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Gregory Philippa Tudor 03 La Trampa Dorada

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La trampa dorada

Philippa Gregory

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Título original: The Boleyn Inheritance

© Philippa Gregory Ltd., 2006

© por la traducción, Cristina Martín Sanz, 2010 © Editorial Planeta, S. A., 2010

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)

Primera edición: mayo de 2010 Depósito Legal: B. 15.292-2010

ISBN 978-84-08-09328-2

ISBN 978-0-00-719032-4, editor HarperCollins Publishers,

Gran Bretaña, edición original Composición: Fotoletra, S. A.

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En La trampa dorada confluyen personajes históricos de la corte inglesa cuyos nombres, por

tradición, se han traducido al castellano, junto con personajes menos conocidos cuyos nombres nunca han sido traducidos. En la edición que aquí presentamos, hemos creído conveniente mantener en inglés todos los nombres británicos. De esta manera, pretendemos evitar que el lector se sienta confuso por la presencia en la novela de nombres propios en inglés junto con nombres propios traducidos al castellano.

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Juana Bolena, Blicking Hall, Norfolk, julio de 1539

oy hace calor, el viento sopla por encima de las llanuras verdes y los pantanos, trayendo el olor de la peste. Con un tiempo así, si mi esposo aún estuviera conmigo, no nos quedaríamos atrapados en un lugar, contemplando el color plomizo del amanecer y el rojo apagado del crepúsculo; estaríamos viajando con la corte del rey, atravesando los campos y las colinas de pizarra de Hampshire y de Sussex, el paraje más rico y más hermoso de toda Inglaterra, yendo por los caminos que recorren los cerros y avistando el primer retazo de mar. Saldríamos de caza al amanecer, a mediodía almorzaríamos bajo el dosel de los árboles, y por la noche bailaríamos en el gran salón de alguna mansión rural, a la luz amarilla de antorchas parpadeantes. Guardábamos una íntima amistad con las mejores familias de este lugar y éramos los favoritos del rey, por ser parientes de la reina. Éramos amados; nosotros éramos los Bolena, la familia más bella y refinada de la corte. Nadie que conociera a Jorge podía evitar desearlo, nadie podía resistirse a Ana, y a mí me cortejaba todo el mundo porque yo servía de pasaporte para atraer la atención de ellos. Jorge era deslumbrante: moreno, de ojos oscuros y bien parecido, siempre a lomos de los caballos más hermosos, siempre al lado de la reina. Ana se encontraba en su máximo esplendor en cuanto a belleza e inteligencia, era tan atractiva como la miel oscura. Y yo iba a todas partes con ellos.

H

Los dos salían juntos a montar, echaban carreras, siempre a la par el uno del otro, como amantes, y cuando pasaban volando junto a mí yo los oía reír por encima del golpeteo de los cascos de los caballos. A veces, cuando los veía juntos, tan exultantes, tan jóvenes, tan hermosos, no lograba distinguir a cuál de los dos amaba más.

La corte entera estaba encandilada con ellos, aquellas miradas coquetas de los Bolena, aquel nivel de vida. Eran jugadores, amantes del riesgo, ambos fervientes defensores de la reforma de la Iglesia, rápidos e inteligentes en la argumentación, osados en sus lecturas y en sus ideas. Desde el rey hasta la criada de las cocinas, no había una sola persona que no se sintiera deslumbrada por ellos. Incluso ahora, después de tres

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años, me cuesta creer que no vayamos a verlos nunca más. Pero una pareja tan joven, tan rebosante de vida, no puede simplemente morir, ¿no? En mi mente y en mi corazón, aún siguen montando juntos, aún son jóvenes y hermosos. ¿Y por qué razón no iba yo a anhelar apasionadamente que eso fuera así? Han transcurrido tan sólo tres años desde que los vi por última vez; tres años, dos meses y nueve días desde que los dedos carentes de caricias de él se rozaron con los míos, me sonrió y me dijo: «Que tengas un buen día, esposa, he de irme, hoy tengo cosas que hacer.» Fue una mañana de mayo y estábamos preparándonos para la justa, yo sabía que él y su hermana tenían problemas, pero no hasta qué punto.

En esta nueva vida mía, todos los días voy andando hasta el cruce del pueblo, donde hay un sucio mojón que indica el camino de Londres. Entre el barro y los líquenes, el grabado dice «Londres, 195 kilómetros». Es mucho camino, mucho camino que recorrer. Todos los días me agacho para tocarlo, como si fuera un talismán, y después regreso de nuevo a la casa de mi padre, que ahora se me antoja muy pequeña, él, que ha vivido en los palacios más grandiosos del rey. Yo vivo de la caridad de mi hermano, de la buena voluntad de su esposa, a quien no le importo nada, de una pensión de Thomas Cromwell, ese presuntuoso prestamista que es ahora el mejor amigo del rey. Soy una vecina pobre que vive a la sombra de la suntuosa casa que en otro tiempo fue mía, una casa Bolena, una de las muchas que poseíamos. Vivo en silencio, con austeridad, igual que una mujer que carece de un hogar propio y a la que no quiere ningún hombre.

Y ello se debe a que soy una mujer que carece de un hogar propio y a la que no quiere ningún hombre. Una mujer de casi treinta años, con la cara marcada por la decepción, madre de un hijo ausente, viuda sin perspectivas de volver a casarme, única superviviente de una familia infortunada, heredera de un escándalo.

Mi sueño es que algún día cambie esta suerte. Veré a un mensajero vestido con la librea de la casa Howard llegar por este mismo camino con una carta para mí, una carta del duque de Norfolk en la que me ordene regresar a la corte, en la que me diga que allí vuelve a haber trabajo para mí: una reina a la que servir, secretos que susurrar, conspiraciones que urdir, las interminables duplicidades que constituyen la vida de una cortesana, en las que él es tan experto, y yo soy su principal alumna. Mi sueño es que el mundo vuelva a cambiar, que se vuelva patas arriba hasta que nosotros estemos de nuevo situados en lo más alto y que a mí me sea restituido mi estado original. En cierta ocasión yo salvé al duque, cuando ambos corríamos un peligro gravísimo, y a cambio él me salvó a mí. Nuestra gran pena fue que no pudimos salvarlos a ellos dos, los dos que ahora montan a caballo, ríen y bailan únicamente en mis sueños.

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Toco el mojón una vez más e imagino que el mensajero llegará mañana. Traerá consigo un papel sellado con el blasón de los Howard, profundo, brillando en la cera roja.

—Un mensaje para Juana Bolena, la vizcondesa de Rochford —anunciará fijándose en mi atuendo sencillo y en el polvo que cubre el borde de mi falda, en mi mano manchada de tierra del mojón que indica el camino de Londres.

—Dádmelo a mí —responderé—. Soy yo. Llevo una eternidad esperándolo. —Y lo tomaré en mis manos; mi herencia.

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Ana, duquesa de Cléveris, Düren, Cléveris, julio de 1539

penas me atrevo a respirar. Estoy inmóvil como una piedra, con una sonrisa en la cara y los ojos muy abiertos, mirando osadamente al artista, dando la impresión, espero, confiada, de que mi mirada franca indique sinceridad pero no inmodestia. Las joyas prestadas que llevo son las mejores que logró encontrar mi madre, diseñadas para demostrar a un observador crítico que no somos tan pobres, aunque mi hermano no vaya a ofrecer dote alguna a mi marido. El rey tendrá que escogerme por mi agradable apariencia física y por mis contactos políticos. No tengo nada más que ofrecer. Pero ha de escogerme. Estoy totalmente decidida a que me escoja. Marcharme de aquí lo es todo para mí.

A

En el otro extremo de la habitación, con cuidado de no mirar mucho el retrato de mí que va tomando forma bajo los trazos rápidos y alargados del lápiz del artista, se encuentra mi hermana, que aguarda su turno. Que Dios me perdone, pero rezo para que el rey no la elija a ella. Está tan ansiosa como yo de tener una oportunidad de irse de Cléveris y dar el salto a la grandeza que supone el trono de Inglaterra, pero no lo necesita tanto como yo. No hay ninguna joven en el mundo que lo necesite más que yo.

No es mi intención decir una sola palabra en contra de mi hermano, ni ahora ni en los años venideros. Jamás diré nada contra él. Para mi madre es un hijo modelo y un digno sucesor para el ducado de Cléveris. Durante los últimos años de la vida de mi pobre padre, cuando claramente estaba tan loco como cualquier necio, fue mi hermano el que lo obligó a entrar en su alcoba, cerró la puerta con llave por fuera y declaró públicamente que sufría de fiebres. Fue mi hermano el que prohibió a mi madre que llamase a físicos y a predicadores para expulsar los demonios que ocupaban la mente divagante de mi pobre padre. Fue mi hermano, astuto —tan astuto como puede serlo un buey, lento y mezquino—, quien dijo que debíamos afirmar que mi padre era un borracho, antes que permitir que la mancha de la locura mermase la reputación de nuestra familia. Si existe alguna sospecha respecto de

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nuestro linaje, no nos abriremos paso en el mundo. Pero si calumniamos a nuestro padre, lo tachamos de borrachín, le negamos la ayuda que necesita con tanta desesperación, entonces es posible que aún podamos medrar. Así yo podré hacer un buen matrimonio. Así mi hermano podrá casarse bien y el futuro de nuestra casa quedará asegurado, aunque mi padre luche a solas con sus demonios, sin ninguna ayuda.

Al oír a mi padre gemir junto a la puerta de su alcoba diciendo que iba a portarse bien y rogando que lo dejáramos salir; al oír a mi hermano responderle con serenidad y con firmeza que no podía salir, me pregunté si de hecho no estaríamos equivocados, y mi hermano estaba igual de loco que mi padre, y mi madre también, y la única persona cuerda de la casa era yo, porque yo era la única que se sentía paralizada de horror ante lo que estábamos haciendo. Pero eso tampoco se lo conté a nadie.

Desde mi más temprana infancia me comporto obedeciendo la disciplina de mi hermano. Él siempre iba a ser el duque de estas tierras protegidas por los ríos Mosa y Rhin. Es un patrimonio bastante reducido, pero está tan bien situado que todas las naciones de Europa desean nuestra amistad: Francia, los Habsburgo y los Austria de España, el sacro emperador romano, el mismo papa, y ahora Enrique de Inglaterra. Cléveris es la cerradura del corazón de Europa, y el duque de Cléveris es la llave. No es de extrañar que mi hermano se valore tanto a sí mismo, está en su derecho; yo soy la única que a veces se pregunta si no será en realidad un principito de poca monta que se encuentra sentado debajo de la sal en el gran banquete que es la cristiandad. Pero a nadie le digo que pienso esas cosas, ni siquiera a mi hermana Amelia; no estoy muy dispuesta a fiarme de nadie.

Da órdenes a mi madre en razón de la grandeza de la posición que ocupa en el mundo, y ella es su lord chambelán, su mayordomo, su papa. Con la bendición de ella, mi hermano da órdenes a mi hermana y a mí misma porque él es el hijo varón y el heredero, y nosotras somos cargas. Él es un hombre joven y le aguarda un futuro de poder y de oportunidades, y nosotras somos mujeres destinadas a ser esposas y madres en el mejor de los casos; o parásitas solteronas en el peor. Mi hermana mayor, Sibila, ya ha escapado: se fue de casa en cuanto pudo, en cuanto se concertó su matrimonio, y ahora vive libre de la tiranía de la atención fraterna. A continuación debo irme yo. La siguiente tengo que ser yo. Necesito liberarme. No pueden tener conmigo la absurda crueldad de enviar a Amelia en mi lugar. Ya le llegará a ella la oportunidad, ya le llegará el momento. Pero la siguiente hermana soy yo, tengo que ser yo. No comprendo siquiera por qué le hicieron la oferta a Amelia, a no ser que fuera para asustarme e inducirme a que me mostrara más sumisa. Si el propósito era ése, ha funcionado. Me aterra que me dejen a un lado por una muchacha más joven y que mi hermano

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haya permitido que ocurra semejante cosa. Lo cierto es que ignora la ventaja que supone para él atormentarme.

Mi hermano es un duque insignificante, en todos los sentidos de la palabra. Cuando murió mi padre, todavía suplicando con un hilo de voz que alguien le abriera la puerta, su sitio lo ocupó mi hermano, pero le viene grande. Mi padre era un hombre que pertenecía al ancho mundo, asistió a las cortes de Francia y de España y viajó por Europa. Mi hermano, al haberse quedado en casa, cree que el mundo no puede mostrarle nada que sea más importante que su propio ducado. Cree que no existe ningún otro libro más grande que la Biblia, ninguna iglesia mejor que aquella cuyas paredes están desnudas, ninguna guía que supere a su propia conciencia. Teniendo únicamente una pequeña familia que gobernar, su mando recae muy duramente sobre unos pocos sirvientes. Teniendo únicamente una pequeña herencia, está atento a las necesidades de su propia dignidad. Y yo, que carezco de dignidad, siento el tremendo peso de la suya. Cuando está bebido o contento me dice que soy el más rebelde de sus súbditos, y me da palmaditas con mano dura. Cuando está sobrio o irritado dice que soy una joven que no sabe cuál es su sitio, y me amenaza con encerrarme en mi alcoba.

En estos tiempos, en Cléveris ninguna amenaza es huera. Se trata de un hombre que encerró bajo llave a su propio padre. Lo creo capaz de encerrarme a mí también. Y si yo llorase junto a la puerta, ¿acudiría alguien a rescatarme?

Maese Holbein me indica con una breve inclinación de cabeza que puedo levantarme de mi asiento y dejar que mi hermana ocupe mi lugar. No se me permite mirar mi retrato. Ninguna de nosotras puede ver lo que él envía al rey de Inglaterra. No está aquí para adularnos ni para pintarnos como bellezas, sino para realizar una representación lo más fidedigna que sea capaz de crear su genio, a fin de que el rey de Inglaterra pueda ver cuál de nosotras le gustaría, como si fuéramos yeguas de Flandes que son ofrecidas al semental inglés para servirle de cría.

Maese Holbein, que se echa hacia atrás al tiempo que mi hermana se apresura a sentarse, toma un papel nuevo, examina la punta de su lápiz pastel. Maese Holbein nos ha visto a todas, a todas las candidatas al puesto de reina de Inglaterra. Ha pintado a Cristina de Milán y a María de Vendôme, a Luisa y a Ana de Guisa. De manera que yo no soy la primera joven cuya nariz ha medido sosteniendo el lápiz a la longitud de un brazo y guiñando un ojo. Que yo sepa, tras mi hermana Amelia vendrá otra joven más. Es posible que de regreso a su hogar en Inglaterra se detenga en Francia para mirar ceñudo a otra joven atontada a fin de captar sus rasgos característicos y delinear sus defectos. No tiene sentido que yo me sienta degradada por este proceso, igual que un trozo de arpillera extendido para realizar el dibujo.

—¿No os gusta que os pinten? ¿Sois tímida? —me preguntó el artista con brusquedad al ver que yo perdía la sonrisa cuando me miró como si fuera un pedazo de carne puesta en el escurridero del cocinero.

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—Deseo casarme con el rey —fue todo cuanto respondí.

Él enarcó una ceja.

—Yo me limito a pintar los retratos —señaló—. Haríais mejor en confiar vuestros deseos a los enviados del rey: los embajadores Nicholas Wotton y Richard Beard. No sirve de nada informarme a mí.

Asiento como si tomara en cuenta su consejo, pero no pienso decirles nada a los nombrados.

Me siento en el antepecho de la ventana, acalorada con mis mejores ropas, constreñida por un corsé tan apretado que han hecho falta dos doncellas para conseguir anudarlo, y una vez que esté terminado el retrato tendré que cortarlo para liberarme. Observo que Amelia inclina la cabeza a un lado, se pavonea y sonríe de forma coqueta a maese Holbein. Espero que no le caiga en gracia al maestro. Espero que no la pinte tal como es, más rolliza y más bella que yo. En realidad, a ella no le importa ir o no a Inglaterra. Oh, para ella sería un triunfo pasar de ser la hija más joven de un ducado pobre a convertirse en reina de Inglaterra, una huida que la elevaría a ella, a su familia y a la nación entera de Cléveris. Pero ella no necesita tanto como yo escapar de aquí. Para ella no es una cuestión de necesidad como para mí. Casi podría decir de «desesperación».

He aceptado no mirar la pintura de maese Holbein, de modo que no la miro. Una cosa cierta se puede decir de mí: si doy mi palabra la cumplo, aunque no sea más que una jovencita. En vez de eso, me pongo a mirar por la ventana, al patio de nuestro castillo. Fuera, en el bosque, resuenan los cuernos de caza, se abre la gran puerta enrejada y entra la partida, con mi hermano al frente. Levanta la vista hacia la ventana y me ve antes de que yo pueda echarme hacia atrás. Al momento me doy cuenta de que lo he irritado. Pensará que no debería estar en la ventana, a la vista de cualquiera que deambule por el patio. Aunque me he movido demasiado de prisa para que él haya llegado a captar los detalles, estoy segura de que sabe que llevo un corsé muy ceñido y de que el escote cuadrado de mi vestido es muy bajo, aunque el cuello de muselina me tapa hasta la barbilla. Me encojo sobre mí misma al ver la mirada ceñuda que dirige hacia la ventana. Ahora está disgustado conmigo, pero no me lo dirá. No se quejará del vestido, algo que yo podría explicar, sino de otra cosa, pero todavía no sé cuál. Lo único de lo que puedo estar segura es de que, hoy o mañana, en algún momento mi madre me mandará llamar a su habitación y me lo encontraré a él de pie detrás de su silla, o vuelto de espaldas, o entrando por la puerta, como si la cosa no fuera con él, como si le resultara del todo indiferente, y ella me dirá en tono profundamente reprobatorio: «Ana, me he enterado de que has...», y será algo que sucedió hace unos días y que ya casi he olvidado pero que mi hermano habrá averiguado y se habrá guardado hasta ese momento, para que yo sea pillada en falta e incluso castigada,

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y él no dirá una palabra de que me ha visto sentada en la ventana y muy bella, que es lo que realmente lo ha ofendido de mí.

Cuando era pequeña, mi padre me llamaba su halconcito blanco, su halcón hembra, una ave de presa originaria de las frías nieves del norte. Cuando me veía con los libros o cosiendo rompía a reír y me decía: «Oh, mi halconcito, ¿qué haces enjaulado? ¡Ven conmigo y yo te liberaré!», y ni siquiera mi madre podía impedir que saliera corriendo del salón donde me impartían las clases para estar con él.

Ojalá pudiera hacerlo ahora, cómo desearía que volviera a liberarme otra vez.

Sé que mi madre cree que soy una muchacha necia, y que mi hermano opina algo peor; pero si fuera la reina de Inglaterra, el rey me confiaría una posición y yo no entraría en modas francesas ni en bailes italianos. Podrían fiarse de mí, el rey podría confiarme su honor. Sé lo importante que es el honor de un hombre y no tengo el menor deseo de ser otra cosa que una buena persona, una buena reina. Pero también estoy convencida de que, por más estricto que sea el rey de Inglaterra, se me permitiría sentarme junto a la ventana de mi propio castillo. Digan lo que digan de Enrique de Inglaterra, creo que si lo ofendiera me lo diría sinceramente, y no ordenaría a mi madre que me castigara por otra cosa.

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Catalina, Norfolk House, Lambeth, julio de 1539

amos a ver, ¿qué es lo que tengo? Tengo una cadenita de oro de mi madre, fallecida hace tiempo, que guardo en mi joyero especial, tristemente vacío a excepción de esta única cadena; pero estoy segura de que tendré más. Tengo tres vestidos, uno de ellos nuevo. Tengo un encaje francés de mi padre, que está en Calais. Tengo media docena de cintas mías propias. Y, por encima de todo, me tengo a mí. ¡Me tengo a mí, a mi esplendoroso yo! ¡Hoy cumplo catorce años, imaginaos! ¡Catorce! Catorce años de edad, joven, de noble cuna aunque marcada por la tragedia, no rica, pero enamorada, maravillosamente enamorada. Mi señora abuela la duquesa me hará un regalo de cumpleaños, estoy segura. Soy su favorita y le gusta que esté bonita. Puede que sea una seda para un vestido, acaso una moneda para comprar encaje. Esta noche, cuando se suponga que debemos de estar durmiendo, mis amigas de la cámara de las doncellas me harán una fiesta: los muchachos llamarán a la puerta con sus golpes secretos y nosotras correremos a abrirles, y yo exclamaré: «¡Oh, no!» como si quisiera que fuera sólo una fiesta para chicas, como si no estuviera enamorada, locamente enamorada de Francis Dereham. Como si no hubiera pasado el día entero anhelando que llegue esta noche para poder verlo. Dentro de cinco horas lo veré. ¡No! Acabo de mirar el preciado reloj francés de mi abuela. Cuatro horas y cuarenta y ocho minutos.

V

Cuarenta y siete minutos.

Cuarenta y seis. La verdad es que me sorprende la devoción que siento por él, que incluso observe cómo un reloj va descontando el tiempo que falta para que estemos juntos. El mío debe de ser un amor muy apasionado, muy entregado, y yo debo de ser una joven dotada de una sensibilidad inusual para sentir algo tan profundo.

Cuarenta y cinco; pero me resulta horriblemente aburrido esperar sin más.

No le he contado a él lo que siento, desde luego. Me moriría de vergüenza si tuviera que decírselo yo misma. Y puede que me muera de todas formas, que me muera de amor por él. No se lo he contado a nadie

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excepto a mi amiga íntima Agnes Restwold, a la que he hecho jurar el secreto so pena de muerte, so pena de muerte por traición. Ella dice que la ahorcarán, la ahogarán y la descuartizarán antes que decirle a nadie que estoy enamorada. Dice que antes de desvelar mi secreto está dispuesta a subir al cadalso como mi prima la reina Ana. Dice que tendrán que desmembrarla en el potro. También se lo he contado a Margaret Morton, quien asegura que ni la muerte misma la haría hablar, aunque la arrojaran al foso de los osos. Dice que podrían quemarla en la pira, que no diría nada. Eso está bien, porque significa que con toda seguridad una de ellas se lo contará a Francis antes de que acuda esta noche a la cámara, y así sabrá que yo lo amo.

Hace ya varios meses que lo conozco, media vida. Al principio sólo me fijaba en él, pero ahora me sonríe y me saluda. En una ocasión me llamó por mi nombre. Viene, con todos los demás muchachos que sirven en la casa, a visitarnos a las doncellas en nuestra cámara, y cree estar enamorado de Joan Bulmer, que tiene ojos de rana y a la que ningún hombre miraría dos veces si no fuera porque dispensa tan libremente sus favores. Pero ella es libre, muy libre; por eso soy yo a la que Francis no mira dos veces. No es justo. Es totalmente injusto. Ella tiene diez años más que yo y está casada, de modo que sabe cómo atraer a un hombre, mientras que yo aún tengo mucho que aprender. Dereham también es mayor, tiene más de veinte. Todos me consideran una niña, pero no lo soy, y pienso demostrárselo. Tengo catorce años y estoy preparada para el amor. Estoy preparada para tomar un amante, y estoy tan enamorada de Francis Dereham que me moriré si no lo veo en seguida. Cuatro horas y cuarenta minutos.

Pero ahora, a partir de hoy, todo ha de ser diferente. Ahora que ya tengo catorce años, es seguro que todo va a cambiar. Tiene que cambiar, sé que cambiará. Me pondré mi cofia francesa nueva, le diré a Francis Dereham que tengo catorce años y él me verá como lo que soy en realidad: una mujer, una mujer con cierta experiencia, una mujer adulta. Entonces veremos cuánto tiempo se queda con la de los ojos de rana, cuando con sólo cruzar la habitación pueda acostarse en mi lecho.

No es mi primer amor, es verdad, pero por Henry Mannox no llegué a sentir nada parecido, y si él dice que lo sentí es que miente. Henry Mannox era adecuado para mí cuando yo era una jovencita que vivía en el campo, en realidad una niña, que estaba aprendiendo a fingir que poseía un encanto virginal y que no sabía nada de besos y caricias. Y la verdad es que la primera vez que me besó ni siquiera me gustó gran cosa y le rogué que parase, y cuando me introdujo la mano por debajo de la falda fue tal mi estupor que me eché a chillar y a llorar. Entonces sólo tenía once años, no se podía esperar que conociera los placeres de una mujer. Pero ahora los conozco todos. Después de tres años en la cámara de las doncellas he aprendido todos los juegos y las tácticas que

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necesito. Sé lo que quiere un hombre y sé cómo jugar con él, y también sé cuándo parar.

Mi reputación es mi dote. Mi abuela señalaría que no tengo ninguna otra —bruja amargada—, y nadie dirá jamás que Catalina Howard no sabe lo que se le debe a ella y a su familia. Ya soy una mujer, no una niña. Henry Mannox quiso ser mi amante cuando yo era una niña que vivía en el campo, cuando no sabía casi nada, cuando no había visto a nadie, o en cualquier caso a nadie de relevancia. Habría permitido que me tomase después de pasarse varias semanas sobornándome y acosándome para que realizara el acto completo, pero al final fue él quien frenó en seco por miedo a que lo atraparan. La gente habría pensado muy mal de nosotros, dado que él tenía más de veinte años y yo sólo once. Íbamos a esperar hasta que yo cumpliera los trece. Pero ahora vivo en Norfolk House, en Lambeth, ya no estoy enterrada en Sussex, y cualquier día podría pasar por delante de mi puerta el rey en persona. El arzobispo es nuestro vecino, mi tío Thomas Howard, duque de Norfolk, viene de vez en cuando con todo su enorme séquito, y en cierta ocasión se acordó de cómo me llamaba. Ahora ya he superado lo de Henry Mannox. Ya no soy una niña del campo a la que se puede acosar para que dé besos y forzar para que haga más cosas; ahora me encuentro en una posición demasiado elevada para eso. Ahora sé qué es lo que sucede en la alcoba, soy una Howard y tengo ante mí un futuro maravilloso.

Excepto —y esto es una tragedia tan grave que en realidad no sé cómo soportarla— que ya tengo edad para ir a la corte; como soy una Howard, lo natural es que mi sitio sean los aposentos de la reina... ¡pero si no hay reina! Para mí es un desastre. No hay ninguna reina, la reina Juana murió después de tener un hijo, algo que a mí me da más bien pereza, de modo que en la corte no hay sitio para doncellas que le sirvan de damas de compañía. Para mí es sumamente infortunado, creo que ninguna joven ha tenido nunca tan mala suerte como yo: celebrar mi decimocuarto cumpleaños en Londres, precisamente cuando la reina tiene que desaparecer y morir y la corte entera se sume en varios años de luto. A veces tengo la sensación de que el mundo entero conspira contra mí, como si la gente quisiera que viva y muera vieja y solterona.

¿De qué sirve ser bonita si no va a conocerme ningún noble? ¿Cómo va a ver alguien lo encantadora que puedo ser, si nadie me ve en absoluto? Si no fuera por mi amor, por mi dulce y apuesto Francis, por mi Francis, Francis, Francis, caería en la más absoluta desesperación y me arrojaría al Támesis antes de cumplir un solo día más.

Pero, gracias a Dios, por lo menos tengo a Francis para que me dé esperanza, y el mundo para jugar. Y Dios, si es que de verdad lo conoce todo, sólo puede haberme hecho tan exquisita para disfrutar de un futuro grandioso. Sin duda tiene un plan para mí. ¿Catorce años y perfecta? Seguro que, en su sabiduría, no permitirá que eso se desperdicie en Lambeth.

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Juana Bolena, Blicking Hall, Norfolk, noviembre de 1539

or fin llega, ahora que los días se vuelven más oscuros y yo empiezo a temer otro invierno en el campo: la carta que tanto deseaba. Tengo la sensación de llevar una vida entera esperándola. Mi vida puede comenzar de nuevo. Puedo regresar a la luz de las buenas velas, al calor de los braseros repletos de carbones, a un círculo de amigos y rivales, a la música, la buena comida y el baile. He sido llamada a la corte, gracias a Dios, he sido llamada de vuelta a la corte y serviré a la nueva reina. El duque, que es mi valedor y mi mentor, me ha encontrado una vez más un sitio en los aposentos de la reina. Voy a servir a la nueva reina de Inglaterra. Voy a servir a la reina Ana de Inglaterra.

P

Ese nombre suena igual que una campana de alarma: reina Ana, reina Ana otra vez. Los consejeros que recomendaron dicho matrimonio debieron de dar un respingo al oír «reina Ana» y sentir un escalofrío de horror, ¿no? Debieron de acordarse del infortunio que supuso para todos nosotros la primera Ana, la desgracia que trajo para el rey, y la ruina de su familia, y la pérdida que sufrí yo, la pérdida insoportable que sufrí yo. Pero no, veo que a las reinas muertas se las olvida con facilidad. Para cuando llegue esta nueva reina Ana, la otra reina Ana, mi reina Ana, mi cuñada, mi amiga adorada, mi atormentadora, no será nada más que un escaso recuerdo..., mi recuerdo. En ocasiones tengo la impresión de ser la única persona en este país que se acuerda de ella. En ocasiones tengo la impresión de ser la única persona del mundo que observa y aprende, la única a la que torturan los recuerdos.

Todavía sueño con ella a menudo. Sueño que vuelve a ser joven y risueña, libre de preocupaciones aparte de divertirse, con la cofia retirada del rostro para lucir su cabellera morena, las mangas largas a la moda y el acento siempre tan exageradamente francés. La letra «B» formada por perlas que lleva en el cuello proclamando que la reina de Inglaterra es una Bolena, como yo. Sueño que estamos en un jardín iluminado por el sol y que Jorge está feliz, y yo tengo la mano apoyada en el brazo de él y Ana nos sonríe a los dos. Sueño que todos seremos más ricos de lo que nadie pueda imaginar, que poseeremos casas,

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castillos y tierras. Se derribarán abadías para reducirlas a piedras con las que construir nuestras casas, los crucifijos se fundirán para transformarlos en joyas. Pescaremos en los estanques de las abadías y nuestros perros de caza correrán por todo el territorio de la Iglesia. Abades y priores renunciarán a sus casas por nosotros, los santuarios mismos perderán su santidad, y la gente nos venerará a nosotros. El país

entero se transformará para gloria nuestra, para nuestro

enriquecimiento y nuestra diversión. Y luego siempre me despierto, me despierto y permanezco tumbada, temblorosa. Es un sueño maravilloso, y sin embargo me despierto helada de terror.

¡Pero basta ya de soñar! Voy a estar en la corte una vez más. Una vez más voy a ser la amiga más íntima de la reina, una compañera constante en sus aposentos. Lo veré todo, lo sabré todo. Una vez más estaré en el centro mismo de la vida, seré la nueva dama de compañía de la reina Ana, la serviré tan bien y tan lealmente como serví a las otras tres reinas del rey Enrique. Si él puede levantarse y casarse de nuevo sin miedo a los fantasmas, yo también.

Y además voy a servir a un pariente mío, mi tío por matrimonio, el duque de Norfolk, Thomas Howard, el hombre más poderoso de Inglaterra después del rey mismo. Soldado, famoso por la velocidad de sus marchas y por la brusquedad y la crueldad de sus ataques. Cortesano, que nunca se inclina con ningún viento sino que siempre sirve con constancia a su rey, a su propia familia y a sus propios intereses. Noble, poseedor de un linaje real tan abundante en su familia que su derecho al trono es tan válido como el de cualquier Tudor. Él es mi pariente, mi valedor y mi señor. En cierta ocasión me salvó de morir por traición, me dijo lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Cuando titubeé, se hizo cargo de mí y me sacó de las sombras de la Torre para conducirme a un lugar seguro. Desde ese momento le juré lealtad para el resto de mi vida. Él sabe que le pertenezco. Una vez más, tiene trabajo para mí, y yo cumpliré la deuda que tengo para con él.

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Ana, Cléveris, noviembre de 1539

o tengo! ¡Voy a serlo! ¡Voy a ser la reina de Inglaterra! Me he librado de mis ataduras igual que un halcón libre y voy a salir volando de aquí. Amelia se lleva el pañuelo a los ojos porque está resfriada e intenta dar la impresión de que ha estado llorando por la noticia de mi partida. Es una mentirosa. No va a ponerse triste por verme marchar. Siendo la única duquesa que quede en Cléveris, vivirá mucho mejor que siendo mi hermana pequeña. Y cuando yo contraiga matrimonio —¡y qué matrimonio!— mejorarán mucho sus posibilidades de establecer una buena alianza. Mi madre tampoco parece contenta, pero en su caso la tristeza es auténtica; lleva meses en tensión. Ojalá pudiera creer que se debe a que va a perderme a mí, pero no es así. Está muy preocupada por el coste que supondrá este viaje y mi traje de boda para la tesorería de mi hermano. Es la ministra de Hacienda y el ama de llaves de mi hermano. Incluso aunque Inglaterra ha renunciado a exigir una dote, estas nupcias están costándole al país más de lo que mi madre desea pagar.

L

—Aunque los trompeteros trabajen gratis, habrá que darles de comer —dice en tono de irritación, como si los trompeteros fueran un animal exótico y caro que yo, en mi vanidad, he insistido en adquirir, en lugar de un préstamo de mi hermana Sibila, la cual me ha dicho con toda franqueza en una carta que, en Sajonia, el hecho de que yo me vaya con uno de los reyes más poderosos de Europa le sirve a ella de poco más de lo que le serviría un furgón con un par de guardias.

Mi hermano dice muy poca cosa. Para él esto supone un gran triunfo, y para su ducado, un importante paso adelante en el mundo. Se sitúa al lado de los otros príncipes y duques protestantes de Alemania, y esperan que este matrimonio estimule a Inglaterra a que se sume a su alianza. Si todos los poderes protestantes de Europa se unieran, podrían atacar Francia o las tierras de los Habsburgo y esparcir el mensaje de la Reforma. Incluso es posible que llegasen a la misma Roma, y reducir el poder del papa en su propia ciudad. ¿Quién sabe qué gloria a Dios podría

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traer esto, sólo con que yo fuera una buena esposa para un marido que nunca ha sido complacido?

—Debes cumplir con tu deber a Dios sirviendo a tu marido —me dice mi hermano en tono pomposo.

Aguardo a ver qué es exactamente lo que quiere decir con eso.

—Enrique adopta la religión de sus esposas —explica—. Cuando estuvo casado con una princesa de España, el propio papa en persona lo llamó «defensor de la fe». Cuando se casó con lady Ana Bolena, ella lo apartó de la superstición y lo acercó a la luz de la Reforma. Con la reina Juana se hizo de nuevo católico, y si ella no hubiera muerto, se habría reconciliado con el papa, sin duda alguna. Ahora, aunque no es amigo del papa, su país es casi católico por entero. En cualquier momento podría volverse católico romano. Pero si tú lo guías como debes guiarlo, declarará ser un rey y dirigente protestante, y se unirá a nosotros.

—Haré lo que esté en mi mano —respondo con incertidumbre—. Pero sólo tengo veinticuatro años. Él es un hombre de cuarenta y siete y lleva siendo rey desde joven. Puede que no me haga caso.

—Sé que cumplirás con tu deber —dice mi hermano en un intento de tranquilizarme, pero a medida que va acercándose la hora de mi partida se siente cada vez más atormentado por las dudas.

—¿No puedes temer por la seguridad de tu hermana? —oigo musitar a mi madre por la noche, cuando él se sienta con una copa de vino y contempla el fuego como si estuviera viendo un futuro sin mí.

—Si se comporta como es debido, no le ocurrirá nada. Pero Dios sabe que Enrique es un rey que ha aprendido que en sus propias tierras puede hacer lo que se le antoje.

—¿Te refieres a sus esposas? —pregunta mi madre en un susurro. Él se encoge de hombros con un gesto de incomodidad.

—Ana jamás le daría motivos para dudar.

—Es necesario advertirla. Enrique tendrá sobre ella el poder de conceder la vida y la muerte. Podrá hacer con ella lo que le apetezca. La controlará por completo.

Yo permanezco oculta en las sombras, al fondo de la habitación, y esta reveladora observación de mi hermano me hace sonreír. Gracias a esa única frase, por fin entiendo qué es lo que ha venido preocupando a mi hermano a lo largo de todos estos meses. Va a echarme de menos. Va a echarme de menos como un amo echa de menos a un perro perezoso cuando finalmente lo ahoga en un arrebato de furia. Está tan acostumbrado a dominarme, a buscar defectos en mí y a causarme problemas todos los días de mil maneras distintas que ahora, al pensar que en mí va a mandar otro hombre, se siente atormentado. Si alguna vez me hubiera amado, yo diría que son celos, y sería fácil de entender. Pero no es amor lo que siente por mí, sino más bien un rencor constante que para él se ha convertido en una costumbre tal que la idea de que yo

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sea extirpada de su vida no le aporta ningún alivio, igual que una muela que causa dolor.

—Por lo menos en Inglaterra nos será de utilidad —comenta con mezquindad—. Aquí resulta completamente inútil. Es preciso que empuje a Enrique hacia la religión reformada. Tiene que obligarlo a que se declare luterano. Mientras no lo eche todo a perder...

—¿Y cómo iba a echarlo todo a perder? —replica mi madre—. Lo único que tiene que hacer es darle un hijo. Para eso no se necesita ninguna habilidad especial. Goza de buena salud y de períodos regulares, y los veinticuatro años son una buena edad para parir un hijo. —Reflexiona durante unos instantes—. Enrique debería desearla —dice con justicia—. Está bien constituida y camina con buen porte, yo misma me he encargado de eso. Y él es un hombre dado a la lujuria y a enamorarse con la vista. Probablemente obtendrá un gran placer carnal de ella al principio, aunque sólo sea porque para él es una novedad, y además, una virgen.

Mi hermano se levanta de la silla de un salto.

—¡Qué vergüenza! —exclama con las mejillas encendidas debido a algo más que el calor que desprende el fuego.

Al oírlo levantar la voz, todos dejan de hablar al instante, pero en seguida se apresuran a volver la cabeza y procuran no quedarse mirándolo. Yo, sin hacer ruido, me levanto de mi asiento y voy hasta el fondo de la sala. Si va a sufrir un acceso de ira, es mejor que desaparezca de aquí.

—Hijo, no ha sido mi intención insinuar nada malo —dice mi madre, apresurándose a aplacarlo—. Lo único que he querido decir es que Ana seguramente cumplirá con su deber y complacerá al rey...

—No puedo soportar la idea de que... —Mi hermano deja la frase sin terminar—. ¡Me resulta intolerable! ¡Ana no debe buscar al rey! —exclama con pasión—. Debéis decírselo. No debe hacer nada que sea impropio de una doncella. No debe hacer nada indecoroso. Debéis advertirla de que ha de ser mi hermana, vuestra hija, antes incluso de ser esposa. Ha de conducirse con frialdad, con dignidad. No ha de ser la puta del rey, ni representar el papel de una mujer desvergonzada y avarienta...

—No, no —dice mi madre con suavidad—. No, claro que no. Ana no es así, William, mi señor, mi hijo querido. Tú sabes que ha sido educada de forma muy estricta, en el temor a Dios y el respeto a sus superiores.

—¡Bien, pues decídselo de nuevo! —grita mi hermano.

No hay nada que logre serenarlo, lo mejor que puedo hacer es marcharme. Si él supiera que lo he visto en ese estado, se pondría fuera de sí. Me llevo una mano a la espalda y palpo el reconfortante calor del grueso tapiz que cubre la pared posterior. Me desplazo lentamente a lo largo de éste amparada en el color oscuro de mi vestido, que resulta casi invisible en las sombras.

—La vi cuando estuvo aquí ese pintor —dice mi hermano con la voz ronca—, pavoneándose en su vanidad, exhibiéndose. Con un corsé... muy ceñido. Con los senos... a la vista..., intentando parecer deseable. Es capaz de pecar, madre. Está dispuesta a..., está dispuesta a... Posee un temperamento natural lleno de... —Es incapaz de decirlo.

—No, no —responde con dulzura mi madre—. Lo único que pretende es ser un orgullo para nosotros.

—…lujuria.

Esa palabra queda aislada y se hunde en el silencio de la sala como si pudiera pertenecer a cualquiera, como si pudiera pertenecer a mi hermano y no a mí.

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Ya he llegado a la puerta, mi mano está levantando el pestillo con delicadeza, otro dedo está amortiguando el chasquido. Tres de las mujeres de la corte se levantan con gesto de naturalidad y se sitúan delante de mí para cubrir mi retirada sin que me vean las dos personas sentadas junto a la chimenea. La puerta se abre girando sobre unos goznes engrasados que no hacen ningún ruido. La corriente de aire frío hace oscilar las velas situadas junto al fuego, pero mi hermano y mi madre están mirándose el uno al otro, hipnotizados por el horror que transmite esa última palabra, y no se vuelven.

—¿Estás seguro? —la oigo preguntar.

Cierro la puerta antes de oír la respuesta de mi hermano y me dirijo de prisa y en silencio a nuestra alcoba, donde encuentro a las doncellas sentadas junto a la chimenea con mi hermana, jugando a las cartas. En el momento en que abro de golpe y penetro en la estancia, retiran a prisa todos los naipes de la mesa, pero a continuación, al ver que se trata de mí, estallan en risas de alivio por no haber sido sorprendidas enfrascadas en un juego de azar, un placer prohibido a las solteronas en las tierras de mi hermano.

—Me voy a la cama, me duele la cabeza. Deseo que no se me moleste —digo en tono brusco.

Amelia asiente.

—Puedes intentarlo —dice en tono de complicidad—. ¿Qué has hecho esta vez?

—Nada —respondo—. Como siempre, nada.

Me dirijo rápidamente a nuestros aposentos privados, arrojo mis ropas al interior del arcón que hay a los pies de la cama y me meto en ella de un salto vestida con la camisola. Cierro las cortinas que rodean la cama y me cubro bien con las mantas. Tiemblo al percibir el frescor de las sábanas y aguardo la orden que sé que va a llegar.

Pasados tan sólo unos momentos, Amelia abre la puerta. —Debes ir a las habitaciones de madre —dice en tono triunfal.

—Dile que estoy enferma. Deberías haberle dicho que me he acostado.

—Se lo he dicho, pero dice que debes levantarte, ponerte una capa e ir a verla. ¿Qué has hecho esta vez?

Observo su rostro radiante con gesto ceñudo.

—Nada. —Me levanto de mala gana de la cama—. Nada. Como siempre, no he hecho nada.

Me echo por encima la capa que cuelga detrás de la puerta y anudo las cintas desde la barbilla hasta las rodillas.

—¿Le has contestado mal a William? —pregunta Amelia con profundo regocijo—. ¿Por qué siempre discutes con él?

Salgo sin responder, cruzo la cámara sumida en el silencio y desciendo la escalera que conduce a los aposentos de mi madre, situados en la misma torre, un piso por debajo de nosotras.

Al principio da la impresión de encontrarse a solas, pero en seguida reparo en la puerta entreabierta que da acceso a su alcoba privada y ya no tengo necesidad de verlo ni oírlo a él; simplemente sé que está ahí, observando.

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Cuando entro en la habitación, mi madre se encuentra de espaldas a mí, y cuando se da media vuelta veo que sujeta la vara de abedul en una mano y que tiene el semblante tenso.

—No he hecho nada —me apresuro a decir. Ella deja escapar un suspiro de irritación.

—Niña, ¿son ésas maneras de entrar en una habitación? Bajo la cabeza.

—Mi señora madre —digo en voz queda.

—Estoy disgustada contigo —afirma ella. Levanto la vista.

—Lo siento mucho. ¿De qué modo os he ofendido?

—Has sido llamada a un deber sagrado, has de conducir a tu esposo hacia la Iglesia reformada.

Afirmo con la cabeza.

—Has sido llamada a una posición de gran honor y gran dignidad, y debes amoldar tu comportamiento para merecer dicha posición.

Indiscutible. Vuelvo a bajar la cabeza. —Posees un espíritu díscolo —continúa. Cierto, en efecto.

—Careces de los rasgos propios de una mujer: sumisión, obediencia, amor por el deber.

Cierto también.

—Y temo que lleves dentro una vena lasciva —dice con un hilo de voz.

—Madre, no llevo tal cosa —digo en el mismo tono que ella—. Eso no es verdad.

—Sí la llevas. El rey de Inglaterra no tolerará a una esposa lasciva. La reina de Inglaterra ha de ser una mujer que no tenga ni una sola mácula en su personalidad. Ha de estar por encima de todo reproche.

—Mi señora madre, yo...

—¡Ana, piensa! —exclama, y por una vez percibo un tono de sinceridad auténtica en su voz—. ¡Piensa en esto! Mandó ejecutar a lady Ana Bolena por infidelidad, la acusó de haber pecado con media corte, y con su propio hermano entre otros. La convirtió en reina y después la despojó de ese título sin contar con más causa ni más pruebas que su propia voluntad. La acusó de incesto, brujería, crímenes de lo más horrendos. Es un hombre que sufre mucho por su reputación, hasta rayar en el absurdo. La próxima reina de Inglaterra no debe hacer dudar a nadie en ningún momento. ¡No podemos garantizar tu seguridad si alguien pronuncia una sola palabra contra ti!

—Mi señora...

—Besa la vara —me dice antes de que yo pueda discutir.

Toco la vara con los labios cuando ella me la acerca. Tras la puerta de su alcoba privada oigo que mi hermano deja escapar un suspiro, un suspiro ligerísimo.

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—Agárrate al asiento de la silla —me ordena mi madre.

Me inclino hacia adelante y agarro los dos lados de la silla. Con delicadeza, igual que una dama que alza un pañuelo, toma el borde de mi capa, me la levanta hasta las caderas y a continuación hace lo mismo con la camisola. Mis nalgas quedan a la vista; si a mi hermano se le ocurre mirar por la puerta entreabierta me verá exhibiéndome igual que una muchacha de un burdel. Se oye el silbido de la vara al cortar el aire y al instante siento un súbito ramalazo de dolor en los muslos. Dejo escapar un grito y me muerdo el labio. Me invade la desesperación por saber cuántos azotes voy a tener que soportar. Aprieto los dientes con fuerza y aguardo el siguiente. El siseo que produce en el aire y luego la punzada de dolor, como el tajo de una espada en un duelo sin honor. El chasquido del siguiente golpe llega demasiado de prisa para que haya tenido tiempo de prepararme y me hace gritar. De pronto se me saltan las lágrimas, rápidas y calientes como la sangre.

—Incorpórate, Ana —dice mi madre con frialdad al tiempo que me baja la camisola y la capa.

Con las lágrimas rodándome por la cara, me oigo a mí misma sollozar igual que una niña.

—Ve a tu habitación y ponte a leer la Biblia —me ordena—. Piensa sobre todo en tu vocación real. La mujer del césar, Ana, la mujer del césar.

Tengo que hacerle una reverencia, y ese movimiento, ejecutado con torpeza, desata una nueva oleada de dolor que me hace lloriquear como un cachorro. Me dirijo hasta la puerta y la abro. El viento me arrebata la mano del picaporte, y esa misma ráfaga empuja la puerta interior que conduce a la alcoba privada de mi hermano, que de pronto se abre sin avisar. Ahí, en las sombras, aparece él, con el semblante en tensión, como si el azotado con la vara de abedul hubiera sido él, con los labios muy apretados como si estuviera haciendo un esfuerzo para no gritar. Durante un instante de horror se cruzan nuestras miradas y me observa fijamente, con una expresión de urgente necesidad. Yo bajo los ojos y vuelvo la cabeza como si no lo hubiera visto, como si fuera ciega a él. Sea lo que sea lo que quiere de mí, sé que no me conviene saberlo. Salgo de la habitación con paso inseguro, notando la camisola pegada a la sangre que me corre por la parte trasera de los muslos. Necesito desesperadamente escapar de los dos.

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Catalina, Norfolk House, Lambeth, noviembre de 1539

T e llamaré esposa.

—Y yo te llamaré esposo.

La luz es tan escasa que apenas alcanzo a verlo sonreír, pero siento la curva de sus labios cuando vuelve a besarme.

—Te compraré un anillo que podrás llevar colgado de una cadena al cuello y oculto a la vista.

—Y yo te regalaré un gorro de terciopelo recamado de perlas. Deja escapar una risita.

—¡Por el amor de Dios, guardad silencio y dejadnos dormir un poco! —dice alguien desde otro lugar del dormitorio. Seguramente se trata de Joan Bulmer, que echa de menos los mismos besos que yo tengo ahora en los labios, en los párpados, en las orejas, en el cuello, en los senos, en todas las partes de mi cuerpo. Echará de menos al amante que antes le pertenecía a ella y que ahora me pertenece a mí.

—¿Queréis que le dé las buenas noches con un beso? —le susurra él.

—Chis —le repruebo yo al tiempo que acallo su contestación con mis labios.

Estamos en los instantes soñolientos que siguen al acto del amor, enredados en las sábanas, la ropa y las mantas enmarañadas, el aroma de su cabello, de su piel, de su sudor, extendido por todo mi cuerpo. Francis Dereham es mío, tal como juré.

—¿Sabes que si prometemos casarnos ante Dios y yo te entrego un anillo es un matrimonio tan válido como si lo celebrásemos en una iglesia? —me pregunta él en tono serio.

Me estoy quedando dormida. Él me acaricia lentamente el vientre, siento que me excito, dejo escapar un suspiro y abro las piernas a modo de invitación para volver a sentir su mano cálida.

—Sí —respondo, refiriéndome a sus caricias. Él me entiende mal, siempre tan sincero.

—Entonces, ¿lo hacemos? ¿Nos casamos en secreto para estar siempre juntos, y cuando yo haya hecho fortuna se lo contamos a todo el mundo y vivimos juntos como marido y mujer?

—Sí, sí. —Estoy comenzando a gemir levemente de placer, no pienso en nada más que en el movimiento de sus sabios dedos—. Oh, sí.

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Al día siguiente tiene que recoger a toda prisa sus ropas y salir corriendo antes de que la doncella de mi señora abuela se presente toda diligente y ceremoniosa y abra la puerta de nuestra alcoba. Francis escapa sólo unos momentos antes de oír las fuertes pisadas en la escalera, pero Edward Waldgrave se demora más y se ve obligado a esconderse debajo de la cama de Mary, con la esperanza de ocultarse tras las sábanas que cuelgan.

—Esta mañana estáis muy alegres —comenta la señora Franks en tono suspicaz al oír nuestras risitas—. El que ríe antes de las siete llora antes de las diez.

—Ésa es una superstición pagana —dice Mary Lascelles, que siempre es tan seria—. Y si tuvieran en cuenta su conciencia, estas muchachas no tendrían nada de que reír.

Componemos el gesto más solemne que podemos y la acompañamos escaleras abajo hacia la capilla, para oír misa. En ella se encuentra Francis, de rodillas, bello como un ángel. Vuelve la mirada hacia mí y el corazón me da un vuelco. Es maravilloso que esté enamorado de mí.

Una vez finalizado el servicio religioso, cuando todo el mundo corre a desayunar, me detengo unos instantes en el banco para acomodar las cintas de mi zapato y veo que Francis ha vuelto a arrodillarse como si estuviera concentrado en rezar. El sacerdote apaga las velas muy despacio, recoge sus cosas, echa a andar por el pasillo y nos deja solos.

Entonces Francis se me acerca y me tiende la mano. Es un momento maravillosamente solemne, como un juego. Ojalá pudiera ver lo que ocurre, sobre todo la expresión seria que he puesto.

—Catalina, ¿quieres casarte conmigo? —me dice.

Me siento como una persona mayor. Soy yo la que está haciendo esto, asumir yo misma el control de mi destino. Este matrimonio no lo ha concertado mi abuela, ni tampoco mi padre. Nadie se ha ocupado nunca de mí; me han olvidado, encerrada en esta casa. Pero yo misma he elegido a mi esposo, yo misma me labraré mi futuro. Soy como mi prima María Bolena, que se casó en secreto con un hombre que no era apreciado por nadie y después se hizo con toda la herencia de los Bolena.

—Sí —contesto—. Sí, quiero.

Soy como mi prima la reina Ana, que aspiró al matrimonio de más alta posición que existe cuando nadie creía que pudiera ser.

—Sí, quiero —digo de nuevo.

No sé exactamente a qué se refiere Francis con lo de casarse. Creo que quiere decir que yo tendré un anillo que llevar colgado de una cadena y que poder enseñar a las otras muchachas, y que nos prometeremos el uno al otro. Pero, para mi sorpresa, me conduce por el pasillo en dirección al altar. Titubeo por un instante, no sé qué pretende hacer, y a mí rezar no me entusiasma precisamente. Si no nos damos prisa, llegaremos tarde al desayuno, y a mí me gusta el pan cuando está recién salido del horno. Pero entonces veo que estamos reproduciendo nuestro casamiento. Ojalá esta mañana me hubiera puesto mi mejor vestido, pero ya es demasiado tarde.

—Yo, Francis Dereham, te tomo a ti, Catalina Howard, como mi legítima esposa —dice él en tono firme. Le sonrío. Si me hubiera puesto mi mejor cofia, ya sería la felicidad completa.

—Ahora dilo tú —me anima.

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Se inclina y me besa. Noto que me flaquean las rodillas al sentir su contacto, y lo único que deseo es que este beso dure eternamente. Ya estoy pensando si deberíamos sentarnos en el banco de mi señora abuela, que está protegido por altas paredes, para hacer algo más que esto. Pero Francis se detiene.

—¿Entiendes que ahora estamos casados? —confirma. —¿Ésta es nuestra boda?

—Sí.

Suelto una risita.

—Pero si sólo tengo catorce años.

—Eso da igual, has dado tu palabra ante Dios. —Con gesto muy serio, introduce la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrae una bolsa—. Aquí dentro hay cien libras —dice con solemnidad—. Voy a ponerlas bajo tu custodia, y en Año Nuevo viajaré a Irlanda a hacer fortuna para luego regresar a casa y reclamarte ante todos como esposa.

La bolsa pesa bastante, Francis ha ahorrado una fortuna para los dos. Qué emocionante. —¿Debo guardar yo este dinero a salvo?

—Sí, como mi buena esposa que eres.

Eso resulta tan encantador que sacudo un poco la bolsa y oigo tintinear las monedas. Puedo guardarla en mi joyero vacío.

—¡Seré una buena esposa para ti! ¡Te sorprenderás!

—Sí. Tal como te he dicho, ésta es una boda como es debido a los ojos de Dios. Ahora somos marido y mujer.

—Oh, sí. Y cuando hayas hecho fortuna podremos casarnos de verdad, ¿no? Con un vestido nuevo y todo. Francis frunce el ceño unos instantes.

—¿Lo has entendido? —me pregunta—. Ya sé que eres joven, Catalina, pero debes entender esto: ya estamos casados. Es legal y vinculante. No podemos casarnos otra vez. Esto es todo, acabamos de hacerlo. Un matrimonio entre dos personas ante Dios es tan vinculante como el firmado en un contrato. Ahora eres mi esposa. Estamos casados ante Dios y ante las leyes de este país. Si alguien te pregunta, eres mi esposa, mi esposa legítima. ¿Lo entiendes?

—Pues claro que sí —me apresuro a responder. No deseo parecer una tonta—. Naturalmente que lo entiendo. Lo único que digo es que me gustaría llevar puesto un vestido nuevo cuando se lo contemos a todos.

Francis rompe a reír como si yo hubiera dicho algo gracioso. Una vez más me toma en sus brazos, me besa en la garganta y me hociquea el cuello.

—Te compraré un vestido de seda azul, señora Dereham —me promete. Yo cierro los ojos de placer.

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Juana Bolena, palacio de Greenwich, diciembre de 1539

racias a Dios, estoy en Greenwich, el más bello de todos los palacios del rey, nuevamente en el lugar que me corresponde: las habitaciones de la reina. La última vez que estuve aquí me ocupé de cuidar de Juana Seymour, que ardía de fiebre y pedía que viniera Enrique, quien no llegó a presentarse. Pero ahora estas habitaciones se han pintado de nuevo, yo he sido restituida y ella ha sido olvidada. Soy la única que ha sobrevivido. He sobrevivido a la caída de la reina Catalina, a la ignominia de la reina Ana y a la muerte de la reina Juana. Para mí, es un milagro que haya sobrevivido, pero aquí estoy, de nuevo en la corte, como una de las pocas, muy pocas personas favorecidas. Serviré a la nueva reina como he servido a sus predecesoras, con amor, lealtad y un ojopuesto en las oportunidades que pueda haber para mí. Una vez más, entraré y saldré de los mejores aposentos de los mejores palacios de esta tierra como si de mi hogar se tratara. Una vez más me encuentro en el lugar para el que nací y fui criada.

G

En ocasiones incluso soy capaz de olvidar todo lo que ha sucedido. En ocasiones me olvido de que soy una viuda de treinta años que tiene un hijo muy lejos. Me creo de nuevo una mujer joven, acompañada por un marido al que adoro y que disfruta de todo lo que podría desear. He regresado al centro mismo de mi mundo, casi podría decir que he nacido otra vez.

El rey tiene planes de celebrar los esponsales en Navidad, y las damas de la reina están reuniéndose para los festejos. Gracias a mi señor el duque, yo soy una de ellas, en compañía una vez más de las amigas y las rivales que conozco desde mi niñez. Algunas me dan la bienvenida con una sonrisa irónica y una nota de cumplido, otras me dirigen miradas de recelo. No es que amasen tanto a Ana, ellas no, pero se asustaron al verla caer y recuerdan que la única que escapó fui yo, casi por arte de magia, y eso es algo que las lleva a hacerse cruces y a esparcir por ahí antiguos rumores sobre mí.

Bessie Blount, la antigua amante del rey, que ahora está casada con lord Clinton, un hombre situado muy por encima de su nivel, me saluda con cierta amabilidad. No la había visto desde el día en que murió su hijo Henry Fitzroy, a quien el rey había nombrado duque, duque de Richmond, sólo porque era un bastardo real, y cuando le digo que lamento mucho su pérdida, palabras superficiales de cortesía, ella me agarra de pronto la mano y me mira con el semblante pálido y una

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expresión exigente, como si me preguntase en silencio si yo sé cómo murió. ¿Habré de decírselo?

Sonrío con frialdad y le aparto los dedos de mi muñeca. No puedo decírselo porque lo cierto es que no lo sé, y si lo supiera tampoco se lo diría. Sé que mi señor el duque enterró en secreto a ese apuesto hijo suyo en un féretro emplomado sólo unos días antes de que fuera nombrado heredero del rey, un hijo bastardo educado para ser el hijo que necesita Enrique. Acababa de casarse con una mujer de mi familia, Mary Howard, así que los Howard perdieron un contacto con el trono que mi señor el duque se había tomado muchas molestias en construir. Desconozco cómo murió el muchacho y por qué, aunque sé que la norma general que impera es que cuanto más asciende uno en la corte más cerca está de la muerte, y mi señor el duque siempre es el verdugo principal del rey.

—Siento mucho la pérdida de vuestro hijo —digo de nuevo.

Lo más probable es que su madre no llegue a saber cómo murió el muchacho ni por qué, pero tampoco lo sabrán otros millares de personas. Hay miles de madres que han visto a sus hijos partir con la misión de proteger los santuarios, los lugares sagrados, las estatuas que jalonan los caminos, los monasterios y las iglesias, y miles de hijos que ya no han vuelto a casa. El rey decidirá lo que es fe y lo que es herejía, eso no le corresponde decirlo al pueblo. En este mundo nuevo y peligroso, ni siquiera le corresponde a la Iglesia. El rey decidirá quién ha de vivir y quién ha de morir, actualmente goza del poder de Dios. Si Bessie desea de verdad saber quién mató a su hijo, lo mejor que puede hacer es preguntárselo al rey, su padre; pero conoce demasiado bien a Enrique para hacer algo así.

Las otras mujeres han visto a Bessie saludarme y algunas deciden acercarse: Seymour, Percy, Culpepper, Neville, todas las grandes familias del país han obligado a sus hijas a entrar en el estrecho marco de los aposentos de la reina. Algunas de ellas saben cosas malas de mí y otras las sospechan peores. A mí no me importa; me he enfrentado a cosas peores que el rencor de mujeres envidiosas, y en cualquier caso estoy emparentada con la mayoría de ellas y soy rival de todas. Si a alguna se le ocurre crearme problemas, más le vale acordarse de que me encuentro bajo la protección de mi señor el duque, y que únicamente Thomas Cromwell es más poderoso que nosotros.

La dama a la que yo temo, a la que en realidad no deseo conocer, es Catherine Carey, la hija de María Bolena, mi innoble cuñada. Catherine es una niña, tiene quince años, y yo no debería tenerle miedo, pero, a decir verdad, su madre es una mujer formidable y nunca ha sentido demasiada admiración por mí. Mi señor el duque le ha conseguido a la joven Catherine un sitio en la corte, y ha ordenado a su madre que la envíe a la fuente de todo poder, la fuente de toda riqueza,

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y María, la reacia María, ha obedecido. Me imagino con qué desgana le habrá comprado vestidos a la niña, le habrá arreglado el peinado y la habrá adiestrado en reverencias y danzas; María vio a su familia ascender a lo más alto gracias a la belleza y el ingenio de su hermana y su hermano, para después ver los cadáveres de ambos despedazados y embutidos en aquellos pequeños ataúdes. Ana fue decapitada, su cuerpo fue introducido en una caja y su cabeza en una cesta. Jorge, mi Jorge..., ni siquiera puedo pensar en ello.

Baste decir que María me echa a mí la culpa de todo su dolor y toda su pérdida, me culpa de la pérdida de su hermano y su hermana, y en ningún momento considera que ella pueda haber tenido parte en nuestra tragedia. Me echa la culpa a mí como si yo hubiera podido salvarlos, como si no hubiera hecho todo lo que estuvo en mi mano hasta aquel mismo día, el último, en el patíbulo, cuando al final ya no había nada que se pudiera hacer.

Y se equivoca al echarme la culpa. Mary Norris perdió a su padre Henry en el mismo día y por la misma causa, y en cambio me saluda con respeto y con una sonrisa. No me guarda rencor. Fue debidamente enseñada por su madre en el conocimiento de que el fuego del descontento del rey puede abrasar a cualquiera, y de que no merece la pena culpar a los supervivientes que logran escapar a tiempo de la quema.

Catherine Carey es una doncella de quince años, compartirá aposentos con otras jóvenes, con mi prima, que también lo es de ella, Catalina Howard, con Anne Bassett, con Mary Norris y con otras doncellas ambiciosas que no saben nada y lo esperan todo. Yo las guiaré y las aconsejaré, como mujer que ya ha servido anteriormente a otras reinas. Catherine Carey no hablará a sus amigas del período de tiempo que pasó en la Torre con su tía Ana, de los acuerdos de última hora, de las promesas hechas al pie del cadalso, del indulto que se le juró que llegaría pero no llegó. No les contará que todos permitimos que Ana subiera al patíbulo, que su santa madre fue tan culpable como el que más. La han educado como una Carey pero es una Bolena, bastarda del rey y Howard hasta la médula de los huesos; sabrá mantener la boca cerrada.

En ausencia de la nueva reina, tenemos que acomodarnos en los aposentos reales pero sin ella. Tenemos que esperar. Ha encontrado mal tiempo durante el viaje y avanza muy lentamente de Cléveris a Calais. Ahora piensan que no va a llegar a tiempo para celebrar la boda en Navidad. Si yo fuera consejera suya, le habría dicho que hiciera frente al peligro, al peligro que fuese, y viniera en barco. Ya sé que es un viaje largo y que en invierno las del canal de la Mancha son aguas traicioneras, pero una novia no debe llegar tarde a su boda, y a este rey

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no le gusta esperar por nada. No es un hombre al que se le puedan negar cosas.

Lo cierto es que ya no es el príncipe que fue. La primera vez que estuve en la corte y él era el joven esposo de una mujer muy hermosa, era el rey dorado. Lo llamaban el príncipe más apuesto de la cristiandad, y no era adulación. María Bolena estaba enamorada de él, igual que Ana y que yo misma. En la corte y en el resto del país no había una sola joven capaz de resistírsele. Y entonces se volvió contra su esposa, la reina Catalina, una mujer buena, y Ana le enseñó a ser cruel. La corte de ella, aquella corte inteligente, joven y despiadada, persiguió a la reina hasta empujarla a una vida desgraciada, y enseñó al rey a bailar al son de nuestra herética melodía. Lo engañamos para que creyera que la reina le había mentido, lo embaucamos para que pensara que Wolsey lo había traicionado. Pero entonces su mente suspicaz, hozando igual que un cerdo, comenzó a escaparse de nuestro control. Empezó a dudar de nosotros. Cromwell lo persuadió de que Ana lo había traicionado, los Seymour lo instaron a creer que todos habíamos tramado una conspiración. Al final el rey perdió algo más importante que una esposa, incluso que dos esposas: la capacidad de confiar. Nosotros le enseñamos lo que era la suspicacia y aquel príncipe atractivo y jovial perdió el lustre y se transformó en un hombre. Ahora, rodeado de personas que lo temen, se ha convertido en un individuo intimidatorio. Se ha convertido en un peligro, igual que un oso que ha sido atormentado hasta que se vuelve huraño y desconfiado. Le dijo a la princesa María que si lo hubiera desafiado la habría matado, y ahora ella ha sido declarada bastarda y ya no es princesa. La princesa Isabel, nuestra Bolena princesa, mi sobrina, ha sido declarada ilegítima, y su institutriz afirma que ni siquiera va vestida como Dios manda. Y por último, ese asunto relativo a Henry Fitzroy, el propio hijo del rey: un día es legitimado y proclamado príncipe de Gales, y al día siguiente muere de una enfermedad misteriosa y mi propio señor ordena que se lo entierre a medianoche. Sus retratos, destruidos; toda mención de él, prohibida. ¿Qué clase de hombre es el que es capaz de ver a su hijo muerto y enterrado sin decir una palabra? ¿Qué clase de padre es capaz de decir a sus dos hijas pequeñas que no son hijas suyas? ¿Qué clase de hombre es capaz de enviar a la horca a sus amigos y a su esposa y ponerse a bailar cuando se le informa de que han muerto? ¿Qué clase de hombre es éste, al que hemos entregado el poder absoluto sobre nuestra vida y nuestra alma?

Y tal vez algo peor que todo eso: los bondadosos sacerdotes colgados de vigas de sus propias iglesias, los hombres de pensamiento que subieron a la pira para morir quemados con la mirada baja y la mente en el cielo, las revueltas habidas en el norte y en el este, y el rey jurando que los rebeldes podían fiarse de él, que seguiría su consejo, y luego la horrenda traición que llevó a aquellos necios confiados a la

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