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Mujeres del Partido Acción Nacional
Género y militancia en la región fronteriza del norte de México (1982-1992)
Venegas Aguilera, L.
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2020
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Venegas Aguilera, L. (2020). Mujeres del Partido Acción Nacional: Género y militancia en la
región fronteriza del norte de México (1982-1992).
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MUJERES DEL PARTIDO ACCIÓN NACIONAL
GÉNERO Y MILITANCIA EN LA REGIÓN FRONTERIZA DEL NORTE DE MÉXICO
(1982-1992)
© Lilia Venegas Aguilera, 2020. Diseño de portada: Valentina Tostado Fotografía de portada: Dolores Leony
MUJERES DEL PARTIDO ACCIÓN NACIONAL
GÉNERO Y MILITANCIA EN LA REGIÓN FRONTERIZA DEL NORTE DE MÉXICO
(1982-1992)
ACADEMISCH PROEFSCHRIFT
ter verkrijging van de graad van doctor aan de Universiteit van Amsterdam
op gezag van de Rector Magnificus prof. dr. ir. K.I.J. Maex
ten overstaan van een door het College voor Promoties ingestelde commissie, in het openbaar te verdedigen in de Agnietenkapel
op dindag 20 oktober 2020, te 14.00 uur • door Lilia Venegas Aguilera geboren te Ciudad de México, D. F.
Promotiecommissie: Promotor:
Copromotor:
prof. dr. J.M. Baud dr. T. Davids
Universiteit van Amsterdam Radboud Universiteit Nijmegen Overige leden: prof. dr. B.B. Hogenboom
prof. dr. B.Y.A. Adriaensen prof. dr. W.G. Pansters dr. I. Harbers
dr. J.L. Ypeij
Universiteit van Amsterdam Radboud Universiteit Nijmegen Universiteit Utrecht
Universiteit van Amsterdam Universiteit van Amsterdam
Faculteit der Geesteswetenschappen
Agradezco el financiamiento para la realización del trabajo de campo y la transcripción de entrevistas a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia y al Programa Interdisciplinario de Estudios de Género del Colegio de México.
A Santiago Garrido Melesio e Irene Garrido Melesio, mis nietos. Por el futuro.
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS 1
PRÓLOGO 5
MAPA 10
CAPÍTULO 1. La rebeldía conservadora: mujeres en la frontera norte mexicana 11 La historia necesaria
Para seguir las huellas de la transgresión: en torno de la perspectiva de género y las herramientas conceptuales
Género y las relaciones de poder
Una perspectiva cualitativa: entrevistas e historias de vida
PRIMERA PARTE. LA DIMENSIÓN COLECTIVA DE LA MILITANCIA FEMENINA CONSERVADORA 37
CAPÍTULO 2. Acerca del régimen político, la oposición conservadora y las mujeres en el PAN 39 Ni dictadura ni democracia: la fórmula política del siglo XX mexicano
El PAN: “Una brega de inmensidad”
De la militancia femenina: “Este grande hogar que es la patria”
CAPÍTULO 3. El activismo femenino panista en los márgenes de la nación 55 El contexto regional de la participación política
La insurrección electoral en Ciudad Juárez entre 1983 y 1992 La vieja y la nueva insurreción electoral en Tijuana entre 1959 y 1989
SEGUNDA PARTE. LA MILITANCIA DESDE LA SUBJETIVIDAD: FAMILIA, SOCIOPOLÍTICA Y
CAPÍTULO 4. El campo de la familia y la militancia 91 Introducción
Si la familia es natural ¿por qué no ha de serlo la política?: hijas de familia panista La faceta de la familia actual: esposas y madres
“El día de las elecciones: unas tropas con soldados y ametralladoras”. ¿Normalización de la violencia política?
Reflexión y racionalización de la filiación militante: “Me convencí de la ideología del Partido”
CAPÍTULO 5. El campo de la sociopolítica: el barrio y la parroquia 125 Introducción
Las organizaciones vecinales La Iglesia y la labor pastoral
CAPÍTULO 6. Rompiendo el cerrojo a la participación política: identidad, práctica y reflexión 149 Introducción
La memoria colectiva: los años clave de 1959 y 1968
Los espacios y las prácticas políticas: la vida política en clave femenina Autoevaluación: subjetividad y democracia, las dos alas
CONCLUSIONES 181 BIBLIOGRAFÍA 193 ANEXOS 213 IMÁGENES 221 RESUMEN 249 Samenvatting 252
AGRADECIMIENTOS
El momento de agradecer y reconocer a quienes me apoyaron para llevar a término la tesis es, para mí, muy especial. Temo no poder encontrar las palabras que expresen plenamente mi gratitud y reconocimiento para tantas personas que intervinieron, de muy diversas formas, para hacerlo posible.
La elaboración de esta tesis tiene una larga historia. La inquietud por los temas de género se remonta a los años en que se instalaba la segunda ola feminista y decidí hacer mi tesis de licenciatura sobre el trabajo doméstico. Carmen Durand Cacho, a quien quise mucho, me facilitó materiales inconseguibles en México, y desde entonces, los estudios de género han sido uno de mis temas de interés prioritario. La frontera norte es otra de las áreas que persigo hasta hoy. En este interés se entrelazan la academia y los afectos, como suele ocurrir. Los viajes a la frontera empezaron desde niña para visitar a mi amiga/hermana, Caty Maldonado. Ya en el trabajo profesional, en la década de los ochenta, Margarita Nolasco Armas, primero mi jefa y luego abuela de mis hijos, me invitó a formar parte de su equipo de investigación sobre Frontera Norte. Ella fue para mí maestra de antropología y maestra de vida.
El bosquejo de lo que hoy es una tesis de doctorado recibió los primeros comentarios de Sergio Zermeño. También de María Luisa Tarrés, maestra admirada de quien he recibido siempre apoyo y estímulo, y de Anna Fernández Poncela, amiga queridísima. Páginas preliminares que se fueron convirtiendo en publicaciones diversas. Con los años, la idea de trabajar en una tesis se alejaba, sin dejar de ser el proyecto dorado al que, sabía, regresaría algún día. Debo agradecimiento a profesores y compañeros de la UNAM y del ITESM: Esperanza Tuñón, Judit Bokser y, muy especialmente, a Marilú Casas, José Luis Espíndola y Adrián Gurza.
El trabajo de campo en Ciudad Juárez y Tijuana ha sido crucial para la realización de la tesis. A lo largo de años, mujeres que colaboraron con la investigación de maestría sobre la industria maquiladora en Ciudad Juárez, se convirtieron en algunas de mis mejores amigas. Ramona Ornelas de Véliz fue una guía importantísima en el terreno juarense y para contactar a muchas de las mujeres que accedieron a ser entrevistadas; Dolores Leony y su hijo, Luis Leony, fueron el pasaporte para tener acceso al mundo de la militancia panista. Muchas de las fotografías de Dolores forman parte de la tesis. En este sentido, debo agradecimiento también a Leonor Barrera, del PAN en Ciudad Juárez. En la ciudad de Tijuana fue la red de las mujeres mismas la que me permitió ir contactando a cada una de ellas. La bola de nieve se fue haciendo más grande con las visitas y las pláticas.
A todas las mujeres de Ciudad Juárez y de Tijuana que tuvieron la confianza de compartir sus experiencias y fragmentos tan importantes de su vida, y de la vida de la nación, les tengo un agradecimiento profundo. Mi compromiso con sus palabras fue una de las principales razones para no claudicar cuando las dificultades de la redacción me inclinaban a darme por vencida. Gracias a María del Rosario Aguirre, Eulalia Mendoza, Antonia Reta, Cándida Delgado, Carmen Sánchez, Delfina Bautista, Delfina Márquez, Dolores Pacheco, Josefina Sánchez, Lupita Torres, Juana Luna Arrieta, Mary Sánchez, Martha Díaz, Oralia Bussane, Rosa María Oviedo, Bertha
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Álvarez Padilla, Blanca Hernández, Gabriela Chumacera, Irene Contreras y Carmen Correa. Debo destacar a quienes fueron especialmente generosas: Cecilia Barone de Castellanos y su esposo, Héctor Castellanos, Doña Rafaela Martínez Cantú, Ruth Hernández, Susana Ayala, Mary Sánchez y Ninfa de la Fuente.
La etapa de la elaboración y redacción final de la tesis en la Universidad de Ámsterdam, tal vez sobra decirlo, fue absolutamente decisiva y su historia se vincula, otra vez, con los afectos más entrañables. En los primeros años noventa, cuando las mujeres mexicanas en política iniciaban batallas concertadas para abrirse espacio en la incipiente transición a la democracia, Victoria Rodríguez, académica de la Universidad de Texas en Austin, organizó una interesante conferencia en la que tuve la fortuna de conocer a Tine Davids. Durante las temporadas de su trabajo en México pudimos convivir y profundizar en nuestra amistad que se trenzó entre proyectos, trabajo de campo e intereses muy similares, aunados a la confianza de amigas. Su familia ha llegado a ser mi familia en Holanda y mi familia en México es su familia. Mi más sincero agradecimiento a Rob de Jong y Tine, y por supuesto a Youri, Yannick y Yadira. Siempre me han hecho sentir en casa, permitiéndome tener, no sólo el ánimo de vencer el reto de la tesis, sino el disfrute de un hogar propio en tierras lejanas. De mi familia holandesa, debo agradecimiento especial a Miriam Cloïn- Brouwers, Jaques Cloïn, y a Bibi Straatman.
A Tine debo agradecer también el haberme contactado con el profesor Michiel Baud quien, amablemente, fungió como director/ promotor. Su trayectoria académica y sus conocimientos sobre historia, e historia de América Latina y la condición de fronteras fue muy importante para la realización del trabajo. Mi más sincero reconocimiento para él por su generosa disposición y paciencia. Supo infundirme la autoconfianza que me llegaba a fallar, sin dejar de exigir rigor lógico y académico. A más de haberme ayudado a hacer más legible y clara la redacción. Más tarde, Tine se unió como codirectora/copromotora, aportando siempre una mirada crítica y constructiva a los innumerables borradores que precedieron a la versión definitiva. Mi agradecimiento más sincero para ambos. No me queda duda que la experiencia de trabajo bajo su orientación me hizo crecer profesionalmente y en términos humanos.
La dedicación casi total a la tesis fue posible gracias al apoyo de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, donde trabajo desde 1983. Un espacio en el que he podido contar con un ambiente académico de respeto y diálogo entre colegas y amigos. Considero un privilegio especial el haber disfrutado de las enseñanzas y amistad de Carlos Monsiváis. Así como de José Joaquín Blanco, Leticia Reina, Ethelia Ruiz Medrano, Marcela Dávalos, Arturo Soberón y Julia Tuñón. Todos ellos leyeron y/o comentaron versiones provisionales de lo que sería, más tarde, la tesis. Más sistemáticamente recibí la retroalimentación del Taller de investigación, bajo la dirección de Anna Ribera y Rebeca Monroy, del que formaron parte Rosa María Meyer, Martha Eva Rocha, Edgar Gutiérrez y Ruth Arboleyda. Mi casa en la Dirección de Estudios Históricos, la he encontrado en el Seminario de México Contemporáneo. Gracias a María Eugenia del Valle Prieto, Carlos Melesio, Carlos San Juan, Sergio Hernández, Saúl Escobar, Francisco Pérez Arce y Emma Yanes.
Entre los amigos/maestros queridos que han colaborado con sugerencias, críticas y comentarios, debo agradecimiento a Octavio Rodríguez Araujo, Agustín Pineda Aguilar, Mónica
Martí, Patricia Curiel y Ricardo Melgar Bao. La colaboración de Luis F. García, Omar Sainz y David Uriegas fueron invaluables en la transcripción de entrevistas, elaboración de bases de datos, búsquedas especializadas en bibliotecas (físicas y virtuales) así como de apoyo con la edición del manuscrito.
Un lugar muy especial entre las bendiciones que quiero agradecer lo tiene mi familia querida que siempre me ha dado su apoyo, el afecto y la calidez emocional indispensable para tener el ánimo de trabajar y disfrutar de todo lo que hago. Desde las temporadas de trabajo de campo pude contar con el apoyo de mis padres Jorge y Edelmira, y de mis suegros, Carlos y Margarita, quienes colaboraban con Carlos Melesio para que no me preocupara de que nuestros hijos, José Carlos y Marisol, en ese tiempo aun pequeños, estarían bien cuidados. Ellos, ahora mayores, son hoy, con Roberto Garrido y mis nietos, Santiago e Irene, la máxima alegría de mi vida. También lo es la compañía de mis hermanos Jorge y Gustavo, mis cuñadas, Palmyra y Karen, y todos mis sobrinos. De ellos he recibido siempre solidaridad y mucho más que palabras de apoyo. Gustavo ha estado al pendiente de cada avance de la última etapa, e incluso ha guardado algunos de los archivos imperdibles de la tesis. ¿Cómo agradecer su maravillosa disposición a acompañarme, escuchándome cada día? Gracias a todos.
PRÓLOGO
Durante el verano de 1986, la fronteriza Ciudad Juárez, Chihuahua, experimentó una movilización social que alcanzó notoriedad en todo el país, y más allá del puente internacional que la une, y divide, con El Paso, Texas, en los Estados Unidos. Multitudes inundaban las principales avenidas con manifestaciones, mítines, autos en caravana, plantones y cadenas humanas. La propaganda política tapizaba los muros de la ciudad, acaparaba los mensajes de los anuncios espectaculares urbanos y descendía hasta las ventanas de las casas y de los automóviles con calcomanías y pegotes adheridos a ellas. Hasta el dinero en billetes mostraba sellos de protesta con la leyenda,
fraude hecho en México. La atmósfera vibraba con un contagioso estado de ánimo en el que
campeaba la familiaridad, la solidaridad y un entusiasmo fuera de serie. Cierta dosis de enojo y revancha –tal vez– tampoco estaba ausente. Una imagen auténtica de enamoramiento colectivo del que habla Alberoni (1967) y que parecía anunciar una transformación importante. En ese momento hubiera dicho: fundante.
Entre las fotografías que plasmaron algunos de aquellos momentos excepcionales, llamaron mi atención especialmente las de un plantón: tomas nocturnas en las que se observa a mujeres disponiéndose a pasar la noche entre algunas tiendas de campaña, sleeping bags a cielo abierto, y el desplazamiento de algunas que, tal vez, buscaban espacio para instalarse, o comentaban los acontecimientos del día. Imágenes que condensan algunos de los aspectos involucrados en esta investigación de doctorado: la frontera norte mexicana, el protagonismo de las mujeres y el importante rol del Partido Acción Nacional (PAN).1
Por un lado, el lugar en el que se desarrollaba el acto político: en el límite de la nación, a medio paso del país vecino, justamente en el lado mexicano del puente internacional. Es decir, en los márgenes de México, pero desde un espacio que captaría, también, el interés de la prensa no mexicana –lo cual hacía escalar la dimensión política de la movilización. Un segundo aspecto se refiere al protagonismo femenino que destaca en las imágenes: mujeres enfrentando al gobierno establecido, a la policía, a la represión amenazante y, muy probablemente, a los padres y maridos que –imagino– permanecían en casa, mientras tanto. Mujeres, por lo demás, convocadas por una causa común, compartiendo objetivos y adversarios, a pesar de la evidente diversidad de edad, estrato social e, incluso, origen étnico. En una de las fotografías son mujeres rarámuris2 las que ocupan el primer plano. El tercer aspecto de interés no es visualmente
evidente, pero es ciertamente relevante: el partido político que convocaba a la insurrección electoral era el Partido Acción Nacional (PAN), un partido de oposición al partido hegemónico, calificado de clases medias y de corte ideológico conservador (Loaeza, 1999; Arriola, 1975)
1 Ver Anexo: fotografías 1 y 2.
2 Pertenecientes a una comunidad indígena que habita en las partes altas de la Sierra Madre Occidental o Sierra
Tarahumara. La cuestión étnica, sin embargo, no emergió entre las militantes entrevistadas, razón por la cual, siguiendo a Eriksen (1993, p.18), no se trata en esta tesis: “La etnicidad es un aspecto de las relaciones sociales entre agentes que se consideran a sí mismos como culturalmente distintos de otros grupos con los que tienen una mínima interacción regular”. Traducción: LVA.
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alejado, por tanto, en principio, de los intereses de los trabajadores y de los intereses que enarbolaba el feminismo de aquellos (y de estos) años.
En el corto plazo, la movilización social del verano de 1986 en Ciudad Juárez y la capital del estado de Chihuahua, no logró sus demandas respecto a las elecciones de este año: que se rectificaran los resultados electorales, que se anulara la elección, o se repitiera el ejercicio electoral. Logró, sin embargo, que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) emitiera, años después, un dictamen que la calificó de irregular.3 Y más: se instaló en la memoria colectiva de la historia reciente mexicana como una
pieza clave de la transición a la democracia, enlazándose con muchas otras movilizaciones sociales postelectorales que, a derecha e izquierda del espectro político y en distintas regiones del país, habrían de tener lugar a lo largo de la década de los ochenta y la primera mitad de los noventa.
Fueron estas movilizaciones sociales por la defensa del voto las que motivaron el inicio de esta investigación que, en sentido estricto, no podría explicarse sin el antecedente de un estudio previo sobre las condiciones de vida de las obreras de la industria maquiladora en Ciudad Juárez, Chihuahua.4 Hacia fines de 1982, año especialmente difícil para las ciudades fronterizas,
redactaba las conclusiones de este estudio con la convicción de que Ciudad Juárez, progresista, atractiva para la inversión y en pleno proceso de modernización, era, simultáneamente, una verdadera olla de presión a punto de estallar (Venegas, 1988). Cada ocho meses nacía una nueva colonia entre el paisaje desértico en el que, con dificultad y retraso, se instalaba alguno que otro servicio urbano. Las obreras, exhaustas los domingos por el trabajo monótono y excesivo de toda la semana, se quejaban de lo exiguo de sus salarios, de la mala calidad de la comida en las fábricas, del poco tiempo para ingerirlos, de las enfermedades y dolencias provocadas por posturas, ruidos y temperaturas incómodas en el proceso de trabajo. El panorama, en resumen, parecía llegar a límites de tolerancia si se considera la complicada situación familiar y doméstica de muchas de las trabajadoras: con parejas masculinas ausentes o desempleadas, viviendas inadecuadas para el extremoso clima de la ciudad, horarios de trabajo incompatibles con los horarios escolares, guarderías insuficientes, transporte y traslados peligrosos.5 La ciudad misma
parecía expresar las enormes dificultades en las que vivía la mayor parte de su población: al trazo irregular y caótico de la ciudad, lo acompañaban muros grafiteados con mensajes descifrables exclusivamente entre las aguerridas bandas de jóvenes cholos (Barrera y Venegas, 1984). A las oficinas de gobierno desfilaban pobladores cada semana en demanda de servicios urbanos tan elementales como drenaje, agua entubada, recolección de basura e iluminación.
Con todo, entre las operadoras de la maquila entrevistadas en ese estudio, no asomaba siquiera un indicio de participación política. Alguna que otra había formado parte del sindicato de su empresa (con experiencias más bien negativas) y ninguna manifestaba cercanía o simpatía
3 Comisión Interamericana de Derechos Humanos (17 de mayo de 1990).
4 Proyectos Especiales de Investigación, INAH, coordinado por la Dra. Margarita Nolasco Armas. 5 Ver Anexo: fotografía 3.
por algún partido político. Podría pensarse, tal vez, que los parques industriales, las unidades habitacionales del INFONAVIT (Instituto Nacional de Fomento a la Vivienda de los Trabajadores), la imagen de prosperidad que se proyectaba en discursos políticos y centros comerciales, amortiguaban de algún modo el agotamiento y la tensión que vivían los habitantes de las colonias populares.
La inquietud original de la que partió esta tesis fue entender de qué manera y a causa de qué procesos se instaló entre los ciudadanos la noción de que un cambio político era necesario (lo cual se compartía mucho más allá de Ciudad Juárez) y que la manera de conseguirlo tendría que pasar por las urnas. Darle al voto un voto de confianza se veía muy generalizadamente durante los primeros años de los ochenta, con sorpresa y desconfianza. Para la academia, incluso, ya que las estadísticas –base de los estudios electorales–, no se consideraban serias. Por décadas, habíamos atestiguado o escuchado que las elecciones no eran más que un “ritual de simulación democrática” en el que los votos no contaban ni se contaban. Este fenómeno social advertía, sin duda, un cambio de gran calado.
Que fueran las mujeres, sobre todo ellas, quienes tomaran el lugar de defender el voto ocupando calles y plazas, espoleaba aún más esa inquietud. Evocaba la imagen de la primera oleada de movilizaciones de las feministas sufragistas que se tuvieron que llevar a cabo en México y en el mundo, para obtener ese derecho democrático básico y fundamental. La política no ha sido, no es todavía, un espacio indiferenciado para los hombres y las mujeres. Unos y otras ocupan el espacio de la política con importantes diferencias por género, sea que se observe esto desde una mirada cuantitativa o cualitativa (Phillips, 1996).
Esta tesis se planteó así un doble objetivo: en el marco de la transición mexicana a la democracia, entender el proceso de politización de las mujeres panistas, así como el papel que ellas desempeñaron en esta transición.
El PAN, como actor muy importante en el curso de este lento proceso de apertura democrática (Woldenberg, 2006; Loaeza, 1999; Reyes del Campillo, 1996), es en este estudio un actor indirecto: interesa, sobre todo, como espacio de su activismo y desde la percepción y el significado que las militantes le otorgan. Lo cual no resta importancia a este instituto político: forma parte central de la esfera pública política en la que ellas se desempeñan como militantes es, por tanto, componente importantísimo de la politización. Conviene aclarar, sin embargo, que, si bien esta investigación pretende iluminar una faceta del partido, el de su militancia femenina, no es un estudio sobre el partido como institución, como contrapeso del poder político o como receptáculo de cierta familia ideológica, por poner algunos ejemplos.
La localización de esta investigación, ubicada en las dos más importantes ciudades de la frontera norte mexicana, Ciudad Juárez (Chihuahua) y Tijuana (Baja California), plantea un interés particular por varias razones. Entre ellas, la lejanía del centro político nacional, la cercanía con el poderoso vecino país del norte (con el que México no ha tenido siempre una relación tersa), el crecimiento desmesurado de su población y, desde mediados de los años sesenta, la importancia económica de la industria maquiladora de exportación que ha dado empleo, sobre todo, a mujeres.
Tanto Ciudad Juárez como Tijuana han compartido, hasta muy recientemente, un modelo bipartidista en el que a la hegemonía apabullante del partido oficial, Partido Revolucionario
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Institucional (PRI), le ha acompañado el PAN como único partido de oposición. Entre estas ciudades, no obstante, hay una diferencia en torno de este punto. Si bien en la década de los ochenta Ciudad Juárez jugó un papel clave al mostrar que la oposición de derecha como el PAN podía gobernar una ciudad de importancia geopolítica fuerte –sin que esto implicara la anexión a los Estados Unidos o cosa similar–, mostró también la capacidad de movilización de sus ciudadanos cuando se efectuó el fraude de 1986. Tijuana y el estado de Baja California cuentan, por su parte, con una historia más antigua de elecciones conflictivas y movilizaciones electorales importantes, como ocurrió a fines de los cincuenta y sesenta. A raíz del triunfo del PAN en la ciudad y el estado en 1989, con el acceso a la gubernatura de un candidato de un partido de oposición al partido oficial por primera vez en el siglo, el PAN mantuvo el gobierno estatal por treinta años. No fue sino hasta 2019 que perdió frente a MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), y una coalición de izquierda que un año antes había ganado la presidencia de la República. El gobierno de la ciudad de Tijuana, del mismo modo, se mantuvo, con algunas excepciones, también bajo gobiernos de extracción panista.
El periodo electoral que elegí como central, 1982-1992, cubrió algunos de los principales años de la transición a la democracia durante los cuales tuvieron lugar movilizaciones electorales importantes en las dos ciudades. Lo he complementado con una retrospectiva para el caso de Tijuana (1959 y 1968) justamente para dar lugar a la importancia que las mujeres le otorgan en sus relatos a la memoria de esos años.
La politización femenina, y especialmente de las mujeres del sector popular vinculadas como militantes a un partido conservador, se colocó como el principal eje –y sujeto–, de investigación. La militancia, claro está, no agota el modo de participación política, ni mucho menos, pero me permitió abordar la forma más permanente y comprometida de participación que se podría vislumbrar. La pregunta que articula la investigación se puede formular por tanto, en los siguientes términos: ¿Cómo y por qué las mujeres de los barrios populares de la frontera norte se insertaron en la militancia panista durante el periodo 1982-1992, y qué significado tuvo esto desde una perspectiva personal y colectiva?
Al abordar la cuestión de la participación política de las mujeres, destacando su capacidad de tomar decisiones y acciones como sujeto que despliega su agencia, ensayo una mirada analítica que ayude a entender lo característico de esta militancia como género –generizada, para decirlo de algún modo–, sin desatender otras diferencias como las de clase. La cuestión étnica, a pesar de la imagen de la mujer rarámuri en la imagen comentada al inicio, no apareció entre las militantes. En la primera parte me refiero a la dimensión colectiva, enfatizando los momentos, las formas y los espacios en las que ellas participaron, feminizando las protestas. En la segunda parte analizo tres grandes campos que permiten observar la especificidad de género de la participación política de las mujeres militantes panistas: el de la familia, el del barrio/parroquia y el de la política partidaria. A grandes rasgos, pues, esta tesis aborda de manera central el proceso colectivo y personal por medio del cual las mujeres se involucraron activamente en un partido conservador de oposición.
Sin tomar en cuenta las características de la región, de la historia social y política –nacional y local– sería imposible explicar la inserción de las mujeres en la militancia panista. No obstante,
esta perspectiva, social y colectiva, no alcanza a dar cuenta de las motivaciones que desencadenan la inserción militante en un contexto autoritario. La perspectiva personal o subjetiva, por su parte, permite una indagación a mayor profundidad sobre facetas de la experiencia y la percepción del sujeto que complementan la respuesta (o respuestas) a la pregunta central. El diálogo entre estas dos perspectivas, o formas de aproximación, ayuda a pensar en la intervención de los individuos en la acción (colectiva e individual) así como en la construcción de la memoria desde ambas perspectivas.
Tratar de explicar y hacer comprensible estos procesos implicó recurrir a una metodología cualitativa: entrevistas, historias de vida, grupos de enfoque y observación participante fueron los principales recursos utilizados. Sin dejar de lado, por supuesto, la bibliografía especializada y la información hemerográfica que ayudara a ubicar mejor en el tiempo y el espacio los relatos de las mujeres que son centrales en esta investigación. Las conversaciones en Ciudad Juárez y Tijuana tuvieron lugar entre 1988 y 2013. Entre los resultados de investigación se cuenta un corpus de 83 entrevistas: 33 de la primera etapa (1988) realizadas con Dalia Barrera; 40 de la segunda etapa de mi autoría (entre 1992 y 1996) y 10 más realizadas en colaboración con Tine Davids durante el invierno del 2013. 6
Seleccioné únicamente para esta investigación las entrevistas de 29 militantes panistas por considerar que, tanto por su filiación política, como por el periodo de su militancia (comprendido en los años de la transición a la democracia) se adecuaban de la mejor manera al proyecto de esta investigación.
Algunas de estas entrevistas requirieron varias visitas en diferentes temporadas de trabajo de campo, y se extendieron hasta conformar historias de vida. La mayor parte tomaron entre 50 y 90 minutos. Las entrevistas se llevaron a cabo en sus domicilios, en las sedes del PAN, en las calles y plazas en medio de concentraciones políticas, acompañando a candidatos durante campañas electorales y en las pequeñas oficinas de las organizaciones vecinales. Las entrevistas pueden considerarse el corpus de esta investigación y aportaron información que enriqueció la posibilidad de comprender mejor el paisaje político e ideológico del momento. En el Anexo incluí un cuadro con el perfil sociodemográfico de las 29 militantes panistas entrevistadas durante 1992 y 1993, así como la información básica de las 25 militantes de quienes se reprodujeron aquí fragmentos de entrevistas.
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CAPÍTULO 1
LA REBELDÍA CONSERVADORA: MUJERES EN LA
FRONTERA NORTE MEXICANA
LA HISTORIA NECESARIA
La historia contemporánea de México –y el papel que desempeñaron en ella las mujeres del PAN y el mismo partido político–, no se podría entender sin tomar en cuenta la enorme influencia que ejerció en su configuración la Revolución Mexicana: la primera revolución social del siglo XX, como la acuñó el escritor Carlos Fuentes. La Revolución, que dio inicio en 1910, se prolongó en su etapa armada hasta 1917, cuando se promulgó la Constitución aún vigente. No obstante, la fecha en la que concluyó es tema de debate entre la cuantiosa bibliografía que se le ha dedicado (Barrón, 2004). La más cercana a nuestros días es 1940, por cuanto se refiere al cumplimiento del programa revolucionario y concluyó el periodo de gobierno socializante del General Lázaro Cárdenas (Gilly, Córdova, Bartra, Aguilar y Semo, 1979; Aguilar y Meyer, 2010; Servín, 2002).
A grandes rasgos, la Revolución estalló bajo el lema de Sufragio efectivo, no reelección, para evitar que el dictador, Porfirio Díaz, que había gobernado al país durante treinta años, se reeligiera de nueva cuenta. Una vez derrocado, en 1911 se desató una guerra de facciones que disputaban entre sí las riendas del gobierno y la influencia de sus respectivas visiones y utopías (Knight, 2010; Florescano, 2002; Aguilar y Meyer, 2010). Casi un millón de personas perdieron la vida y se destruyó gran parte de la riqueza del país (McCaa, 2003). Al promulgarse la Constitución se logró llegar a un mínimo acuerdo institucional. La Carta Magna, con fuerte espíritu nacionalista y, si no socialista, por lo menos jacobina, conjuntó derechos individuales y sociales en un documento muy avanzado para la época, resultado del equilibrio obligado entre las diversas facciones. Contemplaba una economía mixta, en la que el Estado mexicano mantenía el dominio de los bienes estratégicos de la nación (como el petróleo y el subsuelo), paralelamente con el respeto a la propiedad privada y a la figura de la propiedad colectiva (ejidos y bienes comunales). Abría, sin embargo, frentes de conflicto al limitar los derechos de los que tradicionalmente gozaba la jerarquía católica. Garantizaba el derecho a la educación universal laica, libre y gratuita; dejaba fuera de los derechos de ciudadanía a los sacerdotes y limitaba su posibilidad de posesión de bienes inmuebles –cuatro artículos constitucionales afectaron directamente a la Iglesia.
Las fisuras entre el clero y el Estado mexicano no eran una novedad en la historia mexicana: desde el siglo XIX habían convivido, y se habían enfrentado, liberales y conservadores. Los liberales aspiraban a construir un México republicano, laico, progresista, productivo, con libertad de pensamiento, de prensa y de credo. La Constitución liberal de 1857 fue la más clara expresión de su triunfo frente a los conservadores que, por su parte, anhelaban un México católico, monárquico, corporativo, altamente jerarquizado y vinculado estrechamente al modelo de la España más tradicional. Aunque el modelo conservador fue desplazado formalmente de las
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instituciones y las leyes, no por eso desaparecieron las ideas conservadoras del paisaje moral y político de la nación: una derecha difusa entre la cual campeaba la influencia del clero (Hale, 2009).
El proceso de secularización, agudizado por la Revolución y la Constitución de 1917, despertó a la reacción conservadora cuando, en 1926, el presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928) emitió una ley que limitaba el culto religioso de manera pública, a lo cual el clero respondió, desafiante, clausurando también los servicios religiosos en las iglesias. Tal vez el desaguisado entre la Iglesia y el Estado podría haberse resuelto por la vía política, pero sorprendentemente estalló de manera paralela la guerra cristera: una cruenta guerra que culminaría tres años más tarde, en 1929, con los arreglos entre la alta jerarquía católica y el gobierno. En esa guerra, en la que se calcula que murieron 85 mil personas (Meyer, 2003; Romo, 2015) participaron básicamente campesinos pobres de los estados de Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Zacatecas, Querétaro y Durango, bajo el lema de Viva Cristo Rey. En este conflicto armado las mujeres – señala Meyer (1974)– fueron las imprudentes responsables, destacando por su energía militar, por sus labores de aprovisionamiento, de espionaje y de organización; también por sus tareas de propaganda y apoyo en el mantenimiento de la celebración de cultos en la clandestinidad. “Eran las primeras en declarar la guerra, y los peores enemigos de los federales, que se lo pagaban con creces.” (Meyer8, p. 24-26). La articulación entre la guerra cristera y las acciones de asociaciones de derecha, como las de la Liga por la Defensa de la Libertad Religiosa, tuvieron lugar básicamente por medio de las mujeres, como lo documenta Boylan (2009, p. 322).
Sin dejar de lado las diferencias y matices posibles entre el activismo femenino de derecha que se registrará posteriormente, conviene tener en cuenta la importancia que tuvieron estos acontecimientos en las consideraciones políticas de un régimen político nacionalista, revolucionario y secularizador que se estableció, precisamente, al término de la guerra cristera. Conviene también recordar que, tanto los campesinos cristeros vencidos como los católicos activistas del campo y las ciudades, formarán parte, más adelante, de diversas agrupaciones de derecha, como de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) y, desde 1939, del mismo PAN.
La facción vencedora de la Revolución, encabezada entonces por Plutarco Elías Calles, se convertiría, a partir de 1929, en el partido de la Revolución, apropiándose la herencia legitimadora que consagró en el mismo nombre del partido, y que cambiaría tres veces: Partido Nacional Revolucionario, en 1929; Partido de la Revolución Mexicana, en 1938; y Partido Revolucionario Institucional, de 1947 a la fecha (Garrido, 1986; Bertaccini, 2009). Los colores de su emblema partidario serían, no casualmente, los colores de la bandera nacional. Bajo ésta identificación monolítica de partido oficial/nación mexicana, el PRI controlaría al país bajo la ideología del nacionalismo revolucionario. El sistema político mexicano, populista autoritario ostentado como democrático, funcionó en los hechos con un sistema de partido casi único o de
partido hegemónico (Rodríguez Araujo, 2008; Pansters, 2012).
El énfasis nacionalista descalificaba de entrada cualquier otra expresión político partidaria bajo la marca aberrante del extranjerismo, lo que en la cultura nacionalista se interpretaba como
malinchismo y, en el extremo, la traición a la patria –aludiendo al mito de Malintzin, quien
13 allá de las interpretaciones en torno del mito, es importante señalar que la imagen de la primera madre de los mestizos se incorpora en el discurso de fundación nacional bajo la noción de un padre español, Hernán Cortés, y una madre indígena, Malintzin/Malinche/Doña Marina. De este modo, la madre original adquiere dos importantes dimensiones: como parte de la fundación del Estado Nación, y como figura (contradictoria y en tensión) del nacionalismo. La agresividad del machismo mexicano, de acuerdo con la interpretación psicológica cultural de Octavio Paz, estaría vinculada con la incapacidad del perdón a la madre, lo cual formará parte del repertorio de género en la cultura nacional y la misma formación del Estado mexicano (Paz, 1992; Bartra, 1987).
Desde entonces, es decir, desde el triunfo de la Revolución, han estado presentes dos grandes vertientes ideológico políticas, ajenas y críticas al partido oficial en el espectro político postrevolucionario: a la izquierda, numerosos grupos dispersos y enfrentados entre sí en la disputa por la verdadera izquierda, como el Partido Comunista Mexicano (PCM), fundado en 1919, grupos trotskistas, maoístas o anarcosindicalistas. Y a la derecha, grupos menos dispersos que, sobre todo después del cardenismo, se aglutinaron en torno del Partido Acción Nacional, enarbolando una ideología de corte antiestatista, proempresarial y cercana al tradicionalismo católico. Ambas vertientes de oposición, por supuesto, descalificadas por el partido oficial y su ideología dominante, como enviadas del Soviet, en el primer caso, o del Vaticano, en el segundo (Loaeza, 1999).
De ahí la extrañeza con la que se observaba la fuerza electoral del PAN en los años ochenta. En 1983 su candidato obtuvo la presidencia municipal de Ciudad Juárez y logró gobernar al 70% de los habitantes del estado de Chihuahua (Pansters, 1990, p.158). El acontecimiento, que hubiera parecido absolutamente normal en un contexto democrático, entonces parecía insólito. En México, el oficial Partido Revolucionario Institucional (PRI) ganaba todas las elecciones importantes desde su fundación.
El reconocimiento del triunfo de un partido de oposición en una ciudad de la importancia demográfica y geopolítica de Ciudad Juárez se interpretó como consecuencia de la moralización de la política, asunto que formaba parte del lema de campaña y uno de sus principios expresados por el entonces recién electo presidente del país, Miguel de la Madrid (De la Madrid y Lajous, 1988). No obstante, ese mismo año de 1983 se efectuó un fraude electoral en el estado de Puebla (Pansters, 1990, p.160), de manera que es poco probable que el respeto al voto en las elecciones de Chihuahua haya obedecido a la intención moralizadora. En todo caso, el gobierno de Miguel de la Madrid decidió regresar a la ruta ya tantas veces ensayada, e impedir que el PAN ganara las elecciones que se realizaron tres años más tarde, cuando se elegiría de nueva cuenta al presidente municipal y al gobernador del estado fronterizo de Chihuahua en 1986. El proceso electoral se vio enmarcado con movilizaciones masivas de protesta por las condiciones de la campaña, de la jornada electoral y los resultados oficiales que, de manera fraudulenta, como se señaló al inicio, daban el triunfo al PRI.
En 1989, la también fronteriza ciudad de Tijuana enmarcó movilizaciones masivas con la participación de los mismos actores sociales que concurrieron en Ciudad Juárez: el PAN, la Iglesia, sectores empresariales, ciudadanos, hombres y mujeres, entre los que destacaban las mujeres. Las tareas de ‘limpieza electoral’ y la denuncia de prácticas antidemocráticas, acciones colectivas
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en las que las mujeres participaron activamente, llevaron al reconocimiento del triunfo de candidatos del partido de oposición para el cargo de gobernador del estado de Baja California, y de presidentes municipales en Tijuana y Ensenada. Ernesto Ruffo Appel, del PAN, fue así el primer gobernador de oposición desde el triunfo de la Revolución mexicana.
Fue así que un partido calificado como de derecha y conservador desafió los poderes estatales y políticos hegemónicos. Y lo que, tal vez, fue aún más sorprendente, esta fuerza del PAN tenía mucho que ver con el nuevo protagonismo de las mujeres en un país donde la política tradicionalmente había pertenecido a un territorio masculino, o al menos, así podría parecer por la invisibilidad de su participación, como se verá más adelante.
SUJETOS, NO PEONES
Carlos Monsiváis (2009, p.24) ha señalado que las mujeres actuaban en política sin pedir permiso, aludiendo a su decidida actuación que tuvieron durante la Revolución mexicana, al margen de que no contaran con el derecho al sufragio. También comentaba que se ha estudiado muy insuficientemente a las mujeres conservadoras, las guardianas de la tradición y de los “valores eternos”.
El importante papel que han desempeñado las mujeres en el proceso de apertura democrática no se ha esclarecido suficientemente. De hecho, muy poco se sabe sobre la aportación específica de las mujeres en la historia política general y reciente. Se trata, sin duda, de un silencio significativo; de un indicio, en el sentido que Ginzburg le atribuye (Echeverría, 2006). Se ha ocultado la contribución de las mujeres en este proceso para aparentar ser lo que no ha sido. No ha sido armónica, ni equitativa. No ver a las mujeres, omitiendo así el esfuerzo por comprender, por ejemplo, el sentido de su participación, forma parte de una manera de hacer historia en la que la injusticia implícita en el orden de dominación masculina se vive como si gozara de una legitimidad natural (Echeverría, 2006, p.16). La historia política, en consecuencia, se ha armado desde una visión en la que la ciudadanía y los actores políticos están libres de la construcción social de género.
La historiografía dominante se ha mostrado reticente a incorporar esta especificidad, manteniendo los estudios que tratan de las mujeres en la política como un tema de género, un cuarto aparte que no se incorpora a una mirada de la historia. Menos se sabe aún de las estrategias, escollos y dificultades que forman parte de la trama cotidiana que ha envuelto la participación de las mujeres que han actuado como activistas y militantes. Así, enfocar a las mujeres como sujeto, y profundizar en los matices que permite la metodología de la historia oral, fue el móvil principal de esta investigación.
Otra razón del interés por enfocar la investigación en la politización femenina del ala derecha se basa en la escasez de estudios sobre esta área temática específica. No es sino hasta fechas relativamente recientes que se publican, y multiplican, títulos que la abordan (McGee, 2001; Bedi, 2006; Nickerson, 2012). Se trata de una temática que ha sido soslayada por la vinculación entre el feminismo y la izquierda. El impulso a los estudios sobre género y política en México, pero también en Estados Unidos y América Latina, se conecta con el ascenso de la
15 segunda ola feminista que se registra con la efervescencia de las movilizaciones sociales de los años setenta. De acuerdo con Margaret Power (2002), Tine Davids (2014), entre otros, la participación política de las mujeres en la derecha suele considerarse como resultado de la manipulación de otros actores políticos, como la Iglesia católica, los partidos políticos, las organizaciones de derecha, o sus propios padres o maridos. Mirada que escamotea a las mujeres conservadoras su capacidad de actuar y decidir por cuenta propia, reduciendo su papel al de ‘peones’, no como sujetos propiamente dichos.
El activismo y la militancia de mujeres de la clase trabajadora en torno de un partido caracterizado como conservador y de clases medias planteó al inicio de la investigación una tensión clase y género. Desde una mirada acostumbrada a pensar en términos del marxismo dominante de los años ochenta y noventa, la participación de mujeres de clase trabajadora y popular en un partido de clases medias y de fuerte presencia empresarial, pareció incompatible. Incompatibilidad que también se expresa cuando se tiene en cuenta la propuesta feminista básica de la autodeterminación de las mujeres sobre su cuerpo, en tanto que el PAN ha mantenido, y mantiene, una firme oposición a la interrupción legal del embarazo y propuestas conservadoras en torno de maternidad, familia y otras cuestiones de la moral social.
Sin embargo, el término conservador, aplicado al PAN, parece contradictorio con el papel que desempeñó en la apertura democrática. Muestra de los matices y contradicciones que suelen presentarse al abordar distintas facetas en torno de un actor político en un momento y un lugar dado. Los aspectos señalados plantean, en el terreno de la perspectiva de género, una cuestión que es central en este trabajo. Entre los feminismos posibles opté por una visión que considera como tal lo que cuestiona y transgrede el orden sexual patriarcal, sin que necesariamente o exclusivamente se ubique a la izquierda del espectro político, o formule explícitamente la ampliación de derechos de género. Traté más bien, de extender la mirada hacia distintos planos y escalas de la subversión y la transgresión del orden de valores asociados a un pacto social sexual dominante, indagando si la politización femenina implica ya un acto de rebeldía, al invadir un mundo que se supone culturalmente ajeno a las mujeres y el modelo ideal de feminidad.
Hacer inteligible la forma y el modo a través de los cuales las mujeres llevan a cabo esta invasión a un espacio ajeno, abandonando “sus” obligaciones domésticas, para abrir (y abrirse) la puerta a la esfera de la política, implica pensar en la capacidad de transformación de los sujetos, individuales y colectivos. Es crucial, en otras palabras, entender su agencia, no obstante el enorme peso de la estructura que ha ordenado, por siglos, el papel y el lugar de las mujeres en la sociedad. Entender, por tanto, la relación entre el sujeto y la estructura -entendida esta última como lo macro, lo que está fuera del espacio y el tiempo-, como una relación que más que en términos de oposición debiera verse como complementaria y que es una cuestión central para la sociología contemporánea: “History makes people, but people make history” (Ortner, 2006, p.2). Trato así de rescatar el margen de acción y la capacidad del sujeto para actuar y dirigir su práctica, su capacidad de reflexión y transformación dentro de ciertos parámetros culturales interiorizados. Quiero hacer visible y comprensible la agencia que las mujeres militantes despliegan al invadir un espacio culturalmente asignado como masculino (Giddens, 1995).
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SOBRE LA DEMOCRACIA Y EL PERIODO TEMPORAL
Se ha llamado transición a la democracia al proceso de liberalización o pluralización política combinado con la elevación de la competencia electoral desde una situación de políticas autoritarias (Loaeza, 1999). 7 En México este proceso llevó al resquebrajamiento del régimen de
partido hegemónico o de partido casi único que dominó el escenario nacional desde 1929, hasta por lo menos 1997, cuando la composición del Congreso federal ya no fue mayoritariamente del partido dominante, PRI. O, si se quiere, hasta el año 2000, cuando el poder ejecutivo federal recayó en un candidato del PAN.
Es, en todo caso, ya bien cerca del fin de siglo, que la geografía política del país contó con gobernadores y presidentes municipales que provenían de partidos de oposición. Se instaló, así mismo, la incertidumbre sobre el partido que ganaría en la mayor parte de las elecciones. Es decir, surgió la posibilidad de la alternancia electoral (Méndez de Hoyos, 2004; Rodríguez Araujo, 2008; Espinoza, 2000). Una pieza clave de la transición a la democracia debiera contener la superación de la herencia institucional autoritaria y las prácticas represivas del régimen (Garretón, 1994), en tanto que la violencia política fue un obstáculo para la apertura política y en consecuencia, corresponsable del rezago con el que ésta inició.8
A pesar de la cuantiosa bibliografía en la que por años se debatió sobre el carácter de las transformaciones políticas mexicanas, no parece haber desacuerdo en un punto: la transición a la democracia se dio, en buena medida, gracias a la presión que ejerció la sociedad civil a través de la emisión del voto, el cuidado de las urnas, las acciones y movilizaciones sociales en las que se especializaron las mujeres activistas9 y militantes panistas del norte del país (Espinoza, 2000;
Woldenberg, 2006; Reyes del Campillo, 1996).
Hay discrepancias, sin embargo, sobre el tiempo de inicio de la transición. Puede afirmarse que el periodo abordado aquí (1982-1992) se ubica dentro de los años durante los cuales transcurrió la transición a la democracia. Si bien para algunos autores la transición se abrió paso en 1968 con la movilización estudiantil y la masacre del 2 de octubre (Pérez Arce, 2015), o en 1978, con la reforma electoral que respondió a la acumulación de movimientos sociales e incluso armados de los setenta (Reyes del Campillo, 2014), es en el año de 1982 cuando, de acuerdo con Loaeza (1999) inicia el fin de siglo priista. La fecha de término no deja de ponerse
7 La bibliografía sobre el tema es muy extensa, entre los autores que la abordan se encuentran Bobbio, N., Linz, J., O
Donnel y Sartori. Para el caso mexicano destacan Rodríguez Araujo, Woldenberg, J., Emerich, G., Gómez Tagle, S., entre muchos otros.
8 Entre las medidas que se han llevado a cabo como parte de la transición a la democracia, se cuentan diversas reformas
electorales, la ciudadanización de instituciones electorales, un mayor control sobre las credenciales electorales y una serie de candados orientados a evitar las elecciones fraudulentas. Paralelamente se han incorporado medidas para impulsar una participación política por géneros, más equitativa, con las cuotas de discriminación positiva incorporadas en la ley electoral (Peña, 2003).
9 Entre las activistas, no todas eran panistas o militantes de ese partido: el COLUDE (Comité en Lucha por la
Democracia) fue una organización que en Ciudad Juárez 1986 aglutinaba a una amplia diversidad de ciudadanos en aras de democratizar la vida política.
17 también en cuestión. Designar a un sistema como democrático puede involucrar diversas variables y cuestionamientos. Hay un acuerdo relativo en ubicarla, como se señala líneas arriba, hacia 1997, cuando el partido oficial perdió la mayoría en el Congreso federal y se instaló la incertidumbre sobre los resultados electorales. El periodo estudiado aquí cierra con el año de 1992, ya que en ese año tanto en Ciudad Juárez como en Tijuana se había logrado la alternancia electoral con el triunfo de los candidatos del PAN.
De ahí que este periodo (1982-1992) forma parte de los años de mayor efervescencia electoral y se ubica dentro de coordenadas de especial interés por razones como las siguientes. La crisis económica de 1982, con graves consecuencias económicas, se convirtió en un marcador de época. Se daba fin a un modelo de Estado y de relación de éste con la sociedad, desplazándose a partir de entonces, el Estado de bienestar (o de economía mixta) que había dominado el escenario desde el término de la Revolución mexicana, hasta la inauguración del modelo neoliberal10, vigente hasta la fecha (San Juan Victoria, 2012). Es también durante los primeros
años de los ochenta que se modificó una ley constitucional (artículo 115º de la Constitución) que reconoció la autonomía económica y política a los municipios, con lo cual se estimuló la participación de los partidos de oposición por la disputa de esos espacios.
Entre 1982 y 1992 tuvieron lugar importantes movilizaciones de defensa del voto y acciones colectivas orientadas a presionar al gobierno para que, en elecciones puntuales, se reconocieran triunfos de los partidos de oposición. A lo largo de estos años, y hasta mediados de los noventa, la acumulación de estos eventos tuvo el efecto de presionar al gobierno y a su partido para que se democratizara la vida política (Martínez Assad, 1985).11
La relación de las movilizaciones sociales con la democracia, que podría no parecer evidente desde otros contextos culturales en los que se vive en el marco de cierta normalidad democrática, en México ha ocupado un lugar central. Lo que no podía obtenerse por vías institucionales y reglamentadas, se obtenía por medio de la ocupación de los espacios públicos: calles, avenidas, plazas, puentes. Parte de la lógica de la apertura o liberalización del régimen encuentra sentido, justamente, en la intención de institucionalizar espacios para procesar y solucionar los conflictos sociales.
10 Para Rodríguez Araujo (2008, p.353) el México de estos tiempos se caracteriza por dos regímenes sobrepuestos:
“a) el que ha caracterizado políticamente a México desde los tiempos de Obregón (1920-1924) y que genéricamente denominaré populista autoritario, y b) el que han configurado los gobiernos típicamente neoliberales (1982 a la fecha) y que llamaré tecnocrático neoliberal (que es también autoritario)”.
11 Un ejemplo de esto lo mostraba Martínez Assad (1985) señalando que la Federación se desentendía de los problemas
de los municipios hasta que los conflictos políticos a escala local se presentaron repetidamente y el avance electoral panista de los municipios del norte incidió en la formulación de las reformas al artículo 115 constitucional.
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LA MILITANCIA PANISTA Y LA ACCIÓN POLÍTICA ENTRE 1982 Y 1992
Para poder responder a la pregunta central es necesario aclarar algunos aspectos sobre la militancia, figura política con la que participan las mujeres de este estudio. Conviene partir de una definición clásica: “[son militantes] quienes se consideran miembros de un partido, aseguran su organización y su funcionamiento, desarrollan su propaganda y su actividad general” (Duverger, 2010, p.120 y 139). La afiliación militante implica el compromiso de asumir un cuerpo de principios, programas y estatutos; aceptar y respetar jerarquías y cadenas de mando en una estructura vertical con todas las reglas del juego, escritas y no escritas. Las militantes panistas (y la militancia partidaria de otros partidos) adoptaron una identidad reforzada con símbolos de unidad y pertenencia: himno, logotipo, colores y emblemas. Las mujeres panistas cuentan, desde la fundación del partido (1939), con una instancia especial al interior de la estructura: Promoción Política de la Mujer. Sin abundar en aspectos organizativos y de la organización institucional del partido, conviene, no obstante anotar los principios de doctrina que estuvieron vigentes hasta 1992. Éstos dedican sus doce capítulos a los siguientes temas: Persona, Política, Estado, Orden Internacional, Democracia, Partidos Políticos, Familia, Municipio, Educación, Trabajo, Economía y Justicia social.
La militancia panista en la década de los ochenta y primeros años de los noventa, así como la de los años previos, se vinculaba estrechamente con acciones colectivas y movilizaciones sociales que cumplían muy diversas funciones. Por supuesto se contaban entre ellas las acciones
normales de campaña electoral: mítines y manifestaciones destinados a atraer posibles votantes,
difundir mensajes políticos, hacer propaganda de los candidatos y, por supuesto, vigilar los votos y las casillas. Pero en tiempos de anormalidad democrática a estas actividades se sumaban tareas destinadas a detectar el fraude en momentos previos a la jornada electoral: cotejo de las actas nominales y verificación en campo de coincidencia entre nombres y direcciones, por ejemplo. Se sumaban, del mismo modo, actos de presión o protesta por el desacuerdo con las condiciones del proceso electoral, o por los resultados electorales que consideraban espurios. Acciones que transcurrían en medio de un entorno político siempre amenazante, y a menudo, de represión abierta.
La militancia consistía, bajo esas condiciones, en cierta disposición de confrontación y resistencia que no se ajusta a la clasificación clásica de los estudios que, desde la ciencia política, lo referirían como militancia orientada por incentivos ideológicos. La ideología podría estar presente, e incluso la expectativa de hacer una carrera política; no obstante, la relación costo-beneficio no parece mostrarse como atractiva cuando rara vez se podría alcanzar un cargo que pudiera ir más allá de alguna diputación, y mucho más a menudo, el resultado podría llevar a las militantes en cuestión a formar parte de los archivos de inteligencia política de la temida Agencia Federal de Seguridad, cuando no a sufrir la represión directa.
Por lo demás, el entorno adverso para la militancia de oposición se potenciaba por el hecho de tratarse de mujeres. Las posibilidades de acceso de la militancia femenina a altos cargos en el partido o en el congreso eran muy limitadas incluso para la militancia femenina del partido oficial, más aún para las militantes del PAN, para quienes se aplicaba la discriminación de género
19 aunada al monopolio casi total del partido oficial sobre los cargos de elección popular. Los incentivos de la militancia como mujeres y en un partido de oposición, por tanto, no se explican fácil y rápido. Es en este sentido que cobra especial relevancia la indagación sobre el peso y las condiciones del contexto histórico y las circunstancias en el que las mujeres despliegan su capacidad de maniobra para incidir en la transformación del entorno y de sí mismas.
Para tratar de entender esta militancia, que tiene lugar en condiciones de especial adversidad, es necesario incursionar en la historia política. Se trata, en otras palabras, de delinear de qué forma influyó esta historia en la inserción de la militancia femenina en el PAN. Es en este sentido que toma un lugar relevante abordar el devenir de este partido, el momento histórico en el que surge, los actores políticos que congrega y los acontecimientos más generales que le acompañan.
La formación y la historia del PAN a nivel nacional y en las ciudades de la frontera ha sido abordada por autores que enfatizan temas y periodos distintos. Coinciden, en general, en señalar que la permanencia de un grupo de militantes y activistas que se mantuvieron en la lucha electoral, con apego a un discurso civilista y democrático, en una brega de inmensidad, como les gusta decir a los panistas, influyó particularmente en el crecimiento que se registró en el partido a partir de los ochenta (Loaeza, 1999; Hernández, 2009; Mizrahi, 1994a; Shirk, 2005; Reyes del Campillo, 1996).
Entre otros aspectos que han destacado se cuenta la posición de autonomía y de crítica que mantuvo la militancia panista frente a las decisiones del gobierno. Como partido de oposición, el PAN generaba una atmósfera favorable para amplios sectores sociales que no habían sido incluidos por el sistema político, o que rechazaban los usos y costumbres de la política priista. Sobre todo, a partir de los ochenta, el anticentralismo en los estados del norte y la frontera se acentuó con la identificación del PRI con la ciudad capital y el gobierno federal. El deslinde de la militancia panista frente a los políticos y funcionarios del partido oficial fue, sin duda, parte del atractivo panista en estas y otras ciudades.
La vinculación de ciertos grupos empresariales con el PAN fue también un factor importante en su auge en las ciudades de la frontera (Mizrahi, 1994b). El pacto entre el Estado y los empresarios, funcional en términos generales por un extendido periodo del siglo XX, mostró sus límites hacia mediados de los años setenta frente al populismo del presidente Echeverría. Sobre todo en la región norteña del país se generaron liderazgos empresariales de nuevo tipo, especialmente de la COPARMEX,12 que no vieron mal el participar activamente en política
vinculándose al PAN. De esta vertiente surgirían en los primeros años ochenta políticos emblemáticos del llamado ‘neopanismo’ de estos años, como se les llamó. En 1975 se fundó, significativamente, la Asociación Nacional Cívico Femenina (ANCIFEM): organismo independiente del PAN, aunque informalmente cercano a este partido, orientado a preparar cuadros políticos y de liderazgo entre las mujeres.
12 La Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) surgió en la Ciudad de México el 26 de
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Entre los aspectos que propiciaron la politización y la vinculación de mujeres al PAN no se puede dejar de señalar el activismo católico que desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) transformó la visión de la Iglesia católica hacia una mayor cercanía y compromiso con la población económicamente menos favorecida: la opción por los pobres, o la Teología de la
Liberación fueron parte de ese proceso. Para fines prácticos esto implicó una participación más
activa y comprometida con la vida terrenal y, por tanto, con la vida política. En general, esta vertiente religiosa se vinculó con organizaciones de izquierda; en la frontera, no obstante, su labor alcanzó a sectores sociales diversos cercanos al PAN. También se registró la presencia activa de otras vertientes religiosas de corte pentecostés, como el Movimiento de Renovación Carismática. Este último más bien vinculado con sectores sociales de clase alta, con excepción de lo que ocurrió en Ciudad Juárez, donde se extendió entre obreras de la industria maquiladora y trabajadores de limpia de la ciudad. Por lo demás, los miembros de las iglesias en México no podían participar como ciudadanos con plenos derechos, lo cual pudo haber espoleado su activismo político.13 Obtuvieron el derecho a votar hasta 1992. Durante los ochenta, la Iglesia
católica de ciertas regiones del país fue especialmente beligerante.
Para avanzar en la comprensión del activismo político femenino, en un partido de oposición y en tiempos autoritarios, se requiere indagar en una historia política que dé cuenta de un partido que logró atraer a una militancia dispuesta a tomar riesgos y obtener muy improbables beneficios a lo largo de décadas, para presentar una propuesta alternativa ambiguamente conservadora y liberal. Un partido capaz, ciertamente, de mantenerse en el escenario político con la doble oferta de la cercanía a principios y actores conservadores, al tiempo que podía ofrecer una faceta liberal, democrática y actualizada con el espíritu de época de los años ochenta. Queda por señalar la peculiar forma en la que estos aspectos, y otros más, funcionaron como imán para la militancia panista de las mujeres de Ciudad Juárez y Tijuana. Para ello conviene, sin embargo, abordar la dimensión regional/territorial de estas ciudades.
ENTRE LA REGIÓN Y LA ACCIÓN POLÍTICA
La influencia de la dimensión regional es central ya que las condiciones fronterizas desempeñan un lugar relevante como parte del entorno que ayuda a entender la militancia y la práctica política.
Baud y Van Schendel (1997, p.212) han observado que “[…] tradicionalmente, los estudios fronterizos han adoptado un punto de vista desde el centro; nosotros argumentamos a favor de una perspectiva desde la periferia [...]”. Ciertamente, la periferia de los estados nación, como es el caso de las ciudades de la frontera norte mexicana, presentan características especiales con relación al centro administrativo y político. Como señala Baud (2004, p.42): "Las regiones fronterizas proporcionan un interesante campo para estudiar la relación entre los Estados y las
13 Hasta la fecha, tienen límites a la acción política que formalmente pueden ejercer, no pueden ser electos para cargos
21 sociedades civiles. Las naciones-estado tienen límites que separan una nación de otra; pero estas fronteras también conectan estados diferentes."
A pesar de la multiplicidad de factores que pueden hacer de la frontera mexicana un
territorio heterogéneo y desigual, es posible, también, detectar ahí factores comunes. Las dos ciudades colindan con urbes gemelas en los Estados Unidos: Tijuana con el área de San Diego, California, y Ciudad Juárez con El Paso, Texas. La vecindad con el país más rico del planeta ha marcado algunos de sus fenómenos más característicos, entre ellos, la atracción de población que emigra a estas ciudades para tratar de llegar a los Estados Unidos, con lo cual su crecimiento demográfico es resultado de las tasas naturales de crecimiento, más las tasas de población migrante.14 Sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, Ciudad Juárez y Tijuana crecieron
de manera espectacular. Para la década de los ochenta cada una de ellas contaba con cerca de un millón de habitantes de los cuales una parte importante provenía de diversas regiones del país. Especialmente en el caso de Tijuana, ciudad que nació, prácticamente, a partir de la segunda década del siglo XX. En ambas ciudades es, en consecuencia, muy alta la proporción de poblamientos urbanos irregulares.
La migración, atraída en gran parte por el espejismo del American Dream, aunada al intercambio estrecho y cotidiano con la vecindad norteamericana permiten pensar al complejo de ciudades del norte de Estados Unidos y el sur de México como una región transfronteriza en la que la cultura adopta rasgos híbridos que se reflejan en la lengua y la alimentación, así como en prácticas y costumbres específicas.
Además de la cercanía con los Estados Unidos, las ciudades de la frontera comparten la lejanía del centro del país: Ciudad Juárez se encuentra a dos mil kilómetros de la Ciudad de México, y Tijuana a tres mil. No es extraño así que los pobladores de estas ciudades construyan una identidad compleja y en tensión con la cultura nacional hegemónica. Por un lado, son el último baluarte de la mexicanidad, mientras que, por otro, están expuestos al intercambio cotidiano de personas, mercancías y cultura con el vecino país del norte. Sentimientos de nacionalismo extremo pueden muy bien combinarse con admiración y respeto por el resplandor que se constata al otro lado. No extrañaría, por tanto, que la cultura política de los pobladores de la frontera norte contenga rasgos también específicos: híbridos, para destacar su complejidad (Baud y Van Schendel, 1997; Padilla y Pequeño, 2008; Parra, 2015; Fernández y Venegas, 2010; Mraz y Vélez, 1996).
Por otra parte, son ciudades que, especialmente durante la década de los ochenta, se
feminizaron como resultado del boom de la industria maquiladora que entonces tuvo lugar en
ellas;15 aproximadamente trabajaban en estas plantas de ensamble siete mujeres por cada tres
14 El crecimiento de Ciudad Juárez y Tijuana se comportó de la manera siguiente: en 1950 Tijuana contaba con 65,
364 pobladores, aumentó a 531 141 en 1980 y en 1990 sumaban ya 742 686 (Nolasco, Molina, et. al. 1992, p. 29). Del total de población migrante a municipios fronterizos de 1970 a 1980, Tijuana atrajo al 57.29%. En 1950 Ciudad Juárez contaba con 122 566 habitantes, aumentó a 544 496 en 1980, y en 1990 tenía ya 789 522. Del total de población migrante a municipios fronterizos de 1970 a 1980, Ciudad Juárez atrajo al 16.33% (Melesio, 1986; p.15-28-29).
15 Hacia 1967 se inició la instalación de plantas maquiladoras en Ciudad Juárez, y poco después en Tijuana. La