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Actitudes del capellán ante el enfermo.

In document 100 Fichas Sobre La Muerte (página 130-135)

Desde mi experiencia, creo que la actitud más importante es la de acercarse al enfermo terminal con respeto, sin miedos, siendo consciente del momento que pudiera estar atravesando, y valorando todo lo que se le hace al enfermo, desde los cuidados sanitarios, hasta el acompañamiento que hace la familia. Para mí, el enfermo es un signo sacramental del amor de Dios que me pone en "tierra sagrada" para tener los mismos gestos de Dios con él. Además el capellán actúa en nombre de la Iglesia y como enviado de ella. Por eso el capellán debe ser una persona competente en el trabajo que realiza.

a. La visita al enfermo.

Es el momento principal de atención al enfermo. Esta visita debe ser "preparada" en la capilla con el Señor; un rato de oración para pedir por mí y por los enfermos que voy a visitar. A v e c e s esto no se tiene en cuenta y, sin embargo, es importante. Luego, sí, se debe efectuar una visita sencilla. Se ha de tratar de establecer una relación con el enfermo y, por lo mismo, debemos mostrar interés por las pequeñas cosas que le suceden, como puede ser preguntarle si ha dormido bien, si la comida es buena, si tiene dolores... aparentemente son cosas triviales, pero que nos permiten establecer un contacto con él. Si hubiera que sintetizar en una palabra cómo han de transcurrir las visitas, diría que 1o que hace falta es hacer uso el sentido común. En esta línea destacaría algunos aspectos a tener en cuenta.

b. Escuchar acompañando.

Nos viene bien saber cómo se llama el enfermo y procurar tener alguna referencia de su situación personal (cuál es la enfermedad que padece, si tiene algún problema familiar, etc.). Si formamos parte de un equipo es necesaria la información previa, no vamos por libre. Es importante que el capellán al entrar en la habitación lleve algún distintivo o una bata que ie ¡aení:fic:ue cor— miembro caí equipo que atiende a! enfermo. En mi case no llevo cata, a veces suelo llevar una cruz - o t r a s veces n o - y quizás esto me facilita la presentación ante el enfermo y la familia iniciando un diálogo abierto y sincero. Muchas veces se llevan una sorpresa agradable y facilita la visita.

c. Discernir si el enfermo acepta la ayuda espiritual

Ante el enfermo conviene saber si él nos acepta o no. Nosotros nos proponemos y ofrecemos a la persona enferma, no nos imponemos. El tema espiritual es algo que debemos fomentar a lo largo de las visitas a los enfermos. El capellán respeta las creencias religiosas de los enfermos. En esos momentos no podemos pretender cambiárselas o ponérselas en cuestión. Sí debemos escucharle y sólo sugerir cuando veamos la puerta abierta. La conciencia de los enfermos es sagrada. Es mejor esperar y ver si se da la oportunidad de hacer una propuesta religiosa, o no. Por ello es imprescindible estar junto a... La cercanía es \tan necesarial Me doy cuenta de que los tiempos por los que va pasando el enfermo en fase terminal son un tiempo con unas características propias por la intensidad y la radicalidad de las vivencias. No sabemos cuánto va a durar y, dada las repercusiones que tiene en la propia persona y en la familia, debemos tenerlas en cuenta para hacer un buen proceso. La experiencia de este proceso es que salvo que sea una muerte prematura o accidental, hay un tiempo de morir. Desde la propia experiencia me llama la atención que en el momento en que uno se está jugando la vida sea tan poca la pedagogía para ayudar a vivir humanamente este tiempo, precisamente, en una sociedad que tiene los ojos abiertos a tantos problemas. Me atrevería a afirmar que la vivencia humanizante de la fase terminal va a depender de dos factores: uno, la situación biográfica y, otro, el horizonte espiritual.

d. Profesionalidad.

No basta la buena voluntad y la generosidad. Esta es una tarea que se inscribe en un área particular de la pastoral de la Iglesia y habría que pedir a la gente que se dedica a ella que adquiera los conocimientos suficientes para hacer una buena labor. Requiere formación específica y una adecuada puesta en práctica posterior. Esto es cierto, porque cuando uno sale de los libros y se pone en contacto directo con los enfermos todo cambia. En éste, como en otros ámbitos es preciso que el conocimiento de los problemas que conlleva esta pastoral de la salud proceda, más que de teorías, del trato con los enfermos y la cercanía al dolor y al sufrimiento de los hombres y mujeres concretos que lo padecen.

La formación en orden a esa profesionalidad del acompañante espiritual debe ir en una doble línea:

• Una adecuada formación cristiana en todo lo que se refiere a la misión de la Iglesia en el mundo de la salud, lo que se conoce como "pastoral de la salud".

• Una formación específica en el campo de los enfermos en fase terminal. En concreto, aspectos relacionados con la problemática del enfermo terminal, su psicología, la organización del mundo sanitario al respecto, sin olvidar lo que significa la individualización en la atención sanitaria y el derecho que a ella tiene cada enfermo.

Conviene tener suficientes conocimientos de los principios de la bioética con el fin de conjugarlos con la autonomía de la persona. Igualmente es importante una adecuada formación para poder prestar la debida atención a la familia del enfermo.

Cada equipo de paliativos buscará la manera de concretar de forma visible la participación del sacerdote, de modo que ésta sea patente para todos. Deberá participar si es posible en las sesiones del equipo, en la autoformación o encargándose de los temas de atención espiritual, y en su caso, de preparar y formar a otros profesionales. Deberá aprender a escuchar lo que otros dicen y con discreción dar -o n o - su opinión. En caso de algún paciente, con especial situación personal o familiar, podrá orientar a los miembros del equipo y dar sus opiniones. Siempre sabiendo que como sacerdote deberá encontrar la manera de orientar desde la discreción.

La actitud del sacerdote debe ser activa y no debería esperar a ser avisado por otro miembro del equipo o la familia para presentarse a saludar a un enfermo. Todos pueden facilitar la tarea del capellán sugiriendo la visita o hablando con el paciente. Quien por su trabajo de cuidador está de modo continuo y cercano en la atención del paciente, está en una situación inmejorable para identificar cuándo un paciente desea asistencia espiritual.

Un capítulo muy importante en el tema de atención a los enfermos terminales es la atención a las familias. Ahí también el capellán tiene una valiosa labor de acompañamiento espiritual.

"La muerte no debe tenerse como un mal cuando le ha precedido una vida honrada. En rigor, lo que convierte en mala la muerte es lo que sigue a la muerte. De aquí que quienes necesariamente han de morir no deben tener grandes preocupaciones por las circunstancias de su muerte, sino más bien a dónde tendrán que ir sin remedio tras el paso por la muerte" (San Agustín, Confesiones, I, XI, 29).

La muerte no deja indiferente. Exige que se la tome en serio, pide una respuesta aptitudinal para con ella. Hay que enfrentar la realidad de la muerte, sea cual sea la forma de tal enfrentamiento. No hay receta alguna universal ni solución unívoca sobre las actitudes que se deben adoptar ante la muerte. Ante la muerte se mantienen, de hecho, muy diversas posiciones según la formación, cultura, religiosidad, afectividad, valores, de cada uno. Más aún, una misma persona puede tener, al tiempo o sucesivamente, posicionamientos y actitudes variadas ante la realidad de la muerte, dependiendo de la cercanía de quien muere, del impacto social del modo de morir, de la repercusión psicológica de la muerte, de las convicciones filosóficas y religiosas, de las circunstancias concretas del deceso, etc. Puesto que no es viable, y ni siquiera recomendable, determinar de antemano un modo único de afrontar la muerte, será suficiente circunscribirse a describir someramente aquellas actitudes predominantes ante la muerte y el morir, o, al menos, las que lo son de un modo más general y mayoritario.

En este sentido, el lector atento echará en falta en este apartado alguna de las actitudes fundamentales ante la muerte de las muchas personas creyentes: la esperanza, la confianza y la celebración ritual de la misma. Se tratará ampliamente de estas cuestiones en otro capítulo; a él remitimos para completar esta panorámica. Comenzamos, este recorrido analizando el porqué siendo la muerte un hecho universal y palmario, sin embargo nuestra sociedad ha hecho de ella un tabú.

1. Introducción

La filosofía se interroga por la muerte, porque dicha reflexión surge en la pregunta por la realidad y por el origen y el fin de la vida humana. Especialmente, trata de reconocer cuál es la actitud del ser humano ante su condición finita.

Nos referiremos a algunos autores, pocos, dentro de la filosofía española para analizar el sentido de la muerte en la actualidad y sobre todo el tabú que se cierne sobre ella. Observaremos que algunos de estos filósofos se han acercado a este tema, en la convicción de que la muerte aporta un sentido de autenticidad a la vida humana. Otros, en cambio, la "enmascaran" porque la muerte se considera como una realidad trágica.

Desde el período antropológico de la filosofía griega, las grandes figuras de Sócrates y Platón y, posteriormente la del romano Cicerón, consideraron la filosofía como una meditatio mortis, una meditación sobre la muerte. La filosofía medieval, por supuesto los filósofos cristianos y, ya en el siglo XX, el existencialismo reflexiona sobre la vida efímera y su precariedad, aunque todas las filosofías se han ocupado del sentido último de la vida y, en consecuencia, de la inmortalidad.

Sin embargo, desde el Renacimiento pronto surgieron algunos filósofos que se evadieron de esta pregunta considerando que no encontraban respuestas o sólo generaban angustias. Esta línea de pensamiento ha ido imponiéndose, de modo que, ante la muerte se responde con tabúes, es decir, sin abordar realmente la cuestión, sin desvelar la realidad. Pero por qué admitir tabúes, si el ser humano es una realidad abierta para unirse a otros, para conocer, para sentir todo aquello que le potencie y le haga persona. Los tabúes surgen de prohibiciones que se derivan de prejuicios o convenciones sociales.

Convendría subrayar que los prejuicios son falsas ideas, que se adhieren a nuestra conducta, ya sea pensamientos o sentimientos y se nos presentan como temores, rechazos, resentimientos incontrolados o, peor, arbitrarios, de modo que no nos dejan pensar con claridad y la tergiversan. Reconocemos los prejuicios porque son siempre excluyentes, reductivos y fanáticos. Los prejuicios degradan nuestra visión acerca de la realidad tanto en su carácter imaginativo, emotivo, racional. Mientras que el amor nos da visión porque el amor nos define. Lo esencial de la visión es el amor y éste no excluye sino que incluye, no reduce sino que potencia, no fanatiza sino que dialoga (cf. F. Rielo, Diálogo a tres voces, Fundación Fernando Rielo, Madrid, 1999. Id., Mis meditaciones desde el modelo genético, Madrid 2002).

2. Algunas razones sobre el tabú de la muerte

Nos centraremos, en fin, en algunas razones que explican el tabú de la muerte en nuestra sociedad actual. Nuestra propuesta se basa en los siguientes aspectos.

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