AUTORES D E L O S T E X T O S
Al señalar por orden alfabético la identidad de los autores que colaboran en esta edición, es oportuno indicar que el origen remoto de este libro es un curso de verano titulado "La muerte y el morir", organizado por la sede de Burgos de la Facultad de Teología, dirigido por los profesores José Luis Cabria Ortega y José Luis Barriocanal Gómez, y celebrado en el campus de la Universidad de Burgos. A raíz de la invitación que me cursó la editorial Monte Carmelo, la mayoría de los profesores que impartieron sus lecciones han accedido a sintetizar sus intervenciones en las fichas correspondientes; ellos forman el grueso de los colaboradores de esta obra. Otros se adhirieron al proyecto con posterioridad e idéntico entusiasmo.
Colaboradores:
• José Luis Barriocanal Gómez. Profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos y en Instituto Superior de Filosofía "San Juan Bosco" de Burgos.
• José Carlos Bermejo Higuera. Director del Centro de "Humanización de la Salud" de Madrid.
• José Luis Cabria Ortega. Profesor de Teología en la Facultad de Teología del Norte de España, sedes de Burgos y Vitoria.
• Jesús Camarero Cuñado. Profesor de Teología en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos.
• Jesús J. de la Gándara Martín. Psiquiatra. Jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos.
• Mario Jabares Cubillas. Profesor de Filosofía en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos.
• Juan Luis de Léon Azcárate. Profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Deusto (Bilbao).
• Nuria Martínez-Gayol Fernández. Profesora de Teología en la Universidad Pontificia de Comillas. Madrid.
• Judith E. Matero Valerio. Médico. Directora de la Residencia de ancianos "Rodríguez de Celis" de Melgar de Fernamental (Burgos).
• Jesús Carlos Medina Revuelta. Médico y Sacerdote. Capellán de hospital. Vitoria. • Ana María Ruiz Moreno. Médico del Equipo de Soporte de Atención a Domicilio.
Burgos.
• Juana Sánchez-Gey Venegas. Profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma. Madrid.
• Inmaculada Santamaría Cuesta. Enfermera. Complejo asitencial de SACYL de Burgos.
• Lorenzo de Santos Martín. Profesor de Sagrada Escritura en Instituto Superior de Pastoral de Madrid, de la Universidad Pontificia de Salamanca.
• Carlos Simón Vázquez. Subsecretario de la Pontificia Congregación para la Familia, Roma. Profesor de Teología Moral en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos.
• Jesús Yusta Sainz. Profesor de Filosofía en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos.
Portada
• Belén Miguel Amo. Pintora. Licenciada en historia. Máster en restauración de obras
"La muerte es, quizás, unpoínt ¿Porgue
[compás de espera, caíderón] inquietantementeproíongado.
E>esde aquí, desde nuestra perspectiva mundana y carnaí,
se muestra como keíado y sepuícraícaíderón que pone
puntojínaía íapartitura de (a vida. E>esde una
percepción espiritualpuede presentirse, sin embargo,
comopasarefa hacía otra vida mejor. Como sííencío
expresivo sería rampa de fanzamíento fiada una vida
diferente. 'Entonces ía sepuíturapodría ííegar a ser cuna
de una nueva jorma de existencia, según elprincipio de
toda metamorfosis. Este mundo sería (a incubadora de un
nuevo modo de vivir: ía matriz material de un verdadero
renacimiento. EÍ cuerpo del fiambre viejo, devueíto a su
condición de neonato, se transformaría en carne espírítuaí,
o en cuerpo gíoríoso"
¿POR QUÉ UN LIBRO SOBRE LA MUERTE?
La muerte y el morir son una realidad presente en la vida de todo hombre, y sin embargo, de ella no hay una experiencia propia -siempre se mueren los otros-. Su pre-sencia es una constante inevitable, su irrupción impredecible, sus efectos contradicto-rios. La muerte viene acompañada de un envoltorio de misterio tal, que desenmascara nuestras ignorancias y realza nuestras incertidumbres, multiplica los interrogantes y relativiza las soluciones, magnifica las inquietudes y desata miedos, provoca recelos y urge cuestionamientos. Si tal es su condición, no será descabellado pensar que, por eso mismo, también ahora puede ser una ocasión propicia para adentrarse en un se-reno acercamiento a la experiencia del morir y al hecho de la muerte, para emprender una reflexión sosegada y natural, integrando las diversas perspectivas que ayuden a su mejor comprensión. Y ello - v a y a por delante-, con la firme convicción de que las consideraciones sobre la muerte conllevan también una meditación sobre la vida y son una invitación a saborear el vivir desde el saber sobre el morir.
Aunque a la postre siempre resulte inesquivable, tal vez extrañe la propuesta de introducirse, en pleno siglo X X I , por los vericuetos de un tema como el de la muerte. Es verdad que la sensación de muchos es que hoy asistimos a una conspiración de silencio social sobre la muerte: hemos relegado los ritos funerarios a los tanatorios, llevamos a nuestros moribundos a los centros especializados lejos de los hogares, se frivoliza sobre ella a partir de la muerte meramente virtual (de celuloide y video), se hace de la muerte un espectáculo o se la magnifica hasta teñirla del color de la tragedia,... Dicho de otro modo, socialmente, hoy, salvo excepciones, no se trata de la muerte. Y esas excepciones son casi en su totalidad casos límites: eutanasia, suicidio, muerte por atentado o guerra, pena de muerte... De la muerte corriente, la de cada día, la de nuestros vecinos, familiares, amigos... hablamos sólo si nos toca de cerca y se siente la hondura de su realidad. Y eso, valga la expresión, con la sangre caliente y el sentimiento a flor de piel. Dos malos consejeros para hacer un juicio adecuado y llevar a cabo una meditación sosegada y humanamente sensata.
Y, sin embargo, no siempre fue así... En la torre de muchas iglesias de nuestras tierras, y en muchos de sus relojes, figura la siguiente inscripción: "Mors certa, hora incerta" ("la muerte es cierta, su hora incierta"). En las lápidas funerarias de nuestros cementerios o en los epitafios de varias tumbas antiguas se puede leer "Memento morí' ("acuérdate del morir"). En la literatura clásica hubo un género que en tiempos fue au-téntico "best seller" que tenía por tema el "ars moriendí' ("el arte de ir muriendo"). Los pensadores de la antigüedad invitaban a la "meditatio mortis" ("la meditación de la muer-te")... ¿Por qué no recoger, pues, esta tradición tan nuestra y dedicar un tiempo a pen-sar la muerte y escudriñar el morir? ¿Por qué no leer una palabra que exorcice tantos miedos, angustias, inquietudes... como la muerte provoca? ¿Por qué no hacer explícitas tantas dudas que nos rumian por dentro, aunque sólo sea en un diálogo con nosotros mismos? ¿Por qué no tener el coraje de lanzar fuera -a quien corresponda, y si corres-p o n d e - nuestras corres-preguntas más íntimas ante el corres-pensar sobre la muerte y atrevernos a darnos una respuesta propia que nos sirva para afrontar la muerte de los otros y, en su momento, la nuestra?... Ante los enigmas del hombre -y la muerte lo e s - a veces la mejor respuesta es una buena teoría. A esta buena teoría quisiera contribuir este libro,
donde, desde una aproximación interdisciplinar, se integran varias perspectivas, voces distintas y sensibilidades diversas. En sus páginas se dejarán oír las voces de quienes tratan cotidianamente con la muerte y atienden a los murientes, junto con las de quienes buscan su sentido desde la filosofía o la religión; tampoco faltarán las referencias desde la sociología, la ética, la medicina o la psicología; sin que ninguna de ellas se arrogue la exclusividad de la opinión; para ello existen otras referencias bibliográficas específicas.
¿CÓMO HABLAR DE LA MUERTE?
Integrar en un mismo texto miradas tan plurales sobre la muerte augura, en prin-cipio, el riesgo de la mera yuxtaposición de escritos, con la consiguiente pérdida de un hilo conductor y una orientación precisa. Con el fin de soslayar dicho peligro, se han articulado las colaboraciones en torno a seis bloques temáticos, que en su unidad, pretenden ofrecer una armoniosa panorámica para entender y pensar mejor la muerte, dejando la puerta entreabierta para ulteriores profundizaciones.
Comienza esta reflexión [parte I) afrontando la cuestión de la condición mortal del ser humano: la pregunta del hombre ante la vida y su final. Muerte y vida dan que pensar e invitan a perfilar su significado: qué es la vida, qué es la muerte, qué es, en definitiva, el hombre. A la definición conceptual acompaña una ampliación que abarca la diversidad de los "rostros" que presenta la muerte según el sujeto, las circunstancias, las expectativas y las causas. Esta aproximación fenomenológica general a los modos de morir dejará paso al final de esta primera parte a una palabra más específica sobre tres tipos de muerte que requieren una particular reflexión: aborto, eutanasia, suicidio. Puesto que la muerte es un dato de experiencia cercana y el morir un suceso coti-diano que inevitablemente acontece se ha incluido un bloque temático (parte II) donde se reflexiona sobre cómo tratar con la muerte antes de morir, es decir, cómo se puede huma-nizar el morir, haciendo de la muerte una experiencia biográfica y personal llena de senti-mientos, vivencias, creencias y esperanzas. En este sentido se ha prestado especial aten-ción a quienes por sus circunstancias se hallan más cerca o en la antesala de la muerte y cuyo protagonismo en todo este proceso es irrenunciable e indiscutible: los ancianos y los enfermos. En ambos casos, el interés se centra en cómo se afronta dignamente la muerte desde la vejez y la enfermedad terminal, y en cómo atender a los enfermos y ancianos en la última fase de su vida: desde los cuidados paliativos y el acompañamiento espiritual.
Con la muerte tenemos que habérnoslas en momentos diversos y variadas cir-cunstancias. De cómo nos enfrentamos a la realidad de la muerte trata el siguiente bloque temático del libro (parte III): actitudes ante la muerte. El grueso de este apartado está formado por una visión panorámica -más descriptiva que imperativa, más indica-tiva que proposiindica-tiva- de las actitudes personales fundamentales ante la cruda realidad de la muerte (olvido, silencio, llanto, meditación, respeto, rebelión, resignación, temor, integración, aceptación, esperanza, etc.). Se incluye también una reflexión sobre el enmascaramiento social a que se ve sometida la muerte en nuestro tiempo, convertida en un tema tabú; y ello en cuanto referente de una postura social ante la muerte. Se concluye este bloque con una consideración sobre una actitud muy generalizada ante la muerte: el duelo. Por duelo se entiende aquel período de tiempo más o menos largo de sentimiento de dolor por la pérdida debida a la muerte de los seres queridos.
El siguiente bloque temático (parte IV) trata de mirar a la muerte desde la perspec-tiva de las religiones, que siempre han tenido una palabra, un rito y una respuesta ante el misterio del morir. Es el tema de la muerte y el más allá en la historia de las religio-nes. A la luz de textos, vestigios, ritos, liturgias, etc. de las distintas religiones se hace un detallado recorrido por las principales religiones desde las de la prehistoria, Meso-potamia, la cultura egipcia, el mundo griego y la religión de Zaratustra, hasta las gran-des religiones de la actualidad: hinduismo, budismo, judaismo, cristianismo e Islam. A la vista de sus creencias se desprende una conclusión: las religiones no consideran la muerte como un tabú, sino como una parte esencial de la vida, y una vida que tiene su trascendencia. Los dioses en algunos casos y Dios en las religiones monoteístas es quien da sentido último a la vida y a su anverso, que es la muerte.
El desarrollo más detallado y específico de la propuesta cristiana ante la muerte configura el contenido del apartado siguiente: la esperanza cristiana ante la muerte (parte V). En él tienen cabida temas como la muerte desde la perspectiva bíblica (An-tiguo y Nuevo Testamento), el concepto filosófico-teológico de muerte, la esperanza como esperar humano y cristiano, la cuestión de qué nos espera después de la muerte (¿aniquilación?, ¿reencarnación?), a la que el cristianismo responde proclamando su fe en una inmortalidad dialógica (en diálogo amoroso y vital del hombre con Dios) del yo resucitado en-Dios, o, lo que es equivalente, su fe en la "vida más plena y eterna", para la cual hemos sido creados por el amor de Dios. A la certeza absoluta de la victoria sobre la muerte, a la convicción de un sentido último de la historia como plenitud, y a la persuasión de la vida eterna como don de Dios ofrecido a todos, se une la posibilidad del infierno como decisión libre del hombre. Para un mejor conocimiento, y por exten-so, de la doctrina cristiana ante la muerte hemos de remitir al tratado específico de la teología denominado "escatología", del cual aquí sólo se ofrecen algunos rudimentos y breves nociones.
Se completa la visión cristiana de la muerte y de las otras religiones y culturas, con un nuevo bloque temático (parte VI) que tiene por objeto la celebración de la muer-te y los ritos funerarios. Es importanmuer-te que la liturgia y los ritos funerarios se cele-bren con dignidad y en su verdad religiosa, no meramente como actos sociales. A este fin puede contribuir el análisis de las formas de enterramiento, la explicación de los detalles de los ritos fúnebres y su desarrollo histórico, o la reivindicación del ce-menterio como memoria de los difuntos y como lugar del anuncio y de la esperanza . cristiana en la resurrección.
El último apartado del libro (parte VII) es un anexo, cuyo contenido es la expli-cación de algunos términos de lo que podríamos denominar, con mucha libertad, vo-cabulario en torno a la muerte. No pretende ser un vovo-cabulario exhaustivo ni mucho menos original, por eso, se ha optado por reunir en tono a palabras clave una serie de conceptos y textos de variada procedencia, todos ellos de carácter tanatológico, que puedan ayudar a formarse con rapidez una idea aproximada y elemental de algunos aspectos implicados en el tratamiento de la muerte. No obstante, una exposición más amplia del contenido de la mayoría de estos términos se encuentra en las páginas de este libro, que se cierra con unas referencias bibliográficas, donde en todo caso, sí se podrán encontrar desarrollos más amplios de lo que aquí sólo es propuesto de forma sintética y concisa.
BUSCAR RESPUESTAS
Al poner punto final a este texto sobre la muerte y, por ende, sobre la vida, me inva-de la sensación inva-de que las palabras no son capaces inva-de apreheninva-der ni encerrar el vivir, • y mucho menos despejar el misterio del morir. En su reflexión, los expertos
colabora-dores ofrecen su meditado y ponderado parecer, que nace de una experiencia común: antes que dadores de respuestas, ellos han sido buscadores de verdad. Ahora toca a cada uno de nosotros - l e c t o r e s - , adentrarnos por la senda del buscar.
Al finalizar la lectura de este libro - e s t o y casi s e g u r o - permanecerán las pregun-tas, más allá de las respuestas; pues éstas son de otros, aquéllas son las nuestras. Procuremos no sofocar anticipadamente ni las unas ni las otras. Que las respuestas no nos impidan seguir preguntando: es nuestra vocación de hombres y mujeres que, inquietos, buscan. No nos cansemos de buscar respuestas al misterio de la muerte; es posible que nos veamos sorprendidos por la búsqueda misma, que nos ha encontrado primero y nos impele a dar razón de ella.
A lo largo de estas páginas se ha buscado pensar bien la muerte y el morir para mejor afronta la vida y el vivir. De esta convicción surge la siguiente invitación: mientras llega la muerte, meditemos la vida; mientras vivimos, no olvidemos la muerte; el vivir y el morir son anverso y reverso de la misma realidad que somos nosotros. Ahora nos toca decirnos a nosotros mismos una palabra que dé razón del sentido y significado que cada uno damos a esta realidad de la muerte. Nosotros ya hemos dado sobrada cuenta de ello a lo largo de estas páginas.
"Todo comienzo es postrimería; todo presente, postumidad" (Ángel Valente, La experiencia abisal, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2004, 46).
"La muerte es lo más propio de la condición humana; constituye la evidencia física, empírica, brutalmente irrefutable, de esa cualidad metafísica de la realidad del ser humano que llamamos finitud" (J.L. Ruiz de la Peña, La muerte, destino humano y esperanza cristiana, Fundación Santa María, Madrid 1983, 15)
Vida y muerte:
Realidades inseparables en mutua y constante interpelación
La vida y la muerte forman el díptico de la existencia humana. Son realidades insepara-bles; dos caras de la misma esencia del hombre. Desde el inicio mismo, en todo comienzo que despunta a la vida, aparece inscrito el extremo donde se delinea el confín de la finitud y la postrimería del fin. La vida apunta a la muerte; la muerte reverbera en la vida. La vida es el resultado del vivir. La muerte es la consecuencia del morir. El vivir se proyecta y rebota en el horizonte del morir. El morir es el límite insuperable del vivir. Vivir es un continuo con meta concreta: el morir. Morir es la fijación definitiva de un transcurso ininterrumpido: el vivir. Vida/ muerte, vivir/morir son, pues, dos experiencias humanas, diversas y convergentes, que conci-tan más experiencias e inviconci-tan a pensar: en el misterio de nacer y el crecer, en la novedad que es toda vida, en la alegría de vivir, en la permanencia en la existencia desde la "insoportable levedad" del ser y la amenaza de no ser, en la resistencia de la pervivencia, en la experiencia de tantas muertes cotidianas de nuestro morir muchas veces, en la insoslayable conmoción del desaparecer, en el sentir la muerte del otro como propia, en la muerte propia como realidad cierta en hora incierta...
A partir de las experiencias fronterizas de la vida y de la muerte resuenan otros temas que están íntimamente ligados y que, por sí mismos, constituyen otros tantos aspectos esen-ciales del hombre, sin cuyo significado la reflexión sobre vida y muerte no sería posible. ¿Cómo no sentir el aliento de la pregunta por la libertad y la responsabilidad propia en el vivir y en el morir? ¿Cómo se podrá responder al enigma del hombre en su origen y su fin sin una noción sostenible sobre el cuerpo, el alma y el espíritu, y su mutua imbricación? ¿Cómo silen-ciar los interrogantes ante las coordenadas vitales de la existencia como son, de una parte, tiempo, historia y eternidad, y de otra, espacio, territorio y lugar? ¿Cómo eludir la cuestión por el sentido del origen, del "entretanto" y del fin del hombre? Sobre el origen ("conocido por sus efectos"): ¿de dónde venimos? ¿de la nada, de la casualidad convergente, del don de un ser Dador/Amor que llamamos Dios,...? Sobre el fin ("conocido por sus defectos" (A. Ortiz-Osés): ¿adonde vamos? ¿a la nada (aniquilación, muerte total), a la disolución, a la transfor-mación energética, a un eterno retorno, a la reencarnación/transmigración, a la vida eterna (vivir-en-Dios-para-siempre), a la resurrección,...? ¿Acaso puede ser aniquilado "definitiva e irremediablemente" aquello que de único soy yo? Sobre el "entretanto": ¿tiene sentido la vida entre un origen originado y un final finalizante? ¿Somos contingencia sin sentido, posibilidad significativa, o apertura trastemporal y trascendente? ¿Será aniquilado definitivamente lo que de único soy yo?...
Juan Luis Ruiz de la Peña, uno de los teólogos españoles que mejor, más amplia y pro-fundamente ha pensado y escrito sobre la muerte, ha intentado sintetizar en cinco apartados las principales preguntas que, una y otra vez, retornan a quien se toma en serio el tener que pensar a propósito de la muerte. Pese a su amplitud, no me resisto a ofrecer unos párrafos entresacados de su meditada síntesis, dejando resonar, de nuevo, su autorizada palabra:
a. La pregunta sobre la muerte es la pregunta sobre el sentido de la vida... El hombre, en cuanto finitud constitutiva, es ser-para-la-muerte [... en tal caso,] su vida tendrá sentido en la medida en que lo tenga su muerte. Y viceversa: una muerte sin sentido corroe retrospectivamente a la vida con su insensatez...
b. La pregunta sobre la muerte es la pregunta sobre el significado de la historia. Ya no es posible... enfeudar la muerte en el recinto de lo que atañe sólo a los individuos... c. La pregunta sobre la muerte es la pregunta sobre los imperativos éticos de
justicia, libertad, dignidad. ¿Es posible predicar estos valores absolutos de sujetos contingentes?...
d. La pregunta sobre la muerte es la pregunta sobre la dialéctica presente-futuro... Entre el presente sufrido y el futuro soñado se intercala el hiato, la sima de la muerte. ¿Es posible franquear esa sima, tender un puente por el que podamos transitar del presen-te al futuro? ¿Es posible que los conpresen-tenidos de futuro alcancen también al presenpresen-te? ¿O habrá que resignarse a considerar el presente como medio y a sacrificarlo a un futuro considerado como fin?...
e. La pregunta sobre la muerte es la pregunta sobre el sujeto de la esperanza... ¿Tiene sentido conferir o demandar esperanza para la contingencia [de la que participa el hombre]?... Lo finito no parece sujeto apto de esperanza. Su fragilidad ontológica no la soporta, puesto que es por definición lo abocado a la nulidad... Dicho brevemente: ¿quién conjuga el verbo esperar? El yo singular que todos somos sólo podrá hacerlo si, pese a la fecha de caducidad impresa en su frente, está vigente para él una veraz promesa de vida.
f. La pregunta sobre la muerte es una variante de la pregunta sobre la persona, sobre la densidad, irrepetibilidad, validez absoluta de quien la sufre. La cuestión radical que plantea la muerte podría formularse así: todo hombre ¿es o no un hecho irrevocable, irreversible? Si lo es, tal hecho no puede ser pura y simplemente succionado por la nada. Si no lo es, si también el hombre pasa como pasan los demás hechos, no hay por qué tratarlo con tanto miramiento: la realidad persona es un ficción especulativa y debe ser reabsorbida por esa realidad omnipresente que llamamos naturaleza [...] Si la muerte es captada como problema es porque el hombre es aprehendido como un valor que trasciende el del puro hecho bruto (La Pascua de la creación, BAC, Madrid 1996, 261-264).
No sólo los pensadores, también la "sabiduría popular" ha comprendido que la vida y la muerte son las dos caras de la misma realidad del hombre y que procurar comprender la vin-culación adecuada entre ambas es una de las tareas más delicadas del pensar humano. En este sentido ¿cómo no recordar algunos aforismos y refranes que dan cuenta de este ejercicio de pensar la vida y la muerte? He aquí algunos muy conocidos: "Somos el modo como afron-tamos nuestro propio morir"; "mientras yo viva, tú no morirás para siempre"; "nuestras vidas son los ríos/que van a dar al morir [...] este mundo es camino/ para el otro, que es morada sin
pesar" (Jorge Manrique); "se muere como se vive, se vive anticipando el morir"; "morirse no importa nada:/ lo que importa es que la vida/ con la muerte se te acaba" (José Bergamín); "ven muerte tan escondida/ que no te sienta venir/ porque el placer de morir/ no me vuelva a dar la vida" (Santa Teresa); "meditatio mortis" (meditación de la muerte); "pensar la muerte ayuda a vivir, pensar la vida prepara al bien morir"; "se vive para morir; se muere para vivir (en Dios, o de otro modo)"; "nadie muere para sí, todos morimos para los otros"; "morir es algo que le pasa a alguien"; "sólo descubre la muerte quien ama a un tú (segunda persona) y se ama a sí mismo hasta el punto de no querer dejar de existir como amante"; "sólo quien ama vive, sólo quien ama sabe del morir"; "no es la muerte cuando se acaba tu vida, sino cuando mueren los demás y tú te quedas solo"; "la muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida"; "sólo cuando caigo en la cuenta de que yo puedo morir (imagino mi muerte), empiezo a descubrirla como real y no sólo virtual... o lejana"; "el miedo a la muerte me mantiene vivo"; "primero vivir, luego morir, después ya veremos"; "mors certa, hora incerta" (muerte cierta, hora incierta); "memento morí" (acuérdate de que has de morir); "media in vita, in morte sumus" (en medio de la vida, estamos en la muerte); "si vis vitam, para mortem" (si quieres la vida, prepara la muerte); "ars moriendí' (el arte de morir); "sicut vita, finis ita" (se muere como se ha vivido); "quotidie morior" (todos los días voy muriendo); "quidquid facies réspice ad mortem" (en todo lo que hagas piensa en la muerte" (Séneca); "no hay nada más humano y que mejor defina la finitud que perecer" (E. Tierno Galván); "la muerte es maestra de la vida"; "vita mutatur, non tollitur" (la vida se transforma no se suprime) (Liturgia cristiana de difuntos); ...
Todo parece indicar que está legitimado pensar la vida desde la muerte y ésta desde aquélla. Más aún, el entendimiento no se alcanzará sin la mutua referencia. Por ello, en este caso, la primera aproximación a la identidad de la muerte pasa por verla desde la perspectiva de la vida.
De la vida (desde sus rasgos y empeños)
La vida es como una obra de arte: invita a la contemplación. Veamos algunos de los rasgos definitorios de la vida desde esta perspectiva contemplativa; antes una breve definición.
Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua "Vida" es, en su prime-ra acepción, "fuerza o actividad interna sustancial, mediante la que obprime-ra el ser que la posee". En otras acepciones se especifica: Vida es el "estado de actividad de los seres orgánicos"; vida es el "espacio de tiempo que transcurre desde el nacimiento de un animal o un vegetal hasta su muerte", o la "duración de las cosas". El infinitivo "vivir" se refiere a "tener vida" a "durar con vida".
Si realizamos una aproximación filosófica al concepto "vida" entonces obtenemos una definición más precisa y técnica. La vida es decurso e "intercurrencia" (es decir, ocurre de un modo interrelacionado, pasando de una situación a otra) en la cual se da: "ratificación, rectificación, integración, ampliación o abandono de lo que se quiere ser" (X. Zubiri, Sobre el Hombre, Alianza Editorial, Madrid 1986, 661). A l o largo del decurso o transcurrir de la vida - s i ésta no se trunca violentamente- se produce una progresión en la limitación de todas estas acciones; se pierde intensidad y progresión en el vivir, lo cual conlleva que psicológicamente se produzcan crisis de identidad, de autonomía, de pertenencia... Si bien es cierto, hay que
afirmar que hasta el final - a u n q u e flaqueen las fuerzas-, la vida es autodefinición de la figura que se quiere ser, es decir, vida es: "autodefinición, autorrealización y autoposesión". En de-finitiva, "la vida tiene duración, futurición y emplazamiento" [las cuales] son tres dimensiones irreductibles y cuya unidad física es la que confiere el perfil exacto a la realidad de la vida" (X. Zubiri, Sobre el Hombre, 660).
De modo esquemático y en tono más sugerente que explícito, podemos realizar una aproximación fenomenológica a los principales rasgos de la vida, sin los cuales, en su unidad, difícilmente se podría hablar de vida humana. En la misma línea, las dimensiones de la vida aquí descritas implican unas actitudes y conllevan unas exigencias que habrían de mantenerse para que la vida siga siendo vida en calidad.
1. La vida es dinamismo
La vida no es realidad estática: es acto de vivir. La vida es realidad en movimien-to, cambiante y permanente. La vida es recreación, reproducción. La vida es camino hecho y por hacer...
Este dinamismo vital compromete a quien vive a seguir viviendo hasta el final. 2. La vida es don
La vida no es obra propia y exclusiva de nadie, es algo que puede o no aparecer: pudo no-ser, puede no-ser. La vida no se programa ni predetermina, es sorpresa inesperada. La vida es regalo dado, no conseguido ni merecido. La vida procede de la donación de algo-otro o, mejor aún, de alguien-otro distinto de quien vive...
La vida como don comporta en quien vive el imperativo de la gratuidad. 3. La vida es relación
La vida se da con otros (socializada), entrelazada con otros: con otras realidades, con Dios (realidad trascendente), con otras personas (el otro en mí) con quienes hay coincidencia en el tiempo o se establece causalidad entre ellas... La vida conlleva decisiones que afectan a otros y al futuro, por ello es libertad y consciencia. La vida no es el simple existir; es coexistir ("complicadamente, coimplicativamente, medialmente" (A. Ortiz-Osés)...
La relacionabilidad y respectividad de la vida apremia a quien está vivo a vivir en y desde la responsabilidad.
4. La vida es unidad
La vida no es simple suma de elementos, sino integración de los mismos desde un nú-cleo interior (interiorización), incluida la muerte como posibilidad real. En la vida hay un prin-cipio dinamizador y unificador que discierne entre lo que cambia y lo permanente. La vida es cohesión de diversos en estabilidad autoposesiva. La vida humana es unidad sustancial de materia y espíritu en su ser ("corporeidad traspasada por lo anímico y espiritualidad que toma forma en lo corporal" (J.L Ruiz de la Peña, La otra dimensión, 310)...
La integración de la unidad existencial exige una vida vivida como autoposesión desde la cohesión-coherencia.
5. La vida es temporalidad
La vida no es sólo tiempo cronológico, también psicológico. La vida implica conciencia de ser efímera (de un día). La vida es provisionalidad y contingencia que anticipa y avisa de la muerte. La vida del hombre sólo es tiempo, para ser vivido o des-vivido, gastado, no ahorrado. La vida abre a la eternidad y la esperanza de futuro desde pasado asumido...
La temporalidad comporta en quien vive una llamada a la autorrealización (no sólo del presente sino de cara al futuro).
No obstante, aunque los rasgos distintivos a los que se ha hecho alusión parece que exigen esas actitudes (perseverancia personal, gratuidad, responsabilidad, coherencia, au-torrealización), también se puede vivir la vida, de hecho, de otras maneras, que, en línea de principio, entrarían en contradicción con el deber ser del buen vivir, pero que hallan su justifi-cación en la voluntaria decisión de vivir en y desde la libertad:
a. amorfamente (pasivamente, dejándose vivir); b. egoístamente (anti-don);
o irresponsablemente (con el presente y con el futuro); d. fragmentadamente (sin cohesión);
e. pródigamente (derrochando el tiempo, sin realizarse en él).
De la muerte (desde la vida)
¿Qué será, pues, la muerte? Si la muerte es el fin del decurso vital donde no hay más futuro intramundano; si la muerte es el emplazamiento definitivo de la vida, entonces habrá que afir-marque la muerte es el final espacio-temporal de todas esas características que definen la vida. Así, la muerte es:
a. fin del dinamismo,
b. estancamiento del don de sí y de la recepción del don de otros, o suspensión de toda relación intramundana perceptible,
d. fijación de la unidad interior alcanzada,
e. terminación definitiva de todo tipo de temporalidad.
Ahora bien, por paradójico que parezca, la vida rebotando en el horizonte de la muerte permite considerar que todas las características que la determinan se han de vivir como si fuera la primera y la última vez. Es decir, la vida contemplada desde la muerte nos devuelve la conciencia de mortalidad: la vida se ultima a cada paso, no somos del todo, somos "aún-por-ser"... pero no de modo indefinido, sino temporal. Lo que seamos fuera del tiempo, en el "más allá", en "otra dimensión", es razón religiosa y respuesta teológica aceptada por la fe y las creencias propias. Ahí es donde, precisamente, el cristiano fundamenta su esperanza:
"Si la vida tiene sentido, y no es el juego absurdo que pensaba Sastre, la muerte debe dar al hombre el permanecer durante la eternidad en lo que quiso ser durante el tiempo; y ello no en virtud de una nueva decisión, que evacuaría irremediablemente la vida misma, sino en cuanto suma totalitaria de las actitudes vividas y acumulación sin futuro del ente-ro pasado, convertido ya, de forma irreversible, en presente eterno" (J.L Ruiz de la Peña, La otra dimensión, 316-7).
A la pregunta ¿qué es el hombre? nuestra primer respuesta es: el hombre es un ser viviente, un organismo dotado de vida, pero ¿qué es la vida? El término vida expresa un concepto abstracto formal tomado del verbo vivir, entendiendo por vivir el conjunto de actos que caracterizan a los seres vivos, con lo cual lo que en realidad existe son seres vivos que concretizan e individualizan ese principio formal que es la vida.
No es aventurado decir que mucha gente es incapaz de dar una respuesta satisfactoria a esta pregunta, aunque pueda distinguir ordinariamente un ser vivo de un no viviente. Partimos de un postulado fundamental: la naturaleza de la vida es misteriosa, en cambio sus efectos o manifestaciones son comúnmente conocidos. La vida de por sí no se define sino que se constata experiencialmente y se describe en su complejidad y a través de su propiedad específica que es el movimiento ab intrínseco, es decir, la vida es la capacidad de movimiento espontáneo, autógeno. Los seres no vivientes reciben el impulso del exterior, "moventur se ipsis, sed non a se ipsis" ("se mueven pero no por sí mismos") (Santo Tomás de Aquino, De veritate, q. 24, a. 1), mientras que los vivientes llevan dentro de sí mismos el principio de su movimiento y de sus operaciones "Proprie dicuntur viventia quae ex seipsis moventur et operantur" ("llamamos propiamente seres vivos a los que se mueven y operan por sí mismos"), o como dice el mismo Santo Tomás en otro lugar, "el nombre de vida se usa para significar una sustancia a la cual le compete, en virtud de su misma naturaleza, moverse por sí misma" (Summa Theologiae, ll-ll, q. 179, a.1.). Para el filósofo, la diferencia principal entre los no vivientes y los seres vivos radica en el hecho de que los seres vivientes poseen o son capaces de ejercer naturalmente actividades inmanentes autoperfectivas, mientras que las actividades de los no vivientes son puramente transitivas (cf. J. F. Donceel, Antropología filosófica, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires 1969, 47-52).
Elemento constitutivo del ser vivo es, portante, la acción inmanente autoperfeccionante, que no es sólo una diferencia de grado de mayor o menor complejidad, sino una característica esencial, una diferencia irreductible, un salto cualitativo de los seres no vivos a los organismos vivientes. Todo ser vivo por el mero hecho de serlo desarrolla un mínimo de actividades inmanentes autoperfeccionantes, como son: la nutrición, el crecimiento y la reproducción (cf. V. Marcozzi, La vita e l'uomo, Cea, Milano 1946, 12ss).
La definición más antigua y de más abolengo que se tiene de la vida en la historia del pensamiento es la que diera Aristóteles como automovimiento. Un ser vivo es el que es capaz de moverse a sí mismo. En primer lugar, Aristóteles caracteriza la vida en función de cuatro operaciones: alimentarse, sentir, trasladarse de lugar y entender; y en segundo lugar, diferencia el vivir de las operaciones que le son propias como una actividad más radical que ellas, pues, en efecto, un viviente no está más o menos vivo según realice más o menos operaciones de este tipo. De ahí que a las operaciones vitales las llame actos segundos, y al vivir acto primero, afirmando categóricamente que "para los vivientes, vivir es ser", es decir, la vida es el ser de los vivientes (Aristóteles, Sobre el alma, II, 4, 415 b, 13). Por tanto, vivir y ser es aquello en virtud de lo cual el viviente ejecuta acciones o las omite, pero el vivir no es algo ejecutado u omitido por el viviente o en otras palabras, el ser vivo es causa eficiente, formal y final de sus operaciones.
El biólogo americano J. H. Rush dice que "la esencia de la vida es el cambio, el proceso, la actividad continuada" (Uorigine de la vie, París 1959, 16). Según Nietzsche la vida es "un subir", un "crecimiento", un "devenir interrumpido"; según Bergson, la vida es un "impulso excepcional" que él mismo llama "impulso vital". La vida pues, se manifiesta a través de
las llamadas operaciones vitales de los seres vivos, ya que sólo los seres vivientes poseen actividades naturalmente inmanentes y auto-perfectivas, como son la organización, la nutrición, el crecimiento o desarrollo, la reproducción y la transmisión de información.
Todo esto está muy bien desde un punto de vista filosófico tradicional. Pero, ¿cómo explicar el misterio de la vida? Cuando hablamos de la vida, ¿nos estamos refiriendo a una cierta forma de energía material o a una combinación de distintos tipos de energía, o consiste en algo superior a la pura energía material? La respuesta a estos interrogantes la encontramos en dos corrientes de pensamiento antagónicas. En primer lugar, el mecanicismo reduce la vida a un agregado de substancias que actúan unas sobre otras con una compleja actividad físico-química, actividad que queda reducida a simples acciones mecánicas, con lo cual no habría diferencia específica alguna entre seres vivos y seres inanimados, lo único que diferencia a los seres vivos de los seres inorgánicos son las diferencias accidentales o de cantidad, es decir el tener una mayor complejidad. En segundo lugar el vitalismo, que admite la existencia en el ser vivo de un principio vital, con lo cual apunta a una diferencia esencial entre el ser vivo y los seres inanimados. Ambas hipótesis se han mostrado insuficientes a la hora de explicar un fenómeno tan complejo y maravilloso como es la vida, aunque también es cierto que de cuando en cuando aparecen nuevas formulaciones o repuntes de esas hipótesis clásicas con nuevos rasgos científicos, como en el caso del emergentismo y del organicismo.
Desde el punto de vista científico podemos definir la vida como un modo particular de organización de la materia. Son muchos los que piensan que los futuros progresos de la química orgánica y de la biología molecular, permitirán fabricar artificialmente la vida. Según los últimos hallazgos de la biología molecular la sustancia viviente se distingue de la no viviente sobre todo por el modo diverso de estructuración de las moléculas: la sustancia no viviente o inorgánica está compuesta por moléculas extremadamente simples, mientras que la sustancia viviente u orgánica está compuesta por moléculas muy bien organizadas y complejas. Hoy son muchos los científicos que piensan que la vida extrae sus propiedades directamente de esa misteriosa tendencia de la naturaleza a organizarse espontáneamente yendo hacia estados cada vez más ordenados y complejos. La vida no es más que la historia de un orden cada vez más elevado y general. Por eso no nos queda otra salida que asentir a lo que expresa Jean Guitton, "en cada partícula, átomo, molécula, célula de materia, vive y obra, a espaldas de todos, una omnipresencia... Quiere esto decir que el universo tiene un eje; o mejor un sentido. Este sentido profundo se encuentra en su interior, bajo la forma de una causa trascendente" (Dios y la ciencia. Hacia el metarrealismo, Debate, Madrid 1998, citado por S. Gutiérrez Cabria, Dios, ciencia y azar, BAC, Madrid 2003, 238). La vida en definitiva es un fenómeno tan extraordinario y portentoso, que supone un salto cualitativo abismal que exige la acción omnipotente de un Creador.
Hay equívocos tremendos en el uso científico filosófico de la palabra vida. Esto nos llevaría a adentrarnos por los caminos del "vitalismo", del "biologismo", del "vitalismo biológico", del "raciovitalismo, e incluso por las formulaciones actuales de esos mismos "-ismos", como el emergent/smo, el organic/'smo, el mecanic/'smo, el fisical/smo o el reduccion/smo, con lo cual nos saldríamos de los límites de este escrito, por eso, nada mejor que remitir al lector interesado en estos temas al pensamiento de autores como Ortega y Gasset, Dilthey, Bergson, Simmel, Scheler, Nietzsche, Ayala, Hempel, Barthez, Driesch, Wattson, etc.
La vida de un ser viviente no puede reducirse a una propiedad de los elementos físico-químicos que la componen. Hay propiedades que no pueden aplicarse a las partículas
elementales de un organismo, sino sólo a su agrupación colectiva. Por eso, como dice X. Zubiri, la célula no está viva por tener átomos y moléculas, sino por ser célula. Por esta razón define Zubiri al ser viviente como "irritabilidad normada, integrada por materia orgánica, actividad internamente orientada por radical unidad primaria" {Espacio. Tiempo. Materia. Alianza, Madrid 1996, 624). Tampoco faltan físicos eminentes como E. Schródinger, W. Heisenberg, N. Bohr, que manifiestan sus dificultades al intentar explicar desde la física los fenómenos vitales. En este mismo sentido abunda también F. J. Ayala, cuando señala que "en el estado actual del desarrollo de las dos ciencias -Física y Biología- la reducción de la Biología a Física no puede efectuarse" (Biology as autonomous science, "American Scientist" 56/3 (1968) 208), es más, las tres principales categorías del ser vivo: autonomía, teleología, evolución, son irreductibles a sólo presupuestos mecánicos o físico-químicos (cf. D. Cano, Autonomía y no reduccionismo de la biología en el pensamiento biofísico de Francisco José Ayala, "Pensamiento" 64/ 240 (2008) 267-287).
El así llamado "libro de la vida" es una realidad complejísima compuesta de una serie de elementos que van desde la célula, como unidad básica de los seres vivos, hasta el núcleo, los cromosomas, la cadena de ADN, las bases nucleótidas, los genes, las proteínas, etc. No es de extrañar, pues, que la fecha del 26 de junio del año 2000 haya pasado a la historia como uno de los hitos de la ciencia al dar a conocer solemnemente, tras diez años de apasionadas investigaciones en las que colaboraron más de un millar de científicos, el primer mapa del genoma humano, hecho que algunos periodistas muy imaginativos calificaron como el "santo griai" de la biología (cf. N. Blázquez, Genómica y biotanasia, "Studium" 40 (2000) 491 ss).
Al hablar del origen de la vida, partimos de un primer postulado: la vida no ha existido siempre en nuestro planeta. En la escala geológica, nuestra especie, Homo Sapiens, es de origen muy reciente. Si tenemos en cuenta los datos aportados por los geoquímicos y los astrónomos, la materia, el espacio y el tiempo, nacieron hace alrededor de 13.700 millones de años - c o m o resultado de una tremenda explosión conocida como el Big B a n g - Ese gran fulgor fue captado por un satélite de la NASA, el WMAP (por sus siglas en inglés, Wilkinson Microwave Anisotropy Probé), que registró los primeros rayos luminosos que viajaron libremente por el universo, apenas 380.000 años después de la gran explosión. Las Galaxias más antiguas surgieron hace 10.000 millones de años. La Vía Láctea, nuestra Galaxia, se formó hace 7.500 millones de años. Nuestro planeta Tierra se formó tan solo hace unos 4.650 millones de años, como resultado de la condensación de gases y partículas que giraban alrededor del sol. Las rocas más antiguas descubiertas en Groenlandia - c o n "fósiles" de organismos bacteroides-, apuntan a la existencia de vida celular hace 3.800 millones de años (recientemente ha aparecido la noticia de que esta fecha se había incrementado en 400 millones de años). Por tanto, fue mucho el tiempo en que la vida estuvo ausente de nuestro planeta.
Algunos autores piensan que la vida habría aparecido en torno a las fuentes cálidas submarinas o chimeneas hidrotermales que proliferan a lo largo de las dorsales activas en los fondos marinos (cf. I. Prigogine - I. Stengers, Entre el tiempo y la eternidad, Alianza, Madrid 19942). Los experimentos de Stanley Miller en 1953, y los estudios del científico español J. Oró llevaron a la conclusión de que hace más de tres mil millones de años -fecha en la aparecen los primeros fósiles de organismos bacteroides- se daban las condiciones adecuadas y los materiales aptos para la producción de macromoléculas orgánicas que constituyeron la así llamada 'sopa prebiótica'. Estas teorías han sido criticadas desde distintos frentes, sobre
todo debido al hecho de que en los experimentos no se pudieron producir algunos de los componentes precisos para la vida. Esto no significa otra cosa sino que, el cómo y el cuándo surgió la vida, está aún rodeado de misterio.
Durante la mayor parte de su historia, la vida se ha presentado en forma de seres microscópicos y relativamente simples. Bacterias y organismos semejantes -llamados procarióticos porque son células que no tienen propiamente un núcleo- son los únicos seres vivientes que existieron durante los primeros 2.000 millones de años. Los primeros organismos eucariotas (cuyas células tienen núcleo) aparecieron hace unos 1.500 millones de años, pero son todavía seres microscópicos unicelulares. Los primeros organismos multicelulares surgieron hace menos de 1.000 millones de años y eran organismos acuáticos. Las plantas y los primeros vertebrados aparecieron hace unos 500 millones de años. La aparición de los mamíferos tuvo lugar hace unos 200 millones de años, cuando la tierra estaba dominada por los reptiles, encabezados por los dinosaurios, pero la expansión y multiplicación de los mamíferos comenzó hace tan sólo 70 millones de años. Los australopitecinos - l o s primeros seres que merecen ser llamados humanos, puesto que los más avanzados de ellos construían instrumentos primitivos- aparecieron hace unos 4 ó 5 millones de años. Nuestra especie, Homo Sapiens, no apareció hasta hace unos 300.000 años. El homo sapiens sapiens (Neandertales y Cromagnones), nuestros parientes más cercanos, apareció hace 35.000 años.
La versión actual de la historia de la vida, por lo que se ve, es muy compleja, se compone de algunos hechos ya probados, algunas lagunas y muchas teorías sobre el modo de completar los eslabones perdidos.
Lo que interesa es sobre todo esclarecer el carácter único, singular y peculiar de la vida humana. "La vida humana no es un experimento sino una hermosa experiencia" (Letoren). La vida es el fenómeno más impresionante que existe en la naturaleza y por ello también el más misterioso, de ahí que no sea fácil aventurar una definición adecuada de lo que la vida es.
Podemos decir, sin temor a duda, basándonos en los conocimientos actuales en el campo de la embriología y de la genética del desarrollo del hombre, que la vida es un proceso único, que empieza en la fecundación y no se detiene hasta la muerte, con todas sus etapas evolutivas e involutivas. La unidad que existe a lo largo de todo el desarrollo del individuo humano, desde la fecundación hasta la muerte, no es simplemente una continuidad biológica, sino que se trata de la unidad de todo el ser, corpóreo y espiritual, aunque la formación y la maduración del individuo se realicen progresivamente tanto en el plano somático como en el espiritual. El inicio de esta maduración, y de esta relación entre corporeidad y espiritualidad de un sujeto único, no puede distinguirse del que señala el comienzo de una vida biológicamente individualizada (cf. C. Simón Vázquez, Vida Humana, en ID. (dir), Diccionario de bioética, Monte Carmelo, Burgos 2006, 754ss).
A primera vista la vida es una experiencia espontánea para cada uno de los seres humanos, una experiencia que se da antes de que el hombre pueda decidir o querer o conocer. La vida nos es dada. Es un don y un misterio. Un regalo que hemos recibido sin mérito alguno por nuestra parte. "La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen su impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella" (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 39). La vida y el vivir humano es proyecto y aventura. Es presente y futuro. La vida es oportunidad y destino. Es una realidad singular y propia que ha de ir realizando cada uno de los seres humanos a lo largo de toda la historia personal de cada uno. Vivir la vida es, en definitiva, recorrer un puente que crece cuando se lo atraviesa.
El progreso de las ciencias experimentales ha aportado informaciones muy valiosas acerca de la vida humana, se siguen aventurando muchas hipótesis, pero en este momento es mucho más lo que desconocemos que lo que en realidad sabemos sobre ella. Sobre todo si tenemos en cuenta que la vida humana es algo radicalmente distinto de la vida del resto de los seres vivientes, sean plantas o animales, es decir, la vida humana es un fenómeno dotado de una especificidad propia desde el primer momento de su existencia, no es un simple dato biológico, puesto que desde el mismo momento de la fecundación la vida humana dice relación a la persona. La ciencia demuestra que desde el momento de la fecundación ya hay un ser humano. La vida humana no existe en sí y por sí, es una realidad que es propia de la persona, no existe en abstracto, sino que existe siempre y solamente en concreto, es decir como realidad poseída y vivida por la persona concreta e individual.
Son muchos los que hoy piensan que todos los límites son superables lo cual ha conducido a "la artificialización de la vida humana, la transformación del mismo organismo humano en una máquina artificial, una bio-tecno estructura cuyo programa [...], teniendo un destino biológico predeterminado, no podrá ya concebirse como autor de la propia vida, es decir, como hombre, si el "proprium" del hombre es su capacidad y posibilidad de autodeterminarse" (I. Colozzi, Perché é urgente che l'Europa recuperi la distinzione umano/non umano [Conferencia en La convención Europea de Profesores Universitarios, Roma 2006]).
La vida humana se distingue de la vida de los otros seres vivientes por el nivel espiritual que tiene y por las dimensiones sociales que puede conseguir, y así podemos hablar
de vida espiritual, intelectual, afectiva, social, política, etc. Es más, la vida humana es siempre un bien: "esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender... La vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura..." (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 34).
Pero aún hay algo más, la vida humana se distingue de la vida de los demás seres por la actitud nueva que el hombre demuestra frente a la vida: es el hombre quien se plantea el problema de la vida, es el mismo hombre quien valora y aprecia la belleza de la vida, es también él quien desea mejorar su forma de vida, y por supuesto él es quien intenta trascender los límites espacio-temporales que confinan la propia vida. Sólo el hombre es capaz de elaborar la idea de una vida perfecta y de sentir la admiración y fascinación que esa vida le provoca. En definitiva, sólo el hombre es señor de la propia vida, ya que sólo él es capaz de controlarla, dirigirla y perfeccionarla, dentro de los límites que su propia condición creatural le impone. La vida se le ofrece al hombre como un reto y una tarea llena de posibilidades y de riquezas. La vida humana es una existencia que puede lograr niveles espirituales muy elevados, que busca siempre superarlos. Su mirada es siempre hacia delante, de ahí que su verdadero significado sólo se conseguirá cuando sea capaz de descubrir la meta a la que está llamada. Una cosa es cierta, el sentido y el significado último de la vida humana no puede provenir ni del pasado ni de abajo, sino que apunta siempre al futuro y hacia la eternidad (Cf. B. Mondin, Antropología filosófica, ESD, Bologna 2000, 95-97).
La vida humana es pues, el sujeto que vive. Decir vida humana es hablar de un sujeto viviente. Un sujeto que tiene dentro de sí el principio vital: un ser subsistente que se autoposee y se autodetermina. Nuestra identidad personal, singular, única e irrepetible, está presente desde el inicio de nuestra vida en nuestra dotación genética. Por eso podemos hablar de la unidad biológica y biográfica existencial que constituye a cada uno de los seres humanos, es decir, la vida se nos presenta como un proceso único que empieza en la fecundación y no se detiene hasta el momento de la muerte, con sus etapas evolutivas e involutivas, aún cuando sea verdad, que con el paso del tiempo y de los años hayamos renovado totalmente nuestros materiales constituyentes.
La epistemología y la antropología nos muestran y demuestran que no es posible separar vida humana de vida personal. La vida humana, el vivir, no es un concepto teórico, ni un hallazgo de los laboratorios. En el fondo no existe la vida humana en abstracto, lo que vemos, loque tocamos, son personas vivas. El sintagma vida humana está unido siempre a la persona. La biología, la antropología y la filosofía cuando se refieren a la vida humana nos hablan de algo novedoso, distinto, singular, único e irrepetible. En ningún caso podemos separar la vida humana de la persona, la vida no es algo que adviene, algo que se adquiere, algo que se añade al ser personal, sino que es el principio vital de la persona, algo insustituible, irrepetible e incomunicable. Por eso podemos afirmar sin titubeos que la vida humana es más que vida, es existencia personal. Es don y tarea a realizar.
Como ser dinámico que es, el hombre al realizar su tarea cotidiana va construyendo su realidad a partir de todas sus acciones, desarrollando su inteligencia, pero también su propia forma de ser ante el mundo, con lo cual sus talentos y su propio talante crecen en la medida en que es y hace. Para realizar la tarea cotidiana de su existir, el hombre cuenta con unas propiedades que le constituyen, que son fundamentales, que son la raíz de su ser, en su totalidad.
Vivir, pues, significa darse cuenta de que soy un ser único, que me poseo a mí mismo. Soy un solo ser, un solo sujeto, una sola naturaleza, una sola entidad, una unidad sustancial. Esta realidad "una" que soy se caracteriza por un dominio tal sobre mí mismo, que me hace distinto de los demás seres de la naturaleza, y me convierte en único e irrepetible. Mi poder de autorreflexión y control, me ayuda a descubrirme siendo yo mismo frente a todo lo demás. Ser único y yo mismo significa que vivo mi vida de forma diferente a los demás. Por lo tanto, nunca puedo ser otro, ni intercambiarme por nadie. Yo soy mi propia realidad, soy mi propio dueño, me reconozco como persona, como alguien intransferible, único e irrepetible. Yo y sólo yo tengo que cargar con la responsabilidad de mi existencia. Kierkegaard y Unamuno vieron esto con especial profundidad en la experiencia de una angustiosa soledad: "No hay otro yo en el mundo" repite Unamuno en el Prólogo a su Vida de Don Quijote y Sancho. Aunque también es verdad, que en los momentos de la más profunda intimidad con uno mismo, allá en el fondo del ser se experimenta la presencia indudable del Ser en el cual estamos enraizados, que es el Ser de nuestro ser y del que San Agustín decía que es "intimior intimo meo", "más íntimo a mí que yo mismo" (Confesiones, III, 6, 11).
Al mismo tiempo y constitutivamente soy un ser que comunica y se entrega a los otros, por eso mi vida ha de realizarse en la comunión interpersonal y en el trato con los demás. La verdad más profunda del hombre es su relación con los otros. Existir es "co-existir". Vivir es "con-vivir", ya que el hombre, como dice J. Rof Carballo, es un "ser para el encuentro": sólo comprende su misterio cuando encuentra al otro y crea con él una relación interpersonal (El hombre como encuentro, Madrid 1973, 24-25). La persona es una estructura relacional que consiste en la autoposesión consciente de su ser relacional. La presencia del tú en el yo, hace que el yo esté presente a sí mismo. "Ni siquiera en la más radical soledad del yo, deja de existir en el alma la oscura vivencia germinal del tú" (P. Laín Entralgo, Teoría y realidad del otro, II, Revista de Occidente, Madrid 1961, 191).
El hecho fundamental de la existencia humana no es la reflexión racional del "yo pienso" cartesiano, que encierra al hombre en su conciencia individual; no es la contemplación de la naturaleza infrahumana, ni la búsqueda y la elección de valores abstractos e impersonales, ni mucho menos, la transformación técnica del mundo con el trabajo, el hecho fundamental de la existencia es que todo hombre es interpelado como persona por otro ser humano, en la palabra, en el amor y en el quehacer de cada día, y debe dar su respuesta: aceptación o rechazo. Según sea mi respuesta yo me realizo o no me realizo absolutamente. El sentido de mi existencia está vinculado a la llamada del otro, que quiere ser alguien frente a mí y que.me invita a ser alguien ante él, en el amor y en la construcción de un mundo más humano, más fraterno y solidario, "amar algo o a alguna persona significa dar por "bueno", llamar "bueno" a ese algo o a ese alguien. Ponerse de cara a él y decirle: "es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo" (J. Pieper, Las virtudes fundamentales. Rialp, Madrid 1975, 436).
Desde los comienzos de la historia del pensamiento occidental contamos ya con la genial intuición de Aristóteles en los libros VIII y IX de la Etica a Nicómaco, cuando resalta el hecho de que para conseguir la verdadera felicidad el hombre necesita de los amigos: "es probablemente absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar solo; el hombre es, en efecto, un animal social, y naturalmente formado para la convivencia. Esta condición se da también en el hombre feliz que tiene todo aquello que es un bien por naturaleza, y es claro que pasar los días con amigos y hombres buenos es mejor que pasarlos con extraños y con hombres de cualquier índole. Por tanto, el
hombre feliz necesita amigos" porque "sin amigos nadie querría vivir, aún cuando poseyera todos los demás bienes" (Etica a Nicómaco, 1169 b, 16-22; 1155 a, 3-6).
Como muy oportunamente nos recuerda el gran personalista francés E. Mounier "las otras personas no limitan a la persona, la hacen ser y desarrollarse. Ella no existe sino hacia los otros, no se conoce sino por los otros, no se encuentra sino en los otros. La experiencia primitiva de la persona es la experiencia de la segunda persona. El tú, y en él, el nosotros, preceden al yo" (El personalismo, en Obras, III, Sigúeme, Salamanca 1990, 475). La fenomenología del amor y de la amistad en su doble dimensión: el amor que recibimos de los otros y el amor que entregamos a los demás, nos dice que la vida personal no se constituye en la clausura del yo, sino en la apertura al tú. Es más, nos lleva a ver que yo necesito de los otros para ser yo mismo. "El hombre no descubre lo que tiene de más profundo en sí mismo, sino en los ojos del otro" (E. Schillebeeckx, Le Christ, Sacrament de la reencontré de Dieu, Paris 1960, 270).
El hombre es un ser "indigente" y un ser "oferente" dice Laín Entralgo. Por eso el que se encierra en su soledad intentando ganarse, se pierde. Hace falta darse para poder desarrollar todo lo que somos. La persona se fundamenta en un don, en una entrega. De ahí que su vida tenga que ser también don y entrega para poder realizarse plenamente. La plenitud de la persona se halla en la entrega sincera de sí mismo a los demás y esto puede suscitar una sociedad de personas. De ahí que la clave de la felicidad esté no en buscarse a sí mismo como meta, sino en vivir hacia algo o alguien con olvido de sí. De esta manera el amor se constituye en una nueva forma de ser, hasta el punto que puedo decir: amo luego existo, o dicho de otro modo siguiendo a Mounier: "el acto de amor es la certidumbre más fuerte del hombre, el 'cogito' existencial irrefutable: amo, luego el ser es y la vida vale la pena ser vivida" (ElPersonalismo, en Obras, III, Sigúeme, Salamanca 1990, 477-478).
Conclusión. ¿Qué es, qué significa, pues, vivir una vida humana? Permítaseme responder a esta pregunta con las palabras siempre actuales de alguien, que gracias a su fe en la vida, logró sobrevivir a los horrores del holocausto, Víctor Frankl:
"Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo. Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el significado de la vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas a la vida con argumentos especiosos. Vida no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz" (El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 19878, 78-79J.
El reto que la vida misma nos presenta a todos los hombres en este momento particular de la historia, es la defensa y la promoción, el respeto y el amof a la vida como tarea que Dios nos ha confiado. Vivamos pues esa aventura maravillosa que es el vivir y dejemos y hagamos
que los demás puedan también vivir su vida con la misma dignidad y calidad que nosotros queremos para nuestra vida. En un mundo que ha perdido el sentido de Dios, cuando al hombre se le quiere encerrar y reducir a los límites de su propia inmanencia, no resulta extraño que la vida no sea considerada como "un don espléndido de Dios, una realidad "sagrada" confiada a su responsabilidad y, por tanto a su custodia amorosa, a su "veneración". La vida llega a ser simplemente "una cosa", que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable..." (Evangelium vitae, 22).
El carácter único y singular de la vida humana, ha de llevarnos, en palabras de Juan Pablo II, a defender que la vida humana es un don que debe ser amado, un bien que debe ser servido, un derecho que debe ser tutelado y una gracia que debe ser acogida y promocionada; es mucho lo que está en juego, de lo contrario el futuro de la humanidad corre un serio peligro.
La antropología nos ha ayudado a descubrir la dignidad incomparable y el valor único de la persona humana, la ética podrá impedir que esa dignidad inviolable de la vida humana y ese valor corran el peligro de verse destruidos por los poderes tecnológicos de que hoy dispone la humanidad. La vida humana es un valor absoluto, nunca un valor instrumental o un medio para otros fines por muy nobles que puedan parecer. No podemos sacrificarlo todo en aras del pragmatismo tan omnipresente en nuestra cultura. Hoy es más imperativo que nunca el lema kantiano del "sapere aude", atreverse a pensar y reflexionar para saber de sí y para orientar la propia vida.
ES EL HOMBRE?
Mario Jabares Cubillas
"¿Qué más cerca de mí que yo mismo? Con todo, he aquí que no me comprendo... ¿Qué soy, Dios mío? ¿Qué naturaleza soy?" (San Agustín, Confesiones, 10, 16, 25 y 10, 17, 26).
Estos interrogantes que Agustín de Hipona se plateó a finales del siglo IV, no han perdido actualidad. El misterio del hombre y del vivir humano sigue apasionando y maravillando a muchos de nuestros contemporáneos, sobre todo si tenemos en cuenta que "vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar", tal como nos recuerda Marañón.
Del hombre se ha dicho de todo, se han dado todo tipo de definiciones. Para Unamuno el hombres es el "bípedo implume de la leyenda, el homo politicus de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical" (El sentimiento trágico de la vida, en O. c, 127). Otras denominaciones que encontramos en la numerosísima bibliografía que existe sobre el tema hablan de él como "mamífero terrestre bípedo", "animal racional", "mono desnudo", "carnívoro agresivo", "animal simbólico","máquina programada para la preservación de los genes", "microcosmos alquímico", "pasión inútil", "Dios deviniente", "el modo finito de ser Dios", "rey de la creación", "imagen de Dios", "ser cultural", "subjetividad autoconsciente", "ser dialógico", "animal herido" (Nietzsche), etc.
Sin embargo el hombre al que nos referimos aquí, es más bien, siguiendo con el gran Don Miguel de Unamuno, "el de carne y hueso, el que nace, sufre y muere, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano; [...] yo, tú; cuantos pesamos sobre la tierra. Este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y a la vez el supremo objeto, de toda filosofía, quiéranlo o no algunos sedicentes filósofos" (Ib., 128). En definitiva, se trata del hombre como persona, como un quien, no como un objeto cosificado, sino siempre de una existencia única y personal (cf. E. Coreth, ¿Qué es el hombre?, Herder, Barcelona 1976, 81).
El hombre es indisolublemente esencia y existencia, naturaleza y biografía, y aunque el logos o razón formal del ser humano se cumple de forma pluriforme en el tiempo y en el espacio, no por ello pierde su unidad esencial que lo hace capaz de conocimiento universalmente válido a nivel filosófico (cf. J. de S. Lucas, Las dimensiones del hombre, Sigúeme, Salamanca 1966, 34).
Es por esto que "la Filosofía del hombre aspira a forjar una imagen del hombre capaz de ordenar e integrar los resultados obtenidos en las distintas ciencias humanas y de orientar el proceso humano de autorrealización" (J. Vicente Arregui - J. Choza, Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad, Rialp, Madrid 2002, 25).
El hombre - l a humanidad- se nos presenta como fruto de una larga evolución -cosmológica, biológica y cultural- y también como una realidad todavía en devenir, incompleta, abierta tanto al desarrollo como a la decadencia y al peligro de la autodestrucción. Una ciencia del hombre no podrá, por tanto, ser simplemente constatadora, meramente empírica, ha de llegar a ser, en alguna medida, crítica y evaluadora, y deberá ser normativa, si este hacerse del hombre y de su mundo ha de estar dirigido por los recursos de la inteligencia, de la racionalidad y de la responsabilidad ética.
Insistimos en que la reflexión filosófica sobre el hombre, debe tener en cuenta las investigaciones y logros de las ciencias positivas, pero no puede limitarse a aceptarlas o enumerarlas sin más, sino que ha de someterlas a una crítica racional, y buscar, a través de ellas, lo que es universal y pertenece al hombre por ser hombre.
Es, pues, natural que todo intento de acercamiento a la realidad del hombre comience haciéndose la pregunta ¿qué es el hombre? Es igualmente obvio, que a pesar de ser posibles tantas respuestas como enfoques puedan darse a la pregunta, con el fin de dar una respuesta lo más abarcadora posible, lo que proponemos es un itinerario progresivo que partiendo de lo elemental que hay en él, a través de la complejidad que en él se forja, nos acerque a la realidad peculiar que él es.
De una manera simplista, elemental y primitiva, decimos que el hombre es, ante todo, una forma de vida. Para añadir a renglón seguido, que se trata de una forma de vida peculiar. Esta vida peculiar que a primera vista es el hombre se concretiza en un organismo que está compuesto de órganos y funciones, sistemas y operaciones, regulados e imbricados en una fisiología común. Pero por otra parte, aparecen muy pronto en el hombre una serie de categorías no reducibles a su organicidad radicadas en lo que se ha dado en llamar su psique. Así nos encontramos con que psique y soma, alma y cuerpo, materia y forma, en el hombre no son dos elementos distintos y distantes, no son dos realidades distintas integradas en el mismo proyecto, sino dos aspectos distintos de una única realidad y unidad sustancial que es el hombre, son pues, dos co-principios inseparables, indefinibles cada uno con abstracción del otro, siempre mutuamente determinados o más bien, "codeterminados", en expresión de Zubiri, de esa unidad estructural y funcional que el hombre realmente es.
Lo innegable, pues, es que hay en el hombre una única actividad humana, la cual es "unitariamente psico-orgánica en todos, absolutamente en todos sus actos" (X. Zubiri, Sobre el hombre, Alianza, Madrid 1986, 482). No es el alma sola la que piensa, ni sólo el cuerpo el que siente. Es el hombre el que piensa, quiere, ama, siente, obra y trabaja. Por eso, el mismo Zubiri, para evitar toda dicotomía, define al hombre como "inteligencia sentiente", para indicar que su modo de ser se manifiesta intelectivo y sensitivo al mismo tiempo, unitaria y totalmente, "la inteligencia humana es sentiente y la sensibilidad inteligente, el sentimiento es afectante y la afección es sentimental, la voluntad es tendente y la tendencia volitiva" (X. Zubiri, El hombre y Dios, Alianza, Madrid 1984, 46). Pues bien, si hay una sola actividad humana, hay un solo ser humano, puesto que el obrar es una manifestación, una expresión del ser. De ahí deriva la unidad tanto constitutiva como funcional del hombre.
Santo Tomás considera al hombre entero como totalmente anímico y totalmente corpóreo, es decir, una entidad sustancial corpóreo espiritual única, una unitotalidad (cf. S Th., I, q. 76, a. 1), este misma idea la traducirá más tarde Zubiri por "sustantividad única", a saber, alma corporeizada o cuerpo animado.
Entonces, ¿en qué consiste la llamada radical peculiaridad humana? Resulta evidente que la peculiaridad del hombre, su originalidad, se confunde con la necesidad que él tiene de realizarse como persona y que le viene dada por el hecho de poseer conciencia de las cosas y de él mismo, de la realidad de su mundo y de su propia realidad, y por el hecho no menos evidente, de su libertad. La posibilidad de conocimiento y la libertad sirven de apoyatura a aquella necesidad que el hombre tiene de realizarse como persona, y estos dos elementos (la posibilidad de conocimiento y la libertad) irán fraguando su personalidad. Con