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La teoría de los status

In document Romo, Fernando - La Retórica (página 56-64)

X XXVI. La gran elocuencia, como la llama, se alimenta de madera y se anima con el movimiento y brilla consumiendo La

5. Partes de la retórica y partes del discurso

6.3. La invención y los géneros de causas

6.3.1. La teoría de los status

Hemos dejado para el final la oratoria judicial o forense, la más desarrollada, y por ello destinada a convertirse en modelo para las otras. Pues bien, hay un aspecto de ella que constituía el nervio mismo de la inventio y al que los rétores antiguos dedicaron mucha atención. Se trata de la teoría de la stásis en griego, o en latín, de los status causae. El término stásis no tie­ ne traducción posible. Designa, por ejemplo, la postura de los púgiles, uno frente al otro, que se enfrentan en el boxeo y que deben estudiarse con toda atención para saber por dónde atacar. La figura que componen ambos en ese momento de tensión pre­ vio al ataque es la stásis. En efecto, es imprescindible compren­ der bien (intellectio, para algunos la sexta operación retórica) cómo enfocar la defensa —o la acusación— para llevar la dis­ cusión al terreno que sea más favorable para la propia posición. El resultado del enfrentamiento entre las posiciones es lo que se llama el ‘punto en litigio’ (judicatio), lo que de hecho se trata de discutir.

Los status son varios. El primero, el status coniecturae se pregunta por los hechos. El defensor los negará, y el acusador los afirmará. Pues si no hay forma de demostrar que el acusado haya cometido lo que sea, no hay caso. Naturalmente, en el caso del género deliberativo la cuestión es qué hay que hacer y si hay que adoptar o no una medida determinada; y en el epidic­ tico no se plantea esta cuestión puesto que lo que hay que ala­ bar o censurar es ya un hecho: que hubiera caídos atenienses en el primer año de guerra no se discute.

El status finitionis se pregunta por la definición jurídica justa del hecho, por ejemplo, cuando la defensa pretende que se trata

de hurto de uso, pongamos por caso, y la acusación de robo, lo que agrava la pena. En el caso de la deliberativa es la cuestión de que hay que hacer algo, pero no esto. Pues, volviendo al ejemplo de la guerra de Irak, cambia bastante definirla como ‘agresión contra el pueblo iraquí’ y como ‘lucha para defender­ nos de una posible agresión y liberación del pueblo iraquí del tirano Sadam’. Lo que implicaba que, con respecto a la guerra de Irak, o bien había que hacer tal o cual cosa, o bien retirar las tropas. Para una de las partes enfrentadas, esta medida era aban­ donar a nuestros aliados, para la otra, desentenderse de una gue­ rra injusta.

El status qualitatis discute si la acción que sea se ha cometido o no de acuerdo con la ley, lo que en el caso de la oratoria deli­ berativa se define como la cuestión de la utilidad de la medida que sea (que puede entrar en conflicto con lo justo y lo digno), y en la epidictica se centra en lo honorífico y digno de alabanza de la acción. De nuevo, se podría admitir que se ha matado a alguien, pero defenderse aduciendo que era en legítima defensa, lo que está de acuerdo con una ley natural por encima de cual­ quier ley positiva: todos recordamos que el enfrentamiento entre ley natural y leyes humanas es utilizado regularmente por la Igle­ sia para atacar el divorcio o el aborto. Y, en la deliberativa, en el caso de la guerra de Irak, se ha discutido su legalidad de acuerdo con el derecho internacional, su utilidad para combatir el terroris­ mo, su carácter honorable o vergonzoso: podía ser muy útil la ocupación de Irak de cara a aumentar el suministro de crudo a Occidente, pero ello chocaba con el derecho y la justicia.

La discusión de la cualidad de un hecho se puede subdividir, a su vez, en un genus rationale, cuando nos centramos en el hecho en sí y su valoración de acuerdo con la ley, y un genus

legalis, cuando lo que se discute es el sentido mismo de la ley,

para llevarlo al terreno que nos interesa. En tal discusión los rétores distinguían entre lo que llamaban ‘leyes contrarias’, la letra y el sentido, el razonamiento, la ambigüedad y la trasla­

ción. Por ejemplo, a propósito del proyecto de ley contra la vio­ lencia de género, se ha enfrentado el principio que lleva a prote­ ger al particularmente desfavorecido con el de igualdad ante la ley, contra el cual —según algunos— atentaría la protección particular al colectivo de las mujeres. Otra posibilidad es, dado el inevitable desfase entre el momento de redacción de las leyes y la evolución social, atacar la letra de la ley en nombre del principio de equidad, o, al contrario, agarrarse a la letra argumen­ tando que la voluntad del legislador ya quedó clara y alejarse de ella un punto es amenazar el sistema jurídico completo. También puede plantearse —es a lo que se llamaba ratiocinatio— un caso no previsto por ninguna ley específica pero que se concluye de la aplicación de varias, por ejemplo, la extensión de los derechos de propiedad intelectual, pensados para la letra impresa, a Internet. O bien puede atacarse la ley pretendiendo que es ambigua. O final­ mente, y es el status traslationis, se puede impugnar el proceso mismo, rechazando que el juez o el jurado —en el caso de la ju­ rídica— o el orador o la asamblea misma, en los demás supues­ tos, sea competente para entender en el asunto de que se está tratando.

No es difícil ver que se puede establecer una cierta gradación de situaciones. Un ejemplo judicial, basado en posibilidades ya mencionadas: la mejor defensa es cuando se puede argumentar que no se ha hecho lo que sea (status coniecturae), porque entonces la absolución es segura. Pero si no se puede seguir esa línea de defensa, se podrá discutir que lo que se ha hecho, se ha hecho con justicia, por ejemplo, que se ha matado en legítima defensa (status qualitatis). Si no queda más remedio que reco­ nocer el carácter delictivo del hecho, siempre se podrá discutir la calificación jurídica, puesto que, por ejemplo, no se pena igual el hurto que el robo (status finitionis). Y finalmente, queda el recurso de argumentar que el tribunal no es competente e intentar un retraso o incluso suspensión de la vista (status tras­

práctica habitual (siempre que se disponga de medios para con­ tratar un abogado no incapaz) y la prensa proporciona ejemplos a diario.

En conjunto, se puede decir que la teoría de los status consti­ tuye la clave misma de la teoría de la invención, o mejor dicho, del trayecto dialéctico que enlaza la intellectio y la inventio, puesto que abarca desde la comprensión de la naturaleza de la causa hasta la búsqueda de argumentos para defender nuestra posición en ella.

7. La disposición

La disposición enseña a dar un orden a lo encontrado. La inte­ ligencia funciona como un torbellino, como saben bien los que practican el brainstorming, esa técnica de apuntar de forma caó­ tica todo lo que se nos ocurra sobre un tema. Pero tanto para decirlo como para escribirlo hemos de darle un orden lineal, bien sea la sucesión de momentos del tiempo, cuando hablamos, bien sea la línea de la escritura. Hace falta algún criterio para organizar lo que hemos de decir: qué antes y qué después, cómo empezar y acabar, qué extensión darle a cada parte...

Para los antiguos, operaba aquí la vieja metáfora del Fedro pla­ tónico que considera el discurso según el modelo del cuerpo humano: “Pero creo que me concederás que todo discurso debe es­ tar compuesto como un organismo vivo, de forma que no sea acé­ falo, ni le falten los pies, sino que tenga medios y extremos, y que al escribirlo, se combinen las partes entre sí y con el todo” (Platón,

Fedro 264c 2-6), así le dice Sócrates a Fedro, y éste asiente. El

mismo canon se repite en otros diálogos, en Aristóteles, y es gene­ ral en la Antigüedad. Recordemos a los escultores para los que la estatura del cuerpo, para guardar la debida proporción, había de medir siete cabezas y media. Ha de haber, pues, una proporción en­ tre el todo y las partes, principio este que debe regir la disposición general del discurso y la extensión relativa de sus partes integrantes.

En cuanto a éstas, se puede distinguir entre un exordium (en griego prólogo o proemio)', palabras introductorias; una narratio o exposición de los hechos (en griego prothesis); probatio o argu-

inentatio, argumentación, y confutatio, la refutación de los argu­

mentos del contrario (en griego el conjunto es la pístis); y perora­

tio o conclusio, conclusión y exhortación final (en griego epílo­ gos). Claro que este orden cuatripartito podía enriquecerse con una propositio y partitio (después del exordio o de la narración), como

una especie de índice de los argumentos o asuntos que se van a tra­ tar. Todo lo cual resulta bastante natural, puesto que siempre, al tratar cualquier cosa, nos presentamos y decimos unas pocas pala­ bras introductorias; exponemos los hechos; damos nuestros argu­ mentos procurando desmontar los del contrario; y sintetizamos lo que queremos que se quede principalmente en el auditorio.

Y nadie dudaba de que el exordio debía ser breve; la narración y argumentación, como partes centrales, extensas; y la peroración, de nuevo breve. En caso contrario se caería en el ridículo del que no sabe despedirse, o da vueltas y más vueltas sin atreverse a en­ trar en el asunto que verdaderamente justifica el discurso. Pero no hay más criterio objetivo que el de extenderse lo necesario para decir todo lo que se debe decir. La medida de lo cual revela el cri­ terio del orador y está sujeta al juicio del público. El decorum o de­ coro, es decir, el principio de la adecuación, de un lado al tema, de otro a la situación y al auditorio, es aquí la ley, y el iudicium, la ca­ pacidad de discernimiento de lo adecuado, la clave para el orador.

Los antiguos consideraban ordo naturalis al que dibuja la sucesión expuesta: exordio-narración-argumentación-perora­ ción. Parece como que resulte natural, como parece lo natural el contar algo de principio a fin, siguiendo la línea del tiempo, o disponer miembros de frase o series de palabras de menor a mayor extensión. Era lo habitual cuando la causa que se exponía parecía defendible. Pero también había un ordo artificialis, puesto que una causa o un asunto difíciles podían llevar a pres­ cindir de exordio, a acortar o interrumpir la narración, a narrar de atrás adelante (lo que él cine llama flash back), a repetir la argumentación, en fin, a cortes, alteraciones o intensificaciones variadas. Y aquí venía el ejemplo de la poesía, y sobre todo de

Homero, que había empezado la Iliada transcurridos siete años de la guerra de Troya, y había preferido mostrar ésta a través de la cólera de Aquiles y sus consecuencias, en vez de seguir el proce­ dimiento de los anale?, la narración año por año de muchos histo­ riadores antiguos. En cuanto a Virgilio, en el mundo romano, había hecho que Eneas narrase la destrucción de Troya en el libro

II de la Eneida, en vez de empezar por ella. De donde se deduce

que lo aparentemente natural puede ser más difícil que las elipsis y saltos temporales que permiten omitir lo no deseado.

No sólo hay normas para la composición general, sino que cada una de las divisiones del discurso tenía las suyas propias. Es difícil separar aquí lo que corresponde a invención y a dispo­ sición, puesto que, por definición, componer bien es cuestión tanto de argumentos o ideas cuanto de palabras; de hecho, la disposición suele ser la parte menos desarrollada en los tratados antiguos. Pero echemos una ojeada a esas normas.

7.1. El exordio

Empecemos por el exordio. Se suele comparar con el pórtico de un palacio o de una casa, y como tal, sus dimensiones deben ajustarse a la peculiaridad del discurso: no imaginamos el pala­ cio de la Zarzuela sin vestíbulo, o con un vestíbulo diminuto. Comoquiera que sea, el orador no debe perder de vista que, con el exordio, ha de ganarse la atención, la benevolencia, y la receptividad del juez o jueces y del público para la propia causa, lo que viene muy facilitado si se los gana uno para la propia per­ sona. Lo segundo se subordina a lo primero, claro está, pero es muy conveniente. Pensemos en la centralidad del ‘talante’ en la campaña del PSOE en las últimas elecciones (marzo de 2004) y período subsiguiente, y en el decidido empeño, por parte de Mariano Rajoy, de apartarse de la imagen construida por José María Aznar en esos mismos tiempos. El exordio es el lugar ideal para que el orador emplee argumentos morales, construidos a par-

tir de sí mismo. Es el conocido tópico de la captatio benevolen­

tiae, la pretendida humildad que finge atreverse a hablar sólo por­

que el auditorio será comprensivo y no mirará a quien habla sino la justicia de la posición que defiende. Aristóteles precisaba muy bien, ya lo hemos visto, que no se trata de que el orador hable de moral, o de que lleve una vida intachable, sino de que la moral debe desprenderse de los argumentos que emplea. Es evidente que conviene huir de la arrogancia, y no está de más la crítica a la parte contraria —las frecuentes acusaciones a Rodríguez Zapate­ ro de falta de preparación a lo largo del período citado—; así como la alabanza discreta de los jueces o del público.

De la importancia de la construcción de la propia imagen da una idea el llamado ‘caso Wanninkhoff’. La juez acordó el 12 de agos­ to de 2004 el sobreseimiento de la causa contra la en un principio acusada principal, Dolores Vázquez, anteriormente condenada en un juicio con jurado. Quien recuerde el caso, no habrá olvidado que los medios de comunicación consiguieron dar una imagen ate­ rradora de la ahora exculpada, y que es evidente que ni ella ni su defensa consiguieron contrarrestar semejante construcción.

El siguiente es un ejemplo de exordio que Giambattista Vico, catedrático de retórica de la Universidad de Nápoles hasta 1741, puso de modelo en su propio manual, la Institutio oratoria (1711). Se trata del ciceroniano del Pro Sexto Roscio Amerino (disculpe el lector la longitud del ejemplo, pero sólo copiándolo entero es posible dar una idea de la elocuencia ciceroniana). Cicerón recorre en él su propia persona, la naturaleza de la causa y las figuras de los jueces, con lo que consigue construir un exordio adecuado. Pues el mayor defecto de esta parte del discurso radica en no ajustarse bien al resto, en resultar despro­ porcionado, o en ser trivial, es decir, en servir para cualquier dis­ curso y no ser específico del que se trata.

[1.1] Creo, jueces, que os maravillaréis de cómo es posible que, cuando están sentados tantos oradores eminentes y nobilísimos,

me levante antes yo, que no puedo compararme con ellos ni por edad, ni por ingenio, ni por autoridad. Pues todos los que veis presentes en esta causa juzgan que es preciso defenderse de una injusticia maquinada por un nuevo crimen; pero ellos mismos no se atreven por la iniquidad de los tiempos. A sí ocurre que están presentes porque siguen su deber, pero callan, porque evitan el peligro.

2. ¿Qué, pues? ¿Es que soy yo el más audaz de todos? En abso­ luto. ¿O más propicio a cumplir mi deber que los demás? No deseo tanto esta alabanza como para querer que se les arrebate a otros. A sí ¿qué razón me ha empujado, más que al resto, a hacerme cargo de la defensa de Sexto Roscio? Es que, si habla­ se alguno de esos que veis presentes, que tienen la suma autori­ dad y dignidad, si dijera una palabra acerca de la cosa pública — lo que en esta causa es necesario que se haga— , se pensaría que había dicho mucho más de lo que había dicho. 3. Mientras que si yo dijere libremente todo lo que hay que decir, de ningu­ na manera surgirá mi discurso del mismo modo ni podrá llegar hasta el público. Luego, porque ni una palabra de los demás puede quedar oculta a causa de su nobleza y dignidad, ni puede concederse que se haya dicho a la ligera, en vista de su edad y prudencia. Si yo dijere algo más libremente, o bien pasará desa­ percibido a causa de que todavía no he entrado en la vida públi­ ca, o bien se podrá perdonar a mi juventud; aunque no sólo el hábito de perdonar, sino incluso el de investigar se ha perdido en la ciudad.

4. Se añade también la razón de que a los demás quizá se les

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