Casa Publicadora Brasilera Comentarios de la Lección de Escuela Sabática
IV Trimestre de 2013 El Santuario
Lección 2
(5 al 12 de octubre de 2013)
“El cielo” sobre la tierra
Eduardo Rueda Neto Introducción
Dios ha utilizado diversas maneras para comunicarles a los pecadores la verdad esencial de que está disponible el camino de la salvación a través de la mediación en el Santuario, ya fuera terrenal o celestial. En este estudio, se destacan algunas verdades maravillosas que nos conducen desde el Edén perdido al Edén restaurado
El primer “santuario” en la tierra
Algunos autores han destacado que el relato del Jardín del Edén (Génesis 2:4-3:24) permite asociar su terminología con el concepto del Santuario en otras partes del Antiguo Testamento. Han sugerido que el jardín del Edén “era un tipo del santuario arquetípico”. Según las palabras de un autor, “Moisés, bajo inspiración divina, claramente define al jardín del Edén como el primer santuario terrenal”. 1 Aun cuando
no sea apropiado denominar al Jardín del Edén como santuario o templo, en el mismo sentido que luego lo fueron el santuario hebreo o el templo de Salomón, queda claro que el jardín del Edén compartía algunas características de ambos. 2
Davidson llama la atención a las “numerosas alusiones intertextuales a lo largo de toda la Escritura”, que demuestran que el santuario celestial tenía una contrapartida terrenal aún antes del tabernáculo mosaico. Además de los vínculos presentados por el autor de la Lección, otros paralelismos pueden ampliar nuestra percepción del tema. 3
1. Dirección hacia el este: El jardín del Edén estaba orientado hacia el este, así como los santuarios posteriores (Génesis 2:8: cf. 3:24; Éxodo 36:20-30). 2. El verbo “plantar”: Dios “había plantado” un jardín en el Edén (Génesis 2:8), y
Él “plantará” a Israel sobre su santo monte, el lugar de su Santuario (Éxodo 15:17; cf. 1 Crónicas 17:9).
1 Richard M. Davidson, “Cosmic Metanarrative for the Coming Millennium”, Journal of the Adventist
Theological Society, 11/1-2 (2000): pp. 102-119. Ver p. 108.
2 Ángel M. Rodríguez, “The Sanctuary Doctrine”, manuscrito no publicado (Biblical Research Institute,
2000), p. 14.
3 Davidson, “Cosmic Metanarrative”, pp. 109 y ss.; Rodríguez, p. 15-20.
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3. El árbol de la vida: el árbol de la vida estaba en el “medio” del jardín (Génesis 2:9; 3:24), y este es precisamente el término utilizado para la presencia de Dios “en medio” de su pueblo en el Santuario (Éxodo 25:8).
4. La descripción del “andar” de Dios se encuentra sólo dos veces en el Antiguo Testamento; una vez en relación con el andar de Dios en el jardín (Génesis 3:8), y la otra con su “andar” en medio del campamiento israelita (Deuteronomio 23:14).
5. Los metales preciosos mencionados en el relato del Edén son mencionados nuevamente en conexión con el santuario del desierto.
6. Nótese también como el término para “luz” (mayor y menor), usado para describir el sol y la luna en Génesis 1:14-16, se utiliza en otras partes del Pentateuco sólo para la luz de la menorah en el Lugar Santo del santuario (Éxodo 25:6; 35:14, etc.).
7. Antes de la expulsión de Adán y Eva del Jardín, Dios los “vistió” con “túnicas”, precisamente los mismos términos utilizados para describir las vestimentas de los sacerdotes, Aarón y sus hijos (Levítico 8:7, 13; Números 20:28; cf. Éxodo 28:4; 29:5; 40:14).
8. Luego de la expulsión de Adán y Eva, el pecado impidió que se encontraran con Dios cara a cara en el Jardín. Pero en la entrada oriental del Jardín (comparar con los santuarios posteriores), encontramos querubines, seres asociados con el trono de Dios en el Santuario celestial (Apocalipsis 4; 5; Ezequiel 1:10).
9. Esos querubines fueron “puestos” (shakan, en hebreo); el mismo verbo hebreo específico para el acto de Dios de “habitar” (shakan) entre su pueblo (Éxodo 25:8).
10. Ese también es el mismo vocablo raíz para la gloria de la Shekinah, la presencia visible de Dios en el santuario (Cf. Patriarcas y profetas, p. 349). Una relación de compañerismo, de intimidad con Dios, fue el privilegio de Adán y Eva, que se perdió como consecuencia de la aparición del pecado. Pero, como Padre amante, que no quiere perder la compañía de sus hijos, Dios ideó maneras de restablecer la cercanía, hasta donde fue posible, a través de los santuarios posteriores.
Copia del modelo
¿Cómo debiera entenderse la relación, si es que existe alguna, entre el santuario terrenal, construido por Moisés, y el Santuario celestial? Con respecto a esto, las presuposiciones filosóficas pueden afectar completamente la comprensión de esa relación. Los que interpretan los santuarios terrenal y celestial partiendo de una perspectiva filosófica platónica, tienden a seguir los postulados del filósofo judío Filón de Alejandría, quien sugirió que el tabernáculo del desierto era meramente el
arquetipo del mundo celestial de las ideas. 4 El resultado de esta concepción es la
negación de la existencia de un Santuario celestial real. Pero ante esto cabría preguntarse: ¿Fueron los autores bíblicos filósofos o voceros de la verdad revelada por Dios? Cuando se referían al Santuario celestial, ¿estaban filosofando o comunicando la revelación divina?
Un análisis de los datos bíblicos favorece la interpretación de que el Cielo es un lugar real, con un Santuario real, donde Cristo desempeña su función sumo-sacerdotal. Es importante destacar que la Biblia hace referencia al “Cielo” y al “Santuario”, como dos realidades distintas: el Santuario celestial está “en el Cielo” (Apocalipsis 11:19; 14:17; 15:5). Así, el Cielo contiene al Santuario.
¿Y qué es lo que dice el Antiguo Testamento acerca del Santuario? ¿Podemos determinar un vínculo entre los santuarios terrenal y celestial? La respuesta a estos interrogantes es crucial para una correcta comprensión de la doctrina del santuario tal como es sostenida por la Iglesia Adventista. En Éxodo 25:9, Dios informa cómo debía Moisés construir el santuario: “Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño de la Morada, y de sus utensilios, así lo haréis”. El vocablo hebreo traducido como “diseño” en este versículo es tabnit. Esta es la primera aparición de tabnit en el Antiguo Testamento. La palabra aparece nuevamente en el versículo 40, cuando se repite la orden: “Y cuida de hacer todo conforme al modelo (tabnit) que te ha sido mostrado en el monte”. El sustantivo tabnit deriva del verbo banah, cuyo significado es “construir”. Una observación que no puede ser pasada por alto es que Moisés estaba en visión cuando recibió la orden de construcción del santuario.
La pregunta que surge entonces es: ¿qué vio Moisés? Básicamente, vio un tipo de modelo u objeto. Lo que él no vio, según el uso que se hace de ese término, fue un diseño arquitectónico; el vio un modelo, un objeto, pero no un detalle en planos. Elena G. de White dice que “Dios presentó ante Moisés en el monte una visión del santuario celestial” 5 y que Él “presentó un patrón en miniatura del santuario celestial,
y le ordenó que hiciera todo de acuerdo con el modelo que se le había mostrado en el monte”. 6
Combinando estas dos referencias, entendemos que Moisés vio parte del Santuario celestial, el cual le sirvió de modelo para el terrenal. Por lo tanto, hay una clase de “relación estructural” entre ellos. Siendo que el santuario terrenal poseía dos compartimientos, podemos llegar a la conclusión que lo mismo sucede con el Celestial, además de un ministerio en dos fases llevado a cabo por Cristo en esos lugares.
Jesús como el Santuario
La analogía entre el santuario y Jesús puede ser comprendida cuando se considera que el santuario/templo era el lugar de la habitación de Dios (Éxodo 25:8, 9). En el Lugar Santísimo, sobre el propiciatorio, se manifestaba la gloria de Dios, el símbolo
4 Gerhard Hasel, Redenção divina hoje (Brasília: Seminario Adventista Latinoamericano de Teología,
1981), p. 144.
5 Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 354. 6 White, La historia de la redención, p. 154.
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de su Presencia. En la identificación del cuerpo de Jesús como el “santuario”, se utiliza el término griego naos, que significa “lugar de la habitación de la divinidad”. Y Jesús es, de un modo singular, el lugar de la habitación de Dios. Como está escrito, “en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). Juan destacó esta verdad al afirmar que, en la Encarnación, cuando “habitó” (verbo de la misma raíz de skene, “tabernáculo”) entre nosotros, Él manifestó la gloria del Padre (Juan 1:14).
El templo de su cuerpo sería destruido, pero ese acto significaría también la propia destrucción del templo de Jerusalén, siendo que el sacrificio de Jesús, como el verdadero Cordero de Dios (Juan 1:29), dejaría sin efecto todos los sacrificios posteriores que se realizarían en el templo. Jesús abrió camino a la presencia de Dios, el trono de su gracia y misericordia.
La iglesia como santuario
Aun el templo de Jerusalén físicamente hubiera continuado hasta su destrucción total en el año 70 d.C., teológicamente ya no cumplió ninguna función en el plan de salvación, siendo que el verdadero sacrificio, Cristo, ya había sido ofrecido en la cruz. Como sustitución a ese templo, el Nuevo Testamente presenta a la Iglesia, constituida por pecadores salvados por la gracia, como el lugar de la morada de Dios. La palabra griega para “templo”, naos, utilizada por Pablo, hace referencia al Santuario real, el lugar de la habitación de la Divinidad. Muchos de los creyentes en Corinto provenían del paganismo, y habían frecuentado los templos paganos de la ciudad, entrando incluso en sus lugares más sagrados. Pablo argumentó que había un solo Dios y, como consecuencia de ello, sólo podía haber un solo templo en la ciudad, que eran los creyentes del lugar. ¿Cómo podía ser esto? Porque “el Espíritu de Dios habita en vosotros” (1 Corintios 3:16). La iglesia ahora refleja las características del templo, no por su arquitectura, sino sólo por la presencia del Espíritu.
De acuerdo con la legislación levítica, la penalidad por contaminar el santuario era la muerte (Levítico 15:31), o ser eliminado de en medio de la congregación (Números 19:20). Esta era una advertencia muy seria. El cristiano debe cuidarse de no contaminarse a sí mismo (1 Corintios 6:19, 20), presentándose como “sacrificio vivo, santo” al Señor (Romanos 12:1) y, corporativamente, velar por la unidad de la iglesia, el templo de Dios. Y esto es así porque el templo de Dios es sagrado (1 Corintios 3:17), y debe ser mantenido como tal.
Para reflexionar: En el Lugar Santísimo del santuario terrenal se manifestaba la gloria de Dios. ¿De qué manera esa gloria podría manifestarse en nuestra vida, como templos santos de Dios?
Una nueva creación
Dios prometió, en relación a Abrahán y sus descendientes: “Seré el Dios de ellos” (Génesis 17:8; cf. 2 Samuel 7:14; Jeremías 30:22; Ezequiel 37:26, 27). En su primera venida, Jesús fue identificado como “Emanuel”, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23). En Apocalipsis 21:3, encontramos el cumplimiento final del Pacto establecido con los fieles del pasado. Dios habitará con su pueblo. Aunque el tabernáculo del
desierto estaba en el medio del campamento, el pecado impedía que todos pudieran tener acceso a su interior. Sólo los sacerdotes podían entrar en él. Pero ahora se describe a los salvos como estando en el santuario, ante el trono de Dios (Apocalipsis 7:15). Ya no hay barreras, la comunicación es directa. El verbo “habitar” (skenoo, en griego) tiene la misma raíz del sustantivo “tabernáculo” (skene), simbolizando con ello la presencia permanente de Dios con su pueblo, reafirmado con la expresión “y Él habitará con ellos. Y Dios mismo estará con ellos” (Apocalipsis 21:3). Ya no habrá más separación. En el simbolismo empleado por Juan, la Nueva Jerusalén es identificada como el Lugar Santísimo del santuario. De ese modo, podemos entender que los redimidos habitarán en el propio Santuario, ante la presencia de Dios. ¿Has imaginado cuán maravilloso será ese privilegio?
Conclusión
Desde el principio de la creación, fue el propósito de Dios que el hombre disfrutara de una plena comunión con Él, ante su Presencia. El pecado frustró temporariamente ese objetivo: en el santuario en el desierto, en la Encarnación de Jesús, en la iglesia y, finalmente, la Nueva Jerusalén, nos muestran el intenso anhelo de Dios de acercarse a nosotros y brindarnos la esperanza de que algún día habitaremos para siempre en la presencia del Señor.
Pr. Eduardo Rueda Neto
Editor Asociado Casa Publicadora Brasileira
Revisión: Rosemara Santos Traducción: Rolando D. Chuquimia
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