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Consideraciones antropológico-morales en torno a la eutanasia

In document 100 Fichas Sobre La Muerte (página 80-84)

Nos referimos aquí exclusivamente la conducta que subyace en la definición apuntada por Juan Pablo II en Evangelium Vitae 65: "cualquier acción u omisión que en su naturaleza o intenciones procura la muerte de los hombres con el fin de eliminar cualquier tipo de dolor".

En relación a esta conducta humana aparecen casi espontáneamente esta pregunta: ¿Por qué la eutanasia ha necesitado de la legitimación y de la buena prensa en la conciencia moral de los hombres de nuestras sociedades y en sus códigos civiles?

Una comprobación de hemeroteca de los argumentos aportados a favor de la eutanasia, podemos reducirlo a uno sólo: existen condiciones en las cuales continuar viviendo no constituye ningún bien y por tanto, no tiene ningún sentido el vivir; ninguno puede ser obligado

a tener una vida sin sentido ya que esto es inhumano. Por tanto, no existiendo el "deber" de vivir, tengo el "derecho" de morir (matándome yo mismo o ayudado por otro).

Esta argumentación da abundante materia para la reflexión sobre la eutanasia. Demuestra a las claras que en Occidente se ha destruido la verdad cristiana sobre la muerte. La legitimación de la eutanasia, en algunas zonas ha sido posible porque progresivamente se ha eliminado la idea cristiana de la vida y de la muerte. Esta eliminación ha consistido fundamentalmente en una despersonalización de la muerte.

La raíz de esta despersonalización a nuestro modo de ver, se centra en la progresiva negación de la dimensión histórica de la muerte, cuya afirmación constituye, por otro lado, el punto de partida de la visión cristiana sobre la muerte. La muerte siempre se ha considerado como un evento natural, sufriendo un tratamiento como el resto de las cosas naturales; o se la trata desde la impotencia, o se busca introducirla en la decisión libre. La negación de la dimensión histórica ha comportado una degradación del valor de la muerte. Si la muerte, no tiene otras causas que el cumplimiento de una leyes biológicas impersonales, si la muerte no tiene ningún otro significado que el de la disgregación de una realidad (persona humana) que subsiste, si ésta, por tanto, no tiene ninguna finalidad, la muerte en sí y por sí no tiene entonces ninguna significación moral. Por tanto, la muerte no es un acto del hombre, es simplemente un evento natural. Naturalidad de la muerte y degradación axiológica van de la mano. De aquí que la legitimación de la eutanasia nazca dentro de este proceso. Sólo la decisión de morir cuando se juzga que es un bien el morir, hace humana la muerte, la desnaturaliza, la hace un acto del hombre.

Sin embargo, el cristianismo, empieza su anuncio sobre la muerte diciendo que ella, la muerte, es un acto del hombre, influido por un doble acontecimiento histórico: la muerte en Adán y la muerte en Cristo. Esta es la primera afirmación cristiana sobre la muerte.

La legitimación de la eutanasia se fundamenta en el fondo diciendo sobre la muerte, que ésta sólo es un acto del hombre cuando es elegida libremente sobre la base de un juicio de valor sobre la propia permanencia en esta vida. Al final nos queda una equivalencia: la muerte acto del hombre es igual a la muerte como decisión del hombre.

Debajo de esta postura subyace un concepto de libertad según la cual, libertad es negación de cualquier presupuesto (esta es la auténtica raíz del problema); es inicio absoluto y ya que se piensa que el morir es un evento puramente natural, no existe nada más que un modo de desnaturalizarla que atribuyendo al hombre el poder de discernir el momento oportuno. Sólo así el morir pertenecerá radicalmente al hombre. Y esta pertenencia se resume en: yo decido cuando debo morir. Este es el estado de la cuestión en torno a la moralidad de la eutanasia.

El cristianismo anuncia que lo que depende de la libertad del hombre es, ni más ni menos, elegir la cualidad ética de la muerte: el morir en Cristo o el morir en Adán. Desde la Ilustración a nuestros días lo que depende o debe depender de la libertad del hombre es el mero hecho del morir, desde el momento en que el morir no es más que un mero hecho, una pura necesidad o casualidad que ocurre en el hombre. El cristianismo afirma que la muerte es el momento crucial donde se abre el destino eterno del hombre.

La legitimación de la eutanasia se funda en considerar buena la eliminación de una persona privada totalmente de sentido en una vida, como comúnmente se dice, sin calidad. La oposición entre estas dos visiones es, una vez más, tofal, llegando así al fondo de la degradación axiológica del morir humano.

Cuando el cristianismo afirma que la muerte es el momento crucial sobre el destino eterno del hombre afirma principalmente dos verdades: 1) la vida humana es la existencia en camino hacia la eternidad; 2) el hombre se decide hacia la eternidad, en cuanto obediente/ desobediente al don de Dios. Para el cristianismo el valor último del hombre reside en la calidad ética de su libertad en relación a la ley de Dios y no en el cómo de su permanecer en el tiempo. Pero, si al contrario, la muerte es el mero fin de nuestro ser, y si el valor de nuestra existencia depende de la calidad o modo en el cual estamos en el tiempo, es lícito hipotizar casos en los cuales la calidad de la vida está de tal forma comprometida que merezca ser terminada. La expresión: "esta vida no merece ser vivida", es una de las expresiones más acabadas del antihumanismo contemporáneo, porque niega lo que constituye el núcleo de la dignidad humana: el valor moral de la elección libre. Aparece el verdadero problema: ¿En qué consiste el verdadero valor de la vida humana? Para el cristianismo es la capacidad que tiene el hombre de llegar a ser con una decisión eterna, consciente en sí mismo como espíritu, como un yo, como uno que está delante de Dios. Y esta decisión no depende de otros, sino solamente del sujeto personal en cuestión. Cuando se elimina este conocimiento, la conciencia, el conocimiento de sí mismo a través de las propias elecciones delante de Dios, el hombre se pierde en el fluir del tiempo y el criterio de la valorización de sí mismo cambia completamente. ¿Qué utilidad tiene mi permanencia en la vida? ¿Qué felicidad puedo, a estas alturas, esperar? O ¿sólo puedo esperar sufrimiento? En una palabra, la vida no vale en tanto en cuanto vivida delante de Dios, sino en sí misma. Lógicamente equivale a decir que su valor no es eterno, y, por tanto, puede cesar.

Así pues, las dos ideas centrales del cristianismo (la muerte como acto del hombre, la muerte como acto crucial en la vida) han sido eliminadas por la fundamentación de la legitimación de la eutanasia que, correspondientemente, ofrecen que la muerte es un mero evento natural, y que, por lo tanto, el hombre tiene un poder para discernir sobre su momento; y que la muerte es un momento final de una existencia exclusivamente temporal sobre la cual el hombre juzga cuando ésta ha terminado.

La cuestión moral de la eutanasia demuestra nítidamente la medida del valor de la vida presente y de su afirmación o negación del destino último de la persona. Si se considera en el fondo, se trata de si el hombre es un ser que está delante de Dios o no. He aquí la cuestión antropológica que es decisiva.

Definición

El suicidio (del latín sui caedere, 'matarse a uno mismo') es el acto de quitarse la propia vida. En otras palabras, es la acción por la que un sujeto decide poner fin a su vida sin ayuda de nadie, tanto si lo hace mediante la ingestión de fármacos en dosis letales o si rechaza cuanto es indispensable para su supervivencia como si emplea cualquier otro método para acabar con su vida.

El suicidio se denomina suicidio asistido cuando, además, interviene otra persona que proporciona una sustancia letal al enfermo, pero es éste quien se lo administra a sí mismo.

En una sociedad en la que hay miedo a la vida sufriente se está ahora introduciendo una modalidad más perversa, que es el suicidio médicamente asistido (SMA); en este caso, el personal sanitario y particularmente el médico, es el que proporciona las sustancias legales para que el paciente realice la acción de suicidarse, incluso con la excusa de lograr que disminuyan los padecimientos.

Introducción

Antes de entrar en los problemas concretos que plantea el SMA, es necesario referirse al suicidio en general. A lo largo de la historia ha sido un tema de frecuente reflexión por parte de los filósofos. A mediados del siglo XX Albert Camus, representante de la filosofía existencialista, llegó a escribir: "no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio" (£/ mito de Sísifo).

En la Antigüedad era frecuente aceptar el suicidio como una forma lícita, e incluso noble, de acabar con la propia vida. A partir del cristianismo, sin embargo, se extendió la idea de la vida como don de Dios de la que no podía disponer.

Durante la Ilustración, Hume y Kant, se manifestaron sobre el suicidio. El primero, empirista, niega la existencia de ley divina o natural alguna que lo prohiba. Sólo acepta como realidad lo que se pueda constatar mediante los sentidos: "Si el disponer de la vida humana fuera algo reservado exclusivamente al Todopoderoso, y fuera infringir el derecho divino el que los hombres dispusieran de sus propias vidas, tan criminal sería que un hombre actuara para conservar la vida, como el que decidiese destruirla. Si yo rechazo una piedra que va a caer sobre mi cabeza, estoy alterando el curso de la naturaleza, y estoy invadiendo una región que sólo pertenece al Todopoderoso, al prolongar mi vida más allá del periodo que, según las leyes de la materia y el movimiento, Él había asignado" (Sobre el suicidio). Niega que la naturaleza humana sea algo más que el conjunto de fenómenos empíricamente percibidos y, en consecuencia, también la posibilidad de descubrir unos principios éticos a partir de la comprensión de la naturaleza humana. Para él es imposible ir más allá de lo que nos muestran los sentidos, pero ¿es aceptable este planteamiento? En cualquier caso, el razonamiento trascrito de Hume es inconsistente porque la religión a la que hace referencia, el cristianismo, parte precisamente de la negación de que las leyes de la materia y el movimiento sean leyes divinas en cuanto que exijan el sometimiento del ser humano.

Kant, al construir su ética sobre el principio de la dignidad de la persona, sostiene que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin y nunca sólo como un medio, tanto en la persona de los demás como en la propia. Como acabar con la propia vida es una

forma de tratarse uno a sí mismo como simple instrumento, rechaza la licitud del suicidio (fundamentación de la metafísica de las costumbres).

En este punto Kant coincide con la filosofía personalista, para la cual el ser humano está constituido por una serie de bienes fundamentales - l a vida, la salud, la integridad física, psíquica y moral, la libertad- de los que nadie puede privarle, ni aun con su consentimiento. Y tampoco el propio titular de esos bienes puede renunciar a los mismos de manera directa y absoluta. Hacerlo es atentar directamente contra la persona.

Pero el que esas acciones sean contrarias a la ética no significa que el Derecho siempre tenga que comparecer para castigarlas. El Derecho sólo actúa cuando la acción ilícita tiene un significativo impacto social porque lesiona bien los derechos fundamentales de la persona o bien algún aspecto importante del bien común. Es difícil determinar cuándo tiene que actuar o no en estos casos. En ocasiones, parece claro que no tiene ningún sentido que lo haga (p. ej. no se plantea, en la actualidad, castigar a una persona que se entrega sexualmente a otra por dinero; o a una persona que se suicida o que lo intenta sin éxito); en otras, será la prudencia la que aconseje si conviene o no la intervención (p. ej. prohibir, como se hace ahora en muchos ordenamientos jurídicos, o no, la renuncia a las vacaciones laborales).

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