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F e rn a n d o Rom o F eito (Madrid, 1950) estudió Filología Románica en la Universidad de Zaragoza, por la que se doctoró en 1987. Ha sido profesor de los antes colegios uni versitarios de Soria y Huesca y hoy facultades, y de diversos institutos de enseñanza secundaria en Aragón y Andalucía entre 1972 y 1998. Ac tualmente es profesor titular de Teo ría de la Literatura de la Univer sidad de Vigo.
Es autor de Miguel Labordeta, una
lectura global, PUZ, 1989; Retórica de la paradoja, Octaedro, 1995; ha
contribuido a diversos proyectos co lectivos de investigación, como el de edición digital de retóricas del Re nacimiento en latín (Digibis, 2004), o de obras retóricas de Giambattista Vi co (de próxima aparición), o la Idea
de la lírica en el Renacimiento (Mi
rabel, 2004); y es autor de numerosas reseñas, contribuciones a congre sos y artículos en revistas científi cas, especialm ente sobre retórica y sobre cervantismo.
Este paseo por la retórica clásica está concebido como una introducción breve y sencilla a la retórica antigua. La retórica constituye una potente teoría del discurso que, sin excesivas modificaciones, permite abordar he chos contemporáneos como el lenguaje de la política, del periodismo o de la publicidad. En el mercado edi torial abundan los títulos sobre esta materia, pero no hay tantos que la presenten de forma concisa y par tiendo de un conocimiento directo de las fuentes anti guas.
Estructurado en forma de historia sumaria que permite hacerse una idea del mundo que vio nacer la retórica, mundo que ha producido la idea de democracia que to davía hoy nos representamos como ideal político, in cluye los supuestos básicos de la retórica, y capítulos dedicados a cada una de las partes en que se dividía la materia en la Antigüedad: invención, disposición, elo cución, memoria, y pronunciación con ejemplos de ri
Fernando Romo Feito
LA RETÓRICA
UN PASEO POR LA RETÓRICA CLÁSICAColección dirigida p o r Salvador López Arnal
fei mitote™ Este obra ha sido publicada con una subvención de la Dirección DSCum“>A General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura
© Femando Romo Feito, 2005
Edición propiedad de Ediciones de Intervención Cultural Diseño: Elisa N. Cabot
Imagen portada: L’Arringatore (El orador), bronce, 90-70 a.C. ISBN: 84-96356-30-2
Depósito legal: B-21756-2005 Imprime Novagràfik, S. A.
Impreso en España Printed in Spain
ADVERTENCIA DEL GUÍA
Lo que propongo al lector es exactamente eso, un paseo. La Antigüedad ha dejado formidables parques arqueológicos en tomo al Mediterráneo, que atestiguan la grandeza de una cultura que para Occidente mantiene, en muchos aspectos, su valor nor mativo (y desde luego, prestigio turístico).
Nadie que haya subido los escalones que conducen a la podero sa mole del templo de Segesta podrá olvidarlo, ni los templos de Paestum al atardecer, ni el ritmo de las columnas dóricas de Seli nunte o Agrigento, para no hablar de la Acrópolis de Atenas, o de Pompeya y Herculano, por citar ejemplos conocidos y heterogé neos. Si el viajero es curioso quizá se haya acercado a los versos en que Píndaro celebra las ciudades sicilianas, o haya recreado entre Sicilia, el estrecho de Mesina, y la costa de Amalfi, los via jes de Odiseo: la costa de los Cíclopes, Escila y Caribdis, los escollos de las Sirenas. Desde Delfos se adivina, velada por la bruma, la isla de ítaca; desde Micenas se adivina la costa a la que volvió Agamenón, tras tantos trabajos, para morir a manos de Egisto, según nos cuenta Esquilo. Al extremo occidental del Imperio, en la modesta Baelo Claudia, se aprecia aún el foro en que los notables de la ciudad celebraban sus sesiones. En la pro pia Atenas, además de la Acrópolis no estará de más acercarse al Ágora donde discutían las escuelas o a la Pnix donde se reunían los atenienses en asamblea. Y en Roma, en S. Juan de Letrán no es difícil reconocer una de aquellas basílicas en las que abogados como Cicerón defendían con voz tonante sus causas.
En pocas palabras, ese espacio cultural que fue el Mediterrá neo antes del cristianismo y del Islam no sólo nos ha dejado res tos de ciudades que expresan un grado de civilización que costó mucho recuperar una vez arruinado; no sólo unas literaturas que, aun perteneciendo a un mundo perdido, todavía fascinan a quie nes se molestan en acercarse a ellas. En el centro de aquellas ciudades siempre había un espacio público en el que se podía tomar la palabra y discutir cualquier cuestión de interés común: el sistema político de invención griega que corresponde a ese espacio, la democracia, sigue siendo aspiración ideal de nuestras sociedades, y la retórica fue el instrumento que permitía mane jarse con palabras en la democracia.
No hará falta recordar, por mencionar lo obvio, que Platón y Aristóteles se cuentan entre los pensadores más poderosos de nuestra civilización, y, antes de encarar casi cualquier problema, quien no sea un frívolo hará bien en preguntarse qué dijeron los griegos. Sin olvidar que el derecho romano sigue siendo una asignatura de las facultades correspondientes. Pues bien, la retó rica es uno de esos campos monumentales que el viajero difícil mente podrá recorrer sin plano, guía o indicación. El guía per mite perder menos tiempo y fijarse en lo más relevante, que, de otra manera, quizá pudiera pasar desapercibido. Esa es la misión de este libro.
Actualmente, los manuales de retórica no escasean en espa ñol. Como es inevitable, todos se parecen, entre otras cosas por que tienen como destinatarios a estudiantes de filología. Pues bien, he intentado contar del modo más ameno posible lo que el lector curioso, ni filólogo ni estudiante y no sobrado de tiempo debería saber. Curioso, es decir, que se hace preguntas y está dispuesto a gastar un tiempo en buscar respuestas, algo más del necesario para salir del paso por medio de comprimidos, da igual que sean de una enciclopedia o de Internet.
Conocer la retórica clásica permite entender la contemporánea resurrección de la retórica; la inversa no es cierta o al menos no
es tan simple. De ahí la primacía que se reconoce aquí a la exposición sintética del modelo clásico. Pero sintética no nece sariamente quiere decir falsa. Aunque sea en forma de esbozo, no hemos querido pasar en silencio algunas cuestiones que jalo nan la evolución de la retórica, sobre todo su enfrentamiento con la filosofía, que es una clave de nuestra historia cultural. Por otra parte, secciones enteras de la retórica siguen vigentes, como el inventario de las figuras, o bien han inspirado moder nos desarrollos de la teoría del texto. Y no faltan las adaptacio nes para el mundo de la empresa o comercial que enseñan a hablar en público; el auge de los modernos medios despierta igualmente el interés por las técnicas de la comunicación oral; hay incluso una dirección de Internet con recetas para la mejor redacción de artículos científicos. Todo esto, en efecto, lo cubría la retórica antigua, y sus normas y consejos mantienen en no pocos casos su validez-, tan inteligente y minuciosa era aquella cultura que creía en el uso público de la palabra (lo que no quita para que nuestros antepasados se destruyeran unos a otros con el fervor que siempre ha caracterizado a la raza humana).
Para que el lector se haga una idea más clara de lo que habla mos, he insertado algunos ejemplos tomados de discursos cele bérrimos de la Antigüedad, otros de tratadistas de retórica, y otros del tratamiento que la prensa da a la actualidad política nacional: lamentablemente, la guerra de Irak, la tragedia del 11
M y las discusiones subsiguientes ofrecen una preciosa cantera
de ejemplos. Con ello no se persigue defender una permanenen- cia intemporal y ahistórica de las técnicas de la antigua oratoria, sino sencillamente hacer ver que sus esquemas marcaron pode rosamente nuestra cultura, tanto como para poder reconocerse todavía hoy en muchos casos.
Y para aquél, y ojalá sean muchos, que quiera enterarse de más cosas y leer a los rétores de primera mano, me he permitido añadir al final una relación comentada de posibles lecturas. A cambio, he suprimido casi todas las notas y referencias
biliográ-ficas, a fin de hacer más cómoda nuestra excursión. No hace falta decir que ninguna idea de las que siguen es original. Sin embargo, confío en ser un guía discreto y en suscitar la curiosi dad. A aquél que descubre a los clásicos, éstos no le abandonan nunca.
1. La retórica y su mundo
Es imposible comprender correctamente una configuración cultural sin referirla al mundo que la ve nacer. Por configura ción entenderemos un conjunto organizado de normas, valores, y textos inseparable de una actividad que se transmite a lo largo del tiempo. De hecho, la tradición de la retórica se mantiene viva desde la Antigüedad Clásica —del s. V a. J. C. son los tes timonios primeros— hasta 1800, decae durante el Romanticis mo, y resurge con fuerza a lo largo del s. XX. Una historia tan larga conoce altibajos, claro está. En Roma, bajo el Imperio, la quiebra de la supuesta libertad republicana no deja espacio para la retórica política, que se reduce a los panegíricos del empera dor, aunque sí para la judicial. La Edad Media conoce artes pre- dicatorias y para escribir las cartas de las cancillerías; en el Renacimiento, los humanistas, intentando revivir el mundo clá sico, se encargarán de hacer de la retórica el centro de la educa ción, lo que se mantiene ya prácticamente sin interrupción. Hoy es moda, se puede decir sin exageración alguna, y no sólo en la investigación literaria, sino, como ya dijimos, en forma de manuales y recetarios para enseñar a hablar y redactar mejor y convencer de forma más eficaz en el mundo de los medios, de la empresa, de la técnica, de la ciencia, desde la física hasta la sociología (publicaciones, proyectos y subvenciones dependen de ello).
determinada estructuración social de la Antigüedad y, a partir de ella, alcanzó durante siglos un peso decisivo en la educación de quienes ejercían el poder o constituían su aparato: letrados, secretarios, funcionarios... Esa influencia se mantiene incluso durante el Romanticismo (en la enseñanza), de forma que, en conjunto, se puede decir que la retórica, no menos que la filoso fía, su gran antagonista, constituye uno de los rasgos más carac terísticos de la cultura occidental. Definamos ésta, aunque sea de un modo provisional: tiene por centro al individuo, se basa en el capitalismo que se expresa políticamente mediante la democracia parlamentaria, cree en la ciencia y ejerce el consu mo sin restricciones, y se piensa a sí misma como la forma más perfecta de organización humana, a la que deben tender todos los pueblos. Naturalmente, el mundo no siempre ha sido así, pero no deja de ser significativo que nuestra cultura se siga reco nociendo en estructuras como el parlamento o el sistema judi cial, inseparables de la retórica elaborada en la Antigüedad. A pesar de lo que pretende G. Kennedy, es más que dudoso que se pueda encontrar en otras culturas una teoría y técnica de la comunicación humana tan altamente elaborada.
¿Cómo era el mundo que produjo la retórica, y qué es lo que enlaza uno y otra de forma tan inextricable?
Por mucho que se hable de retórica en la Ufada y la Odisea, la verdad es que en las asambleas de los aqueos los que hablan, y sólo entre ellos, son los héroes, y cuando Tersites, el hombre del común, se atreve a decir lo que —fuera del mundo de la épica, claro está— dicta la voz del buen sentido (Iliada II 212-270), Odiseo le arrebata el cetro que es signo de que se está en el uso de la palabra, le da un palo con él, y lo arroja fuera del espacio libre que dejan los guerreros a quien va a hablar, a que se pierda en medio de la masa sin nombre de la que surgió. No vuelve a aparecer en todo el poema. Según Vemant, hay que esperar a los siglos oscuros que median entre la época homérica (ss. IX-VIII a. J. C.) y el esplendor de las ciudades griegas (ss. V-IV a. J. C.)
para que la guerra en carro entre señores feudales que se enfren tan en combate singular, se vea sustituida por el choque entre grupos compactos de guerreros (los hoplitas), que son, sencilla mente, los ciudadanos en armas. Y los que se juegan la vida juntos, es fácil que discutan juntos y en igualdad de condicio nes, y que algo tenga que ver con esto el surgimiento de la de mocracia. Por otra parte, es de esos años una transformación económica que explica las migraciones griegas de fundación de ciudades, y la sustitución del feudalismo homérico y las tiranías subsiguientes por el enfrentamiento entre grupos sociales por la propiedad y el poder político, es decir, por la democracia.
La tradición antigua quería que la retórica hubiera nacido para entrenar a los litigantes en los conflictos por los repartos de tierras originados a la caída de los tiranos, en las ciudades grie gas de la Sicilia del s. VI: “Y así, según Aristóteles, cuando se abolió la tiranía en Sicilia y los procesos entre particulares fue ron de nuevo sometidos a jueces, entonces, siendo los sicilianos gente aguda y amante de la controversia [...] Córax y Tisias escribieron un arte [retórica] y unos preceptos para ellos” (Cice rón, Brutus X II46). Como historia está bien, y muestra el nexo entre retórica y enfrentamiento (verbal); pero es indemostrable. Lo que resulta indiscutible, no obstante, es la relación entre retórica y democracia, de un lado, y, más polémico, entre retóri ca y escritura. La difusión de ésta empieza, al parecer, alrededor del s. VIII a. J. C., y aunque Platón la critique en el Fedro, no faltan los autores como Esquilo, el trágico, que celebren su poder para conservar el recuerdo. Y pruebe el lector a analizar minuciosamente un discurso largo que haya oído o a recordar un texto extenso leído: retendrá, todo lo más, una idea, más o menos compleja, acerca de qué se ha dicho, le habrán llamado la atención frases o momentos en particular... Difícilmente logrará el análisis articulado y preciso propio de los rétores anti guos, que presupone, precisamente, la posibilidad de disponer de textos escritos sobre los que poder volver, una y otra vez,
hasta afinar una técnica de hablar definida. Quien se haya acer cado al ágora de Atenas, sabe cuántos óstraka (esos trozos de cerámica en los que se escribía el voto, como nuestras actuales papeletas electorales) se han encontrado, lo que testimonia que la población, al menos la que contaba políticamente, era letrada. Pues ni hay que idealizar una sociedad que, además de ser rigu rosamente misógina, negaba el voto a las mujeres y los escla vos, sumados unas y otros la mayoría con mucho de la pobla ción, ni prestarse a la frecuente incapacidad para comprender y valorar a Platón convirtiéndolo en adelantado de dictaduras con temporáneas nuestras.
Retórica y escritura, retórica y democracia. Si se puede votar, uno cuenta para la decisión de los asuntos públicos, y si además sabe leer y tiene acceso a la ley, no se dejará convencer de cualquier manera por quien quiera ganarse su opinión en la asamblea. La polis ateniense constituye una experiencia única en la historia: una democracia directa al menos para todos los varones libres y mayores de edad, y nada semejante a una casta sacerdotal determinante de la vida social. No nos escandalice, ya lo advertimos, la exclusión de mujeres y esclavos. Es sin duda una aberración; pero si no se hace abstracción de la histo ria, era el régimen político más avanzado de su tiempo, y aún podemos aprender de él: cualquiera, realmente cualquiera, puesto que había magistraturas por sorteo (y nótese qué grado de confianza en el ciudadano supone), podía participar en el gobierno de la ciudad, al menos por un tiempo, y todo podía discutirse; a cambio, claro está, de que cada ciudadano dedica se a los asuntos públicos un tiempo que hoy, en plena apoteosis de lo privado, nos resultaría insoportable. Lo privado, ponerse a sí mismo al margen de lo público, era lo inconcebible para un griego. Pocas veces se ha expresado con más vigor que en la famosa “Prosopopeya de las leyes”, en el Critón platónico, donde las leyes de la ciudad se personifican y se dirigen a un Sócrates injustamente condenado a muerte y al que sus discípu
los dan la posibilidad de escaparse. Veamos como les responde éste, fingiendo hablar con las leyes de Atenas:
Quizá dijeran las leyes: “¿Es esto, Sócrates, lo que hemos con venido tú y nosotras, o bien que hay que permanecer fiel a las sentencias que dicte la ciudad?” Si nos extrañáramos de sus palabras, quizá dijeran: “Sócrates, no te extrañes de lo que de cimos, sino respóndenos, puesto que tienes la costumbre de ser virte de preguntas y respuestas. Veamos, ¿qué acusación tienes contra nosotras y contra la ciudad para intentar destruimos? En primer lugar, ¿no te hemos dado nosotras la vida y, por medio de nosotras, desposó tu padre a tu madre y te engendró? Dinos, entonces, ¿a las leyes referentes al matrimonio les censuras algo que no esté bien” “No las censuro”, diría yo. Entonces, ¿a las que se refieren a la crianza del nacido y a la educación en la que te has educado? ¿Acaso las que de nosotras estaban esta blecidas para ello no disponían bien ordenando a tu padre que te ducara en la música y en la gimnasia?” “S í disponían bien”, diría yo. “Después que hubiste nacido y hubiste sido criado y educado, ¿podrías decir, en principio, que no eras resultado de nosotras y nuestro esclavo, tú y tus ascendientes? Si esto es así, ¿acaso crees que los derechos son los mismos para ti y para nosotras, y es justo para ti responder haciéndonos, a tu vez, lo que nosotras intentamos hacerte? [...] ¿Acaso eres tan sabio que te pasa inadvertido que la patria merece más honor que la madre, que el padre y que todos los antepasados, que es más venerable y más santa y que es digna de la mayor estimación entre los dioses y entre los hombre de juicio? ¿Te pasa inadver tido que hay que respetarla y ceder ante la patria y halagarla, si está irritada, más aún que al padre; que hay que convencerla u obedecerla haciendo lo que ella disponga; que hay que padecer sin oponerse a ello, si ordena padecer algo; que si ordena reci bir golpes, sufrir prisión, o llevarte a la guerra para ser herido o para morir, hay que hacer esto porque es lo justo, y no hay que
ser débil ni retroceder ni abandonar el puesto, sino que en la guerra, en el tribunal y en todas partes hay que hacer lo que la ciudad y la patria ordene, o persuadirla de lo que es justo; y que es im pío hacer violencia a la madre y al padre, pero lo es mucho más aún a la patria?” (Critón 50c 5 - 51c 2; trad, de Emilio Lledó).
Ese mundo conoció un enfrentamiento severo —a la altura del s. IV a. J. C.— entre retórica y filosofía, que es tanto teórico como práctico, ya que lo que está en juego es a quiénes siguen los jóve nes de las mejores familias, esos que están en condiciones de acu dir a clases para aprender a hablar y ganar influencia en el debate político. Poco sabemos de los sofistas que no nos haya sido trans mitido por fuentes indirectas, y el peso en éstas de Platón, su ene migo, es indudable. Sin embargo, sí se puede afirmar que la anti nomia entre nomos (convención) y physis (naturaleza) está en el centro de su pensamiento. La naturaleza es lo previo, lo que nos es dado, la convención es humana. De cualquiera de esas cosas que —se dice— son por naturaleza se puede afirmar lo contrario, si se piensa en un grupo humano o un sujeto distinto: por ejem plo, algo indiscutiblemente bueno como la libertad, es malo si se piensa en la libertad de los delincuentes. Conque si el hombre es la medida de todas las cosas, el ser perderá toda fijeza, de nada se podrá afirmar sin restricciones que es, y no habrá más ley que la del que sea capaz de imponer la suya. La retórica es, simplemente, el órganon (instrumento) de esas convicciones, puesto que ella permitirá convencer de cualquier cosa, si se es lo bastante experto en el arte de argumentar. De hecho, la retóri ca misma es un arte, una téchne (origen de ‘técnica’) que perfec ciona eso que nos da la naturaleza y nos distingue de los anima les: el lógos, estupenda palabra griega que engloba la capacidad de pensar, su expresión verbal, y el discurso mismo como plas- mación acabada del pensamiento. En la página contigua tene mos un ejemplo de los Razonamientos dobles (III2-5).
Razonamientos dobles
(1) Razonamientos dobles se dicen también sobre lo justo y lo injusto; unos dicen que una cosa es lo justo y otra lo injusto. Otros, por el contrario, afirman que la misma cosa es justa e injusta. También yo intentaré defender esta última posición. (2) Y para empezar afirmaré que mentir y engañar es justo. Se dirá que hacer esto a los enemigos es bello y justo, pero a los amigos feo y malo. ¿Por qué a los enemigos y no a los más queridos? Por ejemplo los padres. Pues si fuese preciso que el padre o la madre bebiese o tragase una medicina, y no quisiese, ¿no es lícito darlo en el caldo o en la bebida sin decirle que está? (3) Así pues, es justo mentir y engañar a los padres, y también robar las cosas de los amigos y hacer violencia a los más queridos. (4) Por ejemplo, si algún familiar, lleno de dolor y de aflicción, tuviese la inten ción de suicidarse con una espada, con una cuerda o con cual quier otra cosa, ¿no es justo robarle esto, si se puede, y si se llega tarde y se le encuentra con esto en la mano, arrebatárselo por la fuerza? [...] (10) Ahora pasaré a las artes y las obras de los poe tas. En efecto, en la tragedia y en la pintura aquél que engaña mejor haciendo creaciones semejantes a la verdad, éste es el mejor.
Texto anónimo (Trad, de A. Piqué Angordáns)
Isocrates (436-338 a. J. C.), sin comprometerse con una con cepción de los valores explícita y radicalmente ontológica como la platónica (para éste sólo existe de verdad lo que es bueno, verdadero o bello al menos en algún aspecto), sin llegar a tanto, defiende una retórica al servicio de los intereses patrióticos de Atenas, es decir, al servicio de unos valores que encaman el acuerdo social de los atenienses y gozan de su respaldo. Por consiguiente Isócrates atacará a la vez el relativismo de los sofistas (Contra los sofistas', Antídosis ) y las exigencias filosófi cas de Platón, pero será éste el que nos legue un pensamiento profundo y de huella más duradera.
Para Platón (429-347 a J. C.), se puede afirmar sin restriccio nes la existencia de los valores: lo bueno, lo verdadero y lo be llo, que son algo en sí, es más, son el verdadero ser, de forma indiscutible y para cualquiera, aunque accesibles sobre todo a la contemplación del filósofo, que es al que debe corresponder la dirección de la ciudad, si es que se quiere que ésta conviva en paz y justicia. Lo que sólo es posible si la ciudad justa se cons truye previamente en el alma de los ciudadanos, hombres y mujeres —Platón no discrimina—, tarea para la que el filósofo es, de nuevo, el pedagogo adecuado. La empresa a la que se enfrenta la ciudad griega es inmensa, la construcción de un esta do capaz de organizar la convivencia en una sociedad de clases, y la polémica entre Platón y los sofistas atestigua el genio grie go. Para Platón no hay más retórica digna que la que se ciña a la dialéctica o arte de encontrar la verdad a través del análisis de las ideas, conozca bien las almas, y sea capaz de conducirlas correctamente.
Platón censura, como Isócrates, a los sofistas, pero no puede aceptar la desatención de éste por la búsqueda de una verdad trascendental, ni contentarse con su ideal panhelénico o con que unas verdades prácticas y parciales dieran suficiente sentido a la retórica. La crítica platónica fundamental se centra en que los sofistas, ignorando ellos mismos qué cosas sean buenas o malas,
elogian su saber para vendérselo a cualquiera, por lo que un público ignorante resulta el más adecuado para ellos (Protágo-
ras 312e-314c). El hecho de que se pueda persuadir tanto de lo
justo como de lo injusto -se trata, al fin, de persuadir de creen cias, no de verdadera ciencia-, es lo que permite a Platón defi nir la retórica como “una adquisición experimental, una rutina”
(Gorgias 461d-463a), que forma parte de la adulación. Y viene
entonces la conocida ecuación: si, en cuanto al cuerpo, la cocina es a la medicina como la cosmética a la gimnasia -y aquéllas son adulación y éstas artes-, en cuanto al alma, la sofística es a la legislación como la retórica a la justicia -y también en este caso, las primeras forman parte de la adulación, y sólo las segundas merecen el nombre de artes (Gorg., 464d-466b). Ahora bien, sólo éstas son racionales, en tanto procuran el bien al alma, bien que consiste en la virtud, o, lo que es lo mismo, en obrar la justicia y conocer la verdad. Así, sólo se aceptará aquel orador cuyos discursos hagan nacer la justicia en el alma de los ciudadanos (Gorg., 504c-505e).
Se bromea con frecuencia en los diálogos respecto de la “incapacidad” de Sócrates para enhebrar un discurso seguido, su necesidad de hacer que el discurso progrese mediante pre guntas y respuestas. Pero el Fedro, diálogo de madurez datado por muchos como posterior a la República, revela en su discu sión el conocimiento y dominio, por parte de Platón, de las téc nicas de la retórica (Fedr., 235a-237a; sobre todo, en 266c y sigs., donde se aluden y enumeran muchas de esas técnicas, tal como fueron formuladas antes de Aristóteles). Y no sólo en la teoría sino en la práctica, como lo prueba el hermoso discurso central sobre la naturaleza del alma (Fedr., 244a-257c), una de las más bellas páginas de toda la literatura helénica. Desde 267a hasta el final concluye Platón con la necesidad de que, si el dis curso debe estar al servicio de la verdad, se subordinen los pre ceptos y reglas técnicas de la retórica al verdadero conocimien to científico, que se alcanzará mediante el método dialéctico
(266d; 270d); sólo después vendrá el estudio de los procedi mientos propiamente elocutivos. Y así, el que tiene el conoci miento de las cosas bellas, buenas y justas, el amante de la sabi duría, se entretendrá componiendo discursos mediante el método dialéctico, unidos al conocimiento, y capaces de defen derse a sí mismos; pues otra de las conclusiones del diálogo es la primacía de la palabra hablada, porque la escrita parece viva, pero, si se le pregunta algo, calla, repite siempre lo mismo, y es susceptible de difusión entre los ignorantes tanto como entre los sabios (Fedr., 275d). Conclusión ésta que se explica si se atien de a que el método de las preguntas y respuestas, de la lengua hablada, es el que verdaderamente se ciñe a la dialéctica, tal como Platón la entiende.
En conclusión, la retórica constituye, para Platón, por así decir, la forma de expresión de la dialéctica (Aristóteles dirá: su
antistrofa) —en el sentido de clasificación de lo existente y
desenvolvimiento progresivo del contenido de verdad de las ideas. Si la virtud no puede enseñarse porque es innata, sino revelarse, el instrumento de la paideia será la Filosofía, y la retórica sólo alcanzará la consideración de téchne si se subordi na a ese conocimiento, como expresión suya. De modo que, como dice Jaeger, de la crítica de la retórica anterior irá brotan do un ideal nuevo, el de la síntesis entre el arte de la palabra y la formación filosófica del espíritu que, a través de Cicerón, llegará aunque diluido a Quintiliano.
El otro gran pilar del edificio de la retórica es el aristotélico. Lo primero es precisar de qué modo responde Aristóteles en su obra a los retos platónicos, en concreto a la pregunta de si la retórica es un arte. Si se acepta que está discutiendo a Platón, lo hace ofreciendo su examen de cómo retórica y poética pueden practicarse más o menos racionalmente. Potente respuesta, pero que deja en pie, aún hoy, las preguntas platónicas.
Aristóteles mantiene la vinculación entre retórica y dialéctica y sigue una forma de retórica que es, en buena parte, la que
lue-go expondremos como canónica: él aporta la doctrina de los tres géneros, iudiciale, deliberativum, demonstrativum (epidictico), y son centrales para él los conceptos de tó prépon, el decorum latino, y lo verosímil.
Conviene precisar el lugar de la retórica en el sistema aristo télico, la distinción entre el razonar demostrativo mediante silo gismos, que, partiendo de premisas verdaderas, conduce de forma segura a la verdad, frente al que parte de la opinión gene ralmente admitida, cuyo ámbito es lo verosímil. Sólo el prime ro, que es objeto de la lógica, merece la consideración de cientí fico; el segundo es el dialéctico y retórico (que son téchnai). Y todavía hay un nivel inferior, el de la erística o controversia, el reino de la ilusión y la falacia.
A la lógica consagró Aristóteles sus Analíticos, Primeros y
Segundos·, al razonamiento sobre lo probable, sus Tópicos y su Retórica·, a la erística, sus Refutaciones sofísticas, consideradas
hoy como noveno libro de los Tópicos. De hecho, la materia de ambos saberes —no ciencias— es idéntica, y lo que varía es el enfoque, el punto de vista: la retórica es “la facultad (dynamis) de descubrir especulativamente lo que, en cada caso, es adecua do para persuadir” (Retórica 1355b 25); es “como una ramifica ción de la dialéctica” llega a decir Aristóteles (1356a 25).
El ámbito de la retórica es el de la opinión general (éndoxa) y lo verosímil, definido como “lo que se produce más a menu do... lo que, en el dominio de las cosas que podrían ser de otro modo —que no son necesariamente, como en la lógica— está, relativamente a la cosa respecto de la cual es verosímil, en la relación de lo universal a lo particular” (1357a 34-37). De este modo, el caso realmente sucedido, contingente e irrepetible, cae bajo el dominio de lo cognoscible por la razón y el discurso.
No faltan los puntos controvertidos del pensamiento aristoté lico en la materia. Algunos son técnicos, por ejemplo, el proble ma de la concepción del entimema (sobre el cual volveremos), no como silogismo abreviado sino como una deducción relaja
da, en que, a diferencia de lo que ocurre en lógica, la conclusion no se sigue con necesidad de las premisas, sino la mayor parte de las veces.
Pero otros problemas son de principios. Tras un pórtico que insiste en la moralidad del orador y de la retórica misma, Aristó teles desarrolla a fondo una preceptiva del convencer que servi ría para defender o aniquilar cualquier causa, con absoluta inde pendencia de su justicia. Así que se da un auténtico conflicto entre el primer capítulo y el resto, de rasgos sin duda sofísticos. Un contraste entre una retórica ideal y el estudio de los medios de persuasión con independencia de cualquier exigencia, incluso de su propia moralidad.
Desde luego, Aristóteles se enfrenta tanto a Platón como a Isócrates. Para el primero la retórica no es un arte, y si es algo se levanta hasta ser filosofía. Para el segundo el arte de hablar que descubre lo que es patriótica y socialmente verdad es lo funda mental. Pero entonces todo es retórica, la verdad está mediada por el lenguaje, y el contexto social es determinante. El método de Aristóteles frente a ambos consistirá en considerar la retórica como arte sistematizable: ni es mera filosofía aplicada ni mera persuasión de los valores admitidos por Atenas, sino que hace falta conocer la verdad, aunque la mayoría de los hombres, de forma natural, no la alcanzan. Así que Aristóteles acepta la retó rica realmente existente aunque le conceda la posibilidad de ser vir a los ideales.
La polémica entre retóricos y filósofos (en otras palabras: las distintas concepciones de la relación entre retórica y verdad, que se reactiva una y otra vez a lo largo del tiempo), es esencial para la historia de la retórica e intrínseca a la estructuración que alcanza. De un lado, se afina un instrumental susceptible de ser empleado para convencer a cualquiera de cualquier cosa (pues cualquier acusado tiene derecho a ser defendido). De otro, se exige formación filosófica, moralidad, y sentido cívico al ora dor, para que jamás haga un uso indebido de arma tan formida
ble. Es el conocido argumento de que las armas no son más que instrumentos y que es quien las usa el que las hace malas o bue nas (olvidando el sabio dicho homérico de que el hierro atrae al hombre). Naturalmente, frente a la defensa que los oradores hacían de su arte, los filósofos de todos los tiempos han descon fiado siempre del carácter engañoso que atribuyeron a ese mismo arte y han empleado el adjetivo ‘sofístico’ en la peor acepción posible.
En vano buscaremos en la retórica romana la potencia especu lativa de Platón o Aristóteles. Lo que no significa que no le die ran la mayor importancia. Cicerón afirma en De Oratore (I, 10) que las artes mayores para un romano son la elocuencia, la políti ca, y la guerra; para un griego: la filosofía, las matemáticas, la música, la gramática y la poesía. A cambio de un espíritu menos filosófico, comprobaremos en muchos de sus tratados, siempre sobre el trasfondo de la influencia griega, una notable minucio sidad, aplicada a la práctica viva del foro. De hecho, la primiti va retórica romana toma una forma artística cuando oyen a los griegos. La única forma de discurso nativa en Roma es al pare cer la laudatio funebris, el elogio del difunto que se practica en los funerales. Catón sintetiza el primitivo espíritu romano: “Sé dueño del asunto y vendrán las palabras” (rem teñe, verba se
quentur).
Los primeros tratados en latín, el De inventione de Cicerón y la retórica Ad Herennium, mucho tiempo atribuida a aquél, reflejan doctrinas corrientes en el mundo helenístico; y garantizaron, junto con la Institutio oratoria de Quintiliano, la continuidad de la tradición retórica hasta el mundo medieval. En el Ad Herennium, la teoría de la stasis, no conocida previa mente en latín, demuestra que esta doctrina ya era clave a mitad del s. I a. J.C. Además, por primera vez hay distinción de los tropos frente a las demás figuras.
Con Cicerón (106 a. J. C.-43 a. J. C.) se recupera el maridaje entre retórica y filosofía, en último término de raíz platónica,
como sabemos. Además, Cicerón, junto con Horacio, contribui rá a acentuar igualmente la proximidad entre oratoria y poesía. Ambas cuestiones pueden verse en Orator —a la busca del ora dor perfecto—, y sobre todo en De Oratore —exposición en forma de diálogo del sistema entero de la retórica en conexión con la moral y la filosofía. Y nos proporciona en el Brutus, pri mer esbozo histórico, una fuente de información de primer orden para conocer la retórica de la Antigüedad. Pero Cicerón es tan escritor como orador y a diferencia de Demóstenes, su con trafigura en el mundo griego, del que no conservamos tratado teórico alguno, su obra nos permite comparar la retórica con la oratoria, es decir, con los discursos realmente pronunciados, muchos de los cuales son auténticas obras de arte destinadas a marcar durante siglos la prosa artística europea.
Ya en el Imperio, Tácito (Dialogus de oratoribus, 81 d. J. C.) señalaría la falta de libertad como causa del declive de la retóri ca, aunque la oratoria judicial y epidictica siguió viva durante mucho tiempo. El suyo es un diálogo muy interesante si es que deseamos oír la voz de un protagonista y testigo a la vez, que discurre sobre las causas del declinar de la elocuencia:
X XXVI. La gran elocuencia, como la llama, se alimenta de madera y se anima con el movimiento y brilla consumiendo. La misma causa también en nuestra ciudad desarrolló la elocuencia de los antiguos. Pues aunque también los oradores de estos tiempos han conseguido lo que es lícito con un gobierno orde nado, tranquilo y feliz, sin embargo, parecía que con aquella perturbación y licencia podían conseguir muchas cosas, cuan do, con todo revuelto y carentes de un moderador único, se valía tanto como orador cuanto se podía convencer a un pueblo sin guía. D e allí las continuas proposiciones de ley y el nombre popular; de allí las asambleas de magistrados que casi pasaban la noche en las tribunas; de allí las acusaciones contra los pode rosos y las enemistades que se fijaban incluso a las familias; de
allí las facciones de los proceres y las luchas constantes del senado contra la plebe. Cosas cada una que, aunque desgarra ban la república, ejercitaban sin embargo la elocuencia de aquellos tiempos y parecían acumularle grandes premios, por que cuanto más podía uno con sus palabras, tanto más fácil mente conseguía honores, tanto más fácilmente con esos m is mos honores aventajaba a sus colegas, tanto más favor conseguía ante los principales, más autoridad ante el Senado, tanta más notoriedad y renombre ante el pueblo. (Trad. mía).
Quintiliano nos aporta con su Institutio Oratoria (95 d. J. C.) la auténtica enciclopedia de la retórica romana: con menor énfa sis filosófico que Cicerón, pero con la formulación de un plan global de formación del orador que será de enorme trascenden cia. Es interesante su discusión de la definición aristotélica: no sólo pide Quintiliano que su orador, de acuerdo con Platón, ten ga conocimiento de la justicia; se muestra de acuerdo, así mis mo, con definiciones estoicas como scientia recte dicendi y per
suadere quod oporteat (“ciencia del hablar lo justo”, “persuadir
de lo adecuado”, Π 15.34-35). Según las cuales, no parece tratar se sólo de hablar según la moral, sino también de decir lo conve niente a la situación, en un sentido que nos recuerda la doctrina del prépon helénico y el decorum latino.
Si hay que creer a Tácito, el discurso político era poco menos que imposible bajo el Imperio, lo que no ocurre con el llamado género epidictico. La fuente más expresiva que el mundo anti guo nos ha legado sobre el tal género es Menandro el Rétor, cuyos tratados constituyen manuales para la confección de dis cursos de alabanza o censura para los más variados eventos de la vida pública. Sabemos, además, que el género epidictico desempeñaba un papel relevante en la educación antigua. Si el ejercicio superior, ya bajo la dirección del rétor, consistía en la
controversia o discusión de casos legales ficticios, previamente,
y confirmación de fábulas o historias (chria), alegando que eran inconsistentes, increíbles, imposibles... así como en el encomio y el vituperio de los más variados temas * Conservamos manua les estándar (progymnasmata), como el de Hermógenes, traduci do al latín por Prisciano —lo que aseguraría su influencia—, o el de Aftonio de Antioquía, de los s. VI y IV d. J. C., respectiva mente. En muchos casos, no hay que ocultarlo, se trataba de dis cutir casos por completo alejados de la vida.
Finalmente se precisa aludir a la Segunda Sofística: término originado en el segundo cuarto del s. III, en las Vidas de los So
fistas de Filóstrato de Lemnos. Esta corriente expresa muy bien
la lucha contra el cristianismo en nombre de la cultura griega, con una doble tradición: una más filosófica, otra más declamato ria. Pero los propios Padres de la Iglesia, ya en la Antigüedad tardía, eran o habían sido, como Agustín de Hipona, profesores de retórica. Es el mundo de los Rhetores Latini Minores, edita dos por C. Halm en la Biblioteca Teubneriana, pertenecientes, unos, a las últimas escuelas romanas que florecieron en la Galia (la actual Francia), entre los s. IV y VII d. J. C.; otros, a la época carolingia. El examen de sus escritos, junto cort los de Marciano Capela e Isidoro de Sevilla nos proporciona una cierta perspecti va sobre la continuidad de la retórica hasta la Edad Media.
Pero no se trata aquí de resumir la historia de la retórica, sino de dar una ojeada al mundo que conoció su desarrollo mayor. Y en él, a través de nombres y obras, hay una contradicción que se mantiene: la que se da entre el desarrollo de un instrumental téc nico que se puede poner al servicio de cualquier causa, y las repetidas exigencias de moralidad y respeto a la verdad por parte del orador.
Este conflicto sigue vivo hoy, pero aunque desborde los lími tes históricos que nos hemos trazado, mencionaremos uno de sus episodios más significativos, el que se da a fines del Renaci miento entre el Humanismo y la nueva ciencia. Aquél había re cuperado la retórica como eje de la educación; ésta se indepen
diza desde sus primeros pasos de la tutela de cualquier autori dad, sin excluir la del mundo clásico.
A la altura del s. XVII ha quedado claro (para los filósofos) que la verdad debe expresarse en un lenguaje tan inequívoco y transparente como el matemático. Por ejemplo, John Locke, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, en III, 10, § 34, de expresivo título: “Las expresiones figuradas también constitu yen un abuso del lenguaje”, apartado en que se desecha la retó rica siempre que se trate de la verdad y el conocimiento, se con sidera monstruoso que siga formando parte de la enseñanza, y se termina con esta estupenda declaración: “La elocuencia, como el bello sexo, tiene atracciones demasiado prepotentes para que permita que jamás se hable en su contra, y es vano señalar los defectos de aquellas artes del engaño, por las cuales los hombres derivan placer en ser engañados”. En III, 11, §14 había llegado a proponer como remedio para los malos entendi dos que se muestren las cosas de las que se está hablando, lo que motivó que Jonathan Swift presentase en sus Viajes de
Gulliver a los sabios de Laputa cargados con sacos de los obje
tos acerca de los cuales querían hablar. Aunque la risa de Swift no consiguió evitar que la filosofía se embarcase en la búsqueda de un lenguaje perfecto (distinto de la lengua ordinaria, que no es de fiar), lo cual ha constituido la ocupación preferida de una parte no despreciable del pensamiento en el s. XX; no obstante, no faltarían quienes, tal el pensador italiano Giambattista Vico, siguieran defendiendo la retórica como centro del programa del humanismo y vínculo necesario para la vida cívica; o como Ga- damer, ya en pleno s. XX, cuya filosofía de la cultura reivindica una sabiduría moral volcada a la vida en sociedad, de raigambre aristotélica e inseparable una vez más de la retórica.
Pero estamos ya en condiciones de asomamos a la estructura ción clásica de nuestro arte.
2. Definición de la retórica
Creo que será bueno empezar contraponiendo tres definicio nes clásicas, las de Platón, Aristóteles y Quintiliano, porque expresan muy bien la dialéctica interna de la evolución de la retórica. Para Platón la retórica es psicagogia o arte de con ducción de las almas a la verdad, y por consiguiente, deberá subordinarse a la dialéctica, que es el arte susceptible de ele varse a la verdad mediante el análisis del movimiento de las formas. Acérquese el lector al Sofista o al Teeteto platónicos y verá la dialéctica en acción. Todo en Platón tiene, si no me en gaño, una vertiente política, y él llegará a darse cuenta de que no basta su idea de ciudad —la expuesta en su Politeía o ‘con vivencia política en el ámbito de la ciudad’, según la mala tra ducción latina: la república—, es decir, no basta con las ‘leyes’ por sí mismas para construir esa convivencia según justicia. Es preciso, además, hacer un esfuerzo de persuasión de la necesi dad y justeza de esas mismas leyes, de donde los preámbulos a las leyes en el diálogo del mismo nombre, Nómoi, leyes, si es que es auténtico. De manera semejante, podríamos decir, la verdad necesita de un esfuerzo de persuasión, y ése es el lugar de la retórica, si no disparato al despachar en estas líneas una cuestión muy complicada; lugar, pues, necesario pero subordi nado.
Mientras que para Aristóteles, que ha criticado en el libro ΠΙ de la Metafísica la filosofía platónica porque sus ideas —como la de ciudad— duplican el mundo sin explicarlo, la retórica es la
contrapartida —la antistrofa1 dice él— de la dialéctica, que viene a consistir en el análisis lógico de todas las nociones creí bles y verosímiles que manejamos en la vida corriente. Donde contrapartida no es subordinación, porque la retórica tiene su propio ámbito: a ella no le basta con un discurrir y argumentar especulativos de cara a las almas, sino que ha de hacerlo de cara a un auditorio apasionado con vistas a convencerlo. De ahí la famosa definición: “Capacidad para contemplar en cada caso los medios apropiados para persuadir” (Retórica 1355b 25-26). Porque, como se diría más adelante, podríamos hacer un buen discurso y no llegar a convencer (no será la primera vez que se alaba un discurso determinado pero no se vota a favor). Y con vencer, persuadir, significa exactamente que los demás abando nen sus puntos de vista para sustituirlos por los que el orador quiere inculcarles: como cuando en las campañas electorales se dice que hay que ir a por el voto de los indecisos, incluso a ara ñar el voto de los seguidores de otros partidos. Que abandonen, repetimos, su posición para abrazar la nuestra; por consiguiente, no hay espacio aquí para dialogismo alguno, si es que se entien de por tal escuchar y estar dispuesto a hacer valer la posición ajena. No, el arte retórica no tiene nada que ver con eso (más bien se relaciona con lo que hace la publicidad o la propagan da), de modo qué, sin exageración, quienes hablan de dialogis mo a propósito de la retórica, simplemente no se han enterado de lo que es ésta.
Tampoco se trata de capacidad comunicativa en general, de que hay quienes se explican mejor que otros. No vamos a hablar de una capacidad difusa, que puede incluso mejorar a fuerza de ejercicio y de experiencia profesional o vital. El sentido clásico
1. En la tragedia, los coros se desplazan en tomo al altar de Dionisio que ocupa el centro de la orchestra, ese espacio circular que, rodeado por las gra das, está al pie de la escena. Sus movimientos de danza se llaman estrofa y antistrofa, lo que sugiere precisamente contrapartida sin subordinación.
de ‘retórica’ refiere a una doctrina, es decir, a un conjunto arti culado de principios y preceptos, que, si se estudia sistemática mente y se practica, produce sin falta un incremento sensible en la capacidad de persuadir a cualquier auditorio. Por cierto que ‘retórica’ es el nombre griego de lo que en latín se llama ‘orato ria’, y, aunque las distinciones terminológicas no siempre son precisas, se puede afirmar que el uso de ‘retórica’ se especializó para la teoría cuya práctica era la ‘oratoria’. Ambas condiciones podían coincidir en la misma persona, pero no siempre. En general, el rétor era el profesor que enseñaba a componer y pro nunciar discursos, y con frecuencia se dedicaba a esta actividad después de abandonar la práctica forense.
Pues bien, es interesante contraponer a la definición aristotéli ca arriba citada, centrada en el convencimiento, como propia de un lógico, la de Quintiliano, representativa de los rétores y ora dores romanos, que también hemos mencionado antes. La retóri ca, dice en su Institutio Oratoria (alrededor de 93-95 d. J. C.) es el ars bene dicendi, una ‘técnica de hablar bien’, donde hay que entender en ‘bien’ tanto un componente técnico como uno moral. Quintiliano critica la definición de Aristóteles por olvidar que la retórica, sólo con argumentos pero sin palabras, se queda en nada: “Aristóteles dice: “la Retórica es la capacidad de encontrar todo lo que hay de persuasivo en el discurso”. Lo que tiene aquella limitación y aquel vicio de que hablamos arriba [que se ocupa sólo de los argumentos], y además que no abarca sino la invención, la cual sin elocución no es discurso” (Inst. Or. II 15.13). Y precisamente otra de las tensiones de esta historia es la que se da entre quienes se quedan con la parte argumentati va o subrayan su importancia —los aristotélicos, para entender nos— y quienes, como Petrus Ramus en el s. XVI, pensaron que era materia de lógicos y dialécticos, por lo que la retórica sólo debía ocuparse de las palabras, las figuras, la parte denominada
elocutio, elocución. En cualquier caso, la definición que preva
hablar’, donde no hay que entender ‘hablar’ en el sentido de la frase ‘hablar por hablar’ sino como ‘decir’ y no cosas cuales quiera, sino las que tienen que ver con la ‘salvación de la repú blica’, es decir, las que constituyen el cemento de la vida públi ca, política y jurídica, diríamos hoy. No en vano la retórica se consideraba un ‘arte liberal’, es decir, propia y específica de ciudadanos libres. Ni hay que olvidar que junto con la gramáti ca y la dialéctica, la retórica constituyó el trivium, uno de los pilares de la educación que traspasaría los límites de la Antigüe dad y fundamentaría la cultura europea durante siglos.
2.1. Naturaleza, arte y ejercicio
Estamos ante un arte, ars en latín, palabra cuyo sentido dife ría del actual en “bellas artes” o “el arte de la pintura” pero coincidía con el de “el arte de la conducción deportiva”. Ars quena traducir el griego téchne. En la versión aristotélica, nos hemos referido ya a que no hay ciencia más que cuando es posi ble un razonar demostrativo mediante silogismos, que partiendo de premisas verdaderas, conduzca a la verdad, lo que produciría como resultado que fueran ciencias la metafísica y las matemá ticas, pero no la física de hoy después del “principio de indeter minación de Heisenberg”, por poner un ejemplo. Pero además hay técnicas, o si se prefiere artes, los saberes que permiten ela borar productos útiles para los humanos a partir de elementos naturales. Por eso, para los antiguos el arte perfecciona a la naturaleza en vez de contraponerse a ella, a diferencia de la conciencia actual. Y dentro de las téchnai, frente a las ‘prácti cas’, por ejemplo la del recitador —o la del que conduce un coche—, están las poietikai, que producen cosas que antes no existían, por ejemplo el par de zapatos a partir de la piel, o el discurso o el poema a partir de la facultad de discurrir y hablar.
Los retóricos no se contentaban con nociones generales como las anteriores, sino que las aplicaban al caso del orador. Así éste
debía estar dotado de unas condiciones naturales específicas. En palabras de un retórico del Renacimiento, que glosa a Cicerón: “La Naturaleza y el ingenio aportan la máxima energía para hablar. Pues debe haber algunos rápidos movimientos del ánimo y del ingenio, que deben ser agudos para que se nos ocurran cosas, fecundos para explicar y adornar, firmes y constantes para recordar. Lo que puede ser encendido y sugerido por el arte, sin duda no puede ser implantado y entregado totalmente por el arte: pues son dones de la naturaleza” (Cipriano Suárez,
De arte brhetorica libri tres, I, 8). Pero no bastaba con lo que
hoy llamaríamos inteligencia penetrante, inventiva, facilidad de palabra, buena memoria. Además precisaba cualidades corpora les. No olvidemos que se hablaba sin electrónica alguna, sin más medios que las cuerdas vocales y, eso sí, la excelente acús tica que la arquitectura clásica tan bien sabía conseguir, y que cualquiera que haya estado en Epidauro, o, sin ir más lejos, en Mérida, recuerda bien. En cualquier caso, era preciso enfrentar se a cuerpo limpio con centenares de personas cuya atención había que ganarse y mantener. Una buena voz, una buena figura, un buen físico no eran despreciables.
A todo lo cual se sumaba la necesidad de completarse además con un ejercicio asiduo, a fin de perfeccionar de acuerdo con el arte lo que es previo: la capacidad de hablar. Porque no se trata de conseguir la capacidad de explicarse de palabra y por escrito propias de la persona culta, el orador venía a ser algo así como el político profesional o el abogado en ejercicio. Si la educación empezaba en la escuela del gramático, que enseñaba a leer y entender a los buenos autores, y a escribir imitándolos, la escue la del rétor era el grado superior. De ahí la reflexión acerca de la necesidad de celo y ejercicio constante, dado que aunque es ver dad que algunos buenos oradores lo han sido sin ejercicio, por sus dotes naturales, es más verdad aún que el arte, decían los rétores, “es a no dudar guía más segura que la naturaleza”. Quizá el lector recuerde cómo Josep Borrell, proclamado candi
dato socialista después de las primeras elecciones que ganó José Ma. Aznar, perdió completamente los papeles en su primera intervención en un “Debate sobre el estado de la Nación” (el 12 de mayo de 1998), mientras que después del entrenamiento que le dio Albert Boadella, director de Els Joglars, consiguió salir bastante más airoso. Y ya los rétores antiguos recomendaban el teatro y los buenos actores como escuela y maestros para el que ha de hablar en público. Ni siquiera es de despreciar la experien cia vital, que enseña el sentido de la situación y de la oportuni dad para hablar, eso que los griegos llamaban kairós. Así que, en conclusión, se trata de una técnica que se perfecciona por el ejercicio y no es nada prudente fiar en la espontaneidad o la ocu rrencia del momento.
3. Los supuestos de la retórica
La actividad compositiva de la retórica descansa en un par de supuestos y un principio, de los cuales supuestos el primero es implícito y el segundo explícito. El implícito es que, en el dis curso, es posible distinguir entre res y verba, esto es, cosas de las que se trata y palabras con las que se exponen. La misma cosa se puede decir mejor o peor: sólo si se puede perfeccionar la exposición sacando partido del asunto mediante las mejores palabras mejor dispuestas merece la pena estudiar retórica. Este análisis en palabras y cosas, en cómo se dice y qué se dice, en apariencia tan simple y probablemente incluso anterior a Platón, ha sido de una trascendencia incalculable. Todavía hoy deci mos: eso son sólo palabras, como si las supuestas cosas no fue ran también palabras. Pues bien, el discurso perfecto dirá bue nas cosas con las m ejores palabras, y adaptará las unas perfectamente a las otras. Para lo cual el arte retórica deberá ocuparse ordenadamente de unas y otras.
En cuanto al segundo supuesto, los rétores se dieron cuenta de que para convencer no basta con argumentos racionales, sino que, ya que se trata de decisiones que implican valores, es decir, preferencias, además hay que apelar a los afectos o sentimien tos, y no sólo eso, para garantizar el resultado es preciso hablar
bien, el discurso tiene que gustar. De ahí la triple finalidad cice
roniana: docere, delectare, movere, o enseñar, deleitar y con mover. Se trata, pues, de apelar a la razón, al sentido de lo bello y a las emociones. Pues se entiende que cualquiera es capaz de
distinguir y preferir al que emplea los mejores argumentos y de la mejor manera posible.
Será elocuente, pues, [...] el que en el foro y en las causas civi les hable de tal modo que pruebe, que deleite, que conmueva. El probar es propio de la necesidad; el deleitar, del agrado; el conmover, de la victoria, pues de todas las cualidades ésta sola tiene el mayor poder para ganar las causas. Y cuantos son los deberes del orador tantos son los estilos: el sencillo en el pro bar, el templado en el deleitar, el vehemente en el conmover, condición esta última que por sí sola resume toda la esencia del orador. De gran criterio, por consiguiente, también de la mejor disposición, deberá ser el que regule y por así decir temple esta triple variedad: pues juzgará qué es necesario en cada caso y podrá hablar de cualquier modo que exija la causa. (Cicerón,
Orator 69. 1 - 70. 3; trad, de Antonio Tovar).
Hemos hablado también de un principio, verdaderamente omnipresente, que es el del decorum latino (también lo apturrí), en griego to prépon, el decoro. Se trata de un principio de ade cuación, que rige tanto para lo lingüístico como para lo social. En el primer aspecto, el estilo del discurso ha de ser adecuado a la materia, y cada una de sus partes entre sí y con respecto al conjunto; en el segundo, el discurso entero ha de ajustarse a la situación social, lo que es lo mismo que decir que el orador ha de tener en cuenta, y regular su arte en función de su público: ni puede alargarse más de la cuenta, ni elevar el tono cuando se trate de una cuestión de poca importancia, ni servirse de térmi nos inadecuados por demasiado técnicos, o a la inversa, vulga res, etc.
4. La materia de la retórica
La materia del arte retórica es aquello sobre lo que versa el discurso, es decir que se identifica con las res, los asuntos de que se trata. Ahora bien, rétores y filósofos eran muy conscien tes de que esto equivalía a hacer de la retórica un arte formal, sin objeto definido, puesto que se puede tratar y discutir de cual quier cosa. Precisamente ésa era la crítica platónica al retoricis- mo universal de los sofistas: a la hora de curar a un enfermo, ¿a quién se llama, al médico o al sofista que entiende de discursos pero no sabe medicina? De ahí que, dado que cualquier asunto constituía una quaestio, dividieran las quaestiones en infinitae y
finitae. Las primeras (théseis) tienen un carácter general, bien
cognitivas (especulativas) o bien prácticas, referentes a la ac ción; las segundas, a las que propiamente se denomina causas, carácter definido (hypothéseis). No hace falta decir que las pri meras caían más bien en el ámbito de la filosofía. Recurriendo a un ejemplo de desgraciada actualidad: sería una cuestión cogni- tiva preguntarse si hay hoy más violencia contra las mujeres que en otras épocas; una cuestión práctica cómo se puede atajar la violencia contra las mujeres; una causa la que se sigue en el ca so en que un hombre concreto ha atacado a una mujer concreta. Para los rétores, la materia más propiamente retórica viene dada por las cuestiones definidas (finitae) o causas, ya que lo habitual es que el orador, que venía a identificarse, al menos en la Repú blica romana, con lo que llamaríamos el abogado, actúa a peti ción de una parte. Lo que no quita que, a la hora de defender o
explicar su causa, pudiera elevarse de lo particular a lo general siempre que lo creyera oportuno. A eso se llamaba amplificatio.
Finalmente, no escapó a la sagacidad de los rétores —parece que fue Aristóteles el primero en afirmarlo, o tal vez la Retórica
a Alejandro (hacia 335 a. J. C.), que se le atribuía falsamente—
que los componentes de la situación discursiva, orador y audito rio, se sitúan mutuamente y en relación con la materia del dis curso de formas distintas, lo que determina lo que se . llamaba los genera causarum, géneros, tipos o clases de causas (quaes
tiones finitae). Estos genera eran tres: deliberativo (genus deli berativum), el discurso político en que se ventila el futuro de la
ciudad ante la asamblea de los ciudadanos, o si se prefiere, ante el parlamento (en un caso hay democracia directa, en el otro no), cuyo fin es la utilidad pública; judicial o forense (genus
iudiciale), en el que se defiende o acusa a alguien como autor
de hechos supuestamente delictivos, naturalmente ya sucedidos, ante un juez o un jurado, en el foro, y su fin es la justicia; y epi dictico (genus laudativum), en el que el orador, ante los ciuda danos, evoca aquellas figuras y hechos dignos de loa (o censu ra) cuya celebración (o denigración) sirve para reforzar los lazos entre ciudadanos, al confirmarles en unos valores compar tidos, eso que hoy llamamos ‘identidad’. La perspectiva tempo ral, futura o pasada, define muy bien los dos primeros tipos. El epidictico evoca el pasado para animar en el presente con vistas al futuro.
En conclusión, que el buen orador, que no puede saber de todo pero sí estar dispuesto a adaptarse a cada causa, tiene que, primero, comprender bien el carácter del auditorio, la naturaleza de la causa, y la situación en la que va a tener que hablar para adoptar una posición adecuada; y segundo, prepararse el discur so, parte por parte, teniendo en cuenta las divisiones del arte que sean de aplicación a cada una (pues, por ejemplo, como veremos, en la peroración no se narra).
5. Partes de la retórica y partes del discurso
La retórica se organiza en unas cuantas divisiones generales de las cuales la primera y más general es la distinción en partes
artis, partes del arte que, previa la intellectio, es decir, la com
prensión de la naturaleza de la causa: hasta qué punto y de qué manera es defendible, nos ayudan en el tratamiento de la materia hasta convertirla en discurso elaborado.
Un interesante ejemplo es la posición del Partido Popular ante el llamado 11 M: para hacer defendible lo que cualquiera podía haber visto por las pantallas de televisión (cómo seguía defen diendo la autoría de ETA cuando nadie en el mundo creía ya en ella), recurrió a la negación de la evidencia: se remitió a la auto ría de una inteligencia misteriosa, desde luego de existencia indemostrada hasta la fecha, lo que le permite acusar a los que la niegan de no querer investigarla. Igual que cuando alguien pre tende que la existencia de Dios es de evidencia racional, por lo que han de ser los que la niegan los que carguen con el peso de la prueba negativa (y siempre el que niega es sospechoso de ocultación interesada). Naturalmente, no basta con llegar a una determinada comprensión de la causa, además hay que defen derla. Una defensa cerrada de la propia postura, como la que hizo el ex ministro Acebes ante la comisión de investigación parlamentaria del 11 M —“sin fisuras”— puede lograr al menos que se piense que lo que sé defiende se defiende de buena fe, sea lo que sea. Y la convicción de la honestidad personal puede hacer pasar a segundo plano, siquiera sea para los propios
parti-darios, el problema de la verdad.
Para el tratamiento de la materia, se distinguían las cinco par tes de la retórica: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio, que equivalen a: ‘invención, disposición, elocución, memoria y pronunciación’. Dicho sumariamente, la invención enseña a encontrar argumentos a fin de hacer convincente la propia posi ción ante el tema del discurso; se ocupa, pues, de las res. La dis posición los estructura en un orden perceptible, y tiene que ver con res y verba. La elocutio busca las palabras, la mejor expre sión, es decir, redacta el discurso, y tiene que ver sobre todo con las verba. Hasta aquí el aspecto textual de la operación. Luego es preciso memorizar el discurso, y, finalmente, pronuciarlo atemperando los gestos del cuerpo y la expresión de la cara con lo que se está diciendo. Todos sabemos lo demoledor de los micrófonos abiertos por descuido que cogen al orador con un gesto, tono y expresión que no son los estudiados. La retórica an tigua repetía con lucidez que el ideal es dar la impresión de que nada está preparado, lo que sólo se consigue a fuerza de prepara ción.
6. La invención
La invención (del verbo latino invenire) enseña a encontrar pruebas para convencer al auditorio. Nótese que se dice ‘encon trar’ porque la cosa no va, dicho coloquialmente, de lo que lla mamos ‘creatividad’: las pruebas están potencialmente ahí, en la causa misma, término jurídico que designa el asunto de que nos vamos a ocupar, y hay que saber verlas y elaborarlas.
Aristóteles se queja de que los rétores anteriores apelaban exclusivamente a la compasión del auditorio para salvar al acusado, es decir, se servían sólo de los afectos o pasiones, esto es, de las alteraciones del ánimo. Frente a ellos, distingue por primera vez entre pruebas técnicas y extra-técnicas. Las últimas nos las encontramos hechas ya, como ocurre con los testimonios, obtenidos o no por medio de la tortura, o con documentos (como los testamentos), o con los juicios previos: la jurisprudencia, etc. Pero las verdaderamente importantes, y en las que se prueba el talento del orador, son las técnicas o construidas con auxilio de la téchne, esto es, los argumentos, que hablan a la razón. Subyace a la valoración aristotélica de los argumentos la convicción de que la verdad tiene más fuer za que su contraria y acaba siempre por prevalecer. Ya sabe mos que esta convicción, digamos ontológica por cuanto tiene que ver con cómo se piensa el ser de las cosas, suele entrar en conflicto en la práctica con otra convicción retórica, que es la de que no hay causa, por débil que sea, que no se pueda hacer fuerte mediante el discurso.
Retórica
En cuanto a las pruebas por persuasión unas son ajenas al arte y otras son propias del arte [técnicas]. Llamo ajenas al arte a cuan tas no se obtienen por nosotros, sino que existían de antemano, como los testigos, las confesiones bajo suplicio, los documentos y otras semejantes; y propias del arte, las que pueden prepararse con método y por nosotros mismos, de modo que las primeras hay que utilizarlas y las segundas inventarlas.
De entre las pruebas por persuasión, las que pueden obtenerse por el discurso son de tres especies: unas residen en el talante del que habla, otras en predisponer al oyente de alguna manera y, las últimas, en el discurso mismo, merced a lo que éste demuestra o parece demostrar.
Pues bien, se persuade por el talante, cuando el discurso es dicho de tal forma que hace al orador digno de crédito. Porque a las per sonas honradas las creemos más y con mayor rapidez, en general en todas las cosas, pero, desde luego, completamente en aquéllas en que no cabe la exactitud, sino que se prestan a duda, si bien es preciso que también esto acontezca por obra del discurso y no por tener prejuzgado cómo es el que habla. Por lo tanto, no es cierto que, en el arte, como afirman algunos tratadistas, la honradez del que habla no incorpore nada en orden a lo convincente, sino que, por así decirlo, casi es el talante personal quien constituye el más firme medio de persuasión.
De otro lado, se persuade por la disposición de los oyentes, cuan do éstos son movidos a una pasión por medio del discurso. Pues no hacemos los mismos juicios estando tristes que estando ale gres, o bien cuando amamos que cuando odiamos. D e esto es de lo que decíamos que únicamente buscan ocuparse los actuales tratadistas. Y de ello trataremos en particular cuando hablemos de las pasiones.
De otro lado, en fin, los hombres se persuaden por el discurso, cuando les mostramos la verdad, o lo que parece serlo, a partir de lo que es convincente en cada caso.
Aristóteles, Retórica 1355d 35-1356a 22 (Trad, de Q. Racionero)