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Muerte del enfermo: entre el alivio y la liberación

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1. Muerte del enfermo: entre el alivio y la liberación

La enfermedad es, muchas veces, la antesala de la muerte. Es el indicio que nos avisa de que el cuerpo muestra sus dependencias y afloran sus carencias. A la enfermedad va unido el dolor físico ("me duele") y moral ("ya no puedo como podía antes"). El enfermo que ve cómo se pospone y retrasa su curación, que no siente mejoría, que observa su deterioro progresivo, puede comenzar a sospechar que su situación no es sólo pasajera y limitada en lo temporal, como ocurre con las enfermedades comunes y tipificadas como de pronóstico leve. Cuando la enfermedad es de pronóstico grave e incurable, en el horizonte del paciente empieza a perfilarse la perspectiva de la muerte. La toma de conciencia de esta realidad supone para toda persona un impacto vital de primer orden que pasa por diversas fases psicológicas (que van desde la inicial alarma y la comprensible resistencia hasta el consecuente agotamiento). En este sentido se han diferenciado y catalogado algunas de dichas fases por las que pasa el enfermo en situación de muerte. Así, por ejemplo, E. Pattison distingue claramente tres procesos sucesivos: 1) crisis aguda al conocer la enfermedad, 2) fase del vivir-morir, con ansiedad, 3) fase terminal: proceso de aceptación. También ha tenido cierto eco la clasificación propuesta por Paul Sporken cuando diferencia detalladamente hasta nueve momentos o situaciones por los que pasa el enfermo terminal: 1) ignorancia, 2) inseguridad, 3) negación implícita, 4) comunicación de la situación real, 5) negación explícita, 6) rebelión, 7) tratos con el destino, 8) depresión, 9) aceptación de la muerte. Quizá la más conocida, ya clásica -y comúnmente aceptada- es la tipificación de estas fases propuesta por la doctora Elisabeth Kübler-Ross (Sobre la muerte y los moribundos, Grijalbo, Barcelona 1975), quien habla de cinco momentos (no necesariamente todos, ni en ese orden, ni siempre, ni en sentido progresivo): 1) negación, 2) ira-rabia, 3) negociación, 4) depresión, 5) aceptación.

Si ello es así, habremos de considerar las posibilidades (a veces contradictorias) que se abren ante quien va siendo cada vez más consciente de la irreversibilidad de su situación y se sabe "múdente" (no simplemente "moribundo" ni "agonizante") por ver cómo llega la hora de su muerte por el avance de su enfermedad. Como acertadamente señala E. Bonete, esta situación puede resultar ambivalente, pero en cualquier caso, significativa y profundamente humana:

"La situación existencial del enfermo terminal, en tanto que muriente, es quizá una de las peores por las que puede atravesar el ser humano, cuando se halla acorralado [por la muerte]; pero también, una de las más profunda, en cuanto que facilita el acceso a la auténtica seriedad de la vida (sentido ético), potencia la abertura a la trascendencia (sentido religioso), o provoca, por el contrario, la desesperación más absoluta que cabe imaginar (absurdo total de la vida)"(E. Bonete Perales, Repensar el fin de la vida. Sentido ético del morir, Ed. Internacionales Universitarias, Madrid 2007,47).

En muchas ocasiones -situaciones terminales, enfermedades largas, procesos degenerativos- el enfermo encuentra en la muerte su aliada y pone en ella su esperanza de liberación: es su alivio. Alivio significa tanto aligerar o quitar la carga o el peso que uno lleva, como mitigar o disminuir las aflicciones, fatigas o dolencias... La muerte es para el enfermo sin pronóstico de curación la puerta de salida más natural y más lógica. Si a la enfermedad se une la edad avanzada del paciente, la muerte será, como afirma el filósofo Moser, lo más "sano":

"Para las personas jóvenes, la salud es lo normal y la enfermedad se combate -a menudo con éxito- como algo que no es natural. Pero por más batallas que ganemos, quien gana la guerra es la muerte. Y es preciso que así sea. Debe triunfar la muerte. A una edad avanzada, la muerte es lo normal e incluso lo sano, y mantener la vida a cualquier precio va contra la naturaleza" (F. Moser, Pequeña filosofía para no filósofos, Herder, Barcelona 2003, 130).

Ante el enfermo que se encamina hacia la muerte, ante la enfermedad que antecede a la muerte, se plantean importantes cuestiones éticas, o mejor, bioéticas como la eutanasia, el suicidio asistido, el encarnizamiento terapéutico, etc., que exigen por parte de todos los implicados -personal sanitario, familiares, s o c i e d a d - una respuesta humanizadora y acorde con la dignidad de la persona; la dignidad acompaña al hombre hasta el último momento de su vida. Se habrá de recordar el principio moral de que "no todo lo técnicamente posible es igualmente aceptable éticamente" (por el peligro de hacer prevalecer la técnica y utilizar al paciente como medio y no como fin). Por lo demás la enfermedad que termina en muerte es, de algún modo, un fracaso de la medicina y de los intentos del hombre por poner límites a la mortalidad inherente al anhelo del ser humano; no obstante, la ciencia médica continuará su particular lucha contra la muerte, o al menos tratará de retrasar lo más posible su llegada. Este es sin duda, uno de los dinamismos motivadores de los avances médicos.

En el proceso de morir, el enfermo establece con el médico una relación singular, asentada en el cimiento de la confianza y la sinceridad. Crear falsas expectativas en el enfermo es tan perjudicial como el que éste abrigue esperanzas que aquél no puede cumplir; ambas perspectivas conducen al desengaño y la frustración cuando no a la desesperación. La medicina tiene sus límites; como limitada es también la vida. El médico no lo puede todo; la vida temporal no es eterna. Asumir con realismo este condicionamiento contribuirá a garantizar una auténtica serenidad.

El enfermo, aunque ahora condicionado por la alteración grave de su salud, es una persona con historia y biografía, con vivencias y aspiraciones, con valores y convicciones, todo ello es importante y ha de tenerse en cuenta cuando está próxima la posibilidad de la muerte y se plantea con seriedad el adecuado uso de los medros terapéuticos. Aunque fuera teóricamente deseable (la figura del médico de familia, pudiera responder a este deseo), el

súbita del niño que duerme plácidamente, todo accidente o descuido que lleva a un niño a morir... nos sitúa ante la sensación de muerte injusta);

• por la incapacidad para la responsabilidad personal de quien se enfrenta con su propio morir, sea por deficiencia o insuficiencia psíquica o mental, por falta de madurez, por discapacidad de cualquier tipo que impida la plena autoconciencia y autodominio de sí (la muerte de personas con síndromes, patologías o enfermedades que conllevan una limitada esperanza de vida; la muerte de deficientes psíquicos como efecto de una acción irresponsable en el manejo de utensilios, herramientas, fuego o cualquier otro instrumento susceptible de provocar heridas mortales; la muerte provocada por quien es incapaz de conocer y controlar las consecuencias de sus acciones;...);

• por "error" en el sujeto muriente, a quien toda lógica señala como no "merecedor" de la muerte o, al menos, no en ese momento (cuando el destinatario de la agresión mortal era otro; cuando el veneno que se tomó en la copa estaba dirigido a otra persona; cuando se equivocó al recoger la medicina que al final le llevó a la tumba;...);

• por falta de toda responsabilidad o implicación en la causa que provoca la muerte (las víctimas de un atentado que simplemente pasaban por allí; a quienes le sobreviene la muerte por una causa violenta del todo fortuita y accidental; se hallaba en ese preciso momento en el lugar inadecuado y se encontró de bruces con la muerte con forma de bala perdida, de coche que se salta un semáforo o de teja que se desprende, inoportunamente; muerte a consecuencia de un error médico con fatal desenlace;...);

• por condena injusta, sin haber sido autor de nada de lo que se le acusa (casos de pena de muerte donde el ejecutado no fue el agente de los hechos por los que se le condena; muertes que sobrevienen por sufrir las consecuencias de una acción que nunca cometió; muerte por el infarto padecido ante la sospecha o acusación injusta e injustificada;...).

En cualquiera de las modalidades de la inocencia de quien muere se da un elemento común del que todas participan: la injusticia. La muerte del inocente es una muerte que consideramos injusta, indebida, arbitraria, parcial, inmerecida, caprichosa y, en cierto modo, hasta improcedente. Para el creyente, además, es un absoluto escándalo conciliar a Dios con la inevitable muerte del inocente. Ante la muerte del inocente apelamos como testigo de cargo a la sinrazón, y junto a ella mostramos nuestra rebeldía ante este tipo de muerte que agrava la realidad del mortal y "exige" de algún modo una cierta restitución de la memoria (histórica, personal, social) de quien ha muerto inocentemente. En según qué casos esta restitución consistirá en dar "voz a los sin voz", en otras circunstancias la restitución pasa por el compromiso social a favor de un cuidado y atención mayor y más delicada a quienes más débiles son y más necesitados están, en ciertas ocasiones esa restitución debida pasa por el reconocimiento y la rehabilitación pública del fallecido, e incluso por la compensación económica a la familia,... En ocasiones, además, el inocente muerto se convierte en mártir, en testigo y paradigma; es el caso, por ejemplo de muchos santos cristianos canonizados por la Iglesia y puestos come modelo de aceptación de la propia muerte inocente.

Desde muy antiguo se ha practicado ante el culpable una mal llamada forma de "justicia popular", que es el "linchamiento", por el cual se da muerte a quien en ese momento la masa enfurecida o exacerbada considera objeto de su cólera. En esta forma de dar muerte se ha de tener en cuenta un componente determinante: la venganza ante el culpable.

Un caso paradigmático de la muerte del culpable es el "tiranicidio": derrocar y dar muerte al gobernador déspota, dictador y tirano. En estas ocasiones se produce una situación paradójica: por una parte, el derrocamiento del tirano -efecto directo del tiranicidio- se considera positivo y hasta justo, por otra, el modo de conseguir dicho resultado - d a r muerte al tirano- no es moralmente deseable ni del todo justo:

"Si la muerte del tirano es justa, no es justo, en cambio, el orden social que permite tal justicia, ese modo de hacer justicia. Quizá sea justo, pues, que muera el culpable..., lo ciertamente justo es que muera la figura social que ha dado al culpable la legitimidad, la fuerza y las estructuras para llevar a cabo su culpabilidad. Hay que decir a los jóvenes y a los niños que no es justo matar, ni lo es encontrarse en la situación de no tener otra elección que matar, con tal de liberarse y de liberar a otros/as. Pero esto sólo es posible si se busca y se aborda la muerte de la dimensión estructural que posibilita la contradicción, la muerte de esta sociedad que mata y que dice que matar es un error" (R. Mantegazza, La muerte sin máscaras. Experiencia del morir y educación para la despedida, Herder, Barcelona 2006, 83).

En estos casos -distintos si los miramos desde una perspectiva particular- se produce social y personalmente una cierta sensación de alivio y de escarmiento ejemplarizante ante la muerte del culpable. Ciertamente, a esta concepción de escarmiento subyace una idea de justicia basada en la vieja "ley del talión" ("ojo por ojo, diente por diente") y en el principio de catarsis personal o colectiva (la muerte del culpable nos libera y tranquiliza). Muy lejos de esta perspectiva - t a n respetable y v á l i d a - se halla la de quienes, como los cristianos, mantienen la convicción de otros valores posibles como son el arrepentimiento sincero del culpable, la conversión de corazón de quien reniega de su mal pasado, la pedagogía del perdón efectivo y curativo como expresión del amor sin adjetivos.

4. Muerte del personaje público y del héroe: entre la conmoción

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