1 ¿De qué hablamos cuando hablamos de morir y de muerte?
2. Morir es un acto puntual: morir es cesar.
Como aero puntual, decimos que morir es el fin irreversible de las funciones vitales psicosomáticas del cual dan cuenta algunos signos que la ciencia médica hoy por hoy - s i n certezas absolutas- determina que pueden ser considerados concluyentes, como son la parada cardiorrespiratoria y el cese irreversible de las funciones del encéfalo (encefalograma plano). El morir así entendido ocurre en un momento puntual, en un instante. Este instante no es determinable con absoluta precisión, pues el morir sólo es perceptible por su resultado: la muerte. A esta indeterminación temporal contribuyen además dos hechos significativos. En primer lugar, aunque al morir las funciones vitales han cesado de un modo inalterable y sin posibilidad de vuelta atrás, durante un tiempo en el cuerpo, que decimos "sin vida" a consecuencia del morir, aún sigue habiendo vida celular. En segundo lugar, es un dato incontestable que no existe una experiencia del propio morir ya que al tratarse de un hecho único, irreversible y definitivo, del que una vez acontecido no se regresa al previo vivir temporal, no hay posibilidad de tener conciencia personal, refleja y comunicable, de esa experiencia. Tampoco tenemos experiencia de otros que hayan experimentado realmente el morir y den fe de en qué consiste. Del morir sólo tenemos experiencia "diferida", es decir, se constata el morir de otro del que nosotros decimos que está muerto; no es él quien lo testimonia. Ni siquiera cuando el moribundo exclama "me muero" antes de morir está experimentando el morir en su radicalidad, pues lo afirma mientras aún está vivo; cuando ha experimentado el morir, entonces calla: Y esto ocurre en un instante, del que no podemos dar cuenta de un modo preciso, pero del que tenemos puntual experiencia diferida. El morir acontece entre un antes de vida y un después de muerte; ese paso preciso y puntual del antes al después es el morir.
Este sentido del morir como un acto puntual, que acontece en un momento, aunque no sepamos decir a ciencia cierta cuándo, lo expresó magníficamente el escrito-poeta, José Luis Martín Descalzo, cuando poco tiempo antes de su propia muerte compuso un poemario al que tituló Testamento del pájaro solitario. En él escribe:
"Morir sólo es morir. Morir se acaba, morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas; ver el Amor sin enigmas ni espejos; descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los dolores lejos, la Noche-luz tras tanta noche oscura".
Algunos autores comparan el acto puntual de morir con el acto puntual de nacer; la muerte es como un nuevo nacimiento, ya que éste ha sido precedido de una "muerte" de un estado y forma de vida anterior, la intrauterina. Trascribimos dos testimonios sugerentes, uno de un filósofo (Eugenio Trías) y otro de un teólogo (Leonardo Boff).
"Disponemos de la evidencia de haber vivido dos vidas. De la primera vida no guardamos memoria. Discurrió en el seno materno. Allí se estableció el paradigma de todo vínculo comunitario y de todo idilio amoroso, o de toda relación inter-personal: la que en la vida intrauterina celebró la «unión mística» del feto con la madre (que le dio cobijo y sustento). Ese escenario del origen permite, por extrapolación razonable, avanzar hacia un escenario post mortem. Respecto a éste sólo es posible desplegar, desde el punto de vista estrictamente filosófico, una argumentación mediante acuciantes interrogaciones. ¿Por qué dos vidas solamente? ¿Por qué no puede pensarse esta vida como el útero y la matriz de una vida diferente? ¿Por qué no pensar a fondo, radicalmente, la idea fecunda de metamorfosis? ¿No hay suficientes indicios en el ámbito de la vida, como puede ser el pasaje de gusano a ninfa y a crisálida, o finalmente a mariposa, o el increíble tránsito del feto animal hasta la composición del neo-nato humano, o de éste hasta el homo loquens? ¿No podría pensarse esta vida como un complejo escenario -mucho más conflictivo y doloroso que la idílica vida fetal- en el que se pusiera a prueba, como a los metales en la forja, nuestro propio temple de ánimo, nuestro valor y nuestra inteligencia, y sobre todo nuestro anhelo? Responder estas preguntas sólo puede hacerse a través de un relato razonable" (E. Trías, El gran viaje, "Diario ABC" (04-11-2008) 3).
"Al nacer el niño abandona la matriz nutricia que, poco a poco, al cabo de nueve meses, se iba volviendo sofocante y agotaba las posibilidades de vida intrauterina. Pasa luego por una violenta crisis: lo aprietan y empujan por todas partes y por fin lo lanzan al mundo. No sabe que le espera un mundo más amplio que el vientre materno, lleno de anchos horizontes y de ilimitadas posibilidades de comunicación. Al morir el hombre pasa por una crisis semejante: se vuelve más débil, va perdiendo la respiración, agoniza y es como arrancado de este mundo. Mas sabe que va a irrumpir en un mundo
mucho más vasto que el que acaba de dejar y que su capacidad de relacionarse se extenderá hasta el infinito. La placenta del recién nacido, al morir ya no la constituyen los estrechos límites del hombre-cuerpo sino la globalidad del universo total. [...] La muerte es el "veré dies natalis" del hombre" (L. Boff, Hablemos de la otra vida, Sal Terrea, Santander 20081 2, 42).