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El ornato: tropos y figuras

In document Romo, Fernando - La Retórica (página 100-107)

X XXVI. La gran elocuencia, como la llama, se alimenta de madera y se anima con el movimiento y brilla consumiendo La

95 por tres veces le presenté una real corona

13. Se refiere a Clodio, de cuya muerte, como se recordará, se le acusa.

8.2. El ornato: tropos y figuras

Pero el principal modo de adornar el discurso consiste en la figuración, que abarca los tropos y las figuras propiamente dichas, de dicción y de pensamiento. Es más, a partir del Rena­ cimiento y merced a la obra de Pierre de la Ramée, Petrus

Ramus, la retórica tendió a reducirse a un inventario de figuras

organizado con más o menos talento y a desgajar éste del apara­ to argumentativo, esencial para la retórica clásica. Aunque ya la griega, por ejemplo Hermógenes, había mostrado una especial propensión a ocuparse de los problemas del estilo. Obras como la de Dumarsais (1757) o la posterior de Fontanier (1820) ates­ tiguan esa tendencia; en cambio la de Vico (1711) la resiste y se mantiene fiel al espíritu antiguo, y con ejemplos también anti­ guos, de Cicerón y Virgilio en su mayor parte. Posteriormente, y frente al espíritu filológico de reconstrucción del sistema clá­ sico de Lausberg, el estructuralismo francés de la década de

1960 favorecerá una resurrección y difusión de lo que se llamó ‘retórica restringida’, restringida a las figuras, claro está. Por otra parte, los manuales y síntesis al uso, en su mayoría, ilustran tropos y figuras con ejemplos literarios, lo que justamente atesti­ gua la otra cara de la tendencia a reducir la retórica a figuración: la identificación entre retórica y literatura o lenguaje literario. Dumarsais decía aquello de que se oyen más figuras en un día de mercado que en todas las obras de los poetas, pero ese rasgo de lucidez no impidió una práctica machacona que llega hasta hoy mismo. Desde luego, como pretendemos paseamos por la retórica antigua, pero sin hacer estrictamente arqueología, recurriremos siempre que sea posible a ejemplos tomados de la prensa diaria, expresión ideológica de la vida política y de las manifestaciones públicas de la jurídica, que sería, salvadas inmensas distancias, el equivalente al ámbito ideal de la retórica en la Antigüedad.

Uno de los problemas mayores respecto de las figuras es el de la distinción entre categorías y su clasificación. Los antiguos

disponían para ello de la quadripartita ratio, un sistema que abarcaba también barbarismos y solecismos pero que se aprecia mejor en el ámbito de las figuras. El estructuralismo reconoció encantado en este método un antecedente y produjo no pocas variaciones y taxonomías. En su forma clásica consiste en dis­ tinguir entre adiectio, detractio, transmutatio, e immutatio·, es de­ cir que hay figuras que proceden añadiendo elementos, otras suprimiendo, otras cambiando de sitio, y otras, en fin, sustituyen­ do unos por otros. Sobre esta base, cabía distinguir los tropos, que proceden por immutatio, de las figuras, que recurren a los otros tres principios, y dentro de éstas a su vez las figuras de dicción de las de pensamiento, distinción esta última en la que se reconocerá la que se da entre verba y res y que funda la retórica entera.

Pero empecemos ya con los tropos, con la advertencia de que en cuanto recurren a varias palabras se pueden ver también como figuras de pensamiento.

8.2.1. La metáfora

El más importante de los tropos es la metáfora, para ejemplifi­ car la cual no hace falta recurrir a las rosas de sus mejillas ni las perlas de sus dientes. El ABC de 23 de agosto de 2004, en su página 24 titula: “Mas le reprocha a Zapatero sus múltiples novias”. Extrañados ante la promiscuidad del actual presidente del gobierno, al que se supone felizmente casado —por más que no veamos contradicción entre poder ser un buen presidente y tener varias novias—, acudimos al cuerpo del texto y leemos:

El líder de CiU en el Parlament, Artur Mas, afirmó ayer que tras las vacaciones de verano “ya será hora” de que el Gobierno socialista “concrete sus alianzas” con otras fuerzas políticas en el Congreso y “deje de salir con cinco o seis novias a la vez” (ABC 23-08-2004, p. 24).

Luego “novias” se ha empleado en el título con el sentido de ‘fuerza política’. Pues bien, a este trasladar la palabra de su senti­ do propio — ‘persona que mantiene una relación amorosa con otra’— al figurado —‘fuerza política con la que se buscan acuer­ dos’—, traslación que condensa una especie de semejanza o ana­ logía —la promiscuidad política se equipara a la erótica— es a lo que se llama metáfora, y propiamente, si se me permite el juego de palabras, puesto que metáfora significaba y sigue significando en griego moderno ‘transporte’. Nunca sabríamos qué reprocha en realidad Artur Mas a Rodríguez Zapatero si no dispusiésemos del contexto que lo aclara, pero la teoría de la metáfora, en la versión que acuñó la retórica clásica, se centraba en el cambio de signifi­ cado de la palabra. Hoy la teoría de la metáfora hace correr ríos de tinta; en la propia Antigüedad la versión aristotélica es diferente a la latina —el Estagirita incluye bajo el rótulo ‘metáfora’ la meto­ nimia—, pero aquí nos limitaremos a dar una idea del estándar de la retórica clásica. La teoría de Quintiliano se centra más bien en el carácter de comparación —similitudo— abreviada. Según el cual, de la frase de Anasagasti ante la cumbre de presidentes de comunidades autónomas: “Nosotros preferimos una relación bila­ teral a una multilateral, que es como una especie de arroz con pollo” (ABC de 23 de agosto de 2004, pág. 13), de esa frase, que es ejemplo de comparación, basta con suprimir el ‘como’ para obtener la metáfora “una multilateral es un arroz con pollo” (que se apoya además en la presuposición de que un arroz con pollo no es una verdadera paella). Este aspecto del símil abreviado tam­ bién lo recoge Aristóteles, aunque no es para él el único.

Para Aristóteles estaba claro que la metáfora “es lo único que no se puede tomar de otro y es signo de talento14; pues metafori-

14. El texto griego dice euphuías, que proviene, si no me engaño, del adverbio eu y el verbophúo: ‘engendrar’, es decir que el sustantivo signifi­ caría la ‘facultad de engendrar o producir felizmente buenos resultados’, algo así como nuestra ‘creatividad’.

zar bien es apreciar la semejanza” (Poética 1459a 6-8) por lo que constituye la principal virtud de la elocución. Y ello porque metaforizar es ‘ver algo como algo’, movimiento del espíritu que es el mismo que nos permite formar conceptos. Pero la teo­ ría antigua huía de lo que se llamó luego la metáfora atrevida, que en todo caso se podía permitir a los poetas; los oradores deberían limitarse a semejanzas próximas.

Cuando el mismo ABC titula en la página siguiente: “El regre­ so del fin de semana ocasiona colas en vías de Tarragona y Girona” recurre de nuevo a la metafóra (‘colas’), con la diferen­ cia de que ésta nos resulta muy familiar, tanto que no llama la atención. De hecho, si acudimos al DRAE encontraremos la acepción ‘hacer cola’ con el sentido citado. A estas metáforas desgastadas llamaba la tradición ‘catacresis’, y las consideraban forzadas por el hecho citado de que, al haber más cosas que palabras, hay que extender o modificar el sentido de estas últi­ mas para hacer posible la comunicación.

Por lo demás, los rétores clasificaban las metáforas bien fiján­ dose en la transferencia entre lo inanimado y lo animado, bien en la estructura gramatical, es decir, en si la palabra metafórica es nombre o verbo, o si en vez de una palabra se recurre a varias en cuyo caso se habla de ‘perífrasis’. El ejemplo más conocido de lo primero es la llamada ‘personificación’ o ‘prosopopeya’, así cuan­ do se dice “la situación habla por sí sola”, atribuyendo un rasgo animado y humano a un nombre abstracto, o “Las ventas de coches baten récords” (El País 9 de agosto de 2004, pág. 52), o “Fuga de empresas” (mismo periódico, p. 10). En cuanto a lo segundo, y sin salir del ABC del 23 de agosto ni de la página 25, cuando Omnium Cultural defiende que las misas en el Baix Camp sean en catalán y afirma que “donde nos quieran pisar nuestra per­ sonalidad, allá estaremos”, entendemos ‘pisar’ como una metáfo­ ra verbal, pues sólo metafóricamente se podría pisar semejante cosa. En cambio, cuando Manuel Martín Ferrand llama a Diego López Garrido (ABC de 18 de agosto de 2004, p. 6) “oficial de

guardia veraniega en los altavoces de la propaganda sociata”, recurre a la perífrasis.

Se incluía en la metáfora a la hipérbole o metáfora despropor­ cionada —una formá de amplificación— como ‘poner el grito en el cielo’. En el ABC del 21 de agosto (pág. 19), y citando a un diario israelí, se denomina ‘avalancha’ a veinte soldados israelíes que, no siendo judíos, han decidido convertirse al juda­ ismo. Se trata, no cabe duda, de una hipérbole, seguramente iró­ nica, pero hipérbole.

Volvamos a las declaraciones de Artur Mas. Se ve que la metáfora le gustó, porque la continúa:

En declaraciones a Efe, Mas aseguró que, desde que el PSOE se impuso en las pasadas elecciones generales, “ha podido tener más de una novia” porque “cualquier paso que daba para dejar atrás la última etapa del PP era perfectamente defendible” por la mayoría de fuerzas en la cámara baja, pero “llega un momento en que esto ya no se aguanta”. “Cuando las novias se dan cuenta de que está saliendo con todas al mismo tiempo, dejan de confiar en él porque ven que no es un tipo recomenda­ ble”, prosiguió Mas.

En este caso, que se puede considerar como una metáfora continuada, se habla de alegoría, lo que etimológicamente sig­ nifica ‘hablar de una cosa para decir otra’. Y eso es lo que hace Mas, extenderse en su símil erótico para referirse a la política de alianzas del gobierno socialista. No hace falta recordar aquí la importancia de este tropo, cuyo origen remonta al mundo griego y que, en oposición al literalismo, constituye una cons­ tante en la historia de la interpretación de textos: llegó a carac­ terizar a la Contrarreforma católica, en el s. XVI, frente al lite­ ralismo de la Reforma luterana; no nos extenderemos en las implicaciones teológicas del asunto, que en esencia y en su aspecto retórico consiste en lo dicho, en ver en el discurso un

sentido diferente del que aparece a primera vista.

Tal vez el lector recuerde que en la enseñanza la alegoría solía emparentarse con el símbolo, en el que alguna realidad percepti­ ble por los sentidos se toma como representante de algo inmate­ rial y complejo, como la media luna del Islam o la cruz del cris­ tianismo. La iconografía católica está plagada de símbolos: el agua lo es del bautismo, el fuego del Espíritu Santo, etc. Sin embargo, la teoría del símbolo, que recibió un amplio desarrollo por parte del clasicismo de Weimar —Goethe es de los primeros en contraponerlo a la alegoría1— y de la poética romántica, merece mucha menor atención en la retórica antigua. Por ejem­ plo, en la Institutio Oratoria de Quintiliano, la más extensa de las que conservamos, figura en relación con la concepción del lenguaje como nombre griego de la etimología, y no en los inventarios de tropos y figuras. De ahí que, pomo objeto de la poética más que de la retórica, no le dediquemos más atención.

8.2.2. La metonimia

En el caso de la metonimia el cambio de significado no se basa en la analogía, como en la metáfora, sino en alguna forma de relación o contigüidad real. De ahí el cuidado de especificar posibilidades, según un orden más o menos lógico.

Lausberg (§ 568) se ha cuidado de sistematizarlas todas, y así distingue relaciones persona-cosa, continente-contenido, causa- consecuencia, abstracto-concreto, y lo que llama ‘relación de símbolo’. Pero dentro de las primeras, a su vez, cabe diferenciar entre relaciones de persona y cosa, la relación de autoría, la divinidad por la esfera de sus funciones, el poseedor y la cosa poseída, el dueño y el instrumento.

De modo que tan metonimia es ‘motor diesel’, que lo nombra por su inventor, como ‘motor de e x p lo s ió n y otras muchas como ‘ir de copas'·, ‘gozar de los placeres de Venus’·, ‘han roba­ do un Munch’·, ‘la alta velocidad llegará a Valladolid en 2007’;

‘ofrecer a los potenciales clientes la nieve, la naturaleza y el patri­ monio histórico artístico’; ‘el primer espada'·, ‘vestir la toga’·, ‘los

nuestros han conseguido pocas medallas’; ‘Conchita Martínez y

Vivi Ruano no lograron el oro en dobles’; y otras muchas frases que usamos o podemos leer corrientemente. El lector puede entre­ tenerse si lo desea en situar los ejemplos de acuerdo con las cate­ gorías enunciadas, o en encontrar otros nuevos.

8.2.3. La sinécdoque

Aunque los modernos, sobre todo en Francia, hayan tendido a incluir la sinécdoque como una clase de metonimia, la tradición no dudaba en distinguirla como tropo específico, que se basaba en relaciones del todo y la parte y a la inversa; o del género y la especie; o del singular y el plural.

Así que cuando en el titular Artur Mas criticaba a Zapatero, y en el cuerpo del texto era el gobierno socialista el criticado, había un claro ejemplo de sinécdoque.

Es claro que de aquí se pasa fácilmente a là antonomasia, como cuando se habla de ‘los socialistas andaluces’, como si sólo lo fueran los militantes del PSOE, o del ‘partido de Pablo Iglesias’. Y sinécdoque son expresiones como ‘una ciudad de un millón de almas’, que Dámaso Alonso transformó en “Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres”, u otras numéricas como ‘el tripartito catalán’.

El énfasis es otra forma de sinécdoque, por ejemplo, en el muy empleado ‘es una señora’, ‘es un caballero’; o cuando una canción de moda emplea para una experiencia perfectamente tri­ vial un término como “sobreviviré”. O cuando, refiriéndose a la fotografía de las ministras socialistas en Vogue, “Rajoy dice que se ha pasado ‘de la política de gestos al ridículo’” (ABC de 21 de agosto de 2004, pág. 1). El énfasis consiste en designar me­ diante un término impreciso pero amplio un contenido más pre­ ciso.

8.2.4. La ironía

La ironía es un tropo esencial en retórica. Es tropo porque emplea una palabra o una expresión con un significado contrario al propio; luego hay cambio, en concreto inversión, en la signifi­ cación. La ironía apela a la complicidad del auditorio para que, apoyándose en el contexto lingüístico y en la situación, entienda el sentido de acuerdo con la intención del orador. En caso con­ trario podría entenderse todo o nada como irónico. Es un pro­ blema clásico en la historia de la interpretación literaria. Ante declaraciones que no nos gustan de escritores clásicos —por ejemplo, ante casos de antisemitismo o ante los pronunciamien­ tos de personajes cervantinos favorables a la expulsión de los moriscos— tendemos a suponer una intención irónica, una disi­ mulación ante los poderes de su tiempo a fin de hacer de los héroes de la cultura contemporáneos nuestros. Un caso delirante es la suposición de que haya una muestra solapada de anticleri­ calismo en el “con la iglesia hemos topado” de don Quijote. La filología debe encargarse de deshacer ilusiones y orientar hacia una comprensión que no escamotee los problemas.

Veamos un ejemplo ciceroniano que ya conocemos:

7. Si os parece justa y honesta esta petición, jueces, yo traigo

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