X XXVI. La gran elocuencia, como la llama, se alimenta de madera y se anima con el movimiento y brilla consumiendo La
95 por tres veces le presenté una real corona
R. Aun así, Grecia no estará en el centro de Europa, pero que remos estar en la vanguardia de la UE, a través de las coopera
8.6. Los estilos
La totalidad de la teoría del ornatus iba encaminada a conse guir una elocución eficaz. Ahora bien no escapaba a la perspica cia de los antiguos que se puede hablar de muchas maneras, en función de la materia y del auditorio; incluso la misma materia se puede presentar de formas diferentes, según la situación. En un ABC pocos días posterior al que recoge la homilía del arzo bispo de Toledo, el mismo Jesús Bastante del cual hemos entre sacado la cita de 7.3., firmaba un reportaje sobre las posibilida des de autofinanciación de la Iglesia en España, en el que un entrevistado afirmaba que la legitimidad de la Iglesia no depen de de los votos, por lo que los poderes públicos no tienen dere cho a intentar que ésta calle ante las cuestiones que exigen su pronunciamiento. Es decir, lo mismo que el arzobispo, pero sin
énfasis ni paralelismos ni elevación del tono, como corresponde a una conversación entre dos personas.
Se trata, pues, de una aplicación del principio del decoro, lo
aptum, al aspecto elocutivo del discurso. Y como ya sabemos
que los rétores son aficionados a las taxonomías memorizables, en este punto llegaron a una escala, simple y eficaz, de tres esti los o genera elocutionis o dicendi, como se prefiera: el humilde, esto es, subtile, tenue o humile', el medio: medium, modicum o
mediocre', y el elevado o sublime, grande o vehemens. A fin de
caracterizarlos —por cierto que character, por ‘forma de estilo’, es un helenismo que introduce Cicerón en el Orator— se esta bleció además una correlación de cada uno con una materia, un deber del orador, un lugar del discurso, una figuración, y una amenaza o vicio posible.
Así que al estilo humilde, que pretende enseñar (docere), es el adecuado para narrar y demostrar, es decir, para la narratio y la
argumentatio y sobre todo en causas de poca importancia; su
virtud será la agudeza y la claridad; prescindirá.de figuras o será parco en ellas; y se verá amenazado por la pobreza y la aridez.
El estilo medio, adecuado para causas medianas, se propone deleitar, se puede encontrar también en las narraciones, admite figuración moderada, su virtud es la elegancia y se ve amenaza do de tibieza o de afectación.
Y el estilo elevado, propio para las materias más graves, se propone conmover y ganarse al auditorio; admite las figuras más llamativas —las invocaciones a los dioses o las personifica ciones más llamativas, como la de las leyes en el Critón (cfr. 1.)—; tiene por virtudes la energía y el patetismo; y se ve ame nazado de hinchazón.
Recurriendo a nuestras acostumbradas referencias periodísti cas, el estilo del primer periodismo norteamericano, que aconse jaba la objetividad informativa a base de prescindir de adjetivos y palabras valorativas en general, correspondería bastante bien con el estilo humilde. Mientras que hoy, que se ha impuesto la
noticia-comentario, se introduce un cierto ornatus y se podría decir que el estilo medio predomina en la mayor parte de la prensa diaria, tanto en su parte informativa como en la de opi nión. Pero cuando sus señorías en el Congreso ven o pretenden ver la patria amenazada, o cuando el arzobispo de Toledo cree que está en juego la misión profética de la Iglesia, es claro que elevan el tono con mejor o peor fortuna y se acercan o pretenden acercarse, sabiéndolo o sin saberlo, al estilo grande o sublime. De ahí las fórmulas del tipo “el/la x más grande de la historia de
y”, amenazadas, como todo énfasis, de rápido desgaste (nada se
seca más deprisa que las lágrimas, observaban con cinismo nuestros antepasados).
Volviendo a los antiguos, en concreto a Cicerón, que es él que da a la teoría —en De Oratore— la forma destinada a perpetuar se, si se repasan los fragmentos de él que hemos leído, se verá que exordio y peroración son las partes del discurso en que más fácil es econtrar el estilo sublime, mientras que, en efecto, narra ción y argumentación son más propias para el estilo medio. Con la salvedad de que la tendencia al patetismo es clara en todo el
Pro Milone, pero incluso en éste, sobre todo en la peroración.
Puesto que había un par de preceptos complementarios de la teoría expuesta: que es conveniente variar de estilo a lo largo de una misma causa, y que el mejor orador será el capaz de sobre salir en los tres, no el que se encastille en uno solo. Pues es claro que, en tal caso, perdido el sentido de lo variable de la situación, estaría faltando contra el decoro.
Con esta teoría de los estilos ocurrió algo muy curioso, que sobrepasa con mucho nuestros límites, pero a lo que no podemos dejar de aludir. Servio, un gramático del s. IV de. J. C. —recorde mos que el gramático enseñaba a leer comentando a los poetas— comentando a Virgiliorel mayor poeta de la latinidad, puso en relación la teoría de los estilos con sus obras poéticas. El resulta do fue la asignación a cada estilo de unos personajes, temas, y hasta objetos característicos, y la conversión de lo que era un plan
retórico en preceptiva para la escritura literaria: la llamada rota
Vergilii, la “rueda de Virgilio”. Según ella, el mundo de las Bucólicas, con sus pastores, campos y ganados, y quejas amoro
sas es el del estilo humilde; el de las Geórgicas, el poema didáctico sobre el trabajo de la tierra, el del medio; el de la
Eneida, con sus héroes y guerras, el sublime. No es difícil apre
ciar en ese sistema uno de los elementos de la evolución de los estilos en la literatura europea: el mismo Cervantes que, en el
Quijote, hace amanecer en estilo humilde en I, iv, con “La
[hora] del alba sería, cuando salió don Quijote”, ha parodiado la elevación retórica en:
Apenas había e l rubicundo A polo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armo nía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando eí famoso caba llero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel (D Q I, ii).
9. La memoria
La teoría de la memoria, como la del ornato, llegó a estar muy elaborada. Pero es preciso empezar por hacerse una cierta com posición de lugar. El texto del Pro Milone supera las cien pági nas; el Pro Rabirio Postumo las cuarenta y cinco, por citar sólo dos discursos reunidos en la colección Guillaume Budé. El Pro
Arquia, así como las Catilinarias, es más breve, pero las Verri nas o las Filípicas, también largas; en el mundo griego, tanto
los discursos de Isócrates como los de Demóstenes alcanzan una extensión considerable (el Pro Corona supera las cien páginas en la traducción de López Eire). Y hablar con los folios —ni con el texto entero ni con un simple guión—, o con una pantalla delante, la llamada lectura televisiva, era sencillamente impen sable: “Es un vicio hacerse soplar o mirar al manuscrito, porque da libre curso a lo que es negligencia; y nadie cree que no domi na lo que no teme que se le escape” dice Quintiliano (Institutio
Oratoria XI, ii, 45-46) quizá previendo que hay que ser capaz
de seguir incluso cuando se ha perdido el guión. Se hablaba, pues, de memoria, y por mucho que la redacción de los discur sos clásicos que nos han llegado sea por lo general posterior a la sesión en que se pronunciaron, y que la tal redacción tendiera a alargar lo realmente dicho, era preciso confiar a la memoria tex tos de considerable extensión, que hoy nos admira se pudieran aprender con éxito.
Ahora bien, no es sólo eso, sino que, como dice Quintiliano
ciplina se funda en la memoria: no aprenderíamos nada, por mucho que se nos enseñase, si pasase a través de nosotros sin dejar huella, es decir, recuerdo. Y justamente el abogado ha de retener no sólo lo que ha preparado de antemano, sino cantidad de cosas que ha de registrar sobre la marcha a fin de responder e improvisar si lo necesita.
No es de extrañar que los antiguos —en la retórica romana, pues nada hay en Aristóteles al respecto— distinguieran entre una memoria natural y otra artificiosa, basada en una auténtica preceptiva, la mnemotecnia, la que a ellos les interesaba, capaz de ayudar al poder de la natural y multiplicarlo.
La Rhetorica ad Herennium contiene en su libro III el primer tratamiento extenso del asunto, que se basa en servirse de loci e
imagines, es decir, en representarse lugares a los cuales asociar
aquello que deseamos recordar, cosas (res) o palabras (verba), reforzadas unas y otras mediante imágenes. Pero el más minu cioso es con mucho Quintiliano, que nos transmite una anécdo ta, de ésas a que tan aficionada era la Antigüedad, que sirve para hacerse una idea bastante exacta del asunto (hay que recordar que el comedor de gala de los antiguos era el triclinio, y que comían, al menos en las grandes ocasiones, recostados):
11 Se dice que e l primero que descubrió la m enotecnia fue