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Muerte natural

In document 100 Fichas Sobre La Muerte (página 56-58)

a El hombre, ser-para-la-muerte

7. Muerte natural

Cuando llega el fin de la curva vital sobreviene la muerte; es una muerte natural o, mejor aún, es natural que llegue la muerte; es la consecueilcia lógica de la limitación de un vivir que no es temporalmente eterno. La vida tiene fecha de caducidad (aunque no

conozcamos anticipadamente dicha fecha) y, por ello, cada instante es único e irrecuperable; de ahí el compromiso ético de aprovechar cada momento de la existencia como único y lleno de posibilidades. Cada segundo de vida es una oportunidad; a nosotros nos tocará decidir para qué.

La muerte es una realidad natural que deja paso a vidas nuevas, a la renovación de la especie; de lo contrario, de una parte, sobrevendría el envejecimiento continuo cuya consecuencia sería la progresiva paralización vital (salvo que creyéramos en el mito de la "eterna juventud"), y, de otra, se produciría una imposibilidad física de subsistencia por el simple hecho de los límites espaciales de nuestro entorno, es decir, de los confines reales de nuestro planeta incapaz de acoger un crecimiento continuo de la población humana, en un supuesto de no-mortandad. La muerte natural es cuestión, pues, de equilibrio vital, de ecosistema humano. En este sentido, podemos compartir las siguientes palabras:

"Una expectativa realista exige también que aceptemos que el tiempo que se nos concede sobre la tierra necesariamente es limitado y que su duración debe ser compatible con la continuidad de nuestra especie. A pesar de sus dones exclusivos, la humanidad forma parte del ecosistema lo mismo que cualquier otra forma zoológica o botánica; en esto la naturaleza no hace distinciones. Morimos para que el mundo pueda continuar viviendo. Se nos ha dado el milagro de la vida porque trillones de trillones de seres vivos nos han preparado el camino y han muerto, en cierto sentido, por nosotros. Nosotros moriremos, a su vez, para que otros puedan vivir. La tragedia individual se convierte, en el equilibrio natural, en el triunfo de la vida que se perpetúa. Todo esto hace más preciosa cada hora que se nos ha concedido, exige que la vida sea útil y gratificante" (S.B. Nuland, Cómo morimos. Reflexiones sobre el último capitulo de la vida, Alianza, Madrid 1995, 248). Ahora bien, aunque la muerte pueda ser considerada como natural en el sentido indicado, ello no quiere decir sin más que se tenga un concepto de la muerte como "lo más natural", como lo que tiene que ser y punto, es decir, como la realidad natural ante la cual no cabe otra actitud que la de una serena resignación y una estoica aceptación, o en el mejor de los casos, una intervención sobre ella, de por sí indisponible. Así, en nombre de esta "muerte natural", y con el pretexto de la misma, se ha tratado de justificar dos extremos: la eutanasia y el encarnizamiento terapéutico (prolongar la agonía inútilmente).

Por otra parte, existen modos de morir y experiencias de muerte que contradicen ese carácter de naturalidad con la que se adorna. Se da la muerte violenta y antinatural, la muerte prematura e inmerecida, la muerte provocada y calculada, la muerte agónica y desesperada, la muerte temida y rechazada, la muerte impuesta e injusta, la muerte dolorosa y trágica, etc., ninguna de estas muertes participa de esa idea de "natural" a ella referida. Tampoco la muerte de inocentes, de niños y jóvenes parece hablar en favor de una idea reductora de la muerte natural. Y quizá lo más convincente contra una visión ingenua de la muerte natural sea, lo que afirma M. Kehl: "la resistencia radical del amor contra la muerte del ser querido es la mejor demostración de la falsedad de la muerte natural" (Escatología, Sigúeme, Salamanca 20032, 255). En otras palabras, esta idea de muerte natural como "lo más natural" encierra una concepción desindividualizada y despersonalizada de la muerte. A decir verdad, habría que afirmar que es natural que el hombre muera, pero la suya será siempre una "muerte persona?'.

En la muerte la única lógica que impera es la del amor. Sólo quien ama siente cercana y como propia la muerte del ser querido; de lo contrario será, a lo sumo, una muerte impactante, pero de duración efímera; se queda en la periferia de nuestro ser. La relación de mi "yo" con el "tú" que muere es la que determinará la consideración que haremos de la muerte acaecida: a mayor vínculo personal, mayor impacto emocional; a mayor cercanía afectiva, mayor repercusión vital.

Podríamos decir que la muerte se hace realmente visible en las distancias cortas que configuran nuestro mundo y entre cuyos límites se desarrolla nuestro vivir. Sólo ante la muerte de los seres queridos, la muerte adquiere rasgos inequívocos y personales. Aunque la muerte sea una experiencia repetida, en cada muerte cercana ésta adquiere rostro nuevo, desconocido, siempre novedoso e imprevisible. Porque quien muere es único, distinto e irrepetible para nosotros, nuestra percepción de la muerte y reacción ante ella será también única e insospechada; no se puede anticipar ni predecir cómo nos afectará. Eso contribuye a que el abanico de posibilidades y modos de reacción ante la muerte de los seres queridos sea también inclasificable. Por ello los párrafos que siguen son una mera aproximación descriptiva -variable, modificable y ampliable, para cada c u a l - de algunos trazos particulares que muestra la realidad de la muerte cercana y próxima, y que pueden contribuir a un mejor conocimiento de la realidad siempre misteriosa de la muerte.

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