno de nosotros, la fisión nuclear que ha producido una reacción en cadena que está llamada a extenderse en toda la historia y en la cual cada uno de nosotros
podemos estar implicados si nos lo permitimos.
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